Capítulo 4
Lo último que recuerda Mahad, fue sentir el horrible peso de una mano con largas uñas estrangularlo hasta llevarlo a la inconciencia.
El roce de los vidrios desprendidos y clavados en su cuerpo, solo apresurando el proceso para terminar en aquel mundo oscuro y vacío.
Magullando su piel y sus músculos, dañando los huesos que se rompieron por el impacto. Dejando salir mucha más sangre de la que en un principio se había derramado. Combinándose con las otras esencias perdidas del escenario junto a la de su más fiel servidor.
Aun la imagen de su asistente perdiendo la cabeza en un limpio corte, le persigue como una horrible pesadilla. Como un hecho que solo lo colocaba a él como el único culpable de esa muerte injusta y terrible. Llenando sus manos de sangre inocente que no tenía nada que ver con lo que padecía, y que, por ignorar, ahora mismo sufría las consecuencias de muchas maneras. Su vida misma estando en un riesgo tan elevado que incluso pensó que jamás volvería a ver a su amado Atem.
Aquel hombre que siempre estuvo junto a él en las buenas y en las malas, aun cuando su camino pudo considerarlo oscuro y perverso. Aun a pesar de que sabia todos sus pecados, decidió estar por voluntad propia junto a él como una muestra de amor infinito y puro. Aquel hombre que, sin dudar, una vez compro un anillo de compromiso, le dijo que sí, aun cuando sus miedos eran más. Ese hombre que creyó en él por ser lo que es y no por lo que aparentaba. Al amor de su vida quien le esperaba en casa.
A ese hombre que amaba con locura, y que, por su necedad, nunca volvería a ver. Estaba tan seguro de eso, que apenas noto como es que una luz dentro de su mundo, surgió como la nada misma, cambiando su escenario a uno mucho más variante y diferente a lo que él podría mencionar era lo que recordaba antes de llegar a la muerte.
Presentándose entonces ante él, un pueblo de años atrás. Tantos como era posible, su mente inmediatamente reconociéndolo como el antiguo Egipto ante las claras evidencias de las personas moviéndose debajo de él, así como el enorme palacio a lo lejos. Uno hecho con tanta belleza y oro, que gritaba la prosperidad de aquellas tierras.
El blanco como sus intrincados diseños, siendo realmente exquisitos y maravillosos. Combinando a la perfección con las sonrisas y muestras de afecto que podían verse en sus habitantes. La felicidad reinando como nunca lo daban a conocer los libros de historia o los escritos descubiertos.
Casi pareciendo un paraíso, uno que incluso hizo dudar a Mahad por un momento al preguntarse si es que no estaba muerto ya. Solo negando con su cabeza fuertemente antes de aferrarse al fantasma de sus heridas y experiencia.
Negándose a dejar solo a su amado, a quien aún deseaba y anhelaba ver, aunque sea para despedirse correctamente. Jurándole amor eterno aun después de su partida.
Un par de lágrimas bajando por sus mejillas siendo suficiente como para hacerle saber que aquello era muy distinto a lo que se supone era la muerte.
Una voz muy parecida a la suya, comenzando a hablar en un extraño idioma que podía entender a pesar de no saber que era exactamente lo que decía. El eco extendiéndose en el lugar a pesar de que se mostraba infinito, escuchándose con claridad. El peso de las palabras calando fuertemente en su mente antes de poder distinguir como es que el escenario cambiaba, y una figura negra aparecía al lado de él en silencio.
Las largas uñas siendo lo primero que distinguió antes de notar como es que las sombras que cubrían aquel ser, pasaban a alejarse de él.
Dejando ver una momia hecha y derecha, la piel y músculos secos, así como las vendas que retenían la frágil estructura, comenzando a desprender un extraño olor a incienso, para luego ser transfiguradas a polvo que formaron poco a poco la silueta de un hombre esbelto y alto.
Sus ojos siendo los únicos que se mantenían casi intactos, distinguiéndose por el color oscuro que permeaba en lo que se supone debía ser el blanco de su esclerótica. Así como su iris, la cual mantenía el color morado profundo que parecía brillar en sí mismo. Observándole profunda y detenidamente a cada movimiento antes de mostrarse como era realmente.
Una copia de sí mismo siendo lo que apareció después. La única diferencia siendo el color de piel y cabello.
Las ropas negras, combinados con detalles blancos y dorados, otorgándole un aire intimidante. La brisa en el sitio siendo las que movían suavemente la tela de las mismas en un aire misterioso, casi atrayente. Mientras su cabello color castaño ondeaba ligeramente a través de la corona que se mantenía firmemente sobre su cabeza, alcanzando a rozar delicadamente el inicio de su frente. Enmarcando de esta manera el contorno de su rostro y el maquillaje tan característico de los antiguos egipcios, resaltando su atractivo y su frialdad.
Frialdad que, simplemente Mahad pudo sentir a través de su mirada. La cual, nunca se despegó ni por un segundo de él, pareciendo en todo momento juzgarle antes de observar debajo de ellos. La voz resonante del principio sonando mucho más clara ahora que antes. Un escalofrió recorriendo su espalda, siendo resultado de aquel ser que se mantenía en lo que parecía ser un letargo extraño y oscuro.
—"Hace tiempo atrás, cuando los Reyes gobernaban las antiguas tierras prometidas, entre los herederos del Dios Ra, nació un niño de hermosa simpleza y gran ternura en su corazón"
Mahad no pudo evitar desviar su mirada de aquel hombre solo para mirar que es lo que tanto atraía la atención del mismo, encontrándose con la visión de un hermoso bebe siendo entregado a su padre por lo que, suponía él, era la partera del Palacio. Este siendo llevado rápidamente a un balcón a lo alto del lugar, en donde su padre no dudo en descubrir su cabeza para que el pueblo; que se mantenía en Palacio, pudieran aclamar a su nuevo y futuro gobernante. Los gritos felices provenientes del pueblo pasando a ser claros antes de notar como es que aquel bebé, era demasiado parecido a su amado.
—"Si mal no recuerdo, aquella vez fue la ocasión más feliz para los presentes. Recibir al nuevo cuerpo de los Dioses, es en sí mismo, un acto de fe por parte de ellos, quienes nos brindan su apoyo y su protección. Todos nos alegramos al saber que los Dioses nos seguían otorgando tal dicha, y su guía a través de lo que se supone es un hijo de un ser divino... "
—¿No es demasiada carga para un ser recién nacido? —
Cuestiono Mahad casi sin querer, dejando salir sus pensamientos antes de analizar con quién es que estaba hablando. Aterrándose momentáneamente solo para escuchar cómo es que aquel ser reía de manera macabra y melancólica, como si desde un principio hubiese sabido que iba a decir aquello.
—"Lo es, sin embargo, las leyes dictaban la vida de todos. No había poder en la tierra que pudiera detenerlo en aquel momento... "—
Corroboro el otro Mahad. Su sonrisa siendo amplia antes de ser borrada, las largas uñas negras pasando a posarse sobre su mentón para luego desviar la mirada a otra parte, lejos de la celebración. Encontrándose con lo que suponía el verdadero Mahad, era la versión de aquel ser antes de ser... lo que sea que fuera.
El lindo niño pequeño de al menos trece años, manteniéndose a lo lejos, observando todo mientras en sus brazos, yacía un bebé en pésimas condiciones, casi al borde de la muerte.
—"Mi juventud nunca fue fácil. Desde pequeño tuve que ingeniármelas para sobrevivir y alcanzar, aunque sea un poco de la dicha de la vida. Logrando a la tierna edad de diez años, entrar al Palacio por mis propios méritos antes de ser reconocido como un aprendiz a la magia oscura, colocándome como un potencial mago que pudiera ocupar las filas del nuevo Faraón... El Faraón Atem"
—¿¡Atem!? —Exclamo sorprendido Mahad, logrando que una sonrisa cariñosamente espeluznante apareciera en los labios de su acompañante. Quien pareció perderse en las escenas frente a ellos.
—"Sí, mi querido Faraón, al ser a quien doy mi devoción, al único hombre que ame de verdad..."
—¿Amar?...
La escena frente a ellos cambio, para mostrar cómo es que el niño de trece años, pasaba a conocer en su cuna a quien seguiría como líder y guía. Una sonrisa siendo enseñada antes de cambiar a un nuevo lugar.
Apareciendo en lo que Mahad suponía era el jardín del Palacio. Las grandes columnas posándose casi frente a ellos, así como la diversidad de naturaleza que las tierras fértiles dejaban crecer. Un pequeño estanque en medio del sitio, siendo lo que complementaria perfectamente aquel lugar antes de que pudieran escuchar cómo es que el llanto de un bebé se extendía por el jardín.
—"¿En qué mundo dejarían a un niño de trece años cuidar del bebé por el que sintió misericordia? Aun cuando tenía el deber de cuidar de su nuevo futuro Faraón... Y, sin embargo, a pesar de todo lo que pase, me sigo preguntando a mí mismo si fui un buen mentor para ella... Era joven, no sabía siquiera como cuidar de alguien que no fuese yo"
Mahad miro entonces como es que aquel niño con grandes esperanzas en el vivir, era maltratado por lo que se suponía era alguna persona de cargo dentro del Palacio.
Un bebé siendo sostenido por él para que el látigo que manejaba el robusto hombre no alcanzara al bulto entre sus brazos. El oro que cubría sus muñecas siendo suficiente para desviar los severos golpes que rozaban su piel, abriendo ligeras heridas en dolor ardiente.
—"Nadie quería cargar con dos niños huérfanos, nadie quería ayudarme, y aun con aquella desventaja, tuve que forzarme a pensar en cómo es que podría vivir por mi cuenta con la nueva vida a cuestas"
A lo lejos, se mostró como es que por el pasillo caminaba el Faraón gobernante. Su aura siendo intimidantemente cálida antes de aquel niño pudiera divisarlo. Sonriendo ladinamente para luego dejar que el látigo golpeara libremente sus brazos y cuerpo, cayendo a propósito sobre sus rodillas solo para atraer la atención de su salvador, quien no tardo en acercarse al escuchar el alboroto. Deteniendo las acciones del robusto hombre a tiempo.
—"El Faraón, sin duda era un hombre sabio y de buen corazón. Era un hombre del cual quisieras estar cerca a pesar de su cargo, sirviéndole en todo lo que pudieras, antes de nada. Su bondad rozaba limites inalcanzables, por tanto, era adorado no solo por ser hijo de un Dios, sino por ser quien era. Un hombre digno de alabanzas... Su amabilidad siendo lo que más disfrutabas al menos hasta que algo lo hacía enojar. Ese algo, por cierto, ayudándome a los años venideros. Le debo mucho aun... No se siquiera si poder pagarle después de lo ocurrido... "
El Faraón Aknamkanon, así como aquel ser oscuro indico. Rápidamente se acercó hasta el pequeño niño que le observaba con esperanza y anhelo. Deteniendo el mismo aquel látigo con una de sus manos, molestando al hombre robusto que miro detrás de él solo para aterrarse momentos después, clamando piedad a los segundos de observar cómo es que el Faraón le miraba de manera severa y fría.
Comenzando a gritar cuando su gobernante hizo un ademan sencillo que hizo llamar a los guardias que le seguían, los cuales sometieron aquel hombre robusto antes de que uno de ellos ordenara a los demás. Siendo llevado por los pasillos para jamás volver a ser visto. La sombra de la muerte cerniéndose sobre él siendo suficiente para que Mahad entendiera lo que le pasaría. Haciendo reír burlonamente a su copia, quien pareció disfrutar lo sucedido.
—"Aunque para ser sincero, no creo estar calificado para ser perdonado... "
Mahad pudo visualizar entonces como es que el escenario volvía a cambiar, esta vez mostrando como aquel niño comenzaba a crecer de a poco, cuidando como podía aquella niña que había rescatado de las frías calles desde un principio.
Clamándola su aprendiz para que fuese protegida solo por ese título y por la gracia del Faraón, quien dejaba que ella y su hijo jugaran a sus pocos años de vida. Encontrándole una amiga para que no estuviese solo en lo que él realizaba sus labores, dejando al joven aprendiz al cuidado de ambos. Quien los protegía diligentemente.
—"Debo agradecer mucho por ese tiempo de paz al Faraón Aknamkanon. Sin él, no sé qué hubiera pasado conmigo o mi protegida. El palacio siempre ha estado lleno de resentimiento o envidia, incluso entre los propios sacerdotes que debían proteger al pueblo de Egipto o al Faraón. La lucha de poder era algo que siempre fue un problema incluso para el actual gobernante, sin embargo, su sabiduría era tal que pudo casi erradicar eso por su propia cuenta... Dejando que su hijo Atem, pudiera vivir libremente sin peligro alguno, al menos hasta la Guerra inminente que llego por sí misma hasta nuestras puertas..."
El escenario volvió a cambiar, mostrando batallas sin descanso entre guerreros y civiles que se unieron a la causa para defender su hogar. Así como pueblos siendo quemados o erradicados, dejando rezagados atrás; los cuales, eran escoltados al Palacio para una ayuda en su vida en lo que todo terminaba. Mientras el Faraón discutía con sus sacerdotes las mejores opciones a seguir.
Resaltando entonces un libro que emanaba un aura oscura y siniestra. El cual se abrió solo para dejar ver casi enseguida al menos siete artículos hechos de oro, quienes mantenían el ojo de Horus como principal símbolo.
Uno de ellos siendo el que resaltaba más entre todos, pues una caja hizo recordar a Mahad todo lo que le había estado atormentando desde hace semanas, e incluso un poco más de tiempo desde que llego a su vida, por medio de su amado Atem.
Haciéndose preguntar entonces, si su querido esposo no había sido atormentado con la misma intensidad en aquel tiempo de separación o un poco antes. Cientos de preguntas comenzando a acumularse en su cabeza conforme más observaba lo que ocurría en aquella extraña alucinación o visión que tenía.
Escuchando como es que un pobre pueblo era masacrado solo para hacer nacer aquellos artículos que después fueron usados, irónicamente, para el bien de todos los habitantes del Reino. Siendo el Faraón y sus sacerdotes quienes ocuparon tan temible poder para terminar con la guerra que prevalecía y casi termina en derrota. Colmándolos de calma y paz al menos hasta ese momento, en el que se designaron cargos específicos para aquellos objetos.
La caja que Mahad había percibido no más que eso, pasando a revelar un bello y complicado rompecabezas que se unía en una extraña pirámide invertida, la cual, era llevada por el mismo gobernante de Egipto. Representando su estatus a través de él, así como su nuevo poder.
Calmando de esta manera a las masas que aun tenían miedo de que un nuevo mal se avecinara, otorgando entonces prosperidad y tranquilidad a su reino. Claramente manteniéndose en la lucha de lo que él consideraba injusto, publicando y avalando nuevas leyes y mandatos, beneficiando a muchas más personas de las que pudo ayudar en un principio.
—No entiendo... —
Susurro Mahad al ver cómo es que parecían los eventos de un pasado distante se revelaban a él. Sus ojos encargándose de no dejar pasar algún detalle que pudiera ser importante para desentrañar todo lo que quería decirle su acompañante o copia de sí mismo.
—¿Qué tiene que ver esto con el futuro? Con mi vida...
—"Todo..." —
Respondió de inmediato su otro yo, mirándolo se soslayó antes de notar como es que el escenario volvía a cambiar a una noche fría y oscura, sin ninguna luna.
—"Toda la historia que no es recordada tiende a volver a repetirse... Esto solo es un reflejo de lo que fue, y también es una guía para lo que sigue... El pasado siempre repercutirá al futuro, y el futuro repercutirá al pasado. Es la ley de la vida, y por tanto... Todo está destinado a ser"
—¿A qué te refieres? —Cuestiono Mahad, siendo ignorado fácilmente por su acompañante, quien no dejo de observar el nuevo escenario frente a ellos.
Las estrellas tintineantes, apenas y dejaban ver cómo es que un joven de al menos dieciocho años arropaba suavemente a una niña de cinco. El cabello suave del infante de color castaño, resaltando tanto como sus adornos que fueron quitados con amabilidad, dejándola solo con un camisón que la tapaba delicadamente ante la noche.
La habitación siendo lo suficientemente cómoda para que al menos ella no pasara ningún peligro o frio. Dejando en una silla acojinada a un lado de la cama, aquel joven que se disponía a descansar un poco antes de seguir con sus estudios que se retomarían al medio día para ver sus avances, y quien apenas presto atención a cómo es que la puerta de su habitación era abierta poco a poco, para dejar pasar a un bello niño de piel canela y ojos tan maravillosos y hermosos, como el contemplar a un cielo con la luna en un punto alto.
Su cabello desafiando altivamente la gravedad, así como la ceda de su pijama, haciéndole resaltar una vez se encontró cerca de aquel joven que se espantó por un segundo al no poder sentirle a tiempo. Ocasionando que le mirara alterado antes de suspirar sonoramente.
Negando poco después con una sonrisa culpable.
—"El príncipe Atem no era una persona valerosa, y muchos le recriminaban aquello aun a su tierna edad. Todos siempre le decían que debía hacer y que no, así como la manera de actuar y comportarse. Nadie parecía quererse detener a pensar que el gran príncipe, solo era un niño de cinco años de edad. Quien aún aprendía a leer y tratar de escribir... Así que sus únicos amigos, siempre le brindaban ese espacio que necesitaba. Que requería, y eso incluía arroparlo con nosotros por la noche, cuando tenía una pesadilla o tenía miedo de la oscuridad... Aquello siempre fue mi parte favorita del día..."
Mahad pudo apreciar entonces como es que aquel joven, tomaba al niño para meterlo junto a la niña en la pequeña cama, antes de arroparlo y cantarle suavemente. Como si se tratara de un hermano mayor cuidando a sus hermanos menores.
Velando su sueño antes de caer él mismo en uno profundo, sentado en aquella silla que parecía todo menos cómoda. Cambiando las siguientes escenas según relataba el ser a su lado, quien miraba todo de manera melancólica.
Triste.
—"Dejaba al príncipe en su propia cama antes del amanecer para que no fuese regañado. Ocupando el tiempo restante en mis propias obligaciones antes de comenzar mi día oficialmente. Atendiendo mis responsabilidades para con el Faraón para luego, iniciar una vez más la rutina de mi vida, aprendiendo magia y subiendo de puesto poco a poco. A veces dejando a otros atrás para poder cumplir con mis objetivos, y mis promesas. Cuidando tanto como podía a mi alumna y mi príncipe, quien una vez terminaba de estudiar, siempre iba con nosotros dos para jugar. Alegrándose, aunque sea un poco de su extenuante agenda. Permitiéndose ser un niño de su edad. Al menos hasta que creció un poco más"
—Atem... —
Llamo Mahad en susurro, notando como es que aquel niño pasaba a parecerse más a su amado conforme crecía.
Su mirada opacándose ante las enormes responsabilidades que tuvo que enfrentar, pero iluminándose una vez encontraba algo que pudiera regresarle ese estado de ánimo perdido.
En este caso, siendo cuando aquel joven, a sus veintidós años, fue colocado como un sacerdote hecho y derecho. Dando un enorme orgullo al pequeño príncipe que se alegraba cada vez que le veía.
Comenzando entonces una conversación que parecía ser llevada por dos adultos que atendían el manejo de un país o un estado. Cambiando poco a poco a temas nada relevantes pero que conseguían relajar al pequeño príncipe, colocando una enorme sonrisa en su rostro poco antes de ser llamado una vez más para la continuación de sus infinitas lecciones.
Dejando al final al joven sacerdote que suspiraba tranquilo, animándose a seguir con sus propias ocupaciones, atendiendo las enseñanzas de su alumna, quien conseguía hacerlo enojar en tiempo récord antes de huir a quien sabe dónde. Dando quizá hasta la ilusión de estar los tres en lo que podía llamarse hogar. Siempre estando al pendiente uno de otro, ayudándose en lo que pudieran.
Al menos hasta que el príncipe cumplió los quince años.
Edad en la que pareció que sus estudios se triplicaron. Ahogándolo hasta el cansancio.
—"Atem, que creció rodeado de lujos y cientos de comodidades, jamás pudo sentirlas realmente. Sus ocupaciones por su estatus fueron mucho más agobiantes de lo que imaginaba, así que eso lo llevo al límite. En donde solo esperaba el momento idóneo para ocultarse o escabullirse a distintas direcciones en donde no lo buscarían tan rápido... Casualmente siempre llevándose a sí mismo hasta mí"
La escena cambio entonces a ser lo que aquel ser relataba. Mostrando como es que una copia de él, atendía a altas horas de la noche en su habitación al príncipe ya adolescente. Quien rápidamente se metió sin esperar consentimiento o alguna respuesta, sabiendo de antemano que su mejor amigo jamás se la negaría.
Siendo regañado poco después por el mismo, antes de que le invitara a dormir en su cama. Él mayor ocupando una silla nada cómoda en lo que su mejor amigo y protegido, descansaba en el lecho. Esto siendo rápidamente negado para luego, Atem tomara la mano del mayor para jalarlo junto a él. Arropándolos a ambos en aquella cama que parecía servirles de cómplice en algo, se suponía ni siquiera debía ser.
Rompiendo sus códigos y creencias solo al hacer esta simple y sencilla acción.
El más alarmado siendo el sacerdote, quien negó varias veces antes de que Atem contraatacara con una de las frases que Mahad había escuchado antes en su propio esposo.
La suave voz resaltando en medio de la noche, acunándose en con ayuda de las estrellas. Provocando que la sorpresa adornara el rostro del mayor, quien después de debatir con él mismo, opto por seguir a su líder y protegido. Emocionándose cuando este le miro lleno de confianza.
—"Yo ni siquiera note, que, en ese momento, algo había calado fuertemente dentro de mí. En mi corazón... Yo, que viví de la soledad para valerme y hacer valer a mi estudiante. Por primera vez, recibía un poco de amabilidad sin pedir realmente nada a cambio. Así como la confianza digna que solo es otorgada en quien más la merece... En quien vale la pena mirar... Esa noche por primera vez en mi vida... Me sentí humano, y el príncipe lo logro solo con aquellas palabras. Con su mirada y con su suave toque. Me di cuenta que era afortunado por estar a su lado... Y eso estaba bien, muy bien"
El escenario volvió a cambiar, mostrando como es que Atem era regañado la siguiente mañana. Un par de golpes en sus antebrazos siendo el castigo antes de ser devuelto hasta su habitación, dejando al sacerdote ocuparse de las heridas leves hechas con la tabla usada.
Pasando a ser esa su rutina antes de que ambos pasaran a mirarse de manera mucho más... intima. La complicidad siendo algo que resalto fácilmente para Mahad, quien conocía esa mirada a la perfección. Sintiéndose reflejado con la versión de sí mismo en esa visión.
Apenas percatándose de cómo es que su acompañante sonreía de manera amorosa, escalofriante al final.
Un par de colmillos siendo mostrados como resultado, el blanco de los mismos resaltando naturalmente antes de observar cómo es que la visión ante ellos pasaba a mostrar escenas que lo colocaban como protagonista junto al príncipe Atem, quien siguió creciendo más cómodamente a pesar de sentirse atrapado.
Atado por el mismo palacio.
—"Todo parecía ir bien para ambos, de hecho, para los tres. Mi querida estudiante, aun con todas las desventajas que representaba ser mujer en la corte del Faraón, pudo abrirse un camino por sí misma hasta ser conocida como la estudiante más destacada de la magia oscura. Habiendo incluso una vacante cuando ella alcanzara la perfección, un puesto de sacerdotisa esperándola pasando a ser su meta, en lo que yo la apoyaba en enseñarle..."
"Sin duda era una bella mujer poderosa en crecimiento, evolucionando conforme pasaban los años... Atem tampoco se quedó atrás. Las constantes exigencias de su estatus, lo llevaron a la misma excelencia en cualquier arte que se le colocara en frente. Abarcando las ciencias básicas, como las más complicadas. El enfrentamiento mano a mano, siendo uno de sus favoritos, y que decir del duelo sombrío. Él no tenía comparación con nadie, ni siquiera conmigo. Yo apenas y podía percibir cada una de sus estrategias... Estaba orgulloso de él..."
La visión cambio, mostrando lo relatado por aquel ser. Quien cambiaba sus expresiones conforme aquellas palabras iban pesando en su mente y corazón. Las largas uñas moviéndose ante sus movimientos, siendo algo que aun mandaba escalofríos a Mahad, quien asentía sin saber cómo escapar de aquella extraña historia. Resignándose a mirar un poco más. Casi avergonzándose cuando lo hizo.
Pues ahora, el escenario había cambiado hasta mostrar cómo es que el príncipe y el sacerdote se enamoraban sin darse cuenta. Poco a poco cambiando su trato al otro, en un acuerdo inconsciente de que aquello era reciproco. Sus sonrisas ensanchándose como dos verdaderos enamorados mientras la fémina del grupo, solo negaba divertida. Tapando y ocultándolos cuando era necesario, aun si no ocurría nada entre ellos. Apoyándolos aun cuando sabían que aquello era prohibido.
Penado por la ley y por las creencias.
Importándoles poco, cuando en un punto, a la edad de diecinueve para el príncipe y treinta y dos para el sacerdote.
En la noche de luna llena, confesaron su amor en uno de los templos habidos dentro del Palacio.
Jurándose amor eterno frente a la diosa Isis, para después entregarse totalmente el uno al otro en un acto lleno de amor y pasión. Sin notarlo, siendo bendecidos por la misma Diosa que vio la unión pura con buenos ojos. Otorgándoles un regalo que, no sabían perderían antes de conocer.
Esto, logrando enfurecer levemente al ser de ojos oscuros que observaba todo con anhelo y tristeza.
—"Nuestro amor nació de años de conocernos, de cuidados y de atenciones. Yo, como el sacerdote que era, entregue mi devoción a mi amado. Mientras que mi príncipe, entrego todo lo que él consideraba en verdad valioso. Pactando así con nuestra unión, un amor que trascendería los años, los milenios y el mismo tiempo... Sin saber que aquello iba a ser descubierto casi enseguida de haber sucedido. Una molesta alma siendo la que hizo llamar la atención sobre nosotros en menos de lo que imaginamos. Justo cuando consideramos escapar para vivir felizmente lejos del pueblo de Egipto"
Mahad pudo sentir como es que la boca de su estómago se revolvía al ver la siguiente escena. Notando como es que Atem y el que parecía ser él, eran separados a la fuerza.
Siendo el menor quien fue detenido con brusquedad en lo que el sacerdote era azotado y amordazado, sujetándolo a uno de los pilares que mantenía la sala del trono.
En donde el trono del Faraón se mantenía desocupado, anunciando así la ausencia de su líder. Quien, al enterarse de lo sucedido, sucumbió al mal que había atosigado su cuerpo. Dejando a los dos amantes a merced de lo que sus sacerdotes dijeran, los cuales vieron la oportunidad para hacer de las suyas.
Envidiosos y ansiosos de poder.
Los gritos angustiados del príncipe siendo lo siguiente que pudo escucharse, así como los argumentos en contra del sacerdote, a quien se le acusó de haber realizado algún hechizo para atraer y seducir al futuro heredero.
Ocasionando que fuera maldecido de muchas formas, así como removido de su puesto que con tanto trabajo y esmero había cuidado. Un golpe de lleno en su sien, provocando que perdiera la poca fuerza para mantenerse despierto. Abandonando sin querer a su amado, quien fue llevado a la fuerza a su habitación, en donde fue examinado y revisado. Dejando caer una noticia que le maravillo y al mismo tiempo le aterro.
Sintiendo como el peligro se acercaba a él a cada paso nuevo que daban los sacerdotes sobrantes dentro de su habitación.
Angustiándose enormemente cuando la sacerdotisa quien le atendió con anterioridad, menciono el milagro de su embarazo a tan solo un par de meses de haber sido concebido.
Horrorizándose cuando los sacerdotes dictaminaron que aquello no debía ser. Mucho menos existir. Que eso era antinatural y poco beneficioso para el reino. Llamando al pequeño en su vientre como un monstruo.
Uno que debía ser erradicado lo más pronto posible.
Todo ello mientras Mahad podía observar con desagrado como es que, su otro yo en ese tiempo. Había sido torturado hasta el borde de la muerte, siendo dejado poco después en el desierto para que los animales salvajes pudieran hacerse con su carne y sus huesos.
Dejándolo a la merced de la naturaleza nocturna y una fosa en la que fue empujado. La tierra que le cubrió siendo más maldad de los soldados que de los mismos sacerdotes, los cuales no hicieron nada para impedirlo. Queriendo deshacerse de su mayor estorbo, que preocuparse por las consecuencias.
Lo siguiente siendo un punto de no retorno para ninguno de ellos.
Especialmente para Mahad, quien desvió la vista de tan horrible escena. Alcanzando a apreciar de soslayo, como es que una pequeña masita de carne era removida cruelmente del vientre del príncipe, el cual lloraba a mares en gritos de agonía y dolor.
Rogando por algo que fue quemado para su destrucción. Dejando salir sin ser percibido una pequeña luz que fluyo hasta fuera del palacio. En dirección a las estrellas.
El llanto de un bebé siendo lo único que quedo como eco antes de que Atem cayera inconsciente. Hundido en dolor y soledad, llamando por lo bajo a su amado. Quien ya pasaba casi al mundo de los muertos.
—"No sé cuánto tiempo es el que estuve dormido... Pero sé que cuando desperté. El mundo como lo percibía, nunca volvió a ser lo mismo... "
Aquel sacerdote que había sido enterrado vivo, al pasar al menos una semana.
Una de sus manos fue la siguiente que salió debajo de la tierra. Dejando ver cómo es que sus uñas eran largas y oscuras, su piel tan pálida como nunca había sido percibida en un antiguo egipcio.
Las ropas andrajosas, aun cubriendo su cuerpo, apenas dejando ver cómo es que las heridas antes hechas se habían desvanecido, así como el color blanco de sus ojos. Dejando ver sus iris de un color morado brillante y amenazante.
Rasguñando la tierra y la arena para poder salir completamente de ahí, al menos hasta que se sintió libre.
Su mente solo resguardando lo último de su amado, quien le rogaba no lo dejara solo. Su siguiente movimiento siendo ese sin más.
Comenzando su camino lento hasta donde todo se originó, dejando marcas negras y de sangre a cada paso que daba, atrayendo cuervos y animales peligrosos que parecían solo seguirlo, sin prestarle atención.
Cada uno de ellos caminando a su lado al menos hasta la primera aldea, en donde los habitantes fueron masacrados. Dejando sus viviendas quemarse solo con el chasquido de los dedos del sacerdote. Quien poco le importo matar a quien se encontrara en su camino.
Mientras el viento acariciaba su cabello, el cual se movía de manera errática a causa de la sangre seca. Al igual que sus ropas. Las cuales decidido cambiar una vez alcanzo la mitad de camino, despojando a un alto cargo que visitaba un pueblo vecino.
El negro pasando a cubrir su cuerpo, así como detalles blancos y dorados. Los adornos viniendo después cuando alcanzo la capital del reino. Preocupándose de que Atem lo viera en el estado en el cual fue dejado.
Llegando a su destino a los pocos días de haber comenzado, quemando cada casa y establecimiento que encontraba en su camino como venganza a lo que se le había hecho, importándole poco si personas inocentes quedaban atrapadas en el fuego y en caos.
Extendiendo la muerte y la desesperanza a cada paso dado.
Alcanzando el palacio de aquella manera, en donde al abrir las puertas, fue recibido por un escenario casi igual al que estaba esparciendo en todo el lugar.
Encontrándose en el pasillo de entrada a su amado, quien le miraba con grandes ojos rojos y oscuros. Parecidos a los de él, mientras su vientre yacía abierto, y sus ropas permanecían manchadas totalmente de sangre.
La expresión vacía, siendo lo que más rompió su corazón en ese momento. Impulsándolo a acercarse a su querido príncipe, quien reacciono volviendo en sí. Contándole todo lo que había pasado en su ausencia, y en como pensó que jamás volvería a él.
Ambos comenzando a llorar su perdida antes de que la visión para Mahad terminara. Dejándolo solo con aquel ser que lloraba en silencio.
El cual, le miro poco antes de seguir hablando, su tono sonando tan frio que incluso pudo sentir dolor en sus huesos.
—"El pasado se repite, las historias no son contadas. Y ciertamente has percibido parte de tu castigo..."
—¿Eh?
—"¡Llega la hora de despertar! ¡No podrás escapar de la verdad! ¡La venganza se concretará!" —
Exclamo en tono sombrío aquella copia de Mahad, antes de gritar cientos de frases en sus oídos. Obligándolo a gritar de dolor antes de que Mahad pudiera abrir los ojos nuevamente. Percibiendo entonces un techo tan blanco que lastimo sus ojos. Obligándolos a cerrarlos antes de notar como es que un peso extra se subía levemente a su pecho. Leves sollozos viniendo después.
Una voz que conocía volviéndose el mejor bálsamo que jamás pensado que volvería a ver. Provocando que un par de lágrimas se escaparan de sus ojos, sintiendo la felicidad colarse en su pecho. A la vez, tratando de olvidarse de lo que había visto. Abrazando el cuerpo casi encima de él, para asentir a sus palabras con vehemencia y alegría.
—¡Mahad, estaba preocupado por ti! ¡Los médicos fueron realmente malos, me dijeron que jamás despertarías! —Exclamo Atem, abrazando aún más fuertemente a su esposo, quien negó ante lo dicho.
—Eso jamás sucederá cariño... Yo siempre volveré a ti... —
—¿Lo prometes? —Cuestiono Atem, sin notar como es que los ojos de su esposo pasaban a ser brillantemente morados por un segundo, antes de volver a la normalidad. Recibiendo un beso como respuesta. Volviendo a sellar lo que milenios atrás había comenzado.
Aquello estaba a punto de culminar...
