Hermione y Snape bajaron a la acera en el tubo del elevador neumático, una corriente continua de aire impulsada por magia, donde aparentemente pisabas la nada, pero tan sólida como el metal.
Descendiendo, fueron quedando arriba los niveles de los edificios que recibían la luz taciturna del sol, llegando a los de ventanas encendidas, hasta cruzar frente a los anuncios luminosos ya en la oscuridad. Los puentes que unían los edificios iban atascados de personas, entrecruzados por hipoglifos con conductores.
En la acera, se adentraron de nuevo en la noche fría; en el resplandor de los gigantescos anuncios iluminados por Lumos. Repartidos en cada edificio los promocionales brillaban con intimidad de luz neón (anunciando mercancías [siempre Borgin & Burkes], tugurios [placer en The Leprechaun] o aprehensiones [nuevas del Departamento de Seguridad Mágica]), que ellos dos no leyeron, y caminaron entre los edificios por la acera atestada de anónimos magos y squibbs.
Entre las aceras ya no se usaba espacio para vehículos, pues eran aéreos: en esta parte de Knockturn, las aerocarrozas tiradas por thestrals sobrevolaban a pocas decenas de metros sobre los transeúntes, quienes ocupaban el espacio completo en medio de las construcciones, muchos caminando y otros de pie en la ancha franja central, la acera móvil.
Hermione y Snape se colocaron a un costado de la banda en perpetuo movimiento que se extendía por la ciudad, abordando de un paso y apartando a otros pasajeros para darse espacio, aunque muchos se retiraron al ver en la solapa de Snape y la cazadora de Granger, el emblema de la Brigada Inquisitorial, la policía política del Ministerio de Magia.
Aurores en discos sobrevolaban las calles, en continuo Legeremens para detectar cualquier amenaza entre los usuarios del tránsito físico, una muestra del deterioro del sistema porque en la megalópolis de Knockturn casi nadie usaba la Red Flu. El callejón supeditado a Diagon había prosperado tanto gracias a ser cuna del mercado libre de productos oscuros, así como del mercado negro, que con el tiempo tuvo un boom gracias a la escasez e inseguridad del final de la Segunda Guerra.
La sensación de peligro había dado un auge a DCAO, pero también a AO por considerársele más eficaz y tajante. Eso impulsó económicamente al Callejón Knockturn y alimentó otros negocios asociados, como las casas de esparcimiento, de vicios y centros de explotación. Eso atrajo a todo ser no amado por el Ministerio a cobijarse en los innumerables recodos de la cada vez mayor Knockturn, expandida en torno a Diagon y después por cientos de kilómetros a la redonda.
La hoy ciudad conservaba Diagon como un museo muerto, donde se compraban enseres para los alumnos de Hogwarts, importante por contener el inamovible Gringotts y la frontera directa con el mundo muggle, desdibujada, pero vigilada para lentificar la mutua contaminación. Knockturn era la urbe más importante, por eso usar la Red Flu, aunque todavía funcionaba, era exponerse a ser interceptado y acabar como esclavo en un próspero negocio de la ciudad o a ser emboscado, pues Flu estaba atestada de piratas. Había que ser muy poca cosa para usarla. Descuidada, la Red se caía a pedazos y debía tener un millón de usuarios, todos ellos elfos domésticos, entre los cinco millones de habitantes de Knockturn.
—Nuevamente en expresso –aseguró Hermione, de pie al lado de Snape, entre los demás usuarios avanzando sobre la acera móvil; rebasaban a los de a pie con buena velocidad; entradas de edificios quedaban atrás rápidamente; las naves siseaban al pasar sobrevolando.
—Supones bien –respondió Snape. Una señalización rebasada advertía, brillosa: ENTRONQUE CON AVENIDA MALFOY y como siguieron en la acera, ésta se desvió a la derecha con ellos encima Snape añadió-: La aerocarroza se hizo añicos después de la última gracia de Potter y es la hora que no queda.
No tenían problema en hablar: los transeúntes iban conectados a sus chips cerebrales que les permitían escuchar música durante el trayecto. Nadie atendía nada hasta que tenían el aviso de tomar la intersección o bajar de la acera.
—¿Cuál puede ser el problema con Harry esta vez? –quiso saber ella- No me advertiste nada.
Un hipogrifo pasó volando muy bajo, rebasando con mucho el límite de velocidad. Detrás de ella, otro montdo por un auror sibiló en el aire. Nadie prestó atención. Persecuciones y duelos aéreos eran de lo más común.
—Dumbledore se hace el interesante, como siempre –aseguró Snape-. No se cansa de estar muerto.
La parte amena era que viajar resultaba rápido aunque era un problema llegar a Hogwarts por aire. O se volaba muy alto y los aparatos se arruinaban por la concentración de gases tóxicos, obsequio del mundo muggle, o volabas bajo y te derribaba alguna banda de mortífagos muertos de hambre. Lo mejor era el buen y viejo expresso.
—La última crisis de Harry fue grave –comentó ella, con el cabello removido por la velocidad de la acera.
—Culpa a Tom –así de bajo había caído el otrora Innombrable.
La atestada acera móvil avanzaba fluida. Llegarían pronto a la estación. Para ese viaje entre las prioridades de Snape estaba saber: 1) cuándo se acostaría con Granger; 2) por qué Dumbledore era tan pedante de hacerlos ir a Hogwarts cuando pudo informarles por neurófono (¡o por chat, mierda, hasta Crabbe sabía usarlo!) y 3) cuándo se acostaría con Granger. Los inciso podían repetirse en un cuarto. Inciso. O en un cuarto. Sí, ése era el mejor lugar.
—El problema de partir la personalidad y dejar una fracción no en un objeto, sino en un ser vivo, es que se le puede causar una psicosis –comentó Snape el eterno problema.
—Nadie sabe si la psicosis o pérdida de contacto con la realidad es lo que ocurre a Harry –la Gryffindor no perdía su afán discutidor-. O si una fracción de la personalidad de Voldemort, que no se erradicó en el choque final, se activa en Harry por su química cerebral… De ser así, Harry es Voldemort en esas crisis.
—Por fortuna en un rapto de lucidez destruyó la varita de saúco o tendríamos un clon de Voldemort –comentó Snape con voz nasal.
Se acercaron a la orilla izquierda de la acera, encaminándose a la siguiente desviación.
—Por eso en Harry no funciona el encantamiento Lockhart –aseguró la castaña-, porque no se trata de borrar una memoria individual. Harry tiene dos memorias, la suya y la de Riddle. Yo insisto que lo de Narry es un trastorno de personalidad múltiple.
—La filosofía nunca fue mi fuerte –afirmó Snape, quien había aprendido a ceder en el deseo de Granger de tener la razón-. Tampoco la psicología. Sólo soy excelente en venenos.
La acera salió en medio de las edificaciones de cientos de pisos, a una mole iluminada, con puentes exteriores, tubos vehiculares y carriles de pasajeros, que ostentaba el nombre flotante de Plataforma 9 ¾.
La mitad de los pasajeros no se movió de la orilla derecha; siguió en su dirección alejándose en curva, pero la mitad de la izquierda donde iba Hermione y Snape tomó la desviación hacia la Plataforma: se sumergieron en la estación que se perdía a lo lejos, techada entre de oficinas interiores de grandes ventanas, salas de espera a varis niveles, bares llamativos, sucursales de Borgin y Burkes; se elevaron con la acera a niveles superiores, en un plano cómodamente inclinado, desplazándose en una red entrecruzada de cientos de rampas móviles en todas direcciones, , con miles de viajeros oyendo música o leyendo, listos para transbordar hacia el Valle de Godric, Little Whinging, Gran Hangleton u Ottery.
Los chips de colágeno, insertados en el cerebro, funcionaban como neuronas artificiales que se conectaban con la Red Flu en su variante de comunicaciones virtuales. Como otros chips se hallaban en las áreas de visión del cerebro, con las conexiones se generaba la ilusión de tener enfrente una vieja pantalla de ordenador... Así Hermione consultó el horario del expresso que salía a Hogwarts, apartó los boletos y avisó a McGonagall que llegarían a las 9:45 pm.
—De acuerdo -asintió Snape, quien vio en su pantalla, la información que le pasó Granger.
La bulliciosa Plataforma 9 ¾, cuidada por miles de aurores, tenía infinidad de andenes distribuidos en niveles, pues no sólo conectaba con las grandes urbes, sino con las ciudades pequeñas o perdidas. El nombre de la estación se lo había apropiado el Consorcio de Gobierno de Knockturn, pero no le faltaba razón en cierto sentido: la empresa local de transportes, propiedad de los Malfoy, llegaba a King's Cross.
Hermione y Snape entraron a su muelle, abriéndose camino entre los otros pasajeros de aire ausente por ir conectados a sus pantallas virtuales. Como fuera, cada uno de ellos llevaba la varita bajo la manga y los squibbs sus armas predilectas de invención muggle.
Culpa a Tom, habría dicho Snape. La post-guerra había creado aquel estropicio. No faltaba quien dijera que el Mundo Mágico había retornado a la Edad Media.
Un auror, en el uniforme habitual de gabardina, intentó detenerlos, pero Snape, sin verlo ni detenerse le chasqueó los dedos, señalándolo:
—Detén las patas, imbécil –lo que consiguió y abordó la locomotora junto con Granger.
El expresso atravesó Knockturn City volviendo a los edificios, borrones de colores; en minutos atravesó los veinte cuadrantes urbanos y salió a campo abierto.
Pero el campo estaba desolado… Oscuridad, extensiones yertas, ausencia de vegetación, ríos agotados y lagos secos. La Luna parecía postrada sobre los árboles resecos y torcidos.
Culpa a Tom. El final de la Segunda Guerra Mágica había dejado ruinas y caos. El dolor de las pérdidas, las heridas colectivas y el desconcierto general fueron la larga secuela del hoy… Los Weasley no se habían repuesto nunca de la pérdida de Fred, ni los Diggory de la de Cedric, ni ninguno de los miles de deudos se encontraba medianamente bien. Diagon había quedado mortalmente herido después que el dulce mundo que fue, desapareció en los asesinatos crueles y el fuego. Nadie destruye un mundo así y éste vuelve ser el mismo. Para no ir más lejos, aunque se trató de rescatar Diagon, casas seguían sin dueño y negocios no habían vuelto a abrir, como Florean Fortescue o los artículos para quidditch, por considerárseles lujs superfluos, y permanecían cerrados sin saberse qué hacer con los locales. Ollivanders seguía en Diagon, pero era propiedad de la familia Parkinson. La pobreza, la destrucción, habían favorecido el crecimiento de males que estuvieron contenidos, como Knockturn mismo.
Las luces de la locomotora roja-negra abrían la distancia enfrente y a los lados, en medusa por un mar muerto. Este expresso, como todos, era el modelo del tren de Hogwarts, el GWR Clase 4900… Cientos y miles de locomotoras iguales recorriendo el Mundo Mágico, copiadas para preservar el mito, repetidas hasta la pesadilla por retener los efluvios del pasado de una sociedad que no se reconocía a sí misma, que no podía volver a lo que fue, debido a la destrucción acarreada por Voldemort.
El post-Hogwarts no podía ser el mismo de antes. El Nuevo Orden era producto de los efectos de la guerra y de los intentos desesperados por rearmar la sociedad.
Sentados lado a lado en la cabina frente a otros pasajeros, Snape volteó aHermione y le dio un beso en la boca sin mayor aviso, que ella le devolvió con la misma premura. Los labios de ambos encajaban con sabiduría, expertos en darse placer.
Los pasajeros esporádicamente se sacudían con la locomotora: mortífagos organizados en bandas luego de la derrota de Voldemort vagaban por los campos. Les daba por disparar a los trenes para tratar de descarrilarlos. Ventanillas centellearon, pero nadie les prestó atención, menos Hermione y Severus, que besándose llevaban las manos a la entrepierna del otro. Esos mortífagos eran los de poca monta, los importantes tenían poder: pese a haber sido enjuiciadas ninguna de las grandes familias fue castigada por su complicidad con Voldemort, debido a su riqueza y prestigio. Habpia sido una tontería pensar que el viciado Ministerio haría justicia.
Jadeando, Snape comenzó a desabrochar la blusa a Hermione. Ella miró a un lado, sonriendo, recargada contra la ventanilla.
—Severus, vamos a legar a Hogwarts en trece minutos…
—Tenemos tiempo –resoplaba él.
—… ¿aquí? -ella se excitó con las caricias de él en sus senos.
—No es la primera vez que lo hacemos en público –le recordó, besándole los labios-. Nadie ve… todos van conectados…
Cuando tuvo un vistazo del sostén, se enardeció, mordiéndole una oreja. Ella le apartaba las manos.
—Me excita cuando te resistes –suspiró él-, continúa haciéndolo…
—Vamos a otro lugar y sí -jadeó ella.
—Pero no te abroches la blusa. Me gusta verte caminando medio desnuda.
—Eres un enfermo –le mordió el labio de abajo.
Entraron a un compartimiento lleno de equipos armados con engranajes y bulbos, cerrando la puerta de un empujón, jadeantes y medio desvistiéndose mutuamente. Cuando se excitaban no podían esperar.
Y diantres, pensaba Snape, sosteniendo a Hermione de las piernas desnudas, moviéndose atrás y adelante en la calidez húmeda de ella, el mundo está en quiebra, pero el sexo contigo es fenomenal, cada que lo hacemos es como la primera vez.
Se sacudían mutuamente en el reducido espacio, cuando se escuchó afuera una voz femenina.
—¡Es Nymphadora…! –la reconoció Hermione, ruborizada, dejando que Snape la moviera.
Severus no perdió tiempo deteniéndose. El ver a Hermione medio distraída escuchando quién estaba afuera, mientras él seguía, lo excitó más. Aun así considieró:
—Mh… Eso significa el hombre-lobo… ¿quién más fue clonado para la Brigada?
Hermione respondió, pero sin dejar de moverse.
—Ojoloco… -respondió- Mh… el viejo sucio nos verá fornicando…
—¿Ah, sí? –dijo Snape, moviéndose más acosador- ¿Te gustaría, te gustaría?
—¡Oh…! ¿A ti te gustaría que nos viera Nymphadora? -agitó la caderas, recriminando- ¿Crees que no sé que ella te atrae?
Los intercambios verbales durante el sexo los incitaban especialmente.
—A ti te gusta Draco –desdeñó él.
—Eso fue en el colegio, hace doce años… oh, así, así… –cerró los ojos- ¡Para otra vez que tengamos sexo yo te llamo Draco y tú me llamas Nymphadora…!
La locomotora anunció que estaban por alcanzar Hogsmeade y eso los acicateó. Se sintieron llegar al mismo tiempo.
—… dame tu lengua, tu lengua… –susurró la castaña.
El beso ávido de lenguas recorriéndose mutuamente acompañó a un potente clímax, moviendo ambos la cintura, muy en corto, apretándose de amor.
Terminaron abrazados, recuperando el aliento.
Snape se vistió rápidamente y Hermione se abrochó el sostén por la espalda, viendo a la puerta mientras él se dedicaba a besarla en la mejilla.
—Bajemos, Severus –sonrió ella- o querré hacerlo otra vez.
Minutos después descendieron en la Hogsmeade de tejados caídos en sombra, contra el cielo azul negro. Caminaron por la desolada estación, atravesaron las ruinas de la población arrasada, de muros todavía quemados, y dudaban ser los únicos convocados cuando una flamante moto Harley-Davidson pintada de verde y cromados plateados los rebasó, deteniéndose metros adelante. La conductora se alzó los espejuelos, encarándolos con una sonrisa.
—Señorita Parkinson –la reconoció Snape.
Pansy se veía encantada. Usaba el mismo corte de cabello egipcio.
—Profesor, buenas noches. Granger. ¿Qué hacen aquí?
—Espero no lo mismo que tú –aseguró Hermione.
Pansy Parkinson no perdió la linda sonrisa; por su fisonomía todavía parecía estudiante, excepto por su ropa negra de minifalda, leggins, botas rudas y esa chamara de piel con la insignia de la Brigada Inquisitorial, más el distintivo de cuello que la identificaba como parte del Regimiento Bellatrix Lestrange, recientemente reivindicada por el Ministro Slughorn.
Hermione y Snape subieron a la carroza que los esperaba y al ser tirada por el thestral, Pansy tomó el alto manubrio de su Harley-Davidson Seventy Two, siguiéndolos a un costado:
—Quién sabe, Granger, todo puede suceder -sonrió, con mirada acariciante.
—Siga su camino, Parkinson –invitó Snape, sin verla.
—Como ordene, profesor –sonrió Pansy y colocándose los espejuelos, arrancó.
Alcanzaron Hogwarts en poco tiempo. Cruzaron áreas de rocas apiladas. El castillo seguía en ruinas. Nadie en los pasillos. Había sonado el toque de queda.
—No lo recordaba tan destruido –comentó la Gryffindor, al ir por las galerías semi derrumbadas y silenciosas.
Llegaron al despacho del director, seguros que verían a más en la reunión.
Existía una diferencia. Al morir, Filch había sido reciclado para volverlo alimento del ganado. Dumbledore se daba el lujo de citarte en su despacho.
La puerta se abrió y llegaron ante el Gran Holograma del finado Albus Dumbledore.
