-Vete, por favor Bill -le habló con la voz cortaba y las lágrimas empañando sus ojos azules como zafiros. Las más hermosos jamás vistos, según el rubio-. No quiero que me recuerdes así. No así.

El acompañante apretó el agarre que mantenía en las manos de su hermano, pequeñas y finas, ahora huesuda que podía describir al peliazul como si de una descripción se tratase.

La falta de apetito empezaba a ser más que presente. Su cuerpo entero empezaba a estar esquelético y de aspecto de cristal. Tan frágil como los ánimos del afectado.

Bill no pudo responder. Hiciese lo que hiciese, no podía recoger aquel llanto que empezaba a descender por las mejillas sin color de William.