Por faovr, fíjense que leyeroin los 2 caps anteriores a este.
Hagrid siempre había visto los bandos de Dumbledore y Tom como dos opuestos. Uno era malvado con motivaciones legítimas. El otro intentaba ser justo y objetivamente quería el bien. Por eso, cuando Hagrid supo lo que Dumbledore hizo para acabar la guerra, cambió todo para él. Nunca pensó que ese bando era capaz de algo así.
Quizás ese fue su error.
O bueno, el primero de muchos.
Los siguientes diez años, Hagrid se dedicó a tratar de encajar en su rol como guardabosques y nada más. No trató de buscar a Tom porque, en primer lugar, no había nada que él pudiera buscar. Su desvanecimiento no dejó más rastros que la varita que ahora se escondía en su pequeña cabaña. Fuera de eso, todo parecía indicar que Harry Potter acabó con él por completo.
Si no fuera por lo que Dumbledore había dicho, Hagrid lo creería sin dudas.
Luego de 1981 vino la reconstrucción del mundo mágico, y con él, los juicios. Hagrid sólo asistió a algunos bajo petición de Dumbledore. Mientras se sentaba en el Wizengamot y veía cómo encarcelaban a gente como Barty Crouch Jr. o Bellatrix Lestrange, no podía evitar pensar que ese pudo haber sido él. No, nunca mató a nadie, tampoco torturó, pero estaba consciente de que le había dado información vital para la guerra a Tom.
Y aún así... Hagrid no podía decir que se arrepentía. Después de recuperarse del shock de encontrar a Lily y James Potter en el suelo, Hagrid había visto el panorama completo y decidió que hasta ese punto, hizo lo correcto. Vio sus opciones, arriesgó su pellejo y aquello fue lo que le estaba permitiendo vivir en ese instante. Si se hubiera aliado a Tom, estaría encarcelado. Si hubiera rechazado la propuesta de este por completo y no hubiese espiado para él, probablemente estaría muerto; y, cuando Voldemort regresara –porque Hagrid sabía que regresaría– este no le daría otra oportunidad. Hizo lo correcto. Se preocupó y cuidó de sí mismo como nadie más lo hizo antes.
Como Dumbledore nunca hizo.
Mientras el mundo mágico se recuperaba de la guerra, el nuevo ministro asumía su cargo y Dumbledore ascendía aún más en cuanto a poder, Hagrid fue comprendiendo muchas cosas. Cosas que le habría gustado no comprender.
Una de esas era que, sin importar quién ocupara la silla en el Ministerio, el verdadero líder del mundo mágico era Albus, el director de Hogwarts, a kilómetros y kilómetros de donde se suponía que se encontraba el poder. Lo que lo llevaba a pensar dos cosas que no le agradaban nada: la primera, que Dumbledore en realidad había estado batallando contra Tom por el poder durante la guerra, no en base a principios; y la segunda, que Dumbledore no ayudaba a nadie a menos que recibiera algo a cambio.
¿Por qué?
Oh, Hagrid repasaba la respuesta a esa pregunta a diario.
Era un manipulador.
La prueba más notoria era él mismo. La guerra había acabado, Hagrid ya era demasiado mayor para seguir sufriendo sospechas sobre lo que sucedió en su tercer año, y si Dumbledore quisiera, perfectamente podría darle alguna alternativa para que pudiera hacer magia libremente y no desde un jodido paraguas que, de no ser por las lecciones de Tom, no serviría para más que un Lumos. Lo había pedido, incluso, ¿y qué recibió de parte de Dumbledore? Una respuesta poco prometedora que no llegó a nada más que un puesto como guardabosques.
Cuando Hagrid sobrenalizaba ese hecho, no podía evitar pensar en Remus Lupin, y cómo sus historias eran algo similares. Ambos tuvieron padres ausentes, ambos eran semicriaturas, y ambos fueron ayudados por Dumbledore. Lupin, durante la guerra, pasó de misión en misión, tratando de ganar seguidores en las manadas de lobos bajo la petición de Albus. Hagrid, por su parte, con los semigigantes. Por lo que no podía evitar pensar- no podía evitar preguntarse...
¿Aquello también había sido un plan?
¿Quizás, dentro suyo, Dumbledore siempre supo que ambos podían serle útiles?, ¿desde un inicio?, ¿por eso se les acercó?
Él me dijo que la magia proveniente de ti es bastante... fuerte.
El mundo está hecho de aliados, Rubeus, no de amigos.
Hagrid en algún punto creyó que Dumbeldore lo ayudó porque, o pecaba de buena persona, o tenía demasiado ego que satisfacer. Nunca pensó que era calculador, no así, pero después de los Potter...
Hagrid sólo podía concluir que la razón por la que Dumbledore no deseaba promoverlo a tener una mejor vida, era porque aún lo necesitaba. Y lo necesitaba indefenso, tonto y necesitado de él y su influencia. Después de estar sujeto a las expectativas de su padre, Hagrid estaba dispuesto a joderle el plan.
Al menos hasta que conoció a Harry Potter.
Porque, entre todas las cosas, Hagrid nunca esperó tenerle cariño a Harry Potter.
Sabía que mientras Tom estuviera desaparecido, tenía que tratar de ganarle el lado bueno a Dumbledore de la manera que fuese, por lo tanto, hacía absolutamente todo lo que este le pedía. Limpiaba las granjas donde tenían algunos animales, lo ayudaba a hacer diferentes cosas, todo esto sin que Dumbledore diera nada a cambio. Con el anciano todo era un constante dar y dar y dar y nunca recibir. Y Hagrid estaba harto.
Con Tom las cosas nunca fueron así.
Llenándose de ira y rencor, Hagrid poco a poco fue ideando un plan para cuando Tom volviera. Aquella vez emplearía un papel más activo. Ayudaría por completo a Tom. Al menos él no fingía ser bueno o tratar de creerse generoso. Tom prometía y cumplía. Tom ofrecía, en primer lugar. ¿Y Dumbledore? Dumbledore creía tener derecho a tu disposición.
Así que, en su plan de ganar la confianza de Albus, Hagrid nunca se negaba a los favores que este le pedía. Esto incluyó que, un día 31 de Julio de 1991, cuando Dumbledore se le acercó a preguntarle si podía ir a hablar con la familia de Harry Potter, Hagrid le dijo automáticamenrte que sí.
—El problema es, mi querido Hagrid, es que esta vez no tengo la dirección exacta —explicó Dumbledore durante la tarde. Iba camino al Ministerio a través del flú. Su mano sostenía una carta—. Aquí hay tres posibles lugares en los que puede estar, según mis fuentes, pero la familia se lo llevó lejos...
Hagrid frunció el ceño recibiendo el papel con las anotaciones, y además la carta que Dumbledore estaba sosteniendo. Sus ojos escanearon rápidamente las direcciones aunque fingió demorarse un poco más en leer. Era agotador a veces tener que fingir ser tan tonto.
—Te he preparado distintos trasladores que te dejarán en una zona cercana, donde los muggles no te verán —Dumbledore explicó—. Creo que deberás ir de noche por lo mismo, así que programé los trasladores en las horas anotadas en el papel, oh- y tendrás que entregarle esta carta.
Hagrid asintió. Dumbledore se dirigió al flú. No entendía por qué lo estaba enviando a él, cuando estaba claro que Harry Potter era alguien bastante importante en ese mundo, pero daba igual. Hagrid lo haría. No podía fallarle nunca. No sabía qué consecuencias traería hacerlo.
—Iré bien entrada la noche —dijo Hagrid mientras Dumbledore tomaba un poco de polvos—. Muchas gracias por este honor, profesor. Muchas gracias por confiar en mí, no sé qué haría sin-
—Está bien, está bien —Dumbledore dijo agitando su mano con una sonrisa. Algo vil se retorció en el estómago de Hagrid—. Nos vemos después de que vuelvas.
Rubeus respiró hondo y miró lo que le había entregado.
Le tomó unos largos segundos procesar que la carta estaba dirigida para "la alacena bajo las escaleras".
Aquel sentimiento de traición, furia e incredulidad se apoderó de él, repasando sin cesar la mirada por la letra elegante del papel. Hagrid recordaba su carta a la perfección. Estaba dirigida a "el cuarto a un lado del gran árbol". Era para que no hubiese dudas de a quién se la estaban entregando; o de que la magia existía, en el caso de los nacidos de muggles, ya que, ¿de qué otra forma eran capaces de saber sus locaciones?
Por lo que Harry, el niño que ahora debía estar cumpliendo once años, había estado viviendo en la alacena con sus parientes.
La alacena.
Y Dumbledore no había dicho nada al respecto.
El poco respeto que Hagrid sentía por el anciano se desvanecía con cada segundo.
Casi llegada la madrugada, Hagrid agarró los distintos trasladores que Dumbledore le entregó, guardándolos en el bolsillo. El primero lo dejó en medio de una playa, y, creyendo que no había nada que pudiera indicar que Harry Potter se encontraba allí, esperó que se activara el segundo. No fue hasta que quedaban unos cuantos minutos para las doce que divisó una casa en medio del mar.
Hagrid sabía que no podía marcharse sin asegurarse que no estaba allí.
La única opción que tenía para llegar, era algo que no hacía desde que la primera guerra había terminado, ya que nadie tenía idea de que aprendió en algún punto de su vida, y nadie podía saberlo tampoco. Hagrid respiró hondo, mirando a cada lado para confirmar que no hubiera nadie cerca, y con decisión voló hasta el medio del mar.
Cuando estuvo frente a la casa, no lo dudó. Tocó la puerta dos veces con vehemencia, pero cuando nadie salió a recibirlo, decidió que la única forma de estar seguro de que Harry no estuviera allí, era abrirla a la fuerza. Dentro podía escuchar algunos ruidos, aunque no podía decir con certeza que eran reales y no productos de su imaginación.
Finalmente, la puerta cayó.
Hagrid entró y encontró allí a una familia, quienes lo miraban con grandes ojos inundados de miedo. Muggles, susurró una voz en su cabeza. Gente que nunca lo había tratado bien- bueno, los sangre sucia en realidad, pero eran básicamente lo mismo. Hagrid puso la puerta en su lugar, decidiendo que si iba a andar haciéndole favores a Dumbledore, sería bueno que los disfrutara.
—Podríamos preparar té. No ha sido un viaje fácil... —Fue lo primero que dijo irónicamente, caminando al sofá y dejándose caer en él. A un lado había un niño muggle temblando—. Levántate, bola de grasa.
El niño corrió a esconderse detrás de la mujer- Petunia, si la memoria no le fallaba. Sus ojos escanearon la habitación en busca del otro chico por el que estaba allí y rápidamente lo encontró en una esquina con la cabeza gacha. Había algo extraño en esa posición. Parecía una postura ensayada, una forma de hacerse poco notable y más pequeño de lo que ya era.
Alacena debajo de las escaleras.
—¡Ah! ¡Aquí está Harry! —dijo con alegría, ignorando el nudo de su estómago y manteniendo el personaje que se suponía que era.
Harry levantó la mirada cuando lo oyó. Hagrid se quedó sin aliento. El chico era una réplica de James Potter, pero tenía los ojos de la sangre sucia Lily Evans. Era una mirada fuerte, determinante. Feroz. Hagrid no recordaba haber visto algo así antes, mucho menos en un niño.
Eran ojos hechos para la guerra.
—La última vez que te vi eras solo una criatura —dijo Hagrid, sin ser capaz de detenerse a sí mismo—. Te pareces a tu padre, pero tienes los ojos de tu madre.
Hagrid había sido observado fijamente millones de veces. La mayoría del tiempo, las personas lo miraban como si fuera un bicho raro, sobre todo los niños. Pero Harry no lo veía así, tampoco parecía tenerle miedo... y eso era extraño, considerando que había sido criado por muggles. Hagrid no comprendía por qué el niño sólo parecía sorprendido o intrigado. No existían sentimientos negativos en esos ojos.
—¡Le exijo que se vaya enseguida, señor! —exclamó entonces el muggle, Vernon, si no se equivocaba—. ¡Esto es allanamiento de morada!
—Bah, cierra la boca, Dursley, grandísimo papamoscas. —Hagrid estiró el brazo y sin mucho esfuerzo dobló el arma con el que el hombre lo apuntaba, para luego arrojarla al otro extremo de la habitación. Luego se giró a Harry de nuevo—. De todos modos, Harry, te deseo un muy feliz cumpleaños. Tengo algo aquí. Tal vez lo he aplastado un poco, pero tiene buen sabor.
Hagrid empezó a buscar entre sus ropas la caja con el pastel que le había llevado para mantener su acto, y se lo entregó, esperando que el niño pusiera cara de asco cuando lo abriera. Sin embargo, Hagrid solo pudo notar cómo su mirada se suavizaba. Parecía... agradecido.
Agradecido.
Con él.
Harry Potter.
Incluso bajo la sopresa, las comisuras del chico subieron en agradecimiento. Aunque, cuando abrió la boca, no fue para decirle algo sobre el pastel. Cuando Harry habló, preguntó quién era.
Y fue el turno de Hagrid de mostrarse agradecido, porque su estómago se revolvía ante la idea de escuchar al pequeño darle las gracias.
No se suponía que Harry Potter iba a actuar así.
Hagrid respondió su pregunta y luego fue a hacerse un té, sabiendo que eso le molestaría a los muggles. Tampoco perdió oportunidad de contestarle a Vernon cuando este dijo a su hijo que no tocara el té que estaba haciendo, como si fuera asqueroso.
Hagrid lanzó una risa sombría.
—Ese gordo pastel que es su hijo no necesita engordar más, Dursley, no se preocupe.
Hagrid le sirvió comida a Harry, y mientras este comía sólo fue capaz de detallar lo desesperado de sus movimientos, como si nadie lo hubiera alimentado en semanas. Su corazón se arrugó dentro del pecho, pensando de nuevo en la carta y que Dumbledore ni siquiera lo mencionó.
Luego de un par de minutos, Harry volvió a preguntar quién era él, y Hagrid notó que al niño no le había quedado claro.
—Llámame Hagrid —contestó, tratando de ser amable—. Todos lo hacen. Y como te dije, soy el guardián de las llaves de Hogwarts. Ya lo sabrás todo sobre Hogwarts, por supuesto.
Error.
Harry parecía avergonzado.
—Pues... yo no... —dijo el muchacho.
Su estómago cayó, y aunque sabía que tenía un papel que mantener, que estaba mirando a la única persona que podría amenazar su plan de enseñarle a Dumbledore una lección, Hagrid no pudo evitar querer tirar el mundo abajo.
Porque este niño había sido privado de la magia.
Al igual que él.
—Lo lamento —dijo rápidamente Harry.
—¿Lo lamento? —preguntó Hagrid, canalizando toda la rabia que podía mientras se volteaba a mirar a los Dursley. Muggles imbéciles—. ¡Ellos son los que tienen que disculparse! Sabía que no estabas recibiendo las cartas, pero nunca pensé que no supieras nada de Hogwarts. ¿Nunca te preguntaste dónde lo habían aprendido todo tus padres?
—¿El qué? —preguntó Harry.
¿Este muchacho no sabía nada acerca de la magia?
¿Había crecido once años, sin saber que él derrotó a Tom?
—¿EL QUÉ? —bramó Hagrid—. ¡Espera un segundo!
Se puso de pie de un salto. Su furia era algo que no dejaba salir nunca, ni aunque estuviera lejos de Dumbledore. Pero... pero Harry no lo miró con prejuicio. Harry parecía curioso, y no había comido, y Hagrid era incapaz de dejar de verse a sí mismo en él.
—¿Me van a decir —rugió a los Dursley— que este muchacho, ¡este muchacho!, no sabe nada... sobre NADA?
—Yo sé algunas cosas —protestó el niño ofendido. Hagrid comprendió, por experiencia propia, que creía que acababa de decirle tonto—. Puedo hacer cuentas y todo eso.
—Me refiero a nuestro mundo. Tu mundo. Mi mundo. El mundo de tus padres.
—¿Qué mundo?
Oh, Merlín.
Hagrid estaba a punto de asesinar a esos muggles asquerosos.
—¡DURSLEY! —bramó.
La rabia fluía por su sistema con libertad, de una forma que no lo había hecho en años. Le apenaba que fuera frente a ese muchacho confundido.
Pero cuando miró de vuelta a Harry, este no parecía asustado.
Aquello sólo lo hizo enfurecer más.
El chico parecía acostumbrado.
—Pero tú tienes que saber algo sobre tu madre y tu padre —dijo él, tratando de juntar lo poco de paciencia que le quedaba—. Quiero decir, ellos son famosos. Tú eres famoso.
—¿Cómo? ¿Mi madre y mi padre... eran famosos? ¿En serio?
—No sabías... no sabías... —Hagrid se pasó los dedos por el pelo. No podía comprenderlo—. ¿De verdad no sabes lo que ellos eran?
Harry parecía avergonzado, y no debería estarlo. Ellos sí. Dumbledore. Ese hombre. Todos.
Le quitaron la magia.
Le ocultaron su pasado.
Le ocultaron la verdad sobre su propia vida.
—¡Deténgase! —ordenó el muggle de pronto—. ¡Deténgase ahora mismo, señor! ¡Le prohíbo que le diga nada al muchacho!
Hagrid se sintió temblar de rabia. Al mirar a ese hombre podía entender perfectamente el plan de Tom. En todos sus contactos con ese mundo... Hagrid descubría que tanto los muggles como los sangre sucia eran igual de crueles, estúpidos y negligentes.
¿Si los mataba, qué tanto mal le haría al resto del mundo?
—¿No se lo ha dicho? —dijo Hagrid tratando de que su voz saliera tranquila, pero sonando igual de alterado—. ¿No le ha hablado sobre el contenido de la carta que Dumbledore le dejó? ¡Yo estaba allí! ¡Vi que Dumbledore la dejaba, Dursley! ¿Y se la ha ocultado durante todos estos años?
—¿Qué es lo que me han ocultado? —dijo Harry en tono anhelante.
Le rompió el corazón.
—¡DETÉNGASE! ¡SE LO PROHÍBO! —rugió el muggle estúpido, y Hagrid casi rio.
—Voy a romperles la cabeza —dijo, agitando el paraguas. Cuando habló, sus ojos no dejaron los del hombre, que tenía la decencia de estar al borde de las lágrimas—. Harry, debes saber que eres un mago.
Se produjo un silencio en la cabaña. Sólo podía oírse el mar y el silbido del viento. Hagrid aprovechó aquel instante para calmarse. Para pensar en lo contraproducente que sería matar, por primera vez, a una familia de idiotas. Tantos años de espionaje echados a la basura ¿porque había perdido los estribos...? No.
—¿Que soy qué? —dijo Harry con voz entrecortada.
Y Hagrid tuvo que recordarse que ese niño no era absolutamente nada suyo antes de esa noche.
—Un mago —respondió, sentándose otra vez en el sofá—. Y muy bueno, debo añadir, en cuanto te hayas entrenado un poco. Con unos padres como los tuyos ¿qué otra cosa podías ser? Y creo que ya es hora de que leas la carta.
Hagrid ni siquiera pensó al decir aquello de Lily y James Potter. Era lo que todos decían en el mundo mágico, lo excepcionales que fueron. Él solo los imitaba. Además, suponía que no haría mal darle un poco de información a este niño que no sabía nada sobre su pasado. Hasta Hagrid tenía fotos de ellos, y ni siquiera eran sus amigos.
Hagrid sacó la carta de entre sus túnicas y su estómago se retorció nuevamente al leer la palabra "Alacena".
Harry era tan jodidamente pequeño.
Mientras el chico tomaba la carta y la leía, el muggle dio un paso adelante.
—Él no irá —dijo, y Hagrid gruñó.
¿Cómo se atrevía?
—Me gustaría ver a un gran muggle como usted deteniéndolo a él.
—¿Un qué? —preguntó interesado Harry ante la palabra.
—Un muggle —respondió Hagrid, canalizando nuevamente su parte serena—. Es como llamamos a la gente «no-mágica» como ellos. Y tuviste la mala suerte de crecer en una familia de los más grandes muggles que haya visto.
Si dijera algún comentario en el mundo mágico como los que estaba haciendo esa noche, probablemente alguien lo habría mirado mal o sospechoso, pero en ese instante a Hagrid no le importaba, no es como si Harry fuera a contarle a alguien. Además, los Dursley se lo merecían. Si Hagrid ya tenía cierta distancia y asco por los sangre sucia y los muggles, en ese instante, acababa de crecer.
A partir de ese momento se originó más discusión y gritos por parte de los idiotas. Hagrid también se ofendió porque Harry no sabía la verdad sobre sus padres, sobre su muerte. Por muy horrible que haya sido...
Era sólo un niño.
Merecía saber porqué murieron. Merecía tener en conocimiento ese hecho que había cambiado su vida. Hagrid no lo tuvo.
Harry no tenía porqué haber sido privado de eso.
Hagrid sabía que no era su problema.
De todas formas le contó la historia de Tom, recordando antes de abrir la boca que debía volver a su papel y hablar de "Ya-sabes-quién" en vez de usar su verdadero nombre, o como le gustaba ser llamado: Voldemort. Hagrid debería tenerle miedo a ese nombre, así que eso fingió mientras hablaba. Debía mostrarse como un estúpido, porque esa era la cara que Harry conocería de ahí en adelante, así que fingió no saber escribir.
Incluso derramó algunas lágrimas.
Sin embargo, aún a través de esa fachada preparada que Hagrid levantaba al resto del mundo, cometió un error. Pequeño, pero significativo.
—Yo mismo te saqué de la casa en ruinas, por orden de Dumbledore. Y te llevé con esta gente...
Y apenas lo dijo, se dio cuenta.
Sólo esperaba que Harry nunca recordara que estuvo a punto de revelarle que estuvo allí antes que su padrino, Sirius Black.
Desde ese momento, Hagrid intentó no cometer más errores. No podía. Incluso si Harry era un niño y probablemente estaba demasiado abrumado por toda la información que se encontraba oyendo, no podía dejar que su papel cayera. Por eso cuando el muggle insultó a Dumbledore, minutos después, Hagrid sobre-reaccionó.
Era lo correcto.
—¡NUNCA... —bramó— INSULTE-A-ALBUS-DUMBLEDORE-EN-MI-PRESENCIA!
Pero a pesar de sus esfuerzos, y al querer permanecer tanto en el papel, Hagrid procedió a cometer el segundo error de la noche.
Sin pensarlo siquiera, agitó el paraguas en el aire para apuntar al muggle más pequeño. Se produjo un relámpago de luz violeta, un sonido como de un petardo, un agudo chillido y, al momento siguiente, Dudley, el pequeño muggle, saltaba, con las manos sobre su gordo trasero mientras gemía de dolor.
Hagrid sonrió, satisfecho, al verlo sufrir.
Pero reaccionó al ver cómo Harry veía con impresión a su primo, a quien acababa de crecerle una cola de cerdo.
Aquella era magia avanzada, y se suponía que Hagrid era un imbécil que fue expulsado del colegio cuando tenía trece años. Si Harry recordaba ese incidente por mucho tiempo... descubriría que durante Hogwarts era imposible aprender magia de esa forma. Al menos la transformación que él había hecho. En sexto año recién enseñaban a cambiar el color de las cejas, y Hagrid acababa de conjurar una de las transformaciones más difíciles existentes a través de un paraguas.
Quizás sí era un imbécil por dejar que algo así se le saliera. Se había confiado demasiado.
Cuando los Dursley completamente horrorizados salieron de su vista, Hagrid miró su paraguas y se tiró de la barba, pensado en qué decir a continuación.
—No debería enfadarme —dijo, fingiendo pesar—, pero a lo mejor no ha funcionado. Quise convertirlo en un cerdo, pero supongo que ya se parece mucho a un cerdo y no había mucho por hacer.
Con cuidado, miró de reojo a Harry. Este no parecía asustado, parecía aliviado, e incluso divertido.
Bueno, eso lo aliviaba a él.
—Te agradecería que no le mencionaras esto a nadie de Hogwarts —dijo Hagrid, aprovechando que el chico parecía tenerle simpatía. Y sólo insultando a sus parientes, vaya—. Yo... bien, no me está permitido hacer magia, hablando estrictamente. Conseguí permiso para hacer un poquito, para que te llegaran las cartas y todo eso... Era una de las razones por las que quería este trabajo...
Bueno, la mayoría era verdad.No es como si a Harry le interesara qué iba a ser de él desde ese momento en adelante. Sería famoso. Sería una estrella. Hagrid estaba bien con mirar desde las sombras.
—¿Por qué no le está permitido hacer magia? —preguntó Harry, curioso. Hagrid tragó.
—Bueno... yo fui también a Hogwarts y, si he de ser franco, me expulsaron. En el tercer año. Me rompieron la varita en dos. Pero Dumbledore dejó que me quedara como guardabosques. Es un gran hombre.
—¿Por qué lo expulsaron?
—Se está haciendo tarde y tenemos muchas cosas que hacer mañana —dijo Hagrid en voz alta, decidiendo ignorar su pregunta. Harry no podía saber eso. Estaba demasiado cercano a la verdad—. Tenemos que ir a la ciudad y conseguirte los libros y todo lo demás.
Se quitó su grueso abrigo negro y se lo entregó a Harry.
—Puedes taparte con esto —dijo—. No te preocupes si algo se agita. Creo que todavía tengo lirones en un bolsillo.
Increíblemente, cuando Harry desapareció dentro del abrigo y Hagrid lo tomó saliendo de la cabaña, se quedó dormido a los pocos minutos. Hagrid suspiró aliviado, sabiendo que así no tendría que inventarse una excusa por haberlo llevado volando de vuelta.
No estaba demasiado aliviado, en todo caso, porque Hagrid no sabía en qué posición pararse frente a Harry Potter.
Le dijo a Dumbledore que todo salió bien, y este no hizo más que preguntar si el niño se encontraba vivo. Hagrid le expresó sus preocupaciones sobre los parientes de Harry, pero Albus dijo que no había más opción que esa frente a su cuidado, así que el tema quedó hasta allí. Sin embargo, los siguientes meses se encontró pensando más en él de lo que le habría gustado.
A Hagrid le llamaba la atención. Harry era distinto a la gente criada por muggles, e incluso no se sentía forzado a fingir siempre con él. Era parecido a lo que le solía pasar con Tom, pero a diferencia de él, Harry no parecía tener interés en Hagrid más allá de... tener una amistad.
Harry Potter quería su amistad.
A pesar de que deseaba embriagarse con ese conocimiento, soltar todas sus aprehensiones y cuidad de ese niño, no había olvidado su cólera contra Dumbledore, y no había olvidado que Tom volvería en algún momento. De hecho, Hagrid creyó que al final de ese 1991 había llegado su resurgimiento, pero no fue así, incluso después de que Hagrid ayudara un poco dándole a Harry información que no debería haberle dado, y guardando el secreto de que este junto a Ron y Hermione fueron a buscar la piedra por sí solos. Tom no regresó ese año, y nadie sospechó de él.
Ni el siguiente.
Bueno, más o menos.
En 1992, Hagrid tuvo que enfrentar su expulsión de nuevo. Tuvo que revivir eso, y ser encarcelado y juzgado una vez más.
Y, también, tuvo que fingir que no tenía el suficiente poder para salir de Azkaban.
Mientras estuvo allí, conjurando hechizos de baja frecuencia, Hagrid por fin comprendió que Tom lo usó más de veinte años atrás. Quizás no quiso expulsarlo en un inicio, pero Aragog fue su coartada. Era una muy buena excusa para tapar que fue él quien abrió la Cámara de los Secretos. Hagrid no tenía idea de cómo le hacía sentir eso.
Ya no estaba tan seguro de querer ayudarlo, después de todo.
Pero si volvía... ¿le iba a dar la espalda?, ¿conociendo la influencia que todavía poseía? Y ni hablar de Dumbledore, y de lo que Hagrid se enteró cuando salió de Azkaban, cuando Harry y el mismo Albus le contaron su aventura. Dumbledore no lo dijo, por supuesto, pero para Hagrid era dolorosamente obvio que el anciano estaba dejando que Harry se enfrentara solo a los problemas. A Voldemort.
En primer año, convenientemente no estaba en el castillo.
En segundo, le envió el Sombrero con Fawkes y la espada de Gryffindor en vez de ir a rescatarlo. O de intentar averiguar cómo rescatarlo. Dumbledore era poderoso, vamos, pudo haber hecho algo. Era como si quisiera que Harry aprendiera a hacer las cosas solo para el futuro.
Aunque Harry después dijera después que nadie lo entrenó para la guerra, eso no era cierto.
Dumbledore lo entrenó.
Lo entrenó desde el momento que lo envió con esos muggles.
Incluso cuando Hagrid fue enviado a Azkaban, y no supiera si quería perdonar a Tom, tenía claro una cosa: Dumbledore no estaba dentro de sus elecciones para esa guerra. Sin importar lo poderoso que fuera, no merecía su apoyo.
El escape de prisión de Sirius Black en 1993 por poco provocó que Hagrid perdiera los nervios; las cosas serían más fáciles si Sirius se mantenía en prisión, donde la verdad sobre esa noche quedaría sepultada. Por ello, se encargó de contar la historia de Black en los lugares más concurridos posibles, al punto de que a veces gritaba en medio de bares atestados. Al punto en que McGonagall o el mismo ministro lo mandaban a callar. Daba igual. Mientras la gente no dudara de su inocencia...
Por otra parte, Hagrid obtuvo el trabajo como profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Y no sabía por qué.
Dumbledore debía esperar conseguir algo, eso era obvio, aunque no se le ocurría en qué le beneficiaría tener a Hagrid cerca. Quizás sospechaba de él, pero eso no era muy probable. Hagrid dudaba que obtuviera el puesto gracias a que Dumbledore le tenía cariño. No sabía por qué fue nombrado profesor.
Y bueno, si antes ya había estado confundido con qué camino tomar una vez que Tom regresara... ese año fue aún peor.
Por una parte Draco Malfoy, hijo de Lucius Malfoy quien Hagrid sabía que era un Mortífago, trató de hacer que lo despidieran y trató de matar a Buckbeak. Hagrid odiaba cuando se metían con los animales, o con las criaturas indefensas, por lo que le agarró especial rencor a ese niñito malcriado. Pero más allá de eso, Hermione Granger, Hermione, fue la persona que lo ayudó a evitar eso.
Y Hermione era una sangre sucia.
Cuando él era un niño, los nacidos de muggles eran más crueles y menos comprensivos que los nacidos en el mundo mágico, eso Hagrid lo tenía claro. Pero luego había venido Harry. Había venido Hermione. Y había venido Ron Weasley, un sangre pura nada parecido a los demás.
Hagrid ya no sabía qué pensar.
¿Continuaba teniendo claras sus intenciones?
Finalizado el tercer año, Dumbledore y Harry le contaron algunos de los sucesos ourridos a final de término, los cuales dictaminaron que una vez más Dumbledore había mandado a Harry a pelear batallas que no le correspondían. Hagrid sabía que con lo poderoso que el hombre era, siempre podría haber encontrado otras soluciones que no incluyeran que un niño de trece años volviera en el tiempo. Pero Dumbledore no lo hacía. Mandaba a Harry y a sus amigos al peligro sin siquiera parpadear. Hagrid estaba en un completo dilema porque la única forma de oponerse a él era cambiándose de bando.
Y no tendría sentido, porque eso significaba que haría aún más daño a los niños que no le gustaba ver en peligro.
Luego de meses de no saber qué carajos hacer con la guerra que se avecinaba, el cuarto año de Harry llegó. Durante el verano sucedió el incidente de la Copa Mundial de Quidditch, y luego Dumbledore anunció que el Torneo de los Tres Magos sería festejado en Hogwarts. Hagrid había mirado todo en silencio, juntando las piezas y sabiendo que, en primer lugar, algo andaba mal, y que en segundo, el Torneo era una excusa perfecta para volver a dañar a Harry.
Harry, el niño que poco a poco se estaba metiendo a su vida. Tal como sus amigos, los animales, lo hicieron.
Y una vez más, Hagrid no se equivocaba. Harry fue seleccionado como uno de los campeones del concurso. Por la mirada del muchacho, era en contra de su voluntad. Era demasiado obvio que buscaban matarlo. Hagrid sólo podía pensar en una persona que podría haber hecho que eso pasara.
El único intruso.
Alastor Moody.
En un inicio, no tenía sentido. Moody era aún más fanático que Dumbledore cuando se trataba de atrapar magos malvados, era extraño que quisiera ayudar activamente a Voldemort poniendo a Harry en peligro. Luego, Hagrid pensó que Dumbledore había planeado todo para que Harry una vez más se enfrentara a cosas difíciles a través de su participación en el Torneo (cosa que no era tan rara, ya que hasta donde Hagrid sabía, tampoco hizo demasiado para impedirlo). Pero aún así no le calzaba. No le calzaba en el Modus Operandi de Albus.
Entonces un sábado, semanas después de que hubiera sido anunciada la fecha de la primera prueba, Alastor Moody lo citó en Las Tres Escobas para... conversar. Justo el día que los alumnos también irían. Era un sitio concurrido.
A Hagrid no se le ocurría qué podría querer.
Conoció a Moody en la Orden del Fénix, aunque nunca tuvieron una relación cercana. En realidad, cuando Hagrid pensaba en ellos, nunca tuvo una relación cercana con nadie de la Orden. Pero conocía lo suficiente a Moody para sospechar que podría hacer, decir, o pedir algo que a Hagrid no le gustaría.
Se sentó en una de las mesas centrales del bar, hacia la pared, y esperó con el corazón en la garganta. Rosmerta le había llevado ya un pichel con hidromiel, y Hagrid bebía de a poco, mirando el lugar que empezaba a llenarse.
—Buenas tardes, Rubeus —dijo una voz, dejándose caer enfrente. Hagrid levantó la mirada. Alastor Moody estaba allí.
—¡Auror Alastor Moody! —gritó, sonriendo, sabiendo que tenía que mantener su papel. Sobre todo con él. Moody era un Auror mucho más perceptivo y desconfiado que el resto—. ¡Es un placer-!
—Muffiato.
Hagrid paró de hablar de golpe, reconociendo vagamente el hechizo, pero sin estar seguro de si se trataba del que él pensaba. Era muy usado por los Mortífagos. Era muy usado por Tom cuando quería hablar con él todos esos años atrás.
—No es necesario el teatro conmigo, Hagrid —dijo Moody. Su ojo falso se movía por la cara del semigigante—. Sé quién eres en verdad.
Hagrid sintió que toda la sangre abandonaba su rostro, y aunque debería haberlo hecho, no miró a su alrededor para cuidar quién estaba viendo su reacción. Moody sonreía; no era una vista agradable. Hagrid intentaba pensar en excusas.
No puede ser.
No puede saberlo.
No.
—Auror Moody, no sé de qué-
—Dije que no fingieras conmigo —espetó él—. Sé qué hiciste en la primera guerra. Sé que el Señor Tenebroso te enseñó a volar y a hacer magia. Sé que lo ayudaste fingiendo ser el sirviente más leal de Dumbledore. Sé todo sobre ti, Hagrid, más de lo que piensas.
Hagrid pestañeó, sintiendo cómo el estómago caía hasta el final de su cuerpo. Su mente emitía un zumbido, el corazón latía sin parar. Trataba de discernir palabras, de creer que había escuchado mal, que aquello era una imaginación.
No lo era.
Se trataba de la primera vez que alguien más lo decía en voz alta.
Hagrid trató de recomponerse y miró a Moody, esperando una respuesta, buscando soluciones. Quería algo, eso era obvio, o lo habría apresado ya. ¿Deseaba que Hagrid fuera de nuevo un espía y obtener aún más información? No. Hagrid en realidad no lo sabía. Nada tenía sentido, excepto que-
Espera.
Hagrid repasó las palabras, analizó su contenido. Miró a Moody. Miró la petaca que siempre traía. Y finalmente, se permitió unos segundos para sonreír irónicamente.
Moody palideció.
—¿"Sé que el Señor Tenebroso te enseñó"? —preguntó Hagrid, dejando que el nombre de deslizara por su lengua—. ¿"El Señor Tenebroso"?
Nadie que no lo siguiera o admirara, llamaba a Tom así. Mucho menos Alastor Moody, quien detestaba a los Mortífagos y a su líder como nadie. El hombre se aferró a la mesa, siendo pillado sin quererlo.
—¿Quién eres tú, y por qué me estás amenazando? —decidió preguntar—. Alastor Moody me habría apresado si supiera esto. Dilo, antes de que te corte el cuello. Puedo hacer que parezca un accidente.
Hagrid no sabía si era capaz de hacerlo, y no importaba. La amenaza era lo que valía, y sabía que cuando quería, podía ser intimidante. No había sido llamado un monstruo y una aberración toda la vida por nada.
Moody se llevó la petaca a la boca, temblando ligeramente. Su superioridad de Auror, su fachada, cayó.
—Tu padre murió gracias a una maldición...
—¿Quién eres?
—El Señor Tenebroso te ayudó a enterarte de eso —Moody continuó, sin prestarle atención, ni a sus palabras ni a su cara—. Él te enseñó todo lo que no aprendiste en Hogwarts, y mucho más, después de que le ofrecieras a cambio las colonias de gigantes durante la guerra. Él supo que tu magia era fuerte gracias a un amigo que tenía. Rechazaste ser Marcado, pero le dijiste que estabas de su lado en la guerra. ¿Todo esto es cierto?
Una vez más, Hagrid sintió que el aire abandonó sus pulmones, escuchando a otra persona relatar partes importantes de su vida que nunca había compartido con nadie. No pudo contestar. Todavía cabía la posibilidad de que aquello fuera una trampa... mas no había razones. No se le ocurría qué podría ganar la persona tras Alastor Moody diciéndole esto.
—¿Quién...?
—Estuviste allí esa noche —volvió a interrumpirlo con fuerza—. Antes que Black, antes que cualquiera. Llegaste antes que nadie al Valle de Godric.
Me quiere inculpar por la muerte de los Potter.
Me quiere culpar por la encarcelación de Sirius Black.
Sabe la mentira.
Lo sabe todo.
—No-
—Hagrid, no finjas, ya te lo dije. —Moody le dio otro sorbo a su petaca—. Yo sólo estoy aquí porque... porque el Señor Tenebroso te necesita.
Hagrid escuchó con atención a Moody relatar en susurros qué había sido de Tom durante esos trece años. Cuando sucedió lo de los Potter, su espíritu se quedó en el aire por al menos veinticuatro horas, y Voldemort vio a Hagrid entrar a la casa y fingir demencia. Moody (la persona tras él, en realidad) le explicó que luego de eso, el Lord había sobrevivido encima de cabezas de serpientes en diferentes bosques, buscando una forma de regresar. Aquello iba a pasar sí o sí ese año escolar, y Tom estaba completamente dispuesto a olvidar que Hagrid no intentó buscarlo si es que le entregaba lo que él sabía que había guardado esa noche.
—Su varita. —Moody entrecerró los ojos—. Él sabe que tienes su varita.
A pesar de todas las pruebas que la persona le entregaba, Hagrid desconfiaba demasiado. Pero, aunque antes dudó de la veracidad de lo que Moody le estaba diciendo, en ese momento no había cómo. No existía otra alma que supiera que Hagrid, después de todo, era quien le había guardado la varita a Tom. Él la tenía y absolutamente nadie la usó desde entonces.
—¿Qué pasa si no se la doy? —Hagrid preguntó con cuidado, sabiendo que Tom estaba acostumbrado a sus negociaciones—. ¿Qué pasa si me decido a no contribuir en su regreso?
Moody sonrió. Era una sonrisa que pertenecía a la persona tras la fachada: cruel.
—Él dijo que podías preguntar algo así. Es un misterio cómo conoce tanto sobre ti... —Hagrid mantuvo la expresión neutral mientras Moody lo escaneaba—. El Lord dice que no ha olvidado su promesa, tú sabes que él siempre cumple con lo que se propone y que su regreso es inevitable, tarde o temprano. Dice que recuerdes por qué lo ayudaste en la primera guerra, que recuerdes cómo fue, cuánto poder tenía... Elegir conscientemente a un chico de catorce años por sobre él es delirante.
—Un chico que ha logrado escapar de sus amenazas más de una vez.
—Por suerte —Moody replicó con veneno—. Porque nuestro Señor no se ha recuperado aún.
Hagrid se mordió la lengua para evitar escupir que no había un: "Nuestro Señor". Tom era un aliado. No su jefe.
A diferencia de Dumbledore, susurró una voz en el fondo de su cabeza.
—De todas formas, si me niego, no estaría eligiendo al niño —Hagrid dijo—. Estaría eligiendo a Dumbledore, el mago más poderoso que ha vivido.
Moody soltó una risa gutural. Si no fuera por el Muffiato a su alrededor, el cual Madam Rosmerta no paraba de examinar con desagrado, las personas los observarían con extrañeza.
—¿Al hombre que traicionaste una y otra vez? Por favor, Rubeus... —Moody se inclinó en su dirección, como si alguien pudiera oírlos—. ¿Realmente crees que tienes elección ahora mismo?
Hagrid reconocía las amenazas al instante, y esa era una. ¿Qué pasaría, si ahora se negaba y delataba al falso Moody?, este lo delataría a él, por supuesto. Dumbledore confiaba en Hagrid, pero después de la consistente historia que Moody contaría, escuchada de la boca del mismo Tom, ¿sería suficiente para desconfiar, o dudar de él? Quizás sí, o quizás no, ¿pero Hagrid estaba dispuesto a que se implantara la duda en la cabeza del viejo?
Podría no decir nada, aunque el falso Moody lo delataría, y en ese caso, su versión de los hechos sería aún más creíble porque estaba suplantando a un Auror. Y si Hagrid decía la verdad sobre su fachada, confirmaría las palabras, porque tras esa cara se escondía un Mortífago.
¿Y si lo mataba? Hagrid nunca había matado a nadie, pero siempre se podía empezar en algún punto. Sin embargo, ¿cuál sería su excusa si alguien descubriera que él era el culpable?, ¿sería lo suficientemente creíble decir que se dio cuenta de que era un Ojoloco falso, cuando para el resto del mundo Hagrid era un estúpido?
Todas las posibilidades de Hagrid de encontrar una vuelta a esa situación terminaban en la revelación de su secreto. Moody aún esperaba, bebiendo pequeños sorbos de su trago.
—¿Sólo la varita? —preguntó entonces, resignado.
La sonrisa de Moody se ensanchó.
—Y la primera prueba. Deberás decirle a Harry Potter cuál será su primera prueba en el Torneo.
Una parte de Hagrid se animó al haber adivinado que el Torneo era una excusa para dañar a Harry, y que efectivamente el profesor nuevo fue el que puso su nombre. Otra, se revolvió al imaginar lo que pasaría con el chico si cumplía con la orden de Ojoloco.
Pero sin importar qué, Hagrid sabía una cosa.
Tom cumpliría su objetivo: regresar.
Y matar a Harry también.
No podía ignorar eso.
—Hecho.
Moody y Hagrid se levantaron para marcharse, habiendo cerrado el trato sin darse la mano. Cuando Hagrid rodeó la mesa para irse y poder estar en paz, Moody le dio unas palmadas en la parte baja de la espalda y se acercó a susurrarle algo al oído.
—Bajo la capa invisible, al lado de esa sangre sucia, se encuentra Harry Potter. —Hagrid sintió cómo cada músculo de su cuerpo se quedaba quieto. Sabía que se refería a Hermione—. Ve allí y prueba lo que me acabas de decir. Finite Incantatem.
El Muffiato se deshizo. Hagrid tragó en seco y asintió, dirigiéndose junto a Moody a la mesa donde Hermione Granger estaba. Hagrid no podía mirarla sin sentirse culpable. Agradeció no poder ver a Harry tampoco.
—¿Va todo bien, Hermione? —le preguntó Hagrid en voz alta cuando llegó. En voz demasiado alta, quizás.
—Hola —respondió Hermione sonriendo.
Su estómago se revolvió.
Moody se acercó a la mesa cojeando y se inclinó al llegar. Hagrid vio que leía brevemente las anotaciones de Hermione, quien intentaba rescatar a los pobres elfos domésticos. Luego, inclinándose aún más, habló hacia un costado.
—Bonita capa, Potter.
Hagrid pasó saliva. El falso Moody estaba revelando el secreto de Harry para demostrar que Rubeus también sabía que el chico se encontraba ahí. Quería que Hagrid le dijera lo que tenía que decirle, en caso de que Harry no quisiera sacarse la capa.
—¿Su ojo es capaz de... quiero decir, es usted capaz de...? —Hagrid escuchó la voz de Harry. Dudosa. Pequeña. Infantil.
—Sí, mi ojo ve a través de las capas invisibles —contestó Moody en voz baja—. Es una cualidad que me ha sido muy útil en varias ocasiones, te lo aseguro.
Hagrid no se había dado cuenta de que estaba sonriendo y mirando directamente al punto donde se suponía que estaba Harry. Era una sonrisa tensa, aunque la cara de Hermione no indicaba que veía nada raro en esta.
Hagrid decidió inclinarse, haciendo también como que leía el cuaderno de la P.E.D.D.O de Hermione. Habló en un susurro tan bajo que sólo pudieron oírlo Harry y Moody:
—Harry, ven a verme a la cabaña esta noche. Ponte la capa. —Y luego,
incorporándose, añadió en voz alta—: Me alegro de verte, Hermione.
Tratando de que su tensión no se notara, guiñó un ojo, y se fue. Moody lo siguió.
—Iré mañana en la noche por la varita —anunció él—. Cuando todos estén durmiendo.
Hagrid asintió, saliendo de su vista.
Esa noche, Harry supo cuál sería su primera prueba.
Ese año, Hagrid ayudó a que Harry ganara el Torneo.
Ayudó a que Voldemort volviera.
En la clase de Cuidados de Criaturas Mágicas los hizo criar Escregutos, los cuales Ron, Hermione y Harry pensaban que eran a causa del fiasco y el casi despido del año pasado, cuando en realidad, Hagrid tenía la intención de ponerlos en el laberinto de la última prueba. También las acromántulas, las cuáles sabía que Harry enfrentó antes.
Fue gracias a eso y más, que Harry tomó el traslador aquella noche. Cedric murió. Voldemort renació y torturó a Harry. Luchó contra él con la varita que Hagrid le había entregado. El falso Moody fue descubierto, dementorizado. Era Barty Crouch Jr.
Por lo menos una amenaza había desaparecido para Hagrid, la amenaza de que se supiera su traición. Que Crouch ya no estuviera le daba una escapada.
Una que Hagrid ya no sabía si tomar.
Tom había regresado. Sus Mortífagos volvieron a él. Ya existía una víctima de su retorno y Hagrid era una de las grandes razones por las que estaba de vuelta. Recordaba cómo fue la primera guerra, así que, ¿por qué no unirse desde un principio antes de que fuera demasiado tarde?
En 1995 tuvo esa oportunidad.
Y no la desaprovechó.
La Orden del Fénix se refundó, y cómo no, lo primero que Dumbledore pidió (u ordenó) a Hagrid, fue ir a una colonia de gigantes para encontrar aliados.
Hagrid, al ser acompañado por Madam Maxime –una mujer que no lo conocía mucho–, fue capaz de engañar a empleados del Ministerio que estaban ansiosos por frustrar los planes de Dumbledore. Ella no hizo preguntas, no pareció encontrar extraño que su encuentro con los gigantes se frustrara "sin querer".
Tom se puso en contacto con Hagrid durante el verano. No había podido verlo aún, pero sus seguidores le entregaron evidencia de que efectivamente Voldemort renació, y que tenía más fuerza que nunca. El Ministerio negando su retorno sólo añadía poder a su bando, y la cantidad de personas integrándose a sus filas era impresionante, considerando lo poco que Tom llevaba en carne y hueso.
Hagrid recibió sus letras y escuchó a sus seguidores que intentaban convencerlo de tomar la Marca. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que intentaba comprarlo. Y lo lograba... Poco a poco.
Poco a poco lo convencía de que Harry no tenía oportunidad en su contra.
Por eso, cuando Dumbledore le asignó la misión, lo que hizo Hagrid fue llegar al lugar y sabotear todo, alertando a los Mortífagos de dónde quedaba la colonia para que así las negociaciones de ellos empezaran antes. Ni siquiera se arrepintió. Dumbledore había sido considerablemente menos amable al pedírselo esa vez.
Sin embargo, Hagrid no había contemplado una cosa al ir allí.
Y fue que descubrió, sin quererlo, que tenía un hermano.
Grawp.
Su entrañas se agitaron cuando lo vio. Todo su ser respondió a los gruñidos que emitía, reconociéndolos, sabiendo que aquel ser, aquella criatura, era su hermano. Tenía que serlo. Todo su cuerpo se lo gritaba.
Familia. Familia. Familia. Familia.
Hagrid nunca tuvo una familia, por mucho que le gustaba fingir que sí. Su madre lo abandonó y su padre murió porque terminó odiándolo, Dumbledore lo visitaba y mantenía cerca porque Hagrid era útil. Hagrid no conocía el término, nunca lo aprendió, pero al escuchar que la madre de Grawp era nada más y nada menos que "Fridwulfa", fue que supo que ese gigante era su familia.
Era lo único que Hagrid tenía que podía denominar «suyo».
Cuando uno de los gigantes mató al ex jefe de la colonia y decidió que las propuestas y regalos de Dumbledore no eran suficientes, Hagrid decidió que no podía dejar a su hermano allí, quien era más pequeño que el promedio. Sabía que cuando los Mortífagos llegaran, estaría muerto.
Bajo las quejas de Madam Maxime y el llanto confundido de Grawp, Hagrid lo forzó a seguirlo, conjurando un Muffiato que los acompañó hasta que estuvieron lo suficientemente lejos para detenerse en una cueva.
Esa noche, ese año, Hagrid descubrió lo que era querer a tu familia; que esta pasara a ser tu todo.
Ese año, fue que supo que el único que le daría una vida digna a Grawp, sería Tom y no Dumbledore.
Hagrid no vio a Tom durante el resto de la guerra. No supo cómo lucía hasta que llegó la Batalla de Hogwarts. Durante 1996, Harry, Ron y Hermione dejaron de ser sus alumnos también, así que la falta de interacción entre Tom, Dumbledore y Harry, lo ayudó a acercarse a Grawp.
Le enseñaba el lenguaje humano. Jugaba con él. Le mostraba la magia. Lo llevaba por el Bosque Prohibido para que interactuara con el resto de criaturas. Hagrid se encariñaba con él cada día, aprendiendo lo que era querer algo más que las criaturas que habitaban la oscuridad. Aprendiendo el significado de tener una familia.
De vez en cuando, Dumbledore le pedía algún que otro favor. De vez en cuando, Tom requería algún tipo de dato que Hagrid no había informado.
Aunque no quisiera, estaba jugando de nuevo a lo mismo que en la primera guerra.
Hagrid estuvo tan ensimismado aquel 1996, que no fue capaz de darse cuenta que en sus paredes se gestaba algo macabro. No hasta que al final de 1997 su cabaña se hubiera prendido en llamas, la Marca Tenebrosa hubiera aparecido en el cielo y Dumbledore hubiese caído de su torre, asesinado por Severus Snape.
Todo gracias a Draco Malfoy.
Hagrid lloró. Fue genuino. Su relación con Dumbledore siempre había sido ambigua, y aunque Hagrid habría jurado que lo odiaba, en ese instante se dio cuenta de que no. Lo resentía, no lo odiaba, y detestaba que lo hubiera dejado solo. Pero su muerte, a manos de uno de los hombres que más lealtad le juraban, sólo significaba una cosa.
Voldemort ganaría.
Y aún así, Hagrid no tomó la decisión correcta.
Todo pareció claro entonces, lo que debía hacer, la elección que tenía que tomar. Harry apenas había cumplido los diecisiete y no estaba entrenado. Por mucho que existiera una profecía, no existía forma de que tuviera una oportunidad contra Voldemort, Hagrid lo sabía.
De todas formas, eso no lo detuvo de tomar la decisión equivocada la noche en que lo sacaron de Privet Drive en escoba, como le confirmó a Tom.
Hizo lo que se esperaba de él. Hagrid llevó a Harry en su motocicleta para transportarlo a la Madriguera, y cuando los Mortífagos aparecieron, gritó el nombre del muchacho las veces suficientes para que supieran que iba a su lado.
Sin embargo, tal como pasó con Dumbledore, Hagrid no había medido lo mucho que Harry le importaba hasta que uno de los conjuros que iban hacia él aterrizó en su lechuza, y por poco se llevó al chico también.
No, su corazón gritó sin avisarle, viéndolo batallar para no ser atrapado. No, Harry.
Aterrizaron al poco tiempo en la casa de los Tonks, y Hagrid se sintió mareado al instante. Ileso, pero mareado con la revelación que había ignorado por años:
No podía traicionar a Harry.
Así como no podía elegir a Dumbledore.
El chico parecía triste sobre lo que le pasó a su lechuza y el corazón de Hagrid se rompió porque se vio a sí mismo en él una vez más, aunque trató de restarle importancia. Harry estaba desesperado cuando se dirigieron a la Madriguera, tratando de salvarlos a todos, huyendo para no ser una amenaza. Hagrid hasta ignoró las miradas desconfiadas que Fleur le lanzó cuando anunciaron que había un espía, por estar demasiado preocupado de Harry y su aspecto demacrado ante la muerte de Moody.
Harry era mejor de lo que Hagrid había esperado que fuera. Harry era de las pocas personas con las que verdaderamente no tenía que fingir todo el tiempo, porque podía concebir a Hagrid como más que un ser unidimensional. Y él lo había dañado. Nunca quiso admitirlo, lo mucho que lo había dañado, pero era dolorosamente consciente de eso ahora, bajo las líneas cansadas de su cuerpo y la mirada distante de su cara que, en vez de hacerlo ver maduro, lo hacían ver como un niño. Un niño que no presentaba ninguna amenaza para alguien como Tom.
Y por primera vez, descubrió que ya no importaba. No importaba que no ganara esa guerra. No podía traicionarlo.
Hagrid eligió a Harry esa noche.
Y después de eso, este desapareció.
Hagrid pasó casi todo el resto de la guerra en Hogwarts, en la cabaña reconstruida que Snape le había dado bajo las órdenes de Tom. Fingió que aún espiaba para él. Soltó algunos nombres de los miembros de la Orden, nada sustancial pero que hizo a Tom perseguirlos con pinzas. Sólo meses antes del final, Voldemort verdaderamente desconfió de él.
Hagrid juntó a los amigos de Harry en su cabaña una noche, queriendo extraer información, queriendo asegurarse de no haber tomado la decisión equivocada, porque a pesar de todo, no deseaba morir ni llevarse a su hermano con él. Los Mortífagos los pillaron en el acto y Hagrid tuvo que huir antes de ser atrapado y arrestado para que lo interrogaran.
Se marchó sin Grawp una vez que echó a todos, prometiéndose a sí mismo que regresaría por él. Nadie sabía que se encontraba allí, nadie además de Harry, así que mientras su hermano no saliera del Bosque Prohibido, estaba a salvo.
Hagrid se fugó esperando poder regresar cuando todo se calmara. Su plan era escapar con su hermano. Enmendar su error.
Sucedió todo lo contrario.
Hagrid regresó cuando la Batalla de Hogwarts comenzaba a desatarse.
Los gigantes se movilizaron, él los sintió desde la cueva en la que llevaba viviendo esos meses. Hagrid salió para ver que se acercaban a uno de los árboles más gruesos, tallados con los mismos símbolos de sus pieles. Desaparecieron al frente suyo. Sin quererlo, le revelaron un secreto que no se encontraba en ningún libro: así era cómo los gigantes se movilizaban en grandes distancias, entre océanos.
Hagrid se acercó al árbol cuando no quedaba nadie y puso su palma encima de los símbolos. Este lo transportó al instante a otro árbol cercano a Hogwarts.
El caos ya danzaba en los terrenos del castillo.
Los Mortífagos corrían a su alrededor, los gigantes iban a la carga.
El fin de la guerra había comenzado.
Hagrid se acercó con cuidado a Hogwarts, encontrándose con todos los preparativos listos. Se reencontró con Harry incluso, memorizándolo una última vez, por si no lo lograban. Se sintió feliz de verlo bien; preocupado porque sabía que no había forma de ganar eso.
Quizás tuvo que haber cambiado bandos entonces.
No lo hizo. No lo hizo, y Hagrid en su lugar trató de buscar a Grawp, lo que lo llevó a ser apresado, usado como carnada para Harry, y torturado por traicionar a Voldemort.
Porque se llamaba Voldemort en su cabeza ahora.
No había forma que la cosa que estuviera frente a él fuera el Tom que Hagrid había conocido.
El Tom que Hagrid había conocido era un aliado, era un hombre de negocios; poderoso, pero centrado, con una causa y un sentido de justicia que quizás no todos podían entender.
Voldemort no tenía, o quería, nada de eso.
Voldemort perdió el poder cuando se desvaneció, perdió su casi certera victoria, y luego sobrevivió como un ente. Aquello lo cambió. Ahora era una cosa sedienta de la autoridad que alguna vez tuvo. Y Hagrid tendría que haber cambiado de bandos.
Pero no lo hizo.
Y ese fue su error.
Desde que vio a Harry entrar al Bosque Prohibido dispuesto a morir, todo se transformaba en un borrón en su cabeza. Hagrid no comprendía nada. La finalidad de lo que hizo, de lo que sucedió, le cayó como una roca. Voldemort lo obligó a cargar su cadáver de vuelta y Hagrid lloró mientras lo llevaba, sin ser verdaderamente consciente de lo que estaba sucediendo.
Porque Harry había muerto.
Había muerto y haber cambiado de bandos no sirvió para nada.
Voldemort dio su discurso en Hogwarts. El peso de Harry entre sus brazos le pesaba más que cualquier otra cosa que hubiera hecho. Harry estaba muerto.
Estaba muerto.
Hagrid había sido parte de su muerte.
Pero entonces, cuando los centauros llegaron e incluso Grawp hizo su aparición, Hagrid volvió en sí, notando que Harry se había desvanecido de entre sus brazos. Hagrid lo perdió.
—¡HARRY! ¡HARRY!... ¡¿DÓNDE ESTÁ HARRY?!
La Batalla también sucedió en un borrón. Un conjunto de imágenes que no tenían relación entre sí. Grawp luchando a su lado. Alguien atestando un golpe en Hagrid y Hagrid dejándolo inconsciente con su magia. Las estatuas del castillo peleando contra los trolls. Voldemort gritando. Algunos cuerpos cayendo desde las ventanas. Los cadáveres. La movilización al Gran Comedor.
La revelación de que Harry estaba vivo.
Y su huida con el resto de la Orden.
Hagrid escuchó la voz de McGonagall amplificada, pidiendo a todos los que peleaban por el bien que se retiraran en ese instante. Él mismo se detuvo, aún en el patio, y miró a su alrededor para buscar a Grawp y salir de allí.
En cambio, lo que encontró fue a los centauros regresando al Bosque. A los Malfoy en una esquina, corriendo también. A los Mortífagos matando a los pocos que intentaban Aparecerse lejos.
Y a Grawp de rodillas, gritando su nombre.
Apresado.
—¡GRAWP! —exclamó Hagrid, notando cómo su hermano quería soltarse pero no podía. Había más de veinte Mortífagos sosteniendo al gigante en su lugar.
—¡A él!
Hagrid tuvo que huir antes de que lo atraparan.
Y tuvo que huir de la forma que sabía.
Esperando que nadie lo viera, emprendió el vuelo.
Escuchó a algunos de los Mortífagos soltando suspiros asombrados mientras se alejaba de allí, volando tal como su Amo habría hecho. Hagrid se escondió primeramente en la cueva en la que estuvo durante esos meses, y luego, decidió que la mejor opción era dejar Inglaterra antes de que Voldemort pudiera encerrarlo ahí. Hagrid se marchó a través del árbol que los gigantes usaron, y, de una forma que él no comprendía, este lo llevó hasta los Alpes, donde permaneció los siguientes ocho años.
Porque descubrió allí la prisión de Nurmengard.
Donde Voldemort encerró a su hermano.
Hagrid lo conoció lo suficiente para saber que no fue accidental, y que el Señor Tenebroso probablemente sabía la forma en que los gigantes se trasladaban, así que ¿qué mejor lugar para poner a su hermano que donde se suponía que debían haber muchas colonias de gigantes? Voldemort quería que Hagrid lo encontrara, aunque no estaba seguro para qué.
Para castigarlo, quizás.
Para hacerlo entregarse.
O para que Hagrid le entregara a Harry a cambio de Grawp.
Hagrid encontró un pequeño cobertizo a unos metros de la prisión. Lo puso bajo un Fidelius y se hizo ilocalizable como Voldemort le enseñó en algún punto. Robó comida de las ciudades cercanas y planeó cada día de su vida cómo rescatar a Grawp, porque era lo único que le quedaba. Centró su vida en eso. Hagrid tenía que hacerlo, salir del huracán de la guerra y olvidar que supuestamente Harry había muerto, que Voldemort había ganado y que al final no cumplió ninguna de sus promesas.
Hagrid tuvo dos intentos fallidos de rescate a Grawp. Sólo uno fue notado. Sufría escuchando los rugidos de su hermano que a veces decían su nombre. Sufría haber elegido el bando equivocado y haber desperdiciado la oportunidad de darle una vida donde fuese aceptado en la sociedad. Fue una debilidad. Un sentimentalismo en el que Hagrid no se había permitido caer antes. Y, ¿qué importaba haber abogado por Harry?, al final, estaba muerto.
O eso pensaba.
Ocho años después de la Batalla de Hogwarts, los rugidos de Grawp lo alertaron una madrugada. Hagrid trató de salir lo más rápido posible, llegando al lugar volando.
Sólo ahí pudo darse cuenta que era...
Era la Orden.
Era Harry.
Harry, vivo.
Hagrid tuvo su reencuentro. Se dio cuenta de lo mucho que había extrañado el contacto humano. Contó su versión de las cosas, una versión fabricada de la verdad. Mentiras. Abrazó a Harry. Abrazó a Hermione. Abrazó a todos los que alguna vez tuvo en estima.
Y al final decidió volver.
Ellos le prometieron ayudarlo a rescatar a Grawp, ¿no? Quizás no se había equivocado. Todavía podía tener su final feliz. Todavía podía tener una familia.
Sin embargo, por más que Hagrid preguntaba, siempre recibía negativas. Retrasos. Ninguno de ellos tenía presente a su hermano, ninguno de ellos consideraba su rescate algo urgente. Hagrid tuvo que soportar a Harry diciendo una y otra vez que estaba peleando una guerra que no podía ganar. Admitiéndolo.
Así que, finalmente, tomó la mejor decisión.
Por su hermano.
Por las criaturas mágicas.
Luego de perder la última esperanza de que la Orden lo ayudaría a rescatar a Grawp, Hagrid obtuvo la prueba tangible de que Malfoy estaba del lado de la Orden de verdad. Harry y él estaban... enamorados, quizás. Hagrid los vio. Hagrid se enteró de eso. Y era algo importante, era algo que a Tom le serviría.
Si jugaba bien sus piezas, su amor por Draco Malfoy le entregaría a Harry Potter.
Hagrid se contactó con el Lord a través del águila que se trajo de Austria. Negociaron como en los viejos tiempos. Hagrid le informó de la verdad, de que tenía traidores en su bando, y Voldemort respondió con un plan que Hagrid acató. El orfanato fue sólo un señuelo, la carnada que los atrajo a la Mansión Potter.
Bajo un Imperius que Hagrid conjuró, Kingsley orquestó un plan que los llevó a la boca del lobo; después, Hagrid le hizo un Obliviate.
Dejó escapar información cuando no debía, mencionando convenientemente que la Mansión Potter parecía el lugar indicado para buscar.
Se distanció de la Orden, y cuando llegó el momento, ordenó a Kreacher llevarlo a Voldemort, donde se reunió con él. Donde sellaron sus promesas.
Todo salió al pie de la letra.
Hagrid había elegido a Harry una vez, y se equivocó.
Ahora se elegiría a sí mismo.
•••
Ok, traté de hacer esto de la forma más "canon compliant" posible, pero soy sólo una persona que leyó hace bastante tiempo los libros y no recuerda todo, así que probablemente se me escapó algún que otro detalle en cuanto a la historia de Hagrid y Harry.
El 90% de las conversaciones que suceden en estos interludios son parte del canon. Así como los sucesos a los que se les hace referencia. Todo está sacado de aquí
r/FanTheories/comments/cmb746/hagrid_is_a_death_eater/
lo cual es una interpretación del personaje de Hagrid y sus acciones en los libros. Yo solo me aproveché de estos agujeros argumentales para la trama de Desolación.
Espero que les haya gustado! Y si no, espero que no les haya disgustado tanto! JAJAJAJA.
