Gracias por esperar, que tengan un buen día.

Capítulo dedicado a mi pequeña niña por su cumpleaños.

.'.

93 en Babel

Capítulo 16

Para buena suerte, Nimrod fue enviado a una ciudad que figuraba en su lista de sitios a juzgar sin necesidad de usar alguna trampa para lograrlo. En cuanto salió de casa, se puso en contacto con Hisoka, su nuevo peón, para asegurarse de que el pelirrojo estuviera esperando su llegada y no demorarse en realizar su misión secreta.

A Nimrod en realidad no le importaba si la hermandad era o no malvada, eso era lo de menos, el únicamente buscaba venganza. Estaba bastante dolido, superfecta armonía con su mujer había sido robada; si para perjudicarlos debía destruir el trabajo que a lo largo de los años construyeron en cada ciudad, lo haría; los obligaría a abandonar su comodidad, forzarlos a que le devolviesen lo perdido. Se olvidaría de todo en cuanto la recuperara, dejaría de interponerse en el camino de toda esa gente y continuaría su vida como si nada de esto hubiese ocurrido. Incluso estaba dispuesto a liderarlos, aun si fueran un asco de personas.

Hisoka llegó un poco tarde a verlo. Alegó que se le habían atravesado algunos inconvenientes, cosa a la que Illumi no le dio importancia. Se encontraron en la segunda planta de un Café justo en el balcón que tenía vista a la plaza principal de la ciudad. Tenían una vista más o menos agradable —eso era mucho decir— considerando que el lugar parecía una zona pobre; A su alrededor podían observarse algunos cuantos edificios de fachada desgastada dándole un aura de pesada tristeza que ni el intento de modernismo podía ocultar. Quizá era el polvo que se desprendía por todas partes, la ausencia de mercados, o la expresión desesperanzada de los citadinos, lo que no les inspiraba deseos de permanecer por mucho tiempo en la ciudad.

—¿Ves esa bandera que alzaron en el edificio de la plaza? —le señaló Illumi una vez que su conversación comenzó.

—Oh sí, cómo no verla —se recargó en el barandal del balcón, mirándola fijamente—. Me parece familiar…

—No me extraña —contestó sin hacer ningún gesto—. Ésta clase de banderas las colocan como una señal para los Iluminados en el área, es una invitación para una reunión que se celebrará cerca del anochecer.

—Mmm… ya veo.

—Ese color quiere decir que la reunión será por la tarde, a la hora de comida. Por el día de la semana, puedo intuir que se hará una gran comida, y por el símbolo, que realizarán algún ritual importante. Tal vez es una unificación.

—¿Tanta información en una simple bandera?

—Eso ocurre cuando eres sólo un "sacerdote" —respondió con un aire de ironía que en secreto molestó a Hisoka.

—Lo que tú digas —susurró conteniendo su deseo de responder con el mismo ánimo.

—Tengo algunos trabajos por hacer, mi padre está esperando que suene la alarma de que he completado el trabajo esta misma tarde; aunque no planeo asistir al sitio que me indicó

Sacó de su bolsillo un pequeño aparato y se lo lanzó al pelirrojo.

—Toma. Irás tú mismo a terminar el trabajo, te daré las indicaciones para que sepas lo que tienes qué hacer. Yo me quedaré a esperar la reunión de esta tarde.

Luego procedió a explicarle a Hisoka lo que debía hacer y lo despidió. Se quedó en el local, mirando hacia el panorama. Aquel era un pésimo lugar para convocar a una agrupación importante y estaba seguro de que se trataba de un grupo de categoría inferior que realizaba prácticas oscuras en una zona claramente llena de inseguridad, a la cual no respetaban.

En sus orígenes, esta sería una reunión de intelectuales, hablarían de política, economía y otros asuntos serios; lo habrían hecho en un sitio secreto, lejos de la mirada de los profanos, y no habría ninguna práctica vergonzosa que provocara escándalo. En este caso sólo esperaba que la reunión fuera como las otras en las que había estado; hombres y mujeres de diferentes rangos, unos cuantos magos, y otros maestros, llegarían y dirigirían el ritual que se celebraría en algún lugar privado. Estaba preparado para eso, no para la realidad con la que chocaría.

A la hora esperada los asistentes fueron llegando, sin embargo, para su incredulidad, cada uno de ellos resultaron ser magos negros Practicantes de tiempo completo de la infame magia negra. No había duda de ello. Sus auras estaban rodeadas por completo de criaturas ancestrales espantosas, sus karmas estaban preparados como pistolas en una ruleta rusa que en cualquier momento acabaría con sus vidas. Y ellos, eran la absoluta expresión de ausencia de compasión. Ambición, locura, falta de razonamiento y amor, esto era lo que describía a esos terribles magos. Gente que había llegado a ese camino por medio de métodos rastreros, buscando el beneficio propio.

Los Iluminados de su época, jamás habrían hecho amistad con personas que encajaran en esa descripción. Se decía que ellos habían alcanzado el camino verdadero, el sendero de la perfección por medio de un largo camino de estudio y esfuerzo constante. Cierto que ostentaban una determinada autoridad sobre la humanidad, pero lo hacían de forma oculta para no atraer la atención de magos negros. Una persona que no seguía el buen camino era considerada un mago porque practicaba la magia, no porque tuviera el nivel de un mago real. Aunque a su ver, era preferente usar la palabra «brujo» para llamarlos, rebajar la palabra «mago» era algo que no se podía permitir.

Un practicante del ocultismo se preparaba en todas las áreas, abandonaba sus ambiciones y deseos para alcanzar el verdadero conocimiento de la naturaleza, de la existencia misma. Esos magos, sólo existían porque querían dinero, riquezas, fama, poder, vida eterna, entre otras cosas; para ello practicaban magia negra, magia sexual para controlar y dominar a las personas que desearan en sus corazones. No tenían escrúpulos.

¿Cómo era posible que ahora los Iluminados mantuvieran cierta conexión con gente tan ruin?, ¿no se suponía que ellos habían evitado a toda costa caer en esas prácticas?, ciertamente atraían a sus miembros a través de sus ambiciones, pero siempre eran selectos de una meticulosa manera, cerciorándose primero de elegir intelectuales que fueran movidos por el conocimiento y no por vulgares aspectos cotidianos.

Esta era la realidad frente a sus ojos; un montón de magos negros, lujuriosos y ambiciosos, que se jactaban de pertenecer a la más poderosa organización del mundo. Contó cuarenta y siete de ellos, más de lo que le hubiese gustado encontrar. Notaba que venían con diferentes denominaciones: Luchiferinos, Thelemitas y Enochianos, y muchas otras categorías oscuras. Sus sonrisas malvadas y su forma de expresarse entre ellos demostraban la falta de sabiduría, propia de un verdadero maestro. Los siguió en su peregrinaje; mientras caminaban por las calles libremente, rodeados por policías que les abrían el paso en el camino, como si de gente importante se tratara. Las personas a su alrededor bajaban la mirada, actuaban como si no hubiesen visto nada. Estaban ya tan trastornados por el horror que esa gente producía en su ciudad que ya no podían tener vidas normales, no estaban ya aptos para poner resistencia.

El informe que Silva le había enviado decía que esa ciudad estaba principalmente marcada por los excesos de asesinatos que impunemente eran ejecutados. Millares de hombres y mujeres habían sido asesinados a lo largo de trece años, como si de cucarachas se tratasen. Un asesino más, no marcaba la diferencia. Hisoka mataría a unas cuantas personas que dirigían cierto movimiento opositor al gobierno de la ciudad, el mismo que había instituido que esas muertes no valían nada; el cual estaba coludido con la agrupación que los propiciaba. No había quien investigara las muertes, sólo fingían ante la prensa internacional que estaban laborando; cuando la mayoría de los crímenes habían sido realizados por los magos negros en su afán de obtener más poder. Los cuerpos de sus víctimas eran encontrados en posiciones que delataban ciertos usos macabros, marcas en la piel y en el suelo, que relataban muertes en agonía y terror. Su cinismo era tal que no se tomaban la molestia de disimular sus actos. Un gran desierto rodeaba la ciudad, ahí —si se corría con suerte— eran arrojadas las personas como si fueran basura. Familias iban día tras día a rescatar lo que quedaba de los cadáveres de sus amigos, hermanos, madres; seres que amaron, con la esperanza de hallarles y darles un entierro.

La caravana llegó hasta las faldas de un cerro, donde les esperaba un gran grupo de personas vestidas con sus mejores galas. Gente que tenía cargos importantes en la ciudad. El mismo gobernador se contaba entre los asistentes. Con su ancha y sucia sonrisa, saludaba a los recién llegados, rodeado de sus amigos más adinerados; personal de otras dependencias gubernamentales; más policías, servicios de emergencia, medios de comunicación que cubrían la nota de acuerdo a las órdenes de sus superiores. Listos para disfrazar la reunión como algo para el beneficio de la ciudad.

Cuando Illumi les vio amontonarse y conversar entre ellos a las faldas de aquel cerro, decidió que era el mejor momento para presentarse. Se había preparado para llamar su atención; su vestuario llamativo, decorado con piezas de oro para deslumbrarlos, y su insignia que delataba que era parte de los Iluminados, la había colocado en un punto que con certeza los atraería. Caminó en medio de ellos; no tenía miedo, su mirada delataba cuan decidido estaba a completar su tarea. Poco a poco le notaron; un par de magos vieron su insignia y se animaron a saludarle.

—Frater, amigo, no esperábamos vuestra visita. Me disculpo si le hablo en un tono poco apropiado, pero ¿podría revelarnos su identidad? —una de las mujeres que estaba con ellos preguntó, una que traía el Círculo de Goetia dibujado en su túnica.

—¿Yo?, lamento haber venido sin invitación, vi la bandera y quise presentarme con mis fraters y sorors. Mi identidad es lo de menos. Escuché de este lugar en la reunión con El Único…

—¿El único?, ¿estuvo usted en esa reunión tan importante? —preguntó otro mago, y pronto los demás invitados comenzaron a darse cuenta que había un nuevo personaje entre su grupo—, ¿podría saber, entonces, en qué parte estaba usted sentado durante la fiesta?, yo estuve ahí también y no recuerdo haberle visto.

—Junto al maestro Galileo, en su misma mesa.

Algunos gestos de admiración sonaron, ya que sentarse junto a Galileo significaba que estaba en una posición importante, —al parecer eso era lo único bueno que habían hecho los Iluminados— a los que tenían una posición inferior los tenían en lugares diferentes como medida de prevención. Así que toda esa costosa reunión en medio de una ciudad atormentada, sólo era muestra de que eran puros fanáticos que creían haber encontrado el elixir de la vida.

—¡Por supuesto! Ahora lo recuerdo a usted. Claro que sí, siéntase bienvenido.

Sus ojos delataban que estaba mintiendo. Era imposible que reconociera a Illumi, debía haber estado en el interior del recinto durante la fiesta y haber presenciado la discusión que tuvo con el anticristo si es que en verdad estaba al tanto del asunto. Pero trataron a Illumi con mucha faramalla, rodeándolo de bocadillos "para el camino", y tratándolo como su superior. Por supuesto, Illumi insistió en ser tratado como a un igual, alguien que estaba interesado en aprender de ellos.

—¡Fraters y sorors!, atención por favor —alzó la voz uno de los hombres de la reunión; hubo silencio parcial y el hombre siguió hablando—, comenzaremos la ascensión, por favor, prepárense para el camino, les recordamos que arriba habrá todo lo que necesiten, así que no se preocupen por llevar con ustedes algo de aquí. Recuerden caminar lo menos posible.

Y tras organizarse en una caravana más grande a causa de los políticos y gente adinerada que se habían unido, subieron el cerro. Los magos cargaron a unos cuantos de sus acompañantes y se marcharon como si flotaran. Tenían una fuerza extraordinaria.

Illumi los siguió a paso lento observando todo ese ridículo panorama, y al llegar a la cima descubrió que había más gente esperándoles. Su corazón se llenó de desprecio; mafiosos, narcotraficantes, cabezas del crimen organizado. La gente menos apropiada para pertenecer a un círculo tan importante como lo eran los Iluminados les aguardaban en el punto final del recorrido; esto sobrepasó el límite de lo que él estaba dispuesto a soportar. Esas personas no podían ser sus hermanos, ni considerarlos miembros de la misma orden en la que él estaba.

La cima era sede de una mansión vulgarmente decorada con muchos colores, figuras y símbolos populares en la magia. Contaba con un espacio apropiadamente techado, alberca, y muchas mesas para sus invitados; escuchó un molesto sonido de fondo bastante fuerte, algo que él identificó como música vulgar, propia de gente de esa calaña. La fiesta que se estaba llevando a cabo tenía como meseros hombres, mujeres y niños que habían sido secuestrados, muchos de los cuales aún tenían rastros de tortura y terror en sus rostros. Y sus secuestradores estaban ahí, con sus armas, sus Kalashnikov, rifles de asalto, municiones sobre la mesa y hasta en el suelo; entre otras cosas que demostraban las vidas al límite de los maleantes. Adoradores de la santa muerte.

Illumi rodó los ojos con desagrado, no planeaba estar ahí por mucho tiempo; si se demoraba sería sólo para preparar en su mente cómo proceder exitosamente.

Los recién llegados se repartieron entre las mesas, invitándole a tomar asiento entre ellos. Uno de los brujos incluso le indicó que cualquier persona que él quisiera tomar, era libre de hacerlo; refiriéndose a los secuestrados, que públicamente eran abusados en diversas formas, a lo que él se negó amablemente alegando que se estaba conservando para un ritual.

Siguió sigiloso, determinando cada movimiento que haría. En un momento vio cómo un grupo de brujos se ponía de pie y se acomodaban al centro, donde descubrieron en el piso un enorme Círculo de Goetia; trajeron diversos elementos, velas, y algunas mesas altas que acomodaron alrededor del mismo.

—¡Tres veces noventa y tres, hermanos míos!, procederemos a hacer el ritual que corresponde a este día —levantó la voz el brujo que entró al centro del círculo.

El hombre vestía una túnica blanca y morada, bordes dorados, acompañada de una decoración de tela de colores en la cabeza. Portaba una cadena con símbolos coloridos y un cetro con el que comandaba a las otras brujas que se acercaron. Las brujas se desnudaron, tenían sus cuerpos marcados con líneas que pasaban sus pechos, hasta su abdomen, y se colocaron cadenas con símbolos extraños, cada una cogió una copa y tomó asiento alrededor del círculo. Otra de las brujas, portaba una pequeña capucha roja con estrellas en los bordes, en cuya espalda se alcanzaba a leer la palabra «ABALON» y junto a otros símbolos en el interior de la tela; descubrió su rostro y mostró su cuerpo desnudo. Un hombre, un brujo de mayor rango, también se desnudó y se recostó sobre el Círculo de Goetia y procedió todo el ritual. La mujer se sentó sobre él, uniendo sus sexos, mientras que el mago recitaba algunas palabras.

«Mis amigos estarían avergonzados de que usaran sus símbolos en situaciones tan ridículas, con gente tan poca cosa», pensó Nimrod con amargura.

Hubo escándalo por todas partes mientras que el ritual se llevaba a cabo. Illumi dejó que ellos lo completaran, a fin de cuentas no quería intervenir en sus asuntos, ya que ese no era el propósito por el que él había elegido ese lugar para comenzar su trato con el anticristo.

—Frater, amigo nuestro, ¿nos haría el honor de participar en alguno de nuestros ritos? —le invitó el mago que seguía en el centro del círculo, una vez que terminó el primer ritual.

—No, gracias, prefiero aprender de ustedes —contestó levantando su copa mientras forzaba su sonrisa.

—Por favor, permítanos esto. Sería un honor que un hombre como usted nos acompañe.

Como iban a presionarle más y no podría negarse por siempre, se levantó de su asiento. Dio un último largo trago a su bebida y se aclaró la garganta.

—Mejor que eso, haré una oración a Amón Ra para ustedes.

Una ovación entre la multitud le provocó una gran sonrisa, mientras que él caminaba hasta el centro, evitando cruzar por el Círculo de Goetia; caminando entre la multitud mientras recitaba:

—Gobernador de todos los dioses, el dios bello, y amado que da la vida a todo; te saludo Amón Ra, señor del trono de Egipto. Tú que moras en Tebas, tú el toro de tu madre que vives en tu campo, que prolongas tus viajes en los países del sur; tú, señor de aquellos que permanecen en occidente; el gobernador de Pont. Tú, el rey de los cielos y soberano de la tierra, el señor de las cosas que existen, que estabilizas la creación; el sostén del universo, eres único entre los dioses por tus atributos. Tú el bello toro de la asamblea de los dioses, el jefe de todos los dioses, señor de Mahad, la verdad; padre de los dioses, creador de los hombres, el que hizo los animales y el ganado, señor de todo lo que existe, fabricante del sostén de la vida, creador de las hiervas que hacen vivir a los animales y el ganado, tú eres el creador de las cosas celestes y terrestres, tú iluminas el universo…

Había un silencio reverente mientras le escuchaban terminar su oración. El sonido de las aves, de la naturaleza le envolvía, incluso había atraído la atención de los criminales y los esclavos que en silencio caminaban sin verle. Y cuando hubo terminado su oración, y escuchado sus aplausos, los hizo callar para hacerse notar.

—Durante la reunión con «El Único», tuve una conversación con él —los cuchicheos del fondo le hicieron sonreír, esperaba que pronto le reconocieran—. Me encomendó una simple tarea muy importante para la orden de los Iluminados, ejercer como juez de todos, y esta tarde, se hará justicia.

Una repentina aura oscura y tenebrosa los paralizó en un instante. Habían estado jugando con fuego todo este tiempo, era el momento de conocer su karma en persona. Algunos alcanzaron a ponerse de pie cuando un montón de agujas fueron disparadas por todas partes, en pocos segundos la mitad de los asistentes habían sido controlados con el poder de su Nen. Había sido mucho más rápido de lo que él mismo esperaba que fuera, pero eso no era una mala señal.

La carnicería que hubo en esa fiesta fue digna de una película de terror. Los gritos, la sangre por todas partes, el dolor que ahí hubo despertarían los más grandes temores de los más valientes. Aquellos que cayeron controlados por él, se dedicaron a devorar a los que estaban libres de su poder, mientras que Illumi les manipulaba a su antojo; los maleantes sacaron sus armas para contrarrestarle, siendo incapaces de enfrentarle, en cambio el morocho les destrozó como si fueran de papel. Aniquiló a todos los presentes, sólo dejó escapar a los civiles inocentes, los esclavos que encontraron la oportunidad de huir, sin embargo, no todos corrieron con esa suerte. Muchos murieron en los disturbios, entre balas perdidas y debido a que otros brujos que los usaban como escudo. Pilas de cuerpos ensangrentados rodearon el lugar. Fue una terrible escena.

Illumi quedó de pie, admirando el panorama. Había paralizado a uno de los brujos con intención de por medio, conservando su vida durante todo el ataque. Era el último mago que quedaba y temblaba de miedo mientras veía al Zoldyck caminar hacia él.

—Necesito un mensajero —anunció en voz alta y le pateó para hacerlo reaccionar.

—Aquí, sí, sí, yo seré su mensajero, yo lo seré —lloró su mala suerte, no podía ocultarse.

—Así que sólo eres un vil ambicioso y sucio embustero que osa portar el título de "mago", ¿verdad que eso eres?

—Así es, sí, eso soy. Por favor déjeme vivir.

—Tranquilo, te dejaré vivir.

Lo tomó de un pie y lo arrastró hasta un área más o menos limpia, donde extendió sus dos brazos por encima de su cabeza, acostándolo boca arriba.

—Dije que necesito un mensajero, ¿recuerdas?

—Sí, sí —lloraba sus palabras porque veía todo lo que había pasado a su alrededor. No quería ni imaginar lo que le harían si no cedía a la voluntad de aquel asesino.

—Un maestro Iluminado fue el que los colocó en esta zona, ¿no es así? —preguntó, agachándose a la altura del rostro del tipo.

—Sí, la maestra Aroth. Te lo diré todo, todo…

—Aroth mmm… no me suena, ¿en serio esa mujer es tan importante como para nombrar a un grupo de magos negros como dueños de una ciudad?

—¡Sí! —gritó asustado el hombre, cuando Illumi ató sus dos manos por encima de su cabeza para amedrentarlo—. Ella… ella es mensajera del concilio de los Iluminados, trabaja bajo el mando del maestro Galileo. Pero el maestro Galileo no trata con ella, sólo la deja hacer lo que desea. Es todo lo que sé…

—Aroth, bien. Esto es lo que quiero que hagas. Vas a ir a buscarla, no me importa lo que tengas que hacer para encontrarla, vas a buscar a esa mujer y le vas a decir que Nimrod, el primer poderoso de esta tierra, hizo justicia esta tarde con ustedes. Le contarás exactamente todo lo que pasó aquí y le dirás que les doy una oportunidad de expiar sus culpas, que abandonen sus vicios y busquen sus buenos caminos o yo los encontraré y los juzgaré, así como lo hice con todos ustedes, ¿entendido?

—Sí… lo haré, le diré todo. Lo juro por mi vida.

—Ahora tengo una pregunta para ti, ¿qué necesitas para poder llevar mi mensaje?

—¿Qué necesito… de qué?

—Sí, ¿qué objetos necesitas para poder dar mi mensaje a la tal Aroth?

Guardó silencio, el terror no le permitía pensar en una respuesta atinada.

—Te ayudaré un poco. Lo que necesitas son tus piernas para caminar, y tu boca para hablar, no necesitas más tus dos brazos, te son una carga.

Y sin piedad afiló sus uñas, manipulando su cuerpo para volver sus manos como dos garras afiladas y cortó sus extremidades por encima de ambos codos. Mientras el hombre gritaba desquiciadamente; la mirada de Illumi lo acompañaría el resto de su vida. Le quitó la aguja y lo obligó a bajar por el cerro, donde fue recibido por los paramédicos que habían escapado de la masacre. Efectivamente el hombre sobrevivió para llevar el mensaje que condenaba a todos los infieles, una cuenta regresiva en son de venganza.

.'.

Bajó de vuelta al punto en el que había quedado de verse con Hisoka, ni siquiera se cambió de prendas. El pelirrojo se sorprendió al verle cubierto de sangre.

—Parece que tuviste una tarde muy emocionante —le dijo, pero como siempre, Illumi no reaccionó a sus comentarios.

—¿Sonaste la alarma?

—¿Dudas de mí?

La mirada fría de Illumi a veces le quitaba su inspiración. Prefirió prestar atención a cualquier otra cosa a su alrededor.

—Sí, la soné, toma —le regresó el aparato que pertenecía a los Zoldyck—, ¿ahora a dónde iremos?

—No, tú irás a hacer lo que tengas que hacer. Aun no me has dado noticias de las arañas. Yo iré a otra parte. Llámame si ya tienes una cita para mí, de lo contrario yo te llamaré cuando sea el momento.

Illumi se disponía a partir, pero Hisoka no estaba de ánimo para dejarlo partir tan fácilmente. Le detuvo por el hombro, no quería sentirse simplemente usado al antojo de nadie, él no era más un juguete. Nimrod no se opuso, comprendía como se sentía, era el sabio sobre las emociones y deseos de los humanos por excelencia.

—Ven conmigo, esta noche te dejaré estar en mi cama —le contestó sonriente.

Hisoka le sonrió divertido, en parte esa respuesta le infundió alivio. No sería tratado como un simple siervo al que le daban órdenes a ciegas, y jamás conocía la voluntad de su señor; compartir la cama con Illumi significaba una relación más estrecha, con un grado de complejidad más alto.

—Sólo te advierto que no soy como el niño que alguna vez conociste, a diferencia de él, yo nací bajo la constelación de Escorpio, no me ando con niñerías.

Tras pasar la noche con él, se marchó a Tierra Sagrada, el lugar donde Zeno Zoldyck lo estaba esperando.

.'.

Mientras eso ocurría, otro suceso se daba en el mundo. Una mujer vestida con elegancia y seriedad, caminaba con sus tacones altos, haciendo ruido en medio del largo pasillo de un hotel. Llamó a una puerta sin recibir respuesta, lo hizo por un par de minutos hasta desesperarse; no tenía tiempo para detalles así que ella misma ingresó. El panorama con el que se halló ya no la impactaba, se había vuelto insensible después de trabajar tanto tiempo para la persona que venía buscando con urgencia; había comprendido que la humanidad podía guardar tantas sorpresas como su imaginación le permitiera llegar.

Una gran cama redonda, con telas brillantes, paredes rosas, una ventana enorme que permitía la entrada de un viento agradable del exterior; el tenue olor a incienso que alguna vez estuvo encendido atrajo su atención por un segundo; un muchacho flacucho, quizá de dieciocho años, desnudo, acostado sobre el suelo alfombrado, estaba tirado a un lado de la cama, mientras que al otro lado de la cama, igualmente en el suelo, había una mujer de enormes pechos y un gran pene al desnudo, estaba recostada con las piernas abiertas; claramente habían estado tomando, lo notó cuando vio la cantidad de botellas vacías que estaban alrededor de ella. Y sobre la cama estaba su jefe, abrazado a una chica de unos veinticinco años que mordía celosamente un chupón; cerca de un biberón sobre un babero a punto de caerse de la cama; de no ser por el pañal que traía puesto, estaría completamente desnuda.

—¿Qué ocurre?, no hagas ruido que tengo resaca —le contestó su jefe, un muchacho de unos veintiséis años, piel morena, un cuerpo más o menos decente, y una belleza bastante peculiar. El chico acariciaba a la mujer del pañal, como arrullándola para que no se despertara.

—Alan… yo… —se vio interrumpida cuando la chica se giró para abrazar un oso de felpa que estaba a su espalda—, llegó una carta urgente del concilio, solicitan tu presencia de inmediato.

—¿Ya?, ¿preparaste todo para mi viaje?

—Sí, tienes un vuelo en una hora y media. Ya empaqué tú equipaje, y va en camino; tu cambio de ropa es éste —le mostró un traje que traía colgado en su brazo—, y el chofer te espera, almorzarás en el vuelo.

—Tan eficiente como siempre.

No tuvo más remedio que marcharse. Tomó el vuelo, viajando hasta un lugar que detestaba, el Gran Salón Iluminado. El Concilio de los Iluminados le esperaba, no había lugar que maldijera más en el mundo, ni gente que despreciara con tanto fervor como lo hacía con ellos. Los «todopoderosos-arruina-vidas», como los solía llamar.

Cuando era joven, él no hacía otra cosa que trabajar para su familia, tenía una vida modesta, una esposa que no era ni mucho ni poco, podría decirse que todo en su vida estaba en una medida estándar. Esa monotonía detonó en su juventud una curiosidad natural por lo paranormal, y terminó enredándose en dilemas con ciertos Iluminados que descubrieron en él un talento especial, era —con exageración— un buen negociante, tenía la gracia de mil personas al mismo tiempo, lograba conseguir todo lo que se propusiera y desgraciadamente, esa habilidad lo había llevado a atarse sin remedio a una hermandad que no lo iba a dejar libre. Se volvió el títere no de uno, ni dos amos, sino de diecinueve. Y a todos los odiaba por igual. Debido a ellos sufrió torturas como ningún otro títere jamás. Su mente era un laberinto que almacenaba secretos de toda la organización, muchos de los cuales él desconocía, pero que bajo las ordenes de ellos, los pasajes de su mente abrían y cerraban cuando le indicaban. Mientras tanto, era el secretario del Concilio, y representante oficial de su palabra.

El mensaje de Nimrod había llegado a manos del Concilio. Como un efecto dominó, muchos comenzaron a preguntarse lo que pasaría, y sólo bajo las órdenes de las personas más importantes de la hermandad llegarían a una solución. La hermandad esperaba que la decisión se repartiera a través del comunicado oficial, y sólo una persona en el mundo podía dedicarse a dar la noticia sin peligro de fallar. Una carta podría ser intervenida, otro medio tecnológico podría ser interceptado, pero Giovanni, la marioneta más importante, capaz de llevar sus mensajes protegiendo los secretos de la hermandad. Al fin de cuentas, ni él mismo tenía acceso a toda su mente.

—Giovanni —le llamó uno de los ancianos del concilio—, ¿sabes a qué has sido llamado?

—Por asesinatos propiciados por el maestro Nimrod, el mismo Elegido le dio la orden de obrar de ese modo. Estoy enterado.

Por supuesto que lo iba a estar, era parte de sus deberes.

—La decisión del Concilio no puede contradecir los mandatos del Único; deberemos acatar sus órdenes tal cual nos fueron dadas. Sin embargo —volteó a ver a los otros hombres y mujeres en la mesa, como esperando su aprobación—, no podemos dañar los intereses de nuestros miembros. Muchos de nuestros asociados más importantes tienen costumbres que Nimrod podría catalogar como «pecaminosas», y no pueden dejar simplemente sus adicciones, son parte de su libertad.

—La libertad es una de esas cosas que nosotros ofrecemos a nuestros miembros —añadió otro de los hombres—. Nimrod podrá estar en contra, pero nosotros no podemos satisfacer a todos por igual. Es menester que hagamos un balance entre lo que él pide y lo que ellos desean.

—Gio, tu deber es entregar estas treinta y seis cartas a sus respectivos dueños. En ellas vienen las indicaciones detalladas de lo que cada uno deberá hacer, tú deberás resolver sus dudas…, ya te explicaremos la dinámica.

Se quedó en la reunión, que se extendió unas cuatro horas, mientras ellos debatían sobre lo que era conveniente y mesurado para todos. Introdujeron las instrucciones y detalles de lo que debía hacer en su mente, y le prepararon para un largo viaje; definitivamente este trabajo le tomaría un largo tiempo. Estaría recorriendo los países donde se ubicaban los Iluminados más importantes para repartir las treinta y seis cartas. Como siempre, viajaría solo. Su asistente del otro día sólo le atendía en cierto lugar, fuera de ahí, él tenía personal diferente en cada país.

Él no era una persona y nada más. Los laberintos de su mente habían creado protecciones para. Gio era una persona de género fluido, había aprendido a aceptarlo, desde el momento en que lo descubrió; fue muy feliz, nunca antes podría negarse a sí mismo que disfrutaba siendo tanto hombre como mujer, o cualquier otra posibilidad. No habría tenido problemas por aquello de no ser porque, debido a las torturas, había tenido un desprendimiento casi accidental de la personalidad. Su género cambiaba de acuerdo al lugar en el que residía y no sólo eso, también su personalidad, su nombre, gustos, amistades; todo cambiaba. Esto era peor que la misma tortura, no tenía idea de quién era en realidad él, —o ella—. Había nacido como un hombre, con una familia modesta que le había puesto un nombre y apellido, se había casado bajo un nombre, pero dentro de él había un tormento. Uno que ni siquiera su familia conocía. En una ciudad se despedía de su mujer, mientras que en otras ciudades le esperaban un montón de vidas diferentes.

Su nuevo asistente, un muchacho de corta estatura, lo acompañó hasta su siguiente vuelo. Gio venía distraído leyendo nuevamente la documentación que le atañía sólo a él.

—¿Es cierto que el maestro Nimrod mató a cuarenta y siete magos en Zerauj?

Giovanni detuvo sus pasos, prestando atención a la pregunta de su asistente.

—Me preguntó cómo fue. Ninguno de esos magos estaba catalogado como novicio, debió ser complicado… o quizá no lo fue. Para un tipo tan poderoso como Nimrod, quizá acabar con un mago avanzado sea cualquier cosa —respondió con curiosidad.

—¿Es cierto que tiene tantos poderes como el mismo elegido?, ¿por qué cree que está amenazando a nuestra hermandad?, ¿no cree que es extraño?

—Fua, estás haciendo muchas preguntas. Debo irme pronto, lo sabes —el tipo dio un paso atrás e hizo una reverencia en disculpa—. Toma, haz lo de siempre, quiero un juego de copias de toda la documentación.

Todas esas dudas él también las tenía. Creía compartir con Nimrod su odio hacia la hermandad, de facto apostaba que él lo hacía con mayor ímpetu. Deseaba que todas esas personas que se habían atrevido a destruir su vida y personalidad pagaran por todo lo que le habían hecho. Pero no tenía medios para hacerlo, ninguna fuerza en él estaba dispuesta para salvarle. Por muchos años se había preparado para un momento como este, el momento en que la persona indicada apareciera. Había estado sacando copias de todas las pruebas que incriminaban a cientos de Iluminados a lo largo de los años, todas sus culpas, toda la suciedad con la que habían trabajado se hallaba en sus almacenes personales. Listas para ver la luz. Sólo le hacía falta un eslabón en su plan.

«Tengo que conocer personalmente a Nimrod —se dijo, su corazón latía con fuerza de sólo imaginarlo—, si me mantengo viajando tal y como lo estoy haciendo, en cualquier momento me lo encontraré, me aseguraré que reciba mi mensaje».

Gio estaba dispuesto a todo. Originalmente su plan estaba enfocado a encontrar al Elegido y exponer sus casos, pero descubrió lo imposible que era esto, el anticristo era intocable. En cambio Nimrod era un humano al cual podía acceder. Por ahora, sólo viajaría, con la esperanza de encontrarle en el camino.

.'.

Antes de ingresar a la isla, se alistó para verse presentable frente a su abuelo, sobre todo porque sabía que entraría a un lugar donde era importante que él luciera atractivo. Sólo que, como venía acompañad de su abuelo, tuvo que optar por vestir más austero, evitando los símbolos, y los atuendos ajustados. Optó por algo parecido a la ropa que su padre usaba a diario. Su abuelo ya estaba esperándolo. Cuando le vio entrar, el anciano fijó su mirada en él, estaba concentrado en encontrar algo que su nieto delatara lo que atraía a los demás. Estaba seguro que su atractivo no era el único detonante a tanta insistencia.

—Ven, niño, caminemos juntos —le indició mientras Illumi le seguía—, tengo mucho tiempo sin pasear por esta ciudad, este lugar siempre está cambiando.

—¿Iremos a algún lugar en especial?

Pero su pregunta fue ignorada, estuvo así un rato mientras caminaban por las calles sin un aparente rumbo.

—Hace años, antes de que tú nacieras, nosotros vivimos aquí, justo bajo esa colina —le señaló un edificio alto—, y la casa que ves enseguida a ella, pertenece a la familia Jaco, tu padre y el heredero de los Jaco fueron amigos de la infancia, prácticamente se entrenaron e iniciaron al mismo tiempo. Silva habría tenido un gran éxito de no ser por que actuó como un traidor cuando no era así, se marchó de casa y volvió hasta que ya tenía un bebé en camino —suspiró—. Actualmente esa casa, la usamos como una de las instalaciones para el entrenamiento de nuestros mayordomos.

—¿Conoceremos a la familia Jaco? —preguntó con naturalidad, no era el momento para que su abuelo supiera que ya conocía esa historia.

—No aún, pero estaremos aquí el tiempo suficiente como para que eso ocurra.

Venían pensando en sus asuntos, no notaron que una persona se acercaba a ellos hasta que ya estuvo bastante cerca como para evitarlo.

—Illumi, es un honor tenerte de vuelta.

Y no era precisamente una persona agradable.

—Muath —murmuró, y se hizo a un lado para que su abuelo lo divisara e interviniera antes de que el tipo terminara haciendo algo vergonzoso.

—Joven Almershed —le saludó Zeno.

—Maestro Zeno, es toda una novedad tener tantos Zoldyck en la isla en tan poco tiempo.

Pero la mirada la tenía enfocada en Illumi, no le interesaba otra cosa; en cambio el morocho fingió no notarlo, prestando atención a los alrededores.

—¿Qué podemos decir?, se han presentado motivos suficientes para que estemos aquí.

—¿Sí?, ¿por casualidad Silva está de visita?

—No, yo he venido a tratar asuntos con Adalfuns. Él fue quien primero nos presionó a venir.

Dejó de prestar atención a Illumi cuando escuchó ese nombre salir de la boca de Zeno. Definitivamente no le había agradado saber que su rival se le había adelantado.

—¿Ese idiota? Adalfuns es sólo un hablador, sólo dará promesas vacías a cambio de… —volvió a fijar su mirada en Illumi, en verdad que le atraía con locura.

—Eso lo decidiré yo —cerró sin ningún arrepentimiento en sus palabras—. De cualquier modo, si tienes algo que alegar, podrás hacerlo.

—¿Cuánto tiempo estarán aquí?

—Tres meses.

Illumi sintió un escalofrío cuando escuchó esa respuesta y volteó a ver a su abuelo, intentando averiguar si hablaba en serio o sólo era un decir.

—¿Está semana tendrá tiempo para una reunión?

—Posiblemente.

—Estoy seguro que así será, no los interrumpo… Oh, una cosa más, ¿irán al coliseo?

—Ahí estaremos.

—Entonces, ahí los veré. Hasta pronto.

Por más que intentó captar la atención de Illumi, no lo logró. Eso por supuesto, le hizo sentir todavía más ganas de atraer a ese difícil muchacho.

—¿Este es otro de los que quieren apadrinarte? —preguntó el anciano una vez que Muath se marchó.

Illumi asintió con la cabeza y recordó su problema.

—¿Tres meses…? —eso interfería en sus planes.

Para su desgracia, esta no era una de las cosas con las que podría contar con Hisoka para hacerse cargo, tendría que cambiar sus planes.

—¿No es excesivo?

—Creo que no has entendido bien la dinámica de nuestro trabajo —con una voz inteligente respondió Zeno—. No importa, te ilustraré, ¿crees que estos hombres darán lo que sea por ti sólo porque te han visto durante unos días o unas horas?, es mejor esperarlos a que te conozcan, que vean que atraes la atención. Muchos de estos hombres son capaces de darnos lo que buscamos, así de fácil y rápido, pero no estarán dispuestos a hacerlo porque representa un riesgo, y no nos lo ofrecerán de inmediato.

—Ya comprendo… —contestó sin ánimo.

—Si en tres meses están dispuestos a darnos lo que de buscamos, entonces en seis meses nos doblarán la apuesta. Eso es lo que en realidad queremos. La mejor oferta.

Nimrod lo sabía, Illumi era una mercancía para su familia y él tendría que encargarse de alargar el tiempo tanto como le fuera posible antes de terminar siendo apadrinado por algún asesino que no le permitiera seguir con sus planes con el Anticristo, cualquier trato que se fuera a cerrar, debía hacerlo después de haber hallado a su mujer. De ahí ya no le importaría lo que sucediera.

Tal y como lo había dicho Zeno, asistieron al Coliseo. Esa misma semana había llegado Adalfuns a la isla y estaba ansioso por reunirse con el Zoldyck mayor. Planeaba cerrar el trato lo más pronto posible, así que en cuanto se dio el momento hicieron la reunión.

Illumi fue enviado a un palco privado, donde podía presenciar las peleas y, como la vez anterior, recibir un trato de invitado especial, sólo que ahora todo estaba costeado por su abuelo. Zeno lo tenía todo bien preparado, puso a su nieto como en un aparador de exhibición, y ordenó que no permitieran el paso a nadie, el muchacho debía estar a solas durante toda la reunión, no quería que los demás vieran que su mercancía estaba al alcance de todos.

Por supuesto que el muchacho estaba aburrido, viendo las peleas de los novatos que no tenían nada interesante qué ofrecer al público experimentado. Entonces comprendió el plan de su abuelo, cuando notó las miradas que estaban sobre él. Entre más imposible y protegido se viera delante de todos esos ambiciosos asesinos, más interés despertaría. Se le ocurrió que no tendría que esforzarse tanto por alargar el tiempo, ellos mismos lo alargarían porque no tendrían otra oportunidad mejor que esa para pertenecer a una hermandad tan influyente. Ellos harían el trabajo y él sólo intervendría cuando fuera necesario.

Zeno fue a un cuarto privado en el que el ruido del Coliseo estaba casi anulado, se escuchaba el exterior como un eco suave, y podía, si es que lo apetecía, ver desde un cristal las peleas que ocurrían mientras que él estaba ahí. El cuarto era un poco oscuro, no tenía mesas, sólo cojines elegantes y cómodos, en los que ambos hombres se sentaron mientras que en el centro había bocadillos y un narguile color negro, con cuatro mangueras para que los invitados pudieran disfrutarlo. El olor a hachís inundaba la habitación mientras que los dos hombres absorbían el relajante efecto de la yerba. Algunos trabajadores del Coliseo estaban en las esquinas, junto a unas mesas con licores y otras bebidas, listos para atender a sus clientes, en caso de que fuera necesario. Después de un rato en silencio, cuando hubo que añadir más hachís, Adalfuns se animó a hablar.

—Illumi está muy bien cuidado, ¿verdad?, ¿dónde le has dejado?

—Está en un palco privado, no tiene permitidas las visitas. Por supuesto que está bien cuidado, es un Zoldyck después de todo.

—¿Es virgen aún?

—¿Es mi asunto lo que mi nieto haga o deje de hacer con su cuerpo? Nosotros no le privamos de su libertad, él tiene capacidad para decidir con quién acostarse y con quién no.

—Tampoco es que me sea relevante, pero si vamos a hacer trato esta noche, me gustaría que te aseguraras de que Illumi ya no vuelva a estar con nadie más hasta que yo tenga los derechos sobre él.

—¿Y cuándo será eso?

—Sé lo que están buscando. Lo sé perfectamente. Pero eso que ustedes desean no puedo dárselos por el momento. Habrán más cambios debido a las ordenes nuevas que hemos recibido por parte de los Iluminados… aunque eso claro ustedes seguramente ya lo sabían —Zeno dio otro sorbo al hachís y aguardó en silencio—. Cuando todo se estabilice, se removerán ciertos cargos y yo podré tomar provecho de ello…, en un año o quizá menos, yo podría ofrecerles lo que ustedes están buscando.

—¿Un año? —contestó el Zoldyck dejando escapar el humo de su boca—, ¿estás consiente de que pides mucho? Probablemente en menos de un año tus rivales podrían darnos lo que buscamos, sin ningún problema. No sólo nos estás asegurando nada, sino que ni siquiera tú mismo sabes qué pasará en un año. No puedo hacer tratos con promesas que pueden ser vacías. Desperdiciaría muchas oportunidades.

—Tú mismo sabes que darte aquello significaría mucho riesgo para el que lo haga. Si las cosas no se dan cómo debe ser, podríamos salir perdiendo todos los involucrados, ¿acaso crees que mis rivales te lo ofrecerán así de simple?

—Quizá, claro, si tanto desean a Illumi…

Y claro que Illumi era una tentación para todos, no sólo porque les pareciera atractivo sino que Illumi pertenecía a los Iluminados, un rango superior a lo que ellos habían aspirado. Los Zoldyck ya tenían los beneficios de ser parte de la afamada hermandad, ellos también querían una oportunidad para alcanzarla, solo que disfrazaban su deseo con rechazo, por la envidia que despertaba en ellos que hubieran llegado a ese punto sin batallar.

—De acuerdo, ¿qué quieres?, ¿quieres que te ofrezca otras cosas mientras que consigo mis objetivos?

—Eso sería mejor, mientras nadie mejore tu oferta, al menos tendré esto en cuenta y me encargaré de que Illumi no esté con nadie más en su cama.

Se le hizo agua la boca de sólo imaginar a ese suave manjar en su cama junto con el poder que representaba, y las metas que alcanzaría a través de él. Definitivamente deseaba tenerlo; no codiciaba algo más. Ofreció tanto como pudo y quedó satisfecho, había puesto sus mejores armas, y no esperaba que otro pudiera interponerse en su camino.

Cuando Zeno salió, vio con ironía como uno de los asesinos había escalado hasta el palco donde Illumi se encontraba, y conversaba con él desde el filo de la barda, mientras que el morocho tomaba una distancia prudente de él para seguir el juego de su abuelo. Hacerse el difícil. Se sonrió, su nieto era mucho más brillante de lo que jamás había esperado. Creyó que todos sus planes serían pan comido.

.'.

Había pasado ya mes y medio desde que Illumi había partido de casa. Killua disfrutaba su tiempo con mucha precaución, ya que, a pesar de que su hermano no se encontraba, nadie le había informado de que Illumi no sería más su maestro, ni se habían tomado la molestia de decirle que ya no tendría que estar cerca de él de nuevo. Sólo sabía que su padre era ahora el encargado de todos sus avances. Silva iba de vez en cuando a verle, era un hombre realmente ocupado así que la mayor parte del tiempo informaba a Gotoh, Tsubone o cualquier otro mayordomo de confianza sobre las rutinas que debía cumplir, luego este se encargaba de vigilar al muchacho mientras completaba sus ejercicios.

En definitiva su vida era tranquila. Cierto que se aburría, pero ya no vivía bajo estrés. Además, no siempre se fastidiaba, de vez en cuando su madre llevaba a Kalluto para que entrenaran juntos. La mujer sólo podía sentarse a distancia y observar sin derecho a intervenir, como la tradición de los asesinos señalaba, así que no resultaba latoso tenerla ahí como espectadora.

Gotoh, quien era el que más le vigilaba, consideró que la mejor señal de que Killua estaba al fin a salvo, era que él niño había cesado de preguntar por Illumi y que tampoco hacía esfuerzo por contactarlo. Después de haber sido su confidente por muchos años, ver que el niño ya no tenía preocupación alguna por ese loco, era mejor que nada. Si Killua podía afirmar que vivió una buena época en su vida, era precisamente esa, cuando Illumi al fin había salido de su vida.

.'.

Las reuniones en la Isla habían sido tan fructíferas como la reunión que había tenido con Adalfuns; incluso cuando Muath había tomado su turno para hablar con el abuelo Zoldyck, y no había tenido mayor éxito que los demás. Nadie había podido ofrecer hasta ahora lo que ellos buscaban. Era frustrante, sin embargo, Zeno no era tonto, sabía que dentro de un tiempo, y con la persistencia adecuada, obtendrían buenos resultados. Los asesinos no eran tipos fáciles de seducir, a pesar de aparentar lo contrario.

Claro que cuando Adalfuns se enteró que su rival Muath había ofrecido más que él, se enfureció. Al principio amenazó a Zeno con palabrerías sobre su posición y otras cosas, y al final, volvió a intentar arreglar el acuerdo mejorándolo. La competencia definitivamente había comenzado y esa era buena señal. Significaba que estaban listos para el siguiente paso, llevar a su nieto a casa de los Jaco. El único lugar, de entre los aliados de Silva, al que podría llevarlo y estar seguro del éxito sin riesgos.

La casa de Joab estaba bien vigilada, las puertas estaban abiertas de par en par para que entrara el que así lo quisiera, siempre y cuando pudieran llegar hasta el interior; atravesando el camino a la entrada, el cual estaba rodeado de gente leal a los Jaco. En dicha ocasión los estaba esperando Joab, quién fue el primero en saludarles una vez que ambos Zoldyck cruzaron la puerta.

Debía reconocer que estaba nervioso por ver la reacción que tendría Joab al verlo, se preguntaba si inmediato lo abrazaría o actuaría como si nunca lo hubiera visto. Incluso tuvo temor de que Joab se asustara al verle de vuelta junto a Zeno. Y se relajó al ver que el hombre procedió con decencia. No se puso nervioso, actuó como nunca en su vida lo hubiera conocido. Saludó con énfasis a Zeno, y a él simplemente le extendió la mano como si fuera por compromiso; por tanto le siguió el juego, no iba a permitirse perder una oportunidad con el tipo si es que había una.

—Joab, ¿cómo ha estado tu padre?, tengo bastante tiempo sin verlo.

—Sigue en el continente oscuro, la última noticia que tuve sobre él fue hace dos semanas. El trabajo lo consume.

—Envíale mis saludos cuanto te sea posible.

—Por supuesto.

Joab ni siquiera le dirigía la mirada a Illumi, actuaba como si el muchacho fuera un guardaespaldas de Zeno, y lo tomaba por un desconocido. Esto claro que no le molestaba, se mantuvo en silencio mientras escuchaba la conversación.

—Como verás, no he venido solo — indicó Zeno—, esta vez he traído a mi nieto. Indudablemente has escuchado hablar sobre él, es lo más popular en la isla. No me sorprendería que lo hubieras conocido ya antes.

—El famoso muchacho, Illumi, ¿cierto? —dirigió un rápido vistazo al morocho y siguió hablando—, por supuesto que he escuchado hablar de él.

—Estoy seguro de que sabes lo que estamos buscando, en realidad me preguntaba si podíamos hablar a solas.

—Por supuesto Zeno, ¿Illumi, te gusta leer?; tengo una gran biblioteca aquí al fondo, si gustas, puedes esperar mientras lees para que no te aburras en lo que converso con tu abuelo.

—Soy su invitado, usted decida lo que le parece apropiado —contestó sonriente.

Joab se dio la vuelta y habló con uno de su personal.

—Nin, lleva a Illumi a la biblioteca, asegúrate de que tenga lo que necesita y sea bien atendido.

Gracias por leer.'.

Yuuki: Gracias por tanto apoyo, por buscarme en tumblr, he tratado de mantenerlos al tanto con la historia, espero que al menos te hayas divertido viendo mis tonterías. Te eché de menos, ojalá te haya gustado el capítulo. Un abrazo.'.

Un agradecimiento especial a Kalen, KaiD23, y Cynthia mis maravillosas betas por sus correcciones.