NOTA:

Hola, como he dije ayer, el capítulo 14 tendrá que estar dividido. De momento sólo van a ser dos partes, pero aún no estoy segura si al final serán más. Espero que os esté gustando la historia.


Mercado de esclavos. Dimensión Oscura.

Sage estaba intentando conseguir más información sobre la profecía pero parecía que los habitantes de la Dimensión Oscura tenían demasiado miedo a su padre como para atreverse a traicionarle contándole lo que sabían a su hijo. Estaba pensado en volver a la Tierra cuando una mano se posó en su brazo impidiendo así su rápido avance por la abarrotada plaza. Se giró para ver quién era el que había osado agarrarle del brazo y se encontró con un hermosa muchacha rubia y con los ojos azules que le recordaba bastante a la bella Elena.

-Signore -le susurró ella mirándole con ojos tímidos y suplicantes.

-¿Te conozco?

-No, signore. Pero tengo entendido que conocéis a Damon Salvatore.

-¿Quién eres? -preguntó él mosqueado.

-Mi nombre es Bianca Bernini. No sé si él os habrá hablado de mí. Hace mucho tiempo fui su prometida, mas un hombre me asesinó antes de poder ser su esposa.

-¿Qué quieres de él? Siento mucho decírtelo, pero él ahora ha encontrado la felicidad con otra mujer. Y tiene familia.

-Lo sé, signore. Supe que le perdí en cuanto fui asesinada. Pero no es por eso por lo que quiero hablar con vos. He oído que deseáis saber sobre una profecía. Sé algo que os puede venir bien.

-¿Sí? -cuestionó él entusiasmado porque por fin pudiese lograr saber algo más.

-Sí, signore. Pero no debemos hablar aquí. Debemos hacerlo en privado.

-¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?

-Por favor, signore. Sólo quiero proteger a Damon. Puede que él se haya olvidado de mí, pero yo no he podido. Crecimos juntos, él era el mejor amigo de mi hermano mayor y cuando yo cumplí los dieciséis años coincidimos en la fiesta de Carnaval de los Médici y ahí comprendimos que lo que sentíamos el uno por el otro no era simple amistad. Comenzamos a vernos a escondidas de nuestros padres, Damon siempre me respetó, fue todo un caballero conmigo. No hizo pública nuestra relación hasta que no le pidió mi mano a mi padre y ahí empezó a cortejarme públicamente y luego anunciamos nuestro compromiso a su padre. Recuerdo que él estaba muy nervioso esa noche y yo me sentía la mujer más afortunada del mundo por ser sabedora de poseer el corazón del indomable Damon Salvatore. Sé que vos no me conocéis y yo a vos tampoco, pero esa felicidad que me fue arrebatada ha evolucionado a lo largo de los siglos a un sentimiento de venganza hacia el ser que me mató.

-Lo siento mucho, joven Bianca. Estoy seguro que tu muerte es una de las heridas que pueblan el corazón de Damon. ¿Sabes quién fue tu asesino?

-Quien quiere que esa profecía se cumpla. Vuestro padre. Yo era un lastre para sus planes para con Damon y por eso me quitó de en medio y me ha tenido encerrada aquí hasta que Damon y sus amigas me soltaron y liberaron junto a otras esclavas. Pero Damon no me reconoció al ver, ahí fue cuando me di cuenta que él ya me había olvidado. Supongo que quinientos años son muchos.

-Lo siento. Yo te protegeré de mi padre, pero debes contarme todo lo que sepas. Iremos a la Tierra, te dejaré con Stefan Salvatore y él te esconderá hasta que todo esto pase.

-No quiero ser un lastre, signore.

-No lo serás. Evitarás que Damon se convierta en algo que no quiere ser.

-Grazie mile, signore -le respondió ella visiblemente emocionada.


A Elena le despertó el sol dándole en la cara. Se estiró perezosamente antes de girarse y ver que a su lado no había nadie. Se levantó y cogió de la maleta otro camisón, ya que el que se tenía que haber puesto la noche anterior estaba empapado aún después de que su marido la hubiese metido en el jacuzzi con vestida. Se puso colorada al recordar todos los momentos vividos en esa pequeña piscina. Aún estaba perdida en esos apasionantes recuerdos cuando la puerta se abrió y Damon entró con una bolsa de papel en una mano mientras que en la otra tenía dos vasos de café.

-Buenos días, princesa -le dijo él sonriente cerrando la puerta de una patada y se acercaba a ella para darle un beso en los labios-. Pensé que te ibas a pasar todo el día en la cama.

-Es que anoche tuve una noche movidita -respondió ella con una pícara sonrisa jugando con el cuello de la camiseta que llevaba el chico.

-Espero que haya sido de vuestro agrado, entonces.

-Mucho, señor Salvatore.

-Me alegro, señora Salvatore. Me encantaría volver a repetirlo, pero tendrás que esperar a esta noche, princesa. Quiero enseñarte algo. Vístete y desayunaremos. Hace calor, así que ponte fresca.

Elena sonrió al notar que estaba nervioso a pesar de que lo intentaba ocultar con su típica máscara chulesca made in Damon Salvatore. Le dio un corto beso en los labios, cogió un vestido azul cielo y se fue hacia el baño para ducharse y vestirse. Cuando hubo acabado, Damon había sacado de la bolsa lo que había comprado y estaba sentado esperándola.

-Qué buena pinta tiene eso -comentó ella acercándose a él y sentándose en su regazo-. Nunca había visto unos pasteles así, ¿de qué son?

-Se llama zuccotto y es un pastel que me encantaba de pequeño y sólo había una cocinera capaz de poder hacerlo bien en toda Florencia. En resumen es un bizcocho relleno de nata o trufa, he cogido para ti uno de cada porque no sabía cuál te iba a gustar más.

-¿Cuál te gusta más a ti?

-En mi época sólo había de nata. Pero el de chocolate es más rico.

-¿Cómo podíais vivir sin chocolate?

-Muy fácil: no sabíamos que existía, así que...

-Cierto. Probaré el de chocolate.

Cogió uno y se lo llevó a la boca y le dio tal mordisco que el relleno se desparramó fuera del pastel manchándole la nariz, los labios y la barbilla. Fue a limpiarse con una servilleta, pero, Damon, que la estaba observando sabedor de lo que iba a ocurrir conociendo el vicio de la chica por los dulces, se lo impidió y le limpió él con su pulgar la nariz para luego llevarse el dedo a la boca y chupar la trufa. Elena dejó el resto del paste en la mesa sin muchos miramientos y se lanzó a sus labios.

-Vaya -susurró él cuando finalizaron el beso-, eso ha sido... inesperado.

-La culpa la has tenido tú por hacer el numerito del chico de Martini.

-¿El chico de qué?

-No me digas que nunca has visto el anuncio del Martini.

-No me suelo fijar en la publicidad. Pero estoy seguro que si le preguntas a Anabella ella te responderá hasta de qué color era la camiseta del que pasase por el fondo.

-Mira que eres exagerado. Voy a limpiarme que me has puesto perdida.

-Oye, que has sido tú la que me ha besado a mí toda llena de rellenita de trufa.

-La culpa ha sido tuya por dos motivos: no haberme avisado de que tenía tanta crema y por haberte limpiado así el dedo.

-Yo te he dicho que eran bizcochos rellenos de nata y trufa. No tengo la culpa de qué el chocolate te pierda y lo hayas mordido así.

-Vale, lo que tú digas -replicó ella levantándose de su regazo para lavarse la cara -. Por cierto, ¿a dónde vamos a ir?

-Es una sorpresa.

-Ya sabes que no me gustan las sorpresas, Dame.

-Y a mí que me llames así. Venga, lávate la cara para que nos podamos ir.

-Estás muy mandón hoy.

Damon por toda respuesta se agachó y le dio un beso el los labios antes de empujarla suavemente hacia el baño. Elena se metió dentro y se lavó la cara, se la secó y salió encontrándose con que su marido estaba ya esperándola con el bolso de ella en la mano.

-¿No llevas la cazadora?

-Ya te he dicho que hacía calor. Tengo bastante con tener que aguantar los rayos del sol como para añadirles el calor del cuero.

-Cierto, lo siento. Creo que está es la primera vez que te veo si ella.

-No es cierto -le contestó él dándole el bolso y cogiéndola de la mano antes de salir con ella de la puerta.

-Pues no me acuerdo.

-Está la fiesta de Halloween, la vez que me acusaste de matar a mi hermano y alguna más habrá.

-La vez que te llevé la bandeja.

-Aquél día me viste sin nada de ropa, así que esa no cuenta -le respondió él con una pícara sonrisa en los labios.

-Eso me pasa por seguirte el juego -murmuró Elena enrojeciendo.

-No tienes de qué avergonzarte, princesa -dijo él pasándole un brazo por los hombros y acercándola a él antes de darle un cariñoso besito en la coronilla-. Siento ser tan directo pero supongo que preferirás que no te mienta, ¿no?

Elena por toda respuesta alzó la cabeza y le dio un largo beso en los labios.

Al salir del hotel, Elena vio que Damon tenía razón y hacía mucho calor. Menos mal que le había hechizado caso y se había puesto unos shorts. El chico tiró ligeramente de ella para guiarla por el camino que debían salir. Estuvieron andando como un cuarto de hora cuando llegaron a un edificio precioso con un amplio jardín. A la izquierda tenía diversos arbustos dándole la forma a un laberinto que según parecía desembocaba en un pequeño lago artificial. Pero a la derecha había un caminito de losetas antiguas que llevaban al centro del jardín en el que se encontraba una preciosa estatua de una mujer semi desnuda y un angelito a su lado, probablemente fuesen Venus y Cupido. El edificio no tenía nada que envidiar al jardín. Por lo que recordaba de sus clases de Historia Europea, era típico palazzo renacentista.

-Estás muy callada.

-Estaba admirando el paisaje. ¿Qué sitio es este?

-Primero veamos su interior y luego te digo dónde estamos.

-Jo, Damon, no seas malo. El suspense me está matando.

-Es que no quiero que te veas influenciada a la hora de verlo. Ven, vamos a por las entradas -dijo él dando por acabada la conversación mientras se dirigían hacia la entrada del palazzo.

En recepción había una chica que sería poco mayor que Elena y les saludó a ambos con una sonrisa de oreja a oreja.

'Bueno' pensó Elena, 'al menos esta se corta algo a la hora de mirar a Damon'.

-Buongiorno, signori. Benvenuti al museo Sal...

-Quería dos entradas, por favor -la cortó Damon antes de que terminase de decir el nombre del museo.

-¿Americanos? -preguntó ella.

-Yo -contestó Elena-, él es italiano.

-Bienvenida a nuestra hermosa tierra, ¿qué le está pareciendo Florencia, señora?

-Pues de momento sólo he visto el aeropuerto y el hotel, pero bueno.

-Ah, le gustará este museo. Aquí vivía una de las familias más pudientes de Florencia.

-Si habéis -dijo él visiblemente nervioso y a consecuencia de ello, borde-, terminado con la charla, ¿podríamos entrar ya, cariño?

-Sí -murmuró Elena cortada por las malas formas con las que había hablado él-, vamos dentro.

-Disfruten de la visita -se despidió la chica antes de que ellos cruzasen la puerta principal.

-¿Por qué has sido tan borde con ella?

-Porque ha estado a punto de meter la pata y decir dónde estamos. Lo siento, princesa -se disculpó él agachándose a su altura para darle un beso en los labios.

Detrás de la puerta principal había un chico que iba recogiendo las entradas y contándoles un trocito antes de devolverlas a los visitantes. Llegaron a una sala inmensa con unos ventanales que llegaban desde media altura hasta el techo y que estaban cubiertas por unas enormes cortinas de terciopelo rojo. En el techo había representadas varias escenas míticas de las que no se acordaba y a la izquierda había una amplia escalera que llegaba hasta el piso de arriba y se dividía en dos para recorrer las dos manos del piso. Tanto el suelo que ahora estaban pisando como las escaleras y suponía también el piso de arriba era todo de mármol blanco.

-Empecemos por arriba, ¿vale? -dijo Damon dirigiéndose a las escaleras.

-Parece que sabes a dónde vas. ¿También estuviste aquí?

Damon no la contestó pero la miró a los ojos conteniendo una sonrisa.

-Enseguida sabrás dónde estamos -respondió él misteriosamente.

Cuando llegaron al piso superior, Elena miró hacia la izquierda y luego a la derecha. Era un sitio precioso.

-Quien vivió aquí tenía muy buen gusto, además de dinero -comentó ella mirando asombrada las paredes cubiertas de grandes cuadros y bustos.

-Ven, te enseñaré la mejor habitación del palazzo.

Pasaron de largo tres habitaciones hasta llegar a una con las paredes blancas, unos cortinones de terciopelo rojo y una impresionante cama con dosel justo delante de una puerta con unos grabados preciosos.

-Guau, Damon, es precioso.

-Te lo he dicho -dijo él con orgullo.

Elena avanzó por la habitación admirando las pinturas del techo, las cuales estaban separadas por blancos dosetones. Se giró para preguntarle a su marido otra vez quiénes habían vivido ahí cuando se fijó en uno de los cuadro que había en la pared. No lo había visto antes porque estaba colgado en la pared donde estaba la puerta. Se acercó a la antigua pintura y sin apartar los ojos de ésta, le dijo al chico:

-Este eres tú.

-Sí, antes de ir a la Universidad. Tendría dieciséis o diecisiete años.

-Esta era tu casa. Madre mía, ¿cuánto dinero teníais?

-Mi padre era el Conde, ¿recuerdas? Sólo había otra familia más poderosa y rica que los Salvatore: los Médici.

Elena siguió cotilleandolo todo y fue hasta la puerta pero estaba cerrada. En una amplia mesa de mármol blanco con las patas de madera negra con elaborados grabados había unas pequeñas pinturas. Cogió una y vio a un niño de no más de cinco años posando alegremente con una mujer: Damon y su madre. En otra estaba Damon algo más matorral que en la otra con otro niño en brazos que suponía que era Stefan y un hombre agarrando por los hombros al mayor de los niños.

-Creo -le contó Damon detrás suyo- recordar que teníamos diez y tres años respectivamente. El cara amargada es mi padre. Estamos tan serios todos porque recuerdo que mientras pintaban esta... bueno, digamos que fue cuando descubrí como se hacen los niños.

-¿A qué te refieres? -preguntó ella mirándole a los ojos.

-Le pillé con su amante en la cama.

-Oh, bueno, estate tranquilo. Es evidente que habéis salido a vuestra madre.

-Gracias, supongo. Ven, te enseñaré el resto del palazzo y luego iremos a comer.

Salieron de la antigua habitación de Damon y recorrieron todas las demás. Luego bajaron a la primera planta y allí vieron el estudio de Giussepe, la enorme biblioteca, el comedor, la cocina y el precioso patio trastero. Luego salieron al jardín y se metieron por el laberinto, como el chico se había criado ahí lo conocía como la palma de su mano y no tuvieron ningún problema a la hora de salir de ahí.

Para las doce y media salieron del antiguo hogar de Damon y se dirigieron a la Via dei Panzani y Elena pudo leer en el cartel el nombre de la pizzería: La Dantesca.

-¿Vamos a comer una pizza?

-No puedes venir a Italia y no probar la pizza. En este sitio tienen las mejores de toda Florencia. Y de postre helado. Los hacen aquí también.

Entraron dentro y se sentaron en una de las mesas del fondo para tener algo de intimidad. Una vez sentados, cogieron la carta para elegir la pizza.

-Vale -dijo Elena suspirando-, no me entero de nada. Tendrás que escogerla tú.

-¿De qué te apetece?

-¿Hay alguna con carne?

-Mmm. Siete. No, seis.

-Da igual, elígela tú.

Cuando un camarero se acercó a coger su pedido, Damon se lo dio enteramente en italiano. El hombre lo anotó todo y se fue. A la de poco les llevó unos refrescos y se volvió a marchar.

-¿Tardará mucho en estar hecha?

-No, aquí son muy rápidos. He pedido también el postre, helado de chocolate, ya que aquí no podemos tener el de anoche.

Elena, que estaba bebiendo un trago de su cocacola, al oír la última frase que había dicho Damon, se atragantó y comenzó a toser estruendosamente. El vampiro se levantó de su silla y se acercó a ella para darle suavemente unos golpes en la espalda.

-¿Estás -le preguntó asustado cuando se le hubo pasado- bien?

-Sí, ya se me ha pasado.

-Joder, Elena, no me des esos sustos -comentó él volviéndose a sentar en su sitio.

-La culpa la has tenido tú por hacer ese tipo de comentarios y en público encima.

Damon iba a contestarla cuando el camarero volvió a aparecer a su lado.

-Sei la signora bene ? (¿Se encuentra bien la señora?)

-Sì, già è successo, grazie.(Sí, ya se le ha pasado, gracias.)

-Se hanno bisogno di più non esitate a chiamare (Si necesitan algo más no duden en llamarme.)

-Stiamo bene , grazie (Estamos bien, gracias.)

-¿Qué te ha dicho?

-Sólo preguntaba si estabas bien.

-Cariño -le dijo ella mirándole a los ojos-, llevo prácticamente toda la mañana queriéndote preguntar algo.

-Pregunta sin miedo que no como. Al menos no en público -añadió con su sonrisa marca Damon Salvatore.

-¿Cómo es que tu antigua casa es un museo sobre tu familia?

-Bueno, verás. Cuando me vi sólo con una cría recién nacida pensé que necesitaría todo el dinero posible para poder criarla bien y también para poder empezar de cero varias veces. Anabella crecía sí, pero yo no cambiaba así que no nos quedaba otra que mudarnos con frecuencia.

Elena iba a responderle cuando llegó el camarero con una bandeja con una enorme pizza encima y dos platos y cubiertos. Lo colocó todo en la mesa y, tras decir algo en italiano que Elena no entendió, por supuesto, se marchó por donde había llegado.

-Pero -le preguntó ella aceptando el plato con la porción de pizza que le dio su marido-, ¿cuánto dinero te dieron por el palacio?

-La verdad es que no me acuerdo. Pero aún tengo dinero de su venta. Y en cuanto al tema de por qué es un museo referente a mi familia, bueno, eso fue idea de tu suegra. Creyó que sería divertido y emocionante para Anabella cuando fuese mayor cerveza cómo había vivido y crecido su padre cuando era mortal. Yo preferiría que no hubiese tantas pinturas nuestras expuestas, pero supongo que con influir a la gente que haga demasiadas preguntas bastará.

Iba a añadir algo más, pero al ver cómo Elena dejaba de comer de repente para jugar con un trozo de pizza en su plato, calló y se la quedó mirando fijamente. Eso hizo que la chica enrojeciese súbitamente.

-¿Qué pasa, Elena?

-Yo, es que... Bueno, tal vez he hecho algo que no está bien, pero es que no tengo ninguna foto tuya de pequeño ni posibilidad de tenerla y yo...

-Elena, dime que no has robado una pintura del palazzo -la chica por toda respuesta se puso más roja si cabe pero no levantó la cabeza tal y como hace una niña pequeña cuando la pillan robando una galleta, agachó la cabeza, hasta que oyó a Damon reírse-. Esta sí que es buena. Y, ¿cuándo lo has hecho que no te he visto?

-Antes de irnos de tu antiguo dormitorio. En vez de dejarla donde estaba la he metido en el bolso.

-Ahora ya sé por qué estabas tan nerviosa durante el resto de la visita.

-¿No te importa?

-No, amore. Pero hazme un favor y la próxima vez que vayamos a un museo y veas el retrato de alguien no te lo lleves. Que está vez no pasa nada porque es mío pero si te da por llevarte el Nacimiento de Venus te caza fijo -dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.

-Ja, ja, ja, qué gracioso, Damon.

-Lo sé. ¿Puedo ver por lo menos cuál has cogido?

Elena asintió con la cabeza y sacó del bolso el pequeño retrato de un niño que posaba mirando al espectador.

-¿De todas las que había tenías que llevarte esa?

-¿Por qué? Estabas precioso aquí el que te pintó era muy bueno.

-Fue uno de los mejores pintores del cuattrocento y para mí el mejor.

-¿Quién fue?

-Sandro Botticelli.

-¡¿Botticelli te pintó a ti?! -exclamó sorprendida Elena.

-Joder, Elena. Dilo más alto que el cocinero del hotel no te ha oído.

-Lo siento -se disculpó ella bajando el tono de voz-. Es que conociste a Botticelli.

-He conocido a mucha gente famosa. Bueno, por lo menos veo que tienes buen gusto en cuanto a arte se refiere.

-Sí, Botticelli era genial. ¿Cuántos años tenías cuando te pintó aquí?

-Siete, fue poco después del funeral de mi madre. Giussepe mandó llamar a Botticelli para que nos pintase a todos. ¿Recuerdas el retrato familiar del comedor? Pues fue cuando pintó este, mi abuelo estaba aquí cuando eso y le pidió al pintor que me hiciese uno a mí para llevárselo a su castillo en Inglaterra. Cuando Stefan y yo morimos, mi padre se lo pidió a mi abuelo para ponerlo en mi tumba, era la costumbre en esa época. Supongo que se lo traería, dado que está aquí.

-Por eso tienes esa carita tan triste, pobre.

-Por eso habría preferido que te hubieses llevado otro.

-Viéndote aquí veo mejor que Damie es idéntico a ti. Nat no tanto pero él.

-Eso es porque es chico, cuando crezcan ya hablaremos -le respondió él con una sonrisita en los labios antes de levantar la mano para llamar la atención del camarero y que este se llevase los restos de la comida y les trajese el postre.

Cuando le hubo llevado los helados, Damon, cuyo helado era de fresa y nata, cogió su cuchara y la hundió en el de chocolate y nata de la chica antes de llevársela a la boca y chupar la cucharilla mensualmente sin apartar la vista de su mujer. Cuando ella fue a hacer lo mismo, Damon se levantó de su silla y, cogiéndole la mano, guió la cuchara hacia su propia boca. Tras comerse el helado le dio un casto beso en los labios y le susurró en el oído:

-¿Qué te parece si esta noche sustituímos la nata por helado?

-Muy buena idea -contestó ella visiblemente excitada.

-O -continuó él metiendo la cara en el cuello de la chica- también podríamos pedir la cuenta, ir para el hotel y no salir hasta mañana.

-Esa me parece mejor idea.

Damon no se lo pensó dos veces y, en cuanto se acabaron los helados, pidieron la cuenta, pagaron y se fueron directamente para el hotel.


Y hasta aquí la segunda parte. Mañana colgaré el resto. Gracias por leer y por vuestra paciencia.

Besos desde STZ