Elena estaba nerviosa porque era su primera ecografía y tenía miedo de que algo no fuese bien con el bebé. Ya habían pasado tres meses desde que se había enterado de que estaba embarazada y de la vuelta de Damon, y todo estaba entre ellos igual que el primer día. Damon la mimaba a todas horas, eso cuando no estaban haciendo el amor. Y también estaba contenta porque los dos hermanos por fin se llevaban bien y parecían hermanos de verdad. Stefan seguía recordando cosas buenas que había hecho Damon por él durante su niñez en Florencia y, aunque seguía molestándole que su hermano le hubiese borrado sus recuerdos, ya no decía nada más sobre el tema.
Miró otra vez el reloj para ver que sólo habían pasado cinco minutos desde la última vez que lo había mirado. Damon estaba junto a ella leyendo una revista de historia tan tranquilo mientras las otras mujeres que estaban en la sala de espera de la consulta no le quitaban el ojo de encima.
-Elena -le comentó Damon sin levantar los ojos de la revista-, por mucho que sigas mirando la hora, el tiempo no va a correr más deprisa.
-Estoy muy nerviosa, y que las demás te estén comiendo con la mirada no ayuda.
-Déjalas que miren, princesa -contestó él con una pícara sonrisa-. Es lo único que van a tener de mí.
-Pero me están poniendo enferma. No lo aguanto.
-¿Celosa, Elena? No deberías -la replicó acercándose a ella más aún dándole un beso demasiado fogoso para el sitio en el que se encontraban.
-Mmm -murmuró ella cuando él hubo terminado con el beso-. Damon aquí no.
-¿No querías que dejasen de mirarme? -La lanzó esa mirada que parecía desnudarla sin tocarla mientras la sonreía con su sonrisa de 250 kilovatios-. No se me ocurre mejor forma que esta, demostrándolas que soy tuyo.
-Bien, pues cuando entre en la consulta y el médico vea cómo estoy se lo explicas tú, ¿vale?
Damon se rió con todas las ganas del mundo. Antes de darle un besito en la frente y susurrarle al oído:
-Si quieres vamos al baño a ponerle remedio.
-¡Damon! -Replicó ella poniéndose roja y dándole un golpecito en el hombro justo antes de notar cómo se movía el bebé. Se llevó la mano al vientre, el cual ya empezaba a demostrar que había un bebé creciendo en su interior. Miró a Damon con una sonrisa de oreja a oreja antes de decirle mientras le cogía la mano y se la ponía en la tripa-. ¡Mira, acaba de moverse!
Damon movió la mano por la tripa de la chica acariciando a su hijo a través de la piel de Elena.
-Estate tranquila,cariño. El bebé está bien, si no fuese así, lo sabría -justo en ese momento miro hacia delante a la mujer morena que le miraba fijamente y que no se había cortado como las demás cuando le había dado ese exagerado beso a Elena-. ¿Quiere algo, señora? Debería coger del suela la revista y ponersela a leer, ¿no cree? -La mujer bajó la mirada avergonzada por el desplante del chico, el cual cogió la mano de Elena y siguió leyendo el artículo que hablaba sobre Enrique VIII.
-Damon, tampoco hace falta ser tan borde -le reprendió la rubia.
-Así no volverá a levantar la vista de la revista -respondió él sin despegar los ojos de la hoja que leía-. Por los clavos de Cristo, esto está equivocado.
-¿El qué? -Quiso saber Elena mirando por encima de la cabeza de Damon.
-Enrique VIII no era así. Era un cabeza hueca que se dejaba manipular por todo el mundo.
-No me digas -susurró Elena- que le conociste.
-Pues sí. Formé parte de su Corte ya que era noble de Inglaterra por parte de mi abuelo materno y además fui su único amigo de verdad. El único que era capaz de decirle sin pelos en la lengua lo que pensaba o dejaba de pensar sobre él o sobre cualquier otro noble de la Corte.
-No me lo puedo creer -murmuró entusiasmada Elena-. Y, ¿cómo era la Corte de Enrique VIII?
-Sucia y apestosa. Literalmente hablando, en serio, llegué a echarme en el pelo raíz de mandrágora para repeler a los piojos, me dan náuseas sólo recordarlo.
-¡Brag, qué asco! ¿De verdad érais tan pocos higiénicos en tu época?
-Afortunadamente en Italia éramos de la creencia que si unos pueblos como las antiguas Grecia y Roma habían sido capaces de crear cosas maravillosas e imprescindibles para el Hombre, si se bañaban tantas veces al día sería por algo, lamentablemente en el resto de Europa no era así. Cada vez que íbamos a la Corte de Enrique, tanto Stefan como yo nos preparabamos de manera que no pudiesemos coger nada.
-Y, ¿es verdad que Enrique era un cabrón mujeriego?
-Sí, es cierto. Pero debes de entender que en esa época es lo que se esperaba de todos nosotros. Aunque Enrique lo llevó a una manera que rozaba la locura. Nunca se sintió querido por nadie de su familia, todos le hacían la pelota porque era el Rey de Inglaterra, pero nadie le veía como el gran hombre que era en verdad y eso le trastornó de manera que luego se hizo un paranoico insoportable.
-Todos menos tú, ¿verdad?
-Por supuesto, princesa. Por eso siempre que yo estaba en Inglaterra no se separaba de mi lado. Enrique siempre quiso tener un heredero varón y creía que alguien le había maldecido y que por ello sólo era capaz de engendrar mujeres y los pocos hijos que tuvo murieron así que no fue feliz en absoluto esperando llegar a tener el ansiado varón. Inglaterra creía que una mujer no era capaz de llevar un trono y por eso Enrique se obsesionó tanto por tener un niño. Aunque al final ya sabemos que tanto su hija María como Isabel fueron reinas. Era una época machista, las tierras solo las podían heredar los varones primogénitos, por eso mis padres se pasaron más de una década intentando que mi madre se quedase encinta y este siguiese hacia delante. Tras muchos abortos nací yo y, a pesar de que los médicos le dijeron a mi padre que debía conformarse conmigo porque otro embarazo sería la muerte para mi madre, siete años después vino Stefan con ese desastroso parto. Afortunadamente ahora la medicina ha evolucionado lo suficiente como para que yo no tema de que corras esa suerte.
-Oh, Damon. Deberías sacar todo ese rencor que llevas dentro, te haría mucho bien.
Damon iba a replicarla cuando salió la pareja que estaba en el interior de la consulta y la enfermera con una carpeta en la mano.
-¿Elena Gilbert? -Llamó la enfermera mirando fijamente a Damon, quien, sin prestarle atención alguna, se levantó y ayudó a Elena a levantarse y entraron a la consulta los dos cogidos de la mano.
-Me da igual lo que digas, abuela -le decía Annabella a su abuela mientras Stefan iba a averiguar a qué se debía tanto grito.
-¿Qué pasa? -Preguntó a su sobrina, pero tanto ella como la vampira lo ignoraron por completo.
-Sabes de sobra que tu padre no te va a dejar.
-Y por eso te pido a ti que lo firmes.
-Ni hablar, si Damon se llega a enterar, que lo hará, me mata. Así que no y no hay más que hablar.
-Sabes que lo haré igualmente, ¿verdad?
-Y sabes lo que va a decir tu padre. Tienes que obedecer, Ana, por favor. No le va a gustar ni un pelo.
-No me va a gustar ni un pelo el qué -preguntó Damon entrando en la sala con Elena de la mano-. ¿Anabella, qué has hecho?
-Apuntarme a clases para aprender a montar a caballo.
-Tiene razón tu abuela, no me gusta. Desapúntate.
-Pero, papá...
-Desapúntate y se acabó.
-Si me escuchases...
-No me interesa escucharte. No me hagas ir al instituto y obligar a todos a no dejarte tomar las clases.
-Eres un dictador. ¡Te odio! -Le gritó ella subiendo a su cuarto y dando un portazo.
-¿Sigues creyendo -le preguntó Damon a Elena- que va a ser buena idea tenerla de canguro para los críos?
-Sí, Damon. ¿No crees que te has pasado?
-No. Sube a descansar, anda. Enseguida te subo algo de comer, que ahora te tienes que alimentar por tres -le dijo él guiñándola un ojo.
-¿Por tres? -Preguntó Stefan cuando Elena hubo subido las escaleras.
-Sí, hermanito. Son gemelos -respondió su hermano todo orgulloso-. Unos hermosísimos y sanísimos niño y niña.
-Me alegro por ti, hermano -le felicitó Stefan antes de abrazarle sorprendiendo a Damon quien se tensó con los brazos estirados y pegados al cuerpo.
-Eh... Gracias -le contestó él incómodo-. ¿Sonaría muy mal si dijese que me está agobiando?
Stefan le soltó de inmediato. Sabía que a Damon no le gustaba que le tocasen sin su consentimiento e intuía que le había incomodado el abrazo que le había dado, había seguido el impulso de abrazarle al conocer las buenas noticias. No era bueno sorprenderle ni mucho menos abrazarle así. Suponía que eso se debía a todo el maltrato del que había sido víctima de niño. Es más, ahora que lo pensaba, sólo se dejaba tocar por Elena.
-Así que gemelos, ¿eh? -Comentó su madre sonriendo a Damon- Enhorabuena, hijo.
-Gracias, madre. Por cierto, contigo quería yo hablar. En privado.
Stefan captó la indirecta y se marchó a su habitación dejando que su hermano y su madre hablasen.
-Dime, Damon. ¿Qué quieres?
-Necesito que vayas a la casa de Florencia y cojas tu sortija. Está en el tercer cajón de la mesita de noche de mi cuarto. Dentro de una caja de caramelos.
-Vaya un sitio donde vas a guardar parte de tu herencia.
-Y, ¿dónde prefieres que la esconda? ¿En una caja de joyería y con una nota en la que diga que esa joya es del siglo XV? En una caja de caramelos está bien guardada. La coges y me la traes, por favor.
-¿Por qué la quieres ahora?
-Tú tráela, ya lo sabrás.
Cuando Damon entró en el cuarto que compartía con Elena, la chica se estaba probando ropa de premamá delante del espejo y no se dio cuenta de que él estaba ahí hasta que él no dejó la bandeja en la mesita de noche y se acercó a ella cogiéndola por detrás.
-¡Ay, Damon! Qué susto me has dado.
-Nada más lejos de mi intención. Te he traído la comida que te he dicho.
-¿Te puedo -preguntó ella sentándose en la cama- preguntar algo?
-Claro, dime.
-¿Qué te pasa con los caballos?
Damon ladeó la cabeza ligeramente antes de contestarla:
-Mejor te lo muestro. Cierra los ojos y ábreme tu mente.
Elena hizo lo que le dijo el vampiro y enseguida pudo verse a si misma en un jardín enorme. Oyó a un niño hablar en italiano y a una mujer discutiendo con un hombre en inglés. Sin dudarlo se acercó a ellos y vio que el niño estaba en brazos del hombre retorciéndose mientras que la mujer le decía que le bajase al suelo.
-Ese niño -le dijo Damon junto a ella- soy yo con cuatro años. No hay que imaginar mucho para saber que ese es mi padre y, bueno, a mi madre ya la conoces.
-¿Por qué te tiene tu padre en brazos?
-Yo tenía pánico a los caballos y él se empeñó en subirme en uno para que aprendiese a montar. Por eso están discutiendo.
-Pero, si eras muy pequeño, cómo no te iban a dar miedo los caballos.
-Bájale -oyó que decía Mary Anne a su marido-, Giusseppe. Vas a conseguir que se mate.
-Es un Salvatore y no dejaré que crezca siendo un cobarde. Andiamo, Damon. Sale sul cavallo.
-No, papà -protestó el niño-. Damon paura.
-Me da igual que tengas miedo -dijo él enfadado sentando a su padre en el lomo del caballo a la fuerza-. Ahora ponte derecho y coge las riendas firmemente.
Pero el pequeño no escuchaba a su padre sólo lloraba e intentaba bajarse del caballo a toda costa. Mary Anne tenía una mano en el pecho y la cara rota por la angustia.
-Bájale, se va a caer.
-Si se estuviese quieto no se caería.
-Sólo tiene cuatro años, por Dios, espera a que crezca un poco más, o sino cómprale un poni, pero no vuelvas a subirle a tu caballo.
-¡Estate quieto! -Le riñó Giusseppe dándole una torta en la mejilla. Damon paró de retorcerse en el caballo y se quedó mirando a su madre con los bracitos abiertos hacia ella, mirándola con los ojos desbordados en lágrimas. A Elena se le rompió el alma. ¿Cómo un padre podía ser tan cruel con su hijo? Mary Anne se acercó a su hijo y le bajó del caballo y le llevó en brazos al interior del palazzo.
-Por tu culpa crecerá siendo un covarde -le dijo su marido-. Manchará el apellido de los Salvatore.
-Eso es lo único que te importa, ¿verdad? ¡Es tu hijo, por el amor de Dios!
-Le mimas demasiado y eso no es bueno. Si fuese una niña no me comportaría así. Pero es un niño y como mi futuro heredero ha de aprender a ser un hombre.
-¡Sólo es un niño! -Exclamó ella antes de irse con el niño agarrado a su cuello y la carita enterrada en el cuello de su madre.
-Dios, mío, Damon -murmuró Elena abriendo los ojos y abrazando al muchacho-. Tu padre era un monstruo. Lo siento mucho, cariño.
-No tienes que sentir nada, mi vida. Tú no tienes la culpa, ni siquiera había nacido.
-Eres la persona más valiente que conozco, Damon. Y la más noble. Te quiero.
-Yo también te quiero, Elena.
Y dicho eso la tumbó en la cama y le demostró con ahínco lo que sentía por ella.
