Desde una ventana enrejada, Remus disparaba frenético el cañón de plasma, cuando los robots de combate repentinamente dieron media vuelta, alejándose sin mayor aviso.

-No me suena nada bien –rumió Snape, desconectando su revólver de la fuente de alimentación del cañón-. Parkinson no nos ha perdonado: algo peor viene en camino y por eso se marcha.

Los restantes seis o siete robots se dirigían hacia la ciudad, pesados, pero ágiles.

Hermione y Remus también desconectaron sus armas, pero se llevaron el cañón improvisado por la Gryffindor, pues era estable y podía serles útil, en vez de dejarlo en el destartalado edificio.

Descubrieron que no podían efectuar el hechizo de Aparición.

-La magia se desvanece –dictaminó Snape, haciéndose oír en el estruendo de cientos de aeronaves Slytherin sobrevolándolos a velocidad, hacia el interior de Knockturn.

-Discos de vuelo –advirtió Remus, consultando su pantalla virtual-. Hay unos cuantos abandonados en el sótano de esta fábrica.

Fueron allá corriendo entre cables colgando del techo, mesas de ensamblaje polvorientas y ventanas rotas y enrejadas.

Tonks apareció en el centro de Knockturn City con lo que le quedaba de magia, para verse en una desbandada: un caos de magos gritando y corriendo sobre las aceras móviles y los pisos elevados, iluminados por destellos de explosiones en las torres, algunas aerocarrozas desplomándose para reventar en puentes, sobre edificios o tratando de aterrizar perdiendo alerones y dejando volar trozos de pegasos cibernéticos.

Se trataba de encontrar a Harry Potter. Donde estuviera. Disparando sobre la mínima señal de nube Smithback. Sin importar quién cayera.

Tonks entendió que la ecuación que los contenía y el universo de eventos, ahora se había ido al traste. Esto era un último intento de Slytherin por detener a Harry para conservar el poder.

Naves Slytherin llenaban en miles el cielo de Knockturn City, con brillos de aluminio, disparando sin cesar. La gritería era tremenda, pues desde torres y puntos lejanos de la ciudad, los enemigos del régimen, dirigidos por los Weasley y por Neville, usaban las armas que habían acopiado pacientemente.

Al mismo, tiempo, desde sus búnkeres, tendrían equipos de programadores y hackers Ravenclaw ante pantallas virtuales, para tratar de romper las firewalls de Serpens Máxima.

A lo largo de la avenida central de Knockturn, se escuchó el sonido pesado y brutal de los tanques Slytherin, para romper las defensas de las zonas donde operaban los insurrectos. Un primer cañón flexible lanzó un brillo de llamarada al disparar contra alguna torre lejana.

Los vio en la pantalla antes de voltear: varios robots de combate venían por la avenida central de Knockturn, llamada Lestrange Avenue, disparando entre la multitud.

Es Parkinson, se dijo la inquisidora Tonks, pero a continuación descubrió por el brillo de varias nubes, que eran clones.

Estaba en lo cierto, pues en ese momento Pansy Parkinson montaba su Harley & Davidson, conduciendo a máxima velocidad por un camino oscuro, de árboles sin hojas, que elevaban sus ramas en garras: lo que un día fuera el Bosque Prohibido.

Un estallido reventó a varios metros de Tonks, lanzándola sobre la capota de una carroza en marcha, de la que saltó al suelo, mareada, empujando a los que corrían, para protegerse en algún local luminoso, pero vaciado bruscamente.

Los estallidos se sucedían cuando Remus apareció en la avenida. Había logrado hacer el hechizo de Aparición en un intento al que no diera mucha fe, dejando a Granger y a Snape volando hacia aquí.

El intercambio de disparos y repentinos titubeos de su pantalla virtual entorpecieron su vista. Supo con eso último que también había un combate digital en Red Flu y en los programas del Ministerio entablado por los ejércitos de los Gryffindor y los ordenadores del Ministerio.

Miles de ex mortífagos se acercaban en discos de vuelo por la avenida, pero Remus descubrió que no actuaban como fuerzas de seguridad del Estado, sino que se habían unido con los mortífagos fugitivos que vivían desde hace años afuera de las ciudades, mientras que hordas de elfos que tomaban aquel caos como su oportunidad, hacían volar instalaciones urbanas.

Lupin desconocía que Serpens Máxima se infiltraba en Red Flu para instalarse y que por ello, las pantallas virtuales experimentaban aquellos desajustes. Pero eran tan molestos, que como muchos otros, el inquisidor por primera vez en su vida desactivó los chips de visión digital y se encontró con el mundo a ojo desnudo: sin información añadida, sin ayudas, para verse en el centro de un caos que se repetía en cada ciudad.

Pansy hizo lo mismo, únicamente dejando el comunicador para hablar con su esposo, que se hallaba en el castillo, ya visible para ella como una mole silenciosa de puntos luminosos. Con la protección que tenían ambos, iba por su pareja para largarse del fin del mundo. Por eso había hecho todo.

Sus robots de combate aparecieron en las terminales Flu de Hogwarts, disparando indiscriminadamente sobre los aurores y ex mortífagos que custodiaban el colegio, despedazándolos, lanzándolos por los aires, tirando ráfagas desde sus cañones en manos, frente y espalda, a lo largo de los corredores.

Los alumnos lo detectaron de inmediato y saliendo de los dormitorios, se sublevaron.

La torre oscura que llevaba meses construyéndose afuera de Hogwarts, quedó atrás cuando Pansy entró en la moto rugiente por el acceso principal.

Sus robots de combate le abrieron paso, al destruir a los carceleros del colegio y a varias acromántulas y trolls.

Pansy rodeó la motocicleta con una esfera de iones donde rebotaron disparos, y con lo que le restaba de magia, apareció en el dormitorio donde estaba su esposo.

-Pronto, mi amor… -pidió ella-. Desaparezcamos, debes tener la magia suficiente para…

Guardó silencio. Andando, bajó la velocidad analizando a su alrededor.

A punto de llamar de nuevo a su esposo, a su alrededor aparecieron pantallas volantes con el rostro de Dumbledore.

-Miss Parkinson, debo pedir a usted y a su esposo que se detengan…

No pudo continuar, pues sus imágenes simplemente desaparecieron.

Activó nuevamente su pantalla virtual, pero no halló señal de Dumbledore. Cero.

Diantres, creo que Albus ha muerto finalmente. Su copia inteligente se borró.

Un murmullo semejante a la estática crepitaba en el titubeo de la pantalla. Era extraño, un ruido que iba y venía.

Otro crujido, pero alarmante, la hizo mirar por una ventana: la torre que iba a reemplazar al colegio, con sus decenas de metro de altura, se desplomó verticalmente, levantando una nube de humo.

En su voltear a uno y otro lado, estupefacta vio a una puerta, por donde apareció su esposo. Y vestido como en los viejos tiempos del colegio, al menos en el uso de los colores de su Casa, con su mismo talente casi indefenso, pero que sonriente, le dijo:

-Ravenware.

-¿Ravenware? –preguntó ella, sin saber si alegrarse o alarmarse o irse con él o enterarse- ¿Hablas de un virus? Ives… debemos…

Su esposo sonrió.

-Ravenware, en efecto. Nadie se percató, al ser tecnología de bajo perfil.

Entonces Pansy atendió a lo primero cuando entró al dormitorio de Hufflepuff: bulbos.

Bulbos, cables de cobre, clavijas, botones, en trozos o formando una mediana maquinaria de luces titilantes, todo con extensiones de plástico conectadas a un receptor de unas quince tomas, y ello a lo que parecía ser una vetusta lap-top, donde pasaban códigos de letras verdes en cascada sobre un fondo negro.

Pansy creyó recordar un objeto semejante. No supo que lo había visto en casa de su entonces novio, hacía años. No lo supo y nunca lo sabría, pues eso había ocurrido en un universo desaparecido, y esa pasajera noción de un multi-contacto de los años noventa fue lo único que tuvo siempre de aquel mundo. Su impresión terminó de diluirse ante la explicación de su esposo:

-Helena es el nombre del virus, y toma la forma de un fantasma que ocupa los módulos EXTASIS del programa central de control que es Serpens Máxima. Una vez que los ocupa, se dirige a los servidores de la puerta trasera NEWT, donde se replica a sí mismo. Con ello, no necesita atacar a Serpens, sino usar cada NEWT y copiarse a sí mismo para entorpecer el sistema general –señaló la computadora portátil- En esa lap-top está el código fuente y para acceder a Serpens sencillamente tomé el puerto del dormitorio, creando un módem con esta tecnología indetectable a Slytherin. El virus se llama Helena Ravenclaw, pero por sus creadores, se le conoce como Ravenware. Estaba en un disquete de 3.5 pulgadas, almacenado en la Biblioteca Prohibida. Lo descubrí junto con la portátil, al buscar información para mi clase de Estudios Muggles. Slytherin jamás pensó tener este Talón de Aquiles.

Pansy no salía de su asombro.

-No sé qué es ese Talón, pero creo que no sólo infectaste a Serpens, sino a la Red Flu, lo cual es algo tan bueno que no puedes imaginarlo. Deben estar ocurriendo otros sucesos ahora mismo, prueba de lo cual fue el borrado de Dumbledore y de esa maldita torre afuera. ¿Tienes lo importante contigo?

-Sí –sonrió el-, sabría que vendrías.

El sonido de disparos se acercaba.

-Ay, Merlín te cuida –suspiró Pansy-. Vámonos ahora.

En el Ministerio, Nott se apersonó con los Slytherin, a cuyo frente estaban las Greengrass. En los corredores y áreas comunes se había hecho el silencio, pero crepitaban algunas llamas.

-Señoras, ¿listas para ocupar sus cargos?

Ambas asintieron. En medio de esa crisis y con la ausencia temporal de Serpens por estar en la etapa de ingresar a Red Flu, ocuparían sus cargos como cónsules en el nuevo gobierno.

-Perfecto –asintió Nott y ordenó a los Pretorianos que iban con él-, fuego.

Las Greengrass y los otros Slytherin que ocupaban puestos ministeriales, cayeron fusilados.

Nott pasó entre los caídos de la entrada, saliendo a la calle donde estaban sus tanques. A lo lejos, ardían los incendios.

Nott miró hacia las nubes.

Tenía un problema. El problema de que como Slytherin presto a odiar a la autoridad, se había visto apresado por la peor autoridad: una dictadura.

Y una dictadura de su misma Casa. Ya dudaba cuando empezó la misión de los inquisidores, y conforme la situación se deterioraba, aprovechando que los chips de todos no podían ser apagados y por ende matarlos por algo equivalente a una embolia, llevó sus órdenes hasta colocarse donde necesitaba.

Justo por debajo de la órbita del gigantesco satélite donde estaban conectados los Malfoy y los demás Sagrados.

Como comandante del Slytherin Korps, sabía lo que estaba pasando, pero la conciencia de los fusionados no estaba todavía dentro de la Red Flu.

Los cañones se elevaron.

-Fuego –ordenó Nott.

Hermione y Snape aparecieron en Lestrange Avenue y su caos, cuando una fila enorme de mortífagos se acercaba, guiados por Bellatrix.

Hermione montó el cañón de plasma en una aerocarroza destruida.

Entre ellos y los mortífago, un destello los sorprendió. Un destello donde apareció una figura que dejó asombrados a Hermione, a Snape, así como a Tonks y a Remus, metros más allá.

-¡ES HARRY! –gritó Hermione.

Pero nada más pudieron añadir.

Estupefactos, vieron al cielo.

Cientos de puntos brillantes se encendieron.

Algunos elevándose, con aparente parsimonia.

Dejaban una estela, subiendo, pero describiendo una parábola para caer hacia ellos.

-Misiles –entendió Hermione-. Creo que la dictadura Slytherin esta herida de muerte, y quiere matarnos a todos.