Lamento el atraso, estuve esperando a mi beta Kalen, pero nunca me envió el capítulo.
Les tengo una noticia importante, para aquellos que leen las notas de autor.
93 en Babel
Capítulo 15
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Fue un tonto al creer que nada malo ocurriría si externaba sus dudas; que su madre sólo actuaba como una loca por causa de su entrenamiento. Se llevó una gran decepción al escuchar de su boca un grito horroroso de rechazo.
—¡¿Crees que hemos hecho todo esto sólo porque es nuestro mero placer?!, ¡tu padre y yo hemos trabajado duro por tu entrenamiento!, ¡¿cómo puedes rechazar todo el esfuerzo que hemos hecho por ti?!, mocoso insolente, malagradecido.
Se tiró al suelo en un acto dramático de sufrimiento y acto seguido se cubrió el rostro cubierto de lágrimas, como si las meras palabras del niño hubieran bastado para derrumbarla.
Lejos de sentir pena por ella, se asqueó. Era escalofriante verla actuar como si no tuviera control de sus emociones, sin un rastro de reverente templanza ni comprensión maternal.
—¡Discúlpate con mamá! —reclamó Milluki azotando la mesa, con su rostro rojo de ira. Él sí que era vulnerable a las emociones de la mujer.
Kalluto estaba a un lado, observando la situación, sin la más mínima intención de intervenir. Ya sabía que ella quedaría satisfecha hasta haber terminado su drama; tras escuchar palabras de arrepentimiento por parte del albino.
—¡Fue sólo una maldita pregunta!, no estoy diciendo que…
—¡Me rompes el corazón!, ¡¿cómo puedes ser tan estúpido?! —le gritó nuevamente—, Illumi… ese perverso, de seguro fue él quien te llevó a decir tantas tonterías.
—¡Oh por favor, esto es absurdo! —rodó los ojos con un inmenso fastidio—, no puedo creer que sólo por una pregunta hagas drama.
Milluki soltó un golpe hacia el rostro del menor en un agresivo intento por hacerlo callar, pero el albino ya era bastante veloz y no estuvo ni cerca de atinarle. Esto provocó más al corpulento iracundo que se abalanzó con toda su rabia contra él, provocando que ambos quedaran sobre el suelo asestándose golpes y gritándose cosas ofensivas, mientras que Kikyo lloraba aún más escandalosamente, y Kalluto observaba, silencioso, avergonzado por ver a todos actuar como tontos.
La pelea acabó por gracia de su abuelo, quién llegó en un momento inesperado para separar a ambos niños, y de paso silenció el escándalo de la mujer. Podía congeniar con el más pequeño de los Zoldyck, también le apenaba la absurda escena efectuada frente a los mayordomos. El abuelo tomó a Killua, que era el que lucía más abrumado de todos y lo llevó a un cuarto apartado. Prefería interrogarlo a él, no a los demás porque daba por un hecho que le mentirían en la cara con tal de no quedar como culpables. El único en quien confiaba era en ese nervioso albino que refunfuñaba entre dientes.
—¡Sólo fue una pregunta! Ella es una escandalosa, no puedo creer que sea mi madre.
—Ya cállate. Ya entendí tu historia, no necesitas añadir comentarios —le regañó porque lo merecía; por su falta de control, no porque creyera que en realidad había cometido un error.
Sin embargo guardó en su mente la pregunta que había abierto la discusión; Killua estaba indagando algo que ningún otro Zoldyck había hecho antes, en ninguna generación pasada que él recordara. Todos aceptaban su vida y sus deberes sin cuestionar nada. De nuevo daba muestras de pensar fuera de lo común, lo cual sólo añadiría más problemas a su vida.
«Quizá Illumi necesite saber esto. El efecto de la aguja podría estarse agotando», pensó agobiado y no apartó sus temores en toda la noche.
Una semana y media después, Illumi volvió a casa. Había acabado con sus tres objetivos, las otras dos personas que debía matar, un par de mujeres con habilidades extraordinarias. Le habían dado una excitante batalla, mejor que muchas otras peleas que hubiera tenido antes en su vida, y había ganado —ileso— como era su sello personal.
En el momento en el que entró a la casa, se encontró con un gran tumulto. Corría el rumor de que el pequeño heredero había escapado de casa, llevaban buscándolo alrededor de una hora para su siguiente lección. Al principio no habían hecho escándalo porque creyeron que era sólo una jugarreta, que le hallarían escondido en el cuarto de Illumi o por los alrededores de la casa, pero no fue así. Y tras unos minutos, cayeron en cuenta que no había lugar en el que el niño pudiera estar oculto. Se vieron forzados a dar el aviso a Kikyo; lejos de razonar las cosas, comenzó otro drama ordenando que se le buscara en la ciudad, afirmando que el niño había escapado de casa, interrogando a los mayordomos con montones de preguntas incómodas, sólo para concluir que su niño estaba intentando hacer un acto de rebeldía contra ella.
En cuanto le informaron al morocho lo que pasaba, se dio la vuelta sin mostrar ni un ápice de apuro, ordenó a un pequeño grupo de mayordomos a ir con él y caminaron tranquilamente entre la montaña. Conocía tan bien a ese niño que inmediatamente supo en dónde buscar. Sólo lo buscó para callar las quejas de la mujer que discutía acaloradamente con su abuelo. Quince minutos después, él mismo encontró al albino, oculto como un animal salvaje entre los arbustos. Sus miradas chocaron con mucha intensidad y entonces comprendió el trasfondo de esa huida: Killua se había enterado que él llegaría a casa y había intentado escapar antes de que ambos coincidieran. Había sido un intento desesperado por esconderse de él.
Lo tomó de la muñeca, apretándola con fuerza, y lo arrastró con violencia hasta la casa. El aviso de que el heredero había sido encontrado llegó hasta oídos de su madre y su abuelo, los cuales no atendieron porque estaban más sumidos en su batalla verbal, y les fue fácil asumir que Illumi se haría cargo del problema. No lo llevó al cuarto de castigos, en lugar de eso, lo arrastró hasta el mismo cuarto del menor y cerró con llave la puerta; lo arrojó a la cama, quedando un momento en silencio, mirándolo a los ojos con una ira que erizaría la piel de quién lo viera.
—Así que el pequeño heredero se quiere ir de casa, ¿eh? —inquirió.
Killua comenzó a temblar instintivamente, el temor ya estaba arrebatándole el aliento, se aferraba a la tela de la cama como si así pudiera hundirse y desaparecer de su captor.
—N… n-no —balbuceó tembloroso.
—Al menos esfuérzate por mentirme —se aproximó a él, tomando con fuerza la quijada del niño y acercó su rostro para intimidarlo—, ¿ves el alboroto qué has provocado?, ¿qué se supone que estabas haciendo?
—Yo… yo, sólo… paseaba.
Una bofetada en la cara le hizo perder la visión por un instante. El golpe le había llegado por sorpresa y ahora veía hacia la pared, con sus ojos llorosos por el miedo que le provocaba la presión del Nen y la aguja en su cabeza, intentaba luchar en vano.
—Sigues mintiéndome como si yo fuera un idiota, ¿luzco como un idiota Killua?
—No —apretó los ojos, y volvió a sentir que Illumi apretaba su rostro para forzarlo a voltear.
—Mírame a los ojos cuando te hablo, ¿luzco como un idiota?
—No.
Respondió con dolor, dirigiendo su vista directamente a ese rostro malévolo y dejando escapar un par de lágrimas que habían estado suprimidas en sus orbes.
—Te estabas escondiendo, ¿cierto? Te escondías de mí.
Killua asintió con la cabeza, no podía hablar porque su hermano aún le sostenía de la mandíbula y apenas podía abrir la boca
—De mí… yo que estaba muy lejos.
Mientras hablaba, liberó el rostro de su hermano, deslizando su mano por el pecho del niño, bajando hasta encontrarse con el borde de su playera.
—Todo este tiempo estuve tan preocupado por ti, preguntándome si mi pequeño y adorable hermanito estaba bien.
Metió su mano debajo de la ropa del menor, el cual se estremeció ante la idea de lo que fuera a hacerle. Illumi deslizaba sus fríos dedos por su cuerpo, para amedrentar al niño que estaba mudo del pánico. Killua buscando en su mente una respuesta a su incomodidad, quería entender porque aquello estaba mal; detestaba el modo en que le tocaba, esta vez sin justificación alguna, y veía con insistencia hacía la puerta cerrada con llave, figurando un modo para escapar.
—¿Qué, qué haces? —le preguntó, pero Illumi no le respondió.
Siguió deslizando su mano, hasta su abdomen, buscando el inicio de su pantalón. Killua estaba seguro que si no hacía algo, aquel monstruo encontraría el camino hasta su ropa interior y ese pensamiento le hizo tener escalofríos.
—Aniki, aniki… por favor, lo siento… no lo volveré a hacer.
—Killua, ¿es que no lo entiendes?, te lo he dicho ya, tú eres sólo una marioneta de la oscuridad. Mi marioneta. —Su voz sonaba más profunda de lo usual, suave como en un murmullo— ¿Sabes qué significa?
—Que no puedo desear nada más —contestó.
Esto era algo que Nimrod solía decirle al inicio de todas sus clases y de sus misiones, como una especie de mantra para liberarlo de la culpa de matar. Desde que Nimrod había tomado su lugar, le hacía recordar que no era libre, que todo su ser estaba al servicio de Illumi, y que —salvo que su padre interviniera— esto sería así por siempre. Killua sabía perfectamente cómo responder cuando comenzaba su discurso sobre la marioneta, ya había memorizado todo lo que su acosador deseaba escuchar de su boca.
—Perfecto… —se inclinó sobre el albino, acercándose a su oído y susurrando— dejaré que reflexiones un poco sobre tus acciones. Volveré más tarde.
Luego le dejó ir. Salió del cuarto, no sin antes asegurarse de, una vez más, cerrar con llave. Killua quedó hecho trizas sobre su cama, con su corazón latiendo fuertemente y sus sueños frustrados. No lloró, esta vez, se tragó su amargura y en lugar de eso miró con enfado al techo de su cuarto hasta que se quedó dormido.
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Dos días después, Silva estaba de vuelta en la mansión. Recibió la sorpresa de todo el drama que se había llevado a cabo, y lejos de mostrar preocupación, soltó una carcajada e hizo burla del asunto como si no hubiera sido relevante. Lo único a lo que le dio importancia fue a lo que Zeno le dijo sobre la aguja.
—No hay nada de malo con la aguja —afirmó Illumi cuando se le cuestionó sobre el temor del anciano.
Zeno en verdad quería estar seguro que no fuera un error del mayor que el niño tuviera estas dudas. Ningún otro asesino de la familia había mostrado una preocupación similar, ni se había cuestionado al respecto. Hasta donde él recordaba, todos habían sido obedientes y aceptado su cargo; desempeñando su papel del mejor modo que habían podido. Y ahora, un niño de once años estaba hablando como si hubiera descubierto que tenía otra misión en la vida. Claro, estaba exagerando, pero lo hacía con una causa justa.
Illumi les aseveró que no había error alguno en su trabajo. Si Killua hacía preguntas así, era por causas ajenas a los efectos de la aguja, y también se comprometió a corregir sus dudas. A convencerlo de concentrarse en su trabajo y no desear otra cosa más allá, y a este compromiso también se unieron Silva y Zeno, debía ser trabajo en equipo. Por supuesto, tal trabajo en equipo eran sólo palabras. Cada quién, al final, haría lo que le diera la gana.
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Illumi hizo gala de la gran popularidad que había ganado en Tierra Sagrada. Todos los días recibía llamadas de diferentes asesinos que buscaban consejo de él o le solicitaban para algún trabajo; unos le buscaban más que otros, y esto complacía a Silva y Zeno. Encantados de ver los múltiples beneficios que traía a la familia. Permitía que evaluaran quién era el mejor postor para el morocho, y entre tantas llamadas, pronto se dieron cuenta que sería difícil decidirse por uno.
Adalfuns contactó a los Zoldyck durante esos días, deseaba que Illumi hiciera un trabajo para él. En momentos como este, Silva se apenaba de poner a su hijo en tales situaciones; los hombres de la isla no solían disimular sus intenciones y pese a que usaban excusas laborales, se evidenciaba lo que en verdad buscaban, y esto en muchas ocasiones le incomodaba. Esperaba que entre tanto hombre, pronto apareciera uno que de verdad valiera la pena como para entregarlo.
Para el asunto de Aldafuns decidió enviar a sus dos hijos, Illumi y Killua. No se trataba simplemente de usar a Illumi, también debía recordarle a los interesados que debían dar algo de valor y utilidad para el albino. Un simple mensaje: «si quieres a mi hijo mayor, ¿qué tienes para ofrecer a mi heredero?».
Illumi, o mejor dicho Nimrod, obedeció aunque de mala gana; no quería ser visto como un niñero, actuando como un padre soltero, y así perder toda su aura de libertad que era lo que tanto atraía a esos hombres.
Adalfuns entendió perfectamente el mensaje de Silva, y contrario a lo que Nimrod esperaba, no tuvo ni el más mínimo reparo en continuar con sus intenciones; se entusiasmó al ver que Silva protegía la integridad sexual de su hijo mayor. No podría asaltarlo sexualmente estando un niño a su lado las veinticuatro horas del día, eso significaba que era más valioso para él. Silva había jugado muy bien sus cartas.
Un grupo de terroristas habían estado amenazando con destruir una cede importante en cierto país. Los gobernantes, decididos a poner un alto, contrataron a un profesional recomendado por los organismos mundiales. Los Asesinos de la isla fueron convocados y Adalfuns había tomado el caso sólo porque quería ver a Illumi en acción. En cuanto tuvo el permiso, llamó a los Zoldyck y él fue como observador.
Illumi iba desesperado, ansioso por acabar el trabajo cuanto antes; no quería estar fuera de casa por mucho tiempo. Estaba harto de las interrupciones en su plan. Lo peor era que Adalfuns llevaba horas coqueteándole sin ningún pudor, y frente a su hermano menor. Aunque agradecía que Killua no entendiera a la mayoría de sus acciones e indirectas, no quería darle material para cotilleo con los mayordomos.
—Ahí está el objetivo, señor Adalfuns ¿qué desea que hagamos ahora?
Pero el hombre estaba perdido en su imaginación, observando con deseo el cuerpo del muchacho. Illumi lo había notado, sentía su mirada hambrienta sobre él, incluso Killua se percató del modo en que miraba a su hermano, sólo que el pobre no había podido interpretar lo que pasaba con ese pervertido.
—¿Me está escuchando señor Adalfuns?
Su silencio le fastidió por completo. Se giró para verle con mal humor.
—¿Podría dejar de verme el trasero un momento y prestar atención? —dijo sin más pena. Killua hizo una expresión de evidente confusión y el hombre rió con fuerza.
—Lo siento Illumi. Oye, es que en verdad tienes un lindo trasero.
—¿Qué demonios…? —balbuceó Killua.
—¡Pero si tu pequeño hermano aún es muy inocente! —exclamó el pelirrojo—, lo olvidé un instante. —Luego volvió su vista al niño y habló— no es mi culpa que tu hermano sea tan apetecible. Claro, esto tú no lo puedes entender, porque es tú hermano, sí que tienes mala suerte.
—¿Necesitas orientación para entender que le hablas a un niño o quieres que te haga arrepentirte de tus actitudes?
—No te pongas tan rudo, primor —apretó cariñosamente su hombro—. Ve tras ellos ahora, yo los espero desde aquí.
Y así fue, Illumi terminó su trabajo velozmente, permitiendo al albino tener una buena participación, así probar que él no sólo era un buen asesino, sino un gran maestro. Killua, en esas circunstancias le enorgullecía, le encantaba demostrar al mundo entero que él había creado a una excelente máquina asesina.
Después de lidiar con el hombre, y recibir todos los halagos correspondientes, se marchó, llevándose a un muy confundido niño junto a él. Durante el camino de regreso, veía que de vez en cuando se le quedaba viendo; incluso notó que en algunas ocasiones el niño trataba de ver discretamente su trasero, como intentado descifrar el enigma de las palabras de Adalfuns, cuando dijo que su hermano tenía un «lindo trasero». Tras meditarlo mucho decidió que sería gracioso hacerle entender lo que ahí había pasado.
—No es cosa del otro mundo Killua, sólo se trata de sexo.
—¡¿Qué?!, ¿de qué hablas? —gritó avergonzado, esa palabra había resonado muy profundo en su cabeza y no quería ni repetirla.
—Lo que viste. Eso que te tiene tan confundido desde hace rato. Adalfuns quiere sexo conmigo, por eso me veía tanto el trasero.
—N-no es necesario que me digas esto… —contestó avergonzado—, pero… él es hombre ¿no?
—Así es.
—Y tú también lo eres…
—¿Y?
—¿No se supone que…? —ni siquiera pudo continuar la pregunta, lo que tenía que decir le costaba mucho trabajo de pronunciar.
—Da igual Killua —sonrió malévolamente—. No todo en la vida es hombre y mujer; por eso miraba mi trasero.
Y las piezas tuvieron sentido en su mente, pero le era tan vergonzoso que sólo atinó a hacer un grito de desagrado.
—¡No tenía qué saber tanto!, no le hacía falta a mi vida.
—Dices eso porque no sabes lo muy estimulante que puede resultar…, claro, si lo haces con la persona indicada.
—No puede existir nada así en el mundo —palideció de horror, quería dejar de escuchar las palabras de su hermano.
—No te preocupes — persistió con su oscuro humor—, cuando yo te lo haga, me aseguraré que te guste.
Detuvo sus pisadas. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Escuchó que Illumi reía, alegando que era broma, pero había sonado tan auténtico que tuvo miedo incluso de seguir caminado. ¿Quién sabe?, por seguirle quizá un día terminaría en una situación nada agradable.
—Ya Kil, es broma…, sigue caminado —ordenó.
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Pese a que Illumi demostraba ser útil y fiel a la familia. Zeno no sentía alguna simpatía por él ni mucho menos confiaba en alguien que aparentemente era perfecto, eso incluso lo volvía más sospechoso. El efecto que Killua había mostrado los pasados días, cuestionando lo que tenía qué hacer para liberarse de su puesto era otra señal de que Illumi estaba ocultando algo, o eso fue lo que comenzó a pensar. Si él no ponía en duda las actitudes y palabras de su nieto, nadie más lo haría, Silva prefería evitar pensar en esto y Kikyo parecía más asustada que molesta con su hijo mayor. Lo pensó mucho, tanto que creyó que estaba comenzando a atorarse en un dilema absurdo, en algo que podía resolver investigando.
Convocó a su personal de más alta confianza y sobre todo, de gran habilidad, un grupo reducido de apenas cinco miembros de los mayordomos. Todos en algún punto habían participado junto con Zeno en algunas de sus más grandes hazañas, hombres y mujeres adiestrados, fuertes, y discretos. El anciano estaba decidido a no fallar en su investigación con su nieto, no iba a seleccionar a cualquier personal, como había ocurrido en el pasado. Illumi no era una presa fácil.
Los cinco también conocían la situación de Killua, ellos habían estado actuando junto con Illumi en sus entrenamientos por órdenes de Silva. Nadie mejor que ellos para el trabajo que Zeno solicitaba.
—Necesito que vigilen a Illumi.
Les anunció el anciano, y automáticamente se tensaron, aun si no deseaban hacerlo. La escena parecía hablar más entre líneas y conforme Zeno exponía la delicadeza de la operación, se volvía más evidente.
—Quiero que me informen sobre cada cosa que hace con Killua, quiero saber cómo trata al niño; si le entrena bien, o si hay algo que me estén ocultando.
Por más entrenamiento que esos cinco tuvieran, no eran capaces de disimular que algo estaba tan mal; de hecho no querían disimular, querían que Zeno continuara con esa investigación porque ninguno de los que habían atestiguado los abusos de Illumi, querían que el mayor continuara con esta ignominia.
—¿Tienen algo que decir?
No se atrevieron a mirarle. Sus vistas se perdieron en la habitación, y su mutismo hacía evidente que tenían algo qué de decir, mas no lo harían porque también algo extra los detenía: pudor, vergüenza. Contestar esa pregunta en ese momento preciso, también constituía una forma de admitir que todos eran testigos de algo que erizaba la piel a quien lo escuchara. Y ser testigos, era tan malo como ser el autor mismo, porque sólo observar sin intervenir era un acto de inmisericordia.
—De acuerdo, no me respondan. Yo mismo lo averiguaré, hagan esto que les ordeno y en tres días quiero ver ese informe.
Y los tres días fueron poco para el largo informe que le entregaron. No fue un reporte común, donde todos se reunían y hablaban del tema, con observaciones personales; sólo uno de ellos se presentó, y en nombre de todos, le entregó un bloque de hojas escritas por computadora, con descripciones detalladas de todo lo que había ocurrido; usando palabras técnicas para describir lo que veían y eso, conforme se realizaba la lectura, daba la sensación de que el reporte estaba fuera de la realidad.
Desde que Illumi y Killua habían vuelto a casa, el morocho no perdió el tiempo y se dedicó a acosarle como ya acostumbraba. Esperando a verle cansado y tocar su cuerpo, en momentos en los que Killua se sentía lo suficientemente débil como para poner resistencia.
No podía creer lo que leía. Inocentemente creyó que se encontraría con rituales, algo parecido a lo que había descubierto que Kikyo hacía con Kalluto; imaginó que Illumi había aprendido de ella y que finalmente hallaría al niño siendo usado para cosas siniestras; o que Illumi aprovechaba su posición para maltratarlo y humillarlo. Montones de posibilidades que podía enlistar, y no estaba muy lejos de lo que ocurría, pero no era ese el sentido. Illumi estaba abusando de él de un modo diferente. Acosando sexualmente al pequeño; aprovechando su inocencia y pureza. El informe parecía indicar que si esto continuaba, Illumi cometería un acto de perversidad con el niño.
Arrojó las hojas. Conocía el desprecio de los mayordomos por hijo mayor de Silva, así como el aprecio que todos tenían por el albino, por tanto podía esperar mentiras. Una acusación como aquella era devastadora, de ser cierta entonces tendría que verlo por sus propios ojos, pese a que podría arrepentirse de ello.
Anunció en casa que saldría a hacer un trabajo importante a Tierra Sagrada. Nadie le iba a cuestionar, daban por un hecho todo lo que él decía. En cuanto salió, se preparó para hacer de espía en la montaña. Regresó oculto entre las sombras; nadie, ni siquiera Silva, se percató de su regreso.
Nimrod seguía esperanzado en que sus planes tuvieran éxito, ya a esas alturas lo que menos le importaba era si Silva, Zeno o inclusive Kikyo le descubrían. Estaba seguro que si demostraba ser nocivo para el futuro heredero de la familia entonces se libraría de su responsabilidad. La tortura y el castigo era lo que menos le importunaban. Y gracias a su descaro Zeno no tardó mucho tiempo en averiguar la verdad.
Durante su vigilancia observó el momento en que Illumi llevó al niño a una zona de la montaña, reconoció la destreza con la que realizaba su labor, era un maestro brillante. Conocía a la perfección sus habilidades, y le estimulaba en cada sentido; le hacía entrenar sus debilidades, darse cuenta de lo que necesitaba; explotaba su talento al máximo. Zeno se impresionó del vasto conocimiento que el muchacho poseía. Le oyó darle consejo de batallas mientras Killua realizaba sus ejercicios. No sólo lo ayudaba a mejorar, también desarrollaba su creatividad e inteligencia. Era un paquete completo de clases y ejercicios para volverlo superior. Sin duda, lamentarían que Illumi dejara de entrenarle. No había un mejor maestro que él, que Nimrod.
Hasta que llegó el momento. Vio a Killua caer rendido al suelo, estaba exhausto, física y mentalmente. Lo notó porque el pequeño se quedó tirado sobre del pasto y la tierra húmeda, respirando profundamente; no tenía fuerzas ni para levantar sus brazos para acomodarse en una mejor postura. Illumi se acercó a él, y colocó las manos del niño alrededor de su cuello.
—Sostente —le ordenó.
Luego lo levantó, llevándolo entre sus brazos hasta el tronco de un árbol que había sido cortado y abandonado en medio de la montaña, en donde le ayudó a sentarse. Las piernas de Killua colgaban ligeras por la altura a la que estaba; intentó soltarle, pero el albino se aferró a su cuello, alegando que no tenía fuerzas, que si se apartaba caería al suelo.
—Está bien, no te dejaré caer —le contestó— ¿estás bien?, ¿cómo te sientes?
—Estoy cansado, necesito aire.
Zeno se acercó un poco más para escuchar mejor; sus voces sonaban muy suaves ni un eco emitían. Vio como los mayordomos poco apoco comenzaban a darse la vuelta, a desviar sus miradas y entonces comprendió que aquello desagradable estaba por comenzar.
—Está bien, no te preocupes —colocó sus manos alrededor de la cintura del albino—. Ya es mi turno —le dijo al oído y el niño sintió como los vellos de su cuerpo se erizaban.
Killua cerró fuertemente sus ojos, desviando su atención a lo que estaba por pasando. Illumi acarició la espalda del menor, y comenzó a meter sus manos debajo de su playera para tocar su cuerpo.
—Estás sudando —remarcó, pero eso no lo detuvo, subió sus manos por el pecho del pequeño, y luego volvió a bajarlas hasta las rodillas.
Killua dio un respingo al sentir el cosquilleo en sus piernas.
—Estoy bien, aniki. No me hice daño.
—Déjame revisarte, Kil. No comiences a desobedecer.
—Pero…
—Tranquilo… —musitó, y volvió a mover sus manos, separando las rodillas del niño y colocándose en medio de sus piernas.
Zeno abrió la boca con impresión. Estaba paralizado mientras veía como el ambiente se tensaba; pese a lo que veía, quiso dar una oportunidad, suponiendo que estaba malinterpretando la imagen.
Más que una revisión, aquello parecían caricias, obscenas caricias. Sus manos se deslizaron por debajo de la ropa de Killua, tocando sus muslos, masajeando el interior. El colmo fue cuando subió una de sus manos, desabotonando su short para luego meter su mano al interior de su ropa.
—Tu piel siempre es tan suave… —iba a continuar con sus caricias cuando una voz le detuvo.
—¿Qué estás haciendo?
Zeno salió de su escondite y todos a su alrededor temblaron, unos aprovecharon el momento para escapar de la ira del Zoldyck.
Illumi sonrió para sí mismo. Este era el mejor de los escenarios, estaba de suerte. Sacó sus manos de la ropa del niño y la abotonó de vuelta. Killua abrió los ojos, pero no se movió, continuó abrazándose a su hermano porque su cuerpo estaba tan débil que caería si lo soltaba.
—Abuelo, no sabía que estabas en casa —fingió sorpresa.
Vio la mirada llena de odio en sus ojos, y regresó su vista a su hermano que parecía esconder su rostro lleno de vergüenza.
—¿Esto?, sólo reviso a Kil para asegurarme de que no se haya lastimado. Sería un dolor si mi hermano se lastimara mientras entrena.
—Suéltalo —ordenó.
Daba pasos lentos y su Nen se desprendía peligrosamente, se estaba conteniendo por causa del menor.
—No puedo —alegó—. Killua está muy cansado, se caerá si lo hago.
—Illumi…
—Deberías controlar tu Nen, abuelo. Le haces daño a mi hermano.
Zeno reparó en la advertencia, el instinto de supervivencia estaba alterando los nervios de Killua. Al instante dominó su energía, mirando con desprecio al desagradable acosador que continuaba sonriente.
—Quítate de en medio Illumi. Yo me haré cargo de él.
Lo que más le desesperaba era que el morocho fingía demencia, como si no hubiera entendido que lo había visto tocar al menor inapropiadamente. Apartó bruscamente al albino, y lo llevó hasta su habitación. Ordenando a los mayordomos que quedaban detrás de él a llevar a su nieto mayor al cuarto de castigos y mantenerlo encerrado. En todo momento Illumi continuó con su actitud inocente, dejándose guiar sin dar problema alguno. Se le veía ansioso, feliz por algún motivo desconocido.
Zeno dejó que el pequeño descansara, se alimentara y tomara un baño mientras que él convocaba una reunión urgente con los padres de los muchachos. Su corazón palpitaba con violencia, tenía todas sus emociones en la piel, y de no ser porque había aprendido a controlarse, lo más probable es que Illumi estaría muerto ahora mismo.
En cuanto Silva y Kikyo escucharon la terrible noticia, ambos quedaron paralizados. Como padres, se dieron cuenta que habían estado cometiendo nuevos errores, y eso los hacía pensar en lo mucho que debían cambiar las cosas, si es que querían que su heredero triunfara en la vida.
—He sido yo quien lo ha visto. No les estoy relatando lo que un montón de mayordomos vio, así que no pueden juzgar la situación de otro modo, mas que este.
—¡Silva, esto tiene que acabar inmediatamente! —exclamó la mujer, por dentro sonreía, agradecida por la nueva ventaja. Ahora tenía las cosas tal cual las necesitaba y no había tenido que intervenir—, no podemos permitir que ese monstruo siga aprovechándose del niño.
—Y además, no sabemos qué tanto más le ha hecho. Tal vez esto es lo que hacía a la luz del día, frente a los mayordomos…
Esa insinuación dolía. Ni siquiera podían permitirse imaginar que algo más pudiera haber ocurrido mientras nadie observaba. De modo que los tres planearon una entrevista con el niño. Killua fue citado a una reunión urgente, justo cuando se recuperó del cansancio; iba con temor, nunca antes había sido tomado en serio como para dejarlo asistir a una de esas reuniones. Se esperaba que su asistencia se llevara a cabo cuando tuviera la edad suficiente como para emitir juicios bien elaborados; veían que su madurez mental aún estaba en desarrollo, a diferencia de Illumi, el cual desde muy pequeño había mostrado esa conducta poco común que los había motivado a tratarle como un adulto.
El albino entró mirando a sus padres y a su abuelo con un aire de angustia reprimida. No sabía qué esperar.
—Papá…
—Entra. Siéntate —le indició.
—Papá, no he hecho algo malo, no hay motivo para castigarme.
—Tranquilízate Kil, nosotros no hemos descubierto alguna de tus travesuras. Al menos no hasta ahora —Zeno se apresuró a calmarlo.
—Kil —le llamó su padre—, quiero que te calmes, nosotros no estamos aquí para castigarte. Pase lo que pase en esta reunión, no habrá consecuencias para ti.
Eso le hizo sentir que estaba en un terreno aún más peligroso; que en alguna parte de ese discurso había una trampa. Lo miró con recelo y tras examinar un poco sus expresiones, decidió darles una oportunidad.
—Killua, cariño, ¿te sientes bien, amor?
Quizá no se habría sentido tan incómodo si su madre se hubiera abstenido a hablar. Se mantuvo expectante por unos segundos más, y tragó saliva.
—Kil, necesito que respondas unas preguntas, ¿de acuerdo? —el pequeño asintió— ¿Illumi te trata bien?, ¿te sientes incómodo con él?
Lo pensó detenidamente.
—¿Kil?, no te preocupes por nada, sólo responde.
—¡¿Ese malnacido te trata mal?!
—Kikyo… —la llamó su marido—, contrólate.
—Aniki… él, no me trata mal —contestó pensativo.
—¿Pero…?
—Tampoco me trata bien. Él sólo se limita a tratarme para cosas de mi entrenamiento, fuera de ahí, no hay ninguna especie de trato.
—¿Neutral? —preguntó su padre.
—¿Estás seguro de ello? —continuó su abuelo.
—Sí…, sí.
Se miraron entre sí. Pese a que Illumi realizaba actos detestables, Killua no era capaz de entenderlo. En parte eso les daba un alivio; podían tratar con su inocencia con más cuidado.
—¿Hay alguna "actividad", qué creas que es extraña?, algo que encuentres poco común y que él te haga hacer.
Entonces se dio cuenta de lo que estaba pasando. Su abuelo también lo había visto, y ahora tenía más vergüenza. No se había puesto a pensar que tal vez lo que Illumi le hacía tuviera un significado relevante. Sus mejillas se encendieron, y no fue capaz de confesarse.
—Responde —ordenó su padre.
—Bueno… sí, hay algo —se mordió el labio, nervioso por explicarse.
—¿Qué?, alza la voz, no te escucho.
—Aniki…, él, a veces hace algo que no me parece cómodo, no es algo malo, de hecho ahora que lo pienso es absurdo. Olvídalo.
—¿Qué es eso?
—No es nada.
—Dilo.
—Papá —torció la boca, reprimiendo sus emociones.
De nuevo estaba rojo, se resistía a hablar y miró a su abuelo con súplica, como si quisiera que él fuera el que explicara todo.
—¿Qué tiene tu abuelo?
—Dilo tú, Kil. Yo no puedo responder a las preguntas que te hacen a ti.
Zeno no podía poner palabras en la boca del menor, eso sólo provocaría sospechas de algún trato entre ambos. Además su aversión por el morocho era conocida.
—Pero yo…
Le intimidaban tantas miradas sobre él; expectantes y dispuestos a presionarlo hasta confesar esos íntimos detalles de su vida.
—Aniki, sólo me revisa muy seguido —se rio nervioso— él… él suele tocarme de forma extraña —de nuevo reía pero con más fuerza— es ridículo, quizá estoy exagerando, pero no me gusta que lo haga.
—¿Cómo hace esas revisiones?, ¿te quita la ropa?
Detuvo sus carcajadas y tomó aire, el hecho de que sus padres no lo tomaran con gracia le angustiaba.
—N-no me ha quitado la ropa —volvió a bajar la voz—, él sólo revisa que no tenga heridas, me-me… mete la mano debajo de la ropa, sólo eso.
—¡No puedo soportar eso Silva!, ¡ya basta! —exclamó Kikyo.
—Kikyo, tendrás que salirte del cuarto si no puedes con esto.
—¿Te mete la mano en la playera?, ¿en tu ropa interior? —preguntó la mujer de forma agresiva.
Killua sintió que las cosas daban vueltas, no quería responder a esa mujer, ni a esas preguntas que sólo le hacían darse cuenta de lo muy mal que habían estado las cosas.
—Kikyo, basta —reclamó Zeno.
La expresión de Killua era de horror, delatando que en verdad no había comprendido esos detalles y ahora temían que por vergüenza se cerrara a la posibilidad de admitir algo tan desagradable como lo que ellos deseaban saber.
—Kil…
Pero era muy tarde, el niño no sólo se notaba seriamente asustado, se había cerrado a ellos, no quiso ya decir palabra alguna y estuvo tratando de desviar el tema, hasta que su abuelo lo tranquilizó con un largo discurso que le ayudó a recuperar la confianza para abrir la boca una vez más.
—Yo… aniki no me hace algo malo, ¿verdad?, sólo se asegura de que yo esté bien.
Por fortuna el niño sólo creía que Illumi había estado intentado usar sus agujas en él. Se había alarmado por eso.
—No creía que él estuviera intentado algo —confesó apenado.
Los presentes no quisieron explicarle que en realidad no era así, pero prefirieron mantener la integridad de la mente del niño antes de comprometerse en largas explicaciones que sólo le harían sentir peor. Por lo menos agradecieron descubrir que Illumi no había llegado tan lejos; que intervinieron a buen tiempo. Killua les explicó lo que había estado ocurriendo, y eso les hizo bajar la guardia. Le despidieron, prometiéndole que no dejarían que algo malo le ocurriese, y se fue más relajado, o al menos así parecía. Ahora sería el turno de enjuiciar a su hijo mayor.
Creyeron que Illumi llegaría cabizbajo, avergonzado, ante la presencia de sus padres por haber sido descubierto en sus oscuras intenciones. Por eso, cuando le vieron entrar con la frente en alto, sonriente, con su expresión de inocencia, todos se pusieron a la defensiva, algo no encajaba bien.
—¿Qué ocurre padre?, ¿hay algún problema? —habló con su voz calmada, incrementando la ira de Zeno.
—Lo sabes perfectamente —le contestó Silva.
—¡Asqueroso malnacido!, ¡has estado abusando sexualmente de mi bebé, tu hermano! —de nuevo Kikyo estaba fuera de control, pero esta vez su marido no la detuvo.
—¿Abusar sexualmente?, esas son palabras mayores, madre, ¿lo habías pensado?
—Reconoce tu error y seré compasivo contigo —advirtió Silva.
Después hubo un breve silencio en el que esperaron a la respuesta del morocho.
—Reconocería mi error si tan sólo supiera de lo que están hablando —pero Illumi seguía aferrado a continuar con su papel. No iba a aceptar fácilmente su culpabilidad.
—Le metes la mano debajo de su ropa… —continuó asqueada, la mujer.
—Sólo es una revisión. Me aseguro de su bienestar.
—¡Esa no es una revisión!, le tocas de una manera indecente, yo mismo te vi allí en el bosque, ¡deja de hacerte el idiota! —intervino Zeno—, ¿cómo es posible que hagas algo tan asqueroso con tu propio hermano?, ¿es que acaso aquí en casa te tratamos de ese modo?
Illumi quedó en silencio, haciendo una expresión que parecía dar a entender que en efecto, alguien ahí le había hecho tal cosa a él en su niñez. Y tanto Silva como Zeno sintieron escalofríos, la única que no se inmutó era la misma Kikyo que sabía de antemano que el que estaba ahí presente —el hombre de la Y— no tenía idea de la infancia de su hijo.
—¿Tienes algo que decir, Illumi? —preguntó Silva, temeroso de enterarse de más novedades desagradables.
—Como sea… no importa lo que diga, ustedes van a ganar. Así que hagan lo que tengan que hacer de una vez por todas.
De todos modos, la decisión ya había sido tomada desde antes de que Illumi se reuniera con ellos. Sólo que la insinuación del posible abuso sufrido en su infancia les hizo ablandar el castigo original.
—De acuerdo, a partir de ahora tus responsabilidades con Killua son ahora responsabilidades de tu abuelo y mías, te relevo de tu cargo con él. Te daré una lista de todos los encargos que deberás hacer y a partir de ahora, como medida de castigo, no podrás volver a casa hasta que yo te lo indique, ¿entendido?
Eso había sido más que perfecto. Había despertado algo de compasión en su padre gracias a su creatividad manipuladora. Sin embargo, lo más importante ya estaba hecho. Se había liberado de Killua, de su responsabilidad de toda la vida. Ahora era el momento de brillar. Esa misma tarde salió a iniciar sus trabajos y a Killua se le notificó el nuevo cambio.
Cabe destacar que el niño fue muy feliz de saber que ya no tendría que pasar tiempo con esa terrorífica persona. Aunque se quedó con la duda sobre lo que había ocurrido con su hermano. Lo más importante era que ya estaba a salvo; buscaría el lado positivo a su situación antes que comprometerse con más angustiantes situaciones. Illumi ya no le pondría más trabas. Ahora su padre tendría el máximo poder sobre él y eso le daba tranquilidad.
Shiro: Gracias por el apoyo, ¡ojalá hayas disfrutado esta nueva entrega!
Yuuki: Lamento haber roto tu corazón, ¿ya estás mejor?, sí, creo que en cierta forma todos nos esperábamos que esto ocurriera, el pobre de Illumi se fue para siempre(?), *risa* no puedo creer que le aplaudas a Nimrod, el tipo está loco, o eso creo... espero... soy tan, tan, tan feliz de saber que disfrutas y compartes mi visión sobre Illumi, es demasiado complicado encontrar personas así, de hecho casi siempre me dicen que odian a Illumi, pero que les dio curiosidad el fanfic, pero tú 3 hiciste mi día muy especial. No sé si me encontraste en Tumblr, si no, sabes que siempre te recibiré con los brazos abiertos!
Un día como este, 6 de septiembre del 2015, mi mamá dejó de hablar y el 12 de septiembre del 2015, mi madre falleció. Este mes es un mes de luto, así que me tomaré un descanso en su memoria, no publicaré más capítulos hasta que me reponga de esta tristeza. En el mes de octubre es el cumpleaños de mi madre, y viajaré para visitar a mi familia, entonces es posible que vuelva hasta noviembre, o quizá en octubre, todo dependerá de mi situación, si es que mejoro emocionalmente.
Muchas gracias por su apoyo, hasta pronto! HIATUS ON.'.
