Penúltimo capítulo.

Capítulo 9

Calma

"¿Hades?", la incredulidad vibraba en el cosmos de la reina del Inframundo, como si no pudiera creer que se tratara de su marido. Después de tanto tiempo…

"Sí, mi amada reina. Soy yo", su cosmos parecía quebrarse como lo haría su voz de haber hablado. "Bienvenida a casa"

"¿Cómo?", se asombró ella. "Pero Athena me dijo…"

"Cuando Athena habló contigo, aún estabas en el palacio de Hestia", explicó él. "Pero ahora yo le he ordenado a la hija de Perses que te sacara de ahí. Porque no era donde querías estar"

El cosmos de ella empezó a temblar. Hades sonrió, sabiendo que eso significaba que quería llorar. Le levantó la mano y se la sobó con cariño. El temblor cesó de repente.

"¿Pero y mi madre?"

"Tu madre ya no será un obstáculo. Mi paciencia se ha agotado, y ya no pienso ser indulgente con ella. De ninguna forma"

"Pero…"

—¡HADES!,—un furioso grito quebró la atmósfera. El dios se volvió con ansia.

"¿Qué sucede?...¿Acaso es mi madre?"

"Es tu tía", resumió. "Tu madre habrá intentado un último embuste. Pero eso se acabó", su cosmos se cubrió de tinieblas. "Espera un momento", notó su ansiedad. "No te inquietes, amor mío, en un momento estaré contigo"

Salió de la habitación y se encontró con una furiosa Hestia esperándolo en medio de las flores.

—¿Qué te trae por aquí, querida hermana?,—preguntó con curiosidad. Ladeó la cabeza en un ademán vanidoso.

—Tú sabes muy bien qué,—sopló, entre dientes.—¿¡Cómo te atreviste!?

—Por favor, aclara a qué te refieres, Hestia. Me he atrevido a mucho desde que estoy vivo.

—Deméter me dijo que sacaste a Perséfone de la Cámara de las Vírgenes. ¿¡Cómo te atreviste a profanarla con tu presencia!? ¡Sabes que los hombres no tienen permitido entrar ahí! ¿Tan desesperado estabas?

Hades se sacudió en una risa genuina y estruendosa. Su hermana ladeó la cabeza desconcertada.

—¿Qué es tan gracioso?

—¿Qué acaso no te das cuenta, querida hermana? ¡Esto solo ha sido una mentira más de Deméter! Te aseguro que no he sido yo, he permanecido en el Inframundo todo el tiempo. Sin embargo, envié a Hécate por Kore, sabedor de que yo no podía sacarla por mi mismo. Deméter debió de pensar que al usar ésta mi casco de invisibilidad, en realidad era yo, que no quería ser visto.

—¿Entonces ha sido Hécate?,—suspiró, aliviada.—Ya dudaba que hubieras perdido tu buen juicio.

—Así es. Ha sido Hécate. Ahora que está aquí, mi hermano podrá verla siempre que quiera. Y ustedes también.

—¿Qué pasará con Deméter? De seguro, intentará algo.

—Ya lo he previsto. No pienso ceder esta vez. Ya me he cansado de ser complaciente.

—Bien. Habiendo comprobado lo que me inquietaba, me retiro. No quisiera quitarte tiempo con tu esposa.

—Gracias, hermana. Ve en paz. No te preocupes por eso. Planeo no dejar ningún cabo suelto. Si todo sale como lo he previsto, mi hermana recibirá un poco de su propia medicina.

Dio media vuelta y regresó junto a Perséfone. No había dado ni dos pasos, cuando sintió la presencia de Deméter, el cosmos erizado por la furia. Ni siquiera se volvió, tan solo le dedicó una mirada de reojo. Aquello la desarmó.

—¡Devuélveme a mi hija!,—le exigió con voz mandona.—Juraste no volver a secuestrarla y acabas de hacerlo, ¡Devuélvela!

—No pienso obedecerte,—contestó, levantando la cabeza de manera regia.—Ahora vete.

Su actitud de calmada insolencia empezó a intrigar a Deméter.

—Entonces, ya sabes lo que ocurrirá. Los humanos sufrirán las consecuencias.

Hades volvió a mirarla de reojo.

—¿Eres o no eres una diosa, hermana?

La pregunta la sorprendió.

—¡Por supuesto que soy una diosa, tonto!

—Entonces compórtate como tal.

La sorpresa de Deméter no hacía si no aumentar.

—¿¡Pero quién te has creído!?,—escupió.

—El emperador del Inframundo,—contestó simplemente.

—¡¿A qué estás jugando, Hades?!

—Siempre has sido una egoísta y una irresponsable, hermana,—su voz se endureció, pero no perdió la calma.—Nunca has querido ocuparte de tus deberes cuando tus problemas personales están en juego.

—Hablas como si tú no lo hubieras hecho nunca.

—¿Yo?,—la incredulidad tomó su voz.—¿Yo?,—repitió,—¿Yo el que tuvo que ceder la compañía de su esposa durante seis meses cada año para que no enviaras todo a rodar con tus caprichos estúpidos? ¿De mí hablas, Deméter? ¿De tu misma carne y tu misma sangre?

—¡Ella no merecía esto!,—chilló.—¡No merecía habitar un horrible lugar como el Inframundo!

—Pero ella siempre estaba aquí. O en los Campos Asfódelos. Los únicos lugares del mundo inferior donde existen las flores. Igualmente, ella le dio vida al Inframundo. No era para tanto. ¿Acaso ves a Doris apartando a su hija del lado de su marido por añoranza? ¿O a nuestra madre?

—Ni Poseidón ni Zeus viven en este infierno,—susurró, rencorosa.

—Basta ya,—resolvió.—Es hora de que yo haga valer mi voluntad. Bien que debí hacerlo desde hace mucho.

—¿Qué quieres decir?,—se extrañó ella.

—Ella se quedará conmigo a partir de entonces,—le hizo saber.—Todo el año,—puntualizó.—Y tú vas a dejarlo estar.

—¿Y cómo vas a conseguir eso?,—quiso saber con petulancia.

—Si no obedeces mis órdenes, me temo que tendré que impedirte verla.

—¡No puedes hacerlo!,—se horrorizó.

—Puedo,—contestó, paseándose delante de la puerta,—¿Acaso olvidas que estos son mis dominios? Puedo impedirle la entrada a quién me plazca.

—No te atrevas…

—No me digas qué hacer,—su voz restalló como un látigo.—Haré como me plazca y tú vas a aceptar mis condiciones. O de lo contrario…

La diosa se mordió los labios, furiosa. Sabía que esta vez no tenía salida y se sentía acorralada.

—Está bien, tú ganas. Pero déjame verla al menos siempre que yo quiera.

—Bien,—el placer que sentía se le notó en la voz y eso molestó a Deméter.—Tú dejarás que ella se quede permanentemente conmigo, como debe ser. Tampoco harás nada que rompa el equilibrio cósmico, permanecerá como está. Si lo haces, permitiré que la veas siempre que lo necesites. Cuando despierte, ella podrá determinar la frecuencia si quiere. Si no, no podrás volver a verla.

—Está bien, haré lo que me dices,—cedió.—Tú ganas.

—Bien. Júralo.

—¿QUÉ?

—Que lo jures. No confío en ti, pero si juras por el Estigia quedarás atada de manos.

—No es necesario, la prohibición de ver a mi hija es suficiente.

—Hazlo,—amenazó sin perder la calma.—No me provoques, Deméter.

—Está bien. Juro por el sagrado río Estigia que me acogeré a lo que hemos pactado, so pena de castigo si cometo perjurio.

—Bien, con eso será suficiente,—concedió.—Ahora vete. Ya vendrás luego.

El rostro de la segunda Crónide se contrajo en una mueca y se retiró sin más.

Hades soltó un profundo resoplido, como si se liberara de una pesada carga. Y sin duda lo era, desde siempre había tenido que lidiar con Deméter.

Entró de nuevo en la habitación y esta vez se acostó en la cama. Apoyó la cabeza sobre el cuello de Perséfone y volvió a encender su cosmos. El de ella acudió presuroso a su encuentro.

"¿Qué sucedió?"

"Tu madre le dijo a Hestia que yo fui el que te había sacado de ahí. Obviamente, era algo que ella no podía tolerar y creyó oportuno encararme al respecto"

"¿Y porqué tardaste tanto?"

"Deméter vino a exigir que te devolviera"

Sintió el miedo temblando en el cosmos de Perséfone. Le acarició el rostro para tranquilizarla.

" No te preocupes. Ya me encargué de eso. No volverá a molestarnos más. Nunca"

"¿De verdad? ¡Dime!"

"La hice jurar que nos dejaría en paz para siempre. Y que podrías quedarte aquí todo el año sin riesgos de que ella tomara represalias"

Sintió la alegría y el alivio en ella. Sus labios recogieron una lágrima solitaria que se deslizó por su mejilla.

"Gracias al Cielo", dijo solamente.

"Ahora debo dejarte, mi amada alma. Pero que sepas que por fin descansas donde tú quisiste desde un inicio. Al fin estarás tranquila, como debió ser en un principio. Lo único que tienes que hacer es esperar hasta tu despertar. Entonces volveremos a estar juntos", se inclinó y la besó en los labios.

"Vuelve pronto"

"Volveré tan pronto como pueda, de eso no te quepa duda alguna"'

Salió de la habitación a paso mesurado. El hijo de Nyx se inclinaron servilmente a su paso.

—¿Dónde está tu hermano, Tanathos?

—En su habitación, señor Hades,—informó.—Creo que se durmió,—desaprobó.

Aidoneo se río por lo bajo.

Se encaminó hasta la habitación del Sueño, sabiendo muy bien lo que iba a encontrar. Abrió la puerta tras tocar y sus ojos se pasearon por la habitación, buscando a Hypnos.

En el centro mismo de la habitación encontró el lecho de ébano, con cojines de pluma, todo del mismo color, cubierto con un velo de color negruzco, donde reposa el mismo dios, con sus miembros entregados a una completa relajación.

En el momento que entró, apartó los sueños que le obstaculizaban el paso, pues se arremolinaban por doquier. El dios levantó sus pesados párpados, y recostándose sobre un codo, le preguntó qué era lo que deseaba.

—Vigilen a Perséfone,— ordenó.—Dejen pasar a cualquiera que venga aquí con la intención de verla. Si viene mi hermana, échenle un vistazo. Aunque ha jurado no hacer nada imprudente, no confío en ella. Perfectamente sería capaz de violar el juramento que ha hecho.

—Claro que sí, mi señor,—le contestó Hypnos.—Haremos lo que usted diga

Se retiró de regreso a Giudecca y se encerró en sus aposentos. Se tendió perezosamente sobre el sillón de ébano que allí tenía, hasta casi recostarse por completo.

Pandora notó su buen humor cuando entró más tarde y aquello la sorprendió. Normalmente, el dios presentaba un estado de ánimo más tranquilo.

—¿Puedo preguntar la razón de vuestro buen ánimo, mi señor? Esto no es usual ciertamente.

—Me he quitado de encima una carga de siglos, querida Pandora. Ya no debo preocuparme por eso, y me siento contento.

—Entonces me alegro por vos mi señor.

—¿Qué necesitas, Pandora?

—No es nada, señor. Tan solo venía a ver si necesitabais algo. Estabais algo ausente.

—Bien,—concedió.—A no ser que me necesites, me quedaré aquí por hoy. Hay unos asuntos que debo de arreglar todavía.

La muchacha se inclinó respetuosamente.

—Por supuesto, mi señor. Como ordenéis. Me encargaré de cualquier problema que pueda surgir.

—Sé que lo harás. Confío completamente en tu capacidad de liderazgo.

—Regresaré dentro de un reto, por si necesitáis algo,—manifestó, mientras cerraba la puerta.

Hades se estiró para coger una copa de ambrosía. El líquido apenas había tocado sus labios cuando presintió la presencia de otro dios, igual a él en todo, que comenzaba a manifestarse en la habitación. Se irguió con atención, mientras la figura de Zeus se materializaba en la estancia.

—¿Qué te trae por aquí, querido hermano? ¿Acaso Deméter se ha vuelto a quejar de algo?

—Así es, hermano. ¿Es verdad que le has dicho que piensas que tu esposa quede contigo todo el año?

—Es exactamente así, Zeus. Sabes bien que nadie quiso nunca eso y fue solo la medida que hallaste para que no provocara una catástrofe. Ahora que ya no puede hacer nada por juramento, no veo porqué se deba mantener esa medida cruel. Además ella puede visitarla cuando lo necesite, jamás le prohibiría que la viese, sigue siendo su madre.

—¿Entonces de verdad la hiciste jurar eso?,—una ceja rubia se levantó con sorpresa.

—Ya no tenía paciencia, hermano. Esta situación se ha prolongado por siglos. Es demasiado. Y tras de que me prohíbe verla, pareciera que también querría prohibirme hallar consuelo en otros.

—Entiendo perfectamente la situación, por ello no has de inquietarte, solamente deseo conocer todos los hechos, ya que Deméter todo lo manipula a su conveniencia.

Hades suspiró.

—Supongo que te ha dicho que fui yo el que la sacó del palacio de Hestia…

—Pues no, no me ha dicho tal cosa. Aunque si lo hubiera hecho, no le hubiera creído. Es imposible que hicieras tal cosa. ¿Quién te ha dicho eso?

—Hestia ha venido a echármelo en cara, aunque me pareció que simplemente quiso confirmar que había hecho tal cosa.

—A todo esto, Deméter mencionó que no pudieron ver al ladrón. ¿A quién le pediste que la sacara? También es complicado sacarla de ahí por medios convencionales. Tuviste que haberle dicho a alguien con poderes mágicos.

—En efecto, la única que podía hacer algo así era Hécate. Supongo que al haber permanecido invisible gracias a mi casco, Deméter supuso erróneamente que había usado el casco de invisibilidad para no ser visto.

—No hubieses podido entrar sin autorización de Hestia y ella jamás te habría dejado. No tiene ningún sentido. Simplemente, quiere forzarlo todo para que quede a su conveniencia como siempre. Ahora las consecuencias de sus acciones la han alcanzado. Realmente no puede quejarse de nada.

—Así lo supuse.—tomó un trago de ambrosía.—Conociéndola como la conozco, fue fácil prever como se comportaría y actuar en función de eso. Ahora todo ha ocupado el lugar que le corresponde.

—Estoy de acuerdo,—concedió.—Ya iba siendo hora de que alguien lograra ponerla en su lugar,—comentó.— Ahora si me disculpas, iré a ver a mi hija.

—Adelante, querido hermano. Espero que sea la primera de muchas, hasta que despierte.

—Puede que logre contrarrestar el efecto del sello para que despierte lo más pronto posible,—le guiñó el ojo.—Es lo que hubiera hecho desde un principio Pero claro, ella no lo permitió.

Hades se río.

—No te detengo más, hermano. Tú también mereces verla, eres su padre después de todo.

Una vez que Zeus se hubo marchado, volvió a recostarse. Pasadas unas horas después se levantó y se fue al Santuario, buscando la compañía del santo de Andrómeda.

Los bloqueos deberían estar prohibidos —_—'

En fin, no mucho que aclarar, salvo la cucharadota de su propia medicina que recibió Deméter xD Me moría de ganas de hacer eso desde que escribí Violetas y Asfódelos :v

Ah, sí! La descripción de Hypnos y su habitación es tal como la describe Ovidio en las Metamorfosis. Bien soñoliento, rodeado de sueños y oscuridad.

En el próximo se termina /3

¡Gracias por los comentarios!

¡Un besote!