Elena estaba corriendo por el oscuro bosque, sorteando casi sin pensar los altos y centenarios árboles que se encontraba a su paso. Corría lo más deprisa que el pequeño bulto que llevaba en brazos contra sí misma le permitía. No sabía de qué estaba huyendo, tampoco sabía hacia dónde iba o por dónde estaba corriendo. Sólo sabía que si no lo seguía haciendo, que si se permitía el lujo de descansar aunque fuese sólo unos segundos, su perseguidor, aquello de lo que huía con tanto ahínco la alcanzaría en cuestión de milésimas de segundo y le arrebataría lo que tanto quería proteger.

"He de salir de aquí", pensó mientras apretaba el paso sin soltar el agarre del bulto que llevaba. "No importa lo que me cueste, tengo que salir de aquí y llegar a casa".

Levantó la mirada del suelo sólo un segundo y pudo ver como la constante marea de árboles terminaba. Aceleró un poco más sin importarle el dolor que sentía en sus piernas y logró salir del bosque. Justo enfrente de ella estaba su casa, ahí estarían a salvo, ella y... Elena miró hacia la mantita azul que portaba, la retiró un poco y vio que era un precioso bebé de poco tiempo, tal vez no tuviese ni una semana. Tenía un cabello negro como las plumas de un cuervo y la tez pálida como la nieve. Dio un besito en la frente del pequeño y este abrió sus ojitos descubriendo así ante ella que eran del color del lapislázuli. Ese bebé era la perfecta mezcla de Damon y ella. Estaba a punto de llegar a la puerta de la casa cuando notó que alguien la cogía sin ningún tipo de esfuerzo por sus hombros y se la acercaba a él. Elena apretó más contra sí misma al bebé para protegerlo de su agresor.

-Dame al niño, Elena -le dijo él con voz ronca-, y podrás volver sana y salva con tu familia.

-Jamás será tuyo -susurró ella intentando soltarse de su agarre.

-Tú lo has querido.

Y, dicho esto, puso sus dos manos alrededor de su cuello y, tirando bruscamente hacia un lado, se lo rompió.

Elena se despertó dando un grito y, mirando alrededor suyo para cerciorarse que no estaba en el bosque sino en el avión de vuelta a Estados Unidos, de vuelta a casa.

-¿Se puede saber qué te ha pasado? -preguntó Damon mirándola fijamente a los ojos.

-Yo... -contestó ella metiendo la cara en el pecho de su marido al darse cuenta que la gente que les rodeaba les estaba mirando con caras raras- he tenido una pesadilla. Perdón por asustarte.

-No tienes por qué disculparte, princesa. ¿Estás bien?

-Ahora que estoy despierta y contigo, sí.

-Si quieres puedes contármelo. Quizás te ayude a olvidarla antes de que te vuelvas a dormir.

-¿Queda mucho para llegar?

-Estamos sobrevolando España, así que me temo que sí, cariño.

Elena iba a contestar cuando una azafata se les acercó y les preguntó algo en italiano. Damon le contestó en el mismo idioma y la azafata le asintió antes de marcharse.

-¿Qué te ha dicho?

-Me ha preguntado si estábamos bien. Le he dicho que sí y que te trajese un batido de chocolate. Necesitas azúcar. ¿Qué has soñado?

-Estaba corriendo por un bosque y alguien me perseguía.

-¿Por un bosque? ¿Sabes dónde?

-No tengo ni idea. Sólo sé que huía de alguien y llevaba un bebé en brazos.

-¿Uno de los gemelos?

-No. Tenía tu pelo y palidez, pero sus ojos eran míos. Y era muy pequeño. Igual era el que está por nacer -aventuró ella mientras levantaba la cabeza para mirarle a los ojos. Damon torció el gesto pero no dijo nada, por lo que ella volvió a apoyar la cabeza sobre el pecho de él y prosiguió relatándole su pesadilla-. La cosa es que, cuando estaba a punto de ponernos a salvo, el que me perseguía me alcanzó y me mató al negarme a darle al bebé.

-¿Le conoces, sabes quién era?

-No, ni idea. Pero tampoco le pude ver la cara. Me atacó por detrás.

-¿Era un vampiro?

-No lo creo. Era muy fuerte sí, pero no poseía vuestra velocidad. Si no me habría alcanzado enseguida.

-Bueno -le susurró él al oído mientras la abrazaba fuertemente-, estate tranquila que sólo ha sido un mal sueño. Yo nunca dejaría que algo malo te ocurriese. Bueno, algo más.

-Tener un bebé no es malo, Dame.

-Lo es cuando tu vida está en peligro a consecuencia de ello.

-Mira, será mejor dejarlo porque si no acabaremos discutiendo.

-Sabes que tengo razón, Elena.

-No, lo que tienes es miedo a que me pase algo malo a cuenta del embarazo. Pero sólo es eso, miedo.

-Tienes razón, será mejor no seguir antes de que discutamos en un avión lleno de mortales ansiosos de que les libremos de su tedioso aburrimiento.

-Eres de lo que no hay -dijo ella segundos antes de que la azafata llegase con un batido de chocolate.

Elena lo cogió y se lo bebió casi todo de un sólo trago ante la atenta y divertida mirada de su marido, quien la observaba con una sonrisa ladeada y una ceja levemente alzada. Iba a preguntarle si quería probarlo cuando notó que le subía el batido. Se levantó a todo correr y sin decir nada, pasó por delante del vampiro y se metió en el baño. Llegó justo a tiempo de vomitar en la taza del baño. Se agachó como pudo y, mientras ella echaba lo poco que tenía en el estómago, notó cómo alguien le apartaba el pelo para que no se le ensuciase. No necesitó girarse para saber que se trataba de Damon. Su olor le delataba. Su olor y esa manera que tenía de consolarla qué la hacía creer que nada en el mundo podría llegar a dañarla.

-¿Estás mejor, princesa? -le preguntó en voz baja cuando ella paró de vomitar, mientras le acariciaba la espalda con una mano y con la otra le sujetaba la melena.

-Creo que sí. Me da que con este no tolero ni los raviolis ni el batido de chocolate.

-¿Necesitas algo? -susurró quedamente él cuando ella se hubo levantado.

-Estoy bien, tranquilo. Y cuando me lave los dientes estaré mejor. Ya te he dicho que no es necesario que estés mientras yo echo hasta la primera papilla que me dio mi madre, cielo. Es asqueroso ver devolver a alguien.

-Sólo intento mejorar una mala situación.

-Lo sé, y me encanta que lo hagas, en serio. Es algo encantador y tranquilizador sentir tus caricias y oír tus palabras de consuelo, pero, no sé, ¿no te da asco oler el vómito? No quiero ni imaginarme cómo será para ti con tus sentidos vampíricos, amor.

-No te preocupes por mí, vida mía. Al fin y al cabo estás así otra vez por culpa mía.

-No es culpa de nadie, Damon.

-Sí que lo es. Y es únicamente mía por no haber sido precavido.

-Entonces es de los dos. Creo que fue en la noche del jacuzzi en Florencia. Cuando tuviste aquella pesadilla. Y fui yo quien te engatusó, así que...

-Dos no pelean si uno no quiere. Podría haberme resistido.

-¿Seguro? ¿Después de verme con los regalos de Bonnie y Meredith? -comentó ella mientras jugaba con el cuello de la camisa de él- Lo dudo.

-Tenías que sacar a relucir ese camisón, ¿verdad?

Elena por toda respuesta, se puso de puntillas y le besó como si su vida dependiense de ello. Como si estuviese muerta de sed y los labios del chico fuesen el agua que necesitaba. Damon no sé lo pensó dos veces y, aupándola y apoyándola contra la pared, comenzó a subirle la falda para poder llegar a sus bragas. Elena enroscó las piernas alrededor de su marido y echó hacia atrás la cabeza para facilitarle el acceso y que éste siguiese un camino con sus labios hasta sus pechos. En un visto y no visto, y sin darse cuenta ella en qué momento le había roto las braguitas, Damon entró en ella provocando que ambos gimiesen al sentirse el uno al otro.

Damon la empotró sin miramientos contra la pared con sus embestidas a lo que ella respondió clavándole las uñas en el cuello y la espalda. Acababan de fundirse el uno en el otro cuando alguien tocó a la puerta.

-Mi scusi, va tutto bene lì dentro? (Disculpen, ¿está todo bien ahí dentro?)

-Si, molto bene (Sí, muy bien) -respondió Damon antes de echarse a reír igual que un adolescente que le pillan haciendo alguna trastada-. Creo que es mejor que volvamos al asiento, princesa.

-Qué vergüenza. ¿Nos habrán oído?

-Tranquila, estamos en primera clase. Como mucho sólo nos habrá oído la azafata al pasar junto a la puerta.

-Madre mía. Con qué cara voy a salir de aquí yo ahora.

-No pasa nada, princesa. Si quieres le hago olvidar lo que ha oído.

-No, es igual. Vamos a sentarnos, estoy cansada.

-¿Otra vez te vas a dormir? Que sepas que eres una compañera de viaje malísima.

Elena le sacó la lengua riéndose antes de abrir la puerta y salir al pasillo del avión para sentarse en su asiento y quedarse dormida de nuevo sin miedo a volver a tener esa horrible y angustiosa pesadilla al haberla olvidado gracias a su marido.


Damon cogió en brazos a Elena sin despertarla para bajarse del avión. Cuando llegó a donde estaban sus maletas notó que su hermano estaba detrás de él.

-Hola, hermano -le saludó él antes de girarse hacia Stefan-. Hazme un favor, anda. Coge tú las maletas.

-Está bien.

-Sólo está durmiendo. De momento sólo está con los síntomas normales en un embarazo.

-No te preocupes, Damon. Verás como lo solucionamos. Siempre lo hacemos.

-Tanto positivismo me está dando ganas de vomitar.

Stefan no le contestó, sabía de sobra que su hermano estaba siendo borde con él porque siempre reaccionaba así cuando estaba metido en una situación que no podía controlar.

Salieron del aeropuerto sin decir absolutamente nada ninguno de los dos y llegaron al coche de Stefan. Mientras el mayor metía a Elena en los asientos traseros del Porsche y la tumbaba con delicadeza en ellos, el más joven hacía lo propio con las maletas en el maletero, antes de meterse el primero en el asiento del copiloto y el segundo en el del conductor.

Llegaron a la casa de Damon y Elena en completo silencio, salvo por los leves ronquidos de la chica y el suave ronroneo del motor del coche. Cuando Stefan aparcó cerca de la puerta principal, se bajaron al mismo tiempo que salían de la casa Anabella y Mary Anne, ambas con cara de preocupación, pero contentas por tenerlos con ellas de nuevo.

Elena se despertó justo cuando Damon la colocó en uno de los sofás que había en el salón.

-Buenas noches, princesa -le saludó su marido.

-¿Ya hemos llegado? -preguntó ella mirando a su alrededor.

-Sí, llevas dormida unas diez horas.

-Joder -comentó Anabella con una sonrisita en los labios-, Elena, estás hecha una marmota.

-Anabella -la reprendió su padre-, tengamos la fiesta en paz, ¿de acuerdo?

-Lo siento, papá. Se me ha escapado.

-Bueno, pues que no se te escape ninguna tontería más, ¿vale?

-Está bien, perdona, Elena.

-Tranquila, estoy acostumbrada ya a ese tipo de comentarios. Estoy casada con tu padre.

-Oye, que estoy aquí -se quejó el aludido fingiéndose herido antes de que la rubia se estirarse y le diese un tierno besito en los labios.

Luego se puso serio y se giró hacia su madre y hermano y les pidió que le contasen todo lo que sabían hasta ese momento sobre la profecía.

Unas horas después, cuando ya les habían puesto a ambos al corriente, la pareja subió a su habitación a descansar antes de ir a la Casa de Huéspedes para hablar con Bianca Bernini. Damon no sabía qué esperar de tal encuentro, ni lo que llegaría a pensar Elena de tener a su ex muerta delante de ella. Tampoco sabía aún cómo iba a hacer para evitar que el parto de Elena tuviese el mismo resultado que el de la madre de Anabella. Con pensamientos tan negros y críticos se quedó dormido con la cabeza de su esposa apoyada en su pecho y él abrazándola cariñosamente.