Florencia, 24 de mayo de 1487.
Mary Anne estaba en la biblioteca leyendo un libro cuando notó un intenso dolor en su vientre. Sabía qué era lo que pasaba; se había puesto de parto. En cuanto se le pasó la contracción, dejó el libro en la mesa que tenía junto a ella y se levantó para ir en busca de ayuda. Estaba llegando a sus aposentos cuando se topó con su marido, quién, al ver la cara que traía su mujer, se paró ante ella cogiéndola por las manos.
-¿Qué te ocurre, Mary Anne?
-Manda llamar al médico y avisa a las criadas. Viene el bebé -y, como si hubiese querido confirmarlo, el bebé volvió a empujar provocando a su madre una contracción más.
Giussepe la ayudó a llegar a sus aposentos y la tumbó suavemente sobre el lecho justo en el momento en el que ésta volvía a tener una contracción más y rompía aguas. Ella se quedó tumbada ahí tal y como el italiano la había dejado, mientras él iba en busca de Rafaella para que ayudase al médico a traer a su hijo al mundo. La vieja criada estaba en la cocina junto a Benigna preparando el almuerzo cuando su señor llegó ante ellas.
-Rafaella, mi esposa va a dar a luz, necesito que vengas. Y, tú, Benigna, ve a casa de Francesco Bernini y dile que venga rápidamente a atender a mi esposa en el alumbramiento.
-Sí, signore -contestaron ambas sirvientas antes de hacer una leve reverencia e ir cada una a donde se le había ordenado.
Poco tardó el médico en llegar al palazzo de los Salvatore, y, mientras Giussepe recorría la biblioteca cuán león enjaulado, un precioso niño bendecía a su familia con su presencia.
Cuando el conde de Florencia recibió el permiso para poder entrar en sus aposentos y conocer a su hijo, entró cual vendaval, sin importarle lo más mínimo el haber tropezado a Rafaella y que por ello se le cayese a ésta el pequeño barreño que portaba en sus manos, derramando así, el agua sucia tras haber lavado al bebé con ella, por todo el suelo y la cara alfombra.
Nada se acordaba ya de su trato hecho hacía siete meses al igual que nada sospechaba el italiano de que el hermoso bebé con los cabellos negros como las alas de un cuervo no era hijo suyo.
Fell's Church, 2015.
Mary Anne acababa de llegar a la casa de su hijo y su nuera junto a Stefan cuando Damon entró hecho una furia; abriendo la puerta y cerrándola después tras él, de tal manera que las paredes retumbaron, su hermano creyó que sacaría la puerta de sus goznes y los gemelos despertaron de su siesta con tal susto que la pobre Elena no era capaz de calmar sus llantos.
-¡Damon! -exclamó su madre- ¿Es que quieres tirar la casa abajo?
Fue en ese momento en el que Stefan se dio cuenta de libro muy enfadado que estaba su hermano, al ver esa sonrisa que ponía los pelos de punta al hombre (o vampiro en este caso) más valiente del mundo, aparecer en los labios del muchacho y ese extraño y peligroso brillo en sus negros ojos. Algo muy grave le había ocurrido para que estuviese así. Afuera el cielo estaba tan oscuro como una noche de diciembre, a pesar de encontrarse ya en septiembre... Sí, definitivamente Damon debía de estar muy enfadado.
-¿Cuándo pensabas decirme la verdad? He estado comiéndome la cabeza desde que supe que Anabella estaba en camino y ahora con el o la que crece dentro de Elena y no has tenido los ovarios de decirme la verdad. No has sido capaz de decirme que esto es posible porque soy un nefilim.
-Lo sabes.
-Sí, lo sé. Fui a hablar con Lucifer tal y como dije y cuál fue mi sorpresa al oír de sus labios una historia la mar de interesante.
-Damon, por favor...
-¡Ni por favor ni ostias! Si me lo hubieses dicho ahora no estaría en la situación en la que me encuentro.
-Dame -le llamó Elena desde las escaleras-, ¿qué te ha pasado?
Damon cambió la cara por completo y caminó hacia ella. Cuando pasó junto a su madre la miró a los ojos antes de decirle secamente:
-No hemos terminado esta conversación, madre.
-Lo siento, hijo, sólo quería protegerte -contestó la mujer obteniendo como respuesta una seca y aterradora mirada por parte de su primogénito antes de que él la pasase de largo para llegar junto a su esposa.
-No me pasa nada, princesa -le respondió él dándole un beso en los labios.
-¿Dónde has estado metido? -le reprendió su mujer mientras se baño a su cuarto- Te hemos estado llamando al móvil y no hacías caso. Me tenías muy preocupada, Dame. No vuelvas a hacerlo.
-Te dejé una nota de lo que iba a hacer.
-Y, ¿crees que eso lo hace más fácil?
-Lo siento, pero qué otra cosa podía hacer. Si tienes una solución para evitar que mueras cuando el bebé que crece en tu seno quiera nacer, soy todo oídos.
-Pues en realidad sí que tengo una idea.
-¿Cuál?
-Tu sangre cura, ¿verdad?
-Ya sabes que sí. ¿Quieres que te dé mi sangre cuando te pongas de parto? Pero, ¿y si algo sale mal y te mueres?
-Pues que me haría vampira y viviría una eternidad junto al perfecto, cascarrabias y manducón de mi marido.
-¿Estás segura, princesa? Luego no hay marcha atrás.
-Te quiero, Damon Salvatore. A ti y a nuestros hijos. Y no concibo una vida sin ninguno de vosotros.
-Está bien -contestó él con una pícara sonrisita en sus carnosos labios-, me habéis convencido, signora Salvatore.
