Antepenúltimo capítulo.

Capítulo 8

Premoniciones

Shun se despertó bien entrada la mañana. Volvió la vista hacia un costado. Respingó al no ver a Hades. Se levantó y se dispuso a vestirse para volver al Santuario. Una risita nerviosa abandonó su garganta al ver la camisa destrozada.

Se tendría que poner la armadura encima del pecho desnudo. Sabía que algunos, entre ellos los dorados gustaban de usar así sus armaduras; y en opinión del santo de Aries, así se fortalecía más la unión entre el cloth y su portador. Pero a él no le gustaba, aunque tenía que admitir que Mu tenía razón.

Se vistió y salió al pasillo con la camiseta rota en la mano. Cuando iba por la mitad, vio que una puerta estaba entreabierta y de ella salía música.

Se asomó y tocó la puerta con cuidado. Pandora dejó de tocar y levantó la vista. Se levantó inmediatamente al verlo.

—Shun…por fin has despertado. ¿Necesitas algo?

—Creo que estoy un poco perdido,—reconoció.—¿Dónde está Hades?

—El señor Hades está junto al Muro de los Lamentos. Quizás si te apresuras puedas alcanzarlo antes de que se vaya a los Elíseos.,—notó la camiseta rota.—Dame eso. Ya lo tiro yo,—extendió la mano.

—¿Por dónde…?,—preguntó, mientras los dos salían al pasillo. Ella sonrió y lo guió hasta el salón principal de la Giudecca. Ya desde allí le fue posible hacer el camino hasta el límite de la Dimensión de los Dioses. El emperador del mundo inferior lo oyó acercarse y le salió al encuentro.

—¿Por fin Morfeo te ha dejado libre?,—lo saludó, besándolo en la frente.

—Perdona que me quedara dormido,—se disculpó.—Me he comido medio día.

—No debes preocuparte. No es molestia alguna. ¿Cómo te sientes?,—quiso saber.

—Bien. Sí siento una pequeña molestia. Pero supongo que es normal. Decidió callarse que cojeaba un poco.

—De acuerdo. ¿Puedes regresar al Santuario tú solo? No puedo acompañarte. Debo hablar urgentemente con los gemelos.

—No es un problema. Creo que puedo regresar solo.

—Ve hasta las orillas del Cocytos. Dile a Minos o a Aiacos que te ayuden a salir del Inframundo. Ya una vez que conozcas el camino podrás venir al Inframundo cuando quieras.

No había acabado de decirlo cuando Pandora entró corriendo.

—¿Sucede algo, Pandora?

—Mi señor…el santo de Cáncer está aquí,—explicó.—Dice que viene por Shun.

Hades se rió.

—Anda, entonces. Ve con Death Mask. Ya volveremos a vernos cuando sea tiempo.

El santo de Andrómeda se estiró para besarlo en los labios. El beso, aunque apenas fue un roce, iba cargado de ternura.

Cuando llegó al salón del trono se encontraron con el italiano inclinado sobre el trono observando los detalles grabados en el ébano.

La mirada socarrona que le dirigió lo hizo gemir internamente. Casi que echó en falta al santo de Piscis, el único que podía cerrarle la boca al guardián del cuarto templo. Como si le hubiera leído el pensamiento, Death Mask se rió.

—A ver, Shun, ¿Dónde te habías metido?

—Pues aquí,—contestó.—¿Quién te envió? ¿Acaso Shion se ha molestado?,—preguntó, sabiendo lo mucho que éste aborrecía no saber donde estaban o que se perdiera el tiempo.

—El maestro no sabe nada. Aún…La señorita Athena es quien me ha enviado. Dijo algo como que estabas aquí y que ibas a necesitar una mano para volver.

Suspiró aliviado.

—¿Porqué, te preocupaba recibir una regañina por pasarte la mitad del día en la cama?,—insinuó.

Shun enrojeció.

—¿Cómo has sabido…?

—Cojeas como un caballo de tres patas,—se encogió de hombros.—Eso les pasa al inicio, cuando no están acostumbrados a relajar el culo.

—¡Death! ¡Cállate!,—volvió a ver a los lados, nervioso.

La estruendosa risa del santo de oro se dejó escuchar antes de cogerlo por el brazo y trasladarlos a ambos directamente al Santuario.

—Death…no le digas nada a nadie sobre…ya sabes…

—No iba a decir nada, pero ahora que me dices…,—se burló.

—Ay Death, por lo que más quieras…

—No sé, no sé…,—se hizo el difícil.

Shun puso los brazos en jarras. Aunque sabía que probablemente el santo de Cáncer solo lo estaba tomando del pelo, lo ponía nervioso el hecho de que alguien se enterara de algo así, porque sería fuente inagotable de rumores y bromas sin sentido.

La risa estruendosa se volvió a dejar escuchar.

—Debiste ver tu cara,—se burló.—Por supuesto que no diré nada, tonto, ¿Por quién me tomas?

—Gracias, Death,—le agradeció con sinceridad.

Éste agitó la mano, como quitándole importancia.

—Ya, no hagas loco. No fue nada.

—Bien, iré a ver a la señorita Athena. De seguro querrá saber.

—¿El qué?, ¿Qué te revolcaste con Hades? No seas indiscreto.

—No, eso no…¡Death!,—enrojeció hasta la raíz del cabello.—¡Por supuesto que eso no!

El italiano se alejó, mientras se reía.

Suspiró mientras empezaba a subir hacia el Templo Mayor. Sin embargo, cuando llegó Piscis, se sorprendió de que las rosas le cerraran el paso. El duodécimo guardián se apareció por la puerta con expresión circunspecta.

—¿Afro, qué pasa? ¿Porqué no me dejes pasar?

—La señorita Athena no quiere ver a nadie, Shun. Me ha dado la orden de no dejar pasar a nadie.

Aquello extrañó al santo de Andrómeda.

—Pero, ¿y Shion?

—Está en Libra,—informó.

—Bueno. Supongo que sus razones tendrá.

—Al parecer tuvo un sueño de esos premonitorios que la ha puesto triste. No ha de querer cuestionamientos tontos acerca de eso.

—Entiendo,—asintió, comprensivo.—Entonces regresaré más tarde.

—Anda. Espero que Death no te haya hecho pasar un mal rato ahí abajo. Si no le jalaré las orejas.

—No, no. Me tomó un poco del pelo, pero ya sabes. Así es Death Mask.

Afrodita bufó.

—Le echaré un ojo, de todas maneras. Esta jaiba…

—No te preocupes, no es nada…

El santo de Piscis se apartó el cabello de la cara, en aquel ademán tan suyo.

—No importa. De todas maneras, debo cuidar que no se meta en líos.

Shun se rió.

Se despidió del santo dorado y fue hasta abajo.

Mientras tanto, en el salón del trono, Athena movía el pie con inquietud, mientras estaba sentada en el trono.

Había tenido un sueño inquietante aquella noche y por más vueltas que le daba, no lograba desentrañar su significado. Muchas opciones pasaron por su mente, pero ninguna parecía satisfactoria.

Así que había pedido no ser molestada, con la excusa de que estaba triste, para pensar mejor en que podía significar lo que había soñado. Solo le quedaba llamar a los dos dioses que podían ayudarla con aquel asunto. A Febo, para que le aclarara si el Destino le deparaba algo funesto. Y al Argifontes para que la ayudara a interpretar aquel presagio.

Encendió su cosmos con gentileza, y buscó conectarse con los cosmos de sus hermanos. Primero uno y después el otro, ambos dioses acudieron a su llamada. Por un momento, sintió que ambos se peleaban por contestar, hasta que el de Apolo se sobrepuso.

"¿Qué deseas, querida hermana?"

"Por favor, necesito hablar contigo y con Hermes. ¿Podrían venir por favor ambos?"

Percibió el mudo asentimiento de los dos antes de que el veloz Hermes fuera el primero en aparecer. El dios llevaba, como siempre, las sandalias de cuyos talones salían las plumosas y fuertes alas le ayudaban a surcar los cielos, mientras cumplía su deber como mensajero de los dioses. El caduceo, aúrea varita, regalo del Delfinio, bailaba en su mano, como de costumbre.

El cabello, color rubio cenizo, le caía a ambos lados del rostro, y por la broncínea espalda, sujeto como la cola de un caballo. Cubría su cuerpo con un quitón corto, para que no le estorbara en sus continuos vagabundeos.

Impulsivo como era, no dudó un segundo en abrazar a su hermana, de manera entusiasta. Athena correspondió al abrazo de su hermano menor, sin dudar, mientras Apolo aparecía detrás de ellos. Sin más ceremonias, empujó a Hermes, para ocupar su lugar en los brazos de Athena.

Su abrazo fue más gentil que el de Hermes, reflejo de más madurez y moderación, pero no fue menos afectuoso. Una vez que el contacto terminó, los agarró a ambos de las manos.

—¿Qué es lo que necesitas, querida Athena?,—reiteró Febo.

—He estado teniendo un sueño recurrente, y no he podido dar con una explicación satisfactoria del porqué, ni qué significa. No puedo saber si representa una premonición del futuro o simplemente son mis preocupaciones que vuelven a mí en forma de sueños.

Ambos se pusieron serios y prestaron suma atención a lo que la diosa les estaba diciendo. El hijo de Maya dejó el caduceo encima del trono y se llevó una mano al mentón en actitud reflexiva.

—¿Podemos oír de qué se trata, querida hermana?,—preguntó.

Athena asintió con gravedad. Soltó la mano de Apolo y empezó a caminar pausadamente por la estancia.

—En realidad, no sé si son dos sueños distintos o uno solo,—empezó.—Primero me encuentro junto a la Cámara de las Vírgenes, al lado de Perséfone. Pero no estoy de manera corpórea. Por eso pienso que podría ser una premonición.

—Está bien, vamos por pasos. Descríbenos qué es lo que sucede detalladamente.

—Bien. Aparezco en dicha cámara al lado de Perséfone, como si fuera una proyección astral. Luego, me veo entrar a mí misma en la estancia,—Hermes levantó la cabeza, y entrecerró los ojos.

—¿Y esa versión corpórea de ti, qué hace?,—preguntó.

—Le pone un sello.

—¿Y luego qué?

—Ella…ella,—la lengua se le trababa.

—¿Le haces…le hace daño?

Ella asintió, con congoja.

—Hum…,—contestó el Cilenio, flotando a unos centímetros del suelo.—Si mal no recuerdo, Perséfone acabó en ese estado por tu culpa, ¿No es así? El sello que la durmió iba dirigido a Hades, ¿Verdad?

—Sí, pero ¿eso que tiene que ver?

—Lo que sueñas es la materialización de tu sentimiento de culpa. Probablemente, ahora que hablaste con ella, recordaste que tú fuiste la que la puso en ese estado. También puede pesar lo que sea que nuestra querida tía te haya dicho, que de seguro no fue agradable. El daño se materializa como quién lo causó.

—¿Y cómo me deshago de eso?,—preguntó, mordiéndose el pulgar.

—Si no le has pedido perdón, sería bueno que lo hicieras. Pero ante todo debes perdonarte a ti misma. Si no, no servirá de nada.

—¿Y qué hay de la otra parte?,—preguntó Loxias.

—Luego de eso que les he dicho, se pone todo oscuro. Y luego aparezco en los Campos Elíseos.

—¿En los Elíseos? ¿Siempre tiene que ver con Kore?

—Por eso te llamé también a ti. La veo con mi santo de Virgo. Pero no reconozco a ese santo. No es Shaka, ni Shijima,—añadió, recordando al antecesor del actual Virgo.—¿Podría ser un vistazo al futuro? ¿Un portador que aún no nace?

Ahora fue el turno de Apolo de llevarse la mano al mentón.

—Hum. Podría ser. Aunque sabes que las únicas que conocen el Destino por entero son las Moiras, ni siquiera yo podría garantizarte cuál será tu futuro, o el alguien más.

—Pero…intervino Hermes,—¿no que el cloth de Virgo ya tiene un sucesor? Uno de esos santos de bronce…

—Sí, el de Virgo es…Shun,—quedó atónita al caer en cuenta.

—¿Shun? ¿Acaso ese no es el santo que ha enamorado a Hades?

—Sí, pero…entonces…¿Eso quiere decir que Perséfone no despertará pronto?

—Bueno, podrían pasar años. Recuerda que nosotros no medimos el tiempo como los mortales. Lo que para nosotros es poco tiempo, para ellos puede ser un lapso grande.

—Supongo que tienen razón. Bueno, ahora me concentraré en los consejos que me han dado y los seguiré sin más tardanza. Y ya veremos lo que depara el futuro.

—Bien, en ese caso, ¿Hemos aclarado todas tus dudas, querida hermana?,—quiso saber aquel que dispara a lo lejos.

—Así es. Podéis retiraros ahora, mis queridos hermanos.

—Nos alegra haberte ayudado, Athena,—contestó Hermes, guiñándole el ojo.

Ambos dioses desaparecieron así como habían aparecido, dejándola sola.

Se sentó en el trono, más tranquila.

Pronto, pensó en que había encargado al santo de Cáncer ir a recoger a Shun al Inframundo. Se encaminó hacia abajo, hacia las cabañas del resto de los santos. Por el camino envió a Shion de vuelta arriba.

Cuando llegó a la altura del cuarto templo se encontró con el cuarto guardián echado en el sillón leyendo un libro.

—Death Mask, ¿Ya fuiste por Shun?

—Sí, señorita. Hace un rato que fui por él. Subió a hablar con usted, pero al rato volvió a bajar. Supongo que estará por ahí,— contestó.

—De acuerdo. Entonces iré a buscarlo ahora. Buen trabajo.

El santo dorado hizo un gesto con la mano, restándole importancia, mientras la diosa seguía su camino hacia abajo.

Mientras tanto, en el lugar más benévolo del Inframundo, los hijos de Nyx se inclinaban ante el emperador del mismo. La alarma los hizo titubear, al escuchar la petición de éste.

—Pero mi señor…¿Cómo pensáis sacarla de ahí?,—cuestionó Hypnos.—No podéis entrar.

Hades arqueó una ceja.

—¿Acaso estás cuestionando mis órdenes, Hypnos?,—preguntó con peligrosa suavidad.

—No, mi señor. Por supuesto que no,—se apresuró a aclarar.—Es solo curiosidad, perdonad mi atrevimiento.

—Bien. Ahora vayan a hacer lo que les he pedido. Sin réplicas.

Los miró marcharse con expresión insondable.

Luego se trasladó hacia las profundidades del Inframundo, a orillas del Tártaro. La deidad que vivía allí acudió inmediatamente a su encuentro.

—Mi señor,—se inclinó ante él con absoluta veneración.—¿Qué necesitáis de mí?

—Hécate,—contestó con parsimonia.—Necesito de tus servicios.

—Sí, joven Hades. Lo que usted desee. ¿En qué puedo serle útil?

—Necesito que traigas a alguien a los Campos Elíseos.

—Por supuesto, mi emperador. Puedo usar mi magia para trasladar a alguien adonde yo quiera. Por supuesto, depende de quién sea, y de adonde deba sacarlo.

—Entonces, primero te preguntaré si eres capaz de hacer lo que te pido.

—¿De qué se trata?

—Necesito que traigas a mi esposa de vuelta a donde pertenece.

La diosa abrió los ojos sorprendida.

—Pero mi señor…no deberíais…sacarla de ahí sin decirle a su madre. No sería una buena idea.

—No me importa. Fue su voluntad descansar en los Elíseos. Así debe ser. Y ya me he cansado de ceder ante los requerimientos de mi hermana. Yo soy el emperador del Inframundo, y Perséfone debió quedarse a mi lado desde un inicio. Y así será.

—Pero mi señor…si viola el acuerdo que tenía con Deméter, es posible que…

La túnica del dios se arremolinó alrededor de sus tobillos junto con la capa que llevaba, al entrar abruptamente en la caverna.

—Sé que es peligroso, pero mi paciencia se ha agotado. Todos estos siglos he hecho como mi hermana me ha dicho, separándome de mi esposa por aquel absurdo trato y luego por sus tontas exigencias. Tampoco me sentiré culpable por amar a un mortal, menos a uno como Shun. Debe haber una manera de evitar que mi hermana arruine a la humanidad, como seguro tratará de hacer si Perséfone es apartada de su lado. Y tú vas a ayudarme a encontrarla.

—Sí, mi señor. Como ordenéis. Pero para hacer esto, necesitaría ir hasta esa cámara y no puedo hacerlo sin que vuestra hermana se de cuenta.

—Te prestaré mi casco entonces. Así no podrán verte.

—Confío en que al menos vuestra madre sabe de lo que queréis hacer.

—Por supuesto. Tanto ella como sus hermanas querían hacerla descansar donde ella quiso en un principio. Yo solamente hago valer mi autoridad como su esposo. Si tienes dudas, puedes preguntarle a Febe, estoy seguro de que ella podría guiarte bien.

—Es todo lo que necesito entonces. Prepararé las pócimas que necesite y la tendréis en los Elíseos al final del día.

Hades sonrió, satisfecho, y le tendió el casco que hacía a quien lo portara invisible, regalo de los cíclopes para que pudiera luchar en la Titanomaquia.

Seguidamente, regresó a los Elíseos a esperar la llegada de su reina. También quería meditar bien cómo quitarse a su hermana de encima de una vez por todas, porque era verdad lo que le había dicho a Hécate, su paciencia simplemente se había acabado y no pensaba ceder más ante Deméter. La única forma era amenazarla con no permitirle ver a su hija hasta que esta despertase. Y para garantizar el equilibrio cósmico, que no podía ser roto en modo alguno, debía asegurarse de que la diosa jurara por el Estigia dejarlos en paz.

Se sentó en medio de las flores con la mirada fija en el palacete donde residían los gemelos, mirando el trajín de todos mientras cumplían con sus órdenes.

Si lograba salirse con la suya, eso terminaría con varios siglos de separación impuesta. Y podría concentrarse tranquilamente en su relación con Shun. Una vez que todo terminara…

De alguna manera, todo se resumía en que Hécate lograra sacar a Perséfone de aquella cámara. No tenía nada más que esperar. Pronto podría tenerla de nuevo a su lado. No había pasado mucho tiempo, cuando sintió la presencia de Rea detrás suyo.

—¿Ya has meditado cómo te quitarás a tu hermana de encima?

—Tendré que amenazarla con no dejarla ver a Perséfone. No es algo que quisiera hacer, pero no me queda otra opción.

—Volverá a amenazar a la humanidad, como antes.

—No lo permitiré. En otro tiempo no me hubiera importado,—reconoció.—Pero mi hermana necesita recordar que ella es una diosa y que también tiene deberes. Es la única de todos nosotros que siempre lo olvida.

—Bueno…ciertamente ella siempre ha cometido ese error. Pero no deberías alzarte contra tu propia sangre…

—No me ha quedado otra opción, madre querida. No debimos separarnos en un inicio. Hay dos personas a las que amo. Puedo tenerlas a ambas conmigo, como mis hermanos tienen a los suyos.

—Te entiendo, hijo mío. Supongo que finalmente el karma la ha alcanzado. Ciertamente, tú y tus hermanos tienen una mayor jerarquía que tus hermanas. Debe obedecer tus órdenes.—suspiró.

—Todo está por terminar. Y entonces…todo será cómo debe ser. ¿Ya sabías que lo haría pronto?

—¿Olvidas que mi hermana fue la patrona del Oráculo de Delfos antes de cederlo a su actual dueño? Por supuesto que nos dimos cuenta. Además, Febe tiene una habilidad especial para detectar a sus nietos. Se dio cuenta de la presencia de Hécate inmediatamente. Aunque estuviera oculta.

—En ese caso, ¿ya está aquí?,—no pudo evitar sentirse ansioso.

—¿Porqué no lo ves por ti mismo?,—le hizo un gesto.—El único cuidado que has de tener ahora es tu hermana. Sé prudente, te lo suplico.

—No has de preocuparte, madre. Ya todo ha acabado. No tengo porqué cometer una imprudencia.

El dios caminó hacia el palacio con paso más o menos mesurado. El corazón le latía fuertemente dentro del pecho.

Los hijos de Nyx simplemente hicieron una silenciosa inclinación de cabeza y se marcharon. La diosa se veía tal cual no hubiera cambiado nada, seguía pareciendo una muñeca de porcelana, con rizos color chocolate que se abrían como un abanico sobre la almohada. Le besó la frente y le tomó la mano con veneración. Inmediatamente, sintió una sensación cálida inundar su mano, como hacia mucho que no la sentía. Sintió la conciencia de la hija de Zeus acudir ante aquel tacto. El cosmos de Perséfone se dejó sentir con incredulidad.

"¿Hades?"

Y chan. Mucho que aguantarle a Deméter, ¿No creen? Y si es por siglos, más todavía. Pero bueno, ya Perséfone está dónde debió estar desde un principio.

A ver, ¿Cuántas se preguntaban por donde andaba metido Apolo? XD Pues por aquí anda el niño.

Tanto de él, como de Hermes y Hécate ya he hablado antes, pues ya han aparecido en otros fics. Así que no me voy a explayar mucho, solo unos recordatorios.

La diosa de la brujería es hija de Asteria, por tanto, sobrina de Leto y nieta de Febe.

Hermes es el dios de la interpretación, por tanto interpreta cualquier asunto que no parezca claro. La interpretación onírica es sin duda una de las más célebres.

Y ahora, los datos nuevos. Los epítetos primero xD

Cilenio (gr. Κυλλενιος ) 'del monte Cilene' Hermes recibe este epíteto al haber nacido en una cueva al pie de este monte.

Delfinio ( gr. Δελφινιος) 'del útero' Apolo recibe este título que lo relaciona con Delfos, pero más explícitamente con los delfines, pues cuenta que el dios tomó la forma de uno de estos animales para atraer sacerdotes al recién creado templo.

Por si no se acuerdan, al nombrar a un antecesor, siempre uso a los santos de oro de Next Dimension. De ahí que nombre a Shijima, y no a Asmita.

Les recuerdo también que el Cocytos es un río en la mitología griega. La visión de esta como una prisión o círculo es exclusiva de la Divina Comedia, y ya saben que yo me baso en el Inframundo griego.

¡Gracias por los comentarios!

¡Un besote!