El contaminado río que atravesaba rápido Neo-Cokeworth corría frente a elevadas torres desplegadas entre brillantes líneas de tráfico aéreo de pegasos tripulados, hipogrifos y thestralsconducidos por aurores, entre pisos elevados de aceras móviles y gigantescas cúpulas aglomeradas de transeúntes.
Hermione y Snape, varitas en la mano, manteniéndose en guardia para evitarse sorpresas, caminaban por la orilla del río que reflejaba las luces multicolores de las construcciones. El agua sembrada de reflejos ondulantes se desplazaba opaca, así como turbias eran las esperanzas de salir indemnes de la misión, de impedir que los arrollara.
Y yendo por el margen de ese río, llegaron al molino.
Rodeada de torres que rozaban las nubes, sobre una breve colina reseca, se levantaba un artefacto de madera, de aspas inmóviles, desvencijadas por el tiempo, que mostraba su hechura entintada con los fugaces brillos de las luces rojas, azules y amarillas de las aerocarrozas.
Nadie sabía qué era un molino, ni por qué ese objeto se encontraba en pie, pero en la megalópolis pasaba desapercibido. Era un paréntesis. Siempre estuvo ahí y a nadie le interesó. Nadie lo entendía y era insignificante, por ende lo olvidaban.
La castaña y Snape revisaron el vacío molino. Habían salido de la Red Flu siguiendo la nube Smithback de Harry, pero al perderlo por el decaimiento de sus isótopos que la hizo indetectable, decidieron que antes de hallarse en un callejón sin salida, debían salirse de la legalidad y hablar con Neville Longbottom.
Avanzaron por la zona rápida de la acera móvil, en el tránsito terrestre de magos, muggles y squibbs silenciosos y huraños, a la luz de ruidosos negocios nocturnos.
Al ir a las orillas de Neo-Cokeworth hallaron a las fuerzas de seguridad terciarias, movilizadas por el reciente decreto de Slughorn: ex mortífagos, amnistiados, amenazantes, armados con cañones en su antebrazo protésico, custodiando cruces de avenidas o montando thestrals, sobrevolando las multitudes.
Se respiraba una tensión en el aire. Los ex mortífagos se movían entre la gente como amos de la calle, con una prepotencia que volvía más preocupantes las especulaciones sobre por qué el Ministerio estaba restringiendo el derecho de tránsito. Los inquisidores pensaban: ¿Era por el peligro que representaba Harry? ¿Sucedía algo más grave, que únicamente Slytherin sabía?
-Idiotas que le dan gusto al gatillo -opinó Snape, despreciando a dos mortífagos de pie cerca de la acera móvil. Los dejaron atrás, con sus miradas despectivas y su portar fusiles de plasma, ocasionando que un grupo de muggles en la acera les diera paso, con desconfianza.
La castaña y Snape no podían usar las comunicaciones habituales para hablar con Neville, a quien conservaban como contacto pese a estar en la clandestinidad desde la muerte de Shacklebolt, con lo que consideró perdida toda esperanza para el Mundo Mágico. Para consultarlo, enviaron mensajes cifrados multi-origen y se citaron en una ciudad perdida, como se llamaba a todo barrio marginal de squibbs, construido con desperdicios industriales.
Dejaron la acera, y se internaron a pie por la ciudad perdida, habitada de sombras, hasta detenerse afuera de un edificio en ruinas que fuera una sucursal de Librería de Obscurus. En un barrio abandonado por magos y luego tragado por la ciudad perdida, las ventanas de Obscurus estaban destrozadas y por dentro se sumía en tinieblas, tétrico a pesar de sus exiguos dos pisos de altura y planta horizontal.
Era extraño que parte de la construcción tuviera una edificación anexa, con aire de haberse insertado, casi en cruz con Obscurus y detenida en el proceso de fusionarse. Ese segundo edificio, como meteorito congelado, inclinado, tenía otro color, mostraba partes de ladrillo y una señalización retorcida, de metal, con aspecto de haberse semi-derretido y congelado. Se leía:
CHARING CROSS ROAD
Acababa de llover. Y ahí estaba, más delgado, alto y grave que en tiempos colegiales: Neville con los puños en los bolsillos del abrigo se recargaba en un vehículo inusitado de cuatro ruedas y volante circular, de carrocería de metal amarillo. Alrededor suyo, custodiaban varios ex alumnos, varitas y fusiles prestos a disparar.
-Profesor Snape -dijo Neville-. Todavía recuerdo sus malditas clases.
Snape le sostuvo la mirada.
-Señor Longbottom -respondió, en saludo-. Yo también recuerdo su maldita inutilidad.
Se debía cambiar el rumbo de la conversación, de inmediato.
-Necesitamos ayuda, Neville -terció Hermione.
Los que protegían a Longbottom, dejaron Hogwarts en cuarto año y lo obedecían como líder de Ejército de Sprout, pese a su nombre, un grupo anarquista bastante peligroso.
-¿Qué necesitas? -preguntó él, breve y seco- Dime pronto, no tenemos tiempo.
En aceras cercanas, otros del grupo clandestino, squibbs, llevaban cajas de metal rumbo a los barrios acomodados de la ciudad, seguramente transportando elementos de sabotaje. Al parecer, los ex mortífagos tendrían trabajo muy pronto.
-Creo que lo sabes -indicó ella-. En el Underground se enteran de todo.
Neville hizo gesto de desdén. El recubrimiento de su gabardina no dejaba verle las manos, pero era obvio que llevaba armas en cada una.
-No sabemos en detalle, pero sí lo medular -afirmó él-. Ustedes están metidos en un lío, y deben saber que si matan a la versión de Harry que se encuentra en esta ciudad, tendremos que hacer lo mismo con ustedes.
Snape sonrió, hostil. Neville nunca le había simpatizado y hoy en su actitud retadora, menos. Lo seguía viendo como a un inútil.
-De acuerdo, no mataremos a la versión de Potter que está con usted -adivinó Snape-. Mas díganos la razón. Sin duda por eso aceptó vernos.
Neville respondió hacia Hermione. No sólo tenía animadversión por Snape. También le temía.
-Verán a Harry de todos modos y pronto. Así debe ser, para el que mundo salte en mil pedazos.
Aun con esa revelación y la sugerencia, era imposible para Hermione y Snape atacar al Ejército de Sprout. O aprehender a Neville. Los miles de squibbs ocultos que los vigilaban en ese momento, odiaban a los magos. Obedecían a Neville por su condición de marginal. Pero dos de la Brigada Inquisitorial no lograrían lo que no había conseguido el aparato de seguridad de Slytherin.
A estas alturas, los inquisidores aprendían a ocuparse de sus propios asuntos.
Aquella primera revelación, que no fue por descuido, ni gratuita, llevó a Longbottom a la segunda:
-A ustedes no los enviaron solamente para impedir el regreso de Voldemort. Los enviaron principalmente para detener el decaimiento de la magia -afirmó-. El decaimiento de la magia se debe a que Voldemort atrapó la mayor parte de la esencia de la magia. Fue su venganza final, prevista, si era derrotado.
Hermione se preocupó:
-¿Y dónde la atrapó, Neville?
Él rió sin alegría. Un pegaso voló sobre ellos, haciendo ruido con sus alas, cuando Longbottom les hizo la revelación crucial:
-Obvio, Herms. El decaimiento de la magia se debe a que su esencia está atrapada dentro de Harry. En cada uno de sus horrocruxes. La magia del mundo se encuentra presa en las copias de él.
Ella y Snape se guardaron bien la sacudida que se llevaron, pero era claro que la experimentaron.
-Si cada copia de Harry muere, la esencia se libera y se detiene el decaimiento de la magia -redondeó Hermione.
Silencio.
-Y por eso ustedes no quieren que mueran los horrocruxes que son copias de Potter -entendió Snape-. Así se aseguran que la esencia de la magia no se libere y el mundo perezca. Muy inteligentes.
Los guardaespaldas de Neville vigilaban la calle.
-Exacto -asintió Neville-, en tanto no encuentren a Harry, no corren peligro. Tenemos un equipo detrás de Pansy Parkinson para acabar con ella, es la más peligrosa de ustedes.
Una puerta trasera del vehículo de cuatro ruedas de caucho, se abrió. Cortante, Longbottom entró y se acomodó en el asiento de atrás. De inmediato, uno de sus acompañantes se puso tras el volante y el resto montó en toldo y cajuela.
Todos y cada uno de los guardaespaldas eran Neville, enfundados en el mismo tipo de abrigo. Eran sus clones.
-Busquen el molino -les dijo el Neville montado en el techo del auto, cuando éste arrancaba-. Si saben ver, se llevarán una sorpresa. La mayor de sus vidas.
El vehículo se alejó por la acera mojada y brillosa, chirriando los neumáticos.
Por eso habían buscado el molino luego de indagar qué era, y al entrar a su espacio marcado por los cuatro muros desvencijados, Hermione supuso:
-Parece vacío, pero no lo está, yo diría…
Confirmando sus sospechas, la parte interna del revestimiento de los muros se desdobló.
Las placas metálicas que conformaban la cara interna del molino, se desprendieron de las tablas de madera, e intencionadamente, se acomodaron, combinaron y ajustaron, hasta formar un robot con silueta de mujer, un ginecoide, de varios colores y colgante de los muros del molino, interconectado por cables. No tenía rostro, sino un ojo enorme, que los enfocó.
Las luces de los edificios que se filtraban por los huecos del molino, iluminó las placas de aquel ser.
-Eres un ordenador cuántico -afirmó Snape, agrio.
-En efecto -aceptó el ordenador, con tersa voz femenina.
-¿Qué modelo? -quiso saber Hermione.
-Soy un JK 1.9 -respondió-. Y soy Dios.
