Hola, sé que quizá alguien lea esta historia, así que le dejo este capítulo con mucho cariño *sonreír* espero que te guste! Gracias por tu apoyo.'.
93 en Babel
Capítulo 12
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Entró al mismo cuarto al que solía ir cuando tenían una reunión familiar formal. Su padre estaba sentado junto a su abuelo, no vio rastro de su madre y sonrió; le hacía gracia que ella le tuviera miedo. De nuevo el ente ocuparía el primer plano, así se aseguraría de que los planes de Nimrod marcharan de acuerdo a lo establecido. Le hubiera gustado hacerse cargo del asunto personalmente, pero era imposible, no era capaz de hablar de temas de sexo ni de relaciones, mucho menos discutirlo con su padre.
—Acabamos de regresar de la isla —explicó Silva—. Illumi, ¿desde cuándo lo sabes?
Silva fue directo al punto, no quería terminar complicando más las cosas. Estaba ansioso por entender lo que tanto se hablaba en la isla sobre su hijo.
—¿Saber...?, ¿de qué hablas? —pero Nimrod fingió demencia, y de muy mal modo.
—No te hagas el tonto conmigo, sabes perfectamente de lo que estoy hablando.
—Me comporto como un tonto, porque ustedes siempre me han tratado como un tonto. Ese es el único trato que me han dado.
Ambos adultos se vieron entre ellos con complicidad. De cierto modo, Illumi les había descubierto. Desde que se decidió que Illumi no sería más el heredero, lo controlaron en cada aspecto posible a fin de tener a un obediente y fiel miembro de la familia, que no conociera más allá de lo que le era permitido. Ahora advertían que él era quien tenía el control y no ellos, como lo habían planeado, por eso mismo le temían y lo acusaban.
—El Nen manipulador va muy bien con tu personalidad —afirmó Zeno e Illumi le sonrió complacido.
—Te seré sincero, Illumi —continuó su padre—, desde hace tiempo que hice un trato con un Asesino, planeo casarte con su hija para conseguir ciertos beneficios. Esa era la idea, pero el otro día hablé con Adalfuns, y parece que tú ya tienes tus propios planes, ¿qué es lo que quieres Illumi?
—¿Hasta cuándo me molestarán con sus inseguridades? —respondió molesto— Todo lo que hago, lo hago por la familia; por el beneficio de todos.
—Es evidente que a través de estos tratos, quieres conseguir algo a cambio —respondió Silva—. Sabes que al entregarte al líder de alguna familia, tendrás cierta posición en la hermandad, ¿es eso lo que buscas?
—Y abrir las puertas a Killua, ¿es que acaso no saben que él es mi máxima prioridad? —ya no hacía falta ocultar el lazo que sentía hacia su hermano, si quería mantener soltero a Illumi, entonces jugaría todas sus cartas hasta quedar libre.
Hubo un silencio comprensible. En casa se sabía de forma tácita que Illumi sentía un cariño especial hacia su hermano menor, debido a que él había sido el principal en su crianza, y la mejor forma de llegar hasta él, de herirle o controlarle, era a través del albino. Admitirlo en voz alta, sólo reafirmaba lo evidente.
—Quizá no sea mala idea —aseguró Zeno, aunque de su parte no creía que su nieto fuera capaz de lograr algo mejor de lo que ellos dos ya habían ideado—. Depende de qué es lo que planeas hacer.
—¿Adalfuns fue el único con el que hablaron?
Preguntó con una gran sonrisa y el anciano abrió los ojos comprendiendo todo lo que estaba pasando. Silva fue el único no captó la indirecta.
—No quise hablar con nadie más —continuó Silva con sinceridad—. Tu abuelo tiene razón, puede que creas que nos ayudarás a todos, pero depende de lo que estés haciendo.
—Sé lo que hago padre, no soy un niño. Sé cómo usar mis talentos.
Zenó giró su rostro, no soportaba ver esa faceta en su nieto. Era como tratar con algo completamente diferente a lo que él conocía, no era el muchacho reservado e ingenuo que vio crecer.
—¿Talentos?, ¿de qué hablas Illumi?, ¿qué se supone que estás haciendo?
—Sexo —se apresuró el anciano para terminar con el juego del morocho—. Illumi está hablando de sexo, ¿te has estado acostando con varios miembros de la hermandad? —lentamente alzó su mirada, encontrándose con la oscura mirada su nieto, llena de sorna.
—No es necesario correr aún, abuelo, hay varios caminos a Roma —contestó con ligereza.
Silva tembló. Por fin se encontró con algo que le conmovió profundamente. Su hijo mayor, al cual continuaba viendo como a un niño, había crecido en un instante. Hablaba con secretismo, trataba con hombres mayores que él, con intenciones escandalosas. En su vida jamás se planteó la posibilidad de que uno de sus hijos —un miembro de los Zoldyck— resultara un coqueto, y menos con hombres que él conocía desde la infancia. Era enfermizo.
—Illumi… —fue todo lo que pudo expresar, mientras un montón de palabras se atoraban en su garganta.
—De cualquier modo, pensabas usarme para sacar un beneficio, ¿no? —recitó sus palabras—. Sólo me estoy adelantando a tus deseos, padre. Y ahora que ya está hecho, hagamos negocio para sacar provecho de esto.
No eran simples frases que lanzaba al aire. Contenían años de dolor y rabia, «pensabas usarme…» había dicho, y entonces Silva recordó que todo este tiempo estuvo tratando con un ser humano, con sentimientos y deseos; que él, aun siendo su padre, lo había visto sólo como una herramienta más. Una vez más había fallado como padre y lo había hecho con él, con su hijo mayor, que actuaba como un loco atentando contra su propio cuerpo.
—Hijo…
—¿Puedes conseguir mejores ofertas que la de Adalfuns? —interrumpió Zeno, previniendo que su hijo se dejara llevar por sus sentimientos paternales.
No era que el anciano no tuviera aprecio por el muchacho, ni que deseara verlo actuar de ese modo que rebajaba su honor, sino que pensaba con mayor frialdad. Silva, al haberse marchado con los Iluminados aquél fatídico día, había arruinado su reputación, y por tanto había perdido un puesto importante dentro de la hermandad, algo por lo que sus ancestros trabajaron con mucho esmero; recuperar su posición sería una labor bastante difícil, y al anciano le molestaba en sobremanera ver la absoluta inacción en Silva por recuperar su posición. Durante los primeros años sólo se presentó un par de ocasiones en la isla, y pese a que Joab era su amigo, no se molestó por comunicarse con él ni pedir ayuda a nadie más.
Si Silva hubiera querido, desde hace tiempo habría contactado a Joab; la persona con mejores recursos para salvar su posición, y por alguna razón desconocida no lo hacía. El talento de Killua había sido una suerte del destino, no algo planeado para ser usado como herramienta a favor de la familia. A este paso el pequeño futuro líder de los Zoldyck, una vez que se presentara ante el concilio, quedaría a la deriva en medio de una hermandad que se había vuelto más hermética y complicada. A Zeno no le convenía que fueran vistos como poca cosa y terminaran siendo exterminados por la misma hermandad; le urgía sentar las bases de su regreso como una familia influyente.
Hasta ahora Silva había logrado librarse bien de sus enemigos, pero ¿sería lo mismo para Killua? Silva había podido enfrentarse a tantos adversarios porque se cobraba algunos favores con Asesinos de élite, pero eso no significaba que ellos le debieran fidelidad. Tarde o temprano las cosas podrían ponerse mal para el heredero si es que no se ponía en marcha un plan lo más pronto posible. Era necesario pensar con frialdad y detenimiento. Si Illumi podía hacer la diferencia, entonces, era mejor aprovecharlo, cerrar los ojos y aceptar la ayuda. Podía doler, y sería vergonzoso, pero había un sacrificio que hacer para compensar el error cometido por el actual líder.
—Adalfuns será juego de niños —contestó—. No sólo puedo mejorar la oferta, puedo hacer que ya cumplan sus promesas desde antes de conseguir algo de nuestra parte.
—¿Sin necesidad de entregarte a alguno de ellos? —continuó Zeno.
—Y manteniéndolos expectantes entre ellos, como una competencia por ver quién será el mejor postor que se quede conmigo. Sí.
—¡Esperen un momento! —exclamó Silva, no soportaba la idea de usar a su hijo de ese modo tan indigno—, Illumi, eres un Zoldyck, no un objeto que podemos usar como premio —se detuvo, dio una mirada severa a su padre y prosiguió—. Papá, no podemos hacer esto, no puedo dejar que Illumi se corrompa de ese modo.
—Silva —de nuevo el líder escuchó ese tono de voz regañón que tanto le había irritado en su juventud—, ahora resulta que te duele ver en lo que se ha convertido Illumi, pero ha sido tu estupidez la que ha llevado a tu hijo hasta este punto. Piensa mejor las cosas y acepta lo que se te da, mejor oportunidad que esta no vas a encontrar.
Dejando a un lado las emociones, su padre tenía razón. Por su culpa Illumi no había tenido una infancia adecuada a los parámetros familiares. Gracias a sus descuidos había lastimado la frágil psique de su hijo, provocando que fuera incapaz de ser el heredero; y por causa de su imposición de autoridad, Illumi pasó de ser un asesino a un niñero, a cargo de la misma persona que le había sustituido, sin escatimar en sus emociones. Quién sabe qué tanto se guardaba en su corazón con tantas decepciones a lo largo de su vida.
—Illumi, te delego esta responsabilidad. Ayuda a Killua, y a cambio nosotros cooperaremos con lo que necesites. Sólo pídelo y yo me aseguraré que se te dé —terminó Zeno.
Silva salió del cuarto sin poder pronunciar palabra alguna.
—Sí, abuelo; por el momento pediré que cancelen cualquier compromiso que hayan hecho con alguna mujer. Desde ahora, yo me aseguraré de conseguir beneficios para Kil.
Illumi poseía un particular defecto en su persona; pese a que estaba consciente de que el trato que recibía no era justo, tenía tanto miedo de pensar en ello que prefería evitarlo. Las constantes humillaciones por parte del hombre de Nen; el nefasto trato que su abuelo y sus padres le daban al usarlo como un vil objeto, sin posibilidad de discutir su posición y el desprecio de quienes le rodeaban; siempre fingía no enterarse de ello. Illumi hacía caso omiso de la negatividad que día a día lo cercaba; se enfocaba en los pequeñísimos detalles que hacían que su vida valiera la pena. En cuanto supo que su abuelo le había dado carta para que hiciera lo que le placiera, no pensó en lo muy vergonzoso que era ser usado como un objeto sexual para beneficiar a su padre, sino decidió pensar en la victoria que le significaba; estaba a salvo de ser forzado de sostener un matrimonio cuando su corazón pertenecía a su pequeño hermano. Cerraba sus ojos a la verdad, como medida preventiva contra el dolor que le traería la desgracia de su realidad.
Illumi recibió la notificación de que tendría que hacerse cargo de su hermano más pequeño. Kalluto se sumaría a su rutina de entrenamientos con tal de mejorar sus habilidades. Su principal deber con el más pequeño era evaluarlo. Silva quería estar seguro de que Kikyo estuviera haciendo bien su trabajo, confiaba más en su hijo mayor que en ella en cuanto a esos aspectos; era consciente que su hijo tenía mucha habilidad como maestro y aprendiz, puesto que era dedicado y responsable.
Hasta donde Illumi sabía, Killua y Kalluto no tenían una gran relación. Su abuelo le explicó que habían batallado en congeniar, debido a que el más pequeño gustaba de la tortura, cosa que Killua consideraba inaceptable, mientras que Kalluto consideraba a su hermano "exagerado con sus reglas". Así que se preparó para ver un montón de discusiones entre los dos niños.
En cuanto Killua supo que Kalluto tendría que tratar a Illumi como su nueva autoridad, le preocuparon un par de detalles en particular; suponía una terrible desgracia tratar con una persona tan complicada como Illumi, alguien que fácilmente se volvía insoportable; además su hermano mayor era un asesino frívolo y desalmado, temía que Kalluto terminara imitando al morocho, si es que éste continuaba con su mentalidad violenta, heredada de su madre. Así que, hizo un gran esfuerzo por ganarse a su hermano menor, antes de que su otro hermano lo hiciera, y así evitase perder a una persona importante en su vida.
—Kalluto, ¿quieres jugar?
Tras el regreso de Illumi, Killua comenzó a insistir en acercarse al pequeño, el problema era que no sabía cómo hacerlo.
—¿Jugar?, ¿a qué cosa?
Kalluto no le facilitaba las cosas. Era muy tímido, lo cual lo volvía callado; y no sólo eso, tenía costumbres extrañas; no sabía ni lo que era jugar a algo de niños.
—Alluka y yo solemos jugar a ocultarnos en el bosque; ella se esconde y yo salgo a buscarla. Se supone que debe ser difícil de encontrar, aunque con ella siempre finjo no darme cuenta —se burló con una amable sonrisa.
No lo confesaría, pero le daba cierta ternura su hermano menor. Lo veía tan pequeño que le daban ganas de abrazarlo. Le parecía un bebé apenas, sin importar si él mismo era igual de pequeño.
—Pero yo no sé jugar a eso, ¿seguro que quieres jugar?
Kalluto se sentía torpe delante de Killua, detestaba admitir que no entendía eso de jugar a cosas de niños, tampoco tenía juguetes en su cuarto. Kikyo nunca había tenido esa decencia con su hijo menor. Para colmo entre más se esforzaba el albino por tratarlo, más descubría lo complejo que era entablar una amistad con él. Hasta ahora, Alluka era la única persona en el mundo que le hacía olvidar su vida como asesino. Todo lo bueno y divertido que conocía, se lo debía a ella. La amaba con todo su corazón porque le hacía darse cuenta de que el mundo era algo más que sólo sangre. Quería compartir toda esa alegría con su hermano más pequeño, deseaba que Kalluto lo disfrutara tanto como él.
—La próxima semana, planeo llevar a Alluka al peñasco donde entrenamos, ¿te gustaría venir con nosotros? —cierto día se lo preguntó, durante su descanso.
Kalluto era consciente que Alluka estaba encerrada en alguna parte de la casa, y que el peliblanco llevaba meses sin verla, ni saber nada de ella; también que esa ignorancia era cortesía de su hermano mayor. Le asustaban sus habilidades de control mental. Por ello detestaba profundamente escucharle hablar de su hermana como si todos los días la viera, sin darse cuenta que en realidad era una invención de su mente, no podía mantenerse tranquilo ante esa triste realidad.
—No lo sé… —tenía miedo de dejarse llevar por esos juegos mentales y caer en alguna trampa de Illumi.
—A Alluka le encantará venir con nosotros.
Killua sólo hablaba de su hermana. Su máximo tema de conversación era sobre lo mucho que se divertía con Alluka, de todas las travesuras que solían hacer juntos y de lo muy genial que era pasar el tiempo con ella. Esto al principio no le era importante al más pequeño, pero conforme pasó el tiempo, comenzó a parecerle molesto. Todo en su conversación giraba en torno a lo que la niña quería, y hacía. Comenzaba a cansarse de tanta conversación sin sentido, porque Killua no volvería a ver a su hermana y no soportaba que no se diera cuenta de ello.
—No sé —se giró mostrando su descontento. Siendo tan pequeño, le era muy difícil disimular sus emociones como lo hacían sus hermanos mayores.
—¿No sabes?, ¡es todo lo que siempre respondes!
A Killua le comenzaba a fastidiar esa actitud de su hermano, no parecía darle importancia a su esfuerzo por relacionarse con él.
—Y tú todo lo que hablas es sobre Alluka…
El reclamo le pareció irracional, él se esmeraba por llevarse bien con su hermano menor, pero Kalluto sólo se lo dificultaba cada vez más.
—¡Ella es la persona más divertida del mundo!, no sabes de lo que hablas, como no quieres juntarte con ella, no tienes idea de lo que es. Además, tú te la pasas callado, por lo menos yo intento conversar contigo.
—Si no tienes otro tema que no sea Alluka…, no necesitas esforzarte por llevarte bien conmigo —respondió apenado—. Yo no necesito de hablar mucho.
—¡Mejor has tú la conversación!
Killua estaba herido, se había esforzado por ganarse a su hermano y este había resultado tan difícil como Illumi. Hubo un silencio incómodo. Dado que Kalluto quería agradarle, hizo conciencia de que debía poner de su parte para mejorar las cosas, tomó aire y pensó en algo de qué hablar.
—Mamá dice…
—¡¿Mamá?!, ¿en serio quieres hablar de ella?, ¡todo el mundo sabe que es una loca! —interrumpió exasperado, al menos él hablaba de alguien agradable, y Kalluto había optado por mencionar a la última persona con la que quería relacionarse.
—Sólo dices que es una loca por lo que has escuchado, pero ni siquiera la tratas como para que te atrevas a decir eso. No sabes quién es ella.
—Sí, lo sé, es una loca —continuó hiriente.
—Por lo menos no estoy con Illumi, él sí que está loco.
—¡No está loco! —de repente tuvo el impulso de defenderlo, aunque sin argumentos.
—Sí está loco, y está obsesionado contigo —levantó un dedo acusador—. Todos saben que está obsesionado contigo, y eres su bebé.
Se puso rojo de vergüenza. Hasta ese momento creía que nadie lo notaba más que él, y no quería reconocer que Illumi lo trataba como si fuera su propio hijo. Le incomodaba que su hermano lo mimara tanto frente a todos. Quería continuar la pelea, pero un pensamiento le asaltó, fue como una luz de realidad en sus ojos; observó a la persona con la que hablaba y de los temas que hablaban; su hermano menor era la persona con la que compartía más cosas en común, ambos estaban con personas con las que no querían estar, tanta era la convivencia que eran capaces de defenderlas a pesar de que éstas mismas les hacían sentir desdichados. Sí, sabía que Kalluto no disfrutaba su vida junto a su madre, y ahí estaba, actuando como su defensor cuando en realidad atribuía a ella todo su dolor. Suspiró profundamente, apartando toda ira de él.
—Estamos muy jodidos, Kalluto —confesó—. La verdad es que nuestras vidas son muy miserables gracias a ellos.
Kalluto bajó su mano y sonrió con tristeza.
Después de ese día, su lazo se volvió fuerte. Killua mostraba más paciencia con el pequeño, a quien ya no regañaba por sus arranques sangrientos, ni lo trataba como si fuera una copia de su madre. Kalluto empezó a buscar a su hermano durante las horas de descanso, solían juntarse a compartir entre ellos las técnicas y secretos que aprendían de su madre y de su hermano.
Pronto esto llamó la atención de Illumi. Esta extraña y nueva amistad le hizo sentirse en peligro. Kalluto era el único de quien no podía deshacerse tan fácil como lo había hecho con los demás. No era como Alluka: un niño abandonado a su suerte; ni mucho menos era ignorado. Él era un niño fuerte, el peón de su madre y por ello tenía cierta simpatía con él, despertaba en él una compasión especial al ver la tremenda carga con la que tenía que tratar todos los días. Kalluto era inteligente, más de lo que solía aparentar bajo su silenciosa fachada, e Illumi no podía subestimarle.
Dado que al inicio de la relación, los dos niños no se llevaban tan bien, confió en que la situación estaba controlada. Definitivamente, olvidó la capacidad del peliblanco para lidiar con las adversidades. Esta nueva relación parecía ir en ascenso. El instinto protector de Killua sobre su hermano menor le provocaba unos celos desmedidos, y la peor parte era que ya no tenía la capacidad de antes para controlar esos impulsos, mismos que se habían fortalecido en un modo que él no creyó posible.
Le molestaba bastante que en sus horas de descanso pasaran tiempo juntos, hablando a escondidas, en algún recóndito sitio dentro del bosque. Detestaba que durante sus entrenamientos y trabajos, se hablaran en código, sugiriéndose cosas en sus narices, ignorándolo como si él no existiera para ellos. Día a día esa relación se volvía una estaca en su corazón. Kalluto solía hacer comentarios sarcásticos en los momentos menos adecuados, provocando la risa del peliblanco y frustrando sus sentimientos. No podía actuar en su contra. No era como si pudiera ir y solicitar a su padre que le quitaran la responsabilidad sobre Kalluto, ni acusarlo de ser peligroso para su hermano. Estaba en una encrucijada. Sólo le quedaba una opción; aceptar su papel y cumplirlo con decencia.
Muchas veces aguantó las bromas que entre ambos se decían a sus espaldas. Resistió las ganas de responder a las burlas del más pequeño, las cuales le hacían sufrir dolores de cabeza por causa de su impertinencia. Por supuesto, esto era sólo su interpretación, no que Kalluto de verdad fuera grosero con él, más bien solía mostrar una alianza con Killua, se esforzaba en ello y solía seguirle el juego a su hermano cuando se trataba de llevarle la contraria al mayor. No respondía demasiadas palabras, ni daba tantos argumentos, sólo lo suficiente para transmitir unión a su hermano, cosa suficiente para sacar de las casillas a Illumi, quien le dirigía una mirada de desprecio cada vez que escuchaba su voz.
Illumi sólo se comportaba así con Kalluto cuando estaba frente al albino. El resto del tiempo solía ser bueno con él, le daba su espacio y de vez en cuando le daba algún sabio consejo para mejorar su desempeño. Era como tratar con dos personas al mismo tiempo. Y no estaba muy lejos de la realidad. El ente dejaba salir a su anfitrión cuando deseaba que él se arruinara a sí mismo. Lo forzaba a estar en el primer plano cuando le convenía, es decir, en los momentos en que Kalluto se veía más cercano a Killua, o cuando los mayordomos rodeaban a los pequeños y les daban un trato agradable. Siempre que encontraba una escena como esta, le dejaba salir, alegando que era mejor que él aprendiera a batallar con esas cosas, o que estaba cansado; aburrido, o cualquier excusa que viniera a su mente y que le fuera útil para abandonar el plano, dejándolo en una situación imposible. En cuanto Illumi terminaba su escena de celos, haciéndolo ver como el malo de la historia, lo volvía a encerrar en el segundo plano, argumentando que él arreglaría el desastre que había provocado. Esto era terrible. Un plan cruel que pronto comenzaría a dar frutos. Había sido paciente por mucho tiempo, esperando el momento adecuado para que el deseo de Illumi se volviera una carga insoportable para su anfitrión y terminara perdiendo la sana razón.
Illumi comenzó a tener roces cada vez más irritantes con Killua. Al principio el niño se había resistido como era su costumbre. Quejarse con su hermano menor de toda la ira que se guardaba era lo único que había hecho hasta ahora para resistir. Sin embargo, ya tenía suficiente edad para razonar, su hermano mayor no le intimidaba como antes, y no sentía tantos deseos por aguardar en silencio. Lo que al inicio eran sólo gestos de molestia por parte del albino, terminaron por volverse largas discusiones entre ambos. Illumi le reclamaba por su secretismo, por actuar como si él fuera un mueble cualquiera, y Killua le argüía diciendo que él también se comportaba de ese modo con Kalluto, que era lo mínimo que se merecía por ser tan mala persona con el más pequeño.
Esas cansinas discusiones frecuentemente terminaban cuando Illumi cedía a su orgullo, dejando que el niño se desahogara, para que al final le concediera algo a cambio; como tiempo de descanso, o un trato más o menos digno a su hermano menor.
—¿Kalluto, podrías, por favor, subir ahí y hacer la labor de vigilancia mientras yo termino el trabajo?
Le pidió justo después de una larga discusión con Killua por ver quién de los tres terminaría el trabajo. El albino se la había pasado alegando que era demasiado peligroso para Kalluto, y le había reclamado por forzar al menor a hacer los trabajos más complejos. En conclusión, tras la larga pelea, Illumi terminó hablando con Kalluto como si el menor fuera demasiado delicado como para escuchar palabras duras.
—Sí, voy.
—Hasta que por fin haces algo bien —escuchó que Killua le decía con dura ironía.
Illumi se tragaba sus emociones, fingiendo que no le importaban esas palabras dichas con tanto odio. Quería asumir su papel como el adulto que comenzaba a ser, y no era bien visto que un hombre maduro discutiera sin fin con un mocoso.
Contra todo lo que Killua pudiera esperar en respuesta, Illumi sólo le sonreía forzadamente, como si intentara decirle que estaba bien si le hablaba de ese modo, y esa sonrisa irritaba más al albino. Habitualmente el morocho le hacía cumplidos durante sus misiones, alababa su manera de realizar su trabajo, con la inocente intención de hacerlo sentir bien y orillarlo a bajar la guardia. Tristemente eso sólo enfadaba más al albino, porque le hacía recordar que estaba siendo un cretino con su comportamiento irónico, cuando el morocho le trataba tan bien, y al final tenía que lidiar con la culpa de haberlo tratado mal. Usualmente, después de sentir culpa, solía aguantar más los desplantes de su hermano mayor e incluso trataba de ser amable con él, como para compensar su falta de tacto. Al final era un ciclo que se repetía como una espiral hacia abajo. Los halagos de su hermano sólo le daban asco, lo hacían sentir como si tuviera un perro faldero en lugar de una autoridad. A veces le daban ganas de pisotearlo con tal de hacerle ver lo muy ridículo que se veía actuando de ese modo. Illumi se esforzaba mucho por romper con el ciclo, pero apenas veía que Killua prefería mantener su cercanía con Kalluto, perdía los estribos y terminaba diciendo o haciendo cosas tan hirientes, iguales o peores a las que el niño solía responder. El único que disfrutaba aquello era Nimrod, que esperaba con paciencia la caída de Illumi.
Por otro lado, Kalluto solía comprender mejor la situación. Por boca de su madre, sabía que Illumi no era precisamente Illumi todo el tiempo, que había algo en él que, al igual que con Alluka, le dominaba en los momentos menos esperados. El meollo para él, era que no conocía los pormenores que sometían a su hermano a estar bajo esa condición. Entonces, cuando Illumi se comportaba sarcástico y cruel, creía que se trataba de la entidad maligna y resistía, le ignoraba; actuaba como si no le hubieran dicho, ni hecho, nada agraviante. Lo que le molestaba en verdad, era ver a su hermano Killua perder la paciencia y romper en una larga discusión con lo que él acusaba de ser una entidad sin razonamiento. En muchas de esas ocasiones, acostumbraba a marcharse y dejarles hablando solos, al grado que, al regresar, descubría que ambos olvidaban el motivo original de su pelea. Sin embargo, Kalluto, temía por el bienestar de sus dos hermanos. Pelear así no era sano para ellos, ni para la familia. Destrozaba su unidad, su trabajo en equipo y eso los hacía ver débiles. Kalluto comprendía los celos de Illumi, él mismo se había sentido así en muchas ocasiones antes y por motivos similares a los de su hermano, pero no por ello aceptaba ser tratado como un estorbo. Se sometía a sí mismo a permanecer en silencio mientras ambos se embrollaban en palabras hirientes que sólo afectaban el pequeño lazo que alguna vez los unió.
Penosamente Illumi mantuvo ese mal vicio de tratar de alejar a todos de Killua, como si con ello fuera a ganar algo positivo. Nimrod no le detuvo, ni siquiera se tomó la mínima molestia en mostrarle su error al novato muchacho, que no sabía cómo lidiar con sus sentimientos por su hermano. Este ciclo permaneció por una larga temporada, hasta que cierto día, Illumi atinó una forma de solucionar su problema.
Era de madrugada cuando todo pasó, el destello del Sol apenas se podía notar detrás de un montón de nubes que adornaban el oscuro cielo. Killua y él se encontraban en lo alto de un edificio. Lo había vuelto a hacer, apartó a Kalluto de su hermano, enviándolo solo a resolver el trabajo mientras que ellos dos lo esperaban desde ese punto a lo lejos, pretendiendo vigilarlo cuando en realidad no estaba claro si eran capaces de ver más allá del edificio.
El albino nuevamente estaba perdiendo la paciencia. Llevaba horas sin dormir ni comer, por cuestiones de trabajo; el distrés comenzaba a mermar su buen humor y no toleraba ver a Illumi tratando a su hermano menor como si fuera cualquier cosa; enviándolo a la misión, sin ningún tipo de ayuda.
—Di lo que quieras, pero si ese fuera yo, tú estarías adentro del edificio "cuidando que no me pase nada" —habló el albino, mientras desesperado se inclinaba al vacío, tentado a saltar—, ¿cómo se supone que vamos a ayudarlo si ni siquiera sabemos si necesita ayuda? Papá siempre dice que es prioridad que estemos a salvo antes que exponernos a cualquier peligro, y tú lo expones al peligro, ¿no crees que contradices lo que papá nos enseña?, ¿conoces algo llamado "trabajo en equipo"?, no lo creo, no pareces un chico listo…
—Killua… —interrumpió su lista de reproches—, ¿podrías estar en silencio un rato mientras Kalluto termina su trabajo?
—¡Oh, lo siento! Como no puedo ver si él ya terminó su trabajo, creí que ya había acabado. Mi culpa. Cerraré la boca de una vez, a ver si así mi silencio me dota de poderes especiales para ver a través de las paredes. Quizá Kalluto nos necesita, pero el ruido de mi boca impide que podamos ir a ayudarlo.
—Kil… silencio, ¿eso es difícil?
No lo admitiría, pero también le comenzaba a fastidiar la cantidad de reclamos que el niño siempre traía a la luz. Le hacía recordar a las largas discusiones que su madre solía tener con su padre.
—¡No veo en qué te ayudaría que yo actuara como un perro amaestrado!, ¿eso quieres, verdad?, quieres que no abra la boca y te haga ver lo muy indulgente que estás siendo con Kalluto. Yo no te lo permitiré, le diré a papá que no sabes hacer bien tu trabajo. Si él fuera yo…
—Pero no lo es.
Volvió a interrumpir, había caído en sus juegos otra vez y de nuevo empezarían una eterna pelea que terminaría sin saber si Kalluto había salido del edificio o no.
—Tú eres el heredero de la familia, naturalmente tengo un deber más importante contigo que con Kalluto. Además Kalluto está siendo evaluado por mí, no está aquí para que yo lo mime, está aquí para determinar su habilidad. A diferencia del modo en que usualmente trabajo contigo, yo puedo hacer mi evaluación desde esta distancia sin ningún problema, ¿eso es lo que quieres escuchar?
—¿Cómo se supone que lo haces?, yo no veo absolutamente nada en especial en ti como para creer en eso.
—Nen —respondió a secas.
Killua se quedó esperando a que continuara con su explicación, pero esa palabra fue todo lo que recibió como respuesta.
—¿Eso es todo?, ¿se supone que esa maldita estupidez te dota de toda clase de poderes mágicos que resuelven toda tu vida?, ¿me crees idiota?
Volvió a mirarle, sonriéndole de ese modo que sólo le hacía recordar al albino que estaba actuando como un cretino.
—No, Kil…
—Sí, eso es un completo sí. Siempre actúas como el tipo genial mientras nos ves a todos por encima de tu hombro, ésta es sólo otra de tus manipulaciones, pero ya no voy a caer, ¡ya no! Estoy harto, iré a ayudar a Kalluto. Adiós.
Iba a brincar desde aquella planta, lo iba a hacer y correr junto a su hermano, pero la mano firme de Illumi le detuvo, tomándolo fuertemente por el hombro antes de que pudiera moverse.
—Si vas…
—¿Qué?, ¡¿si voy qué?!
Quería seguir retando a Illumi, quería que él se diera cuenta que no podía manipularlo por siempre. Creía que provocándolo, tarde o temprano, terminaría por hacerlo entrar en razón. Ningún buen argumento sería útil con alguien tan cerrado como lo era su hermano mayor, tendría que jugar bajo las reglas de los Zoldyck si es que quería conseguir un beneficio. Contrario a sus deseos, entre más reclamaba, más paciencia despertaba en el mayor.
Le había gritado e insultado, con el objetivo de hacerlo reaccionar de su necedad y que le concediera el permiso de ir tras su hermano menor. Nunca imaginó que su hermano tendría algún arma que frenaría todos sus planes de tajo.
Illumi escuchó ese grito como todas las veces anteriores. Estaba a punto de actuar como ya era su costumbre, darle por su lado; aceptar su derrota y tratar de consolarle siendo exageradamente noble, hasta provocar que Killua se sintiera culpable, así conseguir unos cuantos días de calma. Pero ya estaba harto, ya no quería treguas de un par de días, para luego regresar a la misma basura de la que habían salido, no podía permitir que las cosas siguieran así.
—Te besaré —contestó en un arranque de desesperación, incluso él mismo se impresionó de su advertencia, pero actuó como si fuera cualquier cosa.
—¿Qué? —toda inspiración le fue arrebatada.
No podía contender contra eso porque no era una amenaza verdadera, no le estaban arrebatando algo vital, sólo le estaban diciendo que harían algo dulce en retribución. Por razones obvias, no creyó en esa advertencia.
—Si das un paso más o continúas con tu drama, te besaré. Así de simple.
Se enorgulleció de sí mismo. Killua ya no mostraba esa aura defensiva que no le permitía el paso a sus emociones. Por un momento el albino dudó, pero luego se dio la vuelta, convencido de que la amenaza era demasiado ridícula como para ser tomada en cuenta.
—Lo que sea Illumi, no tengo tiempo para tus estupideces.
Se aproximó a la orilla del edificio, listo para saltar y el brazo de Illumi volvió a detenerlo, esta vez con mayor violencia. El morocho lo tomó de la muñeca, jalándolo con fuerza hasta atraerlo a su cuerpo y quedar de frente. Por supuesto que Killua respondió a ese movimiento, e intentó darle un golpe con su otra mano libre, a lo que el mayor respondió atrapando su otro brazo. Con gran velocidad atrapó ambas muñecas en una sola mano. Agradecía que Killua fuera lo suficientemente pequeño y así manipular su cuerpo sin ningún problema. Con el niño sometido, se inclinó, tomando con su otra mano el pequeño mentón del albino.
—Te lo advertí —susurró contra sus labios.
Sus rostros estaban lo suficientemente cerca como para que sus respiraciones chocaran. Illumi estaba en absoluto emocionado por lo que estaba haciendo —sin ayuda del ente—. No quiso detenerse a pensar en los peligros a los que se aventuraba al realizar tal acción. No dejó pasar más tiempo, y con suma pasión se arriesgó a besar sus pequeños labios, los atrapó con los suyos, en un beso inocente, puesto que quería ser suave con él. Después de todo, sabía de sobra que era su primer beso. Al principio sólo paseaba sus labios de forma sutil sobre los de su hermano, debido a que Killua estaba lo suficientemente confundido para reaccionar. Luego, notó que el niño tragaba saliva, dándose cuenta que en verdad Illumi le estaba besando. En primer instancia intentó separarse con un poco de violencia, como una reacción natural, pero Illumi estaba comenzando a encenderse tanto que no permitió que el niño se apartara. Aumentó su fuerza, le soltó las manos y lo acercó más a su cuerpo, en un semi-abrazo, mientras que sus labios aún se sostenían en un acto que duró unos segundos más, antes de que Killua volviera a recuperar su voluntad y bruscamente se apartó de Illumi.
Killua respiraba apresurado, mientras que lanzaba una mirada de confusión y odio a su hermano mayor.
—¡¿Cuál es tu maldito problema?!
Exclamó limpiándose los labios con ambas manos, su cabeza dio vueltas intentando contener sus sentimientos. No podía enojarse porque no consideraba aquello como un acto maligno, pero tampoco se podía alegrar de haber sido besado sin su consentimiento.
—Te lo advertí.
—¿Y eso te da derecho a b-b…?
Ni siquiera podía decir la palabra y se ruborizó al grado que ya no pudo continuar hablando, no le quedaba energía para discutir. Se quedó mirando al edificio, esperando a que Kalluto saliera de ahí y rogaba que fuera pronto para no tener que estar cerca de ese desagradable tipo por más tiempo.
Eso fue lo que Illumi descubrió que podía hacer para arreglar cualquier diferencia entre ambos. A partir de entonces bastaba una mirada para que el albino cerrara la boca antes de comenzar una discusión, incluso se ruborizaba ante el pensamiento de lo que su hermano era capaz de hacer si continuaba con su postura rebelde. El indefenso albino entró en pánico, ese beso le había trasmitido algo que él no comprendía, y que le asustaba como si su propia vida estuviera en riesgo. Era un muchacho muy despierto y eso le ayudaba a sobrevivir a muchas desgracias. Kalluto no quiso cuestionar lo que pasaba, mientras que ambos dejaran sus peleas, él estaba satisfecho.
No obstante en Illumi, un fuego abrasador se encendió en su corazón, una poderosa forma de satisfacer el hambre que tenía por su adorado niño. Comenzó a comprender lo que significaba aquello; si había podido besar a Killua, siendo su hermano, sin ningún problema ni una intervención de por medio, significaba que podía volver a hacerlo. Lo único que lo había detenido hasta ahora era una barrera invisible; leyes de la naturaleza y la moralidad establecidas en la sociedad. ¿Quién decía que un par de hermanos no podían amarse como lo hacían los amantes? Illumi conocía lo que los antiguos decían con respecto a las almas, la reencarnación, todo aquello que afirmaba que un alma provenía de cuerpos antiguos, de otros lados y épocas. Quizá en otra vida, Killua y él fueron amantes, y ahora, por azares del destino, habían nacido como un par de hermanos.
«Hermanos», era la limitante que hasta ahora le había detenido. Ser hijos de los mismos padres era lo que había arruinado su fantasía. Se decía a sí mismo que Killua y él eran almas viejas, vividas en otros tiempos y plagadas de historias, ¿por qué habría de respetar esas normas que habían sido establecidas por cuestiones de conveniencia?, no era como si fueran a tener hijos para que le preocupara tener una descendencia corrompida por alguna enfermedad.
Se había vuelto testigo de aquello que los otros Iluminados le hablaron durante la ceremonia donde se inició; esa libertad que el ente poseía y disfrutaba. Libre de las cargas morales y sociales, dogmas y reglas establecidas en otros tiempos por personas a las que no debía darles importancia. Y ahora él era libre de esas cadenas, podía compartir junto con esos seres libres, las bendiciones y placeres que sólo las personas con mentes abiertas e inteligentes podían gozar. No quería limitarse de nuevo, por fin era libre, lo besaría otra vez, lo tocaría de un modo más pasional.
«Pero esto es algo que sólo comprendes tú. Killua no lo sabe, a él lo atan sus propias cadenas, y las suyas son más poderosas que las tuyas», le advirtió el ente cuando notó que su anfitrión estaba amenazando con descubrir una solución a su deseo.
—No necesité tu ayuda para besarlo, y no la necesitaré ahora.
Tal vez uno podría creer que Illumi estaba cerca de liberarse de ese poderoso ser, sin embargo, las nuevas ataduras que él tenía eran más resistentes de lo que imaginaba y él ente le conocía en un modo tan profundo que sólo tuvo que halar de ellas un poco para volver a someter a su anfitrión a sus planes.
«¿Cómo piensas liberarle, eh? ¿Acaso crees que conoces los secretos que hacen despertar a los hombres de sus letargos y les abre sus mentes a ideas más brillantes?, no puedes despertar a un niño tan dócil que es regido por sus emociones; sus leyes morales implican la protección y seguridad de quienes ama, y es capaz de dar la vida por ellos y no me lo puedes negar. Apenas tocas un área sensible y él enloquecerá contra ti, te retachará de pervertido y no sólo eso…, para lograr lo que deseas necesitarás el apoyo de quienes rodean a tu hermanito, ¿acaso crees que te apoyarán si escuchan al niño quejarse de tus impertinencias sensuales?, si eso ocurriera, entonces no sólo te verían con odio, te alejarían por completo de él».
Y así, con un montón de palabras bien dichas, logró controlar al Zoldyck. No era que Illumi fuera tonto y no pudiera pensar en un modo de ganar a los argumentos del ente. Resultaba que él era muy inocente a sus propios sentimientos. Años reprimiéndose le habían valido en una completa falta de experiencia para enfrentar sus emociones, años en los que incluso evitó pensar en sí mismo por temor a caer en un pozo muy profundo. Añadiendo que su deseo era ya incontrolable, no le permitía razonar correctamente, era como un sediento en medio del desierto, buscando agua para satisfacer su necesidad sin poder hallarla. Si tan sólo hubiera continuado con aquella idea de satisfacerse con pequeñas gotas, habría encontrado un manantial que le ayudaría a enfrentar a esa entidad maligna. Lamentablemente, no fue su caso.
Killua estuvo paralizado por sus amables amenazas por más tiempo, más de lo que le habría gustado reconocer. Incluso aceptó a pasar unas horas junto a él durante su cumpleaños número once, después de que Illumi le dijera que si no lo hacía volvería a repetirse aquella escena. Eso mismo le hacía sentir escalofríos, porque discernía en esas amenazas un aire de perversión. Con sólo decirle esas palabras, él ya se sentía invadido. Intuía en su hermano algo que le hacía dudar de su honor y de la pureza de sus intenciones; por supuesto, estaba en lo correcto. Sin embargo, antes de que pudiera recuperar un poco la paz entre ambos, la tregua volvió a tener un mal giro.
Debido a que la actitud de Illumi solía asustarlo, su deseo por refugiarse bajo la compañía de Kalluto se acentúo bastante. El albino emprendió a buscarle con mayor frecuencia, y de alguna manera esto comenzó a funcionar bastante bien. Kalluto disfrutaba mucho de su compañía. Se esforzaba por ser recíprocamente agradable para él, inclusive comenzaba a aliarse a él en sus opiniones. Quizá no le contestaba a Illumi en sus arranques de celos, pero solía lanzarle miradas cómplices al albino, rodaba los ojos frente a Illumi siempre que salía con sus impertinencias, cosa que lentamente fue hartando al mayor. Las miradas que ambos niños compartían eran un martirio, en todo el sentido de la palabra, porque ya no sólo eran simples miradas, eran mensajes. Muchos de los tales provocaban la risa del albino, y eso indicaba que ambos hablaban sobre él, posiblemente cosas malas y burlescas. Kalluto se animó a imitar la actitud rebelde del albino, en una forma menos remarcada, empero más ofensiva, porque no eran necesarias palabras para ridiculizar a su hermano mayor, simplemente usaba el lazo que mantenía con su hermano para hacerlo sentir miserable.
Illumi resistió, lo hizo tanto como su cuerpo se lo permitió. Callando frente a esos desplantes, amenazando románticamente a su hermano, y conteniendo su deseo por abofetear a Kalluto. Lo resistió como un valiente, reprimiendo sus emociones, hasta que ya no pudo más.
Volveré el viernes 5 de Agosto. Hasta ése entonces nos volveremos a encontrar.'.
