El nombre de la nube genética lleva el nombre de mi estimada lectora Smithback.

Pansy salió en la moto rugiente por la estación Flu de Neo-Cokeworth, levantando una nube de humo y haciendo saltar a un lado a los transeúntes muggles y squibbs.

La Harley chirrió en la acera al dar giro cerrado a la derecha, entrando en una vía de transeúntes a la diestra y la acera móvil a la izquierda, avanzando entre los edificios en sucesión que se perdían en las alturas.

Llevaba horas de retraso con respecto a los otros, pero tenía a su favor haber detectado el rastro subyacente que hablaba de tres salidas desde la central mágica. Una pista debía seguirla Snape, la otra Tonks, cada uno con sus parejas y esta pista, con un detalle crucial a favor de Pansy que la hacía apresurarse como si estuviera siguiendo los talones del fugitivo, un detalle por el cual podría suponer que él no estaba lejos, que no había puesto pies en polvorosa de haber salido por esta terminal.

Que Harry Potter era descuidado.

El chip unido a las neuronas de Pansy buscaba información sobre Harry, que sintiéndose a salvo podía estar en los alrededores, que podía no tomar las precauciones necesarias si deseaba pasar desapercibido. Los datos del chip pasaban a otro, éste ubicado en el área visual del cerebro, por lo cual la información se mostraba en ilusión de estar a la distancia de un brazo con respecto a los ojos de Pansy, superpuestos al entorno: así buscó rastros de la nube genética, la Nube Smithback de Harry que como la de todo ser quedaba en el espacio por unas horas, como remanente identificable a la Brigada.

Los edificios elevados de innumerables ventanales ocultaban el cielo junto con las vías elevadas, y quedaron a la izquierda bruscamente cuando la Slytherin dobló en una esquina. Los transeúntes protestaban. Los sensores buscaban solos, Pansy se mantenía alerta. No se veía la nube.

La tira del ADN de Harry se mostró en recuadro a la derecha superior de la visibilidad de Pansy [CCTGAGCGTGGCGAGCGAGAGTTGCGTGAGCGAGCTAGAGGTTGAGAT] corriendo a velocidad por lo que ella cambió al modo cromático e inmediatamente identificó el patrón de color en la nube genética y la Slytherin ordenó a la computadora de la moto que siguiera el rastro y se caló los anteojos, acelerando.

Medio kilómetro al Este, Harry iba de pie en un atestado vagón de la Línea 70 del metrotren elevado, entre los pasajeros muggles, identificables por sus ropas así como los squibbs, que usaban esa copia raída de vestimenta de magos. Entre ellos pasaba desapercibido en el uniforme de Hogwarts y con el aspecto que tenía a los 17 años, un pensativo Harry. El que fuera rostro más conocido del mundo en tiempos de guerra, hoy era una persona más en uno de los cincuenta vagones que avanzaban a gran velocidad entre las construcciones de formas irregulares, angulosas, redondas, detrás de las corrientes de aerovehículos tirados por hipogrifos en todas direcciones.

-¡Mira, mira –dijo un squibb a un colega-, viene al parejo de nosotros!

El otro compartió su información de pantalla visual y asintió.

-Maldita sea y es de ellos...

Otros pasajeros se percataron, oyéndose voces de zozobra y otras de indignación.

-¿Por quién viene, por quién? –rugió un tercero al fondo.

Otros cruzaron, abriéndose paso.

-Estará a la vista en un momento –avisó alguien más.

Harry salió de sus pensamientos y como sus chips estaban apagados para no ser rastreado con ellos, tuvo que usar la vista. También apartó drásticamente a los que oteaban por los altos ventanales de la derecha.

El rugido de una motocicleta surcó frente a las amplias ventanas a más de 200 por hora permitiendo distinguir la silueta de una chica en el vehículo en uso aéreo, con las llantas en horizontal alejándose.

La moto se apartó del metro en avance, en aparente parsimonia por la distancia, hizo un elegante bucle en retorno en forma de mitad de 8 y conforme se acercaba para recuperar la paralela, se percibió su velocidad real. Una chica la ocupaba, con gesto de determinación.

-¡Es una agente inquisitorial!

El reconocimiento de identidad llegó a todos los chips, por lo que los pasajeros quedaron advertidos de tirarse al suelo, correr, rezar a sus dioses si los tenían y apartar el cuerpo para no estorbar la labor de la Brigada.

La motocicleta ya venía de regreso y montada en ella, Pansy Parkinson desenfundó el revólver de plasma, apuntando al metrotren.

Ya había identificado a Harry. No podía dejarlo escapar. Matarlo era la prioridad del Estado y de ella misma. Iba a arremeter contra el metro a velocidad aunque llevara pasajeros. Algunos podían morir. Pero Pansy Parkinson nunca fue un ángel.

Las ventanas reventaron hacia dentro del vagón, de las más lejanas hacia donde estaba Harry, explotando estrepitosamente y bañando en plexiglás a los pasajeros que se tiraban gritando al suelo.

Uno de los squibbs que estuvo más activo en los avisos y que sentía que el lío era contra él, metió la mano a la gabardina para desenfundar su arma. Uno de sus colegas se tiró al suelo tratando de jalarlo.

-¡No, no, esto es otra cosa, imbécil!

La ventana a la izquierda del squibb reventó y el disparo luminiscente lo atravesó, lanzándolo muerto a la otra ventana, que también estalló por el disparo. El siguiente acertó en un muggle, derribándolo sobre los pasajeros que gritaban y maldecían.

Arriba de los largos vagones que avanzaban por la vía en ancha curva entre los edificios acristalados, se alejaban en abanico patrullas de aurores que recibieron la notificación:

-Es Parkinson, retírense, es Parkinson.

Harry corría con los ventanales reventando uno a uno a sus espaldas. Los disparos de plasma los tronaban por el calor y lanzaban fragmentos calientes sobre las espaldas de quienes se protegían en el suelo, incluso unos sobre otros.

Una ventana del otro lado reventó y Pansy elevó la moto para sortear el metro de ventanales pulverizados, con el revólver apuntando abajo, burlona sobre los vagones que corrían mostrando el rótulo MetroTrain Nott... Debía matar a Potter, y lo haría. Pero no quiso llegar discreta sino presionarlo para que cometiera otro error e hiciera el hechizo de Aparición para seguirlo y que lo condujera por ejemplo a los otros horrocruxes. Ya lo veía. Se alejaba en una Nimbus virtual. Un artilugio muggle que no era sino una proyección falsa de escoba, de líneas fosforescentes, pero con la densidad suficiente para adquirir materia y poder montarse en ella.

Así que nada de hechizo. Muy bien.

Pansy arrancó de nuevo lanzándose detrás de Harry en picada. Los edificios avanzaron hacia arriba conforme se acercaban al suelo.

Aunque Harry estaba a la vista, Serpens Máxima no podía interferir para atraparlo pues ello alteraría el escenario inicial donde sólo lo seguía la Brigada. Era deliberado que fueran pocos inquisidores, para no complicar ese universo. Había más copias de Potter y muchas relaciones entre ellas y personas, lo que creaba un universo de eventos complejo que no convenía mover para no hacerlo más caótico. Pansy y los demás eran parte de una ecuación que estaba corriendo y cuyo resultado debía ser detener el decaimiento de la magia. La posible resurrección de Voldemort en Harry era el factor fundamental de ese decaimiento. La ecuación debía despejarse, es decir, Potter debía morir.

Harry, como en sus mejores tiempos de jugador, volaba en la Nimbus haciendo malabarismos. Pero ante el hecho de no poder perder a Parkinson y pasar disparos de plasma a su alrededor, optó por tomar la varita y tirar hacia atrás.

En la moto, Pansy se balanceaba para evadir los hechizos, sin cesar de disparar a Harry.

La Nimbus parpadeó haciendo que Harry se sintiera sin apoyo momentáneo en el abismo de los más de trescientos metros que lo separaban todavía del suelo. De perder la escoba se haría picadillo en la acera móvil. Parkinson debía estar interfiriendo para borrarla y simplemente dejarlo caer.

Gesticulando, Harry dirigió la Nimbus hacia una de las vías elevadas para transeúntes, con el tiempo justo, pues la escoba se esfumó y el cayó rodando en tanto los caminantes se apartaban.

Como los edificios eran mundos cerrados donde se podía nacer y morir, poco se enteraban de lo que sucedía afuera y nadie asomaba. De haberlo hecho, alguien en el piso 60 en las torres de la derecha habría visto la vía sostenida por estilizadas columnas un poco más abajo, a Harry corriendo entre los transeúntes que se apartaban y a otros más atrás corriendo para evitar a una moto desde donde una inquisidora disparaba que que huía.

Uno de los hechizos de Harry tirado al acaso acertó en la llanta delantera de la Harley. La Slytherin maldijo al sentirla titubear, pero no perdió tiempo y saltó de ella, cayendo de pie en la vía revólver en mano y la moto yéndose a estrellar a la orilla de la calle elevada, donde se levantaban expendios de alimentos.

El sol entraba por la espalda, arrancando destellos de ocre al cabello negro de Pansy, quien puso una rodilla en el suelo y disparó hacia Harry varias veces, reventando unas señalizaciones flotantes.

Corrio otro tramo sin apartar ojos sobre Harry, bella y eficaz y mortal. Enfocó el tiro y le rozó un hombro. Harry gritó y corrió trastabillando. Pansy apuntó de nuevo y disparó. El plasma atravesó una pierna de su presa, que gritó y cayó, pero volvió a levantarse y tratar de corer, pero los tendones quemados sólo le dejaban arrastrar una pierna. Los ocupantes de la vía se alejaban corriendo o permanecían inmóviles viendo a la Slytherin conminar:

-¡Alto, Potter! –y añadió, extendiendo de nuevo el brazo- ¡Estás acabado, estúpido, lo juro!

El siguiente tiro atravesó el brazo izquierdo de Harry, quien se desplomó. Jadeando sobre el suelo, no vio necesidad de correr y ser muerto por la espalda. Se levantó y encaró a Pansy.

La chica apuntó al abdomen de él y tiró del gatillo.

El revólver clicó en vacío. Una, dos veces. No funcionaba. Pansy maldijo. Había olvidado que en la ecuación personal de Harry intervenían factores aleatorios conocidos como suerte. Mierda, se dijo. A ver si el imbécil no me mata.

Con soltura abrió la mano donde portaba el revólver, que no cayó sino que fue atraído por la funda; la chica tomó su varita apuntando a Harry.

El intercambio de hechizos en la larga vía elevada a doscientos metros del suelo brilló a la luz del día en rayos y crujidos, generando un viento fuerte.

Pansy entrecerraba los ojos en la ventolera de los hechizos, arrugando la nariz. Sí, es más fuerte que él solo, concluyó. Voldemort está despertando en él. Salazar, de no pararlo nos dominará a todos.

Los rayos de los hechizos chocaban creando destellos y resplandores. No resistiré, debo hacer algo, pensó la Slytherin.

La moto llamada por Pansy a través del chip llegó a gran velocidad por la derecha, hacia Harry, quien para evitarla la apuntó con la varita y eso permitió a la chica pronunciar:

-¡Avada Kedavra!

Harry fue lanzado hacia atrás. Su forma de caer hizo ver a Pansy que la maldición no fue mortal. La magia. La magia ya no era la de antes. La inquisidora se arriesgó a tomar de nuevo el revólver y cuando Harry se levantó, el tiro de plasma le atravesó el lado izquierdo del tórax, haciéndolo desplomarse como un muñeco.

Pansy corrió hacia él apuntándole, expectante, hasta quedar a dos pasos. En efecto Harry estaba muerto. Objetivamente dicho estaba muerto el segundo horrocrux, el 1.2 para mayor certeza.

Pansy apuntaba al caído, jadeando. Era hora de su plan. Esto no podía convertirse en una cacería de horrocrux por horrocrux hasta dar con el Harry real. Lo arduo no importaba a Pansy, sino que era un albur, una ruleta donde el inquisidor que ganara sería favorecido por el caos. Aprovecharía el trabajo de los otros. Claro, no le importaría si ella fuera la favorecida, pero le molestaba que no dependiera al cien de ella. ¿Volver a Hogwarts a validar el cuerpo? Eso era para los reglamentarios, no para ella.

Los transeúntes volvieron a caminar, por las orillas de la via elevada, desentendiéndose una vez que dieron el caso por cerrado. Pansy apuntando al cuerpo con el revólver de plasma señaló al azar a uno de los que pasaban.

-¡Tú, ven! -lo llamó con el índice.

-¿Es conmigo? –la retó, de mala cara.

-¡Le hablo al cara de imbécil, o sea que es a ti! ¡Corre, estúpido!

El sujeto, vestido de morado, con capa de mediano largo, botas y sombrero raído, la obedeció, furioso. Sin embargo, estaba obligado.

-Súbelo a mi moto, le pones la red –le ordenó ella.

El sujeto cargó el cuerpo en la moto. Pansy apuntaba al suelo, analizando al caminante con sorna.

-Eres muggle, ¿verdad, malnacido?

-Sí, señora-resopló él, envolviendo el cuerpo en la red.

-Malditos esclavos inservibles –sonrió la maga de sangre pura-. Vinieron a contaminar el mundo pensando que la tenían regalada, ¿eh? A ocupar espacio, a consumir alimentos. ¡A tratar de evolucionar para volverse squibbs! ¡Apresúrate, maldito inferior!

El muggle terminó y quedó de pie. Pansy subió a la moto, que se había autorreparado. Se elevó dos metros en el vehículo, llevando el cuerpo muerto de Harry. En la Harley giró sobre su eje hasta quedar de costado al transeúnte y le apuntó con el revolver.

El muggle hizo lo que pudo para guardar la compostura. En el sistema legal de la dictadura Slytherin él era nada y Pansy lo era todo. Ella accionó el gatillo.

-Por atreverte a hablarme -le dijo.

Había cerrado el circuito de plasma y lo dejó en su modalidad de revólver eléctrico. El tiro brilló y el muggle cayó desmayado. Nadie se acercó a verlo.

Pansy elevó la moto, dejando la vía como una cinta delgada, abajo, y se alejó con el cuerpo entre las torres. Nada de ir con las autoridades a analizar nada. El cerebro de Harry tenía información y se le podía extraer por métodos no oficiales. Con mortífagos fugitivos, que se dedicaban a hackear lo que pudieran. Así sería más sencillo localizar los restantes horrocruxes y al prototipo en persona.

Pansy se alejó en la Harley hacia los bajos fondos de Neo-Cokeworth. Seguía en la jugada. Llevaba una versión de Harry muerto y ella, ella era la reina del maldito planeta.