Hermione y Snape aparecieron dentro de una cabina de la Red Flu, entre luces blanco-rojas y escuchando la voz programada que anunciaba su arribo; salieron corriendo de la estación que como todas, tenía revestimiento de ladrillo y luces que copiaban un fuego de chimenea.
La estación Flu 35567CKWH los hizo emerger a un océano luminoso entre transeúntes grises entre torres acristaladas que ostentaban gigantescos distintivos, repartidos en 200 pisos de altura hacia la distancia. Con las pantallas visuales escanearon en ambos sentidos la amplia acera.
Era una calle cualquiera de Cokeworth, con sus 10 millones de habitantes, en relativa penumbra a nivel de la acera, plagada de luces hacia lo alto de las construcciones. Corrieron evitando a los transeúntes, pues nada aseguraba que Harry no estuviera en las cercanías y podía haber trazas de su genoma flotando.
Elfos domésticos cargando compras, con expresión agotada y extrañada los vieron correr, cruzándose en sentido contrario con ellos, perdiéndose en el anonimato entre los taciturnos escaparates luminosos.
Las huellas del genoma de los caminantes aparecían como nube flotante que llenaba las pantallas con códigos genéticos, pero sin trazas del ADN de Harry. Como la calle sólo tenía dos sentidos, con un asentimiento Hermione y Snape acordaron y fueron en sentidos opuestos, también escaneando la altura por si había abordado algún vehículo.
Usar la cabina había sido idea de Snape. En el sótano dejó alejar el eco de disparos del Korps hacia niveles superiores de la central mágica. Severus preguntó en voz alta: ¿Y si Potter dejó un clon para ganar segundos y largarse por la estación Flu?
—Vimos las pantallas, Severus –protestó Hermione, más serena, pero todavía sentada en el piso, al lado de Tonks-. Pueden identificar el genoma de un clon porque la enzima de restricción absorbe la radiación de la incubadora. ¿Tú viste la huella brillosa de Harry? Yo no.
—Tampoco me apareció la huella –afirmó Nymphadora.
—Es verdad, Sev –apoyó Lupin-, o era un clon o era Harry.
—No me llames "Sev", imbécil –lo retó Snape distraídamente, atendiendo la cabina y sus luces en movimiento -. Obviamente sé que en las pantallas aparece el brillo Kirlian del genoma replicado, pero creo que el dolor no los deja pensar. Avívense.
Hermione se levantó, aguzándose.
—De acuerdo, no era un clon, era otra cosa. No sabemos qué, pero asumamos que Harry sigue vivo y Parkinson mató a eso "otro". ¿Y ahora?
—Y ahora Potter salió a donde fuere que programó la destinación –con un leve movimiento de ojos se conectaron con la unidad de procesos de la cabina, para ver dónde fueron las últimas salidas.
—Supongamos que de acuerdo, que Harry se marchó –aventuró Hermione.
—Y lo que mató Parkinson era un horrocrux –completó Snape, quien identificó dos salidas minutos antes que todos llegaran.
—Bien, ¿enton…? -suspiró Lupin, pero alzó las manos- Rayos, Severus…
Snape lo apuntaba con la varita. Hermione había pensado lo mismo y apuntaba a Tonks. La luz giratoria emitía un zumbido y era el único sonido de tecnología en el vasto sótano.
—Dos personas fueron las últimas en salir por esa cabina –constató Snape-, con destinaciones diferentes. Una de ellas fue Potter. La otra es un horrocrux. Como no se puede impedir que ustedes sigan a uno de ellos, Granger y yo elegiremos primero.
—Elegirán a la persona más probable de ser Harry –asintió Remus.
—No, esa te le dejaré para que te hagas con la gloria, claro que tomaremos la más probable, idiota –soltó Severus de mala cara-, pero oigan esto: si ustedes lo encuentran primero no lo entreguen a Dumbledore, avísenos. Es tiempo perdido explicárselos, pero consideren. No se basen en sus recuerdos, analicen la información del hoy.
—Eso hacemos –afirmó Nymphadora, sin alzar los brazos, pero sin moverse; Hermione era capaz de dispararle-. Dumbledore es el mago más confiable de nuestro tiempo…
—Del tiempo cuando ustedes no existían –aclaró Hermione, sin contemplaciones, dirigiendo la varita a Tonks; Snape programaba la cabina-. Ustedes son clones y conservan los recuerdos de sus prototipos. Por más que traten, aunque vean que Dumbledore es un holograma y actúe mal, la mente de ustedes se arregla para verlo como cuando vivía. Por eso confían en él. No es Dumbledore, lo que tenga de él es una versión dirigida… como ustedes. A ustedes les quitaron gran parte del sentido de crítica.
Tonks y Lupin se miraron; era un tema tratado por ellos; su no acabar de entenderlo les provocaba zozobra.
Hermione y Snape entraron a la cabina. Sobre ellos cayó una especie de polvo que eran partículas de teletrasportación y desaparecieron en resplandor.
Tonks y Lupin corrieron a la cabina, obligados a tomar la destinación restante. Con suerte y los otros eligieron mal. Desaparecieron a su vez.
A kilómetros de distancia y horas más tarde, mientras Lucius orbitaba hablando con Serpens Máxima, Pansy llegó a Hogsmeade guiada por su pantalla visual, hacia la cabina Flu local.
Aun con la certeza de que le llevaban ventaja enorme, horas cuando los otros podían haber hallado a Potter, Pansy condujo la moto calmosamente por las calles llenas de escombros. En ruinas, nadie vivía en el poblado desde que Voldermort y los suyos lo arrasaron. El sol alumbraba casas derruidas y negocios saqueados y destartalados.
Hogsmeade había sido el único poblado mágico de arquitectura antigua, de ladrillo, pintura de aceite, madera en dos o tres pisos de altura. Existían teorías sobre las razones de su contraste con el resto del mundo en torres de cristal y titanio, nada a ciencia cierta, pues los registros históricos habían desaparecido cuando el pleito de Dumbledore con Grindewald. Se aventuraba que las ciudades tuvieron este aspecto antes de la explosión de tecnología basada en la aritmancia aplicada.
Otras teorías eran menos conservadoras, pues algunos aritmánticos teóricos especulaban que Hogsmeade fua trasladada desde un universo alterno, por una fluctuación de la magia... Los más audaces afirmaban que el mundo entero se había trasladado a otro cosmos donde todo era como Hogsmeade, pero borrando el pasado y sólo dejando ese poblado como vestigio. Filósofos afirmaban que en realidad Grindewald había ganado su disputa con Dumbledre y creado el mundo conocido... Aquello nunca se sabría. Para Pansy, ninguna teoría cambiaba el sentido mortuorio de aquel pueblo fantasma de muros retorcidos y tejados desplomados, ni menguaba el contraste irresoluble entre los recuerdos de su infancia y la masa abigarrada que hoy era Hogsmeade.
Condujo hasta alcanzar una sencilla construcción que ostentaba el rótulo arcaico de Oficina de Correos. Otros edificios tenían increíbles rótulos a mano que ofrecían servicios incomprensibles como B&D. La única famosa era la Casa de los Gritos porque Snape mató en ella a Nagini, la vieja rata bífida que fue la última base de datos de Voldemort. Esta vieja oficina de Correos -sea lo que fuera- tenía un cobertizo añadido, donde con la moto Pansy subió los escalones tapizados de desechos empujados por el viento, oscurecidos por un tejado de cara al brilloso día.
Las estaciones eran amplias para que cupieran vehículos rígidos o plegables. Pansy bajó de la moto pensando cómo conectarse a la estación de la central mágica en Knockturn, en forma manual, pues su chip neuronal seguía desactivado.
—¿Qué tenemos? ¡Una visión de Hogwarts! –rieron cerca de ella a pasos pesados acercándose.
La tontería de Hogwarts de desactivar los chips neuronales también en las proximidades no le dejó anticiparlos.
Pansy estaba a unos pasos de la cabina cuando vio a esos tres sujetos de ropa raída, pero estampada, cabellos largos anudados a la espalda con moños de seda, férreas botas y aspecto terregoso.
La chica conocía esa calaña: llevaban las típicas mangas largas de encaje hasta los nudillos, pero se notaba que sus manos eran de titanio aun con la neopiel. Pese a los esfuerzos por copiar el tono muscular de las extremidades, las prótesis tenían un talante inacabado, revelando que el resto del brazo era de la misma aleación. Eran ex mortífagos, de los reclutados cuando Voldemort redujo sus exigencias sobre la pureza de sangre. Cuando éste murió muchos se apresuraron a hacerse amputar el brazo donde llevaban la Marca Tenebrosa, haciéndose instalar reemplazos.
Los tres ex mortífagos se le acercaron, rodeándola lentamente. Los de su clase pululaban entre Hogsmeade y las orillas de Knockturn por no estar muy clara la jurisdicción de cada una. Sus varitas habían sido destruidas en tiempos de Shacklebolt, pero estaban armados desde luego.
—Brigada Inquisitorial –dijo Pansy, yendo a la cabina.
—… una lindura…
—Brigada Inquisitorial –repitió.
—… y mira qué lindas…
El estallido calló el ex mortífago, cuya cabeza desapareció volatilizada en un globo reventado de huesos, tendones, cartílagos, sesos y cabellos quemados. Sus piernas flojas lo dejaron caer a plomo como costal. Los otros dos se detuvieron.
—Brigada Inquisitorial –repitió Pansy por última vez, pistola en mano extendida. Gracias a un consejo de su esposo, del cañón salía una retorcida columna de humo. Era un efecto.
Aunque los otros dos iban armados, no quisieron correr el riesgo de un duelo; echaron a correr.
Pansy giró hacia ellos, que se alejaban cruzando la calle desierta hasta el bloque de casas derruidas de enfrente. La Slytherin pistola en mano calmadamente repitió en voz baja aquello de Brigada Inquisitorial yendo al borde de la plataforma. Por reglamento, los agentes debían anunciar tres veces su identidad antes de disparar a un fugitivo. Lo dijo de corrido para sí, con aire de desdén, y los apuntó con la pistola de plasma: un tiro acertó a uno en la nuca y al otro lo atravesó por la espalda, haciéndolos escupir fragmentos de órganos corporales, lenguas, ojos y sangre calcinados; muertos en el acto se fueron de bruces, haciendo saltar tierra al golpear contra el suelo.
Pansy permaneció de pie, protegida por el campo érgico de la Harley, descubriendo que su chip funcionaba de nuevo. No supo que Lucius lo reactivó desde la Torre, en último intento de favorecer a Parkinson antes de obedecer la orden de no meterse. Pansy no perdió tiempo, escaneó el terreno para detectar enemigos en la trama de casas cayéndose, comercios destruidos, terrenos abandonados, mientras otra parte de su programa neuronal se conectó con la Red Flu para seguir el rastro de Harry, apareciendo en su campo visual un túnel oscuro, en el que se sumergió a gran velocidad.
Era el camino desde esta cabina hacia la central mágica de Knockturn, un túnel muy pronto ramificándose profusamente hacia otros destinos de la Red.
Imposible recorrer la Red Flu en tiempo real: Nadie la conocía completa. Millones de destinaciones repartidas en cabinas por cada megalópolis interconectadas en calles, avenidas, edificios, estaciones de transporte terrestre, metrosy locomotoras, callejuelas e interiores. Por mucho que el viaje fuera casi instantáneo no se tenía posibilidad de conocerlo todo. Un destino cada diez segundos implicaba terminar de recorrerla en decenas de años.
El túnel cambió a una línea recta en código, un túnel caleidoscópico plagado en su muro redondo de símbolos alquímicos y otros aritmánticos, que englobaban grupos de otras cabinas y representaban destinaciones por coordenadas o por naturaleza de las destinaciones.
Por una ilusión aritmántica, a la Red Flu ingresaban imágenes del mundo real. Intrusos se llamaba a las escenas en destellos de lo que se suponía eran paisajes de ciudades, aunque había quien especulara que eran cuadros de otros universos y por ende no faltara quien recorría virtualmente la Red Flu para obtener revelaciones, para tratar de establecer contactos u obtener conocimientos arcanos o intentar viajar en el tiempo. Alguna base aritmántica había en esas ideas pues con su trama compleja, la Red teóricamente podía generar una fuerza de gravedad capaz de doblar la realidad sobre sí misma, y abrir pasos a otras realidades.
La influencia muggle había convertido esas hipótesis en una idea extraña a los magos, pero atractiva para los squibbs de manera creciente. Para muchos, la Red Flu se convertía en el eje de una religión.
Pansy en el túnel desdeñaba esas supercherías de inferiores e interactuaba con las claves alquímicas abriendo posibles rutas, pues aunque ya sabía que de la central mágica hubo salidas a Cokeworth y al Valle de Godric –y debieron ser sus colegas-, buscaba alguna ruta escondida por donde Potter pudiera haberse ido, dejando falsas salidas para despistar.
Aparecieron chispazos de realidad exterior: Pansy recorrió escenas fugaces de miles de calles condensadas, paisajes urbanos, puentes multiniveles, subterráneos complejos, transeúntes opacos en la lluvia o de cara a las estrellas en las aceras elevadas, magos con varitas en las manos, muggles con armas bajo los sacos, squibbs ocultos tras máscaras, elfos domésticos odiando, una riada de luces de colores en edificios contra una luna enorme rodeada por un anillo, un horizonte de largas nubes rojas y torres de formas diversas, vehículos sobrevolando campos nevados de castillos en ruinas, niños squibbs tratando de hacer magia usando armazones sobre brazos y con cascos buscando partículas de magia.
Por esa misma arquitectura móvil de la Red Flu surcando urbes, iban Hermione, Tonks, Snape y Lupin transformados de seres físicos en partículas cuánticas, no cohesionadas, pero organizadas en gránulos brillantes viajando por las venas que surcaban el mundo de día y de noche, a tramos abandonada, otras atestadas, funcionando insomnes, a pulsaciones, abriéndose a multiavenidas recorridas por transportes luminiscentes entre edificios gigantescos, cada cruce con personas preguntándose cómo vivir, cómo recuperar su magia; si se creía en ella o fue un mito de tiempos dorados, meditabundos al caminar junto a muggles pensando cómo escapar y squibbs deseando hacer saltar todo. Avenidas de anuncios animados gigantescos surcadas por hipogrifos con jinetes sombríos de largos abrigos; vehículos aéreos de titanio ocupados por aurores, sobre transeúntes y carrozas tiradas por thestrals que todos veían por haber conocido la Muerte.
La Red Flu era el escaparate de los ensueños, el compendio del mundo con sus destellos esporádicos, en la fantasía de estar comunicados, de tocar al otro, pero sin hallarse nunca; millones de encuentros fugaces, entrecruzándose, nunca tocándose, nunca coincidiendo en los sentimientos.
Rápida, Pansy obtuvo la traducción de la unidad de procesamiento de la cabina donde habían salido los demás, pero identificó un rastro subyacente.
Los símbolos parpadearon [plomo, bismuto, asbesto] y se convirtieron en líneas de una trama enriqueciendo hasta que obtuvo una dirección, una cabina que no era CKWH ni GDRC, sino HNGTN.
De saber cuál eligieron Snape y Granger la tendría más fácil, pero nunca era sencillo. Pansy metió la Harley a la cabina y montándola, se sujetó del manubrio y dio el destino por medio de la pantalla neuronal. La bañaron las partículas y en un resplandor, despareció.
Hogsmeade quedó silenciosa y vacía.
Hermione y Snape en sombras llevaban horas revisando, conectándose a las cámaras callejeras, de pie en discos voladores sobre veloces vagones del metro. Tonks y Remus en el Valle de Godric trataban de seguir posibles pistas.
Pansy Parkinson salió en la moto a Gran Hangleton, segura de estar tras el rastro del Potter verdadero. Esta vez sí lo mataría.
