Narcissa siempre fue considerada la hija perfecta entre sus dos hermanas. O en toda la familia Black, quizás.

Más que Bellatrix. Más que Regulus, incluso. Narcissa era admirada por sus tíos y padres, por sus primos y parientes. Sonreía lo suficiente. Hablaba lo suficiente. Obedecía en todo y nunca daba problemas. Narcissa era la imagen de lo que una heredera debía ser, y no podía decir que lo odiaba, porque encontraba cierto placer en ser alabada, en ser querida y apreciada en el arduo trabajo que requería ser perfecta.

Pero, a veces, sí le habría gustado que las cosas fueran diferentes.

Se imaginaba a sí misma siendo la oveja negra. La que huía de su familia por amor. A la que rescataban sus amigos. La que podía ser como quisiera, mientras mantuviera la pureza intacta. A Narcissa le habría gustado ser algo diferente al molde que le asignaron, pero nunca lo fue. Las cosas pasaron como tuvieron que pasar y Narcissa se vio estancada en ese papel durante toda su vida.

Sin embargo, era mentira alegar que fue infeliz desempeñándolo: era cómodo seguir las reglas sin cuestionarse nada; tener esa vida tranquila que sus padres le designaron. Aunque en un punto no se hubiera sentido así.

Podría decir que todo empezó la noche que Andrómeda los abandonó, o más bien, cuando la abandonó a ella. Narcissa había estado durmiendo y un beso en la frente la despertó de pronto. Su sueño era liviano. Miró hacia arriba, y Andrómeda se encontraba inclinada encima suyo, tocando los cabellos rubios que caían por su frente.

—¿Dromeda? —preguntó Narcissa confundida—. ¿Qué pasa?

Andrómeda se enderezó de golpe al ser pillada, como se pilla a un niño haciendo una travesura. Narcissa se sentó en la cama y vio el bolso que su hermana llevaba colgado en el hombro, la ropa formal que tenía puesta y lo peinada que estaba. Era cierto que desde los últimos años de Hogwarts, desde que Andrómeda había insistido en andar con ese sangre sucia, su relación de hermanas se distanció un poco, pero normalmente Narcissa sabía los planes de Andrómeda. Seguramente, también sabía qué estaba pasando con su vida ahora, ¿no?

¿No?

—Vuelve a dormir, Cissy.

—¿Qué pasa?, ¿estás bien?

—Estoy excelente. Ahora vuelve a dormir.

Andrómeda estaba prometida en ese entonces con un joven sangre pura de buena familia. Narcissa y ella apenas hablaban esos días, era extraño que estuviera allí en su habitación cuando se suponía que planeaba su matrimonio. Era extraño que estuviera besando su frente, tocando su cabello y llevando ropas formales en medio de la noche.

—¿Por qué estás vestida así?

—Narcissa. —Andrómeda suspiró—. Estoy bien.

Narcissa frotó sus ojos y la miró, parpadeando ante la poca luz que entraba por la ventana; Andrómeda la estaba observando de vuelta, sujetando el bolso más cerca de sí, dándole esa mirada condescendiente que ella y Bellatrix le dedicaban cuando eran niñas, esa mirada que decía: "esto es demasiado grande para que tú lo entiendas". El problema, es que sus hermanas nunca tomaron en cuenta lo inteligente que Narcissa era y siempre fue; lo fácil que se le hacía descifrar cosas que no estaban a simple vista.

Y la sola expresión de Andrómeda, medio culpable, medio exhausta, delataba por completo que aquello era una despedida.

—No —Narcissa dijo por instinto.

Andrómeda apretó los labios, dando un paso hacia atrás, y el corazón de Narcissa empezó a latir con tanta fuerza que creyó que podría salir de su boca.

Porque eso estaba pasando.

Era una despedida.

Andrómeda la estaba abandonando.

—No, no tienes derecho a dejarme —volvió a decirle, apretando la mandíbula—. No así.

—Entonces ven conmigo.

Narcissa se quedó callada, creyendo que había escuchado mal. Miró el ingenuo rostro de su hermana que se suponía debía ser más madura que ella y esperó el remate del chiste; pero cuando notó que Andrómeda hablaba completamente en serio… no pudo evitarlo: comenzó a reír.

Andrómeda dio un respingo.

—Tienes que estar bromeando.

—Ven conmigo —volvió a decirle a pesar de la burla—. Vámonos ahora. Vámonos juntas.

—¿Perdiste la cabeza? —Narcissa replicó, más alarmada que antes—. No tengo una sola razón para irme. Esta familia es lo más importante que tenemos. Yo lo sé... Solías saberlo tú también.

La Andrómeda de quince años, la que aún estaba en Hogwarts, habría retrocedido ante la implicación, agachando la cabeza como un animal herido. Habría lucido avergonzada. Esta Andrómeda no lucía así; parecía harta de las reprimendas, de las reglas y obligaciones que estaban trayéndole infelicidad. Andrómeda parecía determinada a huir sin importar el chantaje emocional.

Y Narcissa la odió por eso.

Porque por ese pequeño instante la admiró como nunca.

Andrómeda suspiró una vez más al ver que ella no se movía: incapaz de levantarse para obligarla a quedarse en contra de su voluntad, o para decidir marcharse con ella. Su hermana le dio la espalda y caminó hacia la puerta.

—No te vayas, Andrómeda —Narcissa pidió sin saber lo que estaba diciendo—. Por favor, no puedes dejarme aquí sola.

Cuando era joven, Narcissa creyó que eso era rogar, que ya había hecho demasiado al pedir por favor. Fue fácil guardarle rencor a Andrómeda, la hermana que se fue a pesar de que le rogaron quedarse. Esa fue su elección, nadie la echó.

Sin embargo, cuando los años pasaron y Narcissa recordó ese momento, supo que tuvo que haberse levantado. Debió haberse puesto de rodillas y obligar a Andrómeda a mirarla a los ojos. Narcissa tuvo que suplicarle que no se marchara, no aún.

Que eso les evitaría una vida de sufrimientos a ambas.

Pero sin importar cuánto se lamentara en el futuro, en el pasado no lo hizo, y cuando Andrómeda se giró en el umbral, Narcissa supo que, de todas formas, jamás hubiera podido detenerla.

—Adiós, Cissy.

Esa fue la última vez que hablaron.

•••

Su madre estaba furiosa y su padre la estaba buscando por todo el continente. Bellatrix fingía que no le importaba haber perdido a su melliza, y Narcissa mantenía su acto de complacencia con todos para no causar más problemas de los que ya había.

La familia del prometido de Andrómeda no había parado de llamar por flú, y con cada segundo que ella no aparecía –aparentemente ilocalizable– sus padres poco a poco convergían a la locura. Narcissa miraba callada y con la frente en alto cómo los días pasaban, y lo poco que podía hacerse. Andrómeda los había abandonado. Narcissa no llevaba mucho tiempo desde que se graduó de Hogwarts, pero era totalmente capaz de entender lo perjudicial que resultaba para los Black otro escándalo. Se rumoreaba que su primo, Sirius, estaba haciéndose amigo de los traidores de sangre de los Potter y no hace mucho se dejó de comentar la terrible noticia de que fue sorteado en Gryffindor. ¿Qué pasaría cuando el mundo se enterara de lo que hizo Andrómeda, cuando la familia de su prometido arrastrara su apellido por el suelo porque rompieron con el compromiso?

Narcissa fue criada no sólo para obedecer, sino también para hacer lo necesario para mantener a flote a su familia.

Por eso, cuando su madre completamente derrotada murmuró que no sabía qué iban a hacer, Narcissa la miró y le dedicó una de sus sonrisas mejor practicadas.

—Yo lo haré —le dijo—. Yo me casaré con Lucius Malfoy.

A los Malfoy no podría importarle menos con cuál de las tres hermanas su único heredero sería emparejado, siempre y cuando fuera una Black. Bellatrix había contraído matrimonio pocos meses atrás con Rodolphus Lestrange, por lo que estaba fuera de consideración, y una boda por amor no era nada que Narcissa no estuviera dispuesta a sacrificar. Los Malfoy tenían mucho dinero, una buena reputación, y según lo que Narcissa recordaba de Lucius en Hogwarts, este no era completamente terrible… al menos físicamente. Podía ver las ventajas. Podía ver la gloria de su unión.

Eso no significaba que tenía que estar feliz al respecto.

Las noticias de la desaparición de Andrómeda aún no se divulgaban, y su familia no tenía planeado que lo hicieran, no de momento. Era casi un milagro o una maldición que Lucius y su hermana no hubiesen alcanzado a formalizar nada públicamente, porque eso complicaría un montón las cosas y ya eran complicadas. Lo único que debían hacer, su madre le dijo, era seguir adelante con aquel compromiso como si ese hubiera sido el plan desde siempre.

Al menos Andrómeda había tenido la cortesía de conocer al hombre con el que se suponía que iba a pasar el resto de su vida, pero Narcissa no lo tuvo. Sus semanas se llenaron de pruebas para el matrimonio, cambios en el vestido, en las invitaciones, y en su look. Por lo tanto, cuando llegó el día en que Lucius iba a pedirle matrimonio en medio de una gala en la Mansión Malfoy, Narcissa podía decir con seguridad que el hombre que estaba parado al otro extremo de la sala era un completo extraño.

En Hogwarts, Lucius había ocupado el cabello bastante corto y el uniforme lo hacía ver delgado y pequeño, a diferencia de ese instante. Las túnicas formales ensanchaban sus hombros, le sacaba por lo menos una cabeza de altura, su pelo se encontraba suelto, rozando la barbilla, y sus ojos eran dos pedazos de hielo. Fríos. Calculadores. A Narcissa no le gustaban.

—Espera que venga hacia acá —Bellatrix susurró—. Recuerdo que no le gustaban las… ¿cómo les decía, Rodolphus?

—Perras arrastradas.

—Eso.

Narcissa dejó de mirar al hombre para posarlos en el joven matrimonio. No estaban enamorados, aquello no era amor ni de cerca, pero compartían un nivel de malicia único… uno que jamás encontrarían en otra persona. Narcissa se preguntaba si el resto podía notar con tanta facilidad la falsedad de esos matrimonios sangre pura; si ellos también notaban que los ojos de Bellatrix, en vez de estar fijos en su esposo, deambulaban por la habitación buscando a Voldemort, el nombre más sonado durante esos días. Narcissa se preguntaba si la gente sería capaz de ver a través de ella y Lucius, igual de fácil que ella veía a través de Bellatrix.

—La última vez que hablamos, mi prometida tenía el cabello de color marrón.

Narcissa se giró hacia la voz profunda que provino detrás de ella. Lucius Malfoy estaba allí, mirándola como si no fuera la gran cosa.

Sus ojos eran más fríos de cerca, su aroma era intoxicante. Parecía más imponente así. Narcissa no dejó mostrar sus nervios, y en cambio, levantó la barbilla.

—Hola, Lucius —le dijo—. Me lo teñí rubio para ti, ¿no te gusta?

Algo pasó por la expresión del hombre al escuchar sus palabras cargadas de sarcasmo, pero no le dijo nada. Narcissa no bajó la barbilla. Podía ser educada, nunca dejaría de serlo, pero tampoco dejaría que él, ni nadie, creyera que tenía el derecho de caminarle encima. Lo que Lucius había dicho no era especialmente desagradable, salvo porque no parecía una broma. Sus labios estaban curvados, sus cejas juntas: lucía disgustado.

—Te pediré matrimonio a medianoche —informó él bruscamente. Narcissa esbozó una sonrisa: ni burlesca, ni educada, simplemente vacía.

—No puedo esperar.

Lucius frunció el ceño, como si le fuera imposible entender qué deducir de esa conversación, y asintió. Se colocó a su lado y empezó a hablar con Bellatrix y Rodolphus. Narcissa se dedicó a aguardar la medianoche.

Una pequeña parte de sí misma, la que aún se permitía desear cosas, quería que Andrómeda volviera, que se interpusiera entre ella y la cárcel que le dejó. Sabía que eso no sucedería. El hombre a su lado dedicándole miradas ocasionales, el que fingiría estar enamorado, era la persona con la que pasaría el resto de su vida desde ese día en adelante.

A pesar de que era lindo soñar, Narcissa dejó de esperar ser salvada.

Ese era su destino.

Lo iba a cumplir.

A las doce en punto, Lucius llamó la atención de todos en el salón tocando una copa con una cuchara. Se dio vuelta a Narcissa y, como si fuera algo automático, dobló la rodilla.

—Narcissa Black —dijo—. Eres la mujer más hermosa que ha pisado esta tierra, y sé que ni yo ni nadie somos pretendientes dignos. Sin embargo, y a pesar de conocernos hace muy poco, me gustaría saber si me concederías el honor de ser mi esposa. Quiero que seas tú quien me acompañe en todas mis aventuras, y sobre todo en esta, la aventura de saber más del otro. ¿Aceptarías casarte conmigo?

Narcissa no respondió por lo que pareció una eternidad.

La expresión de Lucius, el tono de su voz- todo parecía tan sincero, que por un momento Narcissa se lo creyó. Hasta que vio sus ojos, por supuesto; estos delataban la misma frialdad. La misma indiferencia. Esto era un trámite.

Su corazón no tenía por qué estar latiendo tan rápido.

—Acepto —murmuró ella extendiendo su mano. Lucius sujetaba un gran anillo de oro—. Sí, acepto.

Lucius sonrió, y por un breve momento, Narcissa creyó estar viendo a otra persona, una que eclipsaba a cualquier otra en el salón. Rejuvenecía, sus ojos formaban líneas y un hoyuelo nacía en su mejilla izquierda. Incluso el sonido de los aplausos de la multitud al ver a Lucius colocarle la sortija parecieron desvanecerse. El hombre se levantó y entrelazó sus dedos para tirarla en un abrazo.

—Sonríe —le dijo él entre dientes—. Hará esto más creíble.

Narcissa obedeció.

Aunque fuera un extraño, aunque acababa de verlo luego de tantos años desde Hogwarts, aunque le habría gustado poder decidir, Narcissa obedeció.

Porque la decisión ya estaba tomada.

•••

Narcissa vio a Lucius un par de veces antes de su matrimonio. Salieron a pasear al Callejón Diagon para mantener las apariencias. Comieron helado como si estuvieran en una cita. Lucius le compró libros que Narcissa había estado mirando, sin siquiera preguntarle si los quería, y se la pasó varios días metido en su casa, arreglando todo para que la ceremonia fuera perfecta.

La verdad era que Narcissa no tenía muy claro qué pensar o sentir sobre él, así que había decidido no sentir nada. Ya no le parecía tan desagradable como en un inicio, pero tampoco podía decir que la actitud de Lucius había cambiado para influir en su opinión. Continuaba siendo estoico y distante. En las pláticas que mantenían, era ella quien llenaba los silencios incómodos, aunque Lucius era un hombre inteligente… Narcissa podía concederle eso.

Bueno, no era sólo inteligente.

Lucius era extremadamente correcto, como si practicara en un espejo antes todo lo que salía de sus labios. Sus conversaciones se resumían en: los límites que tendrían una vez que vivieran juntos (partiendo por mantener piezas separadas), y los trabajos que cada uno tomaría, (a pesar de que Lucius le decía que con su dinero a ninguno le haría falta en realidad). Él quería meterse de lleno a la política en el Ministerio, ser alguien importante y mejorar su mundo, cosa en la que sinceramente Narcissa podía verlo perfectamente debido al poder de la oratoria que poseía. Ella, por su parte, estaba bien con ser consultora de pociones o hechizos. Había obtenido un magíster en pociones curativas un año después de salir de Hogwarts, creyendo que se dedicaría a la sanación. Lo abandonó por la familia.

Todo.

Todo lo abandonaría por eso.

El matrimonio se llevó a cabo un día martes. Había sol. Su cabello se encontraba trenzado y tenía joyería incrustada en este; estaba más maquillada de lo que alguna vez lo estuvo en su vida, y su vestido era parecido al de las princesas de los libros que Andrómeda le leía de pequeña. Se veía hermosa, podía reconocerlo. Su madre lloró al verla. Su padre le dijo que cualquiera sería afortunado de tenerla.

Narcissa tuvo que reprimirse de contestarle que, precisamente, la conseguía alguien que no la deseaba en absoluto.

Debía estar nerviosa, expectante y feliz. Debía ser el nacimiento de una nueva etapa. El gran día, uno de los más grandes de su vida. Pero no era así. Para Narcissa era una diligencia, algo que debía sacarse de encima para volver a su paz. Se encontraba contando las horas para que acabara, y recién iba a comenzar.

La ceremonia se hizo en los terrenos de los Malfoy a un lado del lago, con un número limitado de invitados. Abraxas había querido lo contrario en un inicio, había deseado que el patio estuviera atestado de gente, que todo el mundo se enterara que su linaje seguiría. Pero cuando dijo esto, a Lucius le bastó un vistazo de la cara de Narcissa para detener los planes de su padre, sabiendo que a ella no le agradaba la idea.

No es que le molestara la gente, es que no sabía si su acto sería capaz de convencer a tantas personas. No era necesario sentir amor para casarse, –podría decir con certeza que sólo el cinco por ciento de los matrimonios sangre pura se dieron porque ambas partes estaban enamoradas–, pero la gente no tenía porqué saber que esto era conveniencia, que era mentira. Podían haber beneficios en fingir cariño frente al resto: más simpatía, más aliados. Narcissa necesitaba convencerlos. No estaba segura de poder hacerlo si tenía encima los ojos de cientos de personas.

—Debes caminar —susurró su madre, viendo a Orión Black (el ministro de fe de la ceremonia) y Lucius. Estaban esperándola en el altar—. Debes ir ahora, Narcissa.

Narcissa inhaló hondo, obedeciendo una vez más.

El camino a Lucius le pareció infinito.

Más infinito aún al encontrarse con su mirada desde metros de distancia.

No había ojos para nadie más, para ninguno de los dos. Narcissa avanzó por el pasillo con toda esa gente observando, juzgando, y sus ojos se concentraron sólo en los de Lucius. Calmados. Poderosos. Ven, decían, vamos a hacer esto. Vamos a poder con esto.

Eso era lo único que Narcissa podía recordar con precisión de ese día.

Cuando llegó al altar, Lucius la ayudó a subir y no soltó su mano en ningún momento. No la soltó cuando dijeron sus votos, ni cuando los consagraron con besos en la mejilla. Todo sonaba artificial, fabricado. Y efectivamente lo era.

Pero esa mano sosteniendo a Narcissa era auténtica. Era espontánea. Era, quizás, lo único real que existió entre los dos hasta entonces.

La fiesta de después fue aburrida. La mayoría se emborrachó. Ella misma tuvo que beber para pasar la noche. Los invitados se le acercaron para felicitarlos, y Lucius se mantuvo a su lado durante toda la ceremonia, recordándole que desde ese momento en adelante así sería siempre.

Su familia estaba en el otro extremo de la sala. Rodolphus, Bellatrix y sus padres de vez en cuando la miraban con ojos orgullosos. Regulus y Sirius con cierto recelo, y hasta envidia: estaba claro que esto era lo que Walburga y Orión querían para sus hijos.

La mirada de Narcissa continuaba yendo al sitio vacío a un lado de una de sus hermanas.

—En diez minutos, padre hará el rito de el encamamiento.

Las palabras de Lucius, habladas a un lado de su oído, hicieron que Narcissa volviera en sí, mirándolo con una expresión de completo horror. Se sentía, por primera vez en años, como una niña. Una niña ridícula y patética que era demasiado infantil para considerar absolutamente todo lo que conllevaba un matrimonio.

No había pensado en eso.

No sabía por qué mierda no había pensado en eso.

—No.

Le habría gustado que su voz saliera firme, como una orden. En cambio, sonó como un ruego. Parecía un animal herido, y la mirada de Lucius cambió: los bordes de sus ojos se volvieron algo más suaves.

No. Por favor no me hagas esto, Narcissa pensaba. Por favor. No puedo. Esto no puedo hacerlo.

—Él no estará allí, Narcissa —Lucius le dijo con cuidado—. Solo lo anunciará. Nadie estará allí. Sólo seremos tú y yo.

Sólo seremos tú y yo.

Algo especialmente distinto se deslizó por su piel, aunque Narcissa todavía estaba horrorizada con la imagen anterior: la de ellos yendo a una habitación con espectadores en cada esquina que querían confirmar su virginidad. Narcissa no quería demostrar eso. No quería demostrar eso a nadie.

Se giró nuevamente a su madre, e intentó pedirle ayuda con los ojos.

Por favor. No permitas que me hagan esto.

Por favor.

Su madre siempre desviaba la mirada.

El resto de la ceremonia, Narcissa estuvo ausente, demasiado asustada para concentrarse en nada más. Minutos más tarde la llevaron al cuarto que compartiría con Lucius encima de un colchón, y él la siguió mientras gente los coreaba por detrás. Narcissa temblaba. No sabía qué pasaría allí dentro.

La depositaron en la cama matrimonial como si no fuera más que un objeto, y Lucius entró no mucho tiempo después. Narcissa apenas fue consciente de que la puerta se cerró. Apenas fue consciente de lo que estaba pasando, hasta que el hombre estuvo frente a ella sin la chaqueta y con la mano enterrada en sus cabellos.

Narcissa se apartó de un salto.

Era ridículo. Ahora que lo veía con la camisa suelta mostrando su clavícula, el cabello hecho un lío, rastros de vino en los labios y la postura algo más relajada- sabía que era atractivo. Más atractivo de lo que ella se permitía reconocer. Y aún así, el pensamiento de dejar que la tocara, de dejarse hacer aunque fuera por una noche- hacía que algo horrible se instalara en su estómago. Narcissa quería gritar. Quería esconderse. Quería detener la forma en que Lucius la estaba mirando.

—No me agradas —le soltó.

Lucius, quien se había quedado parado al pie de la cama, pareció endurecerse ante sus palabras. Su postura recientemente relajada se puso rígida de nuevo, y sus manos fueron a parar detrás de la espalda. Era demasiado guapo. Narcissa no quería que se le acercara.

—Si hubiera podido elegir, no te habría elegido a ti —dijo de nuevo, con más fuerza.

Lucius pasó saliva. Narcissa no sabía si no podía leer sus expresiones porque verdaderamente era difícil saber qué significaban, o si el alcohol que consumió le impedía ver más allá.

—Para un matrimonio no es necesario que nos agrade el otro —dijo él.

Había algo implícito en esas palabras, y su estómago se retorció al pensarlo.

Es un deber. Debemos cumplir con este deber.

—No voy a acostarme contigo —escupió ella, rápido y preciso para no dar lugar a dudas.

Lucius no parecía dispuesto a insistir. Demasiado orgulloso, quizás. Demasiado cansado.

—Lo tendrás que hacer eventualmente, para consumar el matrimonio —dijo—. Tarde o temprano.

—Prefiero que sea más tarde que temprano.

Se miraron. Sólo había luz artificial alumbrando el cuarto. Narcissa podía ver la piel debajo de la camisa, su rostro parcialmente iluminado y sus ojos más oscuros. Si hubiera prestado atención, quizás hasta habría notado cómo la postura de Lucius indicaba algo más que mera arrogancia.

—Como quieras —respondió él.

Narcissa asintió, y se acostó debajo de las sábanas a dormir.

Por primera vez en meses, lloró.

Lucius se echó en el sofá.

•••

Narcissa culpaba a Andrómeda por todo.

La culpaba por haberla dejado. La culpaba por no haber insistido más. La culpaba por orillarla a tomar la decisión de casarse con Lucius. La culpaba por no haber vuelto.

Porque esa era la verdad.

Andrómeda nunca regresó.

No podía decir que el matrimonio con Lucius era miserable, muy a pesar de que Narcissa se sintiera infeliz en él. Lucius era cortés; memorizó sus comidas favoritas, y las servía lo más seguido posible; le encargó vestidos, regalos y elfos personales para hacerla sentir cómoda en esa mansión; hablaba con ella cada mañana, y juntos discutían de los temas más actuales: Lucius hablaba de Voldemort, el nombre más sonado de su sociedad. Lucius quería impresionarlo para formar alianzas. Narcissa no lo entendía, y se lo expresaba así mismo. Ella jamás se arrodillaría ante ningún hombre.

No, no podía decir que Lucius o su unión con él eran especialmente malos. No se sentía miserable o violentada. Es sólo que Narcissa lo encontraba… aceptable.

A veces la mediocridad y el hastío eran peores que la desgracia.

No tenía mucho de qué quejarse, Lucius no era un mal esposo. Al contrario, le daba su espacio y su libertad. El problema recaía en que, para Narcissa, no había mucha diferencia entre él y un cuadro. Su convivencia se trataba de dos conocidos orbitando alrededor del otro en la misma casa. Distantes, pero cordiales.

Nunca esperó que aquello cambiara casi tres meses después de su matrimonio.

Lucius había salido temprano por la mañana, alegando tener un negocio muy importante en el Ministerio que los beneficiaría, y no había vuelto aún. El sol estaba escondido, las cigarras cantaban, Narcissa leía un libro a un lado de la chimenea en el salón principal, sin preocuparse. Lucius sabía cuidarse solo.

O eso pensaba.

Las llamas que de pronto se transformaron en un color verde intenso, y el cuerpo tambaleante que salió de estas, cambiaron su opinión radicalmente.

—¡Lucius!

Narcissa cayó al suelo al mismo tiempo que él lo hacía. Lo examinó, tocando con manos temblorosas su nuca desde donde no paraba de salir sangre, manchando su cabello blanco. El pecho de Lucius también parecía haber sido herido. Respiraba agitadamente, los ojos grises fríos se habían transformado en dos esferas inundadas de pánico. Narcissa no había estado así de asustada en su vida.

—Jodido- idiota —murmuró, sin ser demasiado consciente de lo que decía—. Eres un imbécil. ¿Qué-?

Lucius soltó un quejido bastante alto, provocando que Narcissa reaccionara y comenzara a aplicar los encantamientos sanadores que conocía. Sabía más de pociones, por lo que su mente ya estaba trabajando en los ingredientes que tendría que ocupar para sanarlo. Intentaba recordar si había fabricado alguna pócima durante esos meses que podrían ayudar a Lucius a recuperarse rápido.

Al menos ya había parado de sangrar.

—Merlín, Lucius…

Narcissa se movió de rodillas para apoyar la cabeza de Lucius en su regazo y buscar en su cuerpo si es que tenía alguna herida abierta. Recordaba haber aprendido el conjuro de diagnóstico que utilizaban los medimagos, pero no lo recordaba. Narcissa aún sentía el corazón acelerado. Lucius todavía temblaba.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, abriendo su camisa para inspeccionar la piel—, ¿quién-?

—¿Alguna vez te he dicho que me gusta mucho tu cabello?

Narcissa casi enterró las uñas en su carne.

—¿Qué?

Lucius tosió, y los latidos del corazón de Narcissa aumentaron de una manera inexplicable. Él, notablemente mareado, abrió los ojos y subió una mano temblorosa para tocar con la punta de los dedos los cabellos que caían de la frente de su esposa.

—Me gusta.

—¿Te sientes tan mal?

—Siempre me ha gustado. Intenté hacerlo ver la noche que nos conocimos, ¿no… recuerdas…?

No, para nada, su actitud de primeras fue bastante hostil. No sabía qué visión tenía Lucius de hacer cumplidos o demostrar cosas, pero evidentemente no lograba lo que quería.

Narcissa quitó las manos del pecho de Lucius, comprobando que efectivamente sus heridas habían sido cerradas. Entonces se enfocó en él, en su rostro. Lucius miraba encandilado los mechones de pelo sobresaliendo del peinado de Narcissa, y su boca estaba medianamente abierta. Perdió tanta sangre que su piel se veía algo más pálida de lo normal, y –Narcissa no sabía a causa de qué, específicamente– toda su presencia parecía más suave, mirándola así. Hablándole así.

—Es del mismo color que el tuyo —dijo ella a modo de broma, para distraerlo de la mueca de dolor que se instaló de pronto en sus facciones—, por supuesto que te gusta.

—No, no. Mira. —Lucius enrolló un dedo en uno de los cabellos de Narcissa—. El tuyo es más oscuro. Es… es como el oro.

Por milésima vez, su respiración pareció agitarse. Narcissa no había estado así de cerca de él desde la boda, y ni siquiera así, ya que no se besaron en los labios; esa no era la tradición. Pero ahora el peso de la cabeza de Lucius estaba en su regazo y una mano rozaba su frente. Narcissa tenía los dedos afirmando su camisa, y el intoxicante sentimiento de alivio al saber que ahora se encontraba bien, igualaba lo rápido que iba su corazón.

—Es como el oro —Lucius repitió, y al segundo siguiente levantó el otro brazo.

Sus manos acunaron las mejillas de Narcissa.

—Necesitas sanarte —susurró ella, como si hubiera más gente que pudiera escucharlos. Abraxas se encontraba en la otra ala de la mansión—. Has perdido mucha sangre.

—Merlín, realmente eres hermosa.

Narcissa cerró los ojos, contando hasta diez. Era totalmente inesperado eso- Lucius no decía esas cosas, nunca decía nada que pudiera considerarse un halago deliberadamente. Todo era recatado, medido; exageradamente calculado y practicado. Eso no lo parecía. Narcissa quería sujetar su rostro también. La piel de Lucius quemaba contra la suya.

—Vamos arriba.

Sin confiar en que la Aparición de algún elfo empeorara su estado, Narcissa ayudó a Lucius a pararse con una exhaustiva mezcla de fuerza y suavidad. Lucius se afirmó a ella mientras Narcissa subía las escaleras. La nariz ajena estaba enterrada en su cuello, inhalando su perfume como si fuera preciado. Narcissa podía sentir los músculos de Lucius alrededor de su brazo junto al calor que su cercanía emanaba.

Llegar al cuarto del hombre no fue tan difícil, y Lucius apenas se quejó mientras ella lo depositaba encima de las cubiertas. Narcissa iría a buscarle una poción, lo dejaría descansar, y al otro día le haría todas las preguntas pertinentes.

Salvo que una mano se envolvió en su brazo cuando Narcissa se levantaba.

—Quédate.

La tenue luz de la vela sólo le dejaba ver parcialmente la expresión de Lucius. Una vez más, Narcissa podía decir con certeza que nunca había lucido así; vulnerable, joven, necesitado. Su estómago se apretó.

—Por favor.

Esto es una mala idea.

Pero lo está pidiendo por favor.

Lucius nunca pide nada.

Narcissa soltó un suspiro, sabiendo que había perdido esa pelea.

—Está bien.

Se quedó sentada en el mismo lugar, a un lado del pecho de Lucius, y este no le soltó la mano en ningún momento mientras se acomodaba para dormir. Su cabello había crecido considerablemente en esos meses y ahora le caía encima de la cara, sucio. Narcissa sacó la varita para limpiarlo un poco. Deseaba saber qué carajos sucedió y por qué el hombre llegó así de repente. Tenía que saberlo, porque pudo haberlo perdido.

Pudo haberlo perdido, y no sabía cómo sentirse al respecto.

Sería libre, ¿no es así?

¿Por qué no se sentía de esa manera?

Narcissa abandonó su cuarto no mucho después, sólo para volver con una poción revitalizante. Lucius descansó. Narcissa se fue a su habitación durante la madrugada, y soñó toda la noche con sangre y ojos grises vacíos.

A la mañana siguiente, todo era igual que siempre.

Al menos Lucius parecía igual que siempre, o estaba intentando actuar como si lo estuviera.

Narcissa bajó a desayunar, y aquella vez, en lugar de sentarse en la otra cabecera de la mesa, tomó asiento a un lado de Lucius para que este no pudiera eludirla. Él pareció sorprenderse, pero no la miró ni preguntó nada acerca de su cambio de lugar: meramente ordenó a los elfos cambiar la mermelada, el dulce y el chocolate de posición porque eso era lo que Narcissa ingería en las mañanas.

Por unos cuantos minutos, desayunaron en silencio.

—¿Por qué llegaste herido anoche? —preguntó ella cuando no podía aguantarlo más.

—Estaba haciendo negocios —respondió él sin mirarla, aparentemente impasible ante su pregunta—. Los Aurores llegaron creyendo que era ilegal lo que hacíamos. Me dieron, pero pude escapar.

Narcissa notó que Lucius no mencionaba nunca qué tipo de negocios hacía. Esa vez, no se restringió al preguntar:

—¿Era ilegal?, ¿o había razones para que los Aurores pensaran que lo era?

Lucius la ignoró, sirviéndose más café. No parecía afectado por sus reprimendas, ni porque, de no ser por Narcissa, quizás él estaría muerto en ese momento.

El sólo pensamiento hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo de la cabeza a los pies.

—¿Por qué estás haciendo esto, Lucius? —dijo ella suspirando.

Esta vez, al menos el hombre se dignó a darle una mirada de reojo al contestar.

—Por un mejor mundo, por la grandeza que tendrá —dijo, y aunque había estado con los ojos fijos en la taza, cuando agregó lo último, estos miraron directo a Narcissa—: La grandeza que tendremos.

—No quiero que te metas en eso —fue su respuesta automática, sin prestarle atención al cosquilleo agradable que sintió al ser considerada.

—Creo que es demasiado tarde-

—¿No lo ves? Vas a terminar muerto.

—No es lo que crees-

—No importa lo que yo creo. Son hechos. —En su mente se reprodujo la escena de anoche. Lucius sangrando y con múltiples heridas; mareado, ido. Las cosas que el Señor Tenebroso deseaba para ese mundo eran demasiado grandes, cambios radicales que no podían ganarse sin pelear—. Es demasiado peligroso, y te va a llevar a la muerte. Estás aventurándote en una guerra-

Lucius, sin un segundo de meditación, levantó la manga de su brazo izquierdo.

Narcissa calló al instante.

En su antebrazo estaba marcado el dibujo de una serpiente junto a un cráneo. Era de un negro vivo y la serpiente se movía con libertad por la piel, orgullosa. Narcissa no había creído esa parte de los rumores: la ridiculez de marcarse para pertenecer a un culto. No pensaba que Voldemort fuera así de ridículo. Y aún así ahí estaban. Lucius acababa de convertirse en un soldado en vez de velar por sus propios intereses, y ya no había vuelta atrás, no al tener ese símbolo grabado en la piel como un animal de ganado.

Quizás su familia estuvo sepultada desde ese momento.

—Vas a terminar muerto —dictaminó ella sin poder quitar la mirada de su antebrazo.

—Creí que eso era lo que querías.

—¿Qué parte de todo lo que he dicho, te dio la impresión de que deseaba ser una viuda?

—No creo que quieras ser viuda. —Lucius negó—. Pero sí creo que te gustaría que muriera.

Narcissa levantó la cabeza con brusquedad para ver a Lucius a la cara. Este ya la estaba mirando, siempre la estaba mirando antes que ella.

Había un tinte diferente en sus ojos, casi como una petición que no parecía poder gesticular. El brazo de Lucius bajó lentamente de la mesa, y con él, la manga. Narcissa olvidó por un segundo por qué discutían.

—No quiero que mueras, Lucius.

Sí, su muerte significaba la libertad, pero ya estaban en eso juntos. Narcissa firmó su contrato y no podía dar marcha atrás. No quería.

Ahora eran ellos contra el mundo.

—Por eso estoy- no- no quiero que mueras —susurró.

—Narcissa…

Lucius subió sus manos, y por un delirante segundo, Narcissa creyó que iba a acunar sus mejillas tal y como lo había hecho la noche anterior. En su lugar, los brazos quedaron a medio camino, y prontamente cayeron una vez más. Ninguno de los dos dejó de mirarse.

Y al segundo siguiente, él salió de la habitación.

•••

Los meses pasaron. Los regalos no se detuvieron. Las charlas continuaron.

Narcissa y Lucius no volvieron a hablar ni de esa noche ni de esa mañana.

La diferencia es que ahora cuando estaban en la misma habitación, a ella se le hacía imposible mirar hacia otro lado. Narcissa se encontraba constantemente buscándolo en medio de bailes; pensando en qué le gustaría comer; adivinando qué le podría regalar cuando iba al Callejón Diagon con su madre. A veces lo miraba y encontraba detalles que antes no había visto: Lucius tenía un pequeño lunar en la barbilla y otro detrás de la oreja; le gustaba tomar té cuando estaba nervioso y café el resto del tiempo; fingía leer el periódico, pero en realidad sólo buscaba las secciones de su interés; sonreía con los ojos, Narcissa cada vez era mejor detectando cuando lo hacía; era irremediablemente guapo, como si alguien hubiese tallado sus facciones. Su corazón latía con un poco más de fuerza cuando él la miraba de vuelta. Narcissa esperaba cada noche que Lucius fuera a su cuarto para continuar conversando.

Lucius nunca lo hacía, por supuesto.

Pero todo esto- todo estos sentimientos nuevos y emocionantes, no venían meramente de una sola noche, o de factores físicos. Narcissa había podido conocerlo mejor durante esos meses y no le disgustaba todo lo que aprendió: como que la madre de Lucius murió cuando él tenía seis, y su padre se encargó de criarlo. Como la realización de que se preocupaba de que Narcissa tuviera todo lo que deseaba y más. Como los sueños inocentes que tuvo de niño: convertirse en Inefable o jugador de Quidditch. Todas esas extensas conversaciones de legado familiar, política, ciencias y literatura que tenían cada noche a un lado de la chimenea, alimentaban este sentir que se alojaba en el estómago de Narcissa cada vez que pensaba en él.

Y todo explotó casi diez meses después de su boda.

Habían salido al Callejón Diagon junto a Bellatrix y Rodolphus para dejarse ver por el resto de la sociedad. Narcissa iba tomada del brazo de Lucius, quien era como un peso sólido a su costado. Bellatrix junto a su esposo caminaban como si fueran amigos.

Sucedió por algo estúpido, en realidad, o al menos Narcissa lo encontraba estúpido. Habían entrado a una librería y ella, a modo de juego, prácticamente le rogó a Lucius para que la acompañara a elegir libros. Este accedió, y Narcissa compró al menos una docena de tomos. Cuando Lucius se retiró para dejar que ella se encargara del resto, Narcissa compró uno extra para él, porque lo había descubierto ojeándolo.

Lo desafortunado –o quizás su error– fue que, al momento de entregarle el libro con una gran sonrisa, Rodolphus estaba a un lado. Lucius lo recibió y cuando abrió la boca para agradecerle, Rodolphus dijo:

—Creí que no te gustaban las perras arrastradas, Lucius.

Y… bueno, después de eso, todo fue caos.

Lucius se le echó encima sacando la varita desde sus túnicas, y Rodolphus lo imitó. Ambas hermanas sostuvieron a sus maridos y sólo su siseo de "¡Lucius, hay gente mirando!" lo detuvo de hacer mucho más allá.

Cuando volvieron a la mansión, Apareciéndose en el mismo lugar, Lucius aún no hablaba. Narcissa se encontraba en un estado de pasmo. Ciertamente había esperado que la defendiera, pero Lucius se había transformado completamente. Sus ojos parecían dos rendijas, en su cuello se marcó una vena y su mandíbula rechinó. Lucía capaz de matar a Rodolphus por ese comentario.

—¿Por qué lo hiciste?

Lucius se detuvo en medio del salón al oírla. Había querido irse, escapar antes de tener que enfrentarse a esa charla, pero lo que sea que haya visto en la mirada de Narcissa, lo detuvo.

—Eres mi esposa.

Esposa.

Narcissa era su esposa.

Suya.

—"Para un matrimonio no es necesario que nos agrade el otro" —dijo ella dando un paso más cerca de él—, tú lo dijiste.

—¿Qué tiene que ver eso con…?

—Entiendo que debas defenderme para mantener las apariencias, pero estabas molesto. Estabas enojado. Casi golpeaste a Rodolphus por lo que dijo.

Lucius cerró la boca, pasando saliva con notoriedad. Narcissa volvió a avanzar. Lucius parecía estar pegado en el lugar a un lado de la puerta.

—Eres mi esposa —repitió él de nuevo, sonando como si estuviera suplicando. Narcissa no sabía por qué.

No se detuvo. Caminó hasta posarse frente a frente. No despegó sus ojos de los de Lucius, y recorrió con la mirada su rostro. El lunar, la nariz puntiaguda, los pómulos altos… Narcissa podía sentir su aroma y cómo el ambiente cambiaba a su alrededor. Llevó una mano hasta posarla en la mandíbula de Lucius. Narcissa no sabía lo que estaba haciendo, sólo podía escuchar el pulso y repetir una y otra vez la escena de Lucius en esa librería: lo furioso que estaba, cómo ella ni siquiera había reaccionado o se había sentido ofendida antes de que él saltara a defenderla.

—¿Soy tu esposa? —preguntó, pasando su pulgar por el borde de los labios de Lucius.

—Sí —respiró él.

Narcissa dio otro paso al frente.

—¿Sólo eso?

Lucius suspiró. Este chocó con el rostro de Narcissa. Estaban cerca, más cerca que nunca. Su estómago era una conjunción de nudos que esperaba que él pudiera deshacer. No sabía qué estaba esperando, o cuánto tendría que seguir esperando.

Hasta que Lucius bajó la mirada hasta sus labios.

Y Narcissa cerró el espacio entre los dos.

Fue torpe, lento y excruciante. Narcissa había besado a más gente, suponía que Lucius igual, pero aquello se sentía algo enteramente nuevo e inocente. Narcissa movió su mano hasta posarla en la parte trasera del cuello de Lucius y este la tomó de la cintura para pegarla a él. Sus toques eran desesperados, como si no consiguiera tomar lo suficiente de ella. Narcissa abrió la boca para darle más acceso, y Lucius, como si tuviera todo el tiempo del mundo, delineó su labio inferior con la lengua haciendo a Narcissa soltar un suspiro.

Fue suficiente para que despertara.

Lucius se alejó, dando un paso atrás como si hubiera sido golpeado. Su cabello era un desastre, sus labios estaban levemente rojos, de seguro porque Narcissa lo mordió sin darse cuenta. Parecía estar totalmente fuera de su elemento. Como si el beso hubiera desarmado todo lo que era.

—Lucius-

Una vez más, Lucius huyó.

Narcissa no lo siguió, se quedó allí con el corazón en la garganta, las manos temblorosas y ansiosas de más, como si súbitamente algo le hubiera sido quitado. Narcissa pasó saliva mirando el lugar donde Lucius había estado. Las cosas no se suponían que debían ser de esa forma.

Aquella noche, Narcissa no durmió esperando que él apareciera por su puerta.

Años después se enteró de que metros más allá, Lucius esperaba lo mismo.

El primer aniversario de su boda llegó y ellos apenas se hablaban, evitando aludir a ese beso que fue tan breve, que parecía no haber sucedido en absoluto. Lucius trabajaba la mayoría del tiempo, haciendo cosas para su Señor de las que Narcissa no quería enterarse, y ella se la pasaba en el laboratorio que él mismo le montó para fabricar pociones. Mucha gente (como Snape) iba a consultarle cosas, y aunque Narcissa tomaba los casos, dudaba que se dedicaría a eso a la larga.

La fiesta de su primer año de matrimonio se llevó a cabo en el salón de la mansión. Prácticamente todo el mundo de la alta sociedad estaba allí. Su familia recientemente había sufrido dos grandes escándalos gracias a Andrómeda y Sirius, quienes abandonaron sus casas. Finalmente, luego de más de doce meses, Andrómeda salió de entre las sombras casada con ese sangre sucia del que clamaba estar enamorada. Sirius, por otro lado, se estaba refugiando con los traidores de los Potter desde hacía bastante tiempo ya. Era una suerte que Narcissa estuviera casada con un Malfoy y Bellatrix con un Lestrange, o los Black serían la escoria de la sociedad. Siempre se supo lo rentable que eran sus bodas.

Aunque, lo quisiera o no, su matrimonio ya estaba demasiado alejado de ser considerado un mero acuerdo de beneficios.

Se suponía que estaban celebrando un momento feliz, que deberían al menos fingir que lo era, pero Narcissa se pasó toda la noche mirando a Lucius beber sin parar y hablar con Tabatha Zabini, quien no paraba de coquetearle. Bellatrix hizo algún que otro comentario burlándose de ella, diciendo que Zabini le quitaría al marido, y su madre le dijo que tenía que sonreír sin importar lo que su esposo hiciera. Incluso le prohibió seguir bebiendo. Sin embargo, a Narcissa le era imposible mantenerse calmada si cada vez que veía a su esposo al otro lado de la habitación, Tabatha estaba con él y una mano tocaba su brazo. O si los dos reían de una estúpida broma. Si Lucius la miraba a los ojos de la misma forma que miraba a Narcissa. Fijo. Seguro. Ella mejor que nadie sabía qué hacía esa mirada.

La verdad era que, desde que hicieron el brindis fingiendo amor infinito, Narcissa se sentía miserable.

Al menos hasta que Rosier la encontró.

Rosier era un muchacho de Slytherin, amigo de su primo Regulus. Aunque físicamente no lo parecía, obviamente era demasiado joven para ella. Por lo menos, también era lo suficientemente simpático para sacarla de su estado de humor lúgubre. Rosier le conversó de muchas cosas que podían ser consideradas inmaduras, pero Narcissa las encontraba completamente refrescantes en medio de una jornada como esa. Chismes de Hogwarts, por sobre todo: como que su primo Sirius estaba saliendo con una sangre sucia, y que tuvo una gran pelea con el roñoso de Lupin al respecto; o que Rosier había escuchado a Regulus decir que Potter no era tan insufrible como su hermano; o que Slughorn fue encontrado en los baños de los prefectos en la madrugada junto a otra de las profesoras…

Narcissa se sintió rápidamente encantada con el chico, con la manera que tenía de expresarse, y prontamente, dejó de sentirse tan miserable. Era ridículo saber que, en gran parte, su estado de ánimo mejoró porque Rosier le decía una y otra vez que nunca había visto a una mujer más bella que Narcissa. A sus ojos Evan tenía diez años, pero bueno, ciertamente ayudaba escuchar eso cuando tu esposo estaba en la otra esquina de la sala hablándole a una mujer conocida por ser una devoradora de hombres.

—Te lo digo en serio, quizás si hubiera nacido antes, tú y yo…

—Narcissa.

Narcissa dio un pequeño salto al escucharlo, borrando la sonrisa que tenía ante la broma de Rosier. Lucius se encontraba a su lado, observando con desdén al chico. Este simplemente tenía una sonrisa que gritaba: "problemas".

—Lucius —respondió ella, deslizando la comisuras de los labios hacia abajo con desagrado.

Lucius captó ese gesto.

—Ven conmigo.

Narcissa estuvo a punto de decirle que se fueran al carajo él y sus órdenes, pero una pequeña mirada de reojo le indicó que había más de una persona presenciando la escena. Una vez más, puso una sonrisa amplia y luego de asentir a Lucius, se giró al chico.

—Perdóname, Rosier.

—En lo absoluto, Narcissa, ¿puedo llamarte Narcissa?

—Por supuesto, Evan.

Pudo sentir la tensión irradiar del cuerpo de Lucius, pero no le importó. Narcissa hizo una pequeña reverencia, tomando el brazo de su esposo y se alejó de allí. Caminaron a una de las puertas del salón para ir hacia un balcón. Nadie debería sospechar demasiado de problemas entre ellos si fingía.

Una vez afuera, Narcissa soltó el brazo de Lucius y se alejó un paso, como si quemara.

—¿Qué estás haciendo? —demandó él. Ella apretó los dientes.

—¿Disculpa?

—Ese chico tiene como doce años, así que, qué estás haciendo.

—Exacto, tiene como doce así que no entiendo tu acusación. ¿Qué estás haciendo ?

Se miraron como si fuera un reto.

Narcissa quería gritarle, quería demandar explicaciones por su comportamiento en los últimos meses. Deseaba preguntarle por qué se había espantado así, por qué era tan terrible tenerla cerca luego de ese beso y por qué parecía darle asco estar en el mismo espacio. Quería que le dijera qué estaba haciendo ahora, hablando con esa mujer. ¿Le gustaba, acaso?, ¿finalmente había encontrado lo que buscaba?, ¿ese sería el futuro de ellos de ahora en adelante?

—Hablaremos más tarde —dijo él, sin dejar de mirarla. Narcissa podía sentir el olor a alcohol.

—¿Ahora quieres hablar?

Sin darle la oportunidad de responder o de regocijarse en su expresión medianamente shcokeada, Narcissa entró de nuevo al salón. Esta vez ella fue quien le dejó la palabra en la boca.

El resto de la velada, Narcissa continuó hablando con el chico Rosier. Lucius, por otra parte, se emborrachó a solo unos pasos de ella.

Cuando llegó el momento de despedirse, Narcissa simplemente le dijo adiós a los Rosier y a su familia, y luego alegó que se sentía indispuesta para retirarse a su habitación. Dejaría que Lucius y Abraxas se ocuparan. Ella no estaba de humor. Extrañaba su casa, extrañaba su vida anterior, extrañaba la simpleza.

Una hora más tarde, luego de que Narcissa se hubiera quitado todo el maquillaje, deshecho el peinado, y estuviera en nada más que un camisón, la puerta de su cuarto se abrió de golpe. En el umbral se paraba Lucius, sólo con la camisa y pantalones usados en la fiesta.

Narcissa había imaginado ese escenario cada noche desde hacía meses.

Pero ahora no lo esperaba.

—Vete.

No quería hablar con él. No quería verlo. Se sentía humillada y estúpida e infantil. No quería- nada. Narcissa quería que Lucius se olvidara de esa noche y que vivieran como dos conocidos amigables por el resto de sus vidas.

Bueno, eso decía su mente.

Su corazón por otro lado quería levantarse y abrazarlo. Quería tomar su mandíbula una vez más y juntar los labios contra los suyos. Lo quería allí.

—Lucius —repitió Narcissa con aparente calma—. Vete.

Lucius no se movió.

En cambio, dio un paso al frente.

—Vete, o te juro que-

—Te amo.

Aquello provocó que Narcissa cerrara la boca. Lo miró sin comprender.

Su estómago, sus pulmones, todos sus órganos habían caído.

—¿Qué?

—No sé- no sé qué hacer, y entiendo que es estúpido porque estamos casados y esto simplemente facilitaría las cosas, pero contigo nada parece fácil, no en realidad. Y sé que no te agrado. Sé que- que- pero me besaste. Eras infeliz. Dijiste que no te agradaba, que no me habías elegido, no querías esto y me besaste a . Y te amo. Te amo, y ya no sé cómo pretender que no me quema tenerte lejos-

—Lucius.

Narcissa se levantó, caminando hasta donde Lucius estaba. Ya no se encontraba ebrio –quizás gracias a un hechizo o una poción– pero sí completamente agitado. Sus ojos estaban abiertos, a tal punto, que parecía horrorizado por lo que había dicho, como si hubiese bajado todas sus defensas.

Narcissa sentía que apenas podía respirar o escuchar algo además de su sangre bombeando.

—Te he amado… te he amado desde el primer día que te vi —murmuró Lucius cuando la tuvo enfrente, evitando su mirada—. Desde el primer momento que mis ojos se posaron en ti.

—¿Desde Hogwarts, entonces? —preguntó Narcissa, tomando las manos ajenas entre las suyas.

—No, no te veía en Hogwarts.

—Pero me estás viendo ahora.

Lucius la miró.

Narcissa entrelazó sus dedos.

—Sí. Te estoy viendo ahora.

Con el nerviosismo en la punta del estómago, dio un paso adelante. Las manos de Lucius encajaban en las suyas. La diferencia de altura era ideal para que, si Narcissa inclinaba un poco la cara, sus labios se encontraran. Lucius repasó cada rasgo, embelesado, y Narcissa recordó lo que dijo el día de su compromiso.

Eres la mujer más hermosa que ha pisado esta tierra.

Con cuidado, Narcissa colocó la mano de Lucius encima de su pecho, justo arriba de su corazón, y dejó que sintiera lo rápido que latía. Lucius pasó saliva, y Narcissa ignoró cómo su cuello estaba volviéndose rojo. Ignoró la ira que minutos atrás estaba comiéndole el cerebro.

—Narcissa, no-

Narcissa suspiró, y una vez más, dio un paso al frente para juntar sus labios.

Esta vez fue distinto al primero. Narcissa olvidó que estaba enojada. Olvidó por qué le molestaba tanto la actitud de Lucius esa noche. Le había dicho que la amaba. Le había dicho que la amaba, y ahora todo lo que hizo por ella tomaba otro significado. Ciertamente Lucius no sabía expresarse; si no se lo hubiese dicho, Narcissa jamás habría deducido por sí sola sus sentimientos. Pero-

La amaba.

El beso era desesperado, era hambriento. Narcissa estaba cansada de desear tanto a alguien que se suponía que era suyo. Mordió los labios de Lucius; subió una mano para posarla en la parte trasera de su cuello. Los dedos de este, anteriormente descansando en su pecho, comenzaron a bajar, tanteando partes que antes no le eran permitidas. Narcissa podía sentir el temblor de su mano, así que ella misma lo guió, metiendo los dedos debajo de su ropa.

—No- no tienes que- no- —Lucius dijo cuando se separaron. Parecía incapaz de formar pensamientos coherentes—. Si quieres algo más, si quieres a alguien más. Si- lo que quiero decir es-

—No quiero a nadie más.

Lucius parecía tan jodidamente esperanzado. Narcissa se preguntaba si siempre había sido tan ciega, o si él era demasiado bueno ocultando sus emociones.

—Nunca tuviste la oportunidad de escoger, Narcissa —murmuró él, hablando encima de sus labios—. Fuiste obligada a casarte conmigo, no soy tonto. No quiero- no quiero que te estés resignando porque no viste lo suficiente. Porque no probaste y conociste a más gente. No quiero que hagas esto porque no tienes elección.

—Si la tengo.

Lucius negó, y Narcissa movió sus labios para besar su mejilla, formando un recorrido hasta su oreja. Movió la mano de Lucius más abajo aún, oyendo cómo se ahogaba en un suspiro.

—Y te elijo a ti —murmuró, dándole un mordisco a su lóbulo.

—Narcissa-

—Te elijo a ti, Lucius.

Lucius se dejó caer, apoyando la frente en el hombro de Narcissa.

Y segundos después, depositó un beso allí.

Le parecía una manera justa de sellar el trato.

•••

Quizás Narcissa debía agradecerle a Andrómeda.

Debía agradecerle que la hubiera abandonado. Debía agradecerle que la hubiese orillado a casarse con Lucius. Debía agradecerle, porque de esa forma fue que lo encontró, se enamoró, y vivió lo que era la devoción completa.

Debía agradecerle, porque sin su huida, Draco jamás habría nacido.

Narcissa se dijo a sí misma incontables veces que jamás se arrodillaría ante ningún hombre; jamás bajaría la cabeza, jamás se sacrificaría.

Existía una excepción a esa regla.

El niño que nació el cinco de junio de 1980.

Cuatro años después de iniciar su relación con Lucius, la guerra estaba en todo su auge y Narcissa dio a luz a Draco. Pasaba días haciendo nada más que mirarlo, detallando sus facciones y sus manos pequeñitas, pensando que era el ser más bello que había existido nunca. Lo único que deseaba era proteger a ese niño del odio gestándose en ambos bandos. Deseaba encerrarlo en la torre más alejada, y que nadie jamás pudiera hacerle daño.

Estaba de más decir que Narcissa no fue capaz de cumplir su objetivo.

El Señor Tenebroso cayó poco más de un año después. La guerra terminó, Lucius evitó Azkaban por un pelo, el mundo mágico se paró de nuevo, y Draco empezó a crecer en un ambiente que, ella creía, estaba lleno de amor.

Ahora se daba cuenta que en realidad, estaba lleno de errores.

Lo amaban, Narcissa lo sabía, pero en medio de ese amor le inculcaron los mismos prejuicios con los que ellos crecieron, y Draco los tomó al pie de la letra. Narcissa creyó que estaban haciendo lo correcto, que era lo correcto decirle que él era mejor que el resto porque así se sentía. Draco había nacido en una posición de privilegio, ellos se lo recordaban diciéndole que "él era un mago de verdad". Nunca creyó que haberle repetido tantas veces que los sangre sucias no merecían ese mundo como él, terminaría cavando la tumba de su familia.

Le gustaba pensar que todos esos años de dedicación y amor se habían ido a la mierda al inicio del verano de 1995, cuando el Señor Tenebroso renació y Lucius decidió escogerlo a él una vez más; pero en realidad Narcissa pensaba que fue aquella mañana en que su esposo le mostró la Marca Tenebrosa de su brazo, todos esos años atrás.

Estuvieron condenados desde entonces.

Draco creció para ser su orgullo, y al mismo tiempo su mayor preocupación. Narcissa sólo tenía una cosa clara respecto a él: y es que haría lo que estuviera en sus manos para alejar a su hijo de la guerra y la destrucción, al menos cuanto pudiera. Había pensado que Lucius compartía esa idea luego de presenciar lo feas que se pusieron las cosas en la primera guerra. Pero cuando Lucius volvió la noche que se celebraba la final del Torneo de los Tres Magos, alegando que Voldemort había regresado y que más les valía estar de su parte, Narcissa supo que no. Que no era así.

Cuando Draco cumplió los quince, a manos de Narcissa llegó la posesión que sembró los cimientos de su tormento. O quizás lo que hizo que su hijo se salvara, después de todo. Durante ese año lleno de maniobras políticas y el supuesto inicio de la guerra, el elfo doméstico de la Casa Black regresó a ella, y con él siempre iban y venían diferentes objetos. La mayoría del tiempo solía ser chatarra inservible que Kreacher les llevaba para tratar de hacerla feliz a ella y a Bellatrix. Sin embargo, no fue hasta varias semanas que le dio algo verdaderamente útil.

Ni siquiera se lo había dado, en realidad, sino que Narcissa lo pilló usándolo cuando creía que nadie lo estaba viendo. Kreacher lo traía en sus túnicas. Narcissa lo reconoció al instante.

Trouve Étoile —dijo ella, recordando que sus padres le hablaron de ese objeto pero nunca lo había visto hasta entonces—. ¿Qué haces con él?

Kreacher pegó un salto, levantando la mirada para observarla con culpabilidad. Ni siquiera trató de ocultar el Trouve, simplemente se quedó allí, con los pies pegados en su lugar mientras Narcissa caminaba hacia él.

—Kreacher, te he hecho una pregunta. Qué haces con el Trouve.

Tenía claro que por temas de legitimidad, el elfo no estaba obligado a contestarle, pero su lealtad por la sangre Black era más grande que sus secretos personales.

—Kreacher no puede decir, Ama Narcissa. A Kreacher le ordenaron no contarle a nadie.

—¿Quién?

—El Amo dijo que no puedo-

—¿Sirius te dijo eso?

—Regulus, Ama Narcissa.

Narcissa sintió que su corazón se detenía.

Con todo el ajetreo de su embarazo, apenas se había detenido a pensar en Regulus durante la primera guerra. Era como una astilla, presente pero que sin ser tocada, no dolía. Kreacher acababa de recordarle lo mucho que había perdido.

—Si no vas a explicarte, dámelo —ordenó.

Kreacher apretó el objeto con aún más fuerza. Narcissa extendió una mano.

—Kreacher. Dámelo.

Durante casi dos minutos, Kreacher no hizo más que intercambiar miradas entre el objeto y ella, salvo que la mirada de Narcissa no flaqueó. Sabía que obtendría lo que deseaba.

—El Amo Regulus me prohibió que la Ama Walburga lo viera. Me prohibió que se enterara de lo que pasó. No puedo-

—Yo no soy Walburga Black —Narcissa escupió—. Y te he dicho que me lo des.

Kreacher se retorció, tirando de su ropa y contemplando sus opciones. Si no le hacía caso, Narcissa lo echaría sin pensarlo de su casa.

El Trouve cayó en su mano con un quejido lastimero.

Narcissa lo examinó con el corazón en la garganta, encontrando allí a los miembros con sangre directa de la familia Black. Estaba su padre, Alphard, Lucrecia, Orión, Walburga, Regulus, Sirius, Andrómeda, Nymphadora, Bellatrix, ella, y Draco. Narcissa tocó con manos temblorosas el nombre de cada uno, descubriendo que algunos tenían a un lado algo largo escrito, y otros una frase muy simple:

Con vida.

Sus ojos fueron a parar al nombre de Draco automáticamente.

Con vida. Con vida. Con vida.

Regulus, por otra parte, tenía escrito el tiempo que llevaba muerto y donde se ubicaba. Narcissa casi quiso gritar al ver que marcaba estar en el medio del mar. Nunca lo encontrarían… aunque tampoco tenía intenciones de buscar a su primo, por mucho que le doliera. Nadie podía enterarse que tenía ese objeto. Lo único que deseaba era usarlo para poder asegurarse de que su familia seguía viva cuando no los viera.

De que Draco seguía vivo.

El Trouve Étoile era un objeto, una reliquia familiar que solía pertenecer a Walburga y que indicaba el estado de vida de los Black. O si no, dónde se encontraba su cuerpo para darles sepultura. Narcissa no entendía del todo por qué Kreacher lo tenía, o por qué Regulus le había ordenado ocultarlo, pero tampoco le interesaba. Le servía. Lo necesitaba.

—Kreacher —dijo, cuando vio por el rabillo del hombro que este se marchaba tratando de pasar desapercibido.

—¿Sí, Ama Narcissa? —respondió, volteando lentamente.

Narcissa, conociendo a la perfección que las mentes de los elfos funcionaban distinto, que sus barreras mentales y la forma en que organizaban sus recuerdos era inentendible para los magos, elevó la varita.

Obliviate.

Seguramente, debía bastar.

Pocos elfos recordaban después de un Obliviate. Pocos eran capaces de navegar por sus recuerdos como un humano lo haría.

Kreacher parpadeó, aparentemente perdido por lo que acababa de pasar y dónde estaba. Luego, la vio e hizo una reverencia.

—Puedes marcharte, Kreacher —dijo Narcissa.

Este obedeció.

Narcissa examinó el objeto y se lo quedó sin pensarlo más. Al año siguiente, cuando Lucius fue apresado en Azkaban y las turbulencias de 1996 llegaron, dormía con él.

El nombre de Draco siempre decía lo mismo.

Con vida.

Narcissa empezó a perder el pelo en esa época, sin saber que aquel sólo era el comienzo de un sinfín de sufrimiento. Todas las noches tenía pesadillas sobre la iniciación de Draco: cuando a su niño le quemaron una Marca enfrente de ella. Draco ni siquiera se veía como si tuviera dieciséis. Era alto, pero demasiado delgado e ingenuo para parecer un hombre. Narcissa se arrodilló, se aferró a sus túnicas para pedirle que se alejara del Señor Tenebroso, que eso no le haría ningún bien.

Pero tuvo que mirar, igual de impotente que con Lucius, cómo Draco elevaba el brazo y le decía a Voldemort que lo elegía.

Orgulloso.

Narcissa no sabía cómo se equivocaron tanto.

Lo peor era que ya no podía culpar a Andrómeda por su vida, y tampoco podía culpar a Lucius del todo. Era responsabilidad de ambos. Era de ella. Quizás si hubiera hecho más, quizás si lo hubiera hecho todo, absolutamente todo, de una forma distinta…

Aquel nunca hubiera sido su destino.

Draco habría sido otra persona.

Narcissa tuvo que presenciar cómo su hijo iniciaba 1996 con una sonrisa petulante, cómo volvió para Yule más delgado y pálido que nunca, y cómo terminó el año sin una pizca de inocencia. Narcissa tuvo que presenciar cómo su hijo se caía a pedazos- y ella no podía hacer nada para evitarlo. Le habría gustado que fuera distinto.

Sin embargo, estaba cosechando los frutos que ella misma sembró.

La guerra llegó de nuevo. Lucius regresó. Su familia estaba en el ojo del huracán. Narcissa miraba el Trouve todo el día aunque Draco estuviera en la misma casa. Los meses pasaron. Narcissa apenas los recordaba.

Hasta el día en que todo terminó, suponía.

O mejor dicho, el día que todo empezó.

Cuando llegó la Batalla de Hogwarts, Narcissa se despertó creyendo que era una mañana como cualquier otra. Checó el objeto para asegurarse de que Draco continuaba vivo y besó a Lucius mientras dormía, porque mentiría si despierto Narcissa no quería asestarle un golpe. Habían sido meses de vivir un infierno esquivando torturas, solamente porque él ofreció su casa como base de Mortífagos. Narcissa dormía con un ojo abierto, y Draco tenía su puerta con cien encantamientos de protección.

Ella pidió el desayuno a la habitación. Lucius se levantó poco después y fue llamado, como siempre. Draco llegó a su cuarto para juntos comer sin decirse una palabra. Entonces, Narcissa lo miró a los ojos, y dijo:

—Sabes que saldremos de esto, ¿no?

Su hijo no reaccionó por un largo rato. Estaba demasiado delgado, la guerra le había succionado la vida. Por supuesto que Draco no le creía, no tenía razones para hacerlo. Sin embargo, asintió, dejando que Narcissa acariciara su cabello opaco mientras le murmuraba que juntos estarían bien.

Pero luego llegó la tarde, se alertó una entrada a Gringotts, el Señor Tenebroso enfureció, y poco tiempo después en la mansión explotó el caos. Narcissa perdió el rastro de Draco en medio de los gritos y órdenes. Lo buscó por toda la mansión, pero no lo encontró. Los Mortífagos estaban marchándose para intentar capturar a Potter. Narcissa no entendía en qué jodido momento desapareció. Lo tuvo a su lado, Voldemort le ordenó que le entregara todas las pociones del laboratorio, y cuando volvió, Draco ya no estaba.

En medio de su histeria, Narcissa sacó el objeto de sus túnicas sin importarle quién estuviera cerca. Sospechaba que le fue ordenado ir a pelear, sospechaba que se encontraba lejos de donde podía protegerlo. Los ojos de Narcissa escanearon con miedo el objeto, y… algo llamó su atención.

Había un nombre que ya no tenía una oración escrita.

Había un nombre que, súbitamente, dejó de tener la oración: "con vida" escrita debajo de él, y había sido reemplazada por la palabra "fallecido" junto a una ubicación-

Y Narcissa lo habría ignorado, así como ignoró la muerte de su primo Sirius, así como ignoró la locación del cadáver de Regulus: sus ojos solo tenían tiempo para Draco. De verdad, Narcissa estaba dispuesta a ignorar que Andrómeda de repente aparecía muerta en el objeto… pero no era eso lo más impactante.

Más allá de que Andrómeda estuviera muerta, lo que la llenaba de miedo y confusión es que la locación de su cadáver se trataba de, nada más ni nada menos, que la Mansión Malfoy.

Andrómeda estaba en la Mansión Malfoy.

No sabía qué había pasado, sólo que necesitaba comentarlo a alguien. Lucius no estaba. Draco tampoco. Narcissa tenía que mostrarle a Bellatrix que- que Andrómeda estaba allí. Que estaba muerta. Que la persona que solía ser su hermana estaba muerta y que por una razón extraña estaban bajo el mismo techo, y-

Y habría seguido avanzando y divagando, si no fuera porque en medio de su salón principal, estaba exactamente lo que buscaba.

El cuerpo de Andrómeda se encontraba a un lado de la chimenea. Los ojos sin vida miraban fijamente a Narcissa. Bellatrix caminaba a su alrededor como una pantera, moviéndola con el pie de vez en cuando. Algo doloroso se clavó en su pecho al ver que Andrómeda lucía- exactamente igual. Habían pasado más de veinte años, y no lucía nada diferente a la última vez que Narcissa la vio. Y no debía ser así, debía tratarse de una mujer distinta. Narcissa debería pensar que no la reconocía y que no veía en ella todas las tardes en las que jugaron, o en las que las tres hermanas se juntaban en una cama para que Andrómeda les leyera un libro. Narcissa debía ver a una extraña, no a la chica de carácter fuerte que siempre las defendía a ella y Bellatrix cuando alguien les hacía algo injusto. Narcissa no podía sentir que acababan de quitarle- una vez más-

—Bella, ¿qué…?

—¡Oh, Cissy! —dijo ella cuando la escuchó, pasando por encima de Andrómeda cómo si no estuviera allí—. ¡Estaba a punto de ir a buscarte para que la vieras!

Narcissa no podía quitar sus ojos de los de Andrómeda, no podía dejar de sujetar el objeto con tanta fuerza que se le clavó en la piel. Su respiración empezaba a salir errática.

—La vi… la vi, vine porque tenía que- no pensé. —Narcissa subió el objeto, observando una vez más el: "fallecida"—. ¿Qué pasó…? Bellatrix, necesito que me digas qué- cómo-

—Ah, te explico qué pasó, para que no estés tan perdida. Verás, pudimos sonsacarle la ubicación de su casa a ese sangre sucia de Tonks que corrompió a Drómeda, ¿te acuerdas? —Bellatrix comenzó a relatar la historia como si hablara del clima—. El punto es que fuimos a la pocilga para encontrar a Potter, para ver si lo tenían allí escondido, pero lamentablemente no fue así- aunque debo admitir que me entretuve bastante. La hija bastarda de Andrómeda estaba a punto de marcharse porque los Aurores comenzaron a ser convocados para una de sus tontas batallas, y Rodolphus la mató antes de que huyera, ¿no lo encuentras genial? Bueno, yo lo encontré genial.

»Entramos, buscamos, no encontramos a nadie y estuvimos a nada de marcharnos, pero antes de salir, escuchamos un llanto, ¿puedes creerlo? —Un llanto. Un niño—. Venía de abajo de una de las tablas del salón. Yo la saqué, por supuesto, y supongo que adivinarás qué había ahí… ¡Andrómeda sujetando a un bebé!, ¡un bebé nacido de sangre sucias!, ¡de un hombre lobo! Creo que ni siquiera podríamos llamarle bebé, esa cosa era un perro mestizo, una mezcla abominable. En fin, Andrómeda suplicó para que la mataran a ella y que dejaran vivir al niño, pero Yaxley le cortó la cabeza ante sus ojos. Yo me enojé un poco, porque bueno- quizás podríamos haber experimentado con el muchacho, ver qué tan fuerte era. Podríamos haberle sacado sangre y mezclarla con otras criaturas, pero me distrajeron rápido porque luego todos concordaron en que yo debía matarla a ella…

Narcissa estaba mareada. Estaba asqueada. Miraba a Bellatrix y quería vomitar. Sabía que su hermana estaba loca, que los años en Azkaban no hicieron mucho por su carácter ya salvaje. Sin embargo- bebés. Su hermana.

Su melliza.

Bellatrix la mató y contaba todo como si se tratara de una puta anécdota. Narcissa temblaba, mirando el cadáver y el objeto como si deseándolo lo suficiente, aquello terminaría siendo una pesadilla.

—No luces igual de satisfecha que Bellatrix dijo que estarías.

Narcissa sintió un escalofrío en todo el cuerpo, que solo hizo que las náuseas aumentaran. El olor a sangre estaba inundando el cuarto, y Voldemort, quien había estado en una esquina presenciando todo, ahora caminaba hacia ella. Impasible. Sus ojos estaban fijos en el objeto de su mano.

—Tampoco luces tan sorprendidacomo yo creí que estarías —continuó—. ¿Eso tiene que ver con el objeto de tu mano?

Con vida, decía bajo el nombre de Draco. Con vida. Con vida. Con vida.

—Entrégalo, Narcissa —dijo él, o Bellatrix. O los dos. No podía distinguir con certeza—. Ya has pecado suficiente escondiéndolo de tu Señor hasta este instante.

Lucius, Narcissa necesitaba a Lucius. Patéticamente, aquello sería mejor si él estuviera allí, si pudiera compartir su horror o si él pudiera besarle los pies a ese hombre de una forma que Narcissa nunca haría. La mano del Señor Tenebroso se envolvió en su muñeca, tirando de su brazo, y de pronto Narcissa lo tuvo a solo unos centímetros, cara a cara. Le llegó el aliento podrido, la sonrisa maquiavélica, y el Trouve se le resbaló de los dedos.

—Oh, por eso es que te has enterado que tu hermana estaba aquí, y Bellatrix no pudo darte la sorpresa. —Voldemort examinó el objeto. Narcissa vio sus ojos descansar en la etiqueta de Regulus, aunque no pudiera ver nada en realidad—. Dime, ¿esto te hace ver dónde está tu familia?

—Sí —respondió Bellatrix—. ¿Es el Trouve, no? Muestra la ubicación de los cuerpos fallecidos, ¿verdad, Cissy?

—Interesante… ¿qué más has estado ocultando de tu Señor, Narcissa Malfoy?

Sabía que lo que venía a continuación sería una acusación de traición. No era la primera vez: cada mes había al menos dos bajas por eso, porque Voldemort no confiaba en nadie. Narcissa sólo pudo pensar en Draco, y en cómo no estaba segura de si Lucius podría cuidar de él al igual que ella lo hacía.

Narcissa cerró los ojos, rogando a algún Dios que la escuchara.

—Creo que lo más sensato es-

Pero Voldemort nunca terminó esa oración.

Alguien gritó en el otro extremo de la casa, y diez personas irrumpieron en el salón. Todas hablaban al mismo tiempo, o Narcissa en realidad estaba demasiado intranquila para dilucidar qué decían. El objeto ya no estaba en sus manos, sino que Voldemort lo sostenía, lejos de ella, y Narcissa no podía parar de mirar a Andrómeda muerta a sus pies. Bellatrix la había matado.

Y lo encontró divertido.

Matar a su hermana.

—…¡Harry Potter fue detectado en Hogsmeade!...

Narcissa vio que de pronto todos empezaban a movilizarse. Ella cayó de rodillas porque había parado de ser sujetada por Voldemort, y un sólo pensamiento resonó en su cabeza.

Draco.

Dónde está.

Narcissa se levantó, notando que había sido dejada sola, y buscó a su hijo por todos los rincones de la mansión, esperando que hubiera sido lo suficientemente inteligente para ocultarse aunque hubiese sido llamado. Sin embargo, por más que Narcissa hiriera sus cuerdas vocales gritando su nombre, por más que hubiera ordenado a los elfos que seguían vivos que lo encontraran, Draco no estaba allí.

Draco había ido a pelear.

Lucius se la topó saliendo de la mansión fuera de las barreras, y Narcissa colapsó contra su pecho, golpeándolo, gritándole y culpándolo porque Draco no estaba allí, y que si no hubiera vuelto a ser el perro del Señor Tenebroso, esto jamás habría pasado. Draco jamás lo habría elegido a él. Lucius estaba igual de pálido que ella, igual de temeroso. Era el hombre menos demostrativo de la tierra, pero había una cosa que Narcissa tenía clara:

Amaba a Draco.

Lo amaba más que a ella.

Lo amaba más que a sí mismo.

—Lo encontraremos —dijo él, tratando de controlar el tono de su voz—. Lo encontraremos y luego nos iremos lejos juntos. Ya verás.

Narcissa no respondió. Lucius la abrazó, y ambos se Aparecieron cerca del castillo para presenciar cómo los Mortífagos querían tirarlo para poder entrar.

La batalla en sí no podría haber sido descrita como más que un borrón. Lucius abandonó su lado en un punto que ella ni siquiera podía recordar. Su mano estaba vacía gracias a que el Señor Tenebroso ahora tenía el objeto. No existía manera de comprobar que su hijo se encontraba vivo. No le importaba el resto, que se mataran si querían. No le importaba quién ganara. Sólo le interesaba que la mitad de su alma estuviera viva.

Todo lo que Narcissa podía recordar de esas fatídicas horas era un nudo en su garganta y en el pecho, que no tenían que ver más que con el miedo.

Nudo que no se deshizo hasta que fue llevada al Bosque Prohibido a presenciar la muerte de Harry Potter.

Antes de eso, de ese determinante momento en el que fueron llamados a reunirse allí, Narcissa tenía una vaga memoria de haber visto a Voldemort inclinarse hacia Bellatrix para decirle algo al oído. Su hermana se Apareció y no volvió por un buen rato. Su serpiente tampoco estaba, Narcissa notó. No volvió a verla. Bellatrix regresó justo cuando Potter llegó al Bosque a morir.

Harry Potter, a quien sólo había visto un par de veces. El antagonista de su hijo. Un chico escuálido que no debería representar ni la mitad del poder que Voldemort le había conferido.

Cayó como si no fuera nada luego del Avada Kedavra del Lord.

—Tú, examínalo y dime si está muerto.

Narcissa no sabía si Voldemort estaba probando sus lealtades en medio de esa crítica situación, o si genuinamente se encontraba tan afectado por lo que acababa de suceder que no se daba cuenta de que estaba exigiéndole a ella, la mujer que iba a acusar de traición, que verificara si Harry Potter estaba vivo.

Bueno, fue un error de su parte.

Narcissa no le debía lealtad.

Narcissa se arrodillaba sólo por un hombre.

—¿Está Draco vivo? —dijo cuando estuvo al lado del chico. Se sentía frágil. Se sentía pequeño. Ella temblaba—. ¿Está en el castillo?

—Sí.

Narcissa sintió que le devolvían el alma al cuerpo.

—¡Está muerto! —gritó dándose vuelta, aún temblando. Trató de disimular lo que más podía.

Draco estaba vivo.

Estaba vivo.

Tuvo que presenciar las torturas al supuesto cadáver de Potter, y tuvo que marchar entre las primeras filas. Voldemort parecía haber crecido cinco centímetros más solo por haber matado a ese muchacho. Narcissa no podía creer cómo todos eran tan ciegos, cómo no podían ver qué clase de líder tenían si una de sus mayores amenazas era un adolescente que no superaba los diecisiete.

—Draco está en el castillo —murmuró Narcissa a Lucius—. Tienes que encontrarlo.

—Nos iremos cuando lo haga. Los mantendré vivos a los dos. Lo prometo.

Narcissa calló.

Calló, rogó, y su respiración no se calmó hasta que pudo ver con sus propios ojos que Draco, efectivamente, estaba respirando. Que estaba allí.

—Ven —susurró cuando vio su carita llena de suciedad, aunque él no podía escucharla. Estaba perturbado. Parecía tener doce años de nuevo—. Ven, Draco.

Voldemort dio su discurso. Un chico fue torturado. Bellatrix fue asesinada. Narcissa no quitó los ojos de su hijo; y cuando creyó que todo había acabado, que pasara lo que pasara, ellos ya habían terminado con esa guerra… Harry Potter desapareció.

Narcissa atajó a Draco entre sus brazos.

Y lloró en su hombro.

—Lo siento. Lo siento. Lo siento.

—¿Mamá, qué…?

—Lo siento, por lo que va a pasar.

Draco estaba desorientado, y Narcissa junto a él y Lucius se alejaron lo máximo posible del caos, retrocediendo para así poder Aparecerse- cosa que nunca lograron. Cada uno estaba al costado de los hombros de su hijo. Juntos vieron la matanza. Vieron cómo los Mortífagos superaban en número a la Orden.

Nada tenía sentido. Narcissa casi podía saborear la muerte por traición, por el objeto, por haber mentido. Los Mortífagos los rodearon, impidiéndoles la huida, y cuando ella ya había aceptado su destino, ese que no demoraría en llegar cuando todo acabara… vio algo que la asqueó y llenó de esperanza al mismo tiempo.

Andrómeda.

Estaba siendo sujetada por gente del otro bando, alejándola de la batalla. Su hermana estaba allí, y si Narcissa no la hubiera visto muerta horas atrás no habría encontrado nada raro en ella.

Entonces las piezas se unieron: la súbita desaparición de Bellatrix y Nagini atacó su memoria.

Esa no era Andrómeda.

Era el cadáver de su hermana reanimado, siendo arrastrado por la Orden que comenzaba a retirarse.

No sabía qué significaba, por qué Voldemort se tomaría tal molestia, pero era información valiosa y Narcissa tenía que hacer algo al respecto. Voldemort iba a ganar, eso estaba claro. Reinaría su mundo, ella sería ejecutada, Draco torturado y Lucius la burla de los Mortífagos. Tenía que hacer algo rápido, para evitar la extinción de su familia.

Tenía que hacerse necesaria.

Obliviate —murmuró, llevando la varita a su cabeza.

Un segundo después, Narcissa no recordaba absolutamente nada referente a serpientes o muertes familiares.

Parpadeó un par de veces, como si alguien la hubiera golpeado y acabara de recobrar la consciencia. Se sentía mareada.

—¿Mamá…?

Narcissa se giró, dedicándole una sonrisa confundida. La destrucción le pareció lejana.

—Todo va a estar bien...

Draco la abrazó y Narcissa besó su cabello. El agarre duró perfectamente más de una hora.

O minutos.

Sólo sabía que tiempo después, los Mortífagos se la estaban llevando inconsciente, lejos de su familia.

•••

—¿Qué es lo que sabes?

Narcissa no tenía idea de cuánto tiempo había pasado; no podían ser más de unas horas. Su cuerpo estaba herido y agotado gracias a la tensión. Su cabeza dolía.

—¿Draco…?

Alguien la abofeteó, y sus sentidos estaban tan lentos que lo sintió segundos después de que el sonido llegara a sus orejas. Narcissa parpadeó, notando que Voldemort se encontraba a solo pasos más allá y un grupo de seis Mortífagos la rodeaban. No había rastro de Draco. No había rastro de Lucius.

Voldemort avanzó, poniéndole el Trouve enfrente de sus narices.

—¡¿Qué ves?! —siseó.

Narcissa no comprendía por qué le estaban poniendo eso, o qué miembro de su familia o cuerpo le era tan urgente al Señor Tenebroso de encontrar. Lo último que recordaba era a Andrómeda muerta, y a Voldemort quitándole el objeto. No sabía qué podría estar buscando.

Quizás a Bellatrix.

Narcissa acababa de recordar que también estaba muerta.

Soy la única que queda.

—Nada…

Otro golpe llegó, esta vez aterrizando justo entre su ojo y su nariz.

Y Narcissa gritó. O Voldemort gritó. No pudo averiguarlo, porque obviamente el Señor Tenebroso no se conformaría con esa respuesta. Sin permiso o premeditación, este sujetó los lados de su cabeza y entró a su mente.

Las barreras de Narcissa estuvieron arriba al instante sin siquiera pensar en ellas. Voldemort intentó traspasarlas haciendo daño, destrozando y quemando, sin embargo no podía hacer mucho aparte de ver la estructura de su mente, mas no los recuerdos, la información real. Narcissa no sabía qué estaba buscando, en todo caso, qué tenía que ver el Trouve o por qué ella debía saberlo.

—¡¿Qué ves en este objeto?!

El Trouve estuvo de vuelta en su cara, y esta vez Narcissa sí que lo examinó, porque dolía y ya no quería que siguiera la tortura. Pero por más que miraba los nombres, por más que repasaba una y otra vez el estado de sus vidas, no podía ver nada. Allí no había nada. El objeto que antes se revelaba ante ella, ahora ya no- no le respondía.

Bellatrix estaba muerta. Sirius estaba muerto. Regulus, Andrómeda, sus padres… Sólo quedaba ella además de Draco con sangre Black.

Y debía pertenecerle aún, debía hacerlo, porque en su sangre lo estipulaba. Excepto que allí debía estar interfiriendo otro poder. Existía otra persona que tenía más derecho a ese objeto que ella, o que otro Black.

Kreacher ya no volvió.

Kreacher también respondía a otra persona, entonces.

A otro heredero de todas las posesiones Black.

—Mis hermanas están muertas… —murmuró Narcissa derrotada. No había nada que pudiera hacer—. Yo no- no sé-

Otro golpe.

Narcissa sintió que este cortaba su mejilla.

—¡¿Qué es lo que ves?! —gritó uno de los Mortífagos.

—Nada. No puedo ver nada… alguien más tiene el poder sobre este objeto.

—¡Puta estúpida!

Narcissa cerró los ojos, sabiendo que lo que venía a continuación era un Crucio.

O muchos.

La necesitaban para ver algo en ese objeto, y no la matarían, pero harían que deseara que lo hicieran.

Esperaba que al menos Draco pudiera beneficiarse de esa situación.

•••

—¿Quieres saber qué le pasó a tu hermana?

Luego de dos semanas, Narcissa había perdido la cuenta de cuánto tiempo llevaba encarcelada. Todos los días eran iguales que los otros, y los calabozos de la mansión eran tan oscuros que le era imposible saber si era de noche o de día, o si ahora estaba en Azkaban o no. Draco aparecía de repente, aunque Narcissa estaba convencida que en realidad eran ilusiones para hacerla miserable. A veces los dementores la atormentaban, pero Narcissa pensaba que era su imaginación. El pasado, el presente y el futuro parecían ser uno solo. Su cuerpo estaba cansado de tanta humillación.

Nadie le había advertido que ese era meramente el inicio.

—Sé lo que le pasó a Bellatrix —susurró ella con la poca fuerza que le quedaba—. Estaba ahí.

—No a Bellatrix —el Lord le corrigió—. A Andrómeda. ¿Quieres saber lo que le pasó a su cuerpo?

Narcissa no quería. No quería escucharlo. Deseaba entender por qué estaba allí, por qué Lucius aún no encontraba una forma de sacarla como prometió hacerlo. Quería saber qué tenía de importante su objeto o qué tenía que ver Andrómeda en todo esto.

Joder, su cabeza dolía.

—Ordené a Bellatrix en medio de la batalla —Voldemort dijo ante su silencio—, llevar a Nagini al cadáver de Andrómeda, y yo desde la distancia la puse dentro de su cuerpo. Así de fuerte era nuestra conexión.

Narcissa cerró los ojos.

Su hermana, la memoria de su hermana, estaba por allí viviendo con una serpiente dentro, reanimada por magia negra. Su cuerpo, que ya debía estar en descomposición, seguía en pie porque Voldemort la había usado como un envase.

Jodida Bellatrix.

Jodida Andrómeda.

¿Cómo podían haber sido tan estúpidas?

—¿No te gusta enterarte de eso?

El tono burlón del Lord no se comparaba con toda la amargura y enojo que había detrás. Narcissa tenía claro que lo que más deseaba Voldemort era matarla lentamente, hacerla sufrir aún más, pero la necesitaba cuerda. La necesitaba allí, consciente para averiguar…

Para averiguar dónde estaba el cadáver de Andrómeda, a través del objeto.

—Para eso sirve, esa traidora de la sangre. Y ahora- —Voldemort escupió—. Ahora por tu culpa, Nagini está en peligro.

Narcissa esperó, y el electroshock no tardó en llegar. Era un nuevo método de tortura que el Señor Tenebroso empezó a probar en ella. El electroshock provocaba que Narcissa se orinara, que tuviera convulsiones, vomitara, y básicamente la humillara, más allá de hacerle daño.

—Mentiste por Harry Potter en el Bosque Prohibido —dijo, cuando dejó de sacudirla—. Alguien se ha llevado a Nagini, está bajo un Fidelius o bajo un hechizo, una magia lo suficientemente fuerte para que nuestra conexión se corte. La conexión que yo tengo con ella. Y si no fuera por ti-

Voldemort apuntó a algo detrás de ella, y aunque estaba en medio de la celda, prácticamente apresada en una jaula, igualmente pudo girarse. Lo suficiente al menos para notar que a unos pasos más allá, Lucius estaba parado estoicamente.

Estaba allí.

Estaba presenciando eso.

Narcissa se encontraba lo suficientemente consciente para darse cuenta.

—Ya te lo he dicho, Narcissa Malfoy —Voldemort habló de nuevo, mientras sus ojos se conectaban con los grises—. Tú vas a devolverme a Nagini. A través de tu hijo, a través de ti o a través de tu esposo. Vas a traérmela.

Narcissa no veía cómo podía hacer eso, considerando que el objeto no le respondía a ninguno de ellos, sino a otro heredero, y sabiendo que Voldemort ya no tenía la misma conexión con su serpiente.

Lucius no despegó la mirada y Narcissa tampoco, pidiéndole ayuda con los ojos. Parte de sí misma estaba convencida que aquello era un plan de Lucius para sacarla de allí, para sacarlos a ambos de esa tortura. Por otra parte… Lucius parecía observarla con indiferencia, de una forma que Narcissa creyó haber olvidado.

Te he amado desde el primer día que te vi.

—Mientras tanto…

Narcissa cerró los ojos, esperando la tortura de Voldemort.

Cuando en realidad, el que levantó la varita,

Fue Lucius Malfoy.

•••

Ocho años después, la mayoría de las cosas ya habían sido desveladas. Harry Potter estaba vivo y él era el dueño del objeto que el Lord no podía utilizar, porque Sirius le dejó su herencia y ya no quedaban más Blacks que ella y Draco para hacerle contrapeso a su derecho. Narcissa tenía un Obliviate que delataba que, con objeto o sin objeto, ella ocultaba una pista que le podía decir a Voldemort dónde estaba Nagini. Los esfuerzos del Lord ahora tenían que ver con eso: romper el Obliviate de su mente, y encontrar y apresar a Harry Potter para que le dijera dónde estaba su serpiente, mostrándole el Trouve. Lucius resultó elegir una vez más a Voldemort por algo que ella no podía explicarse, y Draco había dejado de ser torturado gracias a que Narcissa se sacrificaría.

Y el día de su sacrificio había llegado.

Le quitarían la magia para así deshacer su Obliviate, o eso era al menos lo que Voldemort pensaba que haría. Narcissa se conocía lo suficiente para saber que no iba a superar eso. Por mucho que se hubiesen preparado, la ceremonia era peligrosa, y tantos años de aislamiento, cansancio y torturas le iban a hacer imposible seguir sobreviviendo, incluso cuando en los últimos cuatro años el sufrimiento había disminuido considerablemente.

Era lo mejor.

Era lo mejor para todos.

El sufrimiento iba a parar, Lucius claramente no iba a llorar su muerte después de tantos años en vano y promesas rotas. Draco ya había aprendido a cuidarse solo. Narcissa ya no tenía ningún rol que cumplir allí.

Sólo… le habría gustado despedirse.

No recordaba cuándo fue la última vez que vio a Draco, pero cuando la visitó, se sintió como haber despertado de un largo sueño. Él no recordaba todas las atrocidades, por supuesto, y Narcissa estaba jodidamente agradecida por eso. Se veía mayor, mayor de lo que ella pensaba; tenía una gran cicatriz cruzando su cara, sus facciones eran duras y lucía demasiado esperanzado para su propio bien. Demasiado lleno de expectativas.

Draco ya no era un niño.

Draco inspiraba miedo y madurez.

Dolía.

Su hijo la había mirado a los ojos la última vez, sentados uno frente al otro (en lo que ella asumía, debía ser Azkaban). A Narcissa se le llenaron de lágrimas cuando lo vio. Supo ahí que su sacrificio tendría un significado.

—Creo que esta si es, mamá —había susurrado él, con aire conspirativo—. Creo que ahora sí, pronto te sacaré de aquí.

Algo se arrugó en su estómago, parecido a una mezcla de resignación y esperanza.

Draco estiró la mano, atrapando la suya. Narcissa reprimió un salto. Esa era la primera vez en meses que alguien la tocaba para no hacerle daño.

—Está bien, Draco.

—¿Cómo estás tú, de todas formas? ¿Cómo te están tratando? Ellos dicen que vives bien —dijo él dedicándole una expresión cálida. No era exactamente una sonrisa. No recordaba que Draco hubiera sonreído jamás desde que Voldemort ganó—. ¿Estás bien?

—Sí, hijo —respondió ella, sintiendo que tragaba arena—. Estoy bien.

—Bien. Entonces, no te molestará que te cuente de la casa que compré en Chile. Queda muy lejos, hablan español, y…

Narcissa lo escuchó, tratando de grabarse en la memoria su cara, de memorizarlo lo suficiente para que al momento de morir, esto fuese lo último que viera. Y Draco le contó de la vida que tendrían, le habló de ese otro mundo donde podrían haber sido felices. De la vida que le prometió que le daría.

Narcissa no creía que romper otra promesa haría mucha diferencia.

—Una vez que todo termine —Voldemort dijo, meses después de ese último encuentro, tomando su barbilla con manos frías e inhumanas—, veremos qué es lo que has estado ocultando. Qué fue lo que viste ese día.

Narcissa estaba en medio de un círculo. Era tarde. Toda la mañana había pensado en la noche que Andrómeda la abandonó.

Debió haberse ido con ella, quizás.

Tuvo que haberle rogado que se quedara.

No habría tenido a Draco, pero al menos, Lucius y ella nunca habrían sido nada.

Eso hubiera sido una buena vida.

Te he amado desde el primer momento que te vi.

Voldemort dio un paso atrás; todo el Nobilium estaba allí exceptuando a Draco (quién era reemplazado por Lucius). Todos estaban tomados de la mano con doce velas que rodeaban su círculo, representando el fuego; había sal representando la tierra; un encantamiento refrescante representando el aire, y un vaso de agua. Todo estaba cerca de ella. Se suponía que su magia sería guardada en la naturaleza.

Aquello era una aberración, por muy lindo que sonara.

Voldemort empezó la ceremonia leyendo un libro. Cada uno dijo una palabra. Voldemort mezcló los elementos. Cada uno repitió la misma palabra. Narcissa estaba mirando el suelo, temblando, pensando en Draco y qué estaría haciendo en ese momento.

Creía haber aceptado su destino, pero ahí, sintiendo cómo el ritual empezaba a drenarla… se dio cuenta de que no, de que nunca le había tomado el peso a lo que era dejar ese mundo y dejar a los que quería atrás.

A Draco.

A Lucius.

Narcissa sintió la garganta cerrarse mientras desviaba la vista al frente, encontrando la mirada de Lucius. El hombre que la había hecho sentir la mujer más hermosa de la tierra ahora estaba allí, y la estaba matando.

La estaba matando.

Lucius la estaba matando.

Narcissa se rio sin poder evitarlo. Era ridículo ese pensamiento, que la persona que sabía de memoria sus comidas favoritas, que conocía sus hábitos o cómo sonaban sus pasos- la persona que sostuvo su mano cuando Narcissa dio a luz, quién le prometió que todo estaría bien- estaba quitándole la vida.

De todas las formas que pensó que moriría, esa jamás habría estado en su lista.

Lo peor de todo era que aún así, aún después de todo el dolor, de llorar noches enteras, sollozando por la traición- Narcissa todavía lo amaba. Miraba sus ojos, y era como ver la expresión lastimera de Lucius la noche de su primer aniversario. Miraba las arrugas alrededor de sus párpados y veía las sonrisas que sólo le dedicaba a ella y a Draco. Veía sus manos, y era recordar los toques inciertos y avergonzados. Los años juntos. La confianza que creía haber adquirido. Cómo deseó cada noche que eso fuera un sueño.

Narcissa lo amaba.

Narcissa amaba a Draco.

No estaba lista para irse sabiendo que no los tendría una última vez.

Aún no.

Narcissa se dobló en dos, cayendo de rodillas. Cada uno hizo un pequeño corte en sus manos. En las suyas también.

No estaba lista para dejarlo solo. No estaba lista para irse.

Todavía no.

Por favor.

¿Me he equivocado de vida?, ¿eso es?

Delivery vestri magicae ad universum. Delivery vestri magicae ad universum. Delivery vestri magicae ad universum. Delivery vestri magicae ad universum…

Narcissa creyó ver a Lucius caerse.

Creyó ver a Voldemort pelear con él.

Creyó haberlo visto ponerlo bajo un Imperius.

Narcissa apenas estaba consciente, en realidad. Su cuerpo estaba muy débil.

Seguían repitiendo lo mismo, y en su cabeza sólo se reproducía la cara de Andrómeda, y su: "Ven conmigo. Vámonos ahora. Vámonos juntas." Se reproducía la cara de sus padres, su madre trenzandole el cabello. Se veía a sí misma metiéndose en la pieza de sus hermanas para esconderse de una tormenta. Recordaba a Lucius, joven e ingenuo, y ahora que repasaba el recuerdo, desesperadamente enamorado. Podía escucharlo perfectamente.

Narcissa Malfoy. Eres la mujer más hermosa que ha pisado esta tierra, y sé que ni yo ni nadie somos pretendientes dignos.

Lucius besándola y despertándola en la mañana con desayuno en la cama. Llorando cuando supo que estaba embarazada y llorando aún más cuando Draco nació.

Merlín, realmente eres hermosa.

Los tres durmiendo en su cama. Draco confundiendo a su padre por ella gracias al largo de su cabello. Lucius enseñándole a Draco matemáticas. Narcissa a leer. Llevándolo a conocer a los dragones.

Y te amo. Te amo, y ya no sé cómo pretender que no me quema tenerte lejos-

Eran felices.

Lo tenían todo.

¿Por qué buscaron más?

El agotamiento de su cuerpo por poco la quebró.

Narcissa pensó en su hijo, pero no el que la vino a visitar, sino el de la última memoria feliz que tuvieron. Era Navidad y ambos estaban escuchando una canción en la radio en la otra ala de la mansión, la más alejada. Los Mortífagos entraban y salían a su casa buscando gente para divertirse. Lucius estaba con ellos. Draco había bebido por primera vez en su presencia y sus mejillas estaban rosadas, su mirada perdida. La misma Narcissa se encontraba algo ebria.

La canción de Celestina Warbeck que solía cantarle a Draco de niño empezó a sonar en la radio.

Y ella se levantó.

—Ven, bailemos —le dijo extendiendo una mano. Ese año no hubo regalos de su parte.

—Mamá…

—Baila conmigo, Draco.

Durante unos segundos no hubo más que duda. Era ridículo. Afuera escuchaban explosiones y risas. Había gente gritando.

Pero Draco lo hizo.

Segundos después, este estaba de pie y sujetaba a Narcissa de la mano.

Lo hizo porque la amaba, porque estaban ebrios, porque la guerra era una mierda y porque no sabían cuánto faltaría para la próxima Navidad tranquila que tendrían. No sabían cuando celebrarían de nuevo normalmente, juntos, como familia.

Se pasaron minutos enteros girando, riéndose, bromeando. Felices.

Ese fue el momento en que Draco perdió la sonrisa.

Narcissa creyó que de pronto, todo se volvió negro.

Delivery vestri magicae ad universum —dijo alguien por última vez.

Y Narcissa dejó que la debilidad la aplastara.