¡Alucard!

¡Maestro!

¡Alucard!

¡Maestro!

El tiempo pasaba, los días interminables se alargaban, los segundos desabridos dejaban espacio entre uno y otro para contarse y, en medio de lo que pudo haber sido un mar de monotonía, lo que ocurría en realidad era una lucha interminable entre un Rey sin una vida propia y todas las vidas que había robado a otros.

Una lucha interminable… si una lucha es interminable ¿para qué seguirla? ¿Cuál era el sentido de continuar con algo que de cualquier modo no encontraría el final? Las preguntas anteriores habían asechado más de una ocasión en la mente de Alucard, sería una mentira total el negarlo, pero cada vez que perdía las ganas de luchar entonces las voces de su sirvienta y de su maestra rompían a través de los resquicios del tiempo y llenaban su muerto corazón de lo más cercano que había sentido alguna vez de la esperanza.

Alucard…

Si el vampiro escuchaba la voz de Seras lo que despertaba en él era un deseo extraño de no defraudar a la pequeña draculina, pero escuchar la voz autoritaria de Integra era algo que le despertaba un sentimiento completamente diferente.

Integra – pensaba demorándose en los detalles del rostro fuerte y decidido de su maestra – Integra Hellsing.

Y no era para menos… Había conocido a Integra desde que ella era una niña y – pese a que nunca lo admitiría en voz alta – había admirado la tenacidad y fortaleza de esa chiquilla que a pesar de estar prácticamente sometida a los pies de su tío no sólo se había negado a pedir piedad sino que aún había reunido la fuerza para demostrar ante los demás la verdad de su carácter.

La inmundicia que del tío de Integra había dado a su sangre un sabor empalagoso pero en Nosferatu estaba completamente seguro de que el sabor de la sangre de Integra sería diferente: más sublime y delicado, más fuerte y más matizado… el sabor de un auténtico liderazgo y de una verdadera emoción.

Balas más volando en el vacío, gritos dados por seres sin voz y vidas extintas desvaneciéndose en la frialdad de la nada. Hora a hora, día a día, mes a mes, año tras año… esa rutina tediosa y sin propósito no dejó nunca de repetirse a pesar de que el rey sin vida daría ahora todo por poder escapar de ella.

A pesar de eso, la lucha continuaba. ¿Por qué? Tan simple como eso, porque Integra Hellsing seguía llamando mentalmente al Nosferatu exigiendo su presencia.

Es verdad que con los años el llamado comenzó a debilitarse, es verdad que la exigencia bajó hasta ser sustituida por la súplica, es verdad también que la voz mutó hasta volverse un llamado decrepito. A pesar de todo eso las palabras "Alucard" y "Maestro" seguían resonando en la mente del vampiro impidiéndole olvidar su identidad y ayudando a que conservara su cordura.

Las balas continuaron volando en el vacío, los gritos sin voz no se interrumpieron y las vidas extintas danzaron sin tregua hasta perderse en la nada…

Y entonces, sin previo aviso, no había nadie ahí salvo el rey sin vida.

Alucard pestañeó un par de veces en incredulidad ¿De verdad estaba pasando esto?

La incredulidad de su dueño hizo a los ojos del rey sin vida buscar por todos lados, pero no había en esa nada absolutamente nadie a excepción del ladrón de almas… así fue como, por primera vez en muchos años, el hombre un día llamado conde se quedó… solo.

¿De verdad estaba pasando esto?

Por un minúsculo – muy minúsculo – momento, Alucard se encogió sobre sí mismo lleno de miedos pero, entonces dos voces sonaron en su mente y las palabras "Alucard" y "Maestro" volvieron a ubicarlo en su realidad.

"Maestro" era una palabra que sonaba con un llamado sincero, "Alucard" en cambio encerraba una orden fuerte y precisa, y tenía el tono fuerte y firme que sólo aquellos destinados al poder saben encontrar.

Ahora que lo pensaba, un olor flotaba en el aire, un olor fuerte y atractivo, promesa de algo que era una auténtica rareza encontrar en medio de un mundo de ratones.

Alucard siguió ese olor que sabía que lo llevaría hasta donde Integra Hellsing estaba. Lo siguió sin titubear a través del todo y de la nada, lo siguió en los límites entre la vida y la muerte y lo siguió tanto a la luz del sol como alrededor de una luna roja en una noche estrellada… lo siguió sin dudas porque ese era el olor de la sangre de un auténtico líder.