Florencia, primavera de 1488.

Mary Anne estaba intentando que su bebé durmiese, pero era imposible. El pobre llevaba varios días sin dormir y llorando sin parar todo el día y noche. Estaba muy preocupada ya, temiéndose lo peor ya. Tal vez Dios la castigaba de esa forma por el trato que había hecho, tal vez su pequeño iba a sufrir un dolor insoportable para un cuerpo tan pequeño, para al final irse como el resto de sus esperanzas.

-¿Sigue sin parar de llorar? -le oyó decir a Guiseppe a sus espaldas.

-No, creo que está peor, Giuseppe, y tiene la temperatura demasiado alta.

-Quizás deba mandar llamar a Francesco.

-Creo que será lo mejor, no creo que esto sea nada bueno.

-Tranquila, Damon es fuerte. Resistirá. Los niños se ponen enfermos, saldrá adelante, verás como al final no es nada y se recupera.

-Eso espero. He oído que hay una extraña enfermedad que se lleva a los más jóvenes.

-Eso no son más que habladurías, mujer. Si fuese así, nos habríamos marchado. Con lo que nos ha costado que la familia crezca no la iba a poner en peligro, ¿no crees? Mandaré llamar a Francesco.

Y, tras darle un casto beso en la coronilla a su mujer y hacerle un tierno gesto a su hijo en la naricita, marchó para ir a ver a su amigo y médico. No le había dicho nada a Mary Anne para no preocuparla más de lo que ya estaba, pero lo cierto era que el estado de salud de su hijo le tenía muy preocupado. A Dios le pedía que no se lo arrebatase como había hecho con los otros.


-Buenas tardes, Mary Anne -saludó Francesco al entrar en la habitación del pequeño-. Vuestro esposo me ha dicho que el futuro Conde de Florencia no se encuentra bien.

-Buenas tardes, Francesco. La verdad es que no sé qué le ocurre, y eso me tiene muy preocupada. No duerme, no come ni siquiera juega. Sólo llora y llora y yo ya no sé qué hacer para que deje de llorar. Temo por su vida, Francesco.

-Bueno -contestó él acercándose al niño-, examinemos a este pequeñín.

Estuvo un tiempo palpándole la tripita, a lo que el niño lloraba con más ímpetu si cabe. El doctor Bernini cogió en brazos al infante y, poniéndolo boca abajo consiguió que Damon dejase de llorar.

-¿Cuánto tiempo hace que no hace aguas mayores?

-Varios días, pero yo lo achacaba a que lleva varios días sin querer comer.

-A este niño lo único que le ocurre es que necesita defecar, expulsar todo lo que tiene en su interior. Llora porque le duele mucho la tripa. ¿Qué suele comer? ¿Sigue con la crianza?

-Hace unas semanas comencé a darle comida, sopas y cosas por el estilo.

-Pues algo de lo que ha comido le ha producido estreñimiento. Os daré unas hierbas que mi esposa suele utilizar con Lorenzo. Que le hagan un té con ellas, es probable que no lo quiera, dádselo con la leche vuestra, eso disimulará su fuerte sabor.

-Y -habló por primera vez Giuseppe desde que llegó con el médico-, ¿estas hierbas le curarán.

-Así es, signore. Mi esposa se las da a Lorenzo en cuanto nota los primeros síntomas y a la de poco el niño hace de vientre.

-Muchas gracias -respondió Mary Anne con el niño en brazos y sintiendo que el gran peso que aprisionaba a su corazón se disipaba liberándolo así de su presión. Con el frasquito de las hierbas que le había dado el señor Bernini y su hijo en brazos, bajó a la cocina para que le hiciese el té y así poder curar a su pequeño y querido hijo.

Giuseppe entró en el cuarto de su hijo y se encontró con que, no sólo Damon había dejado los llantos por fin, si no que estaba dormido mientras su madre le acariciaba el negro pelo que cubría su cabecita y le cantaba una canción de su tierra. Ella levantó la mirada y, llevándose el dedo índice de su mano libre a sus labios le indicó que no hiciese ruido. Por fin Damon se había curado y había caído rendido tras expulsar todo lo que su pequeño cuerpecito había estado acumulando durante esos días en que el niño había estado extrenido.

Giuseppe se iba a marchar a su estudio cuando oyó mucho jaleo en el jardín delantero de su palazzo. Fue hasta uno de los ventanales y se asomó por él. Allí vio como una anciana intentaba llegar hasta la puerta principal, mientras que los guardias la impedían el paso. La anciana alzó la cabeza y, al verle gritó:

-¡Es el hijo del diablo! ¡Traerá la desgracia a vuestra familia!

Mary Anne se tensó y miró asustada a su esposo. Este le hizo un gesto para que se quedase con el niño, quien se había despertado con el griterío y lloraba asustado.

-No llores, mi cielo -le intentó calmar cogiéndole en brazos-. Mamá está aquí y no dejará que nadie te lastime.

Sin que nadie pudiese evitarlo, ni se diesen cuenta de cómo sucedió, la anciana apareció ante Mary Anne y su hijo.

-Ese niño trae consigo una profecía. Vuestro hijo es la semilla del mal. Vivirá por y para la sangre.

Damon dejó de llorar y miró a la anciana a los ojos fijamente. Esta se arrodilló ante ellos y, con lágrimas en los ojos le suplico al niño.

-Por favor, mi señor, tened piedad de esta pobre servidora vuestra y de vuestro padre.

Justo cuando ella se acercaba al niño para tocar su manita, llegó Giuseppe y la clavó un puñal por la espalda sin ningún tipo de remordimientos, sacó la hoja del cuerpo moribundo de la mujer y lo limpió con un pañuelo de encaje manchando así su blanco puro con el carmesí de la sangre de la mujer.

-¿Estáis bien? -le preguntó a su esposa acercándose a su familia- ¿Os ha llegado a hacer algo?

-No, estamos bien. ¿Qué es lo que quería?

-No lo sé, querida, pero ya no hay nada de lo que preocuparse. Mandaré que investiguen quién es y a qué familia se ha de entregar el cadáver, así sabremos si era locura o un atentado contra nuestra familia.

Mary Anne asintió distraídamente mientras besaba la coronilla de su hijo. Fue entonces cuando se dio cuenta de la mancha roja que tenía el bebé en una de sus mejillas.

-Oh, Dios santo -susurró antes de limpiársela asustada, con su mente aún en lo que la anciana había dicho y el trato que ella había dicho hacía poco más de año y medio.


Damon se acababa de sentar cuando apareció por la esquina su hermano con los niños y Anabella.

-¿Qué estáis haciendo aquí?

-No te creerías que nos íbamos a quedar en casa sin saber nada hasta que tú llamases, ¿no, papá?

-¿Sabes algo, hermano?

-Le han hecho una cesárea pero no me dejan estar dentro.

-Y, ¿la abuela?

-Ha bajado a por una tila. Al parecer estoy demasiado nervioso como para permanecer en el quirófano mientras le rajando el vientre a mi mujer y le sacan a mi hijo.

-¡Damon! -exclamó escandalizada Mary Anne al llegar a la sala de espera y oír a su hijo decir eso.

-¡Ahora qué!

-Que no hables así. Tómate esto a ver si así te relajas un poco.

-Tómatelo tú si quieres, yo estoy muy bien aquí sin hacer nada mientras mi mujer puede que se desangra en la mesa de operaciones del quirófano del hospital de un pueblucho de mala muerte.

-Vale, se acabó -dijo tajantemente su madre cogiéndole de la barbilla y alzándole la cabeza para así poderle mirar a los ojos-. O te tomas tú la infusión de buena gana o te la meto yo a la fuerza.

-¿Tienes idea de lo mal que ha sonado eso?

-Vaya, qué estampa tan... bonita.

Todos se giraron hacia el hombre que había hablado y se quedaron mudos. Unos por no saber quién era y otros por la sorpresa de verle ahí. Sólo Damon fue capaz de reaccionar, lo cual no era ninguna sorpresa para ninguno de los presentes, y, casi gritando, le dijo:

-¡Tú! ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

-Bueno, soy de la familia también, ¿no? Y me he enterado de que voy a ser abuelo -se calló y miró a Anabella y a los gemelo quienes estaban en la silla doble que llevaba Stefan-... otra vez.

-Por lo que a mí respecta tú no eres nada mío, y aquí no pintas nada, así que ya te estás pirando.

-Damon...

-Ni Damon ni ostias. Me ha jodido toda mi existencia y el hecho de que mi mujer esté ahí dentro con una raja en el vientre es por su culpa.

-Más bien es tuya por no poder frenar tus más bajos instintos.

Ante eso Damon ya no se pudo frenar y, tan rápido como una pantera se lanza hacia su presa, se lanzó hacia el Ángel Caído y, antes de que Stefan y su madre pudiesen evitarlo, le propinó fuertes puñetazos, patadas y mordiscos.

Justo en ese momento salió la enfermera que ayudaba al médico que estaba atendiendo a Elena y se quedó muy sorprendida de lo que vio. Stefan y Mary Anne pudieron separar al joven del ángel antes de que la cosa fuese a más. El muchacho alzó la cabeza y se encontró con la asustada enfermera. Se acercó a ella con esa mirada que hacía que el corazón de cualquier fémina se derritiese por él y le dijo con voz seductora:

-No te preocupes, Jessica, no es nada más que una pequeña diferencia de opiniones. Tú no has visto ni oído nada, ¿entendido?

-Yo no he visto ni oído nada -habló hipnotizada la enfermera.

-Bien, y ahora a lo importante. ¿Mi mujer y mi hijo?

-Sí, su mujer está fuera de peligro y el niño está sano y es precioso.

-¿Puedo pasar?

-Me temo que no, señor. Van a subirla a planta, pero si quiere puede subir usted a su hijo.

-Por supuesto, ¿a qué habitación?

-E240 -respondió ella antes de meterse en el quirófano de nuevo para salir segundos después con un bebé con los cabellos de oro, la piel pálida como la nieve y unos lapislázulis por ojos en brazos y entregárselo a Damon.

-Oh, hijo mío -murmuró Mary Anne contemplando a su nieto-. Es precioso. Se parece mucho a ti

-Sí, en lo que tiene entre las piernas, no te jode.

-¡Damon!

-Déjame en paz -murmuró mientras se dirigía al ascensor para ir a la habitación en la que habían llevado a su mujer.

-No me cabe la menor duda de que ese muchacho es hijo mío -dijo Samael con una orgullosa sonrisa en sus labios.

-No te emociones, si te crees que te vas a ir de rositas y conseguir tus objetivos es que no conoces nada en absoluto a mi hermano. Te la tiene jurada y tarde o temprano te la hará pagar. Y, créeme cuando te digo que cuando quiere puede llegar a ser muy cruel...

Ante las palabras de Stefan, Samael se quedó callado. Ya entraría en razón. Sólo debía de pulsar el botón apropiado para domar a su hijo. Él sabía muy bien lo que dolía perder a lo que más se amaba.


Dos semanas después...

El pequeño Tommy, que era así como llamaban sus padres a Thomas Stefano Salvatore, crecía a un ritmo que asustaba tanto a sus padres como al resto de su familia. Hacía dos semanas que había nacido y parecía un bebé de dos o tres meses.

Pero lo que más le asustaba a Damon era no tener noticias de Samuel después del altercado que había dado lugar en el hospital. No sabía qué estaría planeando y por eso estaba de bastante mal humor. Y por eso, Stefan se lo había llevado de caza para que dejase de preocuparse tanto y se relajase un poco.

Eran las diez de la noche ya cuando volvieron a casa del mayor y enseguida pudieron percibir algo extraño. Damon salió corriendo hacia la casa a velocidad vampírica y su hermano le siguió de cerca. Pero ninguno de los dos estaba preparado para encontrarse con lo que se encontraron. Samael sostenía del cuello contra él a Elena quien apretaba contra sí a Tommy.

-Suéltala -dijo aparentemente con valor y sin temor alguno Damon, aunque Stefan sabía muy bien que en realidad estaba muerto de miedo -. Déjalos ir, por favor. Ellos no te han hecho nada.

-La soltaré si tú cumples con la profecía.

-Estás loco si crees que voy a hacer algo de lo que tú me digas asquerosa sanguijuela.

-Es curioso que un vampiro me llame eso. ¿No quieres hacer el papel para el cual naciste? Bien. Si no lo haces por las buenas, habrá que presionarte un poco hasta que lo hagas. Primero será perder lo que más quieres.

Y, dicho esto, y ante la incrédula mirada de Damon, Samael le partió el cuello a Elena quien cayó muerta en el acto. Samael le arrebató al bebé de los brazos y con una cínica sonrisa en los labios y antes de desaparecer con el niño le dijo a Damon:

-Mis condolencias.

Stefan vio todo como a cámara lenta, vio al Diablo matar a Elena a cámara lenta y le vio a su hermano derrumbarse como no le había vuelto a ver desde que encontraron a Bianca muerta de la misma forma que ahora yacía Elena.

La puerta principal se abrió dando paso a su madre quien, cuando vio a su nuera en el suelo y a su primogénito encima de ella llorando e intentando inútilmente despertarla, se acercó ellos.

-¿Qué ha pasado?

-Samael la ha matado.

-Oh, Dios mío.

-Dios no tiene nada que ver en esto, madre -dijo de malas maneras Damon levantándose del suelo con su esposa en brazos antes de caminar hacia la casa-. Así que no le metas.

-¿A dónde vas?

-A mi casa. No la voy a dejar ahí fuera.

-Damon...

-No digas nada. Tendrá que estar en casa segura y a salvo cuando despierte.

Y antes de que ninguno pudiera añadir nada más, se metió en casa y se fue a su habitación, donde depositó suavemente el cuerpo inerte de su mujer.


Tachaaaan. Aquí llegó el final de "Nada cambiará mi amor por ti". No os hacéis ni idea de lo difícil que ha sido para mí escribir el último capítulo. Aunque, como ya dije con anterioridad, es probable que haya una segunda parte... Jajajaja. Tranquilo/as, la habrá. No soy tan mala... :-P

Pues nada, espero que os haya gustado y besos desde STZ!