Sólo los humanos pueden derrotar a los monstruos.

En realidad esa había sido su convicción; la explicación lógica que encontró para explicar el hecho de que tantos y tantos monstruos fuertes habían intentado acabar con él sin éxito pero un simple humano de nombre Abraham Van Hellsing fue el que consiguió clavar un cuchillo a su corazón.

Pero ahora cuestionaba que esa fuese una verdad porque… Alexander Anderson se había convertido a sí mismo en un monstruo, y pese a eso estaba a punto de asesinarlo.

¿De verdad estaba sucediendo esto? ¿Había estado acaso tan equivocado?

Un centímetro más. Sólo un centímetro para que el filo frío del metal rebanara su muerto corazón y acabara con su vida sin sentido…

Pero eso no sucedió.

Sus ojos se abrieron, su cuerpo despertó y su conciencia regresó al presente. Todo gracias a la presencia de la draculina que tercamente sostenía en arma de Anderson para evitar que alcanzara el corazón.

Seras.

Seras Victoria, la poderosa draculina, la que apenas unas horas antes había olido aún a sangre humana e inocente… la que olía hoy a la sangre de un monstruo… la misma sangre que corría por las venas del hombre que un día había recibido el título de Conde.

Y sí: la sangre que ahora corría por las venas de Seras era sin duda la sangre de un ser cruel y despiadado que tenía la capacidad de matar sin limitaciones ni remordimientos… la sangre de un auténtico monstruo. Pero, a pesar de esa situación, Alucard sólo pudo ver directamente a los ojos de Seras, escuchar su voz dulce, su tono angustiado y percibir el sonido que hacían sus músculos tensándose y forzándose a competir con la fuerza admirable de Anderson en un intento de salvar a alguien cuya alma hacía mucho que había sido condenada.

La realidad de lo que hacían lo golpeó entonces: Seras estaba peleando.

Y eso no era raro, es decir, esa mujer era una peleadora por naturaleza que se había agarrado a golpes con la vida desde una edad temprana pero, la fuerza con la que ahora estaba respondiendo al ataque de Anderson era una fuerza que no correspondía al deseo de una lucha irracional y deliciosa que los monstruos solían tener, más bien era la fuerza que había visto en los ojos de Jonathan Harker y Abraham Van Hellsing… esa fuerza nacida de la debilidad, esa fuerza que se emplea sólo cuando hay algo más el juego que la vida propia, ¡esa fuerza que nace del apego a los seres queridos!

Dejó entonces atrás a la bruma y a la resignación, resurgió su ira de entre la certidumbre de la derrota y obligó a su cuerpo a responder a la agresión con una batalla digna.

Eso que había visto en los ojos de Seras, eso que la voz de la draculina había movido en su propio interior… todo eso debía quedar para más tarde. Ahora era el momento de enfrentar a la realidad.

¡Él era un monstruo! Todos lo decían y él mismo se había aceptado a sí mismo como tal, sus acciones, sus pensamientos y sus deseos obscenos obedecían sin duda a su monstruosa naturaleza y no tenía ni la más mínima intención de ocultar eso.

Pero a diferencia de otros él era un monstruo con un propósito.

Muchos otros monstruos con los que había peleado habían tenido como único propósito el conservar sus patéticas y monótonas vidas, pero limitarse a existir no era algo que fuera con él.

Él era alguien cuyo nombre no importaba a pesar de haber pasado a la historia tanto por sus acciones como mortal como por su leyenda inmortal, él era mensajero de la desdicha, un genio de la guerra, un arma mortal y una imparable fuerza de la destrucción… pero a diferencia de lo que muchos pensaban, la destrucción no era su propósito final, sino simplemente un medio más para que las noches fueran hermosas una luna brillante y teñida por el rojo de la sangre que se derramaba en cada sitio al que él llegaba.

Él era un monstruo que noche a noche era utilizado por las manos de Integra Hellsing para destruir a aquellos que asechaban en el mundo que ella quería… y Alexander Anderson era ahora un monstruo manipulado por el Vaticano para destruirlos a su maestra, a su esclava y a él.

Alucard era consciente de que él mismo era un monstruo.

Los monstruos existen, los monstruos asechan por la noche a las víctimas inocentes y a las ratas con forma de humano, los monstruos son crueles, los monstruos son despiadados y matan por placer.

Pero lo que muchos olvidan es, que los monstruos podrás ser inmortales, pero no son invencibles, y para un monstruo la derrota equivale a la muerte. Al mismo tiempo…

Alucard sonrió con una de sus sonrisas engreídas y temibles.

No era una sonrisa sincera porque en realidad no tenía deseos de sonreír, pero era una sonrisa de triunfo.

Lo que corría por las venas del paladín de la Sección Trece del Vaticano, Iscariote, el padre Alexander Anderson… eso era ahora sangre de monstruo, y el rey sin vida sabía que la victoria estaba en sus manos porque sólo los humanos pueden derrotar a los monstruos.