Sigue la violencia. Recuerden que en mi perfil está la lista de reproducción... no sé por qué lo sigo diciendo.'.
No resultó simple tratar el tema de los supuestos entrenamientos de su hermano. Principalmente cuando advirtió la forma en la que todos se dirigían a él. No era como si estuvieran tratando con un miembro más de la familia, sino con algún enemigo, incluso su madre, quién se suponía era la única que conocía su secreto, estaba a la defensiva. Entendió que el asunto del monstruo de Nen estaba cada vez más latente, y tendría que controlarlo si es que quería continuar con aquello como un secreto.
El problema real para Illumi fue que durante toda la semana de descanso, Killua huía de él. Podría decirse que dio un paso más allá al enviar a uno de sus mayordomos a pedirle que no se le acercara y eso le había dolido mucho. Tuvo que abstenerse de matar al mensajero por respeto al deseo del pequeño, pero a mitad de semana se rindió. En la mente de Illumi era imposible verse a sí mismo como el culpable de que el menor lo viera con temor, y por supuesto, era impensable que éste hubiera orquestado ese rechazo hacia él así de simple. La única posibilidad que encontraba, era que los mayordomos lo estaban manipulando para señalarlo como el malo y romper con su relación.
Desde que recordaba, había tenido esa desconfianza hacia los mayordomos, era un odio mutuo, lamentaba que nunca se hubiera tomado la molestia de hacerle ver a Killua que esa gente no era precisamente de fiar. Ahora estaba en una situación en la cual no tenía otra alternativa que planear su siguiente movimiento y recuperar a su hermano, lo cual resultó un tanto complicado, considerando que él era quién lo estaba evitando, siempre rodeado de sus mayordomos y jugando con Alluka en sus ratos libres. Si quería acercársele, tendría que obligarlo. De modo que, contra todo pronóstico, le pidió ayuda a su padre. Acudió a él alegando que esa actitud podía poner en riesgo futuras misiones y ante esto su padre tuvo que ceder.
—Killua —lo llamó al término de su entrenamiento— ¿qué ha pasado contigo? Me han reportado que tienes un comportamiento inadecuado con tu hermano mayor ¿Puedes explicármelo?
No, no podía. Killua era bastante inteligente, estaba actuando así porque quería castigar a su hermano mayor por su exceso de crueldad, dejarlo con dudas y obedecer órdenes sin haber llegado a un acuerdo con él, pero eso no era una justificación frente a su padre. Comenzaba a comprender cómo debía actuar dentro de su propia familia si quería conseguir algo, debía ser más inteligente y mover bien sus fichas.
—No necesito estar con él todo el tiempo. Con verlo durante las torturas es más que suficiente —respondió, intentando sonar respetuoso.
—Modérate —le ordenó— ahora ve al cuarto de tu hermano y habla con él porque esto se está volviendo un dolor de cabeza.
La única forma en que su padre pudiera enterarse de aquello era si su hermano intervenía, jamás imaginó que eso llegaría a pasar. Lo había subestimado, y a la vez no era tan malo. Quería decir que Illumi no había aguantado el castigo y por ello había tenido que humillarse frente a su padre pidiéndole ayuda, o eso se imaginó para aligerar su enojo, porque definitivamente, no quería verlo. Recordaba cuántas veces le rogó que parara sin recibir misericordia a cambio, fue avergonzado cuando había pedido una explicación que justificara tanto salvajismo, y eso hacía arder su sangre ¿cómo pudo ser tan cruel? Aguantó toda su amargura, caminó hasta el cuarto de Illumi y llamó a su puerta.
—¿Aniki?
—Pasa —El corazón de Illumi recobró la vida al escuchar su voz, lo hacía olvidar toda su ira y pesar.
Illumi estaba sentado sobre una silla acojinada, frente al gran tocador de madera cuyo espejo le mostró en el reflejo el momento en que el albino cruzo la puerta y se quedó de pie junto al marco.
—Papá me dijo que viniera… yo… —tragó saliva— ni siquiera sé qué debo decir —estaba herido por haber sido forzado a ir hasta allí.
—Me has estado evitando todo este tiempo. —Contestó sin ninguna pena, girándose hacia donde él estaba.
—¿Y qué se supone qué debería hacer? Que fácil olvidas las cosas. No hiciste caso a la más mínima de mis peticiones ni siquiera respondiste mi pregunta —su voz se quebró, recordar le hacía daño.
—Kil… —podía notar que unas lágrimas comenzaban a asomarse por sus ojos y finalmente se conmovió— ven, acércate.
El niño negó con la cabeza, prefería quedarse ahí, a una distancia decente de él y poder salir tan rápido como terminara la conversación. Pero le insistió con un movimiento de su mano y no pudo ignorarlo. Illumi le extendió la mano para tomarlo de la muñeca, y así presionarlo a acercarse a él.
—¿Ahora qué más quieres? —Estaba avergonzado por las lágrimas que cubrían sus mejillas, delatando sus profundos sentimientos. Illumi fue tan malo con él, que ahora no estaba seguro si los buenos recuerdos que tenía sobre él eran reales o alguna invención para hacerlo sentir confianza y ser obediente.
—La respuesta a tu pregunta, Kil… —habló mientras aún le sostenía— no la sé.
—… —Su rostro mostró su turbación interior y esperó a que su hermano continuara explicando.
—No sé por qué tengo que hacer esto, pero tú sabes que yo cumplo órdenes.
—¡No! No tienes que hacer algo tan absurdo.
—Yo también pasé por esto —le impidió continuar antes de que sus emociones le ganaran— yo también tuve que hacerlo en su tiempo, y sólo sé que ha sido parte de mi formación como asesino.
Si algo tenía Killua, mejor que cualquier otro en casa, era creatividad. La suficiente como para imaginar a su hermano mayor teniendo que pasar por todo aquello y además, pensar en los detalles que hacían que la tarea de Illumi fuera más compleja que la propia.
—¿Por qué no sabes…?
—Si quieres saberlo, tendrás que preguntarle a papá. Yo confío en él, y creo que si tuve que pasar por este entrenamiento, fue por mi bien —mintió, no lo hacía por maldad, en verdad reconocía que estaba intrigado y defraudado por todos los obstáculos por los que tuvo que pasar para llegar a su conclusión, y tener que aceptar que las autoridades en quienes había depositado toda su confianza, eran después de todo, humanos llenos de secretos—. Era todo lo que quería decirte. Ahora puedes ignorarme si así lo prefieres. —Soltó su mano, y se dio la vuelta.
Killua se acongojó por esa última expresión, era como si hubiera abierto su corazón sólo por un instante para luego hacerse la víctima, demostrándole que no era el único que sufría. Él siempre lograba eso, hacerlo sentir mal al final de cada discusión, sin importar qué, el resultado era el mismo: Illumi tenía la razón, y él no. Y ahora, por algún motivo no muy claro, sentía que debía disculparse.
—A-aniki —tartamudeó abrumado— yo, yo… lo siento.
Antes de que su hermano mayor alargara más ese momento incómodo, salió corriendo del cuarto, para ya no comprometerse. Estaba seguro de que aún tenía motivos para estar indignado, pero con Illumi comportándose de esa manera, era imposible llegar a una conclusión que le beneficiara.
Con todo, Killua decidió que volvería a evitar la presencia del mayor, no por el mismo motivo que antes, sino porque aún tenía un propósito. Ahora que comprendía cómo era que los Zoldyck conseguían sus objetivos, pretendía hacerle entender que sin importar qué, él no estaría más de acuerdo con esa tortura. Toda su corta vida había aceptado la palabra de Illumi como verdadera, él siempre tenía la razón aunque para el niño había algo que no encajaba. Nunca tenía tantos argumentos como su hermano y por esa causa solía perder. Esta vez no se dejaría dominar por esos sentimientos de culpa, si quería demostrar que era firme en sus decisiones, tendría que mantenerse en su posición. No se rendiría hasta haber conseguido, aunque fuera, un pequeño cambio.
Al final lo logró, el mensaje fue claro. Illumi lo comprendió desde el momento en que vio que Killua, aun después de retirar a los mayordomos, evadía su presencia. Debía admitir que ese movimiento era muy valiente y evitar a toda costa que Killua se volviera inmune a su control, así que optó por seguirle el juego, si su deseo era que fuera más moderado a la hora de la tortura, así sería y hablaría con el ente de Nen para dejarlo en claro.
Al término de la semana, Killua nuevamente fue consciente de que estaba próximo a volver al cuarto de torturas, y lo que menos quería era que hubiera una relación hostil entre ambos. Sus temores se intensificaron cuando, llegada la habitual hora en que se suponía que su hermano iría por él, no se presentó Illumi. Un mayordomo lo llamó para avisarle que éste lo estaría esperando en la puerta del cuarto de torturas. Y en definitiva esa no era buena señal.
Para el pequeño de cabellos blancos, ver a su hermano poseído por el espíritu como primera impresión para su entrenamiento del día no fue nada grato. El temor lo invadió desde la entrada del pasillo. Veía a lo lejos la figura del morocho, pero sus pies quedaron fijos al suelo, no quería acercarse a él, su cuerpo no se lo permitía porque su instinto de supervivencia era más fuerte.
—Ven aquí —lo llamó.
Al principio dio un par de pasos lentos, pero la aguja lo hacía retroceder. Hasta que el espíritu, malévolamente sonriente, decidió controlar su poder para permitir que el niño se acercara.
Temblando aún de nervios, caminó hasta quedar frente a él.
—Vamos, tenemos cosas por hacer…
De nuevo todo aquel terror había comenzado.
Todo lo que había vivido en las ocasiones pasadas se repetía. A veces era la alimentación forzada, el alucinógeno durante las noches, las posiciones incómodas y cansadas, golpes, luz molesta por la noche, y todo lo demás, pero en diferente orden, o a veces no incluía alguno de ellos. Volvía a aparecer la odiada toalla que lo había sofocado en la sesión anterior, y la electricidad. Con la novedad de que todos los días variaba, ya no era rutinario, y a eso se añadía que la habitación era diferente. No era una habitación oscura, fría, ni húmeda, estaba en un cuarto gris claro, con una luz blanca de bajo voltaje que cansaba la vista. El piso era completamente liso y blanco, pero había cámaras por todas partes. En un lugar así era imposible pensar en la posibilidad de sentirse solo. Sí, había una jaula, con la típica cama y el bote para sus necesidades, únicamente no se veía el mismo panorama devastador de antes.
Quizá no era así, pero los constantes abusos no le permitían sentir la diferencia. Incluso creía que era delirantemente peor, porque ahora ignoraba lo que ocurriría, no sabía si despertaría a las siete de la mañana para que su hermano le hiciera comer de forma forzada, o si sólo lo colgaría en las cadenas y lo golpearía con una tabla; tampoco sabía si esa noche dormiría, o su hermano estaría todo el tiempo provocando interrupciones que lo mantuvieran alerta; o si le aplicaría un alucinógeno, un medicamento que lo hiciera dormir, como llegó a pasar en tres ocasiones durante su estancia.
Tras dos semanas, entendió por qué ese cuarto no era como los anteriores. Reservaba un elemento nuevo y particularmente traumático.
—Desnúdate —Le indicó Illumi una mañana, justo después de que terminara su desayuno.
Killua creyó que había escuchado mal, víctima de tanta tortura. Este había sido el motivo principal para que Illumi acudiera al espíritu del Y. La más importante razón para cederle el lugar. No sólo no soportaría de nuevo ver a su hermano desnudo, sino que lo siguiente que estaba forzado a realizar era algo que le había enseñado una gran lección de vida.
—Desnúdate, he dicho.
— ¿Desnudarme? De ningún modo, no me da la gana.
— ¡Cierto! No tengo por qué pedírtelo—tomó al niño por las muñecas, y afiló las uñas de su mano derecha.
Ignorando por completo los reproches que profería el pequeño, comenzó a destruir la tela gris que portaba. Hasta dejarlo expuesto por completo. Killua se sentía incómodo, todavía más al preguntarse quién estaba del otro lado de las cámaras. Estaba indefenso de un modo diferente. Sabía que si su padre lo observaba y descubría algo que no le agradaba de su hermano o de él, intervendría y, la experiencia le había enseñado que existían más razones para respetar a su padre. Al menos esta vez su hermano había evitado el humillarlo verbalmente, cosa que agradecía en cierto modo.
Illumi lo tomó por la nuca y lo forzó a caminar hasta quedar frente a una caja hecha con alguna aleación de acero, era de un tamaño un poco grande para ser una simple caja.
—Entra.
—¿Qué? ¿Ahí? No, de ninguna manera —pese al maltrato, ahora ostentaba cierta resistencia mental, ya no tenía tanto miedo como al inicio, sólo que esta caja se veía diferente.
—No te hice ninguna pregunta —eso sí, durante todo este tiempo, Illumi se había negado rotundamente a usar su nombre para dirigirse a él, ahora sólo era "haz esto", "ve allá", "párate así", era como si fuera una máquina.
El pequeño miró las cámaras, aún abochornado por su desnudez, pero considero que al menos esa caja ocultaría esa sensación un tiempo. Optó por obedecer, entró a la caja de metal, era un espacio bastante grande como para que él pudiera caber en ella, y a la vez, no lo suficiente, impidiéndole permanecer de pie; tenía que estar forzosamente sentado o en alguna posición donde tuviera que doblar el cuerpo.
—Aniki ¡no, espera! —Vociferó cuando vio que su hermano colocaba la gran tapa de metal, sellando así la salida. La única abertura que tenía esa caja, era una pequeña reja del tamaño de uno de sus puños.
—Nos vemos luego —escuchó que decía, antes de salir de aquella habitación.
Estuvo dentro de esa caja por tres días que parecieron una eternidad, el hambre era terrible, había tenido que forzar a su cuerpo a aguantar las ganas de ir al baño, hasta que contra todo, se orinó ahí dentro. Gracias a la falta de oxígeno, el hedor era asqueroso; la ausencia del tiempo y el aburrimiento, abrumadores. Ese había sido el peor confinamiento de todos. Había ratos en que su llanto era incontrolable, quería estirarse apropiadamente pero el espacio se lo impedía, tenía calor extremo y la claustrofobia se hizo más latente con el paso del tiempo. Pero ni los golpes ni intentos por escapar sirvieron de algo.
Durante esos días, el monstruo de Nen mantuvo a Illumi en segundo plano. Sabía que si le permitía salir, lo primero que haría sería arruinar todo su trabajo sacándolo de la caja y entonces, su padre tomaría su lugar, así nunca sabría el verdadero propósito detrás de todo ese fatal ritual. A falta de conocimiento adecuado para tratar con cuerpos humanos, la entidad se enclaustró en su cuarto, negando la entrada a todo aquel que intentaba contactarlo, ni siquiera aceptaba las comidas que le eran enviadas. Permanecía meditando, ejercitando el flujo de su Nen.
Su madre fue a verlo, cuando Killua cumplía setenta y dos horas dentro de la caja. El yacía sentado sobre su cama, en posición de loto, con su aura oscura fluyendo notoriamente, cubriendo casi todo el interior de su cuarto. Entró como la vez pasada, sin llamar a su puerta, esperando verle decaído por verse forzado a torturar a su hermano menor, pero al entrar, se percató del Nen oscuro perteneciente al hombre de la Y. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar cuando notó que esa presencia maligna comenzaba a acabar con su hijo. No quería que sus secretos fueran descubiertos, no estaba dispuesta a perder su posición social, dejar de ser una Zoldyck. Estaba más preocupada por sus logros personales que por el desastre que estaba frente a sus ojos.
—¿A qué has venido? —Le llamó el hombre.
—¿Dónde está Illumi? —Fue lo único que se le ocurrió preguntar, no pensaba moverse de su sitio a menos que fuera para huir.
—Aquí —señaló su frente, como indicando que se encontraba en alguna parte de su cabeza.
—Mi hijo…
—Ah, cállate, arruinas mis asuntos ¿no te preocupa más que esté a cargo de tu pequeña salvación?
Y cayó en cuenta que el hombre del Y estaba tratando directamente con su hijo más preciado, su adorado Killua—. Aléjate de él, aléjate de mis hijos.
—Oh, no, no… Killua es todo mío —se mofó de ella.
A diferencia de Illumi o Kikyo, el hombre de la Y nunca se refirió al asunto de controlar a Killua con sinceridad, lo alardeaba para mantener a su anfitrión creyendo que velaba por sus intereses, y para atormentar a la madre de los muchachos, fuera de ello, le era indiferente lo relacionado directamente con el peliblanco, más bien, su atención estaba en lo que representaba tanto para su anfitrión como para la mujer que había provocado su existencia física. Si bien era cierto que controlando las acciones de Killua, podía manipular su propio crecimiento no debía proceder tan rápidamente o entonces asustaría al morocho. Si Killua estaba lejos de Illumi, entonces tenía mayor crecimiento, pero no sólo eso, si Killua rechazaba a Illumi, entonces su anfitrión se debilitaba y permitía el paso al espíritu. Era cuestión de someter sus acciones, trazando un plan coherente que le ayudara a llegar a ese punto fingiendo inocencia.
—Ahora, si me permites Kikyo, tengo un niño qué atender —se puso de pie, y salió del cuarto. Dejando a una desolada madre que no encontraba en qué apoyarse para soportar su frustración. No había nada en esos momentos que pudiera hacer para arreglar lo que estaba pasando.
El hombre de la Y se dirigió al cuarto, la voz de Killua sonaba amortiguada por el metal de la caja, se escuchaba sollozante, como un enfermo mental diciendo incoherencias. Algunos mayordomos que habían acompañado a Illumi, traían con ellos carne seca y agua para el niño, además de instrumentos para revisar su situación de salud, estaban listos para recibir instrucciones una vez que la caja fuera abierta.
Uno de ellos removió la tapa, cada quien hacía el mayor esfuerzo por aguantar lo que veían. Se notaba que el niño estaba increíblemente cansado y hambriento, tenía unas terribles ojeras, sus labios estaban partidos de tanta sed, y un fétido olor se desprendía del interior.
Killua salió inmediatamente que notó su libertad, dando tumbos a causa de que su cuerpo dolía, tenía una debilidad apenas soportable. No tomó en cuenta su desnudez, lo importante para él era tomar esa botella de agua y la carne seca. Se hidrató tanto como pudo y comió velozmente, sin decir palabra alguna.
Illumi hizo sacar la caja de la habitación, y esperó a que su hermano reaccionara.
Killua se dio cuenta de las cosas una vez que su instinto de supervivencia quedó satisfecho. Las miradas de todos estaban sobre él, y él no estaba seguro de cómo lucía. Tan pronto como pudieron, revisaron su pulso, su temperatura y otras cosas para asegurarse que aún aguantara todo lo que seguía. En cuanto terminaron, Illumi los hizo salir. Para desgracia del niño, aún tenía las fuerzas y salud adecuadas para continuar ahí.
El mayor caminó hasta una puerta, una que no era fácil de captar porque el color era exactamente el mismo que el resto de la pared y la apertura apenas era notoria— entra —apuntó, luego de abrirla.
Killua temía que fuera otro espacio en el que permanecería encerrado, así que se quedó quieto, dudando obedecer o no la orden.
—Entra —repitió, y el niño se armó de valor para someterse— tienes una hora —señaló cerrando la puerta.
Era un baño completo, y limpio, con paredes blancas y rojas, un gran reloj y otras decoraciones a su alrededor. Un retrete, en un lado, y una regadera con agua caliente que para el bienestar de la pequeña víctima, habían sido puestas. Además, había ropa limpia, el mismo uniforme de siempre, pero por lo menos limpio.
Después de una media hora ahí, notó con amargura que si se habían tomado esas molestias era porque estaría más tiempo en ese sitio.
—No quiero salir —murmuró recargando su cuerpo contra la humedecida pared— maldición, no, ya no quiero salir, ya no…—miró a su alrededor, el vapor de la regadera se expandía por todo el baño, se sentía tan relajado ahí que temía del reloj, ese aparato parecía haber sido puesto ahí con el propósito de negarle su descanso. Probablemente tenía razón.
Volvió a meterse en la regadera, cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa, algo que no fuera en salir del baño. Apenas se concentraba en ello, su mente volvía a su situación, hasta que perdió la paciencia y golpeó con rudeza la pared del baño, está sólo se agrietó, lo que señalaba que hasta el baño estaba especializado para mantener ahí a un niño con sus capacidades.
La puerta del baño se abrió violentamente— ¿Qué demonios intentas? —espetó el morocho.
—Yo…
—Un golpe más, y tendrás motivos para arrepentirte —la puerta se azotó con violencia.
«Ni siquiera puedo desahogar mi frustración», pensó con amargura.
Por otro lado, el hombre de la Y no lo estaba pasando bien. Tanto él como Illumi no tenían la resistencia adecuada para mantenerse en esa faceta por mucho tiempo. Tres días era el límite para sostenerse fuerte.
Para su suerte, Kikyo llegó. Con obvia furia mal disimulada— Ya fue suficiente, Illumi —intentó sonar normal, sabía que detrás de las cámaras se encontraba Silva observando lo que ahí ocurría— mamá se hará cargo del resto del trabajo, ve a descansar y luego, ve con tu padre —remarcó en ese orden a sabiendas de que en cuanto Illumi regresara a la normalidad, no tendría fuerzas para levantarse.
El espíritu no respondió, no era conveniente, tampoco quería que sus planes se vieran mermados sólo por algún error en su comportamiento. En cuanto consiguió llevar a Illumi hasta su recámara, soltó ese cuerpo. Estaba demasiado agotado, tanto que Illumi no fue capaz de llegar hasta su cama, cayó al suelo inconsciente, y estuvo ahí por dos horas antes de poder reaccionar. Y todavía, cuando despertó, duramente pudo ponerse en pie y llegar su cama. Debía hablar con el espíritu sobre cómo tratar su cuerpo si es que iba a continuar cediéndole el lugar. Había un claro desgaste de su Nen, sentía un hambre muy intensa, probablemente no había dormido, su cuerpo recibió ciertos cuidados, lo sabía, pero no era suficiente. Él espíritu tenía que aprender a lidiar con las personas de su casa, otra cosa que guardó en su mente para discutir después.
—¿Estás enfermo?
Una voz lo sacó de sus pensamientos. Usualmente nadie iba a su cuarto, salvo su madre que en determinadas ocasiones se daba a la tarea de entrar ahí con o sin su consentimiento para hablar con él o redecorar su cuarto, como si de una madre normal se tratara. Esas interrupciones no eran bien recibidas, excepto cuando de algo realmente importante se trataba.
—¿Papá? —Esta era una de esas ocasiones.
—No has ido a verme, creí que habíamos dejado eso en claro la última vez ¿Desde cuándo tengo que ser yo quien tiene que buscarte?
No tenía justificación para su comportamiento, en sus planes no había figurado la posibilidad de que algo así ocurriera, pero para dichas ocasiones él guardaba una bala de emergencia.
—Mamá me indicó que no fuera.
—¿Tú madre dijo eso?
—Sí, no dijo por qué —se sentó en la cama, tocándose la frente por el mareo que repentinamente sintió— pero así me lo pidió.
Kikyo le debía tanto a Illumi que ahora ella simplemente tenía que cumplir con ciertos caprichos del muchacho, él nunca hacía uso de eso, a menos que valiera la pena.
Silva estaba en silencio, intentando imaginar por qué su mujer le pediría algo semejante a su hijo y sin consultárselo primero. Algún desaire, o molestia que ella tuviera en su contra.
—Hablaré con ella más tarde. En cuanto estés más dispuesto ve a buscarme.
Si había algo peor que Illumi como mentor, era su madre. Killua lo descubrió ese día cuando vio con desconcierto a la mujer ahí de pie, junto a sus mayordomos más allegados.
—Illumi se fue a descansar mi pequeño Killua, mamá se hará cargo de todo ahora.
La mujer estaba loca, para ella todo ese dolor al que sometía a su hijo era un placer exquisito. Se reía escandalosamente cuando intensificaba el sufrimiento para demostrar que aún podía ser peor. Ella sí que no mostraba ni un ápice de sensibilidad; si de mantener en posiciones incómodas se trataba, ella elegía alguna demasiado laborosa mientras usaba al niño de tiro al blanco cada vez que flaqueaba; las drogas que ella elegía para torturarlo por las noches eran terroríficas, lo hacían vomitar la poca comida que había ingerido y no paraban incluso hasta casi a medio día, ella hacía burla de todos sus esfuerzos, minimizando sus capacidades como si fueran poca cosa.
—Eres el heredero, no me vas a enorgullecer con tus quejas.
Eso insistía, hasta que él niño se fastidió y comenzó a maldecir cada vez que ella repetía esas palabras.
Si ella había optado por no ponerle algún medicamento a la hora de dormir, modificaba la temperatura del cuarto para hacerle vivir una noche helada o muy calurosa, ni ganas de dormir quedaban. Y lo peor era que ya no tenía fuerzas para llorar.
—Maldito Illumi —murmuró tiritando una de esas heladas noches— si no se hubiera ido a descansar… —podía hacer la comparación, sin lugar a dudas era más aceptable tener ahí a su hermano mayor, que a esa loca mujer.
Y el día en que verdaderamente se arrepintió de haber nacido en esa familia, fue cuando la mujer llegó a su cuarto con la desgraciada caja de metal. Sus mayordomos la colocaron a un lado y abrieron la reja del pequeño. Killua lejos de salir, se pegó más a los barrotes que lo mantenían a salvo de esa situación.
—Killua, ven con mamá.
—¡No! —Chilló desesperado.
Temía demasiado a lo que venía, la primera vez había sido aguantable porque no tenía idea de lo que iba a pasar, y porque su hermano -tras hacer la comparación-, al menos le permitía conservar ciertas fuerzas para aguantar todo el ritual, pero su madre le había torturado sin un descanso, lo había hecho ver el infierno en vida y además, quería que reviviera el horrible trauma de estar dentro de ese asqueroso espacio pequeño.
—¡Que vengas acá, maldita sea! —gruño apretando los puños y caminado al interior de la jaula.
El niño la esquivó en un principio, no iba a dejarse atrapar tan fácilmente, el problema era que no contaba en esos momentos con sus habilidades en correcta forma, tampoco poseía su fuerza como para poder salir bien librado. En un par de segundos, Kikyo lo tenía levantado por el brazo izquierdo.
—¡Suéltame! ¡Déjame ir! —pataleó insistentemente.
—¿O qué? ¿Me golpearás? —Preguntó alegremente. Esperando una respuesta positiva, ella deseaba entrenar a algo más que un asesino, una bestia desalmada y oscura.
—… —el albino la observó taciturno, tal vez no tenía un lazo con ella, pero era su madre y eso le daba una sensación de respeto hacia ella— no —contestó.
—¿No? —Apretó fuertemente la muñeca del menor, causándole un dolor en los huesos— ¿qué clase de cobarde estamos educando? ¿Illumi no te ha enseñado nada?
—No… y no me importa lo que me enseñen —alzó la voz, aun intentando contener su dolor— yo haré lo que quiera.
—Estúpido Illumi, no sabe hacer nada bien, ese mocoso me va a escuchar —sacó a su pequeño hijo de la jaula— ten, mételo en la caja— y se lo entregó a uno de sus mayordomos, dando la instrucción que ninguno de los presentes quería realizar.
El hombre temblaba, Killua lo podía sentir. No quería cumplir las órdenes, tenía en sus manos al pequeño que había cambiado todas las cosas en casa, lo mejor de los Zoldyck al punto de vista de algunos.
—No, por favor, no —trató de apelar a la sensibilidad del hombre.
—¡Ah, cierra el pico! Me avergüenzas.
—No —las lágrimas no se hicieron esperar y el hombre no quiso moverse, divisó con angustia a su ama como si fuera a ganar algo, y una daga atravesó su garganta, tan rápido que cuando menos lo esperó, Killua estaba ya en el suelo con el peso del hombre sobre él— ¿Mamá? —Preguntó confundido, no comprendió lo que acababa de ocurrir. Su mirada se llenó de más horror al ver que sin ninguna misericordia ella había matado a aquél mayordomo.
—No iba a obedecerme, eso les enseñará a obedecer tan rápido como yo lo ordeno.
—¡Lo mataste! ¡Lo…!
—Somos asesinos niño ¿No lo entiendes? Esto, es una parte de nosotros.
Eso fue demasiado impresionante para su joven mente. Había estado acostumbrado a esas muertes impersonales. Los asesinatos hechos por él o su familia por cuestiones de negocios se habían vuelto cotidianos, tanto así que había desarrollado una resistencia mental para ellas, como algo que simplemente pasaba, como un programa de TV o un videojuego, pero no como parte de su vida. Matar a uno de sus mayordomos, uno de confianza, de aquellos que estaban ahí en su vida diaria y que él conocía desde que tenía memoria, era diferente. Abandonando lo impersonal, dejando una huella en su vida.
La mujer volvió a tomar del brazo al niño, y lo arrastró hasta la entrada de la caja
—Ahora entra —insistió, pero Killua se aferraba con las pocas fuerzas que le quedaban a luchar contra los jalones de su madre.
—¡No, no quiero! —avizoró a sus mayordomos que estaban de pie a su alrededor intentando convencerlos de que lo ayudaran a salir de ahí.
—Entra —sacó otra daga de una de sus mangas— o alguien más morirá.
Los mayordomos ahí presentes estaban atrapados, no podrían atacar a Kikyo no sólo por lealtad a la familia, también porque el cuarto estaba vigilado por otros Zoldyck y eso significaba que sus vidas estaban en manos de esos asesinos.
—Mamá —se quedó sin aliento, su cabeza daba vueltas por tanta angustia— no, por favor… me da miedo entrar —admitió con nuevas lágrimas fluyendo por sus mejillas— no puedo mamá.
Otro mayordomo cayó al suelo, su mamá no estaba jugando a amenazarlo. Killua cerró los ojos, no quería saber quién había sido el siguiente— ahora ¿crees que me importa que tengas miedo? Te estoy diciendo que entres ahí.
—No, por favor… —murmuró sosteniéndose contra la entrada de la caja— no puedo —un tercer cuerpo cayó— ¡ya, ya… mamá detente! ¿Cuál es el fin de esto? ¿Qué se supone que voy a aprender? ¡No tiene sentido, ya detente!
—Abre los ojos —dictaminó la mujer, y una esperanza de haberse dado a entender surgió— ¿ves esto? Estas son tus consecuencias, es tu culpa —señaló los cuerpos— tú eres el responsable de ellos y ahora ¿me vas a decir que no has aprendido nada? Entrarás a la maldita caja de una vez y entonces me llevaré los cuerpos de aquí, si no, dormirás con ellos en tu cama hasta que me dé la gana quitártelos. No estás actuando como un verdadero asesino.
Todas sus fuerzas se perdieron, conmocionado reflexionó en esas últimas palabras, las cuales hicieron que se concentrara en su realidad. Él siempre había matado, esas muertes no eran diferentes a las otras. Ya no había otra cosa por hacer, se quedó en blanco, sus ojos perdieron su luz y dejó de llorar. Entonces, sin más órdenes, entró a la caja. Sin ninguna expresión en su rostro, sólo la determinación de un asesino, era una sombra sin vida. Lo estaba volviendo un ser de la oscuridad. Aprendiendo a dejar de valorar su propia vida y la vida de los demás, que ya no tuviera necesidades ni temores que impidieran realizar sus trabajos, para lo que había sido traído al mundo.
Estuvo dentro de la caja por tres horas, antes de que su madre lo hiciera salir. Eso lo hizo enfurecer tanto que ya no fue capaz de dirigir palabra alguna hacia la mujer, quería matarla, sólo eso pensaba. Lo había forzado a estar ahí dentro, asesinando a tres excelentes hombres sólo para obligarlo a abandonarse a sí mismo y todo por tres horas ahí adentro. Tres horas que no valían tanto como la vida de tres hombres.
—Maldito Illumi —lo maldecía por haberlo abandonado en las manos de Kikyo.
Le tomó un día y medio recuperarse de todo el desgaste que el espíritu había provocado. Estuvo alimentándose adecuadamente y se inyectó vitaminas para fortalecerse, estaba cansado y eso era lo único que en realidad le pesaba, quería levantarse y proteger a su adorado tesoro. Los recuerdos del espíritu regresaron a su mente y se habían metido en lo más hondo de sus emociones. Sí, en definitiva se arrepentía de no haber intercedido por su hermano cuando aún era a tiempo. No le quedaba ánimo para deambular por la casa, estando al tanto de que su madre, la horrible mujer que él conocía, ahora cuidaba del peliblanco.
Siempre considero que Kalluto tenía la desgracia de estar en manos de ese monstruo, porque su madre tenía esas tendencias extravagantes a buscar el completo placer en la muerte, la veneraba como si fuera una diosa, y eso era notorio cuando de matar se trataba. Raramente lo hacía de forma poco planeada. Cargaba con armas que habían pasado por sus ritos para asegurarse de no fallar, hablaba de lo maravilloso que resultaba ser un asesino y de lo atractivo que era ser desalmado. Él nunca había enseñado esas cosas a Killua porque ni siquiera las consideraba relevantes. Matar para él nunca fue un ritual, era más bien su diversión, su trabajo, pero lo encontraba sagrado como lo hacía su madre. Ahora tenía ahí a los dos polos más opuestos de la casa, juntos en la misma habitación. Eso sí que era mala suerte. Killua debía estarlo pasando mal.
Alejó sus preocupaciones porque en nada lo beneficiarían y fue a ver a su padre. Kikyo le había dado cualquier excusa para justificar las ausencias de su hijo mayor, a lo que Silva considero por "cosa de mujeres" y no indagó más, así que Illumi no iba con temor volver a ser interrogado.
—¿Está bien que mamá se ocupe de ello?
—Sí.
—Padre —dado que su madre le había quitado la oportunidad de entender lo que pasaba, ahora no le quedaba más remedio que usar una nueva táctica para saber la verdad, era una apuesta que tenía que realizar—. Hice todo tal cual como me indicaron, pero aun así, hay algo que no me queda en claro.
—Lo sé, sé cuál es tu duda —Silva claramente mostró su postura, como si estuviera esperando precisamente que él preguntara por ello. Esto sorprendió al morocho, nunca antes su padre se había anticipado a sus emociones ni pensamientos— Illumi ¿crees que Killua es estable mentalmente?
—¿Eh? —Ahora no sabía qué esperar—. Sí, claro —optó por dejarse guiar por su padre.
—Cuando tú pasaste por ese entrenamiento, te puse en manos de los mayordomos, yo sólo iba a verificar las cosas y tú madre en varias ocasiones fue a hacer lo que ahora ha estado haciendo con Killua.
—Recuerdo eso —en efecto, Silva había evitado también realizar todo ese nefasto ritual cuando se trató de su hijo mayor, pero había sido bastante estricto con todos los que se involucraron.
—Lo que nos dejó de ti, fue un niño que por mucho tiempo y en secreto se dedicó a matar a la servidumbre —Illumi instintivamente se puso a la defensiva, de alguna forma sabía que sus actividades eran vigiladas, pero desconocía el momento en que sería empleado en su contra— no te preocupes, las medidas ya fueron tomadas —y Silva no dio oportunidad a nuevas preguntas— por mucho tiempo me pregunté si hice mal… en su momento, mi padre fue quién realizó todo eso conmigo y yo no lo hice contigo del mismo modo. He llegado a la conclusión de que esto es algo que debió haberse realizado sólo entre familia y entonces se habría evitado el orillarte a odiar a los mayordomos.
Illumi quedó en silencio, indirectamente ese discurso le indicaba que en casa lo tomaban por alguien mentalmente inestable y, si de medidas se trataba, lo más probable era que eso le costara el puesto como cabeza de los Zoldyck. Mucha información en un sólo instante.
—Te he puesto a ti a hacerlo porque conozco el lazo que tú y Killua comparten —no era del todo verdad, él no quería hacer tales cosas a su hijo, así como no había querido hacerlo con Illumi. No por cobardía, si no por su papel como padre— aunque estás muy joven, lo has hecho muy bien, pero tú madre considera que no es correcto que como su hermano te veas forzado a hacerlo, por eso me pareció adecuado cuando ella misma se ofreció a terminar los ejercicios. Ya no falta mucho y además, necesito que vayas a ver a Kalluto.
Mentiras, Illumi sabía que su madre no quería al espíritu de la Y cerca de su hermano, y sólo obraba a favor de sus intereses.
—Pero… aun así, seguirías sin responder a mi pregunta.
—Es algo, que más adelante sabrás. Tenlo por seguro.
Le extrañaba que Illumi preguntara sobre la verdad, justamente ahora, él nunca había sido alguien que cuestionara sus métodos, los daba por válidos tan rápido como eran emitidos. Killua era un curioso en comparación, él hacía preguntas cuando las consideraba adecuadas, era muy perceptivo y lograba darse cuenta de las cosas desde antes de que se las dijeran. Había una gran brecha entre ellos dos, y eso dejaba en evidencia que la elección de poner a Killua como el futuro heredero, era la mejor opción.
Killua estuvo muy feliz de que su padre enviara a Illumi lejos. Estaba tan molesto contra él que estaba seguro que si lo volvía a ver, lo único que haría sería echarle en cara lo muy idiota que había sido y quizá habría intentado herirlo. Al menos el siguiente descanso fue más largo, dos semanas completas para sólo dedicarse a realizar breves trabajos y jugar con Alluka, era fácil y en algún punto llegó a pensar que si así fuera su vida, no sería tan malo. Claro, lo decía contrastando el completo mes que pasó en esa cámara de torturas junto a su madre.
Alluka había llorado mucho por él, pero luego prometió que no volvería a hacerlo, después de ver que su hermano se amargó más por su reacción. Killua se había preocupado tanto por ella que se arrepintió de obrar sin la consideración adecuada. En cambio, ella se aseguró de que el resto de las semanas su hermano tuviera el mejor y más relajante tiempo que ella pudiera proporcionarle. Lamentablemente no era tan sencillo, dado que en algunos momentos la entidad que vivía dentro de ella salía a flote y volvía tenso el ambiente. En esos casos, tenía que jugar un doble papel, el ser un buen hermano con Alluka y el proteger la integridad de sus habilidades. Y eso, sin querer, lo mantenía aún en un fastidioso estado de alerta constante.
Cuando Illumi regresó a casa, Killua ya había sido llevado por su madre de vuelta al cuarto de torturas. Se suponía que esta sería la última sesión. Llegó tan rápido como pudo al cuarto de vigilancia, encontrándose ahí con sus padres y su hermano Milluki, observando lo que ocurría en una pantalla, un espacio en el que ahora el peliblanco llevaba veinticuatro horas.
Era un cuarto de dos metros cúbicos, completamente blanco desde las paredes, hasta el piso y techo, incluso sus ropas ahora eran blancas, con paredes insonorizadas. Las cámaras ahí dentro estaban escondidas repartidas entre las esquinas del lugar. La temperatura era regulada desde el exterior y eran modificadas de acuerdo a las órdenes de Kikyo, en ocasiones muy frías, en ocasiones muy calientes como era su gusto. La comida ahora consistía en arroz blanco y leche, en un plato y vaso del mismo color respectivamente, y si el niño necesitaba ir al baño un cubo blanco era extendido para él a través de una pequeña puerta, entonces, a pesar de que sabía que estaba siendo vigilado, tenía que aceptar ser expuesto de ese modo. Eso hacía que se tensara tanto que prefería aguantar hacer sus necesidades. Gracias a ello comenzó a volverse inmune a los laxantes (cosa que finalmente estaba planeada). Cuando el niño estaba comenzando a quedarse dormido, un ruido interrumpía su sueño, en ocasiones era un simple ruido aleatorio, de sonidos agudos, o eran voces pregrabadas y nada familiares para él. Personas que exponían un discurso sobre la vida humana y la muerte. Una prédica demasiado elaborada y que parecía enseñarle que el hombre era un sólo títere de un ser superior a quién debía obedecer si no quería ser tratado como basura.
En el segundo día Kikyo decidió que el único sonido que el niño escucharía sería una voz constante que repetía "eres un fracaso", a un volumen exagerado.
Cuando Illumi llegó, llevaba seis horas escuchando la misma frase. Killua estaba en sus rodillas, cubriendo sus oídos como si las palabras comenzaran a lastimarlo.
—¿Qué ha ocurrido? —Entró preguntando, sin saludar. Todos miraban expectantes a la pantalla.
—¡Ya! ¡Ya basta! —Escuchó que el niño gritaba desde el otro lado.
—¿Puedo irme mamá? —Preguntó Milluki— estoy harto de escuchar la misma cosa.
—Anda, vete, Illumi ya está aquí —respondió la mujer.
Illumi veía como el pequeño peliblanco arañaba su cabeza hasta hacer finos cortes que comenzaron a manchar de sangre el suelo.
Milluki salió de ahí seguido por su padre que detuvo un momento su mirada en Illumi, como diciendo "encárgate del resto". En manos de Kikyo la tortura estaba saliendo tal y cómo debía ser, ella no tenía piedad ni aun tratándose de sus hijos.
—Killua no ha dormido, y ahora están por enviarle la comida.
—¿Ha tenido alguna reacción negativa?
—No, todo ha salido a pedir de boca. Esto es más sencillo de lo que crees —le sonrió.
Entonces la reacción mala apareció, Killua parecía jugar con su sangre en el suelo, manchándolo con ella. Kikyo apretó los dientes, iracunda, e Illumi rodó los ojos con ironía. La Zoldyck apretó un botón y un gas fue expulsando en el interior del cuarto. Killua cayó dormido unos minutos después, luego un grupo de mayordomos ingresó a detener el sangrado y limpiar las manchas. En ningún momento la voz pregrabada dejó de sonar en el interior del cuarto.
—Dos horas —aseveró Kikyo— y luego lo forzaremos a despertar.
Era, por mucho la peor tortura de todas a pesar de que no lo aparentara. No había interacción humana a cual apelar, solo sonidos, temperaturas y sensaciones controladas. Cada que volvía a tener alguna reacción negativa como intentar manchar con otros colores el suelo y paredes; gritar sin detenerse por un largo periodo, intentar destruir el lugar, desnudarse o hablar solo; un gas se dispersaba por todo el lugar, a veces lo hacían dormir, a veces alucinar, o volverse más receptivo a las voces y sensaciones, como ocurrió al quinto día.
Killua no podía dormir porque el suelo estaba muy frío y las prendas que tenía no eran precisamente hechas para resistir los climas. Se había hecho un ovillo en una esquina, abrazándose a sí mismo para hacer un poco de calor, llevaba en silencio unas cuatro horas y comenzaba a tallarse las manos no sólo buscando calentarse, sino un sonido nuevo. Sus manos comenzaron a hacer un siseo y él comenzó a imitar el ruido con su boca. Su madre decidió que esa era una mala reacción y soltó el gas.
El efecto fue casi instantáneo, comenzó a sentir un cosquilleo en su estómago y luego, su percepción se volvió tres veces más fuerte. El latido de su corazón, la sangre corriendo por sus venas, los procesos de sus órganos, su piel, los vellos de todo su cuerpo y sus cabellos, y el roce de su ropa, empezaron a hacerle cosquillas. Reía locamente por la sensación y cuando lo hacía escuchaba su risa como si tuviera un volumen antinatural. Su visión comenzó a jugarle malas bromas, veía el color blanco del cuarto como una luz intensa que le lastimaba los ojos, y cuando los cerraba, los ruidos de su propio cuerpo lo aterrorizaban; entonces gritaba, para abrirlos y que la luz volviera a asustarlo. No tenía control de su cuerpo, eso era lo peor. El efecto del gas duró al menos dos horas, dos que parecieron una eternidad.
Estuvo en ese cuarto diez días más de lo planeado porque su madre había encontrado retorcidamente divertido hacerlo. Cuando salió de ahí, Illumi no estuvo porque fue enviado nuevamente a vigilar a Kalluto. Killua no volvió a ser el mismo después de eso.
Me pregunto si alguien lee esto, en ese caso muchas gracias por seguir aunque debo decir que no sé si escribir o no.
Un agradecimiento especial a GirlinBlue2364, KaiD23, mis maravillosas betas y a Lilium mi editora por sus correcciones.
Ya no les daré fechas de cuándo volveré, la verdad no siento que haya interés en que yo publique cada dos semanas o cada fin de año *suspiro* nos vemos luego.'.
