En la iglesia las campanas repicaban con un timbre triste y vacío que más que invitar a otros a acompañar en la ceremonia se escuchaban como un homenaje fúnebre… aunque eso era lo correcto, dado que precisamente era su repicar un homenaje fúnebre dedicado a la memoria de Integra Hellsing.

Una vez terminado el acto religioso en los amplios salones de la mansión se daban cita: nobles cuyos títulos eran casi obsoletos, nuevos ricos que no tenían la más mínima idea de la importancia de la persona a la que se estaba brindando la despedida y personalidades de élite que habían caracterizado su vida por inclinarse a favor de la balanza y apoyar sólo a aquellos que tenían con qué retribuir a sus favores… y en cuanto a las personas que verdaderamente habían sentido respeto por la última heredera Hellsing, ellos simplemente se habían reunido en un salón secreto ubicado en el piso más alto de la mansión, y ahí comentaban entre murmullos y lágrimas contenidas en enorme vacío que la partida de Integra había dejado en el mundo.

Pero, irónicamente, aquellos que más lamentaban por la muerte de Integra eran los que menos escándalos hacían.

Así, mientras en los niveles superiores escorias hipócritas discutían sobre el destino de los bienes materiales de la familia Hellisng, Alucard se contentaba con verter vino tinto en su copa usual mientras la bella Seras lo contemplaba silenciosamente al otro lado de la mesa.

-¿Maestro? – interrumpió finalmente la voz aniñada de la draculina.

-¿Sí?

-Maestro… ¿qué será de nosotros a partir de ahora?

Alucard quería consolar a su antigua pupila porque – contra todo pronóstico – entendía su angustia a la perfección, y siendo honesto que él también sentía algunos toques de inseguridad.

En vida Integra Hellsing había sido una líder digna de ser seguida hasta el final del mundo, pero ahora que su alma imperiosa abandonaba el plano mortal entonces la centenaria Organización Hellsing dejaba de existir y con ello desaparecía también el último nexo que había – de algún modo – conectado a Seras Victoria con su antigua identidad de mujer policía. Más que eso, la muerte de la última heredera Hellisng significaba la caída de las restricciones de Alucard; la expiración de los sellos, el corte de los lazos, el derrumbe de los muros, la oxidación de los barrotes… la regeneración de las alas que el ave de Hermes había devorado al hacerse dócil.

Muchas cosas habían cambiado en los últimos años y como resultado de esos cambios no sólo Alucard recobraba la libertad para asesinar libremente bajo la luz de la luna, sino que ahora tenía a su lado a una poderosa draculina que no había nacido para el liderazgo pero que en cambio estaba destinada a un poder tal que era capaz de desvanecer las ilusiones llamadas "economía" y "aristocracia".

-¿Maestro…?

-Ahora Seras, tenemos la libertad de hacer lo que queramos, y de vivir libres de las órdenes de los simples mortales.

El diálogo no fue dicho con jovialidad sino con nostalgia y Seras no se sorprendió de eso, porque si bien es verdad que ni ella ni Alucard lloraban por la muerte de su maestra, la imposibilidad de los vampiros para llorar era el único obstáculo que impedía a las lágrimas escapar de sus ojos.

-Maestro yo…

-Ya no es "maestro", Seras.

-¿Qué? Pero yo…

-Escúchame bien, Seras Victoria: A partir de hoy no serás más aquí una aprendiz ni una sirvienta. El poder que tienes ahora va más allá de lo que cualquier persona viva imagine y con él inclusive los elementos han de doblegarse a tu fuerza de voluntad. Ahora, a pesar de que tengo más experiencia que tú, eres la única en este mundo a la que reconozco como digna de ser llamada mi igual.

Esa respuesta dejó a la mujer sin aliento ¿era serio el nosferatu? A pesar de que cada palabra había sido pronunciada en completa seriedad parecía inverosímil que el rey sin vida aceptara ahora la posibilidad de encontrarse con alguien como él… y sin embargo…

-¿Yo? Pero…

Sin escuchar las protestas de la draculina, Alucard tomó la copa que siempre permanecía boca abajo sobre su mesa y sirvió en ella el mismo vino tinto que acostumbraba a beber, tras lo cual la llevó a los labios de su antigua aprendiz Por un momento la duda profunda se reflejó en los rasgos de la bella draculina, pero casi en un segundo los poderos instintos de su demonio interno tomaron el control y antes de darle el tiempo de formular una protesta se descubrió a sí misma aceptando la oferta del antiguo conde.

Alucard por su parte se deleitó con la imagen de la vampiresa y una vez que ella hubo bebido ambos se miraron de frente. Fue hasta ese momento que el antiguo Conde abrió en su piel una herida que sangró rellenando la copa sostenida por su bella draculina.

Realmente los años habían operado un cambio notorio en Seras y los ojos que un día habían sido del azul de un lago eran ahora de un delicioso carmesí sangre, el aura de ternura había dado paso a la seducción pura y los colmillos blancos y afilados destacaban en su boca entreabierta encerrando promesas de lujuria y de dolor. Lo más importante de todo sin embargo era el cambio de su actitud, pues donde antes habían estado la timidez y la inocencia florecían felizmente la astucia y la osadía que permitían que esa draculina no se encogiera ni ante las palabras de su maestro ni ante el esa acción que en otro tiempo la habría aterrado.

-Bebe mi sangre, Seras Victoria. En este momento eres más poderosa que cualquier otro ser andante en el planeta pero aún ahora te falta tu libertad, y esa sólo puedes obtenerla al cortar las cadenas que te obligan a caer a los pies del maestro que te mostró la obscuridad.

-Yo… realmente no sé qué pensar. Es decir, en todos los años que Sir Integra y yo te esperamos jamás perdí la esperanza de reencontrarte porque podía sentir tu fuerza a través de nuestro vínculo. Tal vez ya no soy la misma débil humana que fui un día, pero no me siento preparada para tener que vivir sola y ya que nuestra maestra se fue si te vas también tú entonces yo…

Pero Seras no pudo seguir adelante con su discurso por el simple hecho de que ahora los labios del rey sin vida sellaban los suyos y, mientras la joven vampiresa se derretía en la sensación del beso, Alucard se tomaba un minuto para volver a sus reflexiones de antaño.

En el pasado muchos habían tratado de adivinar las razones que condujeron al Conde a arrastrar a la mujer policía por el camino de la obscuridad; ya sea en su mente o abiertamente, aquellos que le conocían especulaban al respecto e inventaban excusas, algunas de las cuales tenían tintes románticos y otras se basaban enteramente en la depravación.

Oh, pero todos estaban tan equivocados…

Porque la percepción humana de "el resto de un vida" era muy diferente a la percepción de los inmortales, la noción de "recompensa divina" es recibida de diferente modo por los "santos" que por los condenados y la "vida" es una palabra que tiene diferentes connotaciones para los vivos que para aquellos que, como los vampiros, se veían atrapados en una eternidad de muerte andante.

Había sido la terquedad de Seras al aferrarse a un mundo de desdicha lo que había convencido a Alucard de concederle la eterna obscuridad, porque en el fondo él se identificaba con eso y, lo mismo que ella, el un día Conde también se aferró con uñas y dientes a la vida de mierda que jamás dejaba de golpearlo. Justo por eso, al beber la sangre virginal, inocente pero – sobre todo – fuerte de Seras Victoria, él supo que esa chiquilla ocuparía tarde o temprano el lugar de una reina… su reina de las sombras, para ser específicos.

-Maestro…

Y la voz de la draculina se escuchaba ahogada en confusión y excitación; sonando frágil a pesar de la fortaleza de carácter de su dueña.

-¿Sí, mi Seras?

-Es que yo…

Pero una vez más su frase fue ahogada por los labios y la lengua invasiva de Alucard y, sin darse cuenta de otra cosa, poco a poco esa boca lasciva se trasladó por un costado de su rostro y hasta la base de su cuello donde dos colmillos afilados cortaron su aliento perforando la garganta con la misma combinación de salvajismo y cuidado de la primera vez.

Así, mientras su reina se retorcía de placer entre sus brazos, el rey sin vida saboreó el delicioso sabor de la sangre de la que ese día se convertiría en su amante.