Quiero morir. No quiero
Oír ya más campanas.
Campanas -qué metáfora-
o cantos de sirena
o cuentos de hadas
cuentos del tío -vamos.
Simplemente no quiero
no quiero oír más campanas
Idea Vilariño
—¿Qué acabas de decir?
Harry seguía mirando el objeto justo donde el nombre de Andrómeda se encontraba, tal como si fuera la hora de un reloj. Las piezas, las actitudes de la mujer, todo estaba mezclado en su mente gritándole que debía ser una mentira.
Y aún así... sabía que tenía sentido.
El objeto servía para saber dónde estaban los cadáveres de los Black. Seguramente Kreacher lo ocultó bajo las órdenes de su Amo y luego lo extravió, y de alguna forma este llegó a las manos de Narcissa. Las hermanas estaban muertas, y Harry era el dueño; había sido el dueño de la mayoría de la herencia de Sirius desde 1995, pero mientras más Black murieran, más le respondían estas pertenencias. Ese objeto ahora respondía a él.
Bellatrix llevaba muerta nueve años, al igual que Andrómeda. La diferencia era la locación del cuerpo.
Nagini era Andrómeda.
—Más de una vez les conté que en la Navidad de 1997, Hermione y yo fuimos al Valle de Godric —Harry dijo ausente, respondiendo la pregunta que Kingsley había hecho. Escuchó a Hermione soltar un jadeo—. Allí, nos recibió Bathilda, una mujer que se supone que conocía a mi madre. Nos hizo entrar a su casa, actuó raro, y finalmente nos dimos cuenta de que... era Nagini. Tom la había puesto dentro de ella y encantó su cuerpo con magia negra. Bathilda estaba muerta.
Andrómeda también.
Estuvo bajo ese techo, todos esos años. Harry la tuvo ahí.
Pudo haber acabado con la guerra en cualquier instante.
—Pero, ¿nueve años? ¿cómo aguantó dentro de un cadáver nueve años-?
—Probablemente el hechizo de la base bajo tierra y el Fidelius cortaron la conexión entre Tom y Nagini, así que él no sabía dónde estaba —Harry respondió—. Y ella, sin el contacto con su Amo o sus órdenes, no podía salir del cuerpo de Andrómeda y arriesgarlo todo... Es leal.
Pero Nagini no se había quedado tranquila tampoco. Vivía dentro del cuerpo de Andrómeda, sí, pero había intentado escapar, ¿verdad? Tuvieron que encerrarla para que no lo hiciera-
Distintas imágenes lo asaltaron repentinamente.
El túnel después de la batalla. Harry, agotado y sin esperanzas. Un grito. Gente tratando de sostener a una mujer que era igual a Bellatrix.
—Por eso intentó escapar...
La mujer caminando y aferrándose a sus ropas. Respirando a un lado de su cara. Desesperación escrita en todo su rostro.
"Tengo que volver", Andrómeda había dicho.
"¿Dónde está Teddy?"
"Muerto. Todos. Todos muertos."
"Volver. Matar- tengo que volver."
—Pero, no entiendo, no entiendo- —Harry dijo sacudiendo la cabeza. Hermione y Kingsley aún parecían incrédulos y sorprendidos—. Bathilda no habló nada aquella vez, ¿no?, sólo a mí. Y yo pude entenderla por el pársel, y- pero- pero Andrómeda ha hablado, ¿no es así? Andrómeda ha hablado estos años con más personas aparte de mí.
Hermione lo miró y los ojos se le llenaron de lágrimas. No era una mirada de tristeza.
Era miedo.
—No, Harry...
—¿Cómo que no? —Harry se giró a Kingsley, a la desesperada—. ¡Tú estabas ahí cuando apareció después de la Batalla de Hogwarts! ¡Andrómeda estaba gritando! ¡Los oficiales apenas la podían sostener!
—Pero no palabras, Harry. Sólo emitía sonidos —Kingsley dijo lentamente—. Nunca habló con nadie.
Más gente se Apareció en la montaña, a su alrededor. Algunos gritaban por las heridas que le habían hecho. Otros traían cuerpos.
—Pero yo- —Harry sacudió la cabeza. Tengo que volver—. A mí me ha hablado. A mí me dijo que- que tenía que regresar. Estaba desesperada por-
Pársel.
Harry dejó escapar un suspiro, tratando de buscar un momento en el que Andrómeda le hubiera hablado a alguien más. Pero no. Harry recordaba haberla oído sólo un par de veces, y en todas susurraba. En todas hablaba bajito.
Sólo él podía entenderla.
—Mierda. Oh, mierda.
Por ese motivo Andrómeda tenía una mente tan distinta, y por eso Astoria podía escuchar sus pensamientos. Astoria era una animaga, su forma animal era una serpiente. Podía entender lo que Nagini pensaba.
Oh, no.
Andrómeda tenía signos vitales irregulares. Lucía demacrada, como si se estuviera degradando. Sus heridas no se curaban solas. Su cuarto olía como los mil demonios.
Harry y la Orden siempre creyeron que aquello era culpa de un hechizo que le llegó durante la Batalla.
En realidad, se trataba de su cadáver en descomposición y de la serpiente que lo habitaba.
Joder, ¿qué hacían allí?, tenían que marcharse. Tenían que hacerlo rápido.
—Tenemos que volver —Harry dijo, urgente. Miró a las caras de Hermione y Kingsley, y luego se enfocó en el último, que estaba asintiendo—. ¿Dónde está Draco?
La expresión de sus rostros cambió.
Hermione pasó de estar asintiendo –aterrada pero determinada– a mirarlo con preocupación. Kingsley, por su parte, lo observó... con lástima.
Ambos lo estaban mirando con lástima.
Harry se esforzó por mantener la calma, dando un vistazo a su alrededor para buscar la cabellera rubia de Draco. Seguro estaban exagerando.
Lo que estuviera pasando... de seguro exageraban.
—Harry...
—No —dijo negando. Una sonrisa tensa estaba puesta en su cara—. No.
Lo que fuera, podía arreglarse, porque al menos Draco estaba allí. ¿Había perdido demasiada sangre? Harry era capaz de abrir su brazo y entregarle toda la que tenía. ¿Su piel estaba demasiado desgastada? Harry le donaba la suya. ¿Su magia estaba débil? Harry le transfería su poder. Lo traería de vuelta a la vida. Haría lo que fuera.
Tenía solución.
—¿Dónde está? —preguntó de nuevo.
Hermione y Kingsley intercambiaron una mirada.
Era una mirada cargada de malas noticias.
—No —dijo Harry, sintiendo un nudo instalarse en su garganta. Trató de avanzar por el campo, pero la mano de Kingsley lo atajó—. No. No. No.
—Harry, cálmate.
—¿Dónde está? —preguntó casi al borde de los gritos—. ¿Qué le pasó?
—Lo traje aquí con los sanadores, tal como me dijiste, pero-
—¿Sus heridas eran muy profundas?, ¿algo muy grave pasó? Dime, y ayudaré. Todo puede remediarse. Porque Draco está aquí-
—Harry —Kingsley dijo apretando su hombro—. Draco nunca estuvo aquí.
Si hubiera podido describir lo que esa frase le hizo sentir, probablemente hubiese dicho que sus entrañas se quemaron, que lo incendiaron. No su corazón. Harry había entendido al fin que este amor no se sentía desde el corazón, sino desde las tripas.
—No entiendo...
Kingsley suspiró y tomó los hombros de Harry, llevándolo con cuidado donde unos pocos sanadores estaban reunidos en el suelo, ayudando a sus víctimas. Su pulso ya era errático antes de eso, pero en ese instante sentía que lo haría explotar. Harry miró, buscando una cabeza rubia. Buscando su ropa negra. Pero lo único que encontró-
Fue a un hombre que no conocía, vestido con las túnicas de Draco.
—No...
—Nunca lo sacaste —Hermione dijo tratando de ser suave—. Él- estaba bajo multijugos. Lo siento-
—No —repitió Harry mirando el hombre quemado. Intentó adivinar el truco. La mentira—. No puedo- no puedo perderlo de nuevo, Hermione. No puedo-
Draco era suyo. Harry era de él. Y a pesar de que toda la vida, lo único que había aprendido era que las personas no se podían mantener- que sostenerlas era imposible- Harry podía jurar que esas reglas no aplicaban para ellos dos. Sentía que nacieron para odiarse o amarse, pero nunca para perderse de vista.
Tenía que volver a buscarlo.
Harry tenía que regresar a la Mansión Malfoy para encontrarlo.
No iba a poder seguir adelante si no era así.
—Harry-
Harry trató de zafarse cuando los dedos de Hermione sostuvieron su muñeca. No estaba haciendo demasiada presión, tampoco intentó acercarse, pero sabía que no lo iba a soltar. No lo iba a dejar ir.
Y Harry tenía que ver a Draco.
Por favor.
—Suéltame.
—¿Qué estás haciendo?
—Tengo que regresar. Tengo que ir a buscarlo.
—Harry-
—Tengo que rescatarlo. Déjame- por favor. Tengo que volver a la Mansión Malfoy-
—¡No puedes! —Hermione exclamó, tan desesperada como él. Harry había tratado de irse sin pensar. Todo lo hacía sin pensar—. ¡No hay Mansión Malfoy a la que volver!
El grito bailó en sus oídos.
Su sangre bombeó. La gente lloraba. Algunos pedían marcharse. Todos estaban exhaustos.
Harry recordó los calabozos. Las bombas. Los pilares cayéndose.
¿Draco estaba allí?
¿Draco había estado allí?
—¿Qué? —preguntó entumecido.
—¡Todo ha caído!
Harry, cada día estaba más seguro de que el destino, o Dios, o lo que sea que existía allí afuera, disfrutaba reírse de él. Disfrutaba verlo miserable, y en ese momento le estaba recordando que esto no era algo que se suponía que debía tener.
La verdad es que Draco y él nunca estuvieron destinados, por más que no le gustara admitirlo. Harry no tomó su mano, y él le hizo la vida imposible los años que siguieron. Draco se unió a un grupo que buscaba su derrota, y Harry casi lo mató en un baño abandonado. No estaban hechos para estar juntos. Nunca lo estuvieron. Sin esa guerra...
Sin esa guerra ellos jamás habrían cruzado caminos así, haciendo que estos se volvieran uno solo compartido por el trauma.
Lo de ellos fue un accidente. Algo nacido del dolor, los fracasos y la aniquilación. Algo nacido de la necesidad de pertenecer.
Si Dios existía debía tratarse de un ser nefasto que se divertía con las desgracias ajenas y disfrutaba del poder de causar dolor. Si existía, no tenía un rastro de misericordia, porque Harry rogó una y otra vez por Draco y ahora... ahora estaban ahí.
¿Cuáles fueron las últimas palabras que se dijeron en esa habitación, dónde pudieron fingir que el fin del mundo era lejano?
¿Cuánto tiempo estuvieron allí?
¿Draco estaría pensando en ese instante que Harry no lo había buscado, incluso después de todo lo que pasaron juntos?
Los dedos de Hermione en su muñeca se aflojaron y Harry se sintió caer. La presencia de Kingsley era sólida a su lado; distantemente lo oyó llamar a Kreacher. Percy, Charlie, Bill y el resto llegaron hasta ellos, y Hermione, luego de asegurarse de que Harry no se Aparecería de vuelta a Wiltshire, comenzó a explicarles lo que acababa de suceder apuntando al reloj que él tenía en la mano.
Harry tomó una honda respiración. El dolor era tan grande, y su magia tan asfixiante, que hasta eso dolía, como si estuvieran aplastando todos sus órganos de una sola vez. Su mente estaba reproduciendo la sonrisa de Draco, aunque no podía ubicarla en el tiempo. Sólo la imagen: perezosa, juvenil y... un privilegio, porque Draco no le sonreía así a nadie más. A nadie más que a él.
Harry tenía que encontrarlo.
Avanzó un paso, poniendo la mano encima del brazo de Hermione, quien dio un salto y se alejó. Cuando sus ojos se enfocaron en él, sus rasgos se suavizaron, aunque no intentó crear contacto. Harry respiró temblorosamente.
Hermione lo sabía todo. La mayoría del tiempo, llegaba a respuestas que nadie habría soñado. Era buena resolviendo cosas. Harry recurría a ella cuando necesitaba enterarse de algo, porque su amiga lo sabría al ser tan inteligente.
Harry la miró; su garganta era un completo nudo.
Ella tenía que saber.
—¿Dónde está Draco, Hermione?
Su voz salió pequeña, rota, y la expresión de su amiga se rompió también. Conscientemente, Harry sabía que no era justo poner esa carga en ella: el saber si alguien como Draco estaba vivo, pero estaba demasiado desesperado para que le importara.
¿Dónde estás?, quería decirle.
Vuelve, por favor. Te amo.
Prometo que no te perderé de nuevo.
¿Todo fue una trampa?
—Oh, Harry...
Finalmente, Harry bajó la mirada hasta sus manos, y recordó por qué estaba pasando eso. Por qué no todo había sido en vano. Recordó, que allí tenía un tesoro.
Con el corazón en la garganta, se puso a escanear los nombres.
Bellatrix era la primera, donde se suponía que debía ir el «uno» en un reloj. "Fallecida hace nueve años. Wiltshire, Inglaterra." Andrómeda era la segunda. La tercera era Narcissa, que tenía exactamente lo mismo que Bellatrix bajo su nombre, excepto que los años de fallecimiento cambiaban. Luego venía Sirius, con la locación de "Ministerio de Magia, nivel 9, Inglaterra." Y Regulus con: "Mar del Norte, Inglaterra." Luego, Tonks y Draco.
El último, tenía escrito: "Con vida."
Ni una dirección. Ni una coordenada.
Con vida.
Harry sintió cómo los pulmones se le llenaban de aire de nuevo y podía respirar. Draco no estaba allí, pero estaba vivo.
Harry lo volvería a ver.
—Los Mortífagos deben estar yendo a la base —Bill anunció—. O ya deben estar allá. Tenemos que volver.
Pero Harry no estaba oyendo. Todos sus sentidos y decaimiento –amortiguados por su magia– estaban centrados en un nombre. Un pensamiento. Letras que por sí solas no tenían demasiado sentido.
Draco.
Draco. Draco. Draco.
Harry apenas notó que Kreacher los Apareció a todos de vuelta a la base. Apenas reaccionó cuando Kingsley reportó las pocas bajas que habían tenido. Ni siquiera escuchó cuando Hermione y Percy maldijeron por lo bajo- porque sus ojos seguían fijos en el nombre de Draco.
Con vida.
Temía que si dejaba de mirar, aquello cambiaría.
Poco después, unas uñas se clavaron en su brazo y descubrió que todos estaban esperando que volviera en sí Harry miró hacia el frente, de una forma muy breve, y descubrió que... estaba repleto de Mortífagos.
Hangleton, hasta su frontera con el mundo muggle, rebosaba en Mortífagos.
Era claro que el Fidelius permanecía vigente, pero la locación, al menos aledaña, había sido revelada porque Voldemort entró a su mente... o por Hagrid; Harry no lo sabía.
Los Mortífagos estaban haciendo explotar el perímetro, y el fuego de sus llamas alcanzaba algunas estructuras y pastizales, acercándose a la mansión. Harry ahogó un gruñido.
—Nosotros nos quedaremos —dijo Bill, comenzando a desilusionarse y a construir un campo para los heridos—. Ustedes vayan a buscar a Andrómeda.
Harry descubrió que le hablaba a él y volvió a mirar el objeto.
Con vida.
A un lado, la ubicación de Andrómeda seguía siendo "Hangleton".
Sólo había que matarla. Estaba dentro.
Tenían que matarla. Nada más. Matarla y la pesadilla se acababa.
Asintió y sacó la capa de su bolsillo, echándola encima de él y Kingsley. Hermione dudó un momento cuando la dejó abierta para ella, pero algo pareció convencerla y decidió ponerse debajo también. La capa no los cubría por completo, pero daba igual. Con la lucha gestándose dudaba que alguien estuviera atentamente mirando el suelo.
Comenzaron a avanzar hasta la entrada y oyeron a la gente que dejaron detrás luchando. Harry llegó al portón, agitando su varita para así poder ingresar a la base, y descubrió-
Descubrió que las puertas ya habían sido abiertas.
Descubrió que había gente entrando y saliendo de allí.
El humo apenas lo dejaba ver a la luz del día.
—Hagrid —dijo Harry sin pensarlo. Le parecía lo más lógico, después del despliegue de magia y estatus que el semigigante demostró poseer—. Hagrid deshizo los encantamientos de la puerta que me dejaban abrir sólo a mí la base. Alguien- no sé cómo supo-
Casi pudo escuchar a las dos personas bajo la capa tensarse. De alguna forma, Hagrid se enteró de que los encantamientos estaban hechos de magia de luz e investigó cómo deshacerlos. O, incluso, puso a alguien bajo la Imperius para que se lo dijera. A Harry no le extrañaba si fuera así, y era lo más lógico. ¿De qué otra forma los Mortífagos estaban entrando a la mansión?
Después de todo, Hagrid era uno de ellos. Un traidor.
—¿Hagrid? —Kingsley repitió incrédulamente.
Harry no tenía tiempo para explicar.
Pero sobre todo, porque dolía demasiado hacerlo.
—No hay mucho que decir. Es un traidor y nos vendió a Voldemort, lo vi yo mismo en la Mansión Malfoy.
Kingsley permaneció en silencio, y Hermione jadeó.
—Debe ser un error, Harry...
Negando, dio un paso adelante y ambos lo imitaron, decidiendo que eso podía ser dejado para después. Ahora, Harry simplemente deseaba encontrar a Andrómeda.
El suelo bajo sus pies apenas era tangible. Entraron al laberinto aún sin quitarse la capa y vieron gente pasar a un lado de él, gritando, dispuesta a pelear; otros entraban heridos. No se detuvieron.
Cuando pusieron pie en la mansión, Harry les quitó la capa. La gente lloraba y sujetaba a sus familiares rogando que no salieran, pero decidió ignorarlos. Esporádicamente Harry miraba el reloj para ver el nombre de Draco y asegurarse de que nada le hubiera sucedido. A su lado, Kingsley ordenó a los sanadores Aparecer a los heridos en la montaña donde estuvieron minutos atrás, y Hermione le dijo a Kreacher lo mismo, pero con los heridos que quedaban afuera.
A Harry genuinamente no le importaba.
Tenía que encontrar a Nagini.
Tenía que regresar a Draco.
No podía morir.
Los tres subieron a buscar a Andrómeda a su habitación, y doblando una de las esquinas, Ron se les unió cojeando. Harry le escuchó decir que había estado con Arthur todo el tiempo que estuvieron fuera, y que cuando los Mortífagos llegaron se dedicó a atacar desde las ventanas de arriba, pero que no había bajado. Hermione lo besó. Ron puso la mano en su hombro, y Kingsley le explicó lo que había sucedido. Harry sentía todo muy, muy lejano.
Su magia ondeaba por el suelo.
La verdad es que... en ese segundo, nada tenía sentido. Cuando era pequeño y veía películas en las que se daba una gran pelea, siempre había dos bandos, y estos eran muy claros. Siempre existía un gran punto ápice de la pelea, y luego... luego nada.
Nunca explicaban el caos y la maldad en el ambiente, lo que era oír los gritos y los llantos de los niños. Todo se sentía con el triple de intensidad, más de lo que un ser humano normal podría soportar.
Por eso Harry se concentró en una tarea específica.
Sino, nunca podría salvar a todos.
Luego de la explicación, los cuatro siguieron andando hasta que llegaron al lugar donde dejaron a Andrómeda. Se pararon frente al umbral por lo que pareció un tiempo agonizantemente lento.
Y-
La puerta estaba abierta.
La puerta estaba jodidamente abierta.
Ron la empujó con fuerza. Harry sentía la sangre acumulada en sus oídos. Los cuatro entraron, sintiendo desde ya que todo se había ido a la mierda.
Y no se equivocaban.
El cuerpo de Andrómeda estaba en el centro, arrugado como una cáscara vieja. Toda la descomposición que la magia negra impedía que tuviera, llegó de golpe. Su cadáver era una masa que se estaba degradando con cada segundo; el cabello y los ojos regados por el suelo lucían líquidos. La sangre oscura y podrida. A su lado, una medibruja estaba desangrándose: tenía dos colmillos enterrados en la yugular y un tajo en su estómago.
—Oh, Dios mío...
Ron tomó a la mujer, empapándose de sangre, y Kingsley decidió levitarla mientras se marchaban. Harry tambaleó en el pasillo, disgustado, asqueado con lo que acababa de presenciar. Checó el reloj por Draco y pensó... pensó que habían estado tan cerca. Todo ese tiempo. Todos esos años.
La tenían allí.
Y ahora no estaba.
Harry necesitaba encontrarla. No había tiempo para pensar en nada más, ni siquiera para gritar o enojarse por la frustración.
—Astoria —murmuró desorientado. La magia le estaba permitiendo seguir—. Astoria...
Ron lo escuchó, y, obviamente, siendo el más centrado de los cuatro, conjuró un Patronus en menos tiempo que cualquiera de los demás habría demorado, y lo envió a Astoria diciéndole que los encontrara en ese piso. Harry vio irse al animal, recordando el thestral que había logrado conjurar hace unas horas.
Un thestral.
Por Draco.
Se separó del agarre de Ron, que Harry ni siquiera sentía, y tuvo que doblarse en dos para vomitar el poco contenido que había en su estómago. Lo que vio en la mansión, de lo que se enteró, la pelea con Voldemort, la magia negra que inundaba su cuerpo, Nagini y Andrómeda- todo lo estaba sobrepasando. Todo era demasiado.
—Está bien, Harry... —Ron dijo desvaneciendo el vómito—. Está bien...
Aquellas palabras no tenían ni un poco de sentido, por supuesto, mas no peleó contra ellas o expresó lo ridículas que sonaban- porque nada estaba bien. Draco se encontraba apresado aún. Nagini había desaparecido. Voldemort tenía la ventaja.
Seamus estaba muerto.
Harry ni siquiera tuvo tiempo de llorar su muerte.
Astoria se Apareció ante ellos ni un minuto pasado desde que el Patronus de Ron se marchó, agitada y temerosa. Los miró, abrazó a Hermione, que era la más cercana a ella, y esperó.
—Nagini... —Harry dijo incoherentemente—. Tienes que buscar- Nagini...
Sus dos amigos comprendieron qué quería decir, e incluso Kingsley se sumó. Hermione y él se aventuraron en una apresurada explicación de lo que había sucedido con Andrómeda, y le dijo que necesitaban que Astoria se transformara en serpiente e intentara escucharla o verla; tal vez, (sólo tal vez), podía encontrarla más rápido que ellos.
—Seguro —dijo ella, aunque se escuchaba nerviosa—. Sí, seguro. Yo-
—Espera, ¿y Luna? —Hermione la interrumpió antes de que Astoria se transformara—. ¿Dónde está el resto?
—La mayoría ha salido a luchar —respondió Astoria temblando—. Theo está luchando también, junto a ella. Casi todos lo están haciendo.
Alguna parte de su cerebro se estrechó con culpa ante la mención de Theo, pero lo desechó, mirando una vez más al objeto.
Con vida.
Está vivo.
Está vivo.
Tenía que repetirlo para poder sentir que era realidad.
—Bien —dijo Astoria entonces—. Voy.
Al segundo siguiente, se había transformado en una mamba negra.
Harry y el resto se encaminó también en busca de Nagini, aunque el estruendo, las bombas, y todo lo que estaba sucediendo, era demasiado distrayente para poder ver en la oscuridad de la mansión, vagamente iluminada por el día nublado. Había gente corriendo. Otros pedían ayuda. Harry se enfocó en buscar, en sentir algo más que la desesperación.
Un rincón de su cabeza, el que nunca le gustaba escuchar, le preguntaba para qué estaba haciendo todo esto. Para qué se molestaba, si ambos sabían que...
Que Nagini ya no estaba allí.
Que la oportunidad se les escapó de las manos.
Harry casi se tropezó en la escalera, tratando de convencerse de que eso no era así, pero justo, justo cuando llegaban al primer piso, justo cuando Hermione y Ron se tomaban de la mano, alegando que buscarían en la dirección contraria. Justo ahí-
Un chirrido irrumpió en el silencio.
Un chirrido tan fuerte, que Harry por poco sintió el piso temblar. Los pájaros volar lejos. La pelea cesar.
El chirrido provenía desde cada rincón de la mansión.
—Potter —decía, y Harry y todos se quedaron quietos en su lugar, reconociendo la voz. Reconociendo la inflexión en su nombre—. Oh, Potter. ¿Cómo estás?, ¿sientes que estás listo para otro round?
El tono de Voldemort exudaba furia, y la cabeza de Harry ardió. Su vista se puso borrosa. Un rayo le atravesó el cerebro como no había sucedido durante nueve años, desde que murió en el bosque. Dio un paso atrás, buscando la fuente del sonido.
Descubrió que provenía de su propio cráneo.
—Él está aquí, ¿sabes?, ¿ya te diste cuenta? —Voldemort rio y Harry se sintió tiritar. Sabía a quién se refería. Sabía de quién hablaba. Eso dolía aún más que su cabeza—. La multijugos nunca ha sido de mis cosas favoritas pero... ya me funcionó una vez, ¿recuerdas?, ¿por qué no podía funcionar de nuevo?
En otra ocasión, Harry se habría alegrado de tener la confirmación de lo que había sucedido años atrás, cuando Voldemort fingió su muerte. Habría sido genial regocijarse en saber que sus teorías eran ciertas.
En ese momento, apenas podía mantenerse presente.
—Haz que pare-
—Y funcionó, vaya que funcionó —Voldemort interrumpió su quejido—. Caíste por esto. Caíste en la trampa. Nunca pensamos que serías lo suficientemente hábil para escapar, ese es un detalle que no preví, aunque... da igual, ¿no? No te lo llevaste. Draco Malfoy sigue a mi lado. ¿No quieres hablar?
Lo último había sido dirigido a otra persona, y Harry, con el corazón en la garganta, sabía a quién. Sabía quién estaba a su lado. Con dificultad, sus ojos buscaron el objeto. Draco estaba con vida. Pero estaba con Él.
Estaba con Él.
—¿Qué-? ¿Qué es esto?
—¡Draco!
Harry dio un paso al frente, porque esa voz se escuchó en su cabeza. Como si Draco hubiera existido allí siempre. Demasiado perfecto para ser real. Demasiado precioso para ser una persona de carne y hueso.
Sin embargo eso no era cierto.
—Soy misericordioso, Potter —dijo, y Harry sintió a todos quejarse. Todos estaban sufriendo—. ¿Recuerdas que te pregunté si estabas listo para otro round? Hagámoslo más simple: ¿estás listo para el último? Porque no tengo intenciones de volver a pelear contigo. Es la última vez, Potter. Aquí, ahora, se acaba todo.
Harry se tambaleó. Su cabeza se sentía a punto de explotar. Aunque durante los últimos meses se la había pasado diciendo que el fin de la guerra estaba cerca, nunca creyó que sería tan abrupto, tan crudo. Harry llevaba esperando este momento durante nueve años, y-
Y se sentía incapaz de moverse.
Deberíamos irnos lejos. Tú y yo.
—Te espero donde esto inició, Potter. —Voldemort rio de nuevo, y Harry adivinó qué diría a continuación—. Te espero en Hogwarts.
La transmisión se cerró.
O- lo que sea que eso hubiera sido.
Harry miró directamente al frente, sintiendo que la atmósfera empezaba a cambiar. El ruido de múltiples desapariciones se oían por todas partes. Harry recordó lo que Voldemort hizo en la Batalla de Hogwarts: habló dentro de la cabeza de cada uno. Ahora replicó aquel hechizo.
Así que todos estaban enterados de que la batalla se realizaría en Hogwarts. Nagini se dirigiría hacia allá, también.
Los Mortífagos comenzaron a abandonar Hangleton.
Harry miró a su alrededor. Miró a Ron, a Hermione y a Kingsley, quienes parecían tan enfermos como él frente al anuncio. Ninguno lucía de su edad, sino diez años más viejos. Todos sabían que la oportunidad de ganar la guerra siempre estuvo frente a sus ojos, y la desaprovecharon.
Y ahora todo estaba terminando.
No había tiempo para hacer planes. No había tiempo de pararse a pensar o estructurar una pelea. Si Nagini llegaba antes a Voldemort, estaban perdidos. Si no iban a Hogwarts, estaban perdidos.
Draco moriría.
—No- no sé qué más hacer.
Astoria se transformó frente a ellos, y Harry la observó mareado. Ella parecía tan perturbada como el resto. Sólo podía asumir que su búsqueda no dio resultados.
—Creo que se ha ido —continuó Astoria, y Hermione junto a Kingsley respiraron temblorosamente—. Creo que se ha ido, y al estar fuera del Fidelius...
—Puede comunicarse con Tom —completó Ron. Harry aún sentía la mano encima de su hombro—. Una vez fuera de la propiedad, puede volver a tener esa conexión gracias a ser su Horrocrux. Tal vez tiene alguna forma de llegar a él que no conocemos.
—Tenemos que ir a Hogwarts —Kingsley intervino—. Tenemos que ir todos a Hogwarts.
Harry volvió a mirar el objeto.
Con vida.
—Vamos a Hogwarts, entonces.
•••
Cuando la Orden comenzó a Aparecerse en Hogsmeade después de unas instrucciones cortas y torpes, el encantamiento maullido ya había sido activado.
No por ellos, en todo caso.
Los civiles de Hogsmeade estaban peleando.
La mayoría de Mortífagos se encontraba en el castillo, esperando su llegada, pero aún así quedaban algunos guardando el pueblo. Estos fueron rápidamente masacrados por la Orden, que en menos de diez minutos ya los tenía bajo control. Cuando todo acabó, ellos y el resto de civiles avanzaron hasta Hogwarts.
Las barreras del castillo habían caído una vez más.
Harry trató de enfocarse. Tenían tres objetivos esa tarde. Tres nada más. Matar a Nagini. Matar a Voldemort. Rescatar a Draco.
Esperaba que fuera simple.
Harry apenas sintió los pasos que lo llevaron a Hogwarts. Apenas pudo divisar el campo de Quidditch donde alguna vez jugó y voló y fue feliz. Harry, Hermione y Ron lideraron la fila, cruzaron el puente, el pasto y, sin siquiera tratar de ocultarse, llegaron al patio de Hogwarts.
Estuvieron allí el año pasado, sí, pero esa vez se sentía como si fuera la primera vez que Harry iba desde ese fatídico día, nueve años atrás. El viento corría. Los Mortífagos estaban en el cielo, en las afueras. Algunos dentro. Todos los lindos recuerdos que podían habitar entre esas paredes, ahora estaban teñidos por la guerra y las atrocidades que se cometieron.
Harry había pensado en Hogwarts como su hogar, una vez.
Ahora lo miraba y sólo podía sentir desamparo.
Cuando Kingsley gritó que se pusieran a cubierto, la lucha se reanudó. Se reanudó, porque nunca había parado en realidad: simplemente tuvo pausas, intervalos. Se sentían eternos. Se sentían siglos en los que se luchaba la misma batalla en bucle.
Eso iba a terminar ya.
Harry se mantuvo cerca de Ron, quien hacía muecas al moverse con su nueva prótesis. Sin importar su enojo, Harry tenía que estar cerca de su amigo en caso de que algo le pasara. Y tampoco podía perder de vista a Hermione.. Ella había ayudado a Ron a Aparecerse, así que este no peleaba con su cien por ciento, y no era momento de probar su suerte. Ron estuvo fuera de pelea durante un año. Harry no iba a permitir que nada le pasara.
—Debiste haberte quedado —dijo Harry, ocultándose tras un pedazo de pared derribada que Voldemort nunca se molestó en reconstruir—. Debiste haberte quedado con Arthur.
—Papá vino.
Harry miró a Ron tan abruptamente que su cuello dolió. Ron no lo estaba mirando, disparaba maldiciones sin cesar.
—¿Qué?
—Estaba consciente, así que vino.
—Oh, Merlín...
Harry tenía demasiadas preocupaciones en ese instante, y el peso de todas las palabras no dichas a la gente que amaba, comenzó a carcomerlo. Siempre lo hacían. Miró el objeto una vez más, comprobando que Draco estuviera vivo, y luego procedió a observar el cielo en busca de Voldemort.
No había nada.
Tenía que conformarse con luchar.
—Estará bien —Ron le dijo justo cuando Harry mataba a dos Mortífagos que se dirigían a ellos. Sonaba triste y asquerosamente cauteloso—. Estará bien.
—¿Está Molly con él?
Ron bufó. A pesar de no ser tan ágil físicamente, era rápido disparando hechizos.
—Sí, pero no me refería a papá. —Ron tomó a Hermione de la cintura y la hizo a un lado justo antes de que un hechizo golpeara la pared donde estaban ocultos—. Me refería a Malf- Draco.
Harry le dedicó una mirada de reojo, sintiendo la rabia atacarlo de nuevo. No era el momento, joder, pero cuánto deseaba gritarle. En cambio, apretó su hombro antes de asentir y dar otro vistazo a su alrededor.
La Orden no traía máscaras, ya no había punto en eso, y lo único que los distinguía era que no usaban túnicas. Los Mortífagos volaban el cielo, gritaban por tierra, y mataban como ángeles de la muerte. Harry sentía que la magia albergada bajo sus dedos quería escapar.
Miró el objeto de nuevo.
—Me pondré la capa —Harry anunció—, así podré acercarme con mayor precisión adonde quiera que esté Voldemort. Así también podré ver a Nagini mejor. Supongo. No lo sé.
Hermione se distrajo unos segundos para alcanzar su mano y darle un apretón. Ron lo hizo con la otra. Rápidamente lo soltaron. Entendían que esto era más grande que ambos y por lo tanto no intentaron retenerlo.
El fin.
El fin de la guerra.
—Cuídate, Harry —dijo Hermione, asesinando a un hombre que no lo vio venir—. Te amo.
—Yo a ustedes —respondió él automáticamente. Creía que era la primera vez que lo decía—. Cuídense, no se pongan en demasiado peligro.
Ron sonrió, y eso selló la conversación.
Familia.
Harry se colocó la capa y avanzó por el campo. Nada en esa escena le resultaba ajeno, era lo que había visto cada año durante casi una década: ríos de sangre; gente de la Orden y nacidos de muggles gritando y llorando. No comprendía cómo los Mortífagos podían presenciar aquel baño de sufrimiento y no darse cuenta de que el dolor y la muerte no discriminaban. Todos los seres humanos gritaban, lloraban, rogaban y sangraban igual.
Nunca fueron diferentes a ellos.
Harry corrió, esquivando maldiciones y fijándose en el piso por si la gigantesca serpiente estaba allí. La pelea aquella vez, contraria a la Batalla de Hogwarts de 1998, era mucho más violenta. Los Mortífagos ya no tenían la misma aprensión que pudieron haber adquirido durante la Segunda Guerra, y la Orden no sólo usaba Expelliarmus para defenderse. Había gente que estaba usando aquel momento como una venganza, hiriendo a los Mortífagos de las formas más sádicas existentes. Harry no podía culparlos.
Más personas llegaban a la lucha. Harry podía distinguir que eran civiles y Mortífagos; parecía que la mayoría del mundo mágico se encontraba batallando. Jóvenes, la mayoría. Jóvenes que fueron rescatados por la Orden y que seguramente eran nacidos de muggles, o mestizos.
—¡Sangre sucias inmundos!
Un Mortífago alzó la varita dirigiéndola a las ventanas del castillo. En menos de dos segundos, el hombre cayó. Harry cortó su cabeza moviendo la mano. Luego, miró lo que se suponía que el hombre estaba reclamando.
En las ventanas del castillo, los niños estaban peleando también.
Niños.
Contra los Mortífagos. A favor de los Mortífagos. Entre ellos. Todos levantaban las varitas y apenas les temblaba la voz al pronunciar la Maldición Asesina. Por unos segundos, lo único que Harry pudo hacer fue... observar ese ejército creado por Voldemort. Internalizó la idea de que todos ellos fueron educados para ser soldados, y que ahora sólo estaban demostrando sus habilidades.
La ira palpitó en sus venas. Por lo menos la mitad de los infantes estaban mutilados: sin dedos, ojos, lengua o brazos. Esos eran los castigados por Umbridge.
Quien, en ese momento, acababa de caer desde una de las ventanas.
Harry no podía decir que no le satisfacía, porque sí que lo hacía. Fue casi terapéutico ver el punto donde se estrellaba contra el pavimento y su cabeza se abría en el suelo, derramando los sesos y su sangre. Debió haber sufrido más, él debió hacerla sufrir más, pero ya no había tiempo para ocuparse de otras cosas.
Harry apenas pestañeó, avanzando aún y matando a todo el que se le pudiera delante.
Buscaba a Nagini.
A Voldemort.
A Draco.
Miró al cielo cubierto de humo y capas negras, y buscó su escoba en la túnica para elevarse y evitar la pelea terrenal. Desafortunadamente, no estaba. Harry maldijo por lo bajo. No recordaba haberla visto desde aquella mañana en la Mansión Potter, y la necesitaba para ver mejor, para buscar a sus enemigos y a ese puto animal. Le parecía extraño que ninguno estuviera a la vista, pero... podía esperar. Lo hizo durante nueve años.
No tuvo que esperar mucho, de todas formas, porque al cabo de apenas unos segundos de observar el cielo, Voldemort se mostró junto a Hagrid.
Y con ellos, vino el sonido de una estampida.
Estampida que provenía del Bosque Prohibido.
El suelo tembló. Los gruñidos, gritos, y cantos se hicieron presentes en el aire, opacando por unos segundos el ruido de la pelea. Harry se sorprendió, y cuando Voldemort soltó una risa creyendo que ganaría, la horda del Bosque Prohibido arremetió con fuerza.
Los Goblins que huyeron durante años por ser esclavizados como raza, iban al medio. Los centauros que no se habían vuelto a meter entre los asuntos de los humanos, adelante.
Y los gigantes que le juraron lealtad, detrás.
Todos gritaban, todos repetían una y otra vez un lema que Harry no comprendió en un inicio, pero a medida que se acercaban se iba haciendo más y más claro, provocando que algunos Mortífagos se giraran también.
—¡LA MAGIA DE HARRY POTTER NOS HA LLAMADO! ¡LA MAGIA DE HARRY POTTER NOS HA LLAMADO! ¡LA MAGIA DE HARRY POTTER NOS HA LLAMADO!...
•••
Harry creyó que se había desmayado.
Quizás lo hizo por unos segundos.
Los Mortífagos lucían tan sorprendidos como él, y si tenía que ser completamente honesto, había olvidado que él y los gigantes hicieron un trato cuando fueron a buscar a Hagrid. Los centauros y los goblins no entraban en esa ecuación, por supuesto, pero lucían como si estuvieran tan hartos como los magos del régimen de Voldemort. Todo calzaba.
Los Mortífagos comenzaron a morir en docenas.
Harry luchó con las criaturas. Voldemort soltó un alarido de frustración y aterrizó en el suelo lejos de él, en la entrada de Hogwarts: a su alrededor se agruparon los que quedaban del Nobilium y del Electis. Harry derribó a unos cuántos Mortífagos antes de empezar a acercarse a Voldemort.
—¡Harry!
Dio un salto ante el llamado, y pudo ver a Luna a no muchos metros más allá, apuntando a algo detrás suyo. Harry esquivó una variante de piernas de gelatina que Draco había creado, que en realidad era para el cerebro, y luego volvió a mirar a Luna quien luchaba con Theo a su lado.
—¡¿Dónde está Draco?! —preguntó Theo. Harry se dio cuenta de que parte de su cuerpo estaba a la vista, así que se cubrió nuevamente con la capa—. ¡¿Está bien?!
Las palabras enviaron algo doloroso por la espina dorsal de Harry, y rápidamente miró al objeto que todavía descansaba en su mano. "Con vida", mostraba. Sin embargo, necesitaba saber dónde. Necesitaba saber si volvería a verlo. Tenía que volver a verlo.
—¡No pudimos sacarlo! —contestó Harry—. ¡Está vivo! ¡No sabemos dónde!
La culpabilidad nuevamente llenó cada uno de los rasgos de Theo, y Harry quiso decirle que no era su culpa. Que no lo era, de verdad. Harry quiso decirle que lo sentía por portarse como un estúpido y que, en realidad, Theo era un amigo genial y Draco lo quería muchísimo. Demonios, incluso Harry lo quería- pero ninguna palabra dejó su boca. Todo el escenario era demasiado caótico para ponerse a hablar de algo que no fuera la batalla. Necesitaba encontrar a Nagini, y necesitaba matar a Voldemort. Necesitaba terminar esa guerra- ya vendría un tiempo para conversaciones, confesiones y disculpas después.
Claro que,
eso nunca llegó.
El después, quería decir.
No de la forma en que Harry pensó.
Apenas había avanzado dos pasos, alejándose de Theo y Luna quienes luchaban tras unos bloques de cemento, cuando escuchó unos gritos que cortaron el aire. Unos gritos que se alzaron por encima del ruido de la lucha.
—¡LUNA! ¡NO!
Harry se giró justo en el momento que Luna se levantaba de detrás del bloque para maldecir a alguien. Theo la tomó para poder botarla y protegerla. Luna cayó, rodando a unos metros más allá, y el hechizo que iba hacia ella de los Mortífagos que sobrevolaban el cielo, impactó.
—¡Destrui Cerebrum!
Impactó en Theo.
Harry nunca había escuchado a Luna hacer ese sonido antes. Si no hubiese estado mirando, probablemente no habría podido creer que venía de ella. Theo cayó, golpeando el pavimento con la cabeza de una forma que Harry imaginó, de no haber ruido, habría sido ensordecedor. Luna se inclinó encima de él, y lo último que Harry vio antes de seguir avanzando fueron los ojos vacíos de Theo mirando el cielo, y el destello de su pulsera apagándose.
La pulsera que le hizo Luna.
—¡NO! ¡NO! ¡NO! —Harry escuchaba mientras se alejaba. Luna estaba disparando hechizos. Theo seguía en el suelo. Al menos eso imaginaba—. ¡NO!
Se sintió físicamente enfermo, reteniendo el vómito que una vez más quería salir de su garganta, y continuó corriendo. Harry estaba acercándose a Voldemort, porque de esa forma estaría cerca de Nagini cuando esta llegara. Estaría cerca de Draco cuando lo trajera para chantajearlo a él. No podía parar, no podía acercarse a Luna y protegerla.
Esa siempre había sido la misión de Theo.
—¡THEO! —Luna gritó con todas sus fuerzas. El llanto era claro en su voz—. ¡Por favor!
Un hombre llegó a un lado de Harry, pisando la punta de la capa de invisibilidad que había caído un poco. Su cabeza quedó al descubierto, y eso hizo que bastantes personas se giraran hacia él. Mortífagos o no, todos estaban mirándolo, como si Harry hubiese salido tras un velo; como si la capa hubiera estado frenando las oleadas de poder que Harry emitía, que bailaba bajo su piel y que acababa de ser alterado aún más por la muerte de Theo.
Y todo comenzó a ir en picada desde entonces.
Harry hizo explotar a tres Mortífagos que trataron atraparlo y a un cuarto le rajó el estómago. Sus órganos se desparramaron. Harry no le prestó atención, estaba demasiado preocupado con que Voldemort no lo notara, no aún.
En su lugar, el que lo notó fue Greyback.
Unas uñas se clavaron en su brazo, y un hombre lobo medianamente transformado lo recibió. Harry ahogó un quejido, mirando los oscuros ojos del ser. Su primer instinto no fue actuar por la ira; Harry no sintió nada más que una punzada de miedo. Esto es lo que vieron sus víctimas antes de morir, pensó. Esto es lo que veían los niños Servi, lo que vio Draco a los diecinueve. Greyback enterró aún más las uñas en su piel, y Harry, en vez de escupirle, gritar, o pelear...
Sonrió.
Harry lo tomó también, forcejeando hasta llegar a un lugar apartado en medio de las masas de gente. Puso toda su concentración, toda su magia en hacer que su piel quemara, tal como había hecho con Voldemort. Harry quería matarlo, sí, quería matar a Greyback.
Pero también quería que sufriera.
Harry deseaba poder atraparlo, llevarlo a un cuartel y torturarlo hasta que olvidara su nombre. Quería cortar sus extremidades de a poco. Quería cortarle la polla y dársela de comer. Quitarle los dientes. Que pagara. Quería que sufriera.
Greyback sonrió, como si adivinara sus pensamientos.
—¿No me vas a matar, Potter? —se burló, haciendo que Harry apretara la mandíbula—. Apuesto a que el pequeño Malfoy le gustaría eso. Me odia. Oh, cómo gritó- el real, eso sí, no la copia que te llevaste. Gritó. Dijo tu nombre. Dijo tu nombre una y otra vez y-
Harry sintió su magia elevarse al estar siendo subestimada, y esta se desplazó por el cuerpo de Greyback rápido. Cortó. Cortó. Cortó. Como si fuera un Sectumsempra. Las pobres ropas del hombre lobo se tiñeron de rojo. Su pecho se empapó. Algunos de sus dedos comenzaron a desprenderse de las manos.
Finalmente soltó a Harry cuando la magia llegó hasta su ingle, justo en su polla.
Harry sintió cómo cortaba allí también. Enterrándose en su piel más sensible y transformándola en rebanadas.
—¡Hijo de pu...!
Harry le asestó un golpe en la mandíbula que le voló un diente, y Greyback, respirando agitado y bañado en dolor, trató de devolverlo. Estaba sufriendo, pero no era suficiente, nunca lo sería. Harry lo agarró de los costados de la cara y como si sus dedos tuvieran garras, los enterró en su piel, estirándola hasta romperla. Greyback no peleó, gritó y lloró, y rápidamente se dio cuenta de que iba a perder, así que trató de escapar. Harry intentó retenerlo, de verdad. De hecho, lo iba a hacer. Lo iba a hacer sufrir. Iba a quemarlo vivo.
Pero un pequeño vistazo al suelo lo detuvo.
Porque a unos metros más allá, acercándose a Voldemort por el suelo-
Se encontraba Nagini.
Todo estaba sucediendo con demasiada rapidez: Theo había caído. Greyback estuvo a punto de morir. La Orden se encontraba buscando a la serpiente. Y ahora estaba allí- y Harry, con el corazón en la garganta y la responsabilidad de acabar con ella, se olvidó de su pequeña venganza.
Empujó a Greyback, soltándolo, y se puso su capa. El hombre lobo no perdió el tiempo: se levantó de su lugar gruñendo por los cortes de su cuerpo y los dedos perdidos. Harry no miró hacia atrás, simplemente comenzó a correr hacia donde Nagini, mientras suspiraba.
Porque al fin-
Al fin podía terminar con esto.
Su corazón latía con fuerza. Su respiración era algo irregular y sin sentido. El corazón de Harry estaba hecho un nudo y la presión en sus costillas y pulmones amenazaría con hacerlo explotar en cualquier momento, literalmente.
Estaba tan cerca.
A Harry le gustaba creer que era rápido aprendiendo, que una vez que una lección se le presentaba, podía prometer que nunca más la olvidaría. Sin embargo... jamás era capaz de recordar las dos reglas fundamentales que le enseñó ese mundo. La primera: que si la situación era mala, siempre podía ser mil veces peor; el sufrimiento sólo podía duplicarse y no disminuir.
La segunda: que cuando las cosas parecían demasiado fáciles, tenía que desconfiar.
Harry se olvidaba de desconfiar.
Por eso no vio venir a Greyback, quien se transformó en lobo a plena luz del día para correr hacia Nagini más rápido que él. Por eso no vio venir a la mamba negra que se atravesó en su camino.
Por eso no vio venir a Astoria, saltando en el aire para atacar a Greyback. Enterrando los colmillos en su cuello.
Y consiguiendo ser atrapada.
—¡NO! —gritó Harry, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Greyback tomó el animal que le había incrustado los colmillos, y gruñó.
No. No. No. Tenía que alcanzarla. Tenía que llegar a ella. No Astoria, por favor.
Harry continuaba corriendo.
Astoria se agitó entre las manos del hombre lobo, intentando escapar. Se retorcía como si fuera frágil. Aunque era inmensa, nunca se había visto tan pequeña e indefensa. Harry abrió la mano, dispuesto a usar su magia. Su magia la ayudaría. Su magia la rescataría y la atraería hacia él.
Pero cuando Harry estaba moviendo los dedos, Greyback se le adelantó.
Tomó a Astoria del cuello, metiéndola a su boca, y en menos de dos segundos-
Mordió el cuerpo de la serpiente, cortándola en dos.
Greyback escupió su cabeza a unos metros más allá.
Estaba acercándose el invierno, y a Astoria le encantaba el invierno. Siempre hablaba de lo mucho que le gustaría que la guerra acabara para viajar e ir a esquiar a la nieve. Constantemente decía que extrañaba el sol, pero mataría por una buena lluvia y un chocolate caliente en familia. Seguramente Astoria no haría eso, ¿verdad? No moriría a puertas del invierno, y no moriría antes de volver a sentir los rayos del sol sobre su piel.
Harry sintió cómo su sanidad se venía abajo. Peor aún fue, cuando vio que el cuerpo de la mamba negra desaparecía, y en su lugar... quedaba el torso de Astoria regado en medio del pavimento: inerte y sin vida.
Harry la miraba, y no podía creerlo.
Se sentía irreal.
Ya iba a ser invierno.
—Astoria...
El mundo seguía luchando, y no se iba a detener por lo que acababa de suceder. El sonido de múltiples crack llenaban sus oídos. Los gritos. Los llantos. Los hechizos. Fue como despertar de un sueño, ver a Astoria tendida en el pavimento como si nunca hubiera existido. Como una muñeca. Su boca estaba llena de sangre y sus tripas se encontraban regadas por todos lados. Harry no podía dejar de mirarla.
Quería llorar.
Astoria era su amiga. Astoria había estado allí. Astoria acababa de sacrificarse para que Greyback no llegara a Nagini, y ahora-
Nagini.
Harry despabiló, sólo un poco para así poder ver dónde se suponía que estaba yendo la serpiente... aunque quería echarse de rodillas y llorar a gusto. Había lágrimas en sus mejillas.
Sus ojos se movieron por el patio, y no pudo evitar que un grito escapara de su garganta cuando vio a Ron a un lado de la serpiente.
Y Greyback corriendo hacia él.
—¡Incarcerous! —gritó Harry con el terror alojado en su garganta—. ¡Diffindo!
El hombre lobo cayó, y Harry no se sintió victorioso en absoluto. Alguien más gritó con él, y Ron, quien ni se había dado cuenta de lo que acababa de pasar, levantó la varita y apuntó a Nagini.
—¡Avada Kedavra!
Si la pelea pudiese haber sido detenida mágicamente, este habría sido el momento en que paraba.
Era un poco cómico, la manera en la que todos temían a la muerte. O la forma en que se creía que era lo peor que podía pasarle a un ser querido... cuando era tan rápida. Astoria había muerto en un parpadeo, antes de que Harry hubiera podido salvarla, y menos de cinco segundos después, Ron había asesinado a Nagini.
La razón por la que Astoria se había sacrificado.
Fue tan fácil matar a esta estúpida serpiente.
El animal dejó de moverse. Dejó de reptar. Ron apuntó hacia ella de nuevo, tomando la cabeza, y la cortó. Algunas personas se giraron para verlo acabar con el último Horrocrux, como si fuese una especie de mesías. Hermione llegó hasta Ron y aplastó a Nagini con el pie. Pudo escuchar el lamento de Voldemort a lo lejos. Súbito, trágico.
El grito que indicaba que ahora era mortal.
Los siguientes segundos fueron vitales, o a Harry le parecieron así. Greyback seguía en el suelo. Astoria continuaba muerta. Los hechizos iban y venían, y los ojos azules de Ron lo encontraron metros más allá, aún con la cabeza de Nagini en las manos. Este sonrió. A su lado, Hermione también lo hizo. Eran sonrisas exhaustas.
Lo conseguimos, decían.
Juntos.
Lo conseguimos.
Esto al fin termina.
Pero las campanadas de la victoria jamás tocaron.
Una fracción de segundo después, Ron empujó a Hermione fuera del camino, Voldemort ordenó algo, y una horda de Mortífagos se acercó con una bomba entre las manos hacia el lugar donde yacía el cadáver de su serpiente. Ron levantó la varita, dispuesto a protegerse.
—Ron —Harry respiró—. No-
Fue un acto reflejo, Aparecerse a su lado.
Gracias a un milagro llegó a tiempo.
•••
Harry alcanzó a poner el escudo entre Ron y un grupo de personas luego de que la bomba de Voldemort explotara enfrente.
—Merlín, compañero —dijo Ron, mareado gracias al Protego de Harry—. Eso fue rápido.
No sabía por qué no lo había hecho antes, por qué no se Apareció en vez de correr a Astoria, por ejemplo. Quizás porque era un imbécil. O quizás porque Harry simplemente se había paralizado. De cualquier manera era su culpa.
Su magia se extendió, peleando con las llamas que trataban de penetrar el Protego y Harry miró a su alrededor, buscando a Hermione con la mirada. Al menos su amiga tuvo la consciencia de Aparecerse lejos; Harry podía divisar su cabello a metros del peligro.
—La mataste —dijo Harry entonces. Sonaba tan incrédulo como se sentía—. Mataste a Nagini.
Ron sonrió.
—Lo hice. Voldemort es mortal.
La bomba destruyó algunas de las pocas paredes del castillo intactas. Las llamas, tal como comprobaron antes, continuaron expandiéndose como Fuego Maldito porque eran bombas mágicas. Harry le dio un pequeño vistazo al grupo de veinte personas atrapadas tras el escudo, y descubrió que todas habían pensado que estaban condenadas a morir cuando la bomba impactó.
Como Astoria.
Harry no podía ver demasiado gracias a las llamas, pero podía recordar el lugar exacto donde el cadáver de Astoria se encontraba. Su cabeza aún no lo procesaba. Tampoco la muerte de Seamus, o lo que sea que le hubiera sucedido a Theo. Pensaba que una vez que la pelea terminara, todo estaría bien y nada de eso habría pasado.
Era ilógico pensar que había perdido más.
Que Harry continuaría perdiendo más.
—Deberíamos movernos todos antes de que nos acorralen —dijo Ron, rompiendo el silencio. Harry lo miró por encima del hombro. Parecía herido también—. ¿Podemos conjurar? O sea, ¿podemos defendernos, y que los hechizos traspasen tu Protego?
Harry miró el escudo transparente que los envolvía como una cúpula.
—No lo creo.
—Intentemos movernos entonces.
Asintió, y oyó distantemente que Ron se volteaba a decirle al grupo que se moverían cuando Harry lo hiciera. Estaban casi en la entrada de Hogwarts, y a cada lado excepto detrás, estaba lleno de fuego. La meta era llegar al inicio del patio donde se encontraban lo que quedaba de las criaturas mágicas y de la Orden.
—Tengo que matarlo —dijo Harry—. Tengo que matarlo hoy, o esto nunca terminará.
El cielo estaba nublado. Parecía un día cualquiera, totalmente ordinario a comparación a lo que fue la primera Batalla de Hogwarts, donde hasta el ambiente delataba que el supuesto final estaba cerca. Allí no. Todo fue esporádico, distinto a lo que Harry pensaba que sería el término de una larga jornada.
Miró de nuevo el reloj en su mano y dejó salir un suspiro al ver que decía que Draco continuaba vivo. Ron puso una mano encima de su hombro, como siempre, y juntos se movieron alejándose de las llamas. Las maldiciones del cielo rebotaban contra el Protego. Era tan resistente, que los Avada Kedavra no lo traspasaban. Los Mortífagos no parecían felices con eso.
Mientras más se alejaban del fuego, más podía ver la pelea, la cual se desarrollaba aún. Los gigantes seguían en pie, y la Orden estaba acompañada de más civiles: gente harta de ese mundo, que había llegado a pelear contra Él como última oportunidad. Harry fijó la atención en sus zapatos y se concentró en mantener el Protego.
Se concentró en eso, porque en las pilas y pilas de cuerpos en el suelo, estaba Astoria.
Y Harry no podía ver su rostro sin vida una vez más.
Se sacrificó. Lo hizo sin dudar. Se sacrificó desde el momento en que entró a ese laberinto, seis años atrás.
—Potter.
Harry paró en seco, sintiendo un escalofrío subir por su espalda y alcanzar su nuca. La gente que lo seguía paró también, y él junto a Ron se tomaron la cabeza, buscando el origen del sonido.
Voldemort había hablado.
Gracias a que se habían movido, las llamas ya no eran tan grandes y le dejaban un pequeño espacio en la parte superior de la cúpula. Aún así, Harry no podía ver mucho.
—Sigan moviéndose —Ron ordenó. La gente se tomó la cabeza—. Sigan moviéndose.
Harry obedeció.
—Oh, Potter... —Voldemort habló de nuevo, riéndose. Su voz estaba profundamente colérica—. Crees que me has ganado, ¿no?
Rodeados por las llamas, pero con ese pequeño campo de visión, Harry miró de nuevo la pelea. Esta vez fue inevitable ver todos los muertos y mutilados. Observar el mismo paisaje con el que tuvo que lidiar por casi una década. Todo el puto tiempo. Todas esas eran muertes que cargaba en la espalda.
La mayoría de cadáveres pertenecían a la Orden.
—Mira quién está aquí —Voldemort volvió a hablar, satisfecho con su reacción.
Harry buscó el espacio al frente, en medio del fuego, para poder mirar la entrada del castillo donde el fuego se detenía.
Y frenó de nuevo.
Pudo ver un destello de cabello dorado.
Todos sus sentidos se pusieron en alerta. Su magia quiso romper el Protego y llegar hasta donde Draco se encontraba; quiso acariciar su mejilla y tomarlo para guardarlo debajo de su piel.
Hey,
decía su magia.
¿Dónde habías estado?
Y,
Te extrañé.
Pensé que te había perdido.
—Es él esta vez —dijo Voldemort de nuevo, y Harry pudo dilucidar que empujaba a Draco. Algo salvaje nació en su pecho—. Finite Incantatem, ¿ves? El resto de sus dobles murieron en el derrumbe de la Mansión Malfoy. Este es duro de matar.
—Draco-
—Deja caer ese escudo y ven aquí, Potter. No te lo repetiré dos veces —Voldemort lo interrumpió, y Harry sintió la boca seca—. Tienes diez segundos. De lo contrario, lo mataré. Sabes que hablo en serio.
—No...
Harry desearía haber escuchado mal.
No todas las elecciones pueden ser fríamente calculadas, por supuesto, pero existe un segundo –un fragmento de tiempo tan mínimo que no es posible de calcular– en el que hasta las decisiones más impulsivas se meditan.
Harry se dio vuelta.
La gente lo estaba mirando completamente aterrorizada, esa gente que creía que Harry estaba allí para protegerlos. Con sus caras le rogaban que no los dejara, que estaban en peligro y que Harry se los debía. Tenía que salvarlos.
Pero Voldemort tenía a Draco.
—Diez.
—No —murmuró—. No. No. No.
No podía decidir. Harry no podía decidir. No quería que estuviera en sus manos.
Por una vez, deseaba que la elección no estuviera en sus manos.
—Harry...
Ron tenía una expresión complicada en el rostro. Dio un paso al frente, y llenó todo su campo de visión. La diferencia de altura nunca fue tan notoria, Harry se sentía pequeño bajo la mirada de su amigo y su mueca de seguridad.
—Nueve.
—Ve —dijo Ron.
Su reacción automática fue negar.
—No puedo-
—Yo levanto un escudo —aseguró él.
—No será lo mismo-
—Ocho.
Ron realmente lucía como si lo estuviera diciendo en serio, y a Harry se le arrugó el corazón, porque-
¿Desde cuándo su amistad se basaba en dejar ir al otro?
Siempre fueron un:
Vamos.
Te ayudaré.
No te dejaré solo.
Y Harry no podía. No podía. No podía. No podía.
—Nos Apareceremos antes de que tú lo hagas —continuó Ron ante su vacilación—. Nos Apareceremos ahora-
—No va a funcionar. El Protego se romperá. Van a morir.
—Siete.
Harry volvió a mirar hacia atrás. Voldemort se paraba en la entrada del castillo y empujaba a Draco como una medida desesperada de atraer su atención. Sus entrañas se retorcieron, y Ron apretó sus antebrazos, seguro y tranquilo.
Incluso le dedicó una sonrisa.
—Nos Aparecemos cuando tú lo hagas. Al mismo tiempo.
—Un segundo después, y mueren —Harry le rebatió. Había un nudo en su garganta ante la idea—. Si calculan mal, mueren.
—Seis.
Ron se encogió de hombros.
—¿Ves otra opción?
Los ojos azules eran gentiles, y mucho, mucho más maduros de los que Harry recordaba. ¿Cuándo pasó esto?, pensó. ¿Cómo pude perdérmelo?
—Cinco.
—¡Déjalo morir! —gritó alguien en medio de la tensión—. ¡Es un sucio Mortífago!
—Cierra la puta boca —Ron le espetó, dándose vuelta antes de que Harry pudiera reaccionar—, o yo mismo te mataré.
Ron sabía que no podía dejar morir a Draco, y sabía que tampoco era capaz de abandonarlo a él y a toda esa gente.
Estaba tomando la decisión por Harry.
Estaba tomando el asunto en sus manos y facilitándole el camino.
Harry agarró los antebrazos de Ron también. Con fuerza. Su magia quiso quitarle la desesperación, pero no había nada que hacer más que sostenerlo.
—No puedo- no puedo- lo va matar- pero esto es arriesgado-
—Harry. Hazlo —Ron lo cortó con una nueva tensión en su cuerpo—. Vas a morir si lo dejas morir a él. Nunca te vas a perdonar a ti mismo por no intentar salvarlo. Es mi culpa que él esté ahí ahora, y lo siento mucho. Yo puedo hacerme cargo de esto. Es mi forma de saldar cuentas, ¿entiendes?
—Cuatro.
No creo que pueda soportar saber que estás ahí a punto de morir, y que puedo salvarte, y no hacerlo.
Si hay cosas más urgentes, no tendrás opción.
No podría.
—Lo amas —Ron dijo entre el eco de sus pensamientos—. Estás enamorado y eso es algo bueno, ¿recuerdas?
Harry lo miró. Por unos segundos, su visión se volvió borrosa. Podía sentir el dolor que le habían ocasionado a Draco en cada célula, en cada átomo. Pero también estaba consciente de lo que significaría Aparecerse.
Ron tenía los ojos llenos de lágrimas también.
—Pero también te amo a ti —murmuró Harry con la voz rota, y Ron se echó a reír.
—Estaré bien, te juro que estaré bien. Nos reiremos de esto después, ya verás. Es él quien necesita tu ayuda ahora.
—Ron...
—Tres.
Ron lo soltó, tomando la decisión por él con esa expresión de valentía Gryffindor que lo caracterizaba desde pequeño. Los pulmones, la caja torácica, todo su pecho- quería gritar y volver a tomarlo. Decirle que no. Que no, que se detuviera. Que aún podía encontrar otra solución.
Pero no lo hizo.
Harry no lo hizo.
Decidió callar.
—¡Está bien gente, nos Apareceremos a la cuenta de tres en la entrada del patio de Hogwarts! —gritó Ron, recibiendo una oleada de quejas, gritos y llantos que Harry decidió no escuchar—. ¡No hay otra opción, atentos a la cuenta!
Harry tomó a Ron del brazo, volteandolo para que pudiera mirarlo por encima del hombro. Ron le dedicó un gesto de intriga.
—Lo siento —Harry dijo a la desesperada—. Lo siento. Lo siento. Lo siento. Te perdono también.
—Hey. No hay nada por lo que disculparse, Harry, nada. Nunca lo habrá, jamás pienses lo contrario —Ron dijo, aunque su voz sonaba temblorosa—. Eres mi mejor amigo.
Familia.
Tú eres mi familia.
—Dos.
—¡Okay, gente! —Ron gritó, palmeando sus manos—. ¡Tres... dos... uno!
—Uno.
Harry cerró los ojos, Apareciéndose lejos de allí.
Sin ser capaz de mirar atrás.
•••
Casi no tuvo tiempo de aterrizar. Apenas llegó a la entrada del castillo se agachó, porque Voldemort trató de asestarle con un hechizo. Estaba casi al borde del vómito. Harry levantó la varita, y desde su posición, la dirigió hacia él.
—¡Avada Kedavra!
—¡Expelliarmus!
Irónico, cómo en esas situaciones límites, Harry no pensaba en la Muerte Negra. No pensaba en los hechizos de tortura, o en las muertes dolorosas que podría provocarle a Voldemort, el responsable del sufrimiento de todas esas personas. Harry pensó en un hechizo simple, pero efectivo, y se concentró en usar su magia para poder resistir la Maldición Mortal.
Draco cayó a un lado, delirante, y Harry apenas pudo robarle una mirada de reojo para asegurarse de que estaba vivo. Alrededor de los tres, aquella burbuja que siempre los envolvía cuando estaban en un duelo volvió a hacerse presente. Harry, recién allí, supo que se debía a que siempre tuvo en mente que nadie debía interferir.
—¡Deshaz la burbuja Potter! —gritó Voldemort. Lucía como si la pérdida de Nagini hubiera acabado con lo poco que le quedaba de cordura—. ¡¿O tienes miedo que no puedas lidiar con más de uno de nosotros?!
Harry sonrió con burla.
—¿Necesitas ayuda, Tom?
Voldemort rugió, y el color verde que salía de su varita avanzó contra el suyo. Harry no estaba seguro de cómo lo derrotaría con un Expelliarmus, pero eso era lo que había dicho, y ese era su plan ahora.
Por mientras, trataría de tomarlo con la guardia baja, enfurecerlo.
Tom cometía errores cuando se enfurecía.
—Tengo que hacerlo yo. Nadie debe interponerse. Esto se trata de tú y yo, ¿no es cierto? Siempre ha sido así —Harry dijo, y los monstruosos ojos de Voldemort se dirigieron a los suyos—. Ya no quedan Horrocruxes. Nagini ha muerto. Yo también lo hice nueve años atrás. Solo quedamos tú y yo. Ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro siga con vida, ¿recuerdas? Y uno de los dos va a perder ahora mismo.
—¿Uno de los dos, dices? —Voldemort se burló—. ¿Realmente piensas que vas a vivir?, ¿tú?, ¿el-niño-que-vivió-por-accidente?
—¿Llamas accidente a tu incompetencia?
La mirada de Tom llameó ante el insulto, e incluso retrocedió como si no pudiera creerlo.
—¿Mi-? ¡Te has escondido y llorado tras las espaldas y faldas de personas mejores que tú! ¡Por eso has logrado vivir!
—He logrado vivir porque eres estúpido, y porque me has subestimado lo suficiente para no creer que soy una amenaza —Harry replicó, recordando todas las veces que logró escapar debido al narcisismo de Voldemort combinado con lo descuidado que fue—. Pero te has equivocado, Tom. He pasado años entrenándome. Sé lo mismo que tú. Y tengo más poder. Nunca vas a volver a dañar a nadie.
Voldemort rio. Sus dientes afilados y amarillos provocaron que Harry quisiera apartar la mirada, pero no lo hizo.
Por una vez, sabía que tenía la ventaja.
Tenía todas las de ganar. Su magia lo sabía, no él.
—¿Cuál es tu poder, niño? —se burló Voldemort de nuevo—. ¿El poder del amor?
—Ya no soy un niño —Harry espetó—. Y mi poder es la muerte.
Apenas las palabras dejaron su boca, Harry sintió cómo su mirada se ponía en blanco. Fuera del escudo, el pavimento y las piedras temblaron. El cielo se oscureció. Harry pudo sentir las raíces de los árboles del Bosque Prohibido. Pudo sentir las criaturas que aún estaban allí, expectantes. Sintió el galopar de los centauros, los corazones de los gigantes, el grito al unísono de los goblins.
Esto era nada. Lo que Harry estaba haciendo en ese momento era nada, comparado a lo que podría llegar a lograr. Voldemort tenía la Varita de Saúco en sus manos, la varita más poderosa del mundo, y Harry podría usarla. Él podía ocupar su lugar y crear un nuevo gobierno. La magia negra que absorbió en la mansión se lo gritaba, la que sentía palpitar en las paredes de Hogwarts. Todo era suyo. Absolutamente todo.
Harry era su Amo.
Podía gobernar el mundo entero.
—¿Crees que eres mejor que yo? —Voldemort dijo, trayéndolo de vuelta al presente. Aunque su tono sonaba pedante, Harry reconocía la precaución en los bordes de su cara—. ¿Piensas que eres mejor que tu Lord, quien tiene conocimientos de los que tú nunca soñarás?
—Tú no eres mi Lord. —Harry rio. Su voz salió acompañada de otra más oscura. La magia—. Y sí, soy mejor que tú.
Draco tosió, y el Expelliarmus le ganó momentáneamente al Avada Kedavra que unía sus varitas. Harry nunca le tuvo miedo a Voldemort, pero entendía porque el resto sí. Era poderoso, y no se rendía para mantener su poder.
Tom soltó un alarido al ver cómo su mano se doblaba.
—Vamos desde el principio. Por lo que veo, no piensas rendirte tan fácil, pero lo haré breve —Harry habló como si estuviera recitando el clima—. En primer lugar, Tom... Severus Snape nunca fue tu servidor. Fue el de Dumbledore, un hombre que te superó siempre. Que te venció siempre y quien planeó su propia muerte para así poder derrotarte.
—¿Qué estupideces-?
—Snape era fiel a Dumbledore. Y mataste al hombre equivocado en la última Batalla de Hogwarts. —Harry soltó una risa. Era cruel. Alta. Podría cortar cuellos solo de esa forma—. Creíste que Snape estaba intentando robarte la jurisdicción de la Varita de Saúco, como el imbécil que eres, y lo mataste. Lo mataste porque llegaste a las conclusiones equivocadas.
—Voy a hervir tu carne —Voldemort escupió—. Te voy a dar de comer a los perros, Harry Potter. No te voy a matar, voy a hacer de tu vida un puto infierno-
—Esa varita no es tuya, y nunca va a ser tuya —Harry interrumpió sus palabras sin sentido, y su hechizo comenzó a ganar al Avada Kedavra—. Severus Snape, a quien mataste por su jurisdicción, nunca fue su dueño, porque la persona que desarmó a Dumbledore en esa torre diez años atrás, fue Draco Malfoy.
Fue instantáneo. La mirada y atención de Voldemort se dirigió a Draco, quien seguía en el suelo. Había un hambre allí. Una ambición de poder que Harry podía entender a la perfección.
Hace mucho que todo eso no se trataba de muggles y nacidos de muggles.
Se trataba de estar en lo más alto, tan simple como eso. De ser temido.
Y había que aplastar a los que estaban más abajo para llegar a la cima.
—Ni siquiera te atrevas, hijo de puta, porque no es él su dueño. Ya no —Harry dijo, impidiendo cualquier movimiento que Voldemort pudiera hacer en contra de Draco. Tom retornó los ojos a él—. La varita escoge al mago, ¿no? Bueno, resulta que la magia de Draco me escogió a mí, y por consecuencia su varita también lo hizo. Lo desarmé casi diez años atrás, y la propiedad de la Varita de Saúco que antes le pertenecía a él, pasó a pertenecer a mí.
Voldemort miró al artefacto que descansaba en sus manos, y aunque pareció debatirse entre soltarlo, probar con algo más, o seguir adelante para no morir, Harry se apresuró en continuar.
Distráelo. Distráelo. Distráelo.
—Son tres reliquias, eso lo sabías, ¿no? La varita. Una capa, que estoy seguro ya sabes que poseo, y finalmente... la Piedra de la Resurrección. —Harry podía sentirla. Su magia le permitía saber que estaba en el Bosque Prohibido, aclamando su llegada—. Quien posee las tres, se convierte en el Señor de la Muerte.
Era imposible saber si Voldemort entendía adónde iba Harry con todo eso, pero suponía que no. Por muy hábil y capaz que fuera, seguía siendo alguien que no concebía que pudiera existir nadie más poderoso que él. Voldemort trabajó por años para ser quien era, para distanciarse lo más posible de lo terrenal.
Pero al final del día, continuaba siendo un hombre.
Un hombre de carne y hueso.
—Soy mejor que tú, Tom. —Harry sonrió, y Voldemort dio un paso atrás mientras él relataba—. Tengo a los centauros, a los gigantes, he matado al único obstáculo que te hacía inmortal. Tus seguidores no son un problema para mí. Mucha gente se convirtió en espía para derrotarte. Y lo más importante: yo soy el Amo de la Muerte.
Fue glorioso ver cómo el cuerpo de Voldemort pareció haber sido golpeado con esta revelación. Frente suyo, miles y miles de acciones que lo llevaron a gobernar pasaron, todo- todo para terminar en eso. Para terminar en nada.
Su reinado acababa hoy.
Harry esperaba que pudiera verlo acabar.
—Nunca me vas a igualar —escupió, tan soberbio como Harry sabía que era.
—Que Dios te escuche.
El estallido de las dos magias más poderosas que el mundo hubiera visto retumbó como un cañonazo, y la fricción de los hechizos comenzó a sacar llamas doradas.
El Expelliarmus ganó la batalla entre las varitas gracias a la explosión de magia que vibraba dentro de Harry, saliendo desde sus poros como un relámpago.
Voldemort cayó a un metro más allá, aún dentro del escudo.
Harry atrapó la Varita de Saúco, que voló por los aires hasta donde estaba y cayó entre sus manos, donde pertenecía. Caminó hasta Voldemort que se encontraba medio inconsciente. El corazón le iba a mil por hora. Harry se puso enfrente de su cuerpo.
Aún estaba vivo. Al borde de la muerte, pero vivo.
Con la varita más poderosa del mundo, amarró a Voldemort. Sin pensar en ningún hechizo en concreto, inhibió su magia con las cadenas. Estaba demasiado débil para escapar, aunque no podía confiarse.
Apresado y a punto del desmayo, Harry se giró a Draco, y se tiró de rodillas ante él. Continuaban dentro del escudo, y no sabía si la gente afuera podía ver algo. Draco respiraba pausadamente, y sus párpados se agitaban como si quisiera abrir los ojos pero el esfuerzo fuera demasiado grande.
Has vuelto.
Has vuelto a mí.
—Draco —dijo, tomándolo y depositando un beso en su sucia frente—. Draco...
—¿Potter...?
Harry casi pudo haber llorado de alivio al escuchar su voz. Estaba ronca, y la noche anterior donde habían estado riendo y besándose parecía tan lejana ya. Harry debió haberse quedado a vivir en ese momento, ahora de una vez por todas.
Sujetó a Draco entre sus brazos, apretándolo contra su pecho. Se dio un segundo para saborear ese instante.
Hola, sus huesos cantaron. Hola. Te amo. No te vayas nunca más.
A diferencia del fiasco de la Mansión Malfoy, esto se sentía correcto. Harry podía sentir su magia bañando a Draco en confort. Estaba lleno de heridas, heridas que Harry no quería ver, no allí. Se quedaron así hasta que su magia confirmó que ya nada lo heriría.
Pero la guerra aún estaba tomando sus últimas bocanadas de aire.
Y Harry no podía darse el lujo de no pelear hasta el final.
La burbuja donde habían estado se deshizo, y Harry pudo escuchar cómo todos jadearon al ver a Voldemort apresado en cadenas, moribundo. La mayoría de Mortífagos había caído, aplastado por la Orden. Algunos de los niños y las criaturas, incluso los dementores que Harry ni siquiera había notado, se retiraban. A lo lejos sólo unas pequeñas peleas se estaban dando. Peleas que fueron acalladas por él mismo con el más leve movimiento de su mano.
Greyback, Rodolphus, y Hagrid cayeron estrepitosamente.
Algo se apretó en su pecho al analizar una vez más el paisaje a su alrededor. Más gente llegaba a la batalla. Había cadáveres por todas partes y se encontraban apilados. La gente lloraba; los medimagos iban al rescate. Luna estaba junto a uno que checaba a Theo mientras ella lo sostenía. Astoria seguía en el mismo lugar, y su familia se acercó a ella. Daphne soltó uno de los gritos más desgarradores que Harry había escuchado antes.
Pero todo eso quedó amortiguado por lo que divisó a continuación.
Sus ojos se dirigieron adonde las llamas lo arrinconaron antes de Aparecerse a un lado de Voldemort: allí había al menos diez cadáveres rostizados.
Y unos brazos y una cabeza.
—No...
Harry miró hacia el inicio del patio de Hogwarts, donde Ron tenía que estar, donde Harry lo vería, sonriendo, levantando los pulgares y diciéndole que ahora todo estaba bien. Ron estaría modulando que salieran de allí y que ahora debían descifrar qué hacer con sus vidas. Estaría agotado, pero bien. Ron tenía que estar ahí.
En su lugar, Harry sintió cómo una avalancha de emociones se le venía encima al ver a Hermione de rodillas, doblada a la mitad mientras descansaba la frente en el piso.
Sus dedos estaban sosteniendo una pierna ortopédica.
—No —Harry repitió. No sabía si estaba llorando o gritando—. No. No. No.
Los Weasley se encontraban apilados en diferentes sectores. Ron no estaba con ellos.
—¡Mi hijo! —El grito de Molly sonó alto, devastador. Quiso taparse los oídos. Sus tímpanos dolían. Lo único que Harry veía eran restos humanos que ella abrazaba—. ¡Ron! ¡Ron, por favor! Por favor... no...
Dónde estaba Ron.
Ron.
¿No los había dejado, verdad?
El llanto de Hermione llegó a sus oídos, y Harry sintió que cada pared y defensa que había construido durante los años, cayó de golpe.
Astoria y Theo dolieron. Dolieron de una manera que Harry no pensó que podían doler. Pero esto-
Esto se sentía como si todo su mundo se hubiera venido abajo. Como si la tierra se hubiera secado, el sol se hubiera extinguido y la luna hubiera desaparecido. Por un minuto entero, Harry no vio nada. Su pecho estaba siendo abierto y sus costillas destrozadas por el dolor que sentía. Harry no sabía cómo podía- cómo podía seguir vivo, porque realmente parecía que cada espacio libre de su cuerpo estaba siendo apuñalado, una y otra vez.
Estaba muerto.
Ron estaba muerto.
Quien lo quiso incondicionalmente. Quien lo apoyó y siguió en cada estupidez que hizo de niño. Quien bajó con él a enfrentar un basilisco, y quien con la pierna rota se puso delante de un hombre que quería hacerle daño. Quien luchó contra Mortífagos y monstruos-
Estaba muerto.
Harry había perdido a demasiada gente, esto estaba más que claro. Demasiada. Sin embargo esto... esto se sentía como haber perdido la mitad de su alma. Un sufrimiento totalmente nuevo y desolador. Cada duelo era diferente, eso lo sabía, claro, pero a diferencia de los demás... esta cara de la muerte... era patética. Lo primero en lo que Harry pensó no fueron los buenos momentos. No fueran las risas, los abrazos incómodos, las aventuras y el cariño. No, lo primero que Harry pensó fue en la pelea que tuvieron en cuarto año, cuando Ron creía que Harry había mentido al ingresar su nombre al Torneo de los Tres Magos.
Harry recordó cómo se había sentido su primera discusión: estar solo con Hermione no era lo mismo que estar con Ron, hasta ella les había rogado que volvieran a hablarse. Harry recordó lo mucho que dolía que Ron lo ignorara, y el alivio que sintió cuando admitió que sí le creía y volvieron a ser uno solo.
Recordó la búsqueda de los Horrocruxes, cuando Ron se marchó y Harry y Hermione quedaron sin nada que decirse, ignorando el vacío que había en esa carpa. En Navidad de ese año, Harry solo pudo pensar en él y dónde estaba- y fue tan fácil perdonarlo cuando regresó. Se sintió terrible tener que vivir sin él.
Y ahora esa sería su vida.
Desde ese momento.
Harry se sentiría de esa manera por siempre.
Se giró a Voldemort, que seguía amarrado a menos de un paso suyo. La gente se acercaba a los últimos Mortífagos vivos.
Harry vio en sus caras a todas las víctimas. Miles de víctimas. Todos los seres queridos que mataron y torturaron e hicieron sufrir.
—¡CAPTUREN A LOS QUE SIGUEN VIVOS! —decidió gritar lleno de cólera—. ¡NO LOS MATEN!
Kingsley se Apareció a su lado, y entre él y Harry levantaron a Draco. Harry temblaba de la furia. Se separó por un momento de ambos y caminó hasta Voldemort, quien se movía entre las cadenas.
Harry estampó el zapato contra su cara.
La multitud de civiles que quedaban vivos arrastraron a Greyback y Rodolphus donde Harry se encontraba junto a Voldemort. Hagrid trataba de zafarse, pero los gigantes fueron los que lo llevaron golpeándolo. Finalmente, incluido Voldemort, los cuatro estaban de rodillas ante la gente. Temerosos.
Harry bebió de ese temor.
—Los vamos a juzgar —exclamó, sintiendo la expectación de las personas—, como ustedes nos han juzgado. Los vamos a tratar, ¡como ustedes nos han tratado!
Todo estaba deshecho. El Nobilium. El Electis. Todo. Estaban acabados. No había Ministerio para recriminar lo que iba a hacer.
Harry miró sus caras. Tuvo un vistazo de la luz verde que mató a sus padres. Oyó el: "Mata al que sobra", en el cementerio, y sintió a Cedric caer. Escuchó la risa de Sirius y de Ginny. Vio a Tonks y el futuro que ella junto a Remus y Teddy pudieron haber tenido. Vio pasar las caras de Fred, de Andrómeda, de McGonagall. Vio su sufrimiento y el de los que amaba. De los niños esclavos. Vio a Draco.
A Ron.
Estaré bien, te juro que estaré bien. Nos reiremos de esto después, ya verás. Es él quien necesita tu ayuda ahora.
Hey. No hay nada por lo que disculparse, Harry, nada. Nunca lo habrá, jamás pienses lo contrario. Eres mi mejor amigo
Harry levantó la Varita de Saúco, y sin piedad, cortó las extremidades de los cuatro hombres.
Fueron cortes limpios, y sus miembros cayeron al suelo dejando sólo sus troncos en pie. Era un paisaje enfermizo y sangriento, uno que no le molestaría repetir. Deseaba que vivieran así. Curar sus heridas para continuar haciéndolos sufrir una vez más. Rodolphus estaba llorando abiertamente y la cara deshecha de Greyback ya no sonreía, sino que temblaba. Voldemort parecía apenas consciente, y Hagrid... Hagrid suplicaba por su vida con gritos desgarradores.
La multitud bramó. Algunos festejaron, otros parecían sorprendidos. A Harry no le importó.
Esa era su última oportunidad. Su venganza.
Avanzó a Voldemort, quien lo miró a los ojos una última vez, y le sonrió.
—Tom Ryddle... espero que disfrutes el lugar al que irás después de esto.
Acto siguiente, cortó su yugular.
Se iba a desangrar en un par de minutos, iba a morir de su mano, como la profecía indicaba. Sin embargo, no era suficiente dolor. Tenían que sufrir. Tenían que morir llorando.
—¡Harry! —rogó Hagrid—. ¡Harry estoy de tu lado! ¡Me manipularon!
Harry lo ignoró, y se giró a la multitud.
—Acaben con ellos.
Contrario a lo que pensaba, ninguno vaciló.
Harry dio un paso atrás, saliendo del trayecto de las personas y chocó contra el hombro de Kingsley, sintiéndose exhausto, pero no por eso menos complacido, viendo a la gente quitar partes de ellos. Enterraban sus uñas en la carne de los prisioneros, los abrían en miles de pedazos y los golpeaban. Los mordían y jugaban con sus órganos. Cobraban la venganza que siempre tuvieron que haber tenido. Era animal, sí.
Pero lo merecían.
Astoria.
Ron.
McGonagall.
Ginny.
—Tienen que irse —Kingsley los alertó, poniendo una mano en su hombro—. Necesitan irse ahora.
Harry cerró los ojos, sintiendo que iba a colapsar. Que el choque de adrenalina se había ido. Ya no quedaba nada.
Nada.
Trató de buscar a Hermione.
No la encontró.
—Kreacher —Kingsley llamó, y el elfo apareció allí al instante como si lo hubiera estado esperando—. Llévalos con...
Harry no escuchó el resto de esa oración.
Unos brazos lo tomaron. Kingsley susurró que todo estaría bien.
Y luego Harry estaba siendo arrastrado lejos.
