Hay doble actualización! En unas horas subiré el próximo.

Una vez más, cuídense porque estos caps están bien densos. Ya nos acercamos al final. Si descartamos las 2 act de hoy, nos quedan 4 más!

Los qm, gracias por todo3

Pd: una escena que está inspirada totalmente en el capítulo 34 de Choices!:)

•••

Sirius, fue lo primero que Harry pensó al ver a Hagrid parado en la puerta. Culpable y cruel en partes iguales. ¿Así es como se habrá sentido Sirius, cuando se enteró de que Peter los había traicionado?

A tan corta edad, Harry había pasado por muchas cosas, de eso era consciente. Muertes, torturas, imposiciones... pero pocas dolieron de la forma en que dolía darse cuenta de que uno de sus mejores amigos estaba haciendo eso. Como si algo lo hubiera aplastado y Harry hubiese sido sometido a sentir cada célula de su cuerpo destruyéndose. El primer amigo que tuvo-

Lo estaba traicionando.

Lo estaba entregando.

Una de las personas que Harry pensaba que nunca le haría daño.

—¿Hagrid? —preguntó temeroso. Su voz salió como si hubiera vuelto a tener once años—. ¿Hagrid, te están controlando?

Unos segundos pasaron y algo complicado pasó por las facciones de Hagrid. Harry deseó haberlo imaginado, haber imaginado su culpabilidad, pero la risa de Greyback lo delató. Por primera vez hizo que la sangre se le congelara.

Porque se reía de él. Se reía de su ingenuidad.

Harry quería llorar. Veía a Hagrid, y no entendía los porqué. La persona que él había conocido jamás lo habría vendido así. Hagrid jamás le habría hecho daño. Harry lo conocía; recordaba cómo se había enojado con la gente que lo trataba mal como los Dursley.

Hagrid lo salvó.

Más de una vez.

¿Por qué, entonces?

¿Qué hizo mal?

—Dije que era suficiente, Greyback —Hagrid espetó—. Fuera.

—Pero-

Fuera.

Greyback, quien había retomado sus intentos de tortura, dejó el cuerpo destrozado de Draco en su lugar y se marchó. Harry recién pudo ver que el piso estaba cubierto de sangre.

—¿Es un plan, cierto? —Harry preguntó a la desesperada, agitándose en las cadenas—. ¿Es un plan?, ¿me vas a sacar de acá? ¿Por qué no me dijiste nada...? Dime qué hacer. Dime qué hacer, Hagrid, y lo haré, dime-

—Harry...

Hagrid suspiró, dando un paso dentro de la celda, y Harry sintió cómo algo- una cuerda comenzaba a amarrar sus pulmones impidiéndole respirar, asfixiando su garganta. Trató de tomar bocanadas de aire que se estancaba en su caja torácica. Harry posó sus ojos en los de Hagrid, en la expresión sombría, e intentó no prestarle atención a su tono de voz. Se agitó en las cadenas.

No.

No, Hagrid no podía haberle hecho eso.

Hagrid lo rescató de los Dursley. Le mostró el mundo mágico. Le compró a Hedwig. Hagrid lo había cuidado. Lo hizo sentir bienvenido en un mundo que Harry no conocía. Hagrid era- Hagrid era bondadoso. Hagrid fue su modelo a seguir.

Era su amigo.

—No, por favor —Harry rogó, deseando haber podido colocarse de rodillas—. Tú no, Hagrid, por favor. Fui hasta el fin del mundo por ti-

—Nunca te pedí que lo hicieras.

El tono- Harry sólo había escuchado ese tono un par de veces: cuando realmente se enojaba. Cortante como una daga. Imponente. Hagrid nunca le había dicho algo así.

Tenía que ser una mentira.

—Dime que te están controlando —Harry murmuró. Era patético estar prácticamente suplicando, sin querer perder la esperanza—. Dime que te están obligando. Que te capturaron y que te están obligando a hacer esto, Hagrid. Por favor. Dime que esto es para torturarme.

Harry prefería eso. Prefería que Voldemort tuviera preso a dos de las personas más importantes para él, en lugar de la otra opción: que Hagrid le había mentido todo el tiempo que estuvo en la base.

O siempre.

¿Hagrid le había mentido toda la vida?

¿Todo era falso?

—Si eso te hace sentir mejor, Harry...

—No —dijo, al ver cómo Hagrid entraba, caminando hacia Draco—. No. No. No. Hagrid, por favor-

—No sé qué quieres que te diga.

—Dime que es mentira —Harry dijo, reprimiendo un sollozo—. Dime que sigues siendo mi amigo.

Hagrid pausó en sus movimientos, tomado por sorpresa.

Amigos.

Harry había llorado por él, hizo lo que estuvo en sus manos para traerlo de vuelta, y lo defendió de absolutamente todo lo que se le acusó. Pensó en Hagrid cada día que estuvieron en el primer refugio. Harry lo extrañó hasta que su estómago y sus brazos y dientes dolieron.

Hagrid era-

Fue su primer acercamiento al mundo mágico. La primera persona en defenderlo de los Dursley, en mostrarle que la apariencia no tenía nada que ver con la bondad del corazón. Hagrid era como un niño, Harry lo sentía así.

¿Y nada fue real?

Hagrid suspiró, desviando la mirada.

Como un jodido cobarde.

—Tiene a mi hermano, Harry, ¿qué se suponía que tenía que hacer?

Harry no podía creer lo que estaba escuchando. Sólo atinó a mirarlo; averiguar dónde estaba el truco.

Nunca antes se dio el tiempo de pensar cómo reaccionaría si es que alguien que amaba acababa traicionándolo. Harry simplemente asumió que la cólera sería lo que lo poseería, que gracias a la rabia, esa persona pasaría al pasado al instante. Harry nunca hubiese esperado este patético deseo de acurrucarse contra el pecho de Hagrid y llorar; pedirle que se fueran y que por favor le dijera que la guerra en realidad no les había hecho eso, que no le hizo eso a su amistad.

Durante un violento y esclarecedor segundo, deseó que Hagrid hubiera muerto en la batalla. Harry deseó que nunca hubiese encontrado su cadáver y nunca se hubiera enterado de esta traición. No lo deseaba por rabia, no desde el rencor, sino... porque dolía demasiado. Dolía físicamente, verlo allí con autoridad, saber que era alguien que tenía un rango entre los Mortífagos. Un rango que no se había ganado de un día para otro.

Harry prefería a Hagrid muerto, que siendo un Mortífago.

—Yo nunca te habría hecho esto —Harry susurró, temblando—. Nunca te habría hecho esto, sin importar a quién Voldemort tuviera. Sin importar qué tan temeroso me encontrara. Nunca te habría- nunca-

Harry entró a ese lugar sin esperar eso. Su mente era incapaz de comprenderlo en realidad. No podía ver a Hagrid- ver al hombre que le horneaba pasteles, hablaba con los animales, reía con locura y lo abrazaba con sentimiento- y juntar esa imagen con la persona que tenía enfrente. Un monstruo.

Harry nunca pensó en Hagrid como un semigigante.

Mucho menos pensó en él como un monstruo.

Pero lo era.

—Ya cometí este error una vez, Harry, lo siento —Hagrid respondió, sonando apenado, como si lo dijera en serio—. Te elegí a ti, y perdí a Grawp. No puedo darme ese lujo de nuevo.

Harry odiaba que cada palabra se enterrara en diferentes sectores de su cuerpo, como si fueran cuchillas. La confirmación de que Hagrid era un espía desde antes, y que Harry no era una opción suficientemente buena para intentar luchar, se transformaron en certezas. Y las odió. No a Hagrid, sino a lo que decía. Odiaba saber que no había nada que pudiera hacer para que el dolor se fuera.

Harry sabía que saldría de allí; pelearía contra Hagrid. Y si vivía, viviría sabiendo esto-

No había forma de escapar de lo mucho que ardía.

—Me vendiste —Harry dijo mirando el piso, olvidando momentáneamente por qué estaba ahí—. Usaste mi amor- me usaste para atraerme hasta aquí. Les entregaste a Draco. Les entregaste a Draco, joder-

Harry se giró para mirar al hombre en cuestión, y sólo allí fue consciente de que las lágrimas estaban cayendo por sus mejillas, incontrolables. Draco no reaccionaba. Sus pantalones seguían abajo. Fue humillado y torturado por su culpa. Fue humillado porque de alguna u otra forma, Harry seguía haciendo las cosas mal y eso desencadenaba en sufrimiento para los que amaba.

—Tenía que hacerlo, Harry.

No tenía sentido. Nada lo tenía. La guerra parecía algo tan insustancial comparado con esto, con ese instante... Harry deseaba poder volver en el tiempo, tomar aquella oportunidad del pasado y huir junto a Draco, lejos del dolor y la desolación. Olvidarse de la sangre, el sufrimiento y las traiciones.

—Te amaba —Harry dijo sin ser capaz de mirarlo—. Habría entregado mi vida por ti sin pensarlo dos veces. Eras mi amigo. Eras mi primer amigo, Hagrid. No puedo- no entiendo-

Cada segundo que Harry parpadeaba mirando a Draco, descubría que eso no era un horrible sueño en el que se quedó atrapado. Se sentía como si su pecho estuviera siendo abierto. Como si le estuvieran quitando el aire. La vida.

—Van a perder, Harry —Hagrid dijo. Harry no sabía cómo se las arreglaba para sonar tan jodidamente calmado—. Tom aún tiene el poder de Europa. Tiene los números. Tiene la inteligencia, los planes, y no vive hacinado en una mansión. Debes saber que me encargaré de que todos los que sobrevivan a la guerra, si se disculpan... puedan vivir. Los mantendré a salvo. No tienes que-

—Eres más estúpido de lo que pensaba —Harry lo cortó con veneno—, si crees que Voldemort cumplirá su promesa.

Una sombra pasó por el rostro del semigigante.

¡Harry! ¡Mírate! ¡Qué grande que estás! ¡Ya casi estás de mi porte!

Harry cerró los ojos, ignorando el dolor que le causaba recordar ese momento, cuando lo volvió a encontrar. Lo mucho que luchó. Lo mucho que se alegraron. Lo falso que fue.

Draco casi murió rescatando a Hagrid.

Padma también.

Todos estuvieron al borde de hacerlo.

A Harry no le habría importado si sucedía. No se habría arrepentido, porque Hagrid estaría de nuevo con él y habría podido fingir que eran una gran familia. Que todo era tal cual lo dejó en 1991. Harry hubiera pensado que las muertes valían la pena.

—Tal vez sea verdad —Hagrid dijo acariciando su barba—, pero ya ha dejado a Grawp libre. Ya ha cumplido parte de su promesa.

Era una acusación.

Por un asfixiante segundo, Harry se preguntó si él hubiera hecho- más, si hubiera rescatado a Grawp... ¿Hagrid no lo habría traicionado? Si es que le tenía algo de lealtad, aunque fuera un poco... ¿el cariño hubiera valido por encima de la necesidad?

¿Hagrid siquiera lo quería?

Nadie era tan buen actor, ¿no?

—Desearía que hubieras muerto —Harry susurró—. Desearía que hubieras muerto en la Batalla.

Harry lo miró, y casi podía fingir que estaban de nuevo en Hogwarts, y que lo había ido a visitar. No se permitía pensar nunca en la gente que había perdido, en todos aquellos que no volvió a ver. No le servía. Dolía demasiado. Dolía a un punto en el que sentía que arrancarse el corazón era menos cruel.

Pero ahora que lo tenía delante Harry se daba cuenta de lo mucho que lo había extrañado. De lo mucho que había extrañado oír su voz, y de lo mucho que había extrañado poder ir a conversar con él cuando sentía que el tiempo se estaba poniendo difícil.

Harry no lo dudó. En menos de cinco segundos había cruzado los pasos que le quedaban para llegar a Hagrid y se enterró contra su pecho.

Hagrid lo abrazó de vuelta.

—Sí, Harry... —Hagrid suspiró—. Yo también.

No preguntó si se refería a él mismo, o si se refería a Harry. ¿Existía alguna diferencia?

Quería detenerse, de verdad, pero le era imposible dejar de reproducir en su cabeza la historia entre Hagrid, él, y Hermione.

¿Hagrid no le había alentado a él y a Ron, para hablar con su amiga cuando se enojaron con ella, a pesar de ser nacida de muggles?

¿Hagrid no se había molestado y herido porque Harry dejó de tomar Cuidado de Criaturas Mágicas en sexto año?

Si fuera posible, Harry habría apostado que su corazón se apretó. Que se aplastó en su pecho, mientras intentaba recuperarse.

Porque-

¿Y si Hagrid hizo todo eso para estar cerca de él, y luego entregarlo a Voldemort?, ¿como una forma de espiarlo mejor?

¿Y si falló, y ahora estaba tratando de reivindicarse con Tom?

Harry sintió las cadenas más duras que antes. Sintió el peso de estar en los calabozos de la Mansión Malfoy como nunca. El peso de lo que se venía. Sin Hagrid.

Contra él.

Hagrid caminó hasta el cuerpo de Draco, y subió sus pantalones sólo agitando los dedos con magia no verbal, haciéndolo lucir tan simple que Harry por poco se echó a reír.

Por supuesto que había mentido también sobre su poder.

Al ver a Draco casi completamente vestido, fue que despertó. Por muy fácil que sería quedarse allí, llorando y gritándole a Hagrid por lo que le hizo, Harry tenía que moverse. Estaba en ese lugar por Draco. No iba a permitir que nada se pusiera en su camino, ni siquiera que a Hagrid le hubiera valido mierda todo lo que pasaron.

Años y años y años de amistad- enterrados.

—Tú hiciste esto —Harry susurró mientras Hagrid se disponía a salir de la celda y dejar a Draco allí, encerrado—. le hiciste esto.

—Yo no lo toqué-

—Eres tan culpable como ellos —Harry lo interrumpió. El rostro de Hagrid se había cerrado, y si antes había tenido pesar, en ese momento no quedaba nada—. Eres peor que ellos.

—¿Piensas lo mismo del chico Malfoy, entonces?

—No te atrevas a compararte con Draco. —Hagrid cerró la reja, caminando hasta la salida. Le dio su espalda a Harry. Cobarde. Cobarde. Cobarde—. Puedo apostar que hiciste esto porque crees que Tom es tu puto salvador. Así como pensaste que Dumbledore lo era. Les lamiste el culo a ambos porque necesitabas que alguien cuidara de tu patética existencia. Nadie te debe un puto final feliz. Nadie te debe una vida feliz. Y ahora sé que merecías que te trataran así. Merecías haberte quedado en Azkaban. Merecías que la gente te mirara como-

—¿Cómo si fuera un monstruo?

Hagrid se detuvo en la puerta. Sus hombros estaban rectos y su postura tensa.

—Sí —Harry respondió, esperando que le doliera—. Ahora, ambos sabemos que tenían razón.

Harry sabía que para llamar a su magia, necesitaba una emoción fuerte. Cada vez esa emoción fuerte se trató de dolor, o rabia. En ese momento también, pero había algo más...

Esta vez, determinación.

Harry los mataría.

Mataría a todos los que le hicieron algo a Draco.

Y Hagrid estaba en esa lista.

—Fue un placer conocerte, Harry —Hagrid dijo.

Harry tomó un hondo respiro. Las cadenas vibraron. La energía comenzó a fluir desde la punta de los pies, por sus piernas, y hasta su vientre. Hagrid no lo había notado. Las cadenas estaban encantadas para no dejarlo escapar, para que la magia no le sirviera.

Pero Harry no era un mago ordinario.

Harry era el Amo de la Muerte.

Su poder se encontraba más allá de los parámetros normales, abarcaba la naturaleza, los objetos, y el dolor. La muerte estaba en todas partes, y en esa mansión... en esa mansión había más muerte que en la mayoría de lugares en los que Harry estuvo alguna vez.

Y la estaba llamando.

—Espero que puedas perdonarme...

Harry ya no lo escuchaba. Sus dedos empezaron a cosquillear, e incluso fue capaz de olfatear el olor a magia negra llegando e ingresando a su cuerpo, llenándolo y haciéndolo vibrar.

—Y si no...

Harry bajó la cabeza para así poder sonreír libremente; fue un gesto involuntario. Sus miembros se agitaban en su lugar con expectación. El toque de su magia, suave y reconfortante, se extendió por su cuello, por debajo de sus ojos, en el cuero cabelludo. Si Harry hubiera podido verla, podría haber jurado que esta avanzaba por las paredes y el piso, acariciando los tobillos de Hagrid. Tratando de sanar a Draco. De matar a los que estaban más allá.

—Si no, espero que me entiendas.

Harry subió la cabeza.

Hagrid tenía la mano en la puerta. Sus intereses egoístas provocaron que Draco estuviera allí, que ese día hubieran muerto centenares de personas. Y no le dolía. No se arrepentía. Hagrid se justificaba, y no existía justificación para lo que acababa de hacer.

Harry agitó una mano.

Voldemort estaba en esa mansión, arriba, riéndose y planeando su muerte porque pensaba que lo tenía. Pensaba que Harry era lo suficientemente estúpido para creer que liberaría a Draco si se entregaba. Harry nunca se sintió más agradecido de que Voldemort subestimase tanto al resto del mundo. Que creyera que tener a Draco en la misma celda que él sería una debilidad y no una ventaja.

Lo quemaron.

—Oh, lo entiendo —susurró Harry—. Y por eso es que voy a matarte.

Hagrid lo miró por encima del hombro un segundo. Con lástima.

Harry agitó la otra mano.

—Voy a matarte, Hagrid.

Draco eligió ese momento para emitir un ruido doloroso y pequeño.

Draco no era pequeño. Nunca lo fue.

Sólo sirvió como chispa para dar inicio al incendio.

—Y eso es una promesa.

Harry agitó ambos brazos, con toda la fuerza que poseía.

Y las cadenas que lo sostenían preso cayeron.

Apenas pudo registrar la sorpresa en el rostro de Hagrid, que claramente no esperaba que se liberara, cuando un estruendo resonó en los pisos superiores. El suelo tembló. Bajo sus pies, Harry sintió cómo la magia lo hacía vibrar. Una parte de sí no sabía si las piedras seguían tiritando gracias a él, o porque arriba, la Orden había empezado a bombardear la Mansión Malfoy.

Los estaban obligando a salir y pelear.

—¿Qué...?

—¿Quieres vivir, no? —dijo Harry, y su voz no se sintió como si fuera la suya. Sonaba áspera, y baja. Como si una bestia estuviera hablando por él—. Puedes pelear conmigo ahora, Hagrid, o puedes mantenerte vivo hasta que acabe contigo más tarde.

Hagrid movió la mano, pero Harry, sintiendo un ramalazo de la traición una vez más, lo empujó con su magia contra la puerta. Un atisbo de miedo pasó por los ojos oscuros de Hagrid cuando cayó, sorpresa también. No esperaba que Harry fuera así de poderoso.

—Harry-

Otra explosión.

El polvo cayó encima de sus cabezas. Harry dejó que la magia lo guiara, y sin siquiera saber qué estaba conjurando, un escudo apareció frente a él, cubriendo también a Draco.

—No te atacaré por la espalda si te marchas ahora.

—Él vendrá por ti-

—Uno.

Harry ni siquiera se movió. No agitó los dedos ni ocupó la varita: la magia salía de él en ondas. Quemaba contra su piel. La sentía sobresalir desde sus costados, por debajo de los brazos, de las orejas, la boca, los ojos, el cuello.

En la pared a un lado de Hagrid estaba fundiéndose un agujero.

Poco a poco.

Como si se derritiera.

—¿Por qué no me dijiste-?

—Dos.

Hagrid se levantó, tambaleando. Harry sabía que era más bajo, que no le llegaba ni siquiera al pecho, pero en ese momento se sentían al mismo nivel. Hagrid no había estado enterado de esto, no tenía idea de todo el poder que Harry poseía.

Hagrid asumió que no tenían nada.

Si le hubieras dicho, quizás las cosas serían diferentes.

Otra bomba estalló. Pasos resonaron arriba y por los pasillos. Hagrid se acercó a la puerta.

Y antes de que Harry descargara la magia que se estaba arremolinando en su interior, este salió.

Harry no perdió el tiempo. Corrió hasta la celda de Draco y los barrotes se derritieron bajo su tacto. En ese punto no tenía idea de dónde empezaba su poder y dónde terminaba. Harry nunca se sintió así de desesperado, nunca, en esos nueve años. En su mente nada más tenía un objetivo.

Sacar a Draco.

Sacar a Draco a cualquier costo.

—Draco —dijo cuando llegó a él. Tiró de sus cadenas, que cedieron casi de inmediato—. Draco, te sacaré de aquí. Estarás bien. Estaremos bien.

Apenas respiraba. Se estaba recordando a sí mismo hacerlo. Harry tomó a Draco apretándolo contra sí, y rogó porque este siguiera inconsciente para que no sintiera la carne viva siendo aplastada por el tacto. Harry lo abrazó, pegando la espalda ajena contra su pecho, y sacó la capa invisible desde su ropa interior. Era una bendición que Voldemort no alcanzara a registrarlo.

Harry los tapó a ambos, dejándose caer sólo por un leve segundo en la pared a sus espaldas. Draco se encontraba encima de él. Real. Presente.

Harry no lo había perdido.

—Estarás bien —susurró besándole la sien—. Estoy aquí, Draco. Estás conmigo.

Harry se apresuró en caminar a la puerta conjurando un Muffiato a su alrededor, y arregló sus lentes rotos. No escuchaba, sólo veía a los hombres pasar a su alrededor, corriendo y tratando de escapar. Lo único que le alertaba que estaban siendo atacados aún era el temblor bajo sus pies y el polvo. Fuera de eso, lo que Harry oía y podía reconocer era su propia respiración agitada. La suave y casi inexistente de Draco.

Esto es demasiado fácil, una voz le dijo cuando Harry llegó al inicio de la escalera. Esto es demasiado fácil.

Esto está mal.

Eras su mayor premio.

Esto está mal.

Podía ser una trampa, Harry lo sabía. Pero en ese instante, su cerebro no tenía espacio para más preocupaciones que el hombre entre sus brazos y salir de ahí antes de que la mansión se derrumbara. Veía a los Mortífagos por aquí y por allá gritando órdenes, sacando sus propias bombas, aunque Harry no les prestaba verdadera atención.

Cuando se enfocaba en algo, sabía que no existía nada que le hiciera ver más allá o pensar racionalmente. Cuando Harry tenía un objetivo, no era capaz de centrarse en otra cosa que no fuera cumplirlo. Le pasó cada año de Hogwarts. Con Sirius. Con Draco, cuando era Malfoy, y él pensaba que estaba haciendo cosas raras en su escuela.

Y le estaba pasando ahora, mientras sacaba a Draco de la mansión.

No le prestó atención a los niños apilados a un lado de la entrada con los estómagos abiertos. No le prestó atención a la cabeza del hombre con la que sin querer tropezó. Harry salió de allí, siendo recibido por la luz, y apenas estuvo fuera, se alejó de la casa.

Cuando la mansión cayera, los encantamientos caerían con él.

Cuando cayera, serían capaces de Aparecerse.

Fue un plan arriesgado, demasiado sujeto a los "quizás", pero no existía otra opción. Harry no esperó que las cosas se le dieran tan fácil, que ni siquiera hubiera tenido que soportar torturas, o buscar a Draco en los calabozos. Todo se le dio en bandeja de plata. Incluso cuando la traición de Hagrid revoloteaba en el fondo de su mente, sabía que el éxito de esa misión... fue un privilegio. Los astros se alinearon.

Esto está mal.

Harry acalló el pensamiento, alejándose hasta el costado del camino de la mansión, cerca del estanque. Miró hacia el cielo. La Orden lo volaba, dejando caer las pequeñas granadas sobre las cabezas de sus enemigos. Los Mortífagos trataban de alcanzarlos, aunque la mayoría estaba más concentrado en escapar de la mansión que en detenerlos.

Harry deshizo el Muffiato.

Y pudo oír cómo la guerra empezaba a morir.

Los Mortífagos gritaban su nombre. Se preguntaban dónde estaba y por qué pudo escapar. La Orden continuaba matándolos, dando indicaciones que se le hacían inteligibles debido a la distancia. Harry se aferró a Draco, rezando para que les tomara poco tiempo destruir la mansión y así poder irse de allí y juntar fuerzas. Pelearían contra Voldemort más adelante, cuando tuvieran los recursos. Sonaba como el mejor plan.

Debió haber sabido que esa opción ya no era viable.

Harry podía oler el aroma a humo y cenizas, y sospechaba que mucho de ese aroma a carbón venía del propio Draco entre sus manos. Estaba vivo al menos. Estaba vivo.

Aunque Harry no se sentía en tranquilidad.

Esto está mal.

—Draco —murmuró hablando encima de su oreja—. Draco, llegué. Estoy aquí. Hey...Rennervate.

Pero en vez de obtener una respuesta de su parte, sólo pudo oír una risa. Una risa que provenía de arriba. Harry miró al cielo, y lo que vio fue... fue algo que heló su sangre.

Dos personas volaban los terrenos, tan rápido que lucían como nada más que humo negro. Sin embargo, indudablemente eran dos. Harry sabía que Voldemort sabía hacerlo, pero el otro-

El otro era Hagrid.

Traidor. Traidor. Traidor

Harry apretó los dientes, evocando una vez más el enojo que seguía latente bajo su piel, listo para ser liberado. A diferencia de otras veces en que la explosión de ira fue inmediata, en ese momento se sentía como si creciera de a poco. Con cada segundo, Harry sentía que una bestia empezaba a desgarrar sus arterias, su piel, lista para salir y arrasar con lo que encontrara.

Iba a matar a Greyback.

Iba a matar a Hagrid.

Iba a matar a Voldemort.

Harry se apegó contra la pared. El suelo volvió a temblar. Hermione apareció por los aires haciendo señas, mirando en su dirección. Antes de que Harry pudiera procesar algo más, antes de que su magia comenzara a transformarse en algo peor, Voldemort sobrevoló el terreno y, de pronto, comenzó a acercarse. Pareció que estaba-

Pareció-

—¡Sé dónde estás, Potter! —Voldemort gritó deleitado—. ¡Sé dónde estás!

Por primera vez, Harry sintió miedo.

Y el primer pilar de la Mansión Malfoy cayó.

•••

Draco fue capturado durante la carnicería en la Mansión Potter.

Los Mortífagos habían estado quitando las máscaras de los Rebeldes antes de matarlos, empujándolos, con hechizos, o simplemente golpeándolos. Y en una de esas... se la quitaron a él.

Ninguno de ellos parecía sorprendido de encontrarlo.

Todo sucedió muy rápido. Su madre solía decirle que siempre tenía que reportar dónde estaba y qué estaba haciendo, porque las tragedias pasaban en un parpadeo. Draco no estaba seguro de que se estuviera refiriendo a ese tipo de tragedias cuando se lo dijo, pero era lo único en lo que podía pensar mientras entre diez Mortífagos intentaban inmovilizarlo, echando maldiciones y golpes para así bajarlo de la escoba. Voldemort finalmente fue el que logró llevarlo lejos.

Una tragedia sucedida en un parpadeo.

Draco cayó inconsciente luego de eso, y horas más tarde (o lo que él creía que fueron horas), despertó en la celda de su propia mansión. De una forma bizarra, le parecía que había retrocedido en el tiempo y tenía de nuevo dieciséis. Nada había cambiado: era un prisionero en su hogar, los Mortífagos se reían y burlaban de él, Voldemort lo miraba sonriendo.

Una parte de Draco, una que lo aterrorizó, le hizo creer por unos momentos que nada había sido real y que en realidad llevaba nueve años encerrado en esa celda, perdiendo poco a poco la cordura.

No le pareció loco pensarlo como una posibilidad, porque su mente se desvió a lo que había estado haciendo horas antes: Harry consigo, durmiendo plácidamente. Draco recordaba la curva de su espalda, el lunar de su cuello, las pestañas que tocaban sus mejillas y la forma dolorosa en que su corazón se contraía al verlo. Y sentía que no había forma de que eso hubiese sucedido de verdad. Draco tuvo que imaginarlo todo- tuvo que haberlo hecho. Harry existió en su imaginación como una manera mediocre de querer nadar en medio del océano de memorias oscuras.

Por primera vez, Harry no se sintió real.

Pero luego Voldemort había dado un paso al frente. Su magia llenó el piso, se extendió por las paredes de la celda volviendo todo negro, y luego bajó por la espina dorsal de Draco.

—Veamos si ser el esclavo de Potter sirvió de algo, si es que creerá que vale la pena salvarte... —Voldemort dijo riendo—. Por mientras... se me ocurren algunas cosas que hacer.

Era patético decir que, cuando el Lord calló, lo primero que Draco pensó no fue en lo que se aproximaba, en el dolor que experimentaría, sino...

Sí.

Sí. Fue real. Harry está vivo. Sucedió.

No duró demasiado, en todo caso, porque fiel a su palabra, a Voldemort se le ocurrían cosas que hacerle.

Al estar experimentado en ese ámbito, Draco superó los interrogatorios con paciencia, los cuales poco a poco se iban haciendo peores. ¿Cuándo cambiaste de bandos?, ¿por qué nos traicionaste?, ¿qué sabes de la muerte de tu madre?, ¿dónde está Nagini?

Al principio eran maldiciones menores acompañadas con las preguntas. Draco se resistió, aunque no por completo, no cuando lo habían drogado con Veritaserum- pero hizo lo posible. Resistió las respuestas, y el grado de crueldad subió.

Crucio. Veritatis Dolorem. Golpes. Heridas.

Draco las aguantó, ocultándose bajo las barreras de Oclumancia mientras trataban de leer su mente.

Imaginar a Harry ayudaba, imaginarlos a ambos en la casa frente al mar. En esa fantasía, Draco llegaba a su hogar después de un largo día de atender la cafetería que compró, y Harry llegaba de su tienda de tatuajes. Ambos se sentaban en la sala de estar entre decenas de cojines y mantas, con la chimenea y el fuego a todo dar. Harry leía un libro acerca de Quidditch y Draco acariciaba su cabello, tratando de desenredar los mechones salvajes. Le gustaba imaginar que siempre había música de fondo, alocada y sin sentido que ninguno de los dos sabía bailar; música que Harry siempre ponía cuando discutían porque Draco pretendía odiarla.

No puedes enojarte conmigo por siempre, el Harry de su cabeza le decía después de una discusión.

—Oh, pero sí que puedo —Draco replicaba, dándole la espalda y fingiendo que aún estaba molesto.

Harry deslizaba las manos por sus caderas, atrayéndolo y pegándolo a su pecho. Poniendo la barbilla en el hueco de su cuello y besando su oreja, justo a un lado de una de sus cicatrices.

No, no puedes, Draco, y lo sabes.

A lo lejos podía sentir cómo uno de los Mortífagos conjuraba un látigo, y entre otros dos lo daban vuelta, presionando su pecho contra la fría pared y esperando que de esa manera confesara todo lo que sabía. Draco podía sentir su piel retrayéndose, abriéndose cuando el látigo se enterraba en su hombro y se llevaba un pedazo de carne consigo.

La sangre escurría por su espalda.

—¿Quieres apostar?, créeme Harry, que no quieres apostar conmigo. Soy una persona muy paciente y competitiva.

Terca, querrás decir.

—¿Tú, hablando de terquedad?, no seas hipócrita.

Me encanta cuando me tratas mal, sigue.

—Oh, por Merlín...

El Harry de su cabeza se reía, dejando otro beso en su cuello. Draco intentó reírse con él, dejar que la ridiculez de la situación lo alcanzara para así poder dejarse embriagar en la sonrisa de Harry. Pero eso no sucedió. En su lugar, Draco emitió un quejido, uno que pronto se transformó en un sollozo.

¿Draco?, Harry susurraba, preocupado.

A lo lejos, su piel se desgarraba.

Los Mortífagos reían.

Voldemort hacía preguntas.

Draco podía sentir cómo volvía a su cuerpo. Cómo su cabello, sus dientes y ojos volvían a pertenecerle.

—Mataría para que fueras real —Draco susurraba contra la pared, mientras la casa en la playa empezaba a caerse a pedazos en su cabeza.

Su piel se desgarraba.

Los Mortífagos reían.

Voldemort hacía preguntas.

Harry volvía a reír. Draco había memorizado esa risa, lo sabía ahora. Bañaba su alma. Curaba sus heridas. Era un bálsamo para los cortes abiertos.

Pero soy real.

Draco asentía. Los brazos de Harry comenzaban a desaparecer. Otro latigazo atacaba su hombro.

Su piel se desgarraba.

Los Mortífagos reían.

Voldemort hacía preguntas.

—Está bien.

Eventualmente, lograron entrar a su cabeza.

Aunque Draco no sabía cuánto había pasado para entonces.

Supo que en algún punto, cuando recuperó más o menos la consciencia, quiso aclamar los Principios de los Sagrados Veintiocho. Pero antes de que pudiera hacer algo, uno de los Mortífagos logró silenciarlo, y para cuando despertó, su cuerpo ya había sido quemado. Quemado a tal punto, que Draco había perdido la sensibilidad al dolor.

Ya ni siquiera se molestaban en hacerle preguntas. Se turnaban para meterse a su cabeza y navegar por ella. Draco los escuchaba reírse. De él, de Narcissa, de su amor por Harry y básicamente todo lo que le importaba. A veces, podían estarlo golpeando o Cruciándolo y uno de ellos estaría en su cabeza, reproduciendo el recuerdo de Harry conjurando el Sectumsempra. Lo hacían para dañarlo. Harry siempre cortaba su piel y acababa dejándolo desangrarse en el suelo de un baño abandonado.

En otras ocasiones, Voldemort tomaba cartas en el asunto y, sin ninguna piedad, se metía en su mente también. Esas eran las peores. Draco podía sentirlo en la mansión de su cabeza: entrando a los cuartos, dejando las puertas abiertas, tratando de echar paredes abajo para poder ver más. En esas ocasiones Draco gritaba. O Voldemort reproducía un recuerdo de sí mismo gritando, tan alto, que lo ensordecía.

Draco trataba de imaginar su casa en la playa.

Cuando despertó de ser quemado, una parte de su cabeza creyó que era gracias a que se quedó dormido en el sol a un lado del mar. Draco decidió quedarse en ese escenario, porque no quería pensar en cómo Greyback se le acercaba al cuello y le decía que le gustaría probarlo.

Nunca tienes cuidado con el sol. Tienes que aprender que eres prácticamente un fantasma, Harry le decía.

Draco no sabía si estaba demasiado jodido por lo que le estaban haciendo, pero podía jurar que en ese momento el Harry de su cabeza no tenía más de dieciocho años.

Brevemente se preguntó si lo había deseado desde entonces.

—Pero yo quiero terminar igual de moreno que tú —Draco respondía, haciendo un puchero mientras Harry curaba sus quemaduras—. Me gusta tu color de piel.

Por favor, Draco, a ti se te vería feo.

—Gracias.

Harry reía una vez más, besando el borde de su mandíbula, tomando el cabello rubio entre sus manos. Haciendo que Draco se ahogara en lo mucho que podía desear a alguien.

Sólo estoy diciendo la verdad.

—No sé qué estaba pensando cuando me hice tu novio.

¿Es eso lo que somos?, ¿novios?

Draco se permitía esbozar una sonrisa también. Pequeña, tentativa- complacida incluso, al ver cómo Harry parecía esperanzado.

—Mmm... —murmuraba antes de besarlo.

Harry lucía mayor luego de separarse.

Y el brillo de sus ojos había desaparecido.

No volviste, recriminaba él antes de desvanecerse. No volviste a mí como prometiste hacerlo.

En un punto –Draco ya no sabía si fue casi al final, o en el medio– cuando abrió los ojos... pudo ver a Harry ahí, en su celda en una esquina. Desgarradoramente hermoso, como siempre. Era su vida completa. Draco trataba de llegar a él.

Estás aquí, quería decirle. Estás aquí porque tú si cumples tus promesas. Lo siento.

Pero minutos más tarde, ese Harry fue controlado por Voldemort bajo el Imperius para que torturara a Draco-

Luego, lo vio apresado, sufriendo bajo torturas también-

Draco sabía que estas memorias no podían ser ciertas. Al menos no todas. Porque Harry no lo dañaría, eso sí que lo sabía. Harry no permitiría algo así. El problema era, que no sabía hasta qué punto eran alucinaciones. Hasta qué punto eran recuerdos implantados o imaginaciones que Draco creaba dentro de su dañada mente. O escenarios que el mismo Señor Tenebroso estaba poniendo en su cabeza pasándolas por realidad. Draco no sabía qué estaba sucediendo. Su cuerpo volvía a doler.

Cada respiración dolía.

Cada latido dolía.

Cada segundo que pasaba, dolía.

Después, o antes de eso, Draco trató de volver a la casa de la playa. Trató de volver a Harry dibujando figuras en las cicatrices de su torso y murmurando que lo amaba. Pero en su lugar sólo veía ruinas. Veía fragmentos de recuerdos. Imágenes. Un montón de cosas incongruentes que no sabía si sucedieron en realidad. Parecía que sí.

Harry rechazando su mano. Harry tomándola en el Bosque Prohibido. Harry muriendo. Harry golpeándolo luego de un partido-

Harry besándolo en el Expreso de Hogwarts.

Draco haciendo insignias para el Torneo de los Tres Magos. Harry yendo a visitarlo a la enfermería luego del Sectumsempra. Draco pisando la cara de Harry. Harry hablando pársel. Draco reencontrando a Harry en una celda de la Mansión Malfoy. Harry comprando una tienda al lado del mar. Draco huyendo junto a él de Inglaterra después de la Batalla de Hogwarts. Harry torturando a Draco. Draco besando los nudillos de Harry. Harry lavando el cabello de Draco. Draco diciéndole "te amo". Harry diciéndole "te odio".

"No mueras".

"Necesito salvarte".

"Mi vida es tuya".

Y entonces-

Luego de esas retahíla de imágenes sin sentido-

Luego, vino el derrumbe.

•••

Harry se Apareció fuera de la reja de entrada un segundo antes de que Voldemort llegara hasta él.

Kingsley estaba justo en el lugar que se suponía que iba a estar, y Harry se quitó la capa apenas aterrizó a su lado, con el mundo aún dándole vueltas. Kingsley apenas reaccionó cuando lo vio.

Pero después sus ojos encontraron a Draco, inconsciente entre sus brazos.

La preocupación era clara y estaba escrita por todo su rostro. Harry había decidido ignorar lo malherido que estaba Draco, de momento, porque estaba bastante seguro que en vez de ayudarlo sólo lograría que se descontrolara. Sin embargo, ver a Kingsley mostrarse tan abiertamente disgustado... hacía que sus entrañas se retorcieran. Harry sabía que lucía muy mal.

—Debes llevártelo —Harry dijo, aunque en vez de sonar como una orden, sonó como un ruego—. No va a- no va a vivir- debes-

—Sí, Harry. Todos debemos salir de aquí.

Dos personas más se Aparecieron a su lado en las afueras de la mansión. Los Mortífagos estaban haciendo explotar sus propias bombas y algunos se acercaban adonde ellos se encontraban, intentando eliminar los que habían escapado. Voldemort sobrevolaba aún el perímetro.

—Hermione- ella...

Harry dejó de mirar a Draco, que ahora estaba en los brazos de Kingsley, y prestó atención a la voz nueva. No había notado que los que llegaron a su lado eran Percy y Oliver. Percy sostenía a Oliver, quien tenía quemada la pierna. Ambos estaban con las caras retorcidas de dolor. Harry podía oír distantemente cómo seguían hablando, sus bocas se movían, pero se sentía tan mareado con lo que estaba sucediendo –la magia, la pelea, las bombas– y no podía distinguir sus palabras.

—... le dije que viniera. Le dije que-

—Disculpa —Harry intervino, sosteniendo el borde de su cuello. La bilis estaba subiendo por su garganta—. Percy- Percy, ¿estás hablando de Hermione?

Kingsley ya había desaparecido con Draco, aunque Harry no estaba seguro de en qué momento sucedió... el tiempo pasaba distinto. Se encontraba contento y aliviado de que Draco estuviera siendo atendido, al menos aliviaría la heridas.

Harry por su parte esperaba que salieran de allí rápido. Los arrastró para rescatar a Draco y ya lo lograron. No iban a pelear contra Voldemort esa noche. Tenían que salir de allí.

Esto está mal.

—Hermione sigue dentro, en los terrenos; estaba dentro cuando salvó a Oliver —Percy dijo. Más gente de la Orden se Apareció. Se encontraban a un lado de las barreras—. Está tratando de salvar a la gente del fuego de las bombas de los Mortífagos-

—Mierda —Harry dijo, moviéndose instantáneamente—. Mierda, mierda, mierda-

—¡Harry!

—Voy a sacarla de ahí —explicó ante el rostro preocupado de Percy—. Voy a sacarla de ahí. Ella dará la orden de evacuar.

Y sin más, se Apareció dentro de nuevo.

De la Mansión Malfoy sólo quedaban algunos pilares, lo cual tenía sentido: era una estructura milenaria y la magia que sostenía la casa era fuerte. Harry podía sentir cómo lo llenaba, porque... la magia no se extinguía. Mutaba, se transformaba.

Harry la estaba absorbiendo.

No era la primera vez. En pequeños duelos, y con mucha concentración, había podido absorber la magia de sus oponentes, aunque fueran sólo hechizos pequeños. La de la Mansión Malfoy no se sentía extraña o nueva, sino, más bien, se sentía... igual que cuando las magias de Draco y él se unieron durante el Juramento Inquebrantable: compatibles e idénticas.

Harry ni siquiera lo estaba controlando. Las emociones bajo su piel pulsaban. Algo poderoso se estaba instalando en sus costillas, amenazando con estallar. Esto iba más allá de sí mismo.

Era el Amo de la Muerte.

Las barreras habían caído. La gente de la Orden ya estaba marchándose, sabiendo que la misión fue completada, y Hermione se encontraba levantando un escudo, arrinconada tratando de proteger a dos muchachos del fuego. A su alrededor, los Mortífagos trataban de llegar hasta ellos.

Harry levantó la varita, que vibró con su poder, e hizo un círculo encima de su cabeza enfocando la energía en esos hombres que querían llegar a Hermione.

Recordó uno de los hechizos que Draco le había enseñado, todo ese tiempo atrás.

Y,

Tenebris Flagellum.

Un lazo invisible se enganchó del cuello de los hombres, quienes se llevaron las manos hasta este. Harry vio que comenzaban a tornarse rojos. Luego, morados. Sus caras se hincharon, sus ojos se pusieron rojos gracias a los vasos sanguíneos que se reventaban de a poco. Las venas de sus rostros parecían a punto de estallar.

Harry movió la varita.

Y los hombres comenzaron a sacudirse como si estuvieran siendo azotados.

Draco le advirtió que aquello tomaba mucha dedicación y fuerza. Que no todos podían lograr conjurarlo. Harry apenas lo sentía.

Apenas sintió nada cuando los Mortífagos cayeron al suelo, con sangre resbalando de sus bocas.

Eso no impidió que las llamas se acercaran, gigantes, monstruosas y mortíferas- pero ayudaba. Harry prácticamente corrió hasta Hermione que aún intentaba esquivar el fuego frente a ambos.

Estaba viva.

—Vete —dijo llegando a su lado—. Yo me encargo de esto.

Hermione saltó, buscando su mirada sin estarlo esperando. Harry bajó momentáneamente la capa de invisibilidad y ella se relajó. Los adolescentes a sus espaldas lloraban.

—Pero-

—Vete, Hermione —Harry repitió, sacando su varita—. Yo me encargo. Tengo más poder que tú.

Hermione no se movió. Harry sabía por qué. El fuego estaba chocando con su escudo y al momento en que se Apareciera lejos, Harry tendría un sólo segundo para tomar su lugar. Si es que alcanzaba a hacerlo. Si es que le daba el tiempo.

—Harry-

—¡Vete Hermione, por favor!

Se miraron el uno al otro, en un gesto que habían compartido al menos un centenar de veces antes. Los ojos de Hermione eran familiares, y Harry se sintió horrorizado al ver el temor en las esquinas. Inundando sus facciones.

Hermione, que había pasado por tanto.

Que había visto tanto.

No mueras, decían. No puedo hacer esto sin ti.

—No voy a morir —prometió Harry, adivinando que eso era lo que esperaba escuchar—. No voy a morir, te lo prometo.

Hermione pasó saliva. Harry vio por el rabillo del ojo otros dos Mortífagos que empezaban a acercarse. Su expresión se volvió más urgente.

—Bien —dijo ella. Los muchachos detrás suyo soltaron otro ruido quejumbroso. A Harry se le ocurrió que quizás habían sido afectados por una maldición, y por eso no se defendían o ayudaban—. Bien. Lo prometiste.

—Lo prometí.

Hermione tomó una bocanada de aire profunda, agitando la varita.

Y cuando se Apareció, Harry lo hizo junto a ella.

Había prometido vivir.

Apenas se detuvo a pensar en los gritos que inundaron sus oídos cuando el fuego alcanzó a los muchachos bajo el escudo de Hermione. Apenas alcanzó a procesar nada, porque a diferencia de su amiga, algo había impedido que Harry se Apareciera. Algo estaba agarrando su camiseta, y su capa ahora caía por sus hombros. Había una mano con garras en su cuello, en sus ojos, enterrando las uñas en su mejilla.

Cuando aterrizó, Voldemort estaba frente a él.

Nunca había estado tan cerca.

—Joven Potter.

Harry se alejó instintivamente, tratando de Aparecerse de nuevo, pero las garras de Voldemort estaban enterradas en sus brazos, abriendo heridas desde el codo hasta la muñeca, rajando la piel al tratar de escapar.

—¿Realmente pensaste que te escaparías así de fácil, no es así?

—¡Expelliarmus!

Harry pudo haber pronunciado una Imperdonable. Pudo haberlo hecho sufrir. Pudo haber conjurado cualquier otra cosa. Sin embargo, lo único en lo que su mente podía pensar era que quería que lo soltara. Era que no podía permitir que Voldemort se lo llevara lejos.

Había recuperado a Draco.

Había prometido volver vivo.

Voldemort se alejó un poco, siendo afectado por el hechizo, aunque no tanto. En su mano, Harry podía ver que sostenía la Varita de Saúco, pero sus uñas seguían enterradas en su carne. Voldemort fácilmente podría intentar hacer magia sin varita, excepto que era notorio que quería usar la reliquia para apresarlo.

Sin saber que Harry era el Amo de la varita en cuestión.

—Voy a colgarte —Voldemort escupió y Harry intentó librarse—. Voy a colgarte, ponerte de cabeza y abrirte el estómago. Voy a hacer que tus seguidores- que Malfoy se coma tus tripas del suelo. Te voy a despellejar-

Reconocía que Voldemort hablaba menos que cuando Harry era un niño, pero ahora lo que estaba haciéndole actuar así era... que no podía atacar. La magia de Harry le impedía a Voldemort poder atacarlo, apresarlo o matarlo. Era claro, por el esfuerzo con el que lo sostenía; parecía estar en dolor. Su magia lo estaba empujando lejos.

Harry tenía todo el poder de su alrededor dentro, esperando estallar.

—Muy original —replicó, y se concentró en hacer su piel hervir para que Voldemort se quemara—. ¿Eso es todo lo que has planeado en estos ocho años? Yo tengo mejores ideas.

Voldemort soltó un gruñido, tan alto, que Harry sintió que su tímpano dolía, pero lo soltó. El corazón de Harry latía sin cesar. Elevó su varita.

Pero Voldemort no hizo lo mismo.

Voldemort, en su lugar, sostuvo en alto una especie de reloj. Era un reloj de mano, enrollado en su muñeca por una cadena Harry sintió cómo su magia quería llegar hasta él-

Y simplemente lo supo.

—Sé dónde está Nagini, Potter.

La sangre se le heló. Harry pudo jurar cómo, de pronto, el mundo dejó de girar y se convirtió en algo menos caótico. Sin quererlo había encerrado a Voldemort y a él mismo en una burbuja. Estaban solos.

Sé dónde está Nagini.

Voldemort estuvo enfrente suyo en una milésima de segundo, aprovechando su estupefacción para acercarse. Puso el objeto frente a sus ojos. Sumido aún en la revuelta de pensamientos que tenía, Harry apenas tuvo tiempo para verlo, pero aparentemente era suficiente. Lo que sea que Voldemort intentaba dándole ese vistazo- era suficiente para obtener lo que buscaba.

Era suficiente, porque al siguiente segundo, este estaba dentro de su cabeza.

Harry apestaba en Oclumancia y en ese momento se notó más que nunca.

Soltó un grito agudo, pudiendo jurar que su magia gritó con él. Harry vio un montón de imágenes. Vio a Hagrid, a Draco, a su familia. Vio los momentos de la pelea. Vio absolutamente todo lo que acababa de suceder, no muchos segundos atrás. Harry gritó hasta que su garganta se hizo llagas, y honestamente, pudieron ser horas de tormento. Pudieron ser horas-

Pero sabía que no habían sido más de cinco segundos.

Voldemort salió, o su magia lo arrojó fuera, y Harry se volteó instintivamente.

Irónico, muy irónico cómo su primer instinto fue correr al igual que un muggle en vez de Aparecerse, pero eso sucedió. Harry se dio media vuelta, quitando las manos de Voldemort de su cuello con una fuerza que pudo haberle quebrado un hueso, y trató de correr.

Sólo que... el combate de la Mansión Potter, la jornada de recuperación en la base, el plan y aquella pelea- lo habían agotado. Y nublado, además. El cerebro de Harry no era más que un humo que no formaba ningún pensamiento coherente.

Quizás por eso fue que no lo vio venir.

—¡Avada Kedavra!

El mundo pareció quedarse en silencio.

Voldemort rio.

La risa se reprodujo en cada rincón del planeta...

Y la maldición impactó.

Harry tembló dando un paso atrás, llevándose una mano al costado, sintiendo que iba a vomitar. Escuchó a Voldemort gritar, anunciar su victoria. Anunció su reinado como un loco que acababa de conseguir lo que tanto estaba buscando.

Y es que era así. Al parecer, eso era lo único que Voldemort había buscado. Su muerte y Nagini.

Casi le daba lástima que la Maldición Mortal no le funcionara una vez más, y que aquella, hubiera impactado justo en el lugar donde a Harry no podía afectarle:

Su cicatriz de piedra.

Harry pasó saliva, pensando por cuánto tiempo tendría que fingir para poder escapar. Voldemort no parecía darse cuenta de que Harry seguía en pie; quieto, pero en pie. Sabía que no tenía mucho tiempo.

Voldemort abrió las manos, riendo y gritando y anunciando cómo su gobierno al fin comenzaba. Harry se giró. No escuchaba, no olía, no sentía. Su magia se levantó: furiosa y ansiosa.

Sé dónde está Nagini.

Accio objeto Black —Harry murmuró.

No sabía si ese era su nombre, probablemente no, pero más allá de las palabras, su magia entendió, entendió a qué se refería. Harry sintió cómo si el pecho se le hubiera abierto y desde dentro tentáculos de poder hubieran salido, corriendo hasta alcanzar a Voldemort, subiendo por sus piernas y su mano y envolviéndose en esta.

El objeto le respondió.

Harry recordó entonces, que él era su dueño.

Harry era el heredero de la fortuna Black. De Grimmauld Place. Harry tenía más poder de lo que pensaba, y el objeto lo sabía. Ni siquiera lo dudó.

Llegó a su mano.

Harry sólo vio un destello de la mirada confundida de Voldemort, antes de encerrar sus dedos en el objeto y Aparecerse lejos de allí, muy lejos. La burbuja se desvaneció. Un Diffindo cortó su mejilla, pero no importó.

Harry ya estaba a una distancia casi infinita de allí.

Aterrizó en el campo abierto de la Orden, en las montañas, checando en sí mismo si tenía algún rastreador. El resto de los miembros se encontraban allí también, claramente esperándolo, pero no le importaba. En ese momento el foco de Harry estaba en la cosa entre sus manos. Su mente saltaba de conclusión en conclusión.

Si lo de la Mansión Potter fue una trampa, eso quería decir que el objeto nunca estuvo allí. Si nunca estuvo allí, eso quería decir que Voldemort lo encontró antes, en otro lugar-

Oh.

Oh no.

¿Y si siempre lo tuvo entre sus manos?

¿Qué pasaba si Voldemort siempre tuvo el objeto, y sólo necesitaba saber ocuparlo?

Y si eso era verdad, quizás ya tenía a Nagini.

No, una voz le respondió al instante. No, porque te necesitaba a ti para ver a través del objeto. Esa era su meta. Eso es lo que acaba de hacer.

¿Por eso se metió a su mente?, ¿para ver el objeto a través de sus ojos?

, se respondió de nuevo. Sí, lo vio. Ahora sí lo sabe.

Harry miró su mano de inmediato, ignorando a Hermione y Kingsley, quien llamaba su nombre. Harry miró el objeto, lo dio vueltas, y todos los nombres de los miembros directos de la familia Black del último siglo aparecieron en él junto a coordenadas, signos, palabras...

Harry continuó mirándolo.

Y por unos segundos, nada tuvo sentido.

Aquel peso instalado en su estómago se infiltró por debajo de sus costillas y de pronto se hizo tan grande, que Harry pensó que quizás podría romperse por la fuerza de este. Hermione lo sacudió. Kingsley estaba prácticamente gritándole. Pero Harry sólo podía mirar y parpadear ante el objeto. Sólo podía sentir cómo sus venas se abrían y se contraían, y las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar; a encajar de una manera que nunca le habría gustado. Su cerebro comenzó a darle sentido a lo que estaba mirando, y lo que sabía.

La Navidad de 1998 vino a su cabeza.

El Valle de Godric. Bathilda. Una serpiente gigante saliendo de su cadáver. Una serpiente puesta allí por Voldemort.

Todo cobró sentido.

Y entonces-

—Es Andrómeda.

Su cabeza dolió. Hermione y Kingsley se callaron de repente. Harry podía sentir la sangre de las heridas escurriendo por su piel.

—¿Qué? —susurró ella, temblorosa.

Harry miró idiotamente el nombre de Andrómeda. Miró las letras debajo de su nombre.

"Fallecida hace 9 años. Cuerpo en Hangleton, Inglaterra."

—Nagini es Andrómeda.