Elena y Damon estaban en la consulta del tocólogo esperando a que les llamase la enfermera. Aún era pronto, según opinaba Elena, para hacerse una ecografía, pero Damon quería ver que todo iba bien, dentro de lo que cabía.

Damon estaba dando nerviosos golpecitos en el suelo con el pie mientras ella intentaba leer una revista de cotilleos, pero le era completamente imposible concentrarse con el constante ruido que hacía su marido con la suela de la bota.

-Damon, cielo -le dijo cuando ya no pudo más-. ¿Puedes parar ya, por favor?

-No, no puedo. Lo siento, princesa. Estoy muy nervioso.

-Ya lo veo, ya -Elena iba a añadir algo más, pero no lo dijo al salir la enfermera.

-¿Elena Salvatore? -preguntó la mujer mirándola sonriéndola para luego fijarse en Damon y cambiar por completo la mirada al poner sus ojos sobre el chico- Pasa, cielo, el doctor Williams te está esperando. ¿El papá va a pasar?

Damon entró tras su mujer antes de darle tiempo a Elena de contestar siquiera a la enfermera. Dentro les esperaba un médico desconocido para ella, no le hacía ninguna gracia que le viese un médico que no conocía de nada, pero ya era tarde para negarse y, además, Damon no la dejaría echarse para atrás.

-Buenos días, Elena. Y compañía -le saludó el joven médico antes de mirar al vampiro que estaba junto a ella y que, a juzgar por cómo le había pasado la mano por la cintura, (el médico debía de haber pensado algo que al chico le había sentado mal) parecía que quería dejar claro que Elena era suya. No le gustaba nada cuando se ponía en plan macho alfa, pero perro viejo nunca cambia-. Túmbate en la camilla y súbete la camisa un poco, por favor.

Elena soltó el fuerte agarre de su marido y se tumbó en la camilla antes de destaparse toda la tripa y bajarse un poco el pantalón que llevaba para dejar margen al médico para que puediese hacerle bien la ecografía. Damon se quedó a su lado justo en frente de la pantalla en la que saldría su hijo.

-Bien -comentó el doctor Williams sentándose en su silla junto a Elena. Cogió un frasco con un gel y, antes de echárselo en su vientre la avisó-, estará un poco frío. Pero bueno, eso ya lo sabes, ¿verdad? He leído tu historial y he visto que no hace ni un año que estuviste aquí por última vez.

-Sí me atendió el doctor Peterson. Al pedir la cita no me dijeron que no estaba.

-Ya, está de vacaciones. Yo soy su sobrino.

-Es una conversación muy interesante -cortó mordazmente Damon-, pero, ¿qué tal si empieza a hacer su trabajo, doctor?

Elena le miró mal aunque el médico no dijo nada, esparció el gel por el vientre de la chica y comenzó a pasar por él el transductor. Enseguida apareció la imagen interna de su vientre en la pantalla.

-Mmm -murmuró el medico mientras observaba el pequeño bebé que se veía en la pantalla.

-¿Qué ocurre? -preguntó Damon preocupado- ¿Está todo bien?

-Sí, tranquilos. Está todo perfecto. Lo único que según le dijiste a Lucy, estás de ocho semanas.

-Sí, más o menos. ¿Por qué?

-¿Estás completamente segura? Porque, según el feto que veo en la pantalla, estás de unas catorce o quince semanas.

-¿Está seguro? -preguntó Damon mirando fijamente al médico a los ojos.

-Sí. No hay duda alguna, estás embarazada de algo más de tres meses, casi cuatro diría yo, a juzgar por el avanzado crecimiento del feto.

Ante las palabras del médico, Damon y Elena se miraron el uno al otro en una mirada que significaba todo para ellos pero nada para el doctor y la enfermera. Elena se quedó muda por la revelación de que el bebé crecía más rápido de lo normal y, como siempre, fue Damon el que salvó la situación.

-Nada, princesa, que en el altar no fuimos dos sino tres. ¿Es posible saber el sexo del bebé, doctor?

-Sí -respondió el joven médico-, si así también lo quiere la mamá...

-Sí -murmuró Elena cogiendo la mano de su marido para intentar calmarle, pues le conocía muy bien y sabía que la calma que mostraba sólo era una máscara que escondía cómo se sentía en verdad-, por favor, díganoslo.

-De acuerdo -aceptó el tocólogo, y tras mirar la pantalla moviendo el transductor por la tripa de Elena, les dijo sonriendo-. Es un niño, y está muy sano.

A Damon se le escapó una sonrisita orgullosa, pero a Elena le recorrió un escalofrío por la espalda, pues al oír que era un niño lo que crecía en su interior se acordó sin remedio alguno del sueño que tenía todas las noches y de la que ya no le decía nada a su marido para no preocuparle más de lo que el pobre ya estaba.


-¿Qué os ha dicho el médico, hijo? -le preguntó Mary Anne a Damon en cuanto cruzaron él y Elena la puerta de la entrada- ¿Está todo bien?

-Sí, madre -contestó él de malas maneras-. Todo está genial. El niño tiene dos meses y el tamaño de uno de cuatro, pero todo está bien.

-¿Qué? ¿Cómo...?

-¿Que cómo es eso posible? No lo sé. A lo mejor tiene algo que ver mis genes angelicales.

-Damon -le reprendió Elena.

-Déjalo, Elena. Que se desahogue y lo suelte todo ya de una vez.

-No creo que sea buena idea -susurró su nuera-, hoy no está de buen humor.

-Te he oído, Elena.

-Ahora no la tomes conmigo.

-Tú no tienes la culpa de nada, princesa -contestó él acercándose a ella y dándole un tierno besito en los labios-. ¿Por qué no subes al cuarto y te acuestas un poco?

-¿Para que tú puedas chillar a tu madre sin que yo esté de por medio para frenarte? No, gracias. Tuvimos bastante con un diluvio universal.

-Como quieras.

-¿Anabella se desarrolló a este ritmo?

-No. Fue un embarazo normal y corriente. A los casi nueve meses, su madre se puso de parto. Pero, esto... Esto no es normal. Si en dos meses tiene el tamaño de un feto de cuatro, significa que tenemos poco tiempo para hacer lo que dijiste.

-Un momento, Damon -le interrumpió su madre-. ¿No dijiste, Elena, que cuando estuviste en la Otra Dimensión, hablaste con una Guardiana?

-Sí, fue cuando Sage nos llevó a Stefan, a Bonnie y a mí ante las Guardianas para pedirles que trajeran de vuelta a Damon. Pero no quisieron.

-Y, ¿qué te dijeron sobre las Alas que tenías?

-Que eran un regalo suyo y que formaban parte de mi ser, pero, ¿a qué viene eso?

-Espera -dijo Damon de repente con cara sorprendida-, ¿estás insinuando lo que yo creo que estás insinuando?

-¿El qué? -quiso saber una confundida Elena.

-Creo -le respondió su suegra-, no, estoy segura de que tú también eres una nefilim. Eso explicaría por qué éste bebé crece a semejante rapidez.

-Sí, la teoría está muy bien, madre. Pero, si es así, ¿qué pasa con los gemelos? Ellos se gustaron normal y crecen lentamente.

-No lo sé, Damon. Puede que la sangre vampira haya alterado algo en el adn del feto.

-Vaya ahora mi hijo resulta ser un engendro.

-Yo no he dicho eso, Damon. Pero Lucifer sabía que esto iba a pasar, así que puede que ésta teoría no sea tan loca.

-Eso ya da lo mismo. Vamos a temer que prepararlo todo, vigilar el crecimiento del bebé y cuando ya esté desarrollado por completo, hacerte una cesárea para que no te pase nada.

-Pero, ¿y lo que hablamos?

-Una cosa no quita a la otra, Elena. Quiero ir sobre seguro. Cuantas más oportunidades de salir inmune de ésta, mejor.

-Sé -respondió ella acercándose a él y acariciándole seductoramente el pecho por encima de la camisa mientras le hablaba mirándole a los ojos fijamente- que contigo a mi lado nunca me pasará nada, tú nunca lo permitirías, por eso sé que puedo estar tranquila.

-No sé qué haría si ti, princesa. Si algo te llegase a...

-Shhh -le silenció ella poniéndole un dedo sobre sus labios-. Nada malo va a pasar. Y, ahora, ¿qué te parece si nos echamos una siestecita los dos juntos?

-Suena bastante bien.