Mis queridos amigos –sonrió Dumbledore, con voz en sordina, como si hablara a través de las bocinas de una radio antigua.

Visible del tórax hacia arriba, aparentaba estar cómodo en tercera dimensión, contenido en el gran cuadro con marco de madera labrada. El retrato se apoyaba en los descansabrazos de la silla del Director.

Era como estar sentado al escritorio, si se entiende la metáfora. Buen sitio, pues Dumbledore iba para director vitalicio de Hogwarts lo que, en sus condiciones, significaba por los siglos de los siglos.

La Piedra de la Resurrección había sido copiada gracias a los últimos avances. La toma de muestras de los restos mortales de Dumbledore y el tratamiento de su información cerebral, con técnicas de la compañía de los Grengrass, habían creado ese retrato. El antiguo fue quemado. Éste era una copia fiel de la personalidad del difunto, llamada fantasma. Los interesados en tener un retrato después del propio deceso deben comunicarse al Greengrass-mail o G-mail en reliquiasmuerte3

En un enorme, gran placer verlos nuevamente –aseguró Albus con convicción y calidez.

Ninguno respondió. Excepto la pregunta de Snape:

—Es Potter, ¿verdad?

Dumbledore asintió. Severus insistió:

—¿Para qué Hogwarts nos necesita? Puedes llamar a San Mungo. Psicosis, personalidad múltiple, desplazamiento del Yo, Ego residual, es un caso para el sistema de salud. No porque tengas influencia en el Ministerio puedes llamarnos como si fuésemos tus porteros.

La verdad es que Dumbledore sí podía, pero se trataba de ponerle piedras en el camino. Aun así, el director respondió, conciliador:

Como siempre, te necesito, Severus. Y sin duda a la señorita Granger.

Snape sonrió torcido, incrédulo:

—Por lo menos Tonks y Parkinson vienen a esta reunión –calculó-. Y si decimos Tonks es decir Lupin. Me parece que en lo que nos concierne, quieres asegurarte que hagamos tu trabajo sucio. Como ese que me diste de matarte. Fue una porquería. Hoy preferiría que te hubiera asesinado Draco y él se amargara la vida.

Dumbledore negó, dolido:

Severus... no pensarás... Yo te aprecio como a un hijo... Estuve contigo sin condiciones...

La tensión se respiró. Hermione, sin mover un músculo, se preparó por si algo salía mal en la conferencia y debían salir huyendo del castillo.

—¿Como a un hijo? Es buena broma –recapituló Snape, con voz neutra-. Me prometiste cuidar a Lillian, pero no hiciste gran cosa por ella y muerta, quedé en posición perfecta de cuidar a su hijo y volverme tu agente doble. Creo que la dejaste morir para engancharme en la culpabilidad. Cuando supiste que Potter era un horrocrux necesitaste quién lo cuidara para que él llegara sano al matadero. También te pareció bien que nadie conociera mi sacrificio, para que Slytherin no se reivindicara de Voldemort. En suma, me manipulaste, viejo cabrón.

Hermione asintió, porque cuando Harry fue al Pensadero, ella sacó el díctamo que llevaba en la alforja, lo aplicó a Snape y con el hechizo de Aparición lo condujo al Departamento de Urgencias de San Mungo. Era una herida física y mágica que podían tratar en cuidados intensivos. Snape habría muerto únicamente si Hermione Granger ahí presente no hubiera reaccionado de acuerdo con su carácter proactivo. Después hubo que poner a Snape injertos de piel, huesos y músculos artificiales a manera de ciborg, pero esa era otra historia.

En cuanto a Dumbledore, no era un diplomático. Ya había dado muestras de autoritario violento cundo quería zanjar discusiones. Hermione se molestói a su vez cuando el anciano se desencajó, llenándose de ira, gritando:

¡Silencio! ¡Tú... harás... lo que yo... TE ORDENE!

Estúpido anciano, pensó Hermione, hastiada, no es más que un programa hologramado y quiere ser una persona.

Snape sonrió, mostrando que junto al sarcasmo había desarrollado ciertos impulsos ultraviolentos:

—Creo que la sopa de lentejas que tragaste en la cueva de los inferi te descuadró el ADN, Albus. Me pregunto qué me cuesta volar tu retrato y luego desenterrar y quemar tu maldito cadáver.

Quién sabe si Granger, pero Dumbledore debió pensar que Snape sí era capaz de hacerlo. Cambió en un santiamén y tomando sus anteojos, los limpió con un paño y susurró:

El pase.

—¿El pase? –Severus lo malencaró.

Tal cual, profesor Snape.

Incluso Hermione prestó atención. Aunque tenía nombre de magia, el pase era eso, el pase, pasaporte o salvoconducto para abandonar el mundo mágico y marcharse al mundo muggle en calidad de exiliado. Oferta a considerar, si era cierta.

Nadie podía abandonar mundo mágico. Cuando Slughorn llegó a ministro limitó la libertad de tránsito. Slughorn, que no tenía un ápice de popular, era excelente para crear alianzas. Al ver su oportunidad se catapultó entre sus ex alumnos bien ubicados políticamente y que venían del Club de las Eminencias. Y su decreto, destinado a impedir la desintegración del Estado de la post-guerra, afectó a los que no pensaban huir... Hermione llevaba cinco años sin ver a sus padres, no había podido eliminarles el Obliviate y a este paso nunca lo haría. Siendo sinceros, no le parecía mala idea que sus papás estuvieran tranquilos sin saber que tenían una hija en el caldero del mundo mágico, pero había hablado a Snape de llevar una vida muggle en el West End londinense o en Birmingham o en Edimburgo, empobrecidas, pero mucho menos traicioneras que las sofocantes ciudades mágicas. Severus no respondía, pero tampoco se manifestaba en desacuerdo.

Es muy pronto para parlamentar, mi estimado profesor Snape -aclaró Dumbledore-. Debo hablar con los demás agentes. En unas horas los llamaré.

Snape estrictamente seguía siendo profesor porque nadie había depurado la nómina y no cobraba un galeón. Se anticipó aceptando de todos modos, puesto que Hermione quería sinceramente a Potter. Pero trató de obtener el beneficio:

—Deberá ser un pase doble. Granger y yo. Y quiero una garantía de que cumplirás tu palabra.

Dalo por hecho, mi estimado Severus.

Salieron sin dar la espalda, por si los atacaba al salir. Una vez afuera, Hermione afirmó, con su capacidad de anticipación:

—Ofrecerá el pase a cada uno y lo ganará quien complete la misión. Querrá echarnos a pelear para asegurarse que trabajemos. Yo no sé si aceptar. Podríamos dejar que se maten entre ellos y tomar la oferta para la siguiente misión, si es igual de grave como parecer ser ésta.

Fueron por una galería, al aire libre por estar derrumbada y sus rocas apiladas a las orillas del camino. Snape calculó, como si llevara rato pensándolo:

—Los otros serán Nymphadora con Lupin y Parkinson con su pareja Hufflepuff, pero él no está en la Brigada.

—No, él da clases aquí, de Estudios Muggles.

—¿Y Ojoloco, si viene?

—Imagino que deseará llevarse a Minerva -aventuró Hermione-. Es un hombre antiguo, de lealtades y practicidad. Si no la saca de Hogwarts, McGonagall morirá de vieja en este arresto domiciliario. Vive recluida luego que los Slytherin amenazaran con matarla por haberlos querido expulsar de Hogwarts, junto con Filch. Esos Slytherin crecieron, se posicionaron bien en el Ministerio y ella ha pagado caro su gesto.

—Buenas noches, señora Weasley –pasó sorpresivamente McGonagall, sin dirigirle una mirada; evidentemente la había oído y por eso usó el apelativo.

—Mañana saludarás con tu boca del cuello, Minerva –le respondió Hermione, en voz alta, sin inmutarse, ni verla.

La suave risa de Snape siguió a McGonagall en desgracia. Algo de Severus se había contagiado a Granger con la convivencia.

No fue un cuadro inusual. Entre las rupturas del final de la guerra estaban las divisiones por choques añejos, agravados en los ex alumnos por haber tomado consciencia de haber sido tan tontos como para pensar que el Ministerio mejoraría. No hubo real justicia contra los cómplices de Voldemort, se trató de echar tierra y hacer como que nada pasó. El poder sólo cambió de manos por enésima vez. ¿Por qué debía ser diferente esa cueva de chacales? Una investigación verdadera habría sacado a la luz sorprendentes complicidades. Con Voldemort muerto, tenían las manos libres para enfrascarse en sus luchas internas otra vez.

Caminaron por los recintos de antaño, solitarios y oscuros en boca de lobo. Reconocieron los lugares donde tomaron y dieron clase: Ruinas a la luz de la luna, escombros, aulas abandonadas, una torre moderna de metal, en construcción, en el Patio Cuadrado, alzándose al cielo.

El umbral que llevaba al antiguo despacho de Snape estaba clausurado con rocas. El invernadero ya no existía. El Corredor de Transfiguraciones continuaba desplomado, silencioso. Los puentes derrumbados impedían el libre tránsito.

Así otras relaciones. Si alguien pensaba que los hogwartianos padecieron tanto y al final se les olvidó para ir a lo siguiente, está equivocado. No eran objetos, sino personas. Cada ex alumno tenía heridas sin curar: amigos y novios muertos, familiares desparecidos, el estrés vivido en el castillo, por bullying, delaciones, desconfianzas, intolerancias, maltratos o torturas. Por ejemplo, Hermione detestaba a Minerva porque habría esperado más valentía para defender a sus alumnos, en la entonces Jefa de la Casa de Gryffindor. La mayoría de los ex estudiantes tenían ese reproche contra las autoridades del colegio, al hacerse conscientes con el paso del tiempo, que siempre los dejaron solos frente a sus verdugos.

Deambularon por Hogwarts, que en interiores era patrullada por numerosos aurores, los cuales mostraban el nuevo uniforme, de gabardina negra y gorra militar.

Hermione y Snape subieron a la Torre de Astronomía.

El lago era una gran cuenca casi vacía, excepto lagunas hacia el centro. El Bosque Prohibido, deforestado. El estadio de quidditch, a medio reconstruir. Los jugadores usaban los viejos equipos, pues no se habían fabricado nuevos, debido a la crisis.

Viendo al horizonte, lo consideraron. La magia también parecía haber cambiado. O el trauma modificaba la percepción, o la magia era menos potente que antes. Tal vez Voldemort había roto un equilibrio que demoraría en recuperarse. Si lo hacía.

Una de las pruebas de la menor fuerza de la magia, era Hogwarts. Pese a los esfuerzos no se había logrado reconstruir, como si su argamasa encantada hubiera perdido poder de cohesión. Las reparaciones mágicas caían al cabo de días. Como si los magos no pudieran conectarse con la esencia. Semejante a querer usar la varita de otro. Faltaba ánimo y tiempo para a unir lo destruido. Por eso se levantaba aquella torre moderna y se optaba por desescombrar y apilar rocas para permitir el paso, pero el castillo era la misma ruina que al final de la última batalla.

Hogwarts era el emblema de la crisis del mundo mágico. El castillo era el testigo del final de una época. El testigo del fin de la edad de los ideales de Hogwarts.

Los ideales y forma de ser de Hogwarts no habían hecho más que agonizar desde la muerte de Cedric Diggory. Nadie se dio cuenta, porque el escenario siguió en pie. Pero aquello que lo animaba fue desmenuzado.

Para hacer válida la esperanza de recuperar Hogwarts se habría necesitado más que la Orden del Fénix, el Ejército de Dumbledore, el Trío y Snape.

Cuando ellos dejaron de actuar, fue ridículo que Harry y Ron se enfundaran en uniformes de auror, como si sólo se hubieran graduado de la escuela y tomaran un empleo. Se habría necesitado liderazo, algo que Hermione se reprochaba. Casada con Ron se condenó a una medianía. Ante el hueco, vino la época de la nueva lucha por el poder, de las fachadas, de los sistemas desintegrándose, de las alianzas entre nuevos aristócratas, el supremacismo, los controles dictatoriales. El mundo se había vuelto lo peor de Slytherin.

Tal vez Harry no debió romper la varita de saúco, sino hasta después de reconstruir el mundo. Eso habían pensado Hermione y Snape, que hacia la medianoche descendieron de la Torre seguros que Dumbledore los haría esperar, por el afán de hacer sentir su autoridad. Para no darle el gusto de tenerlos despiertos indefinidamente, entraron a un aula para dormir, recostándose en el suelo. Snape la abrazó por la espalda.

Al cabo de un rato, escucharon una gritería: Era Pansy Parkinson, maldiciendo.

Pansy entró con el rugido de la Harley-Davidson, furibunda al Vestíbulo, embistiendo a los aurores que no querían dejar pasar. Con tremendo ruido. subió los tramos que pudo de la destruida Gran Escalera y bajó de nuevo, haciendo rechinar los neumáticos y asegurándose de lanzar el humo al auror en el suelo, que acababa de arrollar en una pierna. Ninguno de los otros quiso atacar a una Parkinson, dueños de Ottery y de Norfolk. Además, Pansy tenía bastante de bruja malévola. No era fácil de vencer.

Metió la Harley a un aula abandonada, sin saber que estaba al lado del salón donde se halaban Granger y Snape, aunque sospechando que la ocupaban. Azotó la puerta desde dentro. Dormiría esperando ser llamada por Dumbledore. No le había autorizado dormir en la habitación de su esposo.

¡Maldición contigo, infeliz viejo MUERTO! –gritó, furiosa.

Se oyeron sus pasos al deambular, iracunda, tan a oscuras como susn vecinos. Al cabo de unas horas llamaron a su puerta. La Slytherin abrió de golpe, sin saber quién era, porque dentro de Hogwarts los chips cerebrales se desactivaban por seguridad interna. Al reconocer al visitante tuvo un súbito cambio, diametral pues se le oyó feliz y preocupada:

¡... cariño, no debes estar aquí...!

No, no... -susurró él, haciendo ruido al entrar, abrazándola y besándola repetidamente, hablando en tono dulce- Te extraño demasiado, mi amor, mi vida... Muero de no verte, es demasiado echarte de menos, te necesito...

Se les oyó abrazándose. Era conocido que Pansy Parkinson aguantaba todo, menos que alguien hablara de su esposo Hufflepuff. Mataría a quien lo tocara. Los oyeron cuchichear, ansiosos por no verse en meses... Sacando una emoción archivada del pasado, Granger se conmovió y fue al escuchar a la odiada Pansy hablando cariñosa y preocupada a su pareja desde los catorce años... Para Pansy era un alivio que su marido trabajara en Hogwarts, ella lo había convencido de ser profesor interno y le tranquilizaba saberlo en la fortaleza, aunque semi-derruida, de confiable roca, rodeado por aurores. También pensaría no complacerse en esa seguridad para no bajar la guardia, pero, ¡qué raro era oír a Pansy Parkinson, angustiada por alguien más, enamorada!

... no te preocupes, mi amor, todo saldrá bien -susurraba ella, tranquilizadora-, te prometo que me cuidaré... sí, sí, me cuidaré... tendré los salvoconductos y vendré por ti... tú sólo sigue como todos los días... piensa en mí, como yo en ti... yo también te amo... te lo juro, cariño, eres mi vida...

A las palabras siguió un silencio, después besos... Hermione y Snape, recostados en el suelo del aula abandonada, escucharon suspiros, jadeos, susurros; los oyeron con una mezcla de alegría y pesar: El relajamiento de las costumbres había vuelto frecuente el tener sexo sin pudor ante terceros o no preocuparse por quién estaba cerca. Cada mago que conocían tenía relaciones de esa manera, con algo de anhelo y algo de olvido. Anhelo por vivir el amor y olvido de la posibilidad de morir mañana.

La guerra los había hecho muy conscientes de la finitud de la vida y por eso aquellas actitudes. Ningún ex alumno de Hogwarts tenía hijos. El mundo envejecía.

Hermione y Snape abrazándola por la espalda, quedaron dormidos, arrullados por los sonidos del amor y del dolor.