Sonorus en las torres habitacionales alertaron del peligro, provocando desbandadas a pie y en aerocarrozas para sortear la marea desbordada en tierra, cielo y dimensiones digitales.

La Red Flu estaba colapsada y Lestrange Avenue era un caos. Desde las aceras móviles y pasos elevados se distinguía, en el cielo nocturno, los brillos de aerocarrozas al estallar, pegasos armados disparando contra otras naves, hipogrifos cibernéticos montados por aurores que atacaban las naves de los seguidores de los Weasley y de Longbottom, además del escucharse el reventar de explosiones hacia Diagon por las largas luces de los láseres del Slytherin Korps enfrascado en emboscadas y empujando como arietes en dirección al Ministerio, donde grupos de squibbs y de muggles trataban de entrar.

Los cuatro inquisidores, estupefactos, vieron a Gringotts tocado por un proyectil y lanzando fragmentos ardientes.

-¿Para qué montas ese cañón? –gritó Snape, tras una tanqueta del Korps abandonada y semidestruida, a la castaña en la torreta.

-¡Odio a los mortífagos! –alzó la voz Hermione, colocándose tras el raro artefacto que armara con desperdicios en la fábrica de minicomponentes- ¡Y estoy segura que Harry está en ese resplandor del puente, no permitiré que lo eliminen!

Snape se le acercó, iluminado fugazmente por los estallidos de granadas convencionales disparadas por squibbs y muggles que se rebelaban contra Slytherin.

Nadie habría supuesto que la Tercera Guerra Mágica estallaría por la derrota de Voldemort. Aun sufriendo purgas, Slytherin no iba a renunciar a sus móviles de supremacía por lo que aprovechando los desajustes de la posguerra, se había encumbrado hábilmente entre el desconcierto e incluso los deseos de renovación. Basándose en las leyes, se hizo con el poder e instauró una dictadura, que en esta hora de debilidad, era atacada por el resto de los magos y de los oprimidos.

Y aquellas luces en las alturas, en apariencia parsimoniosas, continuaban elevándose, pero eran misiles y su objetivo era Knockturn City.

Nymphadora llegó con ellos, resguardándose tras el tanque. En la torreta, Hermione se agazapaba con el cañón de plasma, apuntando a la horda de mortífagos que se aproximaban. A todas luces se dirigían a Charing Cross Road.

-Nadie está usando las pantallas virtuales y Serpens no las controla –advirtió Tonks-, podríamos tratar de huir.

-¡No voy a dejar a Harry solo, márchense si quieren! –gritó la castaña.

-¿Podrías dejar tu petulancia? –rugió Snape, revisando su revólver- Tonks, ¿tienes magia?

-Todavía, pero esporádica, profesor –respondió ella, que no lograba dejar de tratarlo como en los tiempos del colegio.

-Vamos dentro del tanque.

Hermione apuntaba a la horda que se acercaba, cuando Snape desde la torreta tiró de ella, hacia dentro del tanque del Korps.

-Vamos, heroína, déjate de arranques Gryffndor.

A regañadientes, la castaña colaboró hasta que entre los tres pusieron en actividad el tanque, si bien no lograron hacerlo avanzar.

El cañón apuntó a los mortífagos. Snape masculló:

-Y aquí vamos a salvar al tonto de Potter, para morir todos juntos cuando caigan esos malditos misiles.

Estaban llenos de preguntas, pero sin tiempo para analizarlas. ¿Quién disparaba esos misiles? ¿Era Slytherin en última maniobra para acabar con Harry usando una guillotina? ¿Eran los Gryffindor sublevados? ¿O algún muggle que lograra hackear las defensas del Ministerio?

El cañón del tanque guiado por los tres inquisidores giró hacia los mortífagos, y al abrir fuego en ráfagas amarillas incandescentes, los antiguos esclavos de Voldemort fueron despedazados sin lograr defenderse con éxito.

-Creo que la maldita Bellatrix venía con ellos –aventuró Snape, iluminado por los controles frente a él.

-Sí, era –asintió Tonks-. En el tablero que atiendo, el ordenador confirmó su identidad.

-Por lo menos viví para verla muerta –dijo Hermione entre dientes, barriendo la Avenida con los tiros del cañón.

-¡Remus! –gritó Tonks, identificándolo por un visor- ¡Está cerca de Harry!

Antes que pudieran impedirlo, la inquisidora salió por la torreta y echó a correr por la Avenida.

En torno a ella y su correr saltando los cuerpos de los mortífagos, hacia Remus alumbrado por el brillo alrededor de Harry, las luces de la ciudad titubearon.

Se debía al virus Ravenware que actuaba, emboscando la conciencia múltiple de Serpens Máxima.

Ravenware avanzaba por las ramificaciones de Flu, borrando la información de las mentes fusionadas de los Malfoy, los Nott y los otros Sagrados, que lo percibieron, sin capacidad de impedirlo.

Hermione salió tras Tonks. Snape, que tenía su límite para pedirle cautela, la dejó salir.

La castaña distinguió a Harry, envuelto en un brillo blanquecino, con el mismo aspecto que cuando terminó la guerra. De pie, indiferente al caos a su alrededor.

Y siguió así cuando una granada reventó a un lado de Tonks, haciéndola girar en el aire y caer en la acera humeante, donde llegó Hermione.

-¡Tonks! –gritó.

Nymphadora, débil, murmuró:

-¿… soy ella, soy Nymphadora Tonks o no lo soy, Hermione?

-No te preocupes –alarmada, la Gryffindor revisó las graves heridas de la inquisidora-, no importa.

Tonks, clon de la auror fallecida en Hogwarts, murmuró, ausente bajo el brillo que venía de Harry y las explosiones lejanas.

-¡Sé que probé la lluvia, y no recuerdo su sabor! –Tonks se tomó de los sienes, jadeando, confundida, derrengada- ¿Soy un sueño que soñé, soy una fábula? ¿De dónde vengo, a dónde vine? ¿Voy a algún lugar?

-Tonks, tranquilízate, te voy a llevar…

Hermione la jalaba hacia un muro, ambas protegidas por los disparos que hacía Snape desde el tanque del Korps.

Lupin llegó con ellas, y al ver a Tonks sin vida, gritó.

La amaba, por supuesto, y se daba cuenta ahora que no había remedio.

No hizo más, porque a unos metros descubrió a un mortífago herido de muerte, que con último y rabioso empuje, disparó contra Hermione.

Remus se interpuso y recibió el tiro fatal. La castaña gritó a su vez.

A cientos de kilómetros de altura, la estación orbital donde estaba el Santuario de los Sagrados, los cerebros que conformaban Serpens Máxima, recibió los disparos de los cañones del Korps desde el Ministerio y, también hackeado por los rebeldes, se ladeó, cayendo hacia la atmósfera.

En su descenso para ser atrapado por la fuerza gravitatoria y estrellarse en tierra, pese a las maniobras de los Pretorianos, recibió nuevos disparos que le reventaron los muros, expulsando a sus ocupantes.

Las cápsulas con los cuerpos se resquebrajaron, congelando y destruyendo los cuerpos.

En Lestrange Avenue, Snape corriendo llegó con ambas. El tanque estaba inservible. Una alerta en Sonorus avisaba que los misiles superaban la parábola y venían en descenso. En las alturas, su brillo aumentaba, lento.

Hermione colocó el cuerpo de Tonks a resguardo, y Snape llevaba a Remus, cuando éste tosió:

-Severus…

-No hables, idiota –masculló Snape-, vendrá la ayuda.

Lupin negó con la cabeza, fatigado.

-No, Severus, en verdad… óyeme…

Lupin hizo un esfuerzo por hablar. Snape lo atendió, con resignación en apariencia molesta. De los labios de Remus por fin salió la voz:

-Per… perdóname… -susurró.

Snape habría esperado todo, menos eso.

-¿Cómo?

Remus asintió, debilitado.

-Perdóname… Severus… perdóname… por lo que te hice…

Snape frunció el ceño.

-Tú no me has hecho nada.

Lupin asintió:

-… pero te dañó alguien de quien provengo. No soy un objeto vacío. No soy la copia de otra persona. Una parte de él vive en mí. Somos lo que somos, y somos todos los que han sido antes de nosotros.

"Lo que siento, es en parte lo que él sentía, Remus Lu… Lupin. Mi prototipo… Él ya no vive. Yo no soy él, pero sí tengo parte de su corazón y sé que él quería decirte esto… Yo soy su oportunidad, y créeme, lo siento…

Hermione se resguardaba en el muro, atendiendo al cielo y los misiles. Snape se sentó en el suelo, al lado de Remus.

-Clon de pacotilla, ¿por qué no..-?

-Severus… perdóname… Yo te hice daño porque mi silencio me hizo cómplice… El que calla ante una injusticia, también es culpable…

La mirada de Remus se perdía.

-Perdóname… no debía hacerlo… debí impedirlo… No quise hacerte daño, lo siento… por favor… perdóname…

Snape hizo un esfuerzo supremo ante aquel gesto. Pareció que no lo lograría, pero asintió, con voz grave:

-Te perdono, te perdono, está bien... No hay nada malo entre tú yo, Remus, Remus Lupin, yo te lo digo, Remus…

Lupin sonrió cansadamente, agradecido, y cerrando los ojos, su cabeza se posó en Snape y falleció en su hombro, como un niño que queda dormido.

Las líneas de los proyectiles lanzados desde el Valle de Godric, Neo-Cokeworth, Big Hangleton, se marcaban en líneas blancas de mayor tamaño, por el cielo en dirección a la Torre Malfoy y las centrales mágicas.

El estruendo del Sonorus de alarma resonaba en la Avenida donde los vehículos se disparaban en ríos nutridos, a cientos de kilómetros por hora, sorteando disparos aéreos.

Pocos se alejaban a pie, gritando. Ya no había tiempo. Transportes públicos se volcaban, el MetroTrain y aerocarrozas.

Sentado en el suelo, Severus lloraba, abrazando a Remus Lupin.

Y un brillo se impuso a los de la calle, haciendo que quienes estaban cerca, se cubrieran.

En el centro de ese resplandor, Harry se contorsionaba.

A ratos mostraba las facciones de Voldemort, y en otros, Harry recuperaba las propias.

Voldemort intentaba imponerse. Pero en esas horas de su cacería, Harry debía haber sostenido una lucha para impedir el regreso del Señor Tenebroso. Una lucha secreta y muda en cada sitio donde se ocultó, y en donde fue protegido por Neville y los Weasley.

Y la destrucción física de sus horrocruxes le había restituido los fragmentos de su personalidad. Los que sobrevivían, eran atraídos de regreso.

En un estruendo, Harry extendió los brazos, y por sus ojos, por sus dedos, sacudido, brotaron líneas de luz en fuentes que se extendieron hasta donde alcanzaba la vista.

Todos lo sintieron: ondas desde Harry, una tras otra, extendiéndose como arena impulsada por viento, arrojadas rumbo al horizonte, tocándolo todo.

Snape recostó en una mesa, los cuerpos de Tonks y de Lupin tomados de la mano, y saliendo, de nuevo, frunciendo el ceño de sorpresa, tomó la varita e hizo un hechizo.

-¡La Magia está regresando! –gritó.

Hermione llegó llevando a Harry con un brazo en el hombro, entre el estruendo de las sirenas, bajo los resplandores solares de las bombas que estaban por llegar entre las torres.

-¡Harry la hizo regresar! –comprendió la castaña- ¡Voldemort la había desviado, la contenía, pero ha sido liberada!

Snape soltó una sonrisa torcida al exhausto Harry.

-Celebro verlo restituido, señor Potter. Aunque creo que los niveles de magia para salir de aquí, faltan por llegar y no hay tiempo, ni tenemos medios de locomoción para huir. Nada tecnológico funciona.

Soltando a Hermione, Harry se dejó caer al suelo, acompañado por la castaña.

-Gracias, profesor, gracias por todo –dijo Harry-. Me alegra llegar al final con ustedes.

Snape también se sentó en el suelo.

Hermione abrazó a Harry y también a Severus, pasándoles los brazos por los hombros. Vio al cielo:

-Por fin, un buen día.

El rugido de una potente motocicleta Harley-Davidson Seventy Two se dejó oír acercándose por Lestrange Avenue.

Pansy Parkinson venía en la moto a 300 por hora, con los anteojos puestos y su marido sujeto a ella, conduciendo la Harley sobre el suelo de mediana fricción enmarcada por los edificios de ventanales dorados, rojos y azules y puentes curvos abandonados.

-¿Qué les pasa, idiotas? ¡Usted no, profesor Snape! –tronó Pansy en sus pantallas, que volvieron a funcionar- ¿Se cansaron de la vida?

Los dos robots de combate que le quedaban, aparecieron disparando con todo, abriendo paso por el camino que llevaba a Charing Cross Road.

Sin dudarlo, Snape y Hermione llamaron los discos de vuelo con que habían llegado. La castaña, subiendo a Harry al suyo, fue con Snape sujetando los discos a la moto de Pansy.

-Es correcto tratar de salvarlos -dijo el esposo de Pansy.

-Como quieras –respondió ella.

La Harley-Davidson aceleró a fondo sobre Lestrange Avenue, emborronando torres, puentes, cruces de calles. El rugido de la moto era fuerte, ininterrumpido, llevando a los cinco a varios cientos de kilómetros por hora, con los robots de combate por delante, disparando y destruyendo barricadas, puestos de control, retenes, torretas de vigilancia, para abrirse paso y escapar.

Al volar el último obstáculo, la salida al mundo muggle se mostró en rendija de un largo muro de titanio, abriéndose. Todos se preguntaron si lo lograrían, porque los misiles se activaron sobre ellos, irradiando una luz blanca que borró todo.