Lamento mucho mi demora. Como había advertido, no estaba seguro que podría actualizar antes, pero aquí está, en viernes, tarde, pero viernes todavía, al menos donde vivo, sí.
Termina la etapa del descubrimiento del hombre de la Y, ahora comienza la aventura, y como tal viene con una nueva lista de música que está disponible en mi perfil. Por favor, no se olviden que soy un ser humano en alguna parte del mundo y tengo sentimientos. No fue nada agradable el mensaje que me dejaron para insultarme.
Nos vemos en las notas finales.'.
93 en Babel
Capítulo 1
Saber cómo y cuándo usar un arma de fuego es igualmente importante. Conocer cuándo usar el arma puede salvar tu vida. Conocer cuando usar el arma puede librarte de ser un criminal perseguido e ir a la cárcel.
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Se aclaró la garganta, llevaba mucho tiempo hablando y tuvo la urgencia de tomar agua.
—De haber sabido que alguien me contaría la historia de mi vida, habría traído bocadillos —refutó el albino; estaba cansado de permanecer por tanto tiempo sentado, esperando a que comenzara la infame tirada de Tarot.
—Oye, aprecia mi trabajo un poco. ¿Ya sabías todo esto? —reclamó. Dio otro gran trago a su vaso, dejándolo vacío y volvió a servirse agua.
—Obviamente no —tampoco quería saberlo.
El relato le había quitado las pocas ganas de seguir adelante con sus planes. Se estaba empezando a preguntar para qué había recurrido a ese hombre en primer lugar.
—Bueno, como te decía: después de eso ya no volví a ver a Illumi de nuevo. Me marché antes de que me encerraran en algún horrendo edificio, para la seguridad de la hermandad.
—¿Ya? ¡Creí que nunca terminarías de hablar!
—¡Ya cállate mocoso! —el rebote de la sed apareció, y tuvo que volver a beber agua.
—¿Y para qué eran las cartas?
En silencio el hombre sonrió, su expresión en contraste con la oscuridad de la sala, le daba una apariencia macabra que le alteraba. El tarotista acomodó las cartas sobre la mesa, una a una, Killua no le perdía la vista a sus movimientos, a la espera de algún truco sucio que le afectara.
—¿Listo? —Killua asintió sin ánimo, no obstante intrigado por lo que fuera a resultar—. Comenzaremos de izquierda a derecha, éste de aquí representa tu pasado.
«Diez espadas».
Volvieron a casa, en absoluto silencio. Cada uno dedicado a pensar en lo que recientemente vivieron. Illumi ahora recordaba todo lo que el espíritu había realizado en posesión de su cuerpo. El hombre de la Y participó en rituales particularmente extraños; de no ser por el potente control de Nen que poseía, las probabilidades de sobrevivir hubieran sido bajas; también consumió drogas y alcohol sin que nada de esto le causara algún efecto, además tomó parte de dos orgías sexuales, con hombres, mujeres y finalmente —como se lo había advertido—, con niños.
En la fiesta tuvo un encuentro particular con uno de los hombres que jugaban un papel diplomático entre los Iluminados y otra sociedad más. El espíritu de Nen conversó con él por poco tiempo. Su nombre era Pariston Hill, quien intentó despertar el interés del Zoldyick en sus proyectos. Illumi apenas consiguió prestar atención al aburrido discurso que el rubio sostenía con entusiasmo; y cuando se tomó un momento para demostrar algo de interés por cortesía,unos hombres interrumpieron la conversación para guiarlo a una nueva ceremonia; donde fue el exclusivo centro de atención.
Como asesino, consciente de quién era él, no estaba de acuerdo para nada en todos los actos cometido durante esa noche. No le gustaba ser conocido, esperaba que el espíritu no insistiera en formar parte de nada de eso otra vez, más aún cuando estaba intentando bloquear de su mente sus experiencias sexuales.
Illumi estaba perturbado, no sólo por el hecho de que su cuerpo fue usado para realizar actos sexuales sin su entero consentimiento —porque en parte era su culpa el haberle permitido al espíritu de Nen hacer lo que quisiera—, sino que había descubierto una gran verdad detrás de los estilos de vida que las personas más destacada en el mundo llevaban. Mientras que por un lado se anunciaban como importantes empresarios; gente dispuesta a llevar las riendas de países por los que trabajaban. En realidad eran personas con deseos de control y poder en masas. Cierto que, como parte de su trabajo, él tenía conocimiento de algunos de esos detalles secretos, gracias a otro asunto más, concerniente a los Zoldyck: ellos mismo eran parte de otra organización secreta de la cual pronto tomaría parte con mayor seriedad.
Lo mejor que podía hacer ahora para relajarse era ver a su hermano. Así que en cuanto ingresó a la montaña, se dispuso a buscarle. Encontró al niño jugando animadamente con su hermana. Escuchó su risa al fondo del área de juegos y se aproximó, sintiendo la molestia habitual de saber que su amado estaba compartiendo tiempo con alguien a quien consideraba un estorbo. Apenas se hubo asomado cuando vislumbró el momento en que Killua se movió a una velocidad superior para tratarse de un juego. El niño colocó a Alluka detrás de sí y miró ofensivamente en dirección a él. Illumi sonrió por dentro; su habilidad era tan fuerte como para que su hermano menor se diera cuenta y huyera fácilmente. Cayó en cuenta de que desde su entrada a la montaña, había estado sospechosamente solo, eso quería decir que todos a su alrededor huyeron tan pronto como él se acercó a la mansión.
—¿Qué quieres? —habló amenazadoramente el peliblanco.
—¿Así me recibes? Vine a saludarte —dio un paso adelante y el niño retrocedió, protegiendo a Alluka.
—¿Y por eso vienes en ese modo? —señaló a su aura oscura.
—¿En qué modo? —fingió no entender de lo que hablaba.
—Así, con tu Nen activo.
—Ni siquiera estoy empleando mi Nen.
Era su propia aura asesina la que había alarmado a todos, eso le parecía interesante.
—Lo que sea que tengas, déjalo Illumi, no estoy de humor.
Dejó salir una breve risa, y notó que una cuarta presencia se acercaba: era su abuelo que se había quedado de pie en el pasillo, a unos metros. Illumi se dio la vuelta; comprendió que el anciano iba tras él, así que se dirigió hacia donde lo esperaba.
—¿Quién eres tú? —le preguntó, en un tono poco amable.
—Soy yo, abuelo, Illumi.
Zeno sospechaba que su nieto hacía contacto con fuerzas de las tinieblas, pero no tenía forma de comprobarlo y aunque fuera así, no había nada que pudiera hacer al respecto. No existía una sola regla que prohibiera el contacto con los entes de Nen o con rituales oscuros como los que Kikyo solía hacer, sobre todo si no se trataba del sucesor de Silva. Illumi poseía la libertad para realizar cualquier práctica oscura sin pedir permiso o por lo menos avisar. Quería creer que si le dejaba ser, en algún punto sacaría provecho de ello.
—Illumi, tu padre te busca.
Debido a la espeluznante presencia del mayor, todos los sirvientes se mostraron aterrorizados con la idea de acercarse a él, por ello su abuelo decidió averiguar a cuenta propia qué era lo que estaba sucediendo.
—Ya veo…
Illumi fue hasta el cuarto de su padre, seguido por Zeno que no quería quitarle la vista de encima. Y al entrar advirtió que estaba a la defensiva.
—Illumi, ¿qué fue lo que ocurrió?
Se extrañó. Por un momento tuvo temor de que su madre hubiera hablado, sin embargo, desechó la idea de inmediato. Kikyo también se había involucrado, realizando cosas de las que era preferente no hacer mención.
—Nada relevante papá, acompañé a mamá a ver a un chamán, debe estar pasando por una de sus etapas. Ya sabes cómo es ella —y él era un gran mentiroso gracias al control desarrollado por el ente de Nen.
—Ha tenido una actitud extrañamente seria, no me puedo acercar a ella y preguntarle. No quiero incomodarla si algo la está molestando.
—Mmm… Seria dices, veamos… —se quedó dubitativo ideando una excusa perfecta—, mamá es religiosa, ¿verdad?
Dicho esto, Silva y Zeno palidecieron, cómplices, como si supieran algo en particular que Illumi desconociera.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, me hizo acompañarla a una iglesia. Estuvo rezando frente a un altar. Eso fue extraño, ¿saben? Yo nunca había estado dentro de una iglesia con motivos diferentes a los de matar.
—Sí, eso es parte de la educación de tu madre que es mejor no cuestionar. Si tienes curiosidad al respecto pregúntale tú por ello, pero Illumi —ahora se le veía relajado, como si las palabras de su hijo hubieran encajado en muchas cosas que él previamente estuvo intentando entender—, no confíes mucho en tu madre.
Después de muchos años permitiéndole ser parte de las actividades de Kikyo, por fin escuchaba una advertencia —tardía— por parte de su padre. Y si eso era así, era porque Silva sabía más de lo que el morocho sospechaba. Para empezar, Illumi creía que su padre no tenía ni la más mínima idea del lugar del que provenía su madre, sin embargo, aquello resultaba absolutamente erróneo. Silva no sólo conocía sus orígenes, empero su forma de entrenamiento, el grupo secreto al que pertenecía y las reglas que rompió al casarse con él. Entendía de sobra que no se casó con cualquier mujer, sino con una poderosa practicante del Nen, que llegó a su vida de forma extraordinaria.
—No te preocupes papá, conozco bien a mamá —contestó dando a entender al hombre que su consejo había llegado tarde.
—Has cambiado mucho, ¿lo habías notado? —ignoró el tema drásticamente, ocultando su verdadera motivación.
—No, no lo creo.
—Debes cuidar tu aura, no creo que sea conveniente que todos se den cuenta de lo que tienes.
Su padre tenía razón, así que en señal de aprobación liberó esa carga negativa. Después de eso, los mayordomos volvieron a sus puestos reconociendo que ya no había peligro.
—Illumi, quiero pedirte algo en especial. Killua ha estado teniendo un comportamiento particularmente agresivo. Hace unos días me reportaron que estuvo hablando de irse de la casa, voy a enviarlo a hacer unos cuantos trabajos mañana, así que estará fuera unos días, y no quiero que por su rebeldía nos haga quedar mal. Necesito que vayas y lo vigiles para que te asegures de que haga su trabajo.
—Claro papá.
Illumi no conocía otro placer más agraciado que ir a ver a su hermano. Significaba que su padre no tendría trabajo para él y podría estar a su lado por más tiempo.
Tal y como planeó, Illumi se fue detrás de Killua, trasformado en mayordomo, para asegurarse de que el pequeño cumpliera sus órdenes. Captó su inquietud y malhumor; contestaba con desdén a las cosas que los sirvientes le decían y sugerían. En ocasiones su desinterés era tal que exasperaba a cuanta persona le rodeaba. Esas actitudes eran mala señal según su aprendizaje.
De acuerdo a la etapa en la que iba el menor, sus trabajos ahora consistían en seguir a su objetivo y matarlo cuando tuviera una oportunidad adecuada, es decir, cuando le viera solo o en un lugar que lo expusiera. Si no era posible durante el día, habría que esperar a que durmiera; evadir la guardia, si es que la tenía, y luego asestarle un golpe mortal. Los mayordomos estaban ahí para asegurarse de que el plan del niño funcionara, que vigilaran su espalda y al final daban un reporte con las fallas que tuviera. Entonces su padre se enfocaría en esos errores para ayudarle a mejorar.
Killua realizó su primer asesinato del día, correctamente. Lo mató mientras el hombre estaba a punto de entrar a una tienda para comprar un regalo a su amante. Se encontraba solo y la tienda reportó el incidente treinta minutos después, cuando otro cliente llegó y se encontró con el desafortunado panorama. Para ese momento Killua ya estaba en el hotel, esperando que le dieran la señal, así irse a la otra ciudad donde estaría su siguiente trabajo.
Su estado de ánimo era inconstante, aún aparentando esa desesperación y molestia, sin embargo, no expresaba verbalmente lo que le ocurría, de cualquier modo nadie le preguntaría principalmente porque algunos sabían que Illumi estaba ahí, inmiscuido.
En su segundo día, Killua estuvo vigilando a su objetivo durante casi la tarde completa. Por la noche fue cuando decidió actuar y cuando el hombre estuvo a punto de entrar a su casa, el niño lo ejecutó. Los guardias reaccionaron al escuchar el fuerte golpe del cuerpo del hombre contra el piso, y Killua se dio a la fuga mucho antes de que alguien pudiera siquiera notar que algo más se había movido desde las sombras. Esta vez corrió varias cuadras lejos, sus mayordomos lo siguieron a una buena distancia para no interrumpirle, hasta que de pronto se detuvieron. El albino se quedó quieto por encima de un puente, mirando hacia abajo, le percibieron agitado como si no estuviera acostumbrado a correr esas distancias, pero sólo fue una forma de engañar a todos. Saltó sobre el puente, cayó en la oscuridad de la carretera que cruzaba por debajo y comenzó a huir de sus mayordomos. Podría decirse que nadie se esperaba esa reacción, así que en el momento y la falta de visibilidad ocasionada por la noche le perdieron el rastro, todos menos Illumi, y justo cuando Killua llegaba a la entrada de un callejón, una aguja atravesó su hombro derecho. Reconoció ese dolor perfectamente, ya estaba habituado a él y comprendía que ese suceso sólo podía significar una sola cosa.
—¡Aniki! —se dio la vuelta y sus ojos azules se encontraron con la larga figura de su hermano mayor.
Illumi caminó hacia él, portando el traje clásico de los mayordomos.
—¿A dónde se supone que vas? —Killua reculó instintivamente, puesto que temía a lo que era capaz de hacer.
—Estoy estresado, quiero ir a caminar.
—¿A dónde? ¿Con qué permiso? —dio otro paso y Killua volvió a retroceder.
—¡No tengo que pedir permiso para ir a caminar!
—Baja la voz, ven aquí —le ofreció una mano, pero el niño no respondió. Su mirada hostil delataba que no estaba de humor para las extravagancias de su hermano mayor.
—Sabía que me espiabas, por eso actué así, quería sacarte de tu escondite —habló con nerviosismo, deseoso de alejar de sí la posibilidad de ser castigado.
—Ven aquí —remarcó y sin avisar, la mano del niño se extendió con lentitud, sus músculos estaban siendo controlados a través de la aguja.
—N-no, mi mano… detente —sintió cómo todos sus nervios obedecían al poder y voluntad de su hermano.
Su brazo, tenso por la fuerza que él ponía para contrarrestar el poder de Illumi, alargó sus dedos para que el manipulador le tomara de la mano y acariciara sus dedos.
—Kil, para llamar la atención no tienes que hacer esta clase de cosas.
—Suéltame —contestó temerosamente.
—Lamentablemente tengo que castigarte —suspiró—. Nos vemos en un rato.
Le dejó inconsciente y luego lo cargó en sus brazos llevándolo hasta una casa lejos de ahí. Sólo los mayordomos le siguieron, conscientes de lo que ocurriría.
Después de eso el pequeño peliblanco despertó recostado en una cama, en un cuarto de ambiente cálido y cómodo. Las sábanas azul oscuro y almohadas le parecieron nada familiares así que se asustó e intentó levantarse. Pronto se percató de las cadenas que sostenían sus muñecas bien ajustadas, fijas en los extremos de la cama. Mala señal. Killua se sobresaltó e hizo un esfuerzo por mantenerse en calma; pensando en un medio para liberarse. Sus fuerzas no eran suficientes para esas cadenas, como esperaba de algo que Illumi había hecho para él. Tenía dos opciones: o buscaba una forma de escapar ya sea física o mentalmente, o aceptaba lo que tenían preparado para él.
—Ya despertaste, qué gusto —escuchó la voz de su hermano al pie de la cama—. Tuve que atarte para estar seguro de que no te escaparías de aquí.
—Vaya que me conoces —contestó en tono irónico.
Una especie de ráfaga oscura comenzó a inundar la habitación y un escalofrío le hizo recordar que su hermano no estaba jugando. Contuvo su miedo, intentado verlo directamente desde la posición en la que estaba, pero le resultó imposible.
—Kil, Kil —aunque era la voz de su hermano, algo dentro de él le hacía suponer que aquello que estaba con él ni siquiera era humano—. Vaya que te gusta meterte en problemas —y tenía mucha razón al dudar de su humanidad, el meollo era que no tenía forma de demostrar su teoría.
El peso del cuerpo de Illumi le hizo darse cuenta que ya estaba sobre la cama, gateó por encima de él, colocando sus piernas y brazos a los costados del niño que comenzó a temblar inconscientemente.
—Quítate de encima, aniki —ordenó, luchando por sonar valiente—. Esto es incómodo.
Aquello que parecía Illumi no reaccionó a sus palabras, al contrario, acercó su mejilla a la del pequeño y respiró el suave aroma que desprendía de su piel, provocando más escalofríos.
—Tan inocente…, aún no te das cuenta en qué posición estás.
Sea lo que fuera que Illumi tuviera planeado, no le agradaba. Sentía un terrible malestar de tener a su hermano actuando de ese modo, cruzaba los límites de su espacio personal y eso era más allá de lo ofensivo. Lo peor era esa sensación de poder, por sobre él. Una fuerza invisible que le hacía recordar a su cuerpo que la muerte era algo que podía ocurrir, sin poder huir de ella.
—Ya déjame —susurró casi sin aliento.
—Mírame Kil, y escucha esto —se distanció de él para que Killua pudiera enfocarse a sus negros ojos.
Un Nen horrorosamente maligno estaba ahí oculto en su interior, un Nen que guardaba un mensaje que sólo el inconsciente podía captar.
—Eres un asesino. Tu felicidad está en el asesinato, está en tu sangre, en todo tu organismo —la mano derecha de Illumi se deslizó por el pecho del menor—. Tú necesitas hacer tu trabajo. Después de eso, papá y yo te dejaremos ir a jugar todo lo que quieras, ¿entiendes esto?
Killua asintió, tragó saliva porque sentía una resequedad molesta en su garganta.
Esos ojos tramposos reforzaban el mensaje hablado. Envolvió la mente del albino, introduciéndose en lo más hondo de sus emociones y pensamientos, acorralándole a esos deseos, como un instinto natural para su supervivencia. Y luego, como si nunca hubiera existido esa opresión, Illumi cambió y su aura volvía a ser neutral. De facto, la proximidad entre ellos dejó de ser inquietante
—Kil, lo hacemos por tu bien. Cuando estés más grande lo comprenderás mejor.
Illumi estaba de vuelta. Sólo había dejado el papel del malvado al espíritu del Y, por motivos egoístas. Primeramente por no querer aceptar la culpa de todo lo malo que le ocasionaban al niño, y luego porque sabía que el poder de aquel Nen era suficiente para controlar lo que fuera. Era como una piedra filosofal en su cuerpo, amplificaba su poder y cubría todos los huecos que sus habilidades normales no llenaban. Dejó una orden en la mente de Killua que le forzaría a terminar su actual misión, induciéndole trance para que al final pudiera retomar su vida sin tantos riesgos. Lo cierto era que estaba desesperado; el albino había continuado rechazándolo pese a sus esfuerzos. Ahora lo veía más participativo con Alluka y el resto de mayordomos que sólo esperaban una oportunidad para estar junto a él. Todas esas cosas eran algo que no quería soportar más, porque le hacían ver todo lo que él no lograría, ser consciente de cuán lejos estaba su deseo de poder cumplirse.
Killua ya no respondió más, ni cuando lo desató. Quedó en un trance tan poderoso que parecía una máquina. Se puso de pie, obedeció sus instrucciones de salir de ahí y dirigirse al siguiente punto de trabajo. Terminó sus encargos como si lo hubiera hecho conscientemente, en tanto el morocho le observaba desde lejos. Todo aparentemente normal y perfecto. Regresaron a casa y fue hasta que atravesó la puerta, ante la mirada preocupada de los trabajadores presentes, que reaccionó. Sintiéndose perdido en sus acciones, mirando a su alrededor como si no reconociera su propia casa.
—Maldito Illumi —masculló para él mismo.
Luego se dio la vuelta, alterado por una angustia repentina que apareció en su corazón. No había manera de explicarlo pero sabía que una parte de su mente fue duramente ultrajada y buscó entre sus mayordomos una explicación.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó despectivamente.
—Amo Killua, usted hizo su trabajo. Lo terminó tal y cómo debía ser.
—Eso no, lo de Illumi, ¿qué fue lo que pasó exactamente?
Nadie le supo responder, y se encolerizó aún más. Era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para arruinar su mente y dejar las cosas peor de lo que ya estaban.
—¿Por qué estás perdiendo el tiempo aquí? Deberías estar en camino a presentarte con papá —la voz de Illumi sobresalió del grupo.
Killua se apartó de su presencia. No porque su hermano fuera una amenaza, o porque estuviera ejerciendo su Nen para atosigarlo, sino que quería demostrarle que ya no confiaba más en él, al grado de estar a la defensiva sólo por escucharle hablar.
—Iré para allá, sólo aléjate de mí.
—Kil —mostró un poco de sorpresa ante la actitud del niño—, ¿por qué esa respuesta? Yo no soy tu enemigo.
—Eso está por verse.
Illumi perdió la esperanza de que el albino dejara esa actuación y le permitiera acercarse a él libremente. Entonces se marchó de ahí, dejándolo terminar de cumplir su deber.
Era difícil para el niño comprender con quién estaba lidiando, no sólo por el hecho de que Illumi era totalmente inestable. En un tiempo se trataba de alguien oscuro y peligroso, y de pronto parecía como si estuviera tratando con cualquier otra persona, una más tranquila y menos letal. Lo que más le molestaba era que no podía calcular cuándo éste cambio iba a ocurrir para poder acercarse a él.
El caso era que el hombre del Y había convencido a Illumi de darle mayor participación en su vida, con la excusa de que él tenía más posibilidad de controlar las cosas que su portador no podía. Además el espíritu persistía últimamente en tratar a Killua con más rudeza que antes y eso desembocaba en pelea tras pelea.
Killua ya no se dejaba oprimir como antes; él respondía ante las amenazas de forma brusca, y eso provocaba que Illumi fuera aún más cruel con él. Era un ciclo que se estaba trasformando en un problema. Los padres lo atribuían a la diferencia de edades; a que Illumi ya estaba harto de convivir con niños y que toda su vida girara alrededor de ellos. Era fácil asumir que Killua estaba en un periodo de rebeldía, dado que no sólo era así con Illumi, sino con cualquiera que pasara tiempo con él, salvo con Alluka; era la única a quien parecía tolerar, y eso aún con ciertos desplantes que a veces solía hacerle. Nadie sospechó esta vez que algo malo estuviera ocurriendo ahí, simplemente lo dejaron pasar.
Al cabo de unos tres meses Kalluto volvió a casa, había tardado menos que Killua, por evidentes motivos. El peliblanco no podía estar más contento de volver a ver a su hermano más pequeño. Kalluto era diferente a todo lo que él recordaba; parecía una chica, pero no como Alluka, más bien simulaba un mal intento de mujer. Siempre había sido bastante tímido, y esta vez sobresalía su actitud distante, como si hubiera sido severamente torturado durante su estancia en la Torre; el brillo de sus infantiles ojos había sido succionado casi por completo.
—Kalluto, ¿eres tú?
Kalluto estaba maravillado por volver a ver a Killua. Durante su estancia en la Arena Celeste y en toda su vida, lo único que lo mantenía motivado era ser como su hermano mayor, que a su corta edad estaba destinado a ser el heredero del negocio familiar, de quién había escuchado hablar mucho; desde siempre admiraba su talento innato. Quería conocerlo y tratarlo más ahora que nunca.
—Hermano, hola —expresó con su voz suave, y vio la sonrisa relajada que le era devuelta.
—¿Estás en tu tiempo libre?
—Mmm —asintió con la cabeza.
—¿Quieres jugar? Alluka quiere ir a espiar el cuarto de Milluki, dice que tiene un plan.
En otro tiempo Kalluto solía convivir con sus hermanos mayores. Tristemente dejó de ver a Killua cuando él contaba sólo con cuatro años de edad, y durante el período vivido en la montaña su madre no le permitió mantener ninguna relación con Alluka dado que mantenían a la pequeña en vigilancia constante para resolver el enigma de sus habilidades. Eso despertó los temores de que Kalluto terminara cayendo en sus juegos peligrosos, tanto así que en la actualidad, al menor de los Zoldyck, le era imposible afirmar que conocía a su hermana mayor, mucho menos sentir un verdadero apego hacia ella.
No rechazó la invitación de Killua dado que se trataba de él, y eso le daba curiosidad. Sin embargo, su relación con Alluka era imposible. Detestaba la forma en la que ella trataba al peliblanco. Según su opinión ella no lo respetaba, lo tenía como un sirviente, pidiendo más y más cosas para ella y no brindándole comodidades que consideraba adecuadas para el heredero de la familia. Envidiaba la vida fácil que suponía que Alluka tenía. Desde el inicio de su vida todo giraba en torno al oficio familiar, mientras que la chica, sólo se preocupaba por jugar y recibir atención de todos, una atención que él no disponía. A la larga esto propició muchas discusiones entre ellos dos —y con mucha facilidad—, a tal grado que era menester que Killua interviniera para detener a Kalluto de lastimar a su hermana.
—Kalluto tendrás que controlarte o si no te las verás conmigo.
El más pequeño resistía tanto como podía, pero lo suyo en realidad no era eso, pasaba demasiado tiempo con su madre como para comprender el concepto del autocontrol.
—¿Cómo puedes defender a esa… cosa?
—¡¿Qué has dicho?! Alluka es tú hermana mayor, así que aprende a respetarla.
—Esa cosa ni sé si es humana.
—Suficiente Kalluto, vete de aquí.
Alluka lloraba constantemente por el maltrato de Kalluto. Ella era muy sensible, más que cualquier otro miembro de la familia; lo consideraba como un amigo más, e igual a Killua; por eso el rechazo de su hermano menor era difícil de cargar. El mayorcito hacía lo posible por mantenerla tranquila, pero se complicaba más de lo posible, hasta que terminó por cortar la amistad con Kalluto —muy a su pesar—, y forzar a Alluka a tomar esa misma decisión con tal de mantener sus emociones a salvo. El menor finalmente se alejó de ellos, pero mantuvo cierta distancia vigilante. Era como si sintiera más satisfacción observándolos, que teniendo trato directo. Seguramente era un efecto secundario de ser tan cercano a su madre.
Lo que desconocía el heredero de los Zoldyck, era que las palabras que Kalluto expresaba sobre su hermana no eran meramente inventadas por él, se trataban de algo que había escuchado decir a su madre en varias ocasiones, cuando la mujer se ponía a hablar sobre lo malo que era para Kalluto el juntarse con su hermana mayor. La cuestión aquí era que, hasta ese momento, el peliblanco no había escuchado que alguien se refiriera de esa manera hacia Alluka.
Gracias a esos detalles, Killua estaba más irritable que de costumbre. Por todo debatía con su padre y su hermano, pero no le convenía para nada ser así puesto que sólo hacía que su padre le comenzara a plantear la idea de alejarlo de Alluka. Esas amenazas eran la única cosa que lo mantenía en cintura. Hasta que llegó el día de subir de nivel.
—Kil, escucha, a partir de hoy dejaré de nuevo el mando a Illumi —informó su padre, dejándole en completo disgusto—; debo ocuparme de otros asuntos, mientras tanto ve con él. Primero aprenderás a dominar las armas de fuego y luego las armas blancas, ¿cuento contigo?
Últimamente esa pregunta significaba si iba a obedecer por las buenas o tendría que amenazarlo con Alluka, así que ya sabía qué debía responder.
—Sí, papá.
—Illumi —llamó Silva, al instante y para sorpresa de Killua, su hermano se hizo ver.
«Él siempre está presente» pensó el niño y sintió un terrible frío en su espalda.
—Dime —contestó Illumi.
—Lleva a Killua a la bodega, ya sabes lo que tiene que hacer.
Y así fue. Illumi lo llevó hasta al otro extremo de la casa, donde había una enorme bodega llena de armamento. Killua nunca había estado ahí adentro debido a que el lugar era estrictamente controlado. Estaba rodeado por mayordomos desde el pasillo hasta la entrada, y dentro de la bodega. Entre cada estante se encontraban mayordomos de pie, revisando quién entraba y quién salía, además de cámaras colocadas en puntos específicos para mantener todo bajo control.
—Esta es la colección de papá —aclaró Illumi—. No verás toda clase de armas de fuego aquí porque él no está interesado en ellas. Todo esto está aquí porque algunas son buenas para ciertas funciones y además nos sirven para aprender. Como tú lo harás ahora.
—Sí las conozco, no tiene gracia, sólo es cuestión de apuntar y disparar, ¿cuál es el punto en esto?
—Bueno —se dio la vuelta deteniéndose a mitad del pasillo—, supongo que papá piensa enviarte a misiones más complejas. Hasta ahora lo único que has hecho es seguir a tus objetivos y matarles cuando ves que están débiles o solos. Presumo que has visto que tienen guardaespaldas o seguridad y ellos, por lo regular, portan esta clase de armas. Tu deber ahora es relacionarte con ellas para que sepas cómo actuar al verlas de cerca.
—¿Me enfrentaré a gente que usa estas cosas?
—Sí, seguramente ahora será así.
—Sigo sin entender el punto —rodó los ojos, él era veloz, fuerte y resistente al dolor en el extraño caso de salir herido. No consideraba necesario aprender algo tan irrelevante—. ¿Alguna vez te ha servido a ti saber esto?
—Sí —contestó categóricamente—, bajo ciertas circunstancias que algún día te tocará enfrentar —esa forma de hablar le indicaba que se trataba de uno de esos secretos de los Zoldyck, para los que tendría que esperar varios años antes de saberlo.
—Mmm, de acuerdo.
—Aquí hay mil diferentes armas, están separadas por el calibre. Entre armas cortas y largas; manuales, semiautomáticas y automáticas. Estas son las comúnmente usadas, pero puede que encuentres otras más por ahí, depende del país al que vayas.
—¿Qué tengo que hacer con ellas?
—Memorizarlas, por el momento es todo lo que te pediré.
—¿Todas? ¡Están locos!
—Ja ja, no, no todas, ni siquiera yo he memorizado todas. Tal vez pueda identificar unas setecientas. Te pediré que de todo lo que ves aquí, al menos me puedas mencionar unas trescientas de entre todos los estantes.
Trescientas armas de cualquier modo sonaban a un gran número, lo peor es que hablaba en serio cuando le decían que debía memorizar todo aquello.
—Sólo memorízalas físicamente, no necesitas accionarlas o usarlas, analiza lo que necesites para recordarlas. Hasta que lo hagas podrás salir de aquí.
—Fantástico, me quedaré encerrado por siempre —contestó ácidamente.
Illumi salió del cuarto y dejó al pequeño sin opción alguna más que estudiar, si es que a eso se le podía llamar estudio. No era algo sencillo al inicio; todas las armas se veían similares y sin ningún aspecto interesante. La actividad se volvía peor a causa de que el armamento se encontraba en una serie de estantes con vidrios, y aunque la luz era intensa, la ausencia de ventanas en el lugar le daba un aspecto de pesada oscuridad que cansaba la vista.
Intentó memorizar un arma de entre cada estante; una larga, una corta; un revólver; una semiautomática; rifles, escopetas, y demás. Entre más sabía, más se confundía, porque no tenía ánimo para trabajar en algo como eso.
Al cabo de cuatro horas Illumi regresó. Un mayordomo que venía junto a él traía consigo una bandeja de comida para el niño. Saludó al entrar para llamar su atención. Killua estaba hambriento, así que no pudo resistirse a la invitación a descansar y comer algo.
—¿Has avanzado ya?
—Puedo nombrarte veinte, ¿eso es suficiente?
—No.
—¿Tú lo lograste?
—Sí.
—Entonces debe ser pan comido para mí.
Se vieron desafiantes entre ellos, pero Illumi ya venía preparado para tolerar el irrespetuoso comportamiento del pequeño.
—Haz una historia con lo que ves.
—¿De qué demonios estás hablando?
—De las armas, por supuesto. Asocia lo que ves con algo que te parezca familiar, podrías inventar una historia en tu mente de algo común para ti, usando los nombres de las armas que te parezcan más simples de memorizar y asócialas con la imagen del arma que estés viendo.
—¿Eso haces tú?
—Sí, algo así.
Ya no encontraba la situación fraternal, como escuchando los consejos de un hermano cercano. No obstante, sonaba lógico, y al final de cuentas no era hiriente la sugerencia.
—Si con eso me ahorro toda una noche en este lugar, entonces lo haré.
Illumi tampoco se había esperado que le escuchara tan receptivamente, después de tanto tiempo actuando como si fueran enemigos. Quizá una tregua entre ambos no vendría mal durante los entrenamientos.
Killua al final del día logró su meta, y el morocho lo dejó irse a descansar. No sin antes recordarle que esos armamentos que había mencionado seguirían siendo parte de su vida por los próximos entrenamientos, así que era importante que no los olvidara. Al día siguiente Killua regresó e Illumi lo hizo repetir todas las armas que reconocía.
—Todos los días repetirás los nombres de las armas que conoces, así duremos dos horas aquí, lo harás y después podremos avanzar.
—¡Que estupidez! Todo por un ridículo capricho —como ya era habitual, el peliblanco emprendía con sus quejas y reproches.
—Comienza.
Tras una larga sesión de repetir nombres, señalando el arma al que pertenecía, Illumi lo condujo hasta la parte inferior del almacén. Se encontró con una gran mesa ahí que contenía algunos instrumentos de limpieza para armas y piezas acomodadas entre más cajones con etiquetas.
—Ven, ahora te explicaré las partes más básicas de las armas. Ya dependerá de cada una si cuenta con algo especial o no, pero prácticamente todas las armas contienen ciertas partes esenciales.
Tomó una de las armas y comenzó a señalar cada parte de acuerdo a su funcionamiento, remarcando en todo momento que era algo sumamente sencillo. Se notaba que Illumi no disfrutaba nada de eso y terminaba trasmitiéndolo hacia su hermano. Tocaba el turno de Killua de identificar y aprender las reglas de uso, dado que él era un niño y no tenía capacidades de Nen como para poder asegurar que se mantendría a salvo en todo el proceso. Fue otro día aburrido, y al final Illumi le dio una noticia más.
—Kil, ve con Milluki, él te tiene preparado ahora algo para completar mejor este entrenamiento.
—¿El cerdito? Ah —sopló exasperado—, ya que.
Salió a buscar a Milluki. El chico era verdaderamente entusiasta cuando se trataba de esas herramientas. Podía explicar con profundidad detalles que ayudaban a comprender el funcionamiento de casi cualquier arma dentro de esa extensa colección. Incluso descubrió que él era el verdadero dueño de ellas y que conocía a la perfección la tecnología con la que estaban hechas. Lo único bueno para Killua fue que Milluki le dio su primera consola de videojuegos, alegando que a través de los juegos aprendería mejor sobre armamentos de un modo divertido.
No se equivocó; Killua por primera vez se sentía identificado con algo que Milluki dominaba. No era como si él quisiera experimentar mucho o estuviera dispuesto a volverse un aficionado como lo era su hermano, pero al menos era algo más sencillo de comprender y fácil de disfrutar. Aceptaron comprar más juegos para Killua, siempre y cuando tuviera justificación relacionada con lo que estaba aprendiendo. Por supuesto, Milluki inspeccionaba eso y se aseguraba de tener siempre los mejores títulos para Killua. De vez en cuando Illumi se sentaban a jugar con sus hermanos, a fin de estimular su interés, y el menor descubrió que siempre había algo para lo que no estaba preparado.
Milluki era un excelente jugador, mas Illumi no se quedaba atrás, y constantemente le ganaban. De ese modo Killua aceptaba entrenar con esas armas, porque al final de todo eso, irían a competir con los videojuegos; entonces planeaba estrategias para ganarles a sus hermanos. La relación entre ellos no era precisamente buena, hasta que tomaban una consola y descargaban sus frustraciones entre ellos, luego cada quien se iba por su lado. A veces Killua se quedaba a jugar solo o invitaba a Alluka a formar parte de sus actividades, pero ella nunca terminó de interesarse en ello.
Killua comenzó a usar las armas a los tres días de que dominó lo referente y las reglas para usarlas.
—Tienes que aprender a diferenciar el calibre de las armas con el sonido —le explicó Illumi—, a veces puedes discernir ciertos datos de las personas con sólo escuchar. Puedes determinar cosas como el tipo de armamento, si el que la usa es bueno o sólo es alguien con un arma; su posición, velocidad y estimar un plan para contraatacar.
—¿Para qué todo eso? ¿No se supone que debo matarlos?
Illumi esperó un momento en silencio, meditando rápidamente si era conveniente o no explicarle eso
—Kil, esto te será útil en determinados momentos de tu vida. Por el momento, te servirá para las siguientes misiones a las que vas a ser enviado.
—¿Qué clase de misiones se supone que son?
—Con tiroteos de por medio.
Los próximos días Killua fue parte de simulaciones de tiroteos. Los mayordomos se repartían en diferentes posiciones dentro de la montaña y detonaban armas reales, entonces él debía determinar las posiciones de los mayordomos, el calibre, y tratar de salir lo más ileso posible. Sin embargo, no siempre todo resultaba accesible. Illumi vigilaba que las cosas salieran bien, observando a distancia que Killua esquivara y planeara correctamente cómo sobrevivir a esa situación. El problema principal era que el niño menospreciaba el armamento usado y se volvía descuidado en su manera de actuar.
—¡Alto! —escuchó que gritaba el mayordomo principal bajo la orden de Illumi.
Killua rechistó, detestaba que Illumi interrumpiera los ejercicios porque sólo prolongaba más las cosas. Se dirigió velozmente hasta dónde estaba su hermano dispuesto a reclamar.
—¿Por qué nos detienes?
—Estás sangrando, no esquivaste tres balas, dos salieron pero una más sigue ahí.
—Ni que fuera la primera vez que salgo herido —objetó con desdén.
—Una en el brazo, otra en la pierna, ¿dónde está la tercera? —continuó ignorando su berrinche.
Siguió el camino de la sangre que comenzaba a escurrir por los dedos de su mano derecha y empapar el inicio del calzado del enojado chiquillo.
—¿Cuál tercer bala? Si me hubieran disparado otra más me habría dado cuenta —los dedos de la mano derecha le temblaron a causa del dolor e instintivamente presionó la herida para detener el sangrado.
—Kil, concéntrate ¿dónde está la tercera bala? Tú conoces mejor tu cuerpo.
—No hay… —su vista se nubló y se tambaleó un poco. Illumi lo tomó por los hombros revisando su cuello—. Suelta… me —murmuró antes de caer inconsciente.
Afortunadamente el morocho estaba lo suficientemente cerca como para no dejarlo desplomarse.
—La bala entró… —advirtió que la tercer bala había penetrado por su cabeza alojándose en alguna parte de su interior—. La aguja... —susurró alarmado.
Reaccionó velozmente, formando nuevamente la malla que antes había hecho para proteger el cerebro del niño, asustado por lo que pudiera haber ocasionado esa herida en conjunto con la aguja.
—¡Llamen a mi padre, y al cirujano! —ordenó a los mayordomos que estaban ahí.
Se aseguró de poder mover al pequeño sin perjudicarlo, lo cargó en sus brazos, y lo llevó hasta la enfermería. Era más rápido que el cirujano de la familia llegara hasta ellos, que ellos fueran hasta donde él se encontraba.
Para esta clase de situaciones siempre contaban con un equipo médico especializado, Hunters dedicados al desarrollo medicinal, con capacidades sobrenaturales para la realización de su trabajo. Personas confiables que trabajaban para ellos tras muchos años, sin cuestionar los motivos por los que eran recurridos en secreto. Sólo los usaban cuando era estrictamente necesario, dado que ellos mismos eran enseñados a tratar con la mayor parte de las heridas que sufrían en enfrentamientos.
Su padre fue notificado, y el cirujano, junto a su equipo llegó tan pronto como fue avisado. Para suerte de Illumi, la bala no alcanzó la aguja, de hecho, fue gracias al Nen que él había aplicado en la cabeza de su hermano durante el ritual de la aguja, que Killua estaba vivo. La bala atravesó su cabeza, hundiéndose apenas un poco. Así que el niño duró en ese estado aproximadamente unas ocho horas, hasta que despertó sudando, ya que su cuerpo comenzó a bajar la fiebre elevada en el proceso de recuperación.
—¿Qué pasó?
Despertó de sorpresa. Ya era de noche y Gotoh estaba ahí revisando constantemente el progreso.
—¿No lo recuerda?
Killua quedó pensativo.
—Estábamos entrenando y… —los recuerdos aparecieron con lentitud—. Illumi detuvo todo, dijo que no había esquivado una bala.
—En realidad fueron tres balas —corrigió, para despertar la memoria del niño.
—Cierto… ¡no! —cayó en cuenta que había algo extraño en la historia—. Eran dos balas nada más.
—La de su brazo derecho, la de su pierna derecha y la que entró por su nuca —le señaló Gotoh.
Killua revisó su brazo y su pierna para constatar la historia, pero no encontró sangre o rastro alguno de ello, incluso parecía que las heridas habían sanado completamente, sólo quedaba el dolor en el músculo.
—No recuerdo ninguna bala en la cabeza, no es verdad.
Lamentablemente Gotoh no podía dar más detalles del asunto, él no estuvo en el momento del incidente y únicamente recibió órdenes de cuidar al pequeño hasta que volviera en sí.
—Amo Killua, el amo Illumi me ordenó que le notificara en cuanto usted despertara, así que iré a darle el aviso.
—No, no vayas —intervino.
No quería ver a su hermano, tenía la noción de que lo que le pasaba, cada cosa mala en su vida, era responsabilidad de su hermano mayor, y no podía confiar más en él.
Gotoh se detuvo debido al fuerte lazo que le unía al pequeño amo. Él tampoco quería que Illumi estuviera ahí, sin embargo, estaba imposibilitado a negarse. Quizá era capaz de retrasar el momento lo suficiente como para que Killua se mentalizara en que tendría que volver a ver a su hermano, pero luego, invariablemente, iría a cumplir su deber.
—Lo siento, no puedo ignorar las órdenes de su hermano mayor, pero podría esperar si usted así lo desea.
Killua se sentó, tocando y revisando su cuerpo, prestando especial atención a su cabeza. Palpó el vendaje que llegaba desde la parte trasera hasta su frente. Todavía tenía un punto caliente y doloroso en esa área de su nuca. El hueso aún estaba blando y podía sentir cómo se movía cuando lo presionaba.
—¿Qué me hizo Illumi, Gotoh? Dímelo.
—El amo Illumi lo trajo a la enfermería después de que resultara herido durante el ejercicio. El cirujano vino a operarle después de eso.
—¡La verdad, quiero la verdad! —rezongó irritado—. Estoy harto de escuchar lo que Illumi les hace decir para ocultar lo que en realidad él hace, quiero saber lo que hizo. Gotoh, ¡deja de mentirme!
*llanto* no les gustó, ¿verdad? Me odian y por eso me mandaron ese mensaje de odio. Realmente me sentí un poquito mal pero ya que se me pasará.
Me pregunto si alguien lee esto...
¡rukiakuran1997 :) te doy la cordial bienvenida a este espacio que espero disfrutes tanto como yo lo hago!
Un agradecimiento especial a Kalen, GirlinBlue2364, KaiD23, mis maravillosas betas y a Lilium mi editora por sus correcciones.
Nos vemos el viernes 4 de marzo, ya no desde temprano, tendrán que esperar hasta la noche porque mi trabajo nuevo me impide actualizar en la mañana.'.
