Sage estaba esperando a que a su padre le diese la gana de recibirle. Aún no sabía qué le iba a decir exactamente para que aceptase hablar, a poder ser, pacíficamente con Damon. Por supuesto que no le iba a decir lo que el joven y apuesto vampiro le había exigido que le comunicase. Conocía muy bien a su padre y sabía que iría a por los seres queridos del muchacho. Estaba tan sumido en sus pensamientos, que no se dio cuenta de cuándo había llegado su padre junto a él.

-Sage -oyó que le llamó su progenitor-, ¿qué querías?

-Es Damon, padre. Quiere verte y hablar contigo.

-Por fin ha comprendido que no puede salvar a Elena sin mi ayuda.

-No es eso. Está enfadado contigo, es más, en los casi cuatro siglos que le conozco, nunca le había visto con un enfado de tal magnitud. No sé a ciencia cierta lo quiere decirte exactamente, pero te pido, por favor, que no le hagas nada malo a familia.

-Así que sigue en plan rebelde, ¿eh? Supongo que de raza le viene al galgo. Y, por muy orgulloso que esté de él, no puedo permitir este descaro. Ese muchacho es tan descarado como yo cuando era joven.

-¿Qué quieres decir?

-Bueno, me imagino que enterarías, así que no creo que merezca la pena seguir ocultándolo -Sage se quedó mirando fijamente a su padre sin tener ni idea de lo que éste quería decir con sus palabras-. Te contaré una historia que ocurrió hace medio milenio.


Florencia, octubre de 1486.

Mary Anne ya no podía soportarlo más. Hacía unas semanas que había perdido otro bebé. Tenía roto el corazón en mil pedazos. Ella sólo deseaba un bebé, un niño que, con sus risas y correteos por el palazzo alegrasen sus vidas, tal vez así, Giussepe cambiase. Pero, parecía que Dios no quería que ella cumpliese su ansiado sueño de ser madre. Por eso había decidido hacer ese hechizo, sabía que era peligroso, ya que, con este tipo de hechizos nunca se sabía quién podría pasar por la puerta que la invocación abría, pero estaba desesperada. Encendió el gran cirio blanco que había colocado previamente sobre el pequeño altar y comenzó a murmurar las palabras latinas que tenía escritas en el antiguo libro de hechizos herencia de su madre. Al principio no ocurrió nada y la mujer creyó que había cometido algún error a la hora de pronunciar el hechizo. Mas la vela se apagó de repente y una figura alta apareció ante ella.

-Vaya -comentó el ser-, ¿si no es otra la que me invoca que la bella y angustiada Mary Anne.

-¿Quién sois?

-Aquél que fue condenado por su Padre a vivir en las sombras. Y, ahora, dime, ¿qué es lo que tu mortal corazón anhela tanto como para llegar a invocarme?

-Sólo deseo lo que toda mujer tiene por derecho propio y que a mí la naturaleza se niega a concederme: un hijo.

-¿Romperías tus sagrados votos matrimoniales por tener un hijo?

-Fui desposada con mi esposo para tener un heredero para las tierras de mi padre y las de mi esposo. Si no soy madre pronto, me veré rebajada a la humillación de tener que soportar a la posible amante de mi esposo y a su posible hijo bastardo o aún peor, la anulación matrimonial. Por favor, os lo ruego. Os daré lo que deseéis, pero, por favor, hacedme madre.

Él se la quedó mirando fijamente antes de acercarse a ella y hablarle:

-Sólo hay algo que tengas que darme.

-Lo que sea, estoy dispuesta a daros todo menos mi alma.

-Tranquila -contestó él riéndose un poco-, quédate con tu alma, no es lo que deseo de ti.

-¿Pues qué deseáis entonces?

-Tu cuerpo. Una noche contigo y que así se forme mi hijo en tu seno.

-De acuerdo -aceptó ella sin pensárselo dos veces ni preguntarse el motivo que tendría él para pedir eso a cambio y que el niño fuese suyo.


Fell's Church, 2015

-¿Dónde está -preguntó Mary Anne entrando en la Casa de Huéspedes sin saludar ni siquiera a la señora Flowers, quién había abierto la puerta tras la insistencia de la vampira al tocar al timbre- Damon, que no me coge el teléfono?

-Estará con Elena -contestó Stefan.

-Si fuese así, no estaría aquí, ¿no crees?

-Pues no lo sé, madre. Estará haciendo algo.

-Sí, como hablar con Lucifer -murmuró ella volviendo a llamarle a su primogénito al móvil. Pero seguía enviándola directamente al buzón de voz.

-Pero, ¿qué pasa, madre?

-Tu hermano no debería ir a hablar personalmente con Lucifer.

-Pero, es que no entiendo el por qué. Si hablase con él, todo terminaría ya.

-¿Es que no conoces a tu hermano? Se ha marchado de casa dejándole una nota en la almohada a Elena diciendo que iba a hablar con él para dejarle las cosas claras. Va a hacerle enfadar con ese carácter suyo que no para de meterle en problemas y de los cuales no aprende. Y no puedo permitirle hacerlo. No me arriesgaré a que le cuente la verdad.

-¿La verdad? ¿Qué verdad?

-Es algo que tu hermano no puede saber, por nada del mundo. Debes curarme que me guardarás el secreto, Stefan.

-Por supuesto, tienes mi palabra.

-Verás, antes de quedarme embarazada de tu hermano, había perdido tantos hijos no natos como nacidos. Tienes que comprender que ya no podía soportar esa situación por más tiempo y por eso decidí pedir ayuda a alguien que fuese capaz de conseguir mi ansiado deseo de ser madre. Entre las cosas que me había llevado de mi madre, había un libro de conjuros del que saqué uno de invocación. Lo hice y acudió un ser que me concedió el deseo de poder concebir un hijo pidiéndome algo a cambio: acostándome con él, por lo que ese niño sería fruto de esa unión. En ese momento no lo pensé, ni me di cuenta de lo que pretendía, del por qué había accedido tan pronto a concedérmelo. Te juro que no sabía de sus intenciones para con tu hermano, que él sabía que ese niño que me ayudó a concebir sería el de la profecía.

-¿Estás diciéndome que mi hermano es el producto de una infidelidad?

-No me acuses de mantente mi lecho caliente con otro hombre cuando tu padre lo hacía de continuo con muchachas que podrían haber sido hijas suyas o incluso nietas.

-Y, ¿quién era ese ser que respondió a tu llamada?

-El único interesado en que esa maldita profecía se cumpla.

-¡¿El Diáblo?!

-Dilo un poco más alto que los habitantes de Japón aún no te han oído.

-Dios mío. Cuando Damon se entere... Esto no te lo perdona en la vida. ¿Cómo pudiste hacer algo así? Y con él mismísimo Demonio.

-Alégrate de que lo hiciese. De otra forma ni tú ni tu hermano estaríais aquí y ahora.

-¿Yo soy...?

-Tú eres hijo de Giussepe, si eso es lo que te preocupa. Y, por lo que a Damon respecta, él también lo es.

-¿Padre lo sabía?

-No. Siempre creyó que era suyo. Tu padre siempre fue así; una persona horrible incapaz de sentir ni dar amor a los demás. Trataba a tu hermano como lo hacía porque éste no podía callarse la boca nunca, al igual que yo, y eso era algo que Giussepe no soportaba.

-Entonces, Damon y Sage...

-Son hermanos, sí. Ni siquiera Sage lo sabe, ni debe saberlo nunca, ¿estamos?

-Pobre Sage, no sólo ama a alguien por el que jamás será correspondido, si no que encima es su hermano.

-Eso es lo de menos. Lo importante es impedir que tu hermano hable con Lucifer. Lo conozco lo suficiente como para saber que el Ángel Caído intentará imponer su voluntad sobre tu Damon y eso terminará muy mal.

-Pero, si no te coge el teléfono, ¿cómo vamos a saber dónde está?

-Habrá que hacer un hechizo...

-Ahora ya sé yo por qué Damon siempre ha sido tan poderoso.

-Sí, al fin y al cabo es medio brujo y medio ángel. Ven, hagamos el hechizo antes de que sea demasiado tarde.


-¿Cómo? -dijo Sage más para sí mismo que para su padre- il n'est pas possible. No puede ser.

-¿El qué no puede ser?

Tanto el ángel como el vampiro se giraron al oír la enfadada e inconfundible voz de Damon Salvatore. Lucifer con una sonrisa presuntuosa y orgullosa en sus labios y Sage con la sorpresa, el miedo y la incredulidad en sus ojos reflejados.

-Vaya, por fin el hijo pródigo regresa a casa...

Damon se quedó mirando al Diablo, sin saber a qué se refería éste, antes de contestarle con una pregunta.

-¿Qué quieres decir con eso?