Sage acababa de llegar a la Dimensión Oscura cuando su padre lo abordó sin darle tiempo a reaccionar ni a apartarse de él antes de que éste le cogiese del cuello de la camisa y, señalándole con un dedo acusador le dijo:

-¿Qué parte de "no le cuentes nada de la profecía a Damon" no has entendido?

-Yo no le he dicho nada, padre.

-No, se lo dijiste a su hermano y éste a él. Y no te molestes en mentirme que lo sé de muy buena fuente.

-Es mi amigo, tenía que ponerle sobre aviso. Damon odia ser humano.

-A ver si te enteras de una vez. Damon es el Elegido. Tiene que hacer para lo que ha nacido. No importa lo mucho que tú te niegues o que él no lo acepte. Lo hará porque es su Destino al igual que lo era encontrarse con Elena, enamorarse de ella y ella de él y formar una familia. Y ese amor que sientes por él, deberías olvidarlo. Como tu amigo descubra que sientes algo más que amistad por él... Digamos que no volverá a contar contigo para nada.

-Damon no es así. Se enfadará y puede que esté un tiempo sin hablarme, pero nunca romperá su amistad conmigo.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Sucedió eso cuando descubrió de quién era hijo yo.

-Puede que tengas razón, al fin y al cabo tú le conoces mejor que yo. Pero no te olvides que si algo sé de Damon Salvatore es que no le gusta la traición y nunca la perdona. Y, ocultarle tus verdaderos sentimientos y enmascararlos como amistad, para él podría ser una traición. Ahora vete a tu puesto. Cuando sea el momento apropiado, irás con él para guiarle por el camino adecuado. Y te advierto desde ahora que no toleraré ninguna rebeldía más por tu parte, ¿entendido?

-Sí, padre. Cristalino.

Su padre le miró fijamente a los ojos antes de evaporarse en el aire. Sage no sabía cómo lo haría para poder ayudar a Damon a no cumplir con la profecía, pero tendría que idear algo para conseguirlo sin que su padre se enterase. No quería que tomase represalias con él y mucho menos con el italiano.


Seis meses después.

Elena le estaba dando el pecho al pequeño Damien sentada en uno de los sofás de la gran sala de estar mientras aprovechaba que Natalia estaba echándose una siestecita. Lo malo de tener gemelos era la crianza. Ella quería darles el pecho todo el tiempo posible, pero al ser dos sabía de sobra que no podría hacerlo durante mucho tiempo. En momentos como este en los que uno de los dos bebés estaba dormido podía aprovechar para alimentarles con el pecho, pero lo malo era cuando los dos tenían hambre a la vez, entonces no quedaba otra que darle a uno el biberón y al otro el pecho. Menos mal que por lo menos contaba con la ayuda de Damon y, cuando ocurría esto, él se encargaba de darle el biberón al que no estuviese Elena dando el pecho.

-Creo que -le dijo Damon con una sonrisita pícara en sus labios mientras entraba por la puerta-Damien no tiene mucha hambre.

-La tenía, pero se ha vuelto a quedar dormido mientras comía.

Damon se acercó a ellos y se agachó para darle un casto beso a Elena en los labios. Para luego coger al niño y acostarlo en la cuna junto a su hermana, quien seguía dormida. Tras acariciarles ligeramente la carita a ambos bebés se sentó junto a Elena y, cogiéndola en brazos, la sentó en su regazo.

-¿Me has echado de menos? -le preguntó él besándola en el cuello tal y como sabía que a ella le gustaba y la volvía loca- Porque yo sí.

-Sí sólo has estado la mañana fuera.

-Y para mí ha sido toda una eternidad sin poder sentir tus labios sobre mi piel ni poder respirar tu olor.

-Dios, ¿de dónde sacas esas cosas?

-Sólo vocalizo las palabras que me susurra mi corazón, nada más.

Elena rió un poco antes de cogerle la cara con ambas manos y besarle apasionadamente.

-A todo esto -quiso saber ella tras cortar el beso-, ¿dónde has estado metido toda la mañana?

-Verás, aprovechando que tenemos aquí a toda la familia y que los críos ya han crecido algo, he ido con Stefan a comprar los billetes para la Luna de Miel.

-¿Ya?

-Es el momento apropiado, hay que aprovechar que estamos en primavera, que viene el buen tiempo y...

-Como si para ti el tiempo fuese un problema.

-Cierto. La cosa es que, bueno, sé que siempre quisiste ver la ciudad que nos vio crecer a mí y a mi hermano y había pensado que...

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Elena contenta y feliz por la sorpresa de su marido- ¡¿Nos vamos a Florencia de Luna de Miel!?

-Bueno, más bien, una ruta turística por todo el país. Sé que siempre has querido ir a Italia y, bueno, pensé que tal vez...

-¡Me encanta, Damon! -aseguró Elena besándole de nuevo.

-Me alegro de que te guste la idea. Y ahora, ¿qué tal si subes a nuestro cuarto y preparas tu maleta? Yo me quedo con los niños.

-¿Preparar la maleta? ¿Cuándo nos vamos?

-Esta noche. El avión sale a las 11 de la noche.

-Un momento -dijo ella poniéndose seria de repente-. Y, ¿los niños?

-No tienes nada de qué preocuparte, princesa. Lo tengo todo pensado. Mi madre, Anabella, Stefan y tu tía se encargarán de cuidarlos mientras estemos fuera.

-Pero, ¿cuánto tiempo estaremos en Italia?

-Vaya, ¿aún no hemos cogido el avión y ya estás deseando volver?

-No es eso, Damie. Es que no quiero pasar mucho tiempo lejos de ellos. Y, ¿si se olvidan de nosotros?

-Sólo será un mes, cariño. Y si quieres, más adelante podríamos ir los cinco. Verás como apenas notan que nos hemos ido. Ademas, había pensado que podríamos hacer todos los días videollamadas. ¿Qué te parece?

-¿Que qué me parece? -preguntó ella poniéndose a horcajadas sobre las piernas de Damon mientras le cogía el cuello de la camisa y tiraba de él hacia ella- Que eres el mejor marido de la historia, señor Salvatore.

-Siempre es un -le respondió él mirándola fijamente a los ojos con su sonrisa de 200 kilovatios- placer poder serviros a vos, señora Salvatore.

-Te quiero, Damon.

-Y yo a ti, bella mia.

Y dicho esto se besaron apasionadamente hasta que ya no lo pudieron resistir más y se fueron quitando la ropa el uno al otro hasta estar completamente desnudos.

Estaban tan perdidos el uno en el otro que ninguno de los dos se dieron cuenta que ya no estaban solos.

-¡Santa Madre de Dios! ¿Para esto me das la llave de tu casa, hijo? Menos mal que al final no ha venido conmigo Anabella.

-Eso te pasa por entrar sin llamar, ¿y si no estuviesemos... presentables?

-No he llamado porque tú me has dado la llave y se supone que deberíais estar haciendo las maletas no pervirtiendo al sofá de seis mil euros que mandaste traer desde Italia.

-La llave te la he dado para cuando no estemos Elena y yo, no para que interrumpas nuestra intimidad.

-Ya basta, Damon -le susurró su mujer mientras se tapaba con la manta que había sobre el respaldo del sofá.

-Sí, amore. Te llevaré al cuarto. Enseguida estoy contigo, madre.


-Y recuerda que Dame es el más tragón de los dos. Ah, y que a Nat le suele salir un sarpullido en la carita que...

-Que ya lo sé, Elena. Mis nietos no son los únicos bebés de los que he cuidado.

-Sí, lo sé. Lo siento.

-Vamos, princesa -le dijo Damon a la vez que la cogía del brazo suavemente-. Debemos embarcar ya.

-Sí. Adiós, Nat, Dame. Mamá os quiere.

-Adiós chicos -se despidió Mary Anne de la pareja con una sonrisa en el rostro.

-Llamaremos cuando aterricemos en Florencia.

-Gracias, hijo. Y pasadlo bien.

Tras esta emotiva despedida, el joven matrimonio se dispuso a entrar por la puerta de embarque para iniciar su viaje de Luna de Miel atrasado porque los gemelos eran pequeños.

-¿Era necesario -le preguntó Elena a Damon- que cogieras billetes de primera clase?

-Pff. Yo siempre viajo en primera, Elena. Si no, no viajo.

-Pero es que te habrá costado un dineral...

-Cuando tienes quinientos años para guardar dinero, créeme que buscas cualquier escusa para poder gastarlo y este nunca se acaba.

-Algún día tendrás que decirme cuánto dinero tienes.

-Tú no te preocupes por nada, Elena. Yo siempre os cuidaré a ti y a los niños. Somos una familia.

-Sí, una familia feliz.

Tras decir esto, Damon la miró sonriendo antes de darle un casto beso en los labios y acomodarse bien en su asiento.