93 en Babel

Capítulo 9

.'.

Alejado del resto de las mesas y la fiesta, había un palco elegante desde cuya vista se podía distinguir con mejor precisión el gran coliseo, allí fue donde Illumi llegó; un lugar privilegiado y reservado sólo para personas con determinada categoría. La iluminación tenue, y la ventilación creaban un ambiente cómodo. Estaba preparado para tener a varias personas, o esa impresión le dio, puesto que vio una mesa alargada de madera roja brillante, tallada finamente y rodeada de sillas que hacían juego. El ruido del exterior no estorbaba ahí, el vacío creado por las paredes, restringían en cierta medida el bullicio, así que asumió que esa clase de palcos estaban hechos con la intención de tener reuniones privadas. Además de eso, contaba con servicio personalizado; un par de mujeres correctamente uniformadas con abrigo y pantalón de vestir estaban a su disposición. Inmediatamente que tomó asiento, las jóvenes colocaron sobre la mesa charolas relucientes, con aperitivos y licor de lujo, como cortesía de la casa. Asomó la mirada hasta donde estaban los cinco maestros y vio que uno de ellos —el afamado maestro Caín—, le saludó con un gesto amistoso a lo que él correspondió del mismo modo.

Tras cinco minutos disfrutando de la comodidad, un silbido resonó detrás de él, llamando su atención.

—Así que los maestros tienen un invitado especial —era una voz masculina—. ¡Vaya lujos que te dan!, lindo lugar.

Un hombre de quizá unos cuarenta años, tal vez menos, recargó sus manos sobre el respaldo de una silla a la izquierda del invitado y luego lo examinó de arriba a abajo. Illumi ni siquiera volteó a verlo; fingía estar muy ocupado viendo la pelea.

—Así que es verdad —siguió hablando confiadamente, con voz potente siendo que no era necesario para ser escuchado—, un Iluminado ha venido de visita… esa insignia…, no puedo creer que la gente la ve todos los días en muchas partes y pareciera que no se dan cuenta, es… como invisible —soltó una carcajada que forzó a Illumi a mirarle—. ¿A qué debemos el honor de su visita?

—En realidad no he venido como un Iluminado, sólo vine a pasear —contuvo su deseo de regañarle por el exceso de ruido. Se giró para seguir viendo la pelea.

El tipo parecía estar eufórico sin motivo alguno, volvió a reír con fuerza.

—¡Si fuera así, entonces por qué usarías la insignia!

—Tú mismo lo dijiste, ¿no?, la gente la ve todos los días y parece que no lo pueden notar.

—Con que usando mis palabras, ¿eh?

—Podría decirse… —el tipo lo miraba muy insistente y se sintió obligado a regresar la vista sobre él.

Era obvio que se trataba de un asesino. Portaba una espada y dos largas dagas en su cintura. Una cicatriz en su cuello relataba una batalla bastante difícil en su pasado. Su cuerpo musculoso de tanto entrenar, y sus prendas ligeras advertían que estaba listo para matar.

—Bueno, este lugar está muy vacío, ¿puedo hacerte compañía un rato?

—El lugar no es mío; puedes sentarte donde gustes.

El tipo se sentó, colocando los pies sobre la mesa, recargándose a sus anchas como si necesitara el doble de espacio de su cuerpo. Una de las mujeres se acercó a él para atenderle.

—Maestro Muath, ¿puedo ofrecerle una copa?

—Aléjate de mí, perra —de un manotazo la apartó lejos de él—, mujeres… siempre tan desagradables e inútiles.

Tuvo que contener su desprecio, si había un motivo importante por el cual detestaba a los Asesinos se debía a su cerrada mente que no les permitía a ver a las mujeres de otro modo más que como objetos. A diferencia de ellos, él aprendió a valorar a las mujeres, después de haber vivido en diversos cuerpos; llegó a comprender mejor la naturaleza de las tales. Por otro lado los Iluminados no discriminaban en lo absoluto los géneros, todos eran seres humanos que debían trabajar en equipo para su propia supervivencia, esa era su filosofía.

Vio que el hombre hizo una seña a las sirvientas para que se retiraran; y en cierto modo prefirió que las cosas fueran así antes que continuar viendo algo tan desagradable.

—¿No te agradan las mujeres? —sonrió tratando de congeniar con el sujeto.

—No, ja… fuera de la cama no veo cuál es su función. Además, ni en eso son buenas, uno tiene que decirles todo lo que tienen que hacer, menuda carga.

Por eso estaba seguro de su éxito. Los asesinos no eran precisamente dados a la heterosexualidad, tener mujeres sólo era símbolo de su falta de miedo. Las veían como un punto débil dado que no las entrenaban, ni consideraban como personas con la capacidad de estar a su nivel. Si un asesino se casaba con la hija de otro asesino era para demostrar su superioridad, que todos vieran que podía darse el lujo de tener un punto débil, ya que era tan temerario que eso no era un problema. No gozaban de ellas. Bajo ese aspecto, Silva era un bicho raro; se había enamorado de una mujer; movió el cielo y la tierra por ella, y ahora vivía apartado del concilio; esperando una oportunidad para pasar entre ellos sin ser visto como alguien que rompía con las tradiciones.

—¿Ahora sí me dirás qué haces por aquí? —preguntó el hombre.

—Ya te lo dije, he venido aquí de paseo. Hay muchas cosas por ver en este lugar.

—Sí, sí… —contestó sarcásticamente—, y que no viniste en son de Iluminado, etcétera. Ahora sólo di la verdad, has venido a observarnos, ¿no es así? Créeme que no me va a molestar si dices que sí.

Estaba tomándole la medida. Illumi revisaba la postura del hombre, las expresiones, su tono de voz. Si el tipo resultaba ser alguien importante, entonces no tendría más opción que meterse en su mente y atraerlo hacia él.

—No, la ciudad Sagrada… tenía años que no venía por aquí.

—¿Años?, chiquillo, tu mami y tu papi son un par de Iluminados que gozan de la buena vida, ¿no es así?

—En realidad mi papá es un asesino, vine con él cuando era muy pequeño —mintió, Silva nunca le había llevado hasta allá.

—¿Un asesino? —lo miró con incredulidad—, que interesante… porque ni siquiera me pareces familiar. Supongamos que tu papá, que es un "asesino", te metió en los Iluminados y luego te hizo venir a la isla Sagrada, ¿me equivoco?

—¿Podría dejar su ironía? —resopló, ya estaba comenzando a fastidiarse con su presencia—. En verdad mi padre es un asesino, pero él no me hizo entrar a los Iluminados. Yo tengo mis habilidades.

—¡Se requiere de algo que valga la pena para poder ser parte de ellos! Sí, he escuchado de eso. Ahora, el nombre de tu papá imaginario es…

—Silva Zoldyck.

Se quedó estupefacto, abrió la boca sin poder pronunciar palabra alguna. Lo miró más de cerca, no dando crédito a lo que veía.

—¿Silva?, ¿él es tu padre?... ¡Tienes que estar bromeando!

—¿Por qué estaría bromeando?, ¿aquí suelen hacer muchas bromas sobre eso?

—Oí que tiene un heredero que es realmente talentoso, y por tu edad puedo asegurar que no eres tú. Eso explica por qué no te había visto antes —ahora parecía tomarlo con seriedad—. Así que el pequeño Silva tiene un hijo que es un Iluminado. Con razón él luce tan confiado, el muchacho nos ha guardado muchos secretos —Illumi continuó prestándole atención, ahora ya no parecía agresivo, su expresión corporal se había ablandado e incluso se inclinó más hacia él—. ¿Cómo hizo Silva para meterte con esa gente?

—Fue mamá. Ella es una de ellos.

—¡Lo sabía! Esos Iluminados son tan extraños; nadie debería confiar en una mujer.

—Nunca lo entenderías —contestó sin poder contenerse.

Respiró hondo y le dirigió una sonrisa. El tipo se quedó con su vista clavada en él, intentado descubrir la ofensa y fallando estupendamente.

—¿Viniste solo?, ¿Silva sabe que estás aquí?

—Vine solo, sí. Y no, papá me dio permiso para vacacionar.

—¿Estás casado o apenas Silva te va a dar la noticia?

—No lo sé. Estoy soltero, quizá por eso papá me dejó salir a divertirme un rato.

«Y "casualmente" vino a la afamada Isla de los Asesinos». Así lo pensó Muath, y se sonrió.

Al fin se dio el lujo de analizar al muchacho frente a él. Se notaba que era diferente a cualquier otro hombre con el que hubiese tratado antes, tenía un aire inteligente poco común en los Asesinos; su forma de hablar denotaba que cada palabra había sido bien calculada; no sólo eso, era joven, soltero, y formaba parte de los Iluminados. La mujer que Silva eligiera para Illumi, iba a ser muy afortunada, más de lo que cualquier hija de asesinos fuera digna de ser. No le pareció buena idea desperdiciar la oportunidad de acercarse a él. Había llegado hasta allí y era libre de hablar con quien quisiera; por tanto debía hacer lo posible por llamar su atención.

Pese a su mala reputación, los Iluminados constituían el grupo más importante en todo el mundo, el más fuerte y mejor organizado. Formar parte de sus filas significaba prestigio, poder y superioridad.

—¡Que interesante! —dijo maravillado por la posibilidad que tenía frente a sus ojos—. Tú y yo tenemos que vernos después, definitivamente. ¿Cuánto tiempo estarás aquí?

—Hasta que me aburra, quizá.

—Entonces tengo que hacer que tu estadía sea muy divertida para que no te vayas pronto —su hablar se oyó coqueto y casual—. ¿Cuál es tu nombre?

—Illumi.

—¿Es en serio? —se mofó.

—Gustos de mamá.

Continuó riéndose escandalosamente.

—Bien Illumi, mi nombre es Muath Almershed; soy uno de los candidatos a heredar el puesto del maestro Caín, así que no soy cualquier persona; no lo olvides.

—No lo haré.

Posiblemente había dado con alguien grande. Un alumno de Caín, el asesino más poderoso de los cinco maestros; eso quería decir que el tipo podía estar saturado de buenos contactos, quizá encontraría un acceso más a información valiosa con respecto a los Iluminados. Algo que el hombre de Nen deseaba.

Muath se puso de pie, acomodando sus prendas para preparar su salida.

—Me encantaría pasar esta noche contigo, desafortunadamente has caído de sorpresa. Debo marcharme ahora, pero te buscaré, ten por seguro que te voy a encontrar. En esta ciudad, no puede pasar algo sin que yo me entere.

—Lo estaré esperando —asintió.

—Vaya cosa linda que vino a visitarnos —finalizó acariciando los cabellos del muchacho y se marchó.

El hombre de la Y tomó ventaja de la vanidad y exceso de autoestima que el sujeto derrochaba. Supuso que eso era justo lo que él necesitaba para enloquecer por su anfitrión y atinó perfectamente, Muath había caído en la vieja trampa del objetivo difícil de atraer.

El ente agradecía haber elegido a Illumi como su anfitrión por su cualidad andrógina tan llamativa y llena de vida, perfectamente atrayente para ese tipo de hombres, que estaban en busca de otros que pudieran sustituir el vacío que las mujeres les dejaban. Illumi iba a ser como oro entre codiciosos; la mejor herramienta que el ente pudo haber soñado.

No obstante, la noche le aguardaba con más sorpresas. El ambiente era cada vez más ruidoso, la fiesta se volvió más intensa entre más se llenaba el coliseo. Y paulatinamente comenzó a mutar a algo más que una simple reunión para ver peleas. Las luces en algunas zonas parpadeaban con efectos de diferentes colores, había gente bailando a los alrededores sin prestar atención al escenario, venta de diferentes tipos de drogas, más mujeres y muchas apuestas. Las peleas eran sólo foco de atención de los asesinos que de vez en cuando señalaban al escenario como discutiendo entre ellos si iban a contratar a dichas personas.

—Buenas noches —una nueva persona lo saludó desde atrás.

Se giró para verlo. Este era un hombre muy diferente; era mucho mayor que el anterior, y de seguro más que su propio padre. Internamente se burló, Illumi viviría una larga resaca moral el fin de semana, cuando recordara toda su actividad. Lucía mucho más elegante, con un traje nada propio de un asesino listo para pelear. Llevaba un saco largo que le llegaba hasta las rodillas y el cabello rojo recogido en una coleta. Sus ojos verdes parecían destellar en la oscuridad. Daba la impresión de no querer aceptar su edad y aferrarse a una juventud ya pasada.

—Buenas noches —respondió y volvió a darse la vuelta.

—Perdona que te interrumpa; nuestro hermano Muath nos dio la gran noticia y tenía que verlo por mí mismo —caminó hasta quedar cerca de él y se sentó a su lado—, dijo que eres hijo de Silva.

—Así es.

—Él no lo sabe, ¿verdad?, Silva no sabe que eres un Iluminado.

—No es asunto suyo…

—Adalfuns, llámame así. Y por lo que más quieras, no me hables con tanta formalidad.

—Como gustes —al fin alguien le hacía reír, aunque no había sido su intención original.

—Soy el tercer favorito de Caín, uno de sus candidatos; Muath sólo es el sexto, de los diez que somos.

—Eso de ser el heredero del maestro Caín es muy popular, ¿cierto?

—Mucho. La mayoría de los Asesinos que vienen aquí, lo hacen con la intención de acercarse a alguno de los maestros. El maestro Caín es el mejor, todos desean ser sus alumnos. Es un puesto codiciable para un Asesino miembro del Concilio.

—¿Por qué?

—Ja… comprendo tu duda. Silva nunca se dio a la tarea de explicarte nada de esto, ¿verdad? No eres el heredero, no se toma tantas molestias contigo.

Aunque el hombre de la Y no tenía nada que ver con los deseos y costumbres de su anfitrión, podía sentir a través de ese complejo inconsciente en el que habitaba, el dolor y resentimiento que esas palabras causaban. Esto debido a que ambos compartían cuerpo. No era como si simplemente bloqueara por completo a Illumi cada vez que ocupaba su lugar, sólo lo mandaba al fondo, a un lugar donde lo podía controlar. Y por fuera, podía sentir, pensar y desear justo como lo hacía el verdadero Illumi, aunque voluntariamente lo ignoraba.

—Tu padre, Silva, ha sido muy injusto; eres joven, atractivo y además, debes tener algo impresionante como para que los Iluminados te hayan deseado, y yo quiero verlo.

—¿Verlo?

El tipo se acercó mucho a él, su rostro estaba a pocos centímetros del suyo; percibió el aroma a tabaco y alcohol.

—Ese algo por el que te desearon —colocó su mano por el hombro de Illumi y apretó en un gesto cariñoso—, puedo ver en ti algo demasiado atrayente…

Esos gestos le provocaron escalofríos, supo de inmediato la clase de persona con la que estaba tratando.

—Espero no incomodarte, soy bastante… ¿cómo lo llaman?… kinestésico.

—Está bien, puedo comprenderlo —se controló para no apartarse, el tipo no parecía entender el concepto de espacio personal—. Sólo no esperes que yo sea igual.

—Tienes un lindo cabello —tomó uno de los mechones y de inmediato cambió el tema—, ¿Muath te molestó?; él es un hombre bastante agresivo, tiene muy pocos modales. Claro, los asesinos no necesitamos nada de eso.

Era un juego, lo sabía. El tipo transmitía mensajes ambiguos todo el tiempo para confundirle y atraerle, calcular qué cosas estaba dispuesto a hacer, cuál era el límite para admitirlo cerca y qué tanto podía ganar con él.

—No, en realidad, Muath no me molestó.

—Él es muy hablador, no sabe detener su lengua. Nos dijo que estás de paseo…, me gustaría aprovechar para llevarte a conocer lugares divertidos, no quisiera que un invitado tan interesante se vaya tan pronto de aquí, ¿puedo invitarte a salir?

No era la primera vez que coqueteaba con un hombre más joven que él. Se veía confiado, firme, como alguien que ya había hecho caer a muchos otros novatos y curiosos.

«Ese juego también me lo sé», pensó el monstruo de Nen con ironía.

—Por supuesto Adalfuns, claro… si es que Muath no me encuentra primero.

«Mensaje captado», se dijo Adalfuns.

Competir le provocaba un torrente de adrenalina adictivo. Illumi no sólo era todo lo que Muath había dicho; era brillante, atrevido; su cuerpo parecía decir "atrápame", como un reto para todos los que se le acercaran. Y por supuesto, lo conseguía. Adalfuns sintió una excitación profunda. De haber tenido el derecho, y haber carecido de ataduras, habría acorralado a su presa contra la mesa, frente a todos, sin darle importancia a lo demás.

—Será juego de niños —besó el mechón que continuaba sosteniendo y se puso de pie—, antes de marcharme, me gustaría saber si te causaría problemas que yo hablara con tu padre sobre ti.

Sintió como su corazón se aceleraba; eran los nervios de Illumi, seguramente para su pobre anfitrión eso había sido terrible.

—No, para nada.

—Bien, porque lo haré pronto. Quizá, después de que tú y yo nos veamos —acarició su hombro y salió de ahí.

Muath esparció el rumor entre toda la comunidad de Asesinos. Un Iluminado, joven, hijo de Silva, atractivo, inteligente y soltero. Esas eran las palabras mágicas para atraer a cualquier asesino de gustos refinados y conociendo a los de altos rangos, ellos matarían por alguien con esas cualidades.

Dos tipos de altos puestos yendo tras él, era un buen comienzo. Esperaba que la presencia de esos dos hiciera aparecer más pretendientes, no importaba si Illumi le regañaba por ello. Lo que más deseaba era encontrar a alguien que no sólo fuera un simple heredero de uno de los cinco maestros; sino a alguien con un puesto más interesante, algo a lo que su padre mismo aspirara. Ser uno de los candidatos del maestro Caín significaba que el sujeto en cuestión era un tipo extremadamente disciplinado, fuerte, con una carrera impecable. Para un asesino, perteneciente a una familia poderosa, no era importante la ambición de tener más territorio; se dedicaba a buscar posiciones dentro del concilio de Asesinos. En cambio su padre aún buscaba extenderse más. Su reputación entre el concilio había decaído desde que contrajo matrimonio con Kikyo, por el hecho de casarse con una mujer de forma escandalosa, justo después de que los Iluminados y los Asesinos hubieran cerrado tratos. A partir de ahí, los Zoldyck consiguieron negocios directos con los Iluminados, como si hubieran procedido de forma secreta, o se hubieran infiltrado. Eso hablaba mal de ellos entre la hermandad de Asesinos, los cuales en el pasado habían intentado por muchos métodos conseguir tener su atención, sin éxito alguno. Pese a que Silva explicó que no había procedido de mal modo, y declarado abiertamente que su esposa era un miembro de ellos, a fin de demostrar su lealtad, no lo tomaron en cuenta. Lo vieron como un traidor y ahora pasaba menos tiempo en la isla y más tiempo centrado en su trabajo. Al único Zoldyck que de vez en cuando se le veía por ahí, era a Zeno; a él se le respetaba. Nadie dudaba de la pulcritud de su trabajo. Era un orgulloso asesino que comprendía el negocio de principio a fin; muchos deseaban ser sus alumnos, lamentaban que cargara con la reputación de su hijo. Zeno se encargó de difundir el asunto sobre el heredero de Silva, anunciándolo por todas partes como una genialidad única. Los miembros del Concilio esperaban impacientes por conocer al famoso niño que llenaba todas las cualidades para ser el mejor de todos los tiempos. Un título extremadamente ambicioso, pero necesario para levantar el nombre de la familia.

El hombre de la Y estaba de suerte; esa misma noche, justo al salir del coliseo, mientras caminaba de regreso al hotel, un automóvil lujoso se detuvo junto a él, y escuchó una voz llamándole desde el interior.

—¿A dónde vas?

—A mi hotel, de vuelta, ya es madrugada y debo dormir —sin embargo no continuó su camino, esperó a que el individuo hiciera su aparición.

—Es muy temprano —el sujeto volteó a ver su celular y confirmó la hora—, sí, muy temprano, las cuatro de la mañana. Ven, te llevaré a un lugar divertido.

—No lo creo; sería muy tonto de mi parte subirme a un auto estando rodeado de asesinos.

—Eres el hijo de Silva, yo también soy un asesino y admirador de tu abuelo, ¿por qué me metería en problemas si puedo conocer a la estrellita de quien todo el mundo está hablando esta noche?

Un tipo precavido y objetivo; un hombre con esa capacidad sólo podía significar una cosa, era alguien con un cargo importante que le brindaba seguridad extra en sí mismo.

—Esa descripción no parece muy convincente, tal vez otro día.

—Me llaman Joab, soy el heredero y descendiente de los Jaco, tal vez eso no signifique mucho para ti, pero aquí, especialmente en este país significa que tengo mucho que perder si no tengo cuidado en lo que hago.

Las emociones del hombre de la Y se dispararon, los Jaco en su época habían sido famosos. Se decía que almacenaban secretos para controlar la vida y la muerte; uno de los motivos por el cual la gente afirmaba tal cosa se debía a que ellos lograban mantener una apariencia joven por muchos años, su envejecimiento era un proceso muy lento y eso desataba muchas leyendas; sobre todo historias con referencia a vampiros. Él conoció al hombre que había dado la fama a los Jaco, no sólo era un asesino, sino también un alquimista poderoso que usaba sus conocimientos para su arte. Su estilo de pelea era tal, que aseguraban que quien se metiera con un Jaco, si no le mataba en ese instante, agonizaría por meses hasta morir. Los Jaco, en la pirámide de los Asesinos, ocupaban los puestos más altos. Justo lo que buscaba, esta era la gallina de los huevos de oro. Y además, conocía bastante bien las tradiciones de los Jaco, su fundador fue un gran amigo suyo por muchos años, así que estaba seguro de cómo trabajaría con él.

—Jaco. Tienes razón, no significa nada para mí —escuchó que Joab reía.

—Acompáñame un rato, te prometo que te llevaré a tu hotel o donde sea que me pidas.

«Como si lo necesitara», se rió internamente, luego aceptó subir a su auto.

El hombre lo llevó hasta un punto en la isla, un lugar alto, que poseía un mirador con una vista espectacular a Tierra Sagrada. El lugar estaba vacío, cosa rara dado que había gente por todas partes a esa hora. Fingió quedar absorto en el esplendor del paisaje, mirando hacia el mar oscuro que a lo lejos se mecía.

—Esta zona es propiedad de los Jaco —le explicó—, aquí no nos verán, ni nos molestarán.

—Gran problema —contestó con sarcasmo.

—Ja, te preguntarás por qué te traje hasta aquí —notó que Illumi le escuchaba con atención y se sintió más motivado a hablar—. Es cierto que en parte me dejé llevar por las palabras de Muath; vi que Adalfuns fue a verte y me intrigó mucho. Adalfuns es demasiado cauteloso como para acercarse a cualquier persona. Es obvio que eres un Iluminado, y eso es interesante, pero yo no sólo veo que eres un Iluminado, me parece que tienes algo más, como una energía fuera de éste mundo, que te rodea.

Lo sabía. El primer Jaco había pasado de generación en generación sus conocimientos sobre los Iluminados. Se sintió nostálgico. Observó con detenimiento al tipo frente a él, lucía como cualquier otro Jaco, un tipo sospechosamente joven y tenía un atractivo interesante, le recordaba al fundador y amigo suyo. No pudo evitar sentir preferencia por él por sobre el resto de los Asesinos.

—Tal parece que no se le puede engañar a un Jaco.

El hombre dejó escapar una risa breve.

—Mi abuelo solía decir eso —Joab sintió la mirada escrutiñadora de su acompañante, y le intimidó, no era común que alguien le analizara—, la verdad no fue por ser un Iluminado, ni por ser hijo de Silva, soltero, y lo que sea que comenzaron a decir todos allá, que quise conocerte. Tienes algo que me llama, no sé qué es; tal vez es esa energía rara que te rodea… no lo sé.

—Vaya, si es así, eres el primero que me dice las cosas con honestidad.

—Los demás están demasiado jóvenes para comprender cómo comportarse decentemente.

—Eres todo un Jaco, con sus edades tan engañosas —agregó.

—Creí que no sabías de los Jaco.

—Sólo lo que papá me ha contado —esa noche estaba dispuesto a coronarse el rey de los mentirosos.

—¡Qué raro!, Silva siempre fue muy reservado. Desde que éramos niños mantenía esa actitud de rechazo hacia todos los asesinos, tengo un largo tiempo sin verlo, ¿cómo está él?

—Está bien.

—¿Sabe que eres un Iluminado?, recuerdo cuando se fugó con la chica de los Iluminados, no le dijo a nadie la verdad hasta que… —pareció palidecer— ¡Eres tú! —y soltó la carcajada—. Que ironía, estoy frente al chico que me quitó a mi mejor amigo. Silva, el loco agresivo, maduró bastante cuando naciste. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a Tierra Sagrada; tal vez tú tenías unos ocho años cuando vino hasta acá por consejo y a aclarar las cosas con el Concilio.

—Vaya, así que todo este tiempo fui un problema para papá.

—No tanto un problema —volvió a reír—. Si tan sólo Silva siguiera los consejos e ideales de Zeno, se ahorraría muchos enemigos… pero tú luces muy diferente a él, creo que te pareces más a Kikyo.

—Suelen decir…

—Perdón por lo que voy a decir, pero está loca esa mujer.

No pudo evitar responder con una sincera risa. Todos cuantos conocían a Kikyo coincidían en eso mismo, parecía que el único que no lo notaba era Silva.

—Me alegra conocerte —confesó Joab.

Entonces recordó que tenía que hacerla de jugador, y no perder el tiempo haciendo amistades.

Lo que se suponía que iba a ser una conversación breve, terminó siendo una larga charla hasta el amanecer, Illumi se despidió cuando notó que el Sol se alzaba a la distancia; y Joab le llevó hasta su hotel.

.'.

Killua decidió, a un mes de ausencia de su hermano, que ya no se preocuparía más por el asunto entre ellos. Esta vez logró mantenerse. Se dijo que sí Illumi le había mentido y jugado con él, simplemente lo descubriría cuando que llegara el momento y no antes. Prefirió concentrar su mente en el presente. Su padre le envió junto a su abuelo y a Kalluto a realizar algunos trabajos; esta vez esperaban que los dos niños aprendieran a trabajar en equipo. Era difícil para ambos adaptarse el uno al otro. Los dos eran como agua y aceite. Killua tan eficiente, correcto, siguiendo los ideales de su abuelo y respetando todo el trabajo que hacían juntos; Kalluto era violento, cruel, era como ver una versión mejorada de la mentalidad de Illumi y Kikyo. Gustaba ver sangre, le atraían las muertes lentas y llenas de dolor, y eso fastidiaba a Killua. Constantemente terminaban discutiendo sobre ese punto.

—Te tardas demasiado Kalluto, ¿no te has dado cuenta?

—Pero hice mi parte, ese es el punto.

Kalluto sabía perfectamente cómo argumentar, elegía sus palabras con precisión y era conciso en sus discusiones; mientras que Killua daba largas charlas explicando el por qué y cómo de sus trabajos. Kalluto a veces sólo respondía con movimientos de cabeza o frases cortas, lo que fastidiaba más aún al albino que no comprendía a su hermano más pequeño. Kalluto se sentía frustrado porque él trataba de no discutir y Killua parecía querer forzarlo a hablar. Simplemente no lograban encajar.

—Papá te lo ha dicho, nosotros no matamos por placer. Es un fastidio tener que esperar a que acabes, y peor aún, es insoportable ver todo lo que tienes que hacer sólo para terminar tu trabajo.

—Niños, ¿podrían dejar de discutir? —les advirtió Zeno.

Estaban de pie fuera de un dirigible, listos para abordar y el abuelo estaba cansado de escucharlos hablar del mismo tema por tercera ocasión en el viaje.

—Lo siento, abuelo —se disculpó el mayor de ambos.

Kalluto se sintió herido; en lugar de decir lo que sentía, solía almacenar sus sentimientos y desahogarlos en su trabajo. El pequeño admiraba profundamente a su hermano, quería ser como él, y sus constantes reclamos sólo abrían más heridas en su corazón. Por más que se esforzaba por encajar, cada día se hacía a la idea de lo imposible que sería.

—Vengan conmigo, les enseñaré cómo conducir un dirigible —indicó el abuelo.

—¡Sí! —ambos niños respondieron al unísono.

Se emocionaron mientras seguían a su abuelo; al menos tenían eso en común, les gustaba aprender. El anciano pretendía reparar la relación que ambos niños tenían. No quería que Kalluto se rezagara como lo había hecho Illumi; tenía la intención de rescatarlo de su madre, no perder a otro Zoldyck. Él lo había pensado y lo había hablado con Silva; Kikyo le hacía daño al niño, lo estaba volviendo una versión nueva de ella misma, y eso no era ni de cerca conveniente para la familia. A pesar de ello Zeno se dio cuenta de que Kalluto tenía más esperanza en librarse de su madre de la que alguna vez tuvo Illumi. Tal vez ese amor y admiración que tenía hacía Killua, que provocaba que el menor le intentara imitar, era la clave de su salvación. Podría no ser abierto y expresivo como lo era su hermano favorito, pero tenía una relación bastante estrecha con los mayordomos. Posiblemente, más estrecha que la del mismo Killua.

—Amo Kalluto… —le llamó uno de los mayordomos, discretamente.

Ambos se quedaron observando. El mayordomo tenía un celular contra su pecho, evidentemente alguien estaba esperando por una respuesta al otro lado de la línea, y Kalluto lo miró con intriga; luego levantó la mano, hizo una seña, y el otro agradeció antes de retirarse; un código secreto. Esto solía pasar bastante seguido y pese a todo el secretismo, Zeno lo descubrió rápidamente.

—¿Eh?, ¿qué fue eso? —le preguntó Killua tras percatarse por primera vez de la forma tan sospechosa en que ambos se trataban.

—Cosas de mamá —respondió como si no fuera gran cosa.

Zeno sonrió. Kalluto sin lugar a dudas no era parecido a Illumi, tenía esa habilidad para lidiar con los problemas y soportar la presión, tan bien como Killua; lástima que no pudiera contener su maldad.

.'.

Illumi despertó el fin de semana. Justo como había predicho el ente, tenía una resaca moral terrible. Toda la semana estuvo saliendo con diferentes tipos. Pese a que no se acostó con ninguno de ellos, no se sentía bien, no había sido él mismo. En primer lugar, ni siquiera habría ido hasta allá. Se veía a sí mismo con vergüenza, ¿cómo podría pretender a Killua después de haber actuado como un infiel todo este tiempo?, esperaba que en un futuro todo aquello quedara oculto.

—Esos tipos… son de la edad de mi papá, ¿te das cuenta?; deben ser socios de papá.

«Sí, ¿y?», respondió el ente burlescamente. Disfrutaba la vergüenza de su anfitrión.

—No tienes solución. Olvídalo.

«Es por un bien, recuérdalo».

—Sí, sí… —resopló con fastidio y se levantó de la cama.

«Illumi, es fin de semana, ¿qué harás?»

—Nada. Estar encerrado en esta habitación y dormir hasta que sea hora de dejarte salir.

«Oye, tengo una idea mejor; no quiero tener ninguna dificultad cuando vayamos a ver a los Iluminados, así que será mejor que aprovechemos el tiempo y nos dediquemos a refinar tus idiomas».

Illumi ya tenía bastante noción de la mayor parte de los idiomas que el ente hablaba, se le había facilitado mucho durante sus lecturas de las cartas. Su deseo por aprender era tan grande como el de sus hermanos menores, e instruirse en otros idiomas era muy interesante, así que aceptó casi al instante. Ese fin de semana al menos sería de provecho. Apagó el celular y puso toda su concentración en todo lo que la criatura tenía que enseñarle. Lamentablemente descubrió que ya era casi imposible concentrarse; cada cierto tiempo su mente se perdía en su deseo de ver a Killua. Extrañaba escuchar su voz, incluso discutir con él era agradable. Imaginaba cómo se sentirían sus labios si se atreviera a besarlos, tocar su piel, escucharlo decir esas cosas hermosas que solía decirle a Alluka.

«Deja ya eso —lo regañó el ente—. Pronto Illumi, más pronto de lo que crees, todo eso va a pasar», mentía con la intención de mantenerlo tranquilo.

.'.

En cuanto Zeno regresó con sus dos nietos a la montaña, se encontró con Silva. Tenía mucho de qué hablar con él, después de todo, había tenido suficiente tiempo para observar el progreso de los niños.

—Estoy anonado, Silva. Había subestimado la habilidad de Illumi. La primera vez, cuando le puso la aguja en la cabeza, creí que sería un grandísimo desperdicio. Era una apuesta demasiado arriesgada, pero luego vi que no hubo grandes consecuencias, sólo se volvió más precavido de lo que ya era. Después, cuando pasó lo de la cámara blanca, creí que definitivamente lo perderíamos, y de nuevo apareció Illumi y mágicamente arregló todo. Esta última vez… esa terrible sed de sangre... creí que en verdad sería el fin, y nuevamente me han cerrado la boca. Nunca imaginé que un ser humano podía ser tratado como si fuera un objeto que se descompone y se arregla tanto como quieras, y sin ninguna consecuencia.

—Lo sé, te comprendo, papá. Yo tampoco tengo palabras para explicar lo que Illumi hace; me causa escalofríos pensar en ello.

—Creo que Illumi conoce mejor a Killua, que nadie más.

La presencia de un mayordomo interrumpió la conversación. Entró con un teléfono en la mano, y su expresión denotaba algo importante.

—Amo Silva, una llamada importante le está esperando al teléfono. El señor Adalfuns Weirdun le llama desde Tierra Sagrada.

—¡¿Adalfuns?! —exclamó extrañado el hombre.

—¿Un Weirdun llamando a la casa? —replicó Zeno con curiosidad tras escuchar el nombre.

—Dame el teléfono. Atenderé aquí mismo —el mayordomo obedeció, y todavía intrigado por lo que fuera a ocurrir contestó—: ¿Adalfuns? —ni siquiera estaba seguro si de verdad se trataba de la misma persona que él recordaba.

—Silva, amigo, demasiado tiempo sin saber de ti —se impresionó al cerciorarse de que sí se trataba de la misma persona, llevaba bastantes años sin contactarlo.

—Aldafuns, es bastante extraño que hayas llamado a mi casa, ¿en qué puedo ayudarte?

—Silva —el Weirdun chasqueó la lengua—, soy un buen tipo, ¿sabes?, hoy tengo el ánimo de avisarte que en poco tiempo habrá una reunión especial. Volverán a cambiar los términos en nuestra relación con los Iluminados, y dicen, habrá nuevas oportunidades interesantes para participar en sus planes. Aunque claro, creo que todo esto seguramente ya lo sabías.

Silva detestaba que a pesar de los años continuara siendo tratado como un sospechoso cuando tiempo atrás ya había pagado su deuda y se había esforzado por recuperar la credibilidad que era tan importante para su padre. Lamentablemente sólo sirvió para unos pocos, la gran mayoría prefirió ignorar sus pruebas.

—Adalfuns… —respondió con tono amenazante.

—Bromeo, bromeo… —aunque esas expresiones no le parecieron broma—, y lo segundo que te quería comentar, era acerca de la nueva gran sensación en la isla, y estoy casi seguro que sí sabes de qué hablo.

Hubo silencio. Definitivamente Silva estaba ahora más confundido sobre el propósito de su llamada.

—¿De qué estás hablando? —Zeno, junto a él, le hacía señas a Silva con la intención de que le explicara lo que ocurría.

—¡Oh! Entonces es cierto, no tienes idea de lo que está pasando aquí —se rió Adalfuns, lo que molestó más al Zoldyck—. La nueva sensación de la que todos están hablando aquí, tu querido hijo.

—¿Mi hijo? —eso fue todavía más extraño—, ¿qué hijo? —después de todo, él tenía cinco.

—Entonces, ¿te suena el nombre de Illumi?

Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. De todos los nombres que podía escuchar en boca de Adalfuns, Illumi era el último que imaginó que diría.

—¿Illumi está en Tierra Sagrada?

—Y yo tengo un gran negocio para ti al respecto, ¿vendrás a la reunión?, apuesto a que sí, no te gustaría volver a meterte en problemas con todos, como la última vez.

—¿Qué negocio?

—Calma, no comas ansias. Yo te lo diré, pero será de frente. Illumi es realmente encantador, habrá muchos otros asesinos que querrán contactarte pronto, estoy seguro de eso… por eso te pido que esperes a mi propuesta. En cuanto vengas a la isla, por favor, avísame primero; no quiero que haya retrasos en nuestras negociaciones.

Pero Silva estaba aún con el pensamiento de que su hijo mayor estaba ahí, en medio de todos esos asesinos locos, con un concilio que parecía no tener pies ni cabeza, haciendo algo que ni siquiera él podía imaginar, y para la llamada que estaba recibiendo, parecía que se había metido en algo muy grande.

—D-de acuerdo —dudó—, en cuanto me confirmen la reunión te avisaré.

—Maravilloso. Por el momento, te dejaré reflexionar. Esto será hermoso.

Y la llamada se cortó. Silva observó el teléfono procurando asegurarse de que no estuviera viviendo una alucinación.

—¿Qué quería el Weirdun? —la voz de su padre le sacó de sus pensamientos.

—Quiere hablar sobre Illumi. Parece que el grandísimo tonto está en Tierra Sagrada, no tengo idea de qué esté haciendo ahí pero esto ya comenzó a preocuparme.

—Deberías intentar llamarlo.

—Ya lo probé. No contesta el teléfono.

—¿Y si hacemos que Killua lo llame? —conocía la debilidad que su nieto tenía por el peliblanco.

—Ni siquiera a él le responde —tragó saliva, estaba comenzando a alterarse.

—Se está tomando muy en serio esto de las vacaciones.

—Así parece…

.'.

Tras un fin de semana casi tortuoso para el hombre de la Y, al fin pudo tomar el puesto de Illumi; estaba ansioso por comenzar a trabajar. Lamentablemente apenas despertó, un golpeteo insistente llamó a su puerta. No se habría molestado en abrir de no ser porque los golpes eran muy molestos, estaban hechos con violencia; para colmo una voz lo hizo tener escalofríos.

—¿Illumi? —la reconoció de inmediato y sintió que su estómago se revolvía.

La semana pasada había tenido la gran oportunidad de salir con varios de los asesinos que lo pretendían. Incluso salió con Adalfuns, quien supuestamente era un hombre muy ocupado. Tener muchos pretendientes era justo lo que buscaba, así que no se quejaba de ello, empero había uno de ellos que había encontrado como una terrible molestia. En cuanto salió con él, no pudo evitar detestarlo, por suerte el tipo tuvo que salir de viaje así que sólo lo había visto un corto tiempo, sin embargo, el descanso terminó, el sujeto estaba de vuelta en Tierra Sagrada.

—¿Illumi, estás ahí?

Caminó hasta la puerta y quitó el seguro. Ni siquiera había hecho algún otro movimiento cuando la puerta se abrió estrepitosamente y sintió cómo su cuerpo era arrojado contra la pared. Estaba ahora apresado entre dos brazos y un loco asesino que lo había acorralado para examinarlo.

—¡Apagaste tu celular el fin de semana!, ¿qué pasa contigo?, ¿estás bien? —lo escaneaba de pies a cabeza, luego, giró la cabeza para revisar si había alguien más en la cama—. ¿Qué pasó contigo?

Le dirigió una mirada de incredulidad; el tipo actuaba como un loco posesivo. Respiró hondo, rodó los ojos y se dispuso a salir de en medio de esos molestas manos que intentaban retenerlo.

—Soy un asesino, no necesito que me hagas estas advertencias —dijo con aburrición.

Pero los brazos volvieron a arrojarlo contra la pared, esta vez apresándolo con rudeza por las muñecas. La voz de Muath resonó en su oído:

—En esta ciudad hay sólo tres tipos de personas: los turistas ricos que vienen a despilfarrar su dinero; los aspirantes a entrar a alguno de nuestros clanes como servidumbre, y los asesinos. Aquí eso de "soy un asesino" es sólo palabrería. Es como ser cualquier persona —se separó de Illumi, sólo para ver su expresión de seriedad y paciencia, apenas soportando estar en esa posición—. Para colmo tú viniste solo, sin guardias. Es cierto, somos una hermandad, nos defendemos de nuestros enemigos entre todos, pero eso no quiere decir que nosotros seamos amigos. Y Silva, vaya que no es de muchos amigos.

El ente examinó su posición. Con sólo el poder de Illumi sería suficiente para dar buena batalla al tipo que lo sostenía. Podía ser un peleador talentoso y poderoso, pero Illumi estaba aún por sobre esas habilidades si sumaba el Nen ancestral. Difícilmente alguien dentro de esa isla podría darle batalla, no se sentía intimidado en lo más mínimo.

—Enviaré una guarda especial para ti, está dicho. Ellos te vigilarán, no dejaré que estos rufianes se atrevan a acercarse a ti.

—No hace falta —espetó, esta vez liberándose del sujeto.

Caminó en dirección a la cama.

—Ja… Illumi, seré directo contigo.

«¿Puede un hombre como tú ser más directo que esto? », pensó.

—No quiero que los demás se acerquen a ti, he decidido que sólo yo tengo derecho a estar a tu lado.

—Muath… —lo detuvo antes de que continuara embrollándose con sus palabras—, no se puede mandar sobre la voluntad de los demás.

—Sí se puede —sonrió orgulloso—. Sí se puede y te lo demostraré —lo tomó a modo de reto—. Ahora, vayamos a desayunar juntos. Es buena hora.

—Seguro —contestó sin ánimo—. Me pondré algo decente —señaló que sólo traía puesto un pantalón negro de cómodo algodón, lo que usaba para dormir.

Se quedó observando al tipo, echándolo con la mirada.

—Un chico tímido, ¿eh?, no te preocupes, puedo esperar —se relamió los labios.

En serio se preguntaba cómo una mujer podría tomar esto como un halago, ni siquiera podía imaginar que alguien soportara tal acoso y menos tomarlo como un cortejo. Se dejó guiar contra su voluntad hasta un restaurante. Después de un par de horas comprendió el dilema en el que estaba. Ese tipo no pensaba dejarlo solo ni por un instante, hablaba demasiado de él, de lo que le gustaba, de sus intereses y metas. En poco le interesaba saber lo que Illumi era, sólo cuando el harto Zoldyck hacía un comentario que apoyara sus posturas o gustos, entonces le permitía hablar. El meollo estaba en que no podía deshacerse de él así de simple. De entre todos sus pretendientes, este era de los que valía la pena conservar para mantener a su padre de su lado, apartado del matrimonio; a los demás seguramente no los tomaría en serio, así que con mucho aburrimiento soportó la larga conversación.

Duró junto a él hasta la noche. Literalmente tuvo que correrlo para que lo dejara dormir, porque el tipo amenazaba con quedarse en su mismo cuarto, cosa que por nada del mundo iba a permitir. Para colmo del caso, el sujeto advirtió que iría a buscarlo al día siguiente. Lo cual ocurrió y con mucha puntualidad. A las nueve de la mañana Muath ya estaba ahí, llamando a su puerta insistentemente, justo como el día anterior. Se arrastró sobre la cama, pensando en lo muy desafortunado que había sido dar con un hombre de su tipo; un molesto lastre que no sabía cómo coquetear.

—¿Ya listo? —le cuestionó cuando abrió la puerta. Definitivamente esto iba a ser malo.

Salir tanto con Muath podía e iba a ser tomado de mal modo frente al resto de sus pretendientes. No lo permitiría, pero tampoco tenía modo para escapar. No podía ser grosero con él ni simplemente rechazarlo, debía encontrar un método adecuado.

El desayuno fue en uno de los tantos restaurantes de lujo de la isla, mientras que él pasaba la mayor parte del tiempo volteando a ver la hora en su celular y pensando distraídamente cómo huir de él. En eso estaba cuando un mensaje llegó; era su salvación.

"Illumi, supe que Muath te ha estado acosando desde ayer, ¿necesitas ayuda? Joab".

El mensaje era corto, pero era perfecto, ¿quién mejor que el superior de Muath para alejar al horrible hombre? Sin dudar ni pensar más, envió un "sí" por respuesta.

.'.

3

En vista de que en ésta página no hay apoyo para esta historia, pasaré a retirarme.

Gracias por haber leído hasta aquí. Lo siento.