Rubeus Hagrid nunca tuvo lo que se podría llamar: "una vida fácil".

Su padre, Konrad Hagrid, fue un mago sangre pura afectado por una maldición, y su madre, Fridwulfa, una giganta que, años más tarde, Hagrid se enteraría que su padre persuadió para ayudarlo a ser liberado del conjuro que estaba comiendo sus sesos.

La familia Hagrid y su línea pura había sido reducida a tal punto, que cuando Rubeus cumplió los ocho años, ninguna persona se escandalizaba al oír su apellido. Casi nadie sabía que los Hagrid solían ser sangre pura, en realidad, no a menos que alguien hubiese hecho todas y cada una de las conexiones necesarias entre los árboles de las familias antiguas. Su padre, Konrad, no tenía hermanos. Era el único Hagrid puro que quedaba, y a pesar de que lo criaron para hacer renacer el apellido y traer gloria una vez más a la familia, todo se fue al carajo en uno de sus numerosos viajes al continente Americano, específicamente a Cuba.

Tal como suele pasar con los prejuicios de la supremacía de la sangre, las consecuencias que estos traen no suelen ser buenas. Konrad Hagrid viajó por un asunto de fabricación de ropas con piel de criaturas (que era a lo que su familia se dedicaba), pero dejó mostrar un poco de lo que pensaba acerca de las razas o seres considerados "inferiores" a los sangre puras, y alguien que no debía oírlo, lo escuchó.

En Cuba, a diferencia de Inglaterra o los países europeos, no existía tal cosa como "la magia negra". La magia era magia, y las intenciones con las que se usaba eran las que variaban. Los magos y brujas de la región conocían cosas que harían parecer a las Artes Oscuras de otras localidades un juego de niños, pero a diferencia de personajes como Grindelwald o Tom Ryddle, ellos no lo veían como poder, sino un orden natural, algo que estaba en cada ser vivo y respiración de este planeta. Algo parecido al Yin y el Yang.

Konrad Hagrid hizo comentarios despectivos sobre las criaturas de la zona, sobre cómo estas no debían ser siquiera consideradas seres sintientes. El comerciante, con una sonrisa tensa y sin ánimos de echar a perder su negocio, no dijo nada. Sin embargo, las personas cercanas a él no tenían la misma paciencia o amabilidad, no podían dejar que un europeo con ataques de grandeza dejara sus tierras sin una represalia por insultar sus animales sagrados, así que, sin que Konrad lo supiera, una maldición lo atacó por la espalda.

No fue hasta un año después, cuando el joven se enamoró de una chica y trató de tocarla, que se dio cuenta de lo que había sucedido. El dolor que Konrad Hagrid experimentaba cada vez que intentaba sostener su mano era algo que perfectamente pudo haberlo matado.

Así que investigó una y otra vez, volvió sobre sus pasos, y al visitar la parte occidente del continente africano, una vidente pudo decirle qué había sucedido.

—Alguien quiere que aprendas una lección, Konrad. —Había dicho la vidente en su lengua nativa. Konrad estaba leyendo la traducción de sus palabras gracias a un hechizo—. Alguien sabe tus sentimientos acerca de todo lo que no sea sangre pura, o siquiera un mago. Quiere que te retractes y aprendas de este error.

Konrad Hagrid gritó entonces qué quería, que lo haría de inmediato. Lo que fuera. Lo que sea por poder tocar a su amada.

—Eso no puedo decírtelo yo, Konrad, debes averiguarlo tú —la vidente replicó con calma—. Pero es obvio que quiere que aprendas, que dejes de ver a las criaturas como inferiores.

Al salir de ahí, y esperado para averiguar cómo revertir esta maldición, Konrad inició su búsqueda.

Y en el proceso cometió uno de sus más grandes errores.

Era claro lo que la maldición quería, que aprendiera poco a poco a respetar, pero si toda tu vida te han dicho que las cosas son de una forma, aquel pensamiento no cambiaría de la noche a la mañana, que era lo que Konrad quería. Por lo que se dijo a sí mismo: "si soy capaz de estar piel con piel con una criatura que desprecio, el conjuro debería entender que no los odio, ¿verdad?, ¿debe saber que he aprendido mi lección?"

¿Esto puede salvarme?

Desesperado por averiguarlo, convenció a Fridwulfa de que estaba enamorado de ella.

Rubeus Hagrid nunca preguntó los tecnicismos de la relación de sus padres, nunca le importó. Sólo sabía de la maldición de Konrad, sabía que su teoría claramente no funcionó, que Fridwulfa quedó embarazada gracias a esto y que, en castigo, los padres de la giganta lo obligaron a casarse con ella.

Hay una posibilidad de que el niño sea normal, dijeron los Hagrid cuando se enteraron de esto, desolados. Podríamos hacerlo pasar por un sangre pura.

Pero aquello no fue así.

Nueve meses después, los Hagrid lo averiguaron cuando Rubeus llegó al mundo.

Los abuelos de este desaparecieron de sus vidas luego de que comprobaran que el bebé tenía más de semigigante que de mago, y Konrad junto a Fridwulfa vivieron en el Bosque de Dean por los primeros años, cuidando de su hijo. Y contrario a lo que todos y el mismo Konrad pensaba, terminó queriendo al muchacho.

A diferencia de Fridwulfa.

Hagrid recordaba los últimos meses que su madre estuvo junto a ellos. Lo recordaba, porque las heridas y traumas que dejó en él no podían ser fácilmente olvidadas. Hagrid tenía tres años cuando su mamá se marchó, tres años cuando ella lo arrojaba al suelo sin delicadeza alguna. Cuando lo golpeaba, lo tomaba de los cabellos para levantarlo o simplemente se desquitaba con él, junto a Konrad viendo todo desde una esquina sin saber cómo interferir- o sin saber siquiera si podía interferir y pelear contra una giganta. Hagrid era alto, obviamente, pero seguía siendo un bebé sediento de amor por su madre. Un amor que claramente no estaba recibiendo y nunca iba a recibir. Eventualmente, Fridwulfa se aburrió de tratar de educarlo y esperar a que Hagrid creciera al tamaño que un gigante debería crecer, y seis meses después de que Rubeus cumpliera los tres años, se marchó, alegando que era demasiado pequeño para dignarse a criarlo.

Por primera vez en su vida, el niño pudo dormir en paz.

Konrad se encargó de acogerlo y tratar de criarlo desde entonces. A medida que Rubeus crecía, podía ver lo difícil que era para él, y lo destrozado que se veía cada vez que preguntaba por su madre. Aunque en un comienzo, y dentro de sus fantasías infantiles, Hagrid solía pensar que era debido a lo enamorado que su pobre padre debía estar de ella, o que le dolía su partida, pero cuando fue un adulto recién comprendió que era debido al terror que a Konrad le tenía al mismo Hagrid. El no saber si sus llantos por Fridwulfa se tornarían en algo más serio. El no entender cómo se suponía que debía criar a un semigigante solo.

Rubeus creció como un niño solitario, con su padre siendo su única compañía. Hagrid solía recordarlo como un buen hombre en los mejores días, un buen papá... aunque después de analizar su infancia una y otra vez, se preguntaba si era porque Konrad estaba demasiado aterrorizado de él y de lo que Hagrid podría hacerle gracias a su estatura. Suponía que ya nunca podría preguntarle.

Konrad trató de inculcarle a su hijo buenos valores. Respeto, alegría, y cosas que sus padres no le enseñaron a él. Sin embargo, Hagrid aprendió años más tarde que todo fue un buen show. Una buena performance para seguir tratando de engañar a la maldición.

"Sí quiero a Rubeus significa que ya no veo a las criaturas como inferiores, ¿no?"

"¿Seguramente si crío a mi hijo semigigante con los valores de no ver a nada ni nadie en menos, esto acabará y seré libre, verdad?"

Konrad murió sin serlo, así que la respuesta a su pregunta era «no».

Por otra parte, como el padre de Hagrid nunca creyó por completo en las cosas que le decía, y de vez en cuando el niño lo escuchaba hacer comentarios contradictorios, como dichos despectivos sobre los nacidos de muggles y la superioridad de los sangre pura, Hagrid creció en un caos. En confusión. ¿Qué era lo real, y qué no? No tenía idea qué era un sangre sucia, y por qué eran tan despreciables según su padre. Hagrid no entendía por qué su madre era una criatura divina cuando su padre hablaba de ella, pero una cabrona hija de puta cuando murmuraba para sí mismo.

Así que debido a esto, aprendió por sí solo a diferenciar entre lo bueno y lo malo.

Entre lo que era real y qué no.

Su carta de Hogwarts llegó cuando cumplió once años y su padre nunca había estado tan contento. Su hijo, su hijo semigigante, ¡era un mago después de todo!, ¡era normal! Hagrid había reído y había abrazado a su padre hasta cansarse, hasta por poco quebrar sus costillas, y no durmió esa noche rememorando una y otra vez el brillo orgulloso en los ojos de Konrad. Uno que nunca había estado allí, y el cual estaba dispuesto a que siguiera creciendo.

Pero luego llegó el primero de septiembre de 1940, y todas las ilusiones de Hagrid quedaron destrozadas.

Los directivos de Hogwarts no contemplaron su tamaño. Todavía no era exageradamente alto, pero sí lo suficiente para los pequeños compartimentos que en esos años estaban designados para los niños de once. Hagrid fue llevado a uno de los más apartados, sosteniendo sus libros y cosas en una pequeña maleta luego de dejar a su padre en la estación con un gesto de incomodidad. No había orgullo en sus ojos esa mañana, pero Hagrid estaba tan entusiasmado de hacer amigos, de hablar con niños de su edad, que no le importó.

Nunca se le pasó por la mente que para ellos, él no sería nada más que un espectáculo de circo.

Hagrid nunca había interactuando con nadie, sólo adultos que ocasionalmente visitaban a su padre por algún u otro motivo. Ni siquiera le fue permitido ir al Callejón Diagon por sus materiales, Konrad se encargó de eso. Hagrid nunca había experimentado en carne propia la crueldad humana, sólo la de las criaturas como su madre.

Los sangre sucia eran los peores.

Durante todo su recorrido a Hogwarts, Hagrid miró por la ventana y fingió no notar cómo jóvenes y niños se arremolinaban afuera de su compartimento para tratar de verlo a través del vidrio. Fingió no escuchar las risas que recibió cuando el vigilante de Hogwarts anunció en una voz un poco alta, que por su peso no viajaría con el resto de sus compañeros en los botes.

Hagrid tuvo que esperar al último carruaje de thestrals para llegar al castillo –debido a que nadie quería irse con él– y trató de apresurarse al banquete de bienvenida, sin poder prestar atención a la maravilla que era Hogwarts al tratar de ignorar los siseos, burlas, risas y miradas que su condición le acarreaba.

—Hola —había dicho Hagrid tímidamente a una niña frente a él, en la fila para el sorteo—. ¿Aquí estamos los de primer año?

A lo que la niña –la primera niña a la que Hagrid le hablaba en su vida– soltó un grito y se giró a su compañero, siseando: "¡¿Dejan entrar monstruos a Hogwarts?!"

Hagrid fue sorteado en Gryffindor y, como era de esperarse, nadie de su grado quiso hablar con él. Por miedo, en su mayoría. En la sala común algunos estudiantes de cursos superiores trataron de integrarlo, y aunque Hagrid sabía que estaban siendo amables, una parte de sí mismo seguía sintiéndose... incómodo. Lo estaban tratando como un bicho raro, de eso era consciente, hablándole más lento de lo que correspondía como si fuera tonto, o tratando de cuidar sus palabras para no hacerlo enojar. Hacía que algo pesado se instalara en su estómago porque cuando su carta llegó, su padre había dicho que después de todo él era normal.

El primer mes fue solitario. En su cuarto compartido (que más tarde se transformó en solo suyo gracias al aumento de estatura) nadie le hablaba, y él, esperando respuestas hostiles de parte de sus compañeros, tampoco lo hizo. La gente lo miraba al pasar. Hagrid escuchaba sus burlas: consideraban que era tan bruto que probablemente terminaría siendo expulsado al mes siguiente. Él escribía buenas cosas a su padre, por supuesto, tratando de que el orgullo no se disipara, pero en general, Hagrid estaba solo.

Sus maestros eran los únicos que lo trataban con cierto margen de respeto, a pesar de que era notorio que muchos le enseñaban asumiendo que era estúpido. A Hagrid le caía especialmente bien su profesor de Transformaciones: Albus Dumbledore. Era la clase en la que más trataba de poner atención y en la que mejor le iba también. No demoró mucho en descubrir que estaba sediento por aprender, sediento de mejorar, sediento de llegar a casa con su padre y probarse a sí mismo.

Por las tardes, Hagrid deambulaba en los límites del Bosque Prohibido y veía a distintos animales pequeños e insectos que se acercaban a él, atraídos por su magia. Todavía no sabía qué pensar de ellos, pero dentro de esos terrenos eran los únicos que no lo miraban como si fuera diferente. Eso, sin contar a los sangre puras que, a pesar de despreciarlo, eran los únicos que verdaderamente lo ignoraban, acostumbrados al mundo mágico y a saber qué eran los cruces de razas. A Hagrid le agradaba más la indiferencia que lo que el resto hacía, si era sincero.

Tampoco sabía qué decía eso de sí mismo.

No fue hasta casi dos meses después de su llegada a Hogwarts, que conversó con alguien el cual no se acercó a hablar con él sobre su condición. La primera vez que Hagrid no tuvo que desentenderse diciendo que no sabían de qué estaban hablando luego de acusarlo de tener una madre giganta.

—Hola.

El invierno estaba llegando. Hagrid normalmente soportaba cualquier clima a cambio de un poco de paz, pero aquel día no había tenido ganas de helarse, por lo que simplemente agarró sus tareas, los libros necesarios, y se sentó en una de las mesas más apartadas de la biblioteca esperando no ser notado.

¿Pero cuándo las cosas le salían como esperaba?

—¿Hola...? —Hagrid no estaba seguro si el extraño se dirigía a él.

Enfrente estaba parado un chico mayor, o eso asumía Hagrid porque no lo había visto en ninguna de sus clases. Tenía el cabello negro, los ojos castaños, la piel bastante blanca y llevaba la corbata del color de la casa Slytherin. Había un aura que rodeaba su persona que lo hacía mucho más afable que el resto de los alumnos y casi tan respetable como un profesor.

—¿Puedo sentarme aquí?

Hagrid miró alrededor de la biblioteca: estaba casi desierta. No entendía por qué este chico querría sentarse en su mesa cuando había bastantes desocupadas, pero accedió de todas maneras... con precaución. Su cabeza empezó a repasar todos los conjuros que sabía en caso de que intentara algo raro, como esa vez que unos chicos trataron de darle con un Mocomurciélago mientras caminaba.

—Mi nombre es Tom —dijo él después de dejar pasar unos agonizantes segundos de silencio—. ¿Qué hay de ti?

Hagrid frunció el ceño, preguntándose si ya se acercaba la gran interrogante, si ya le haría tratar de confesar que su madre era una giganta.

—Rubeus Hagrid —contestó. La cejas de Tom subieron hasta perderse en su pelo negro.

—Tu padre es sangre pura —afirmó él, interesado. La arruga entre las cejas de Hagrid se intensificó. Era la primera vez que alguien le decía eso.

—¿Lo es?

Tom agitó la mano como si eso no tuviera importancia y sacó un diario de su bolso. Hagrid inconscientemente se inclinó en su asiento para echarle una mirada, pero se apresuró en volver a su lugar para no parecer metiche.

—Estoy en tercer año —informó Tom sin que Hagrid le hubiera preguntado—. Tú estás en primero, ¿no es así?

Hagrid volvió a su expresión cautelosa. Según lo que él suponía, todos tenían en claro quién era, dado el bicho raro que lo consideraban... se le hacía extraño que Tom no supiera nada.

Quizás es un sangre pura, susurró una voz. Hagrid asintió a su pregunta.

—Oh, supongo que no sabes hacer magia avanzada aún.

—Pues no, soy de primer año.

—Es curioso... verás, uno de mis compañeros, Julius Nott, es capaz de percibir la magia, ¿sabías que eso es posible? —Sintiéndose como un tonto, Hagrid negó—. Pues sí, y él me dijo que la magia proveniente de ti es bastante... fuerte, por decirlo de alguna manera.

Hagrid mordió su labio inferior, enfocándose en nada más que su ensayo de Transformaciones. ¿Que su magia era fuerte? ¿Podría tener eso que ver con su estatura? Probablemente. Hagrid comenzó a escribir, tratando de no hacerle demasiado caso a estas dudas.

—¿Y?

—Y, Rubeus, me estaba preguntando... ¿no te gustaría sacarle todo el potencial?

Hagrid, que de momento sólo había pensado en cómo sobrevivir hasta las vacaciones de Navidad, se encogió de hombros.

—No sé...

—Bueno, en caso de que quieras, yo y más Slytherins estamos juntando firmas para abrir un club de duelos, por si te quieres unir. Aún no conseguimos la autorización de Dippet, pero no creo que eso sea un problema. —Tom se levantó de nuevo. Hagrid ni siquiera había notado que durante su charla había escrito algunas cosas en el diario—. Te veo por ahí, Rubeus. A todo esto, en la letra «c» de la tercera pregunta de Transformaciones, el vector puede ir en ambas direcciones.

Y con eso, desapareció por los estantes.

Aquella interacción lo dejó igual de incómodo que las otras, aunque era una incomodidad distinta; un sentimiento que Hagrid aprendería a reconocer como ser usado para el interés de otras personas. Pero era la primera vez que alguien le hablaba y no le preguntaba sobre su ascendencia. La primera vez que tenía una conversación relativamente amena y "normal".

Él me dijo que la magia proveniente de ti es bastante... fuerte.

¿Era eso verdad?, ¿Hagrid podía aprender aún más de lo que ya aprendía?, ¿Hagrid era capaz de tener aún más potencial?

¿Eso haría que su padre se sintiera orgulloso de él?

No lo sabía, pero valía la pena intentarlo.

Por eso cuando el club de duelos abrió después de Navidad, no dudó en ir.

Las únicas interacciones que Hagrid tuvo durante ese año fueron las criaturas del Bosque Prohibido que se le acercaban en las tardes donde el clima estaba mejor, y las del duelo. La mayoría (si no todos) de los que asistían eran Slytherin. Sangre puras. Ninguno era tan descortés para preguntar por su obvio linaje, y ninguno creía que Hagrid era digno de dedicarle insultos. Algunos, incluso, intrigados por su magia, se acercaban a hablarle de eso. Por interés, obviamente; Hagrid se hizo consciente, años después, que el mundo se movía a su alrededor motivados por el interés y lo que les conseguiría.

A pesar de que había sólo uno o dos alumnos de años superiores, la magia que se enseñaba era avanzada, al menos para Hagrid, aunque aprendía rápido a usarla. A veces el profesor Dumbledore pasaba a mirar sus sesiones y él se esforzaba en hacerlo aún mejor, pero por los nervios terminaba fallando. De todas formas, le gustaba.

Su primer año acabó ligeramente mejor a como había empezado. La burlas eran algo menores gracias a que los alumnos se habían acostumbrado a tenerlo allí. De todas formas, cuando Hagrid volvió a casa y su padre le preguntó por sus amigos, Hagrid le habló del club con honestidad, del trato que recibía allí, y de Tom, a quien Hagrid consideraba como lo más cercano a un amigo sabiendo que en realidad no lo era. Su padre no pareció orgulloso por eso. Su padre pareció apenado. Enrabiado. Todo de una sola vez.

—Nunca te avergüences de tu tamaño, Hagrid. Hay algunos que la tomarán contra ti, pero no vale la pena molestarte con ellos. Por favor.

Y con eso, salió del cuarto.

Hagrid no comprendió sus palabras. Eran dichas para ser alentadoras, pero no sonaron así. Casi parecía una advertencia. Un ruego. El miedo titilando bajo la superficie.

Hagrid le había hablado sobre su magia. Sobre que era fuerte. Le había hablado sobre los conjuros que aprendió.

Años después descubrió que quizás ese era el motivo de su actitud.

Estaba intentando domar a un monstruo en crecimiento.

Segundo año no fue diferente al primero. Hagrid no hizo amigos humanos en su corta estadía en Hogwarts, pero la persona con la que más hablaba era Tom. Durante las tardes en la biblioteca discutían magia; Tom le pedía que le ayudara con ciertos hechizos para su diario, y en general, se llevaban decentemente en su club de duelos. Hagrid también continuó yendo al Bosque Prohibido, y no fue hasta más tarde de ese mismo año que adoptó a una de sus primeras mascotas: Aragog.

Su único amigo, quizás.

—¿Qué es esa cosa?

Tom lo había pillado una vez en medio de la biblioteca alimentando a Aragog, que para entonces cabía en el bolsillo interno de su túnica. Hagrid, siendo pillado en su secreto, abrió las ropas para que Tom pudiera mirar mejor. Este se alejó con disgusto después de hacerlo.

—No puedes tenerla aquí.

—Es mi mascota.

—¿Y?

—Va a quedarse conmigo.

Tom pareció querer decirle algo más, abriendo la boca, pero luego se rindió y se dejó caer enfrente, ignorando a Aragog y pidiéndole a Hagrid que conjurase distintos hechizos para ver qué tan diferente eran comparados con su propia magia.

Por otra parte, Albus Dumbledore también había tomado cierto interés en él. Interés que se extendió hasta su tercer año. A Hagrid le caía bien, aunque cuando hablaba, sentía que era lo mismo que hablar con Tom. La misma sensación de incomodidad.

Pero sin importar qué, Hagrid podía decir que era feliz, que estaba contento. Podía no tener amigos y ser más bien un muchacho solitario, pero le gustaba Hogwarts. Le gustaban sus clases, el Bosque Prohibido, el Gran Comedor y lo que aprendía. Le gustaba el club de duelo y su sala común, a pesar de que sólo se la pasaba allí si no había nadie más. Le gustaba aprender y saber que, contrario a lo que todos creían, era un mago bastante capaz.

Entonces llegó tercer año.

Y todo se fue a la mierda.

Hagrid le enseñó a hablar a Aragog en el verano, y pronto ambos se enfrascaban en distintas conversaciones (dificultosas, había que acotar). La araña creció demasiado durante esos meses de calor, y aunque su padre se reía y hacía bromas al respecto, Hagrid podía ver que le preocupaba que su hijo volviera con ella al castillo.

Y no se equivocaba.

En el tercer año de Hagrid, la Cámara de los Secretos se abrió.

Durante el tercer año de Hagrid, Tom, la única persona que lo había tratado un pelín más decente que el resto, lo inculpó por el asesinato de Myrtle.

Hagrid intentó sacar a Aragog antes de que sucediera, antes de que pasara lo que iba a pasar, porque sabía que todos lo culparían a él: al monstruo, al gigante idiota. Tom llegó justo en el momento que trataba de salvar a su amigo.

—Hola, Rubeus —le dijo abriendo la puerta, con voz seria.

Hagrid se exaltó. No tenía idea de qué hacía allí, nunca le había dicho dónde dejaba a Aragog en el castillo.

—¿Qué haces aquí, Tom?

—Todo ha terminado —le dijo él, suavizando un poco sus facciones—. Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.

Hagrid sintió el terror instalarse en su estómago. Una parte de sí era consciente de lo que pasaría. Otra, recién empezaba a sentirlo como real.

—¿Qué vas a...?

—No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas mascotas. —Hagrid se encogió ante la palabra "monstruo"—. Me imagino que la dejaste salir para que le diera el aire y...

—¡No ha matado a nadie! —Hagrid gritó en medio del horror y la desesperación. Necesitaba protegerse a sí mismo de lo que iba a pasar. De lo que les harían a los dos.

—Vamos, Rubeus. —Tom le habló de la forma que solía hacer. Hagrid ahora reconoció el tono de condescendencia—. Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...

—¡No fue él! —No me hagas esto, Tom. No me hagas esto—. ¡No sería capaz! ¡Nunca!

Tom no lo escuchó.

—Hazte a un lado.

En ese momento, el mundo se volvió borroso. Tom trató de atrapar a Aragog, Aragog lo derribó para irse, Hagrid impidió que lo matara, y luego Tom se vio en la obligación de reportarlo. Todo mientras Hagrid se repetía a sí mismo: No, por favor. No. No. No. No.

Resultó ser que, sin importar las súplicas, los directivos se vieron aliviados de encontrar un culpable.

¿Y qué mejor?

¿Qué mejor que fuese el único monstruo que asistía a Hogwarts?

Hagrid fue expulsado en su tercer año. Dumbledore y Konrad intentaron abogar por él, de verdad, pero los profesores y los padres de la chica estaban determinados a hacerlo pagar. Hagrid volvió solo a casa, ignorando los llamados de Tom para hablar antes de marcharse. Y en su tren de vuelta, recién comprendió que ni siquiera iba a extrañar tanto Hogwarts- o sea, el establecimiento.

La magia. Aprender. Sentirse capaz... Eso extrañaría.

Ver el orgullo en los ojos de su padre.

Konrad apenas le habló cuando regresó. Apenas trató de consolarlo o de regañarlo. Parecía que Hagrid lo había decepcionado en serio con su desplante. Hagrid, por su lado, estaba jodidamente enojado por eso. Necesitaba que le gritaran, necesitaba conversar lo que acababa de perder. Acababa de ser vetado de la magia por siempre.

Pero su padre simplemente fingió que no estaba allí, como si, al fingir lo suficiente, podría convencerse que Hagrid seguía asistiendo a Hogwarts.

Dumbledore fue a visitarlo los siguientes años, aunque aquello era un vil consuelo para lo que Hagrid había perdido. El hombre nunca mencionó que intentó reincorporarlo al colegio. Nunca mencionó la posibilidad de que volviera a hacer magia. Sólo lo visitaba- como si eso fuera a cambiar algo. Hagrid fingía estar encantado por sus visitas, fingía que no lo resentía. Durante dos años se sumió en el más puro autodesprecio. Iba de adelante hacia atrás en su cabeza, analizando sus errores. Pensaba en Tom y en por qué creería que Aragog era el culpable. Dos años pasaron, en los que la relación con su padre se deterioró y se hizo aún peor cuando este cayó enfermo de forma terminal

Y la semana que Konrad murió, fue la semana en que Tom Ryddle apareció de vuelta a su vida.

El funeral fue una cosa pequeña. Su madre fue invitada por parte de Dumbledore, aunque Hagrid por dentro quería gritar a la sola mención de su existencia o de verla de nuevo (que afortunadamente no sucedió); su padre fue enterrado en la parte trasera de su patio porque su familia no lo aceptó en la cripta. Sólo asistió su antiguo profesor de Transformaciones y él. Hagrid lloró, aunque no sentía demasiado.

Había perdido a su padre el día que fue expulsado de Hogwarts.

En el mundo mágico no existía ningún tipo de apoyo para los niños, no en esos años. No existían orfanatos ni casas de cuidado, mucho menos para híbridos como él. Por lo que, a pesar de tener quince años, Dumbledore lo dejó solo en la casa en la que su papá y él vivían, y prometió volver una vez cada semana para asegurarse de que estaba bien. Le dijo que incluso podrían discutir sobre Transformaciones. Una parte de Hagrid deseaba no volver a verlo y que le recordara lo que perdió. Nunca se lo dijo, en todo caso, por eso siempre regresaba después de unos días de absoluto silencio y soledad. Hagrid estaba acostumbrado a estar solo.

Por esa razón era que, cuando Tom apareció en el umbral de su puerta casi una semana después, no había nadie más que Hagrid en casa.

—¿Cómo me encontraste? —Fue lo primero que espetó Hagrid al abrir la puerta y hacer una mueca despectiva al hombre ante él.

Era noviembre. Tom ya se había graduado de Hogwarts y había crecido. Hagrid también. Le sacaba, al menos, un cuerpo entero. Parecía mucho menos que eso.

—Buenas noches, Rubeus.

—A la mierda con tus buenas noches, ¿cómo me encontraste?

Tom esbozó una sonrisa educada, y Hagrid sintió toda la rabia de dos años atrás invadir su sistema por completo. Quería romperle la cara. Quería gritarle que le había quitado su única oportunidad de una vida mejor.

—Te dije una vez que Nott sentía las magias, ¿lo recuerdas? —Tom respondió—. Sintió el rastro de hechizos que dejaste impregnados en mi diario, y luego te rastreó hasta acá.

Hagrid se asomó hacia afuera, pero no parecía que hubiera nadie más allí. Eso no significaba nada, por supuesto. Quizás estaban escondidos en los árboles.

Algo vil se arrugó en su estómago. Una voz le dijo que si siguiera en Hogwarts, habría aprendido a hacerse a él y a su magia ilocalizables.

—¿Qué quieres?

—Estoy aquí para hacerte una propuesta.

Hagrid entrecerró los ojos, calculando de inmediato cuánto se demoraría en aplastarle el cráneo contra la puerta y cerrarla. Tom interpretó su silencio como una invitación para seguir hablando.

—Tu magia es fuerte, eso cualquier tonto puede reconocerlo.

—Me importa un carajo y al resto del mundo también, me expulsaron de Hogwarts, tú te aseguraste de eso.

—Sí —Tom admitió con tranquilidad—. Sí, lo hice.

Por primera vez en mucho tiempo, Hagrid se tomó sus palabras de una forma distinta. Había un borde hasta peligroso en ellas, como si Tom hubiera planeado eso desde el inicio. Siempre.

¿Realmente quería saber la verdad?

¿Hagrid quería obtener una confesión?

—Entonces no sé qué estás haciendo aquí —decidió responder con cautela—. No puedo usar mi magia, así que...

—Estoy aquí para saldar mi deuda contigo —Tom lo interrumpió—. Eres lo suficientemente fuerte para aprender magia sin varita. Puedo enseñarte.

Hagrid pausó en el umbral, dándose cuenta de que estaba cerrando la puerta. Sus ojos miraron directamente a los de Tom, incrédulos.

Dumbledore nunca había mencionado eso.

—Eso es mentira.

—No lo es, y puedo enseñártelo. He salido de Hogwarts, tengo la habilidad para impedir que te rastreen del Ministerio.

—¿Por qué?

—Para saldar mi deuda.

—Dime la verdad.

Tom suspiró larga y pacientemente.

—El mundo está hecho de aliados, Rubeus, no de amigos, ¿seguramente entiendes eso, no? —Hagrid pensó en Dumbledore—. De entre todas las personas, no quiero tenerte como mi enemigo.

—¿O sea que es una relación de intereses?

—Por supuesto —Tom replicó sin vergüenza—. Yo te enseño, pago mi deuda, y dejamos el problema de Hogwarts atrás.

En la memoria de Hagrid le había tomado unos largos minutos en responder y considerar la oferta. Largos minutos en los que Tom extendió su mano para que la tomara. Hagrid lo pensó exhaustivamente, sintiendo el hambre de conocimiento atacarlo, el mismo deseo de saber que había experimentado en Hogwarts. Había pasado años sin hacer magia. Años en los que nadie le dijo que era una posibilidad continuar aprendiéndola. Dumbledore nunca lo había mencionado, quizá por miedo.

¿Pero qué más daba?

Si alguien se enteraba, ¿qué más daba?

¿Azkaban o su casa?, ¿cuál era la diferencia? Al menos en este caso, lo estaba intentando.

Finalmente, Hagird estrechó su mano.

Las sesiones de entrenamiento con Tom no eran muy distintas a las de los duelos, salvo que ahora Hagrid tenía que aprender a conjurar de forma diferente, canalizando su magia diferente. Al principio no podía hacer nada, era difícil. Luego, cuando ya encontró su técnica, Hagrid pudo conjurar los hechizos más simples. No levantaban ninguna alerta ministerial porque su casa estaba registrada como mágica y Tom encargó de hacerlos ilocalizables mientras se encontrara allí, tal como le había dicho. Iba dos veces a la semana, se quedaba hasta tener algún tipo de mejora, y en la mayoría de ocasiones se marchaba en medio de la madrugada. Dumbledore siguió visitándolo y llevando comida cuando podía, y Hagrid por primera vez en mucho tiempo se sentía algo parecido a "estar bien".

Incluso cuando sabía que Dumbledore y Tom lo estaban utilizando.

No tenía idea de cómo, ni para qué, pero sabía que ninguna de las dos relaciones eran inocentes o altruistas. Ninguna nacía del deseo puro de ayudar al prójimo... pero no le importaba.

Hagrid se beneficiaba de ellos también.

Cuando se iban a cumplir seis meses del inicio de las lecciones de Tom, fue que esta semi-felicidad se fragmentó. Tom lo hizo, para variar. De la nada y sin aviso.

—¿De qué murió tu padre?

Hagrid paró de tratar de conjurar un Accio al escucharlo. Tom no parecía afectado, moviendo la mano lánguidamente y atrayendo uno de los platos de Hagrid.

—¿Disculpa?

—¿De qué murió tu padre?

Esa simple pregunta había cambiado todo.

Porque Hagrid no tenía idea.

Pidió a Dumbledore los archivos en el Ministerio sobre su muerte, y los antecedentes médicos que manejaban en San Mungo. Dumbledore, con toda la influencia que poseía, no se demoró en dárselos, y Hagrid pasó semanas y semanas tratando de comprender. Entender qué significaban esas palabras. "Maldición cubana". "Lecciones". "Vidente". Por sí solas tenían sentido. En el conjunto... todo era demasiado ambiguo.

Terminó mostrándolo a Tom.

—¿Quieres que investigue?

Hagrid ni siquiera se mostró apenado.

—Sí.

Las sesiones continuaron. Dumbledore siguió yendo a visitarlo. Hagrid repasó los hechizos, adquiriendo cada vez más experiencia con magia sin varita y sintiéndose más cómodo con esta de lo que alguna vez se sintió con la tradicional. Su estabilidad pendía de un hilo esperando respuestas a la gran pregunta que tenía.

Un mes después, Tom llegó con los resultados sobre su padre.

—Una maldición a la sangre y a la piel —explicó sin una pizca de anestesia—. Tenía que aprender una lección: respetar y tratar de iguales a todas las criaturas que consideraba "inferiores" a él, y no sólo falló, el odio que sintió por una acabó por matarlo. Es algo cruel, verás, algo que estos asquerosos nacidos de muggles quieren imponer sintiéndose justos y creyéndose mejores. Son unos asesinos.

Cuando Tom se marchó esa tarde, Hagrid todavía seguía mirando el papel.

La explicación le daba vueltas la cabeza. Su corazón y su pecho eran un manojo de emociones tristes y violentas. Hagrid quería llorar, esconderse, entender cómo esto se relacionaba con su muerte.

Su padre lo había odiado, ¿era eso?

¿Su padre había terminado odiándolo?

Las siguientes sesiones con Tom se trataron de Hagrid descargando su veneno. Contra su madre. Contra su padre. Contra su matrimonio y su nacimiento. Tom escuchó, preguntando ocasionalmente: si acaso pensaba que, de Hagrid haber sido un sangre pura, su padre lo habría amado y estaría vivo.

Era casi patético cómo eso lo envió a otra fase de autodesprecio.

Hagrid nunca le había dado muchas vueltas a su estatus antes. Sólo sabía que los sangre sucias eran más crueles que el resto de los niños que compartían con él. Que los sangre pura no le daban miradas de lado, y los mestizos lo trataban con lástima. Sin embargo, ahora... ahora se agregaba a la ecucación esta maldición hecha por sangre sucias, maldición que le había arrebatado a su padre porque lo odiaba.

La relación con Tom se basó en aquel resentimiento desde ese punto en adelante.

Las cosas serían mejores si todos fueran sangre pura. Hagrid no quería que jamás un niño pasara por lo mismo que él pasó, que tuviera unos padres como los que él tuvo. Tom estaba de acuerdo, y descargaba su propia ira hacia sus padres. Hagrid y él pasaban bastante horas juntos hablando de aquello, del poder, y la sociedad mágica. Dos años después, la misma relación distante y de respeto colgaba entre ambos, tal como en Hogwarts, y Tom estaba saldando bien su deuda.

Hagrid ya sabía todo lo que Hogwarts podía enseñarle.

Era poderoso. Tom tenía razón, Hagrid lo era. Sus hechizos tenían un alcance mágico mayor a los de un mago promedio y la facilidad con la que conjuraba era ridícula. Tom le había explicado que se debía a la sangre pura que corría por sus venas, obviando obstinadamente que su madre, por el contrario, era lo más alejado a eso.

—Te he enseñado todo lo que Hogwarts podía enseñarte —Tom le dijo una noche al final de sus lecciones—. Espero que sea suficiente.

Hagrid levantó las cejas.

—¿Suficiente para qué?

—Cuando llegue el momento, lo verás.

La última vez que Hagrid vio a Tom antes de su desaparición de diez años fue aquella vez. Albus Dumbledore se había hecho con el puesto de director de Hogwarts durante ese tiempo, y desde la bondad de su corazón (si es que existía), le ofreció a Hagrid el puesto de guardabosques de Hogwarts. Hagrid, quien no tenía nada que hacer en su casa aparte de practicar magia, y quien además quería volver a ver a Aragog, aceptó. Creyó también que al estar más cerca de Hogwarts, Dumbledore se compadecería de él y le ofrecería algo mejor de lo que tenía.

Eso nunca pasó.

Le sirvió, sí, para moldearse. Para... cambiar, al menos de cara al público. Hagrid descubrió, como había hecho a temprana edad, lo fácil que era actuar como un tonto, y lo fácil que la gente estaba dispuesta a creer que lo era. No había intermedio. O era violento, o era estúpido, así que Hagrid les daba lo que le pedían. Sonreía más de la cuenta, actuaba como si no supiera demasiado y su motivación de vida fuera nada más el amor a las criaturas. La gente se lo compraba. Hagrid respondía con frases simpáticas, copiando la actitud complaciente de su padre, y se lo tragaban sin cuestionamientos.

Era tan fácil.

Cuando Tom volvió alrededor del 1954, Hagrid lo vio entrar al colegio desde su cabaña. Durante diez años no tuvo la menor idea de dónde estaba, hacia dónde se fue, y que regresara ahora no podía significar nada bueno.

om lo divisió sólo cuando salió del castillo y caminó por los terrenos. Avanzó bajo la luz de la noche hasta su cabaña sin dudarlo. Hagrid sabía quién era porque tenía la misma aura magnética de siempre, pero físicamente era totalmente distinto. Tom había perdido el encanto que lo caracterizaba.

Cuando se acercó ni siquiera le dijo "hola", simplemente comenzó a hablar en siseos, contándole lo que había sucedido con Dumbledore allá dentro. Hagrid soportó su rabieta por los diez minutos que duró, y luego dijo:

—¿Qué tengo que ver yo en todo esto?

A lo que Ryddle respondió sin duda:

—Llegará un momento donde deberás decidir quién es tu verdadero aliado, Rubeus.

Y con eso, se marchó.

Los siguientes años Hagrid se la pasó viendo a lo lejos la guerra que comenzaba a gestarse. Había casos dentro del castillo de despidos por discriminación hacia los sangre sucias, y de casos graves de propaganda de supremacía de la sangre. Voldemort, como Tom exigía que lo llamaran ahora, estaba juntando seguidores de todas las clases y estatus, pidiendo al Ministerio mejores políticas de protección para los verdaderos magos. Hagrid vio todos aquellos sucesos como si pasaran detrás de un velo, sabiendo que una parte de sí concordaba tanto como otra que estaba en desacuerdo.

En 1965, casi once años después, finalmente Hagrid fue utilizado por Dumbledore de la forma en la que siempre supo que sería utilizado. Durante esos casi once años, Tom le pedía que se reunieran de vez en cuando para que le informara que estaba pasando en Hogwarts (a lo que Hagrid accedía porque sabía que tener a Tom de su lado era sabio).

Dumbledore fue a su cabaña, y Hagrid de inmediato saltó y puso su actitud complaciente en marcha. Le ofreció té y un pastel que horneó durante la noche, el cual era horroroso pero que por alguna razón siempre provocaba simpatía en la gente. Dumbledore reclinó su oferta con una pequeña sonrisa, y le dijo si podía hacerle un favor.

—Confío con mi vida en ti, Hagrid...

Y,

—Sé que eres muy capaz, por eso...

Dumbledore lo hizo sonar como un honor, sin decirlo con esas palabras, y Hagrid por poco cayó ante la trampa. Sin embargo, las palabras de Tom habían quedado grabadas dentro suyo. No existen amigos, sólo aliados.

Hagrid escuchó atentamente qué era lo que Dumbledore quería, y luego de meditarlo, accedió.

—Ir a una colonia de gigantes a formar lazos, pedirles que se pasen a nuestro bando. Sí, entendido.

Dumbledore sonrió casi aliviado.

—Sabía que podía confiar en ti. Nunca me has decepcionado, Hagrid.

Hagrid esbozó una sonrisa e incluso lloró, porque sabía que a Dumbledore le gustaba ser alabado. Luego, más tarde, escribió una pequeña nota y la envió con una lechuza. Era una propuesta bastante simple.

Tom, obviamente, apareció en el Bosque de Dean a la hora estipulada en la nota.

—Seré breve —dijo Hagrid—. Tengo información que puede interesarte.

Tom, quien lo conocía mejor que nadie, alzó las cejas.

—¿Y qué quieres a cambio?

Hagrid sonrió.

—¿Qué más puedes enseñarme?

Tom lo consideró unos momentos. Podría negarse, aunque no había forma humana de que averiguara lo que Hagrid tenía para decir, gracias a la diferencia altura. Podría matarlo, Hagrid lo sabía. Esos días estaban sucediendo bastantes desapariciones y Hagrid no era importante para nadie más que Dumbledore, así que Tom podría matarlo, o al menos podía intentarlo. Pero durante once años había aportado con información, sabía que le servía más vivo que muerto.

Así que accedió.

Tom le enseñó a Hagrid dos de las cosas más importantes que él aprendería para el resto de su vida:

La primera, volar sin escoba.

La segunda, hacerse ilocalizable.

A cambio, Hagrid saboteó su reunión con los gigantes para que cuando Tom fuera a hablar con ellos, los gigantes lo escucharan a él y no a Dumbledore.

Cuando regresó de las montañas sólo tuvo que disculparse una y otra vez con el anciano, insultarse a sí mismo y derramar unas cuantas lágrimas para que Dumbledore sonriera y le dijera que no había nada de qué preocuparse. Hagrid no hizo tanto el ridículo en la colonia de gigantes como para que ninguno de su especie quisiera saber nada de Dumbledore, –para que así el hombre no perdiera del todo la confianza en él– pero partió la negociación diciendo que su madre giganta lo abandonó de niño. De ahí en adelante, los gigantes lo vieron como un debilucho.

Los siguientes años pasaron. Los ahora llamados "Mortífagos" estaban empezando a infiltrarse en el Ministerio y en los lugares menos esperados. En aquel entonces aún no eran demasiados, pero sí los suficientes para representar una amenaza.

No fue hasta 1969 que la guerra que se gestaba afectó verdaderamente la vida de Hagrid, quien había ido a dos misiones más durante esos cuatro años (llevándole sólo una media victoria a Dumbledore). Una mañana, finalizando el año 69, Dumbledore tocó la puerta de su cabaña. Hagrid abrió, mentalizándose para tener una "agradable charla", y dejó entrar a su ex profesor quien tenía un aire severo.

—¿Té, profesor Dumbledore? —preguntó él con entusiasmo fingido.

—Ya tomé desayuno, Hagrid. Gracias.

Hagrid sabía que dentro suyo, a Dumbledore no le gustaba estar ahí. Que realmente no disfrutaba compartir con él o tomar tazas de té. Para Dumbledore, él era su pupilo. A sus ojos, Hagrid le debía la vida por hacerse cargo de él. En parte era cierto, mas no tenía por qué agradecer cuando dudaba que Dumbledore lo había mantenido vivo por lo buena persona que era.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Hagrid tomando asiento. Sus cejas formaron un exagerado arco de preocupación. Dumbledore tomó asiento también.

—La verdad es que... sí, Hagrid. —Hagrid no tenía idea de qué. ¿Tendría eso que ver con Tom? No lo había visto en meses—. Me temo que los seguidores de Tom están planeando algo grande.

Hagrid no estaba esperando eso, pero en los terrenos de Hogwarts, ¿en qué podría afectarlo a él?

—¿Qué tan peligroso es, señor?

—Bastante, Hagrid —se lamentó Dumbledore—. Por eso estoy aquí... he venido a entregarte algo.

Hagrid esperó incierto, preguntándose en qué podría servir y si quizás se trataba de otra misión. Trató de hacerle ver que lo honraba, pero Dumbledore lo ignoró. El hombre empezó a pasar las manos por los bolsillos de su túnica para finalmente sacar un objeto de allí, encogido.

—Esto es un paraguas —explicó Dumbledore dejándolo encima de la mesa, mientras movía su varita para hacerlo más grande. Hagrid sintió un toque de envidia—. Es para ti.

El semigigante no comprendió, pero de todas formas tomó el paraguas entre sus manos, dándolo vueltas. Esperaba que no estuviera burlándose de él.

—¿Me permite preguntarle para qué, profesor?

Dumbledore soltó una risa.

—Esa será tu nueva varita.

Por un momento, Hagrid sintió que su fachada se desvanecía... sólo un poco. Un montón de pensamientos empezaron a arrasarlo, con tanta intensidad que se mareó. Lo primero que se le vino a la cabeza y lo que casi dijo fue un: "¿Qué quiere a cambio?" Lo segundo, fue la duda. ¿Por qué lo estaba haciendo?, ¿la guerra estaba a punto de explotar? ¿Quería que Hagrid se pudiera proteger?

Y lo último que pensó fue lo que más lo golpeó, duro y cortante. Una verdad. Una certeza que se instaló en sus venas y fluyó por todo su torrente sanguíneo.

Dumbledore, con su influencia, pudo haber hecho eso en cualquier momento.

Pudo haberle dado la posibilidad de hacer magia a escondidas.

Fue una elección no dárselo.

Si Tom nunca hubiera empezado esta revolución, Hagrid no habría hecho magia jamás. Al menos, no medianamente autorizada. Si Dumbledore nunca hubiera sospechado que Hagrid le era útil para futuros propósitos, lo habría dejado a la deriva. Jamás lo hubiese visitado. Su padre habría muerto y Hagrid estaría completamente solo, hambriento y desamparado.

Sus manos se cerraron con fuerza alrededor del mango del paraguas.

—No entiendo...

—Es para ti —Dumbledore dijo con calidez—. Es para que puedas defenderte en los tiempos oscuros que se avecinan.

Hagrid tenía un conjunto de emociones incrustado en sus huesos luego de escucharlo. Todos y cada uno de sus sentires eran completamente contradictorios.

Odiaba a Dumbledore, pero al mismo tiempo lo apreciaba. Se sentía agradecido y quería escupir a sus pies. Hagrid no sabía qué hacer con todo eso. Así había sido toda su vida: como se sentía frente a su madre, frente a su padre, frente a la supremacía de la sangre, frente a Tom. Todo era una contradicción en su cabeza y Hagrid quería azotar algo contra la pared y descargar su furia que los animales en su cabaña ya habían empezado a sentir.

Aparentemente esa reacción satisfizo a Dumbledore, quien le dedicó una sonrisa más amplia.

—Gracias —Hagrid manejó decir a través del nudo en su garganta—. No sé qué haría sin usted.

—No es nada. —El hombre agitó una mano, sellando la conversación.

Hagrid pasó los últimos días de 1969 ensayando con el paraguas y notando que después de dominar la magia sin varita, ocupar este instrumento no se le hacía tan difícil. Con Dumbledore debía fingir, de todas formas, dejar que el profesor le enseñara y pretender que era más tonto que un alcornoque. Dumbledore compraba esto. Lo veía indefenso, para él no era más que un pobre semigigante... ahora quedaba demasiado claro.

La última semana de diciembre bajo la nieve de las festividades, fue cuando Tom lo contactó de nuevo. Le pidió que se reunieran en el lugar de siempre y Hagrid llegó allí bien entrada la madrugada, volando como él le había enseñado en vez de usar el traslador que solía ocupar. Tom estaba apoyado en un árbol cuando arribó. Su aura era mucho más inquietante esa noche.

—Hola, Rubeus.

Hagrid asintió en su dirección, poniendo las manos en sus bolsillos. No llevaba el paraguas, no lo encontró necesario. Tom no tenía porqué saberlo. El hombre se despegó del árbol y caminó hasta él.

—Esta es la primera vez que hablaré directamente contigo sobre esto, y créeme que será la única. Muchos matarían por estar en tu posición.

Hagrid se cruzó de brazos, a punto de responder con un bufido, pero conteniéndose. Sabía que aquello sólo pondría de malas a Tom.

—¿Mi posición? —decidió preguntar.

—Sí. La posición en la que estás ahora. Verás... soy muy cuidadoso antes de elegir a mis seguidores, a los cercanos, quiero decir... —Tom esbozó una sonrisa, y aunque Hagrid era casi cinco veces más alto, sintió algo de miedo subir por su espalda—. Hoy vengo con ese objetivo, Rubeus: darte el honor de que seas uno de ellos.

Por unos segundos lo único en lo que Hagrid pudo concentrarse, fue lo similar que sonaba a Dumbledore, y a la misma vez, diferente. Dumbledore era todo flores y amor; trataba de engatusarte y hacerte creer que podías encontrar cosas buenas en las malas. Tom, por el contrario, no se molestaba con eso. Sus palabras sonaban a amenaza.

Eran dos maneras distintas de pedir lo mismo.

—¿Quieres que me una a ti, Tom?

—Creo que ambos seremos útiles para el otro.

Estaban a punto de entrar a la década de los setenta. Tom aún no se hacía con la mayoría del poder como sucedió años después. Hagrid podría haber dicho que sí, y probablemente su vida habría resultado muy distinta. Sin embargo, para alguien que siempre había estado a la merced de los deseos y necesidades de alguien más... Hagrid quería saber cuáles eran sus opciones.

—No tomaré tu Marca, Tom.

Su voz sonó dura pero no peligrosa, y Tom pareció genuinamente pasmado. Hagrid dudaba que alguien se hubiese negado a sus propuestas, sobre todo a esa, pero siempre había una primera vez.

—Yo te enseñé todo lo que sabes-

—¿No estabas saldando una deuda?

—¿Qué hay de volar?

—Yo te di información a cambio. Estamos a mano.

Tom respiró largamente, como si estuviera reuniendo paciencia.

—¿Qué quieres a cambio, entonces?

Fue el turno de Hagrid de sorprenderse, aunque intentó no demostrarlo. La información sobre Hogwarts, Dumbledore, y la ayuda con los gigantes debía ser lo suficientemente valiosa, porque Tom no negociaba, ni siquiera de joven. Él establecía las pautas y tú veías si las seguías o no. No era un tomar y dar, un tira y afloja. No hasta que Hagrid se hizo guardabosques y cercano a Dumbledore.

—No hay nada que puedas darme que-

—Los gigantes tendrán libre acceso al mundo mágico.

Hagrid, quien estaba seguro que a las colonias le había prometido lo mismo, se encogió de hombros.

—Me importan un bledo los gigantes.

—Entonces te daré una sociedad nueva. Una donde las criaturas mágicas que tanto te gustan sean respetadas. Me aseguraré de ello.

—Las criaturas mágicas no son vistas tan diferentes a los sangre sucia.

—No, pero al menos son mágicas. Te digo que me encargaré de eso. No tienes que responderme aún, te daré tiempo para que lo pienses. Ya ves, soy piadoso cuando es necesario.

Hagrid no dijo nada al respecto; Tom tampoco presionó. Hagrid se dedicó a pensar en esa propuesta porque al fin y al cabo sonaba bonita. Cuando Tom decía y prometía cosas era probable que le creyeras, él tenía ese efecto en las personas, y Hagrid no quería acceder tan fácil. Tal como había dicho, quería probar sus opciones, tantear ambos terrenos antes de decidirse.

—Está bien, seré tu seguidor —dijo Hagrid la próxima vez que se encontraron—, pero no tomaré tu Marca.

El alivio de Tom fue rápidamente desplazado por la confusión.

—¿Por qué no?

—Te contaré de los movimientos de Dumbledore, de mis misiones y las del resto. Las que me confíen a mi. —Hagrid ignoró su pregunta—. Estoy de tu lado.

Tom estudió sus palabras. Hagrid no había respondido su pregunta. Una parte de sí, esa que no le gustaba aceptar, se sentía halagado ante la propuesta. Tom no tenía tapujos en decirle que su magia era fuerte, no tenía tapujos al demostrar que Hagrid era importante para su causa. No lo trataba como estúpido, nunca lo había hecho. Esa era la diferencia entre Dumbledore y él. Hagrid no estaba seguro si lo prefería.

Al cabo de varios segundos, Tom aceptó.

Ninguno de los dos mencionó que Hagrid no tenía forma de probar su lealtad al rechazar la Marca.

Hagrid no supo mucho sobre su bando los meses venideros. La guerra estalló en marzo de 1970 luego de la primera matanza del Callejón Diagon, y dos semanas después la Orden del Fénix fue creada. Dumbledore le ofreció unirse y Hagrid aceptó. Cuando iba a comunicarlo a Tom, este ya lo sabía. Hagrid nunca cuestionó por qué o cómo.

—Te has hecho parte de la Orden —dijo casi acusador en cuanto lo vio aterrizar. Él se encogió de hombros.

—Creí que de esa forma te serviría.

Tom no dijo nada. Hagrid no sabía si le había creído. En parte era cierto, aunque también era cierto que estaba jugando para ambos bandos y calculando cuál terminaría saliendo victorioso. Merecía jugar su papel así, después de todo, eso era lo que Hagrid pensaba. Hagrid estaba contemplando sus opciones y ese era un lujo que nunca había podido darse. Por una parte, Tom realmente creía que estaba haciendo lo correcto. Tom pensaba que su causa era buena y que se encontraba limpiando el mundo mágico de peligros; mucha gente lo seguía por lo mismo. Por otra, Hagrid sería un tonto si no admitiera que Dumbledore era tres veces más poderoso que Tom, con más influencias y sabiduría. Si Dumbledore no estaba de acuerdo con él... por algo era.

Los siguientes años Hagrid se la pasó en diferentes misiones con los gigantes, consiguiendo seguidores para ambos bandos, aunque favorecía a Tom, incluso sin quererlo. Tom se encargaba personalmente de juntar a sus seguidores, contrario a Dumbledore que siempre enviaba reemplazos, gente para que hablara en su lugar. Tom sabía que su fuerte estaba en convencer a sus aliados y no podía confiarle esa tarea a otra persona, por esa razón consiguió que los trolls se pusieran de su parte, y algunas manadas de hombres lobos. Sin contar sus negociaciones con los dementores.

—Realmente crees que ganarás —Hagrid le dijo una noche. Estaban discutiendo los resultados de la última misión que Dumbledore le había encargado. Consiguió que una pequeña tribu considerara las ofertas de Dumbledore, sólo para que Tom llegara dos días más tarde y les robara la atención con sus promesas atractivas. Aquello no fue mérito de Hagrid en absoluto.

Tom soltó un bufido ante su comentario.

—Por supuesto que lo creo —respondió—. De aquí a dos años más, tendré a la mitad del mundo mágico de mi lado.

Y así sucedió.

Para 1977, Tom tenía a la sociedad mágica completamente dividida.

Sus seguidores suoeraban los números de los adherentes de la Orden en el Ministerio, e incluso había logrado tener aliados en San Mungo y otros sectores mágicos. Había ataques a plena luz del día. No podías confiar en nadie, porque no podías saber si ellos estaban de tu lado o del opuesto. El número real de los seguidores de Tom era desconocido, sólo se suponía. Y lo que se suponía no era nada bueno.

A Hagrid le costaba ver a Tom como el monstruo que él mismo decía ser. Hasta donde sabía, Tom siempre fue alguien lógico y razonable. Aspiraba a más, por supuesto, pero fuera de eso a Hagrid nunca se le hizo demencial. Sin embargo, mientras Tom tomaba el poder del Ministerio en 1979 y derrotaba a sus opositores, Hagrid empezó a ver cierto brillo en sus ojos. Un brillo maniático que no había estado allí. Desde cierta luz su mirada parecía roja, se sentía cada vez menos humano. Hagrid lo miraba y su aura, la de absoluta seguridad, estaba siendo lentamente reemplazada por algo más oscuro. Algo, que si era completamente sincero, le asustaba.

Y entonces llegó 1980.

Y con él, la profecía.

La matanza indiscriminada de ese año, en la que trataban de hallar algo (algo que Hagrid no tenía idea de qué era), no se detuvo. Los Mortífagos ya dominaban casi por completo el mundo mágico. El miedo de la población era grande. Hagrid sabía de primeras fuentes que Dumbledore haría lo que fuera por ganar, por retornar a la paz, incluso tomar medidas extremas... porque ya no sabían qué más hacer. La Orden haría cualquier cosa- menos rendirse.

—¿Qué crees que es válido sacrificar durante la guerra, Hagrid? —preguntó Dumbledore una vez durante los primeros meses de 1981.

Hagrid, quien aún no sabía por qué no se había pasado del todo al bando de Tom dado lo claro que resultaba su victoria, levantó la cabeza al escucharlo. Durante esos días se la pasaba de misión en misión, ayudando a un desesperado Dumbledore a ganar seguidores.

—Uhm... —respondió, sin estar seguro a qué se refería—. Depende de qué y el porqué.

Dumbledore asintió, subiendo los lentes de media luna hasta el puente de su nariz. Se veía miserable. Hagrid se sentía mal por él si era honesto, y no quería hacerlo. Las cosas serían más fáciles así. Dumbledore no estaba en lo correcto, los sangre sucias y muggles no valían tanto sufrimiento, ¿no?

—Si acabara con la guerra... ¿crees que vale la pena sacrificar vidas inocentes?

Hagrid intentó mantener la cara neutral y reprimió el bufido que quería escapar de él. No sabía qué esperaba Dumbledore que respondiera. ¿Que sí, y quedar como una horrible persona? ¿Que no, y quedar como una horrible persona también al estar dispuesto a sacrificar millones de vidas?

Así que en su lugar decidió hacer lo que mejor sabía:

Fingir que era un tonto.

—Creo que no lo estoy entendiendo, profesor...

—Ah, Hagrid, verás... —Dumbledore respondió con pesar—. Existe algo... un secreto que podría cambiar el curso de la guerra.

Su mente vagó de inmediato a Tom y a lo irritado que se veía cuando se reunía con él. Hagrid le daba sólo la información que quería que supiera, y alegaba que Dumbledore no le contaba demasiado. Tom había estado haciendo preguntas extrañas... preguntas demasiado específicas y desesperadas para alguien que sabía que estaba ganando.

Existe algo... un secreto que podría cambiar el curso de la guerra.

—¿No puede decirme, profesor?

—No, no, es... es algo incierto. —Dumbledore parecía verdaderamente apenado—. Pero creo que puede detener a Tom. Sin embargo... lo más probable es que se lleve más de una vida inocente consigo.

Hagrid no quiso preguntar más, sabiendo que se vería sospechoso, y la conversación llegó hasta ahí. No entendió a qué se refería.

Entonces los meses pasaron, Tom fue recobrando la confianza, y cuando octubre de ese año arribó, Hagrid fue capaz de comprender.

El treinta y uno de octubre de 1981, Dumbledore envió un Patronus a su cabaña diciéndole que en Hogsmeade había un traslador que lo llevaría al número 3 de la calle Shepard en el Valle de Godric. Dijo que necesitaba que, de la forma que fuese, Hagrid sacara al niño de aquella casa y lo llevara al número 4 de Privet Drive con sus tíos. Era urgente.

Así que Hagrid, con el corazón en la garganta, tomó el traslador e intentó adivinar qué estaba sucediendo y por qué Dumbledore lo estaba enviando a un lugar tan específico. Aterrizó en el pueblo desierto, justo enfrente de una casa destruida, y entró sin dudarlo en esta.

El cádaver de James Potter desarmado fue lo primero que lo recibió.

En el segundo piso, el de Lily Evans.

Hagrid había compartido con ambos, tanto en la Orden, como en Hogwarts; no lo suficiente para decir que eran sus amigos, pero sí para decir que los conocía, que estaban casados y que hace poco habían tenido un hijo. No pensaba mucho de ellos, o eso era lo que él creía, hasta que los vio inertes y tendidos en el suelo en la casa a punto de desmoronarse. Sus ojos estaban picando, su garganta ardía, su estómago se encontraba revuelto e irracionalmente trataba de localizar algún movimiento proveniente de Lily Evans, la sangre sucia. Pero por más que miraba, nada sucedía.

Y en ese instante fue que lo oyó... el "niño" del que Dumbledore hablaba.

Un bebé que apenas superaba el año.

Lloraba en su cuna, había sangre en su rostro por una cicatriz que se extendía hasta la mitad de su mejilla y sus pequeños brazos intentaban alcanzar a la mujer tendida en el suelo. Hagrid escuchaba los pequeños soniditos que hacía, y cómo en cada grito, el pequeño parecía entender que algo muy terrible había sucedido. Hagrid nunca vio algo así: un bebé privado tan temprano de la inocencia.

Hagrid no comprendía qué estaba presenciando. Qué significaba la casa en ruinas, los cadáveres de James y Lily Potter, el Patronus de Albus, el niño cubierto de sangre.

Luego, bajó aún más la vista y divisó la varita blanca en el suelo a unos pasos.

La varita de Tom.

Las piezas empezaron a juntarse. El último año: Tom buscaba algo que parecía ser amenazante; Dumbledore tenía sus cuestionamientos sobre sacrificar vidas inocentes. La ausencia del causante de estos asesinatos se hizo pesada. La petición de Dumbledore a Hagrid de ir a buscar a ese niño, como si supiera divinamente qué había sucedido...

—Tom... —Hagrid murmuró, queriendo vomitar—. ¿Qué has hecho?

En ese instante escuchó que la puerta de casa de los Potter se abría de par en par y, sabiendo lo que pasaría si era la primera persona en la escena del crimen, Hagrid tomó la varita blanca guardándola en sus ropas y salió de la habitación. Avanzó rápido por el pasillo, entrando así en otro cuarto para esconderse allí y salir cuando pudiera. Incluso si la situación lo requería, podría volar por la ventana.

—¿James?

Hagrid cerró los ojos, reconociendo de inmediato la voz del joven Sirius Black, rota e incrédula en el piso de abajo.

—¿James? —repitió. Hagrid escuchó el roce de ropas y cómo se arrodillaba. Su voz estaba quebrada—. ¡¿James?! No, Prongs, esto no es divertido. Es un buen disfraz, pero tienes que parar ahora, o- James, no. No me dejes, por favor, no puedo hacer esto- nada de esto- sin ti. Tú no me dejes- ¡¿LILY?! ¡¿HARRY?!

Los pasos apresurados de Sirius subieron las escaleras y cuando este entró en la habitación a varios metros de él, Hagrid salió del cuarto lo más silencioso que podía. De no ser porque Sirius estaba demasiado ocupado gritándole a Lily Evans que por favor no le hicieran esto, habría estado seguro de que lo había visto.

Hagrid salió afuera, recibiendo un viento frío en la cara que provocaba que quisiera vomitar. Detalló la motocicleta que descansaba en la acera. Desde allí, los gritos del joven Black todavía resonaban por la casa, mezclados con el llanto del bebé. Tuvo que esperar alrededor de diez minutos a que Sirius se calmara. Cuando Hagrid decidió que era buen momento para entrar, se topó frente a frente con el muchacho, quien venía saliendo con el pequeño entre sus manos.

—No te preocupes, Harry —le decía al infante que no paraba de llorar, meciéndolo frenéticamente entre sus brazos. Parecía un loco besando su frente sin parar—. Ssh, no llores. No llores, estoy aquí. Hey- Padfoot está aquí, y cuidaré de ti, Harry, todo estará bien, me quedaré contigo. Somos una familia. Ssh...

—Sirius.

Sirius levantó la mirada cuando lo escuchó. Tenía la cara mojada y manchada de sangre que provenía de la cicatriz de Harry. Sus ojos estaban desorbitados, perdidos. Si Hagrid no supiera qué pasaba, habría creído que él era el responsable del asesinato de los Potter.

—Hagrid —dijo. Su voz temblaba—. Tienen que encontrar a quién ha hecho esto. Tienen que-

—Dumbledore me ha enviado —lo interrumpió—. Necesito que me entregues a Harry, Sirius.

Sirius apretó al bebé contra su pecho mientras empezaba a negar. Hagrid notó que sus brazos también temblaban. Parecía al borde del colapso.

Sirius Black nunca se había visto más joven e indefenso.

—N- no. Yo soy su padrino, creo que yo... —Sirius casi escondió a Harry entre sus ropas—. James habría querido que yo me quedara con él. Harry me conoce, y cuidaré de él, nunca nada le faltará. Será feliz. Todo estará bien, Harry estará bien. Estaremos bien. Lo pondré a salvo, lo prometo. No tiene a nadie más. Es mi-

—Son órdenes estrictas de Dumbledore, lo siento. Irá donde sus tíos.

—¿Tíos...?

Sirius, con su semblante sumergido en la locura, miró hacia abajo. Harry todavía sollozaba, pero estaba tratando de tocar la nariz de Sirius, totalmente cómodo entre sus brazos. Había amor en esa mirada. Hagrid no estaba muy seguro de qué podría decir.

—Son la única familia que tiene-

—Yo también soy su familia.

Hagrid suspiró.

—Ellos son sus tíos, Sirius.

De pronto, Hagrid comprendió qué hacía allí y por qué Dumbledore lo había enviado precisamente a él. Si tenía que pelear y quitarle a Sirius el bebé, lo podría hacer. Dumbledore sabía que lo podría hacer.

¿Sentiría también su magia?

¿Acaso sabía que su magia era fuerte?

Hagrid demoró alrededor de quince minutos discutiendo con Black por Harry y su cuidado, pero el enterarse de que tenía familia cambió su juicio por completo, y al final, el mismo Sirius le ofreció su motocicleta para que pudiera llevarse al bebé.

—Iré a verte cada semana, Harry, lo prometo —Sirius susurró, dejando al niño en el asiento del lado de la motocicleta. Harry ya no lloraba, estaba jugando con el cabello que le caía a Sirius en la frente. Sirius besaba sus manos—. No estarás solo, nunca estarás solo. Todo estará bien. Padfoot está aquí, ¿sí? Te visitaré cada día hasta que te hartes de mí. Lo prometo. Lo prometo. Lo prometo.

Hagrid dejó que se despidiera, agradeció por la motocicleta, y luego los eventos de aquella fatídica noche tomaron su curso.

Sirius nunca cumplió con su promesa.

Harry se durmió en el asiento de la moto. La gente celebraba en las calles por la derrota de Voldemort. Hagrid voló hasta Privet Drive dejando al niño con Dumbledore, y luego lloró un poco sin saber si sus lágrimas eran del todo falsas.

Al mismo tiempo, en otro lugar, Sirius enfrentó a Peter Pettigrew. Fue enviado a Azkaban por un crimen que Hagrid sabía que no cometió, y meses después, cuando Dumbledore le explicó qué había sucedido en verdad aquella noche, Hagrid por fin comprendió.

El anciano le habló de la profecía, al menos en rasgos generales. Explicó qué sucedió con los Longbottom, y cómo lo más probable era que Voldemort siguiera vivo en algún lugar. Que ese era sólo un descanso para juntar fuerzas y vencerlo al fin.

¿Qué crees que es válido sacrificar durante la guerra, Hagrid?

Si acabara con la guerra... ¿crees que vale la pena sacrificar vidas inocentes?

Existe algo... un secreto que podría cambiar el curso de la guerra.

Dumbledore le informó de la muerte de los Potter antes que nadie a través de un Patronus. No peleó para sacar a Sirius Black de Azkaban, el supuesto guardián secreto de su casa. Casa que estaba bajo un Fidelius. Dumbledore le había dado la dirección exacta para que Hagrid pudiera encontrar a Harry. Sus palabras delataban que sabía que existía una profecía, el secreto inexacto de que... había algo que vencería a Tom. Estaban a punto de perder completamente la guerra, hasta que el pequeño Harry acabó con Voldemort.

Entonces lo supo.

No sabía por qué no lo vio antes.

Dumbledore había propiciado el ambiente para que la profecía se cumpliera.

No sabía cómo lo hizo, qué hilos movió, a quién manipuló para dejar a los Potter desprotegidos, pero Hagrid tenía la certeza que, de alguna u otra forma, él era el responsable.

Y aunque Dumbledore le dijera que le confiaba su vida, aunque le contara todos esos secretos y le dejara ver todo tan transparente, Hagrid entendió entonces que no era por eso que le hacía, no era por esa ciega confianza que decía tenerle.

Lo que en realidad pasaba, era que Dumbledore le dejaba ver sus errores y planes porque pensaba que Hagrid era demasiado estúpido para notarlos.

Tal vez eso fue lo que llevó a Hagrid a actuar de la manera que actuó, cuando se reencontró con Harry Potter casi diez años después.