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El morado, el verde y el azul se combinaron en el techo para crear pequeños círculos de luces que poco a poco se disipaban entre el humo que salía de las maquinitas en el escenario; la banda en vivo tocaba con pasión, levantando la voz a través del micrófono mientras alguien cantandose escuchaba de las grandes bocinas y la gente bailaba, las mesas llenas de bebidas exóticas, las paredes temblando por el resonar de las melodías atacando las orejas...
La razón del por qué a Rouge le gustaba mucho quedarse con Shadow, era porque el Club Rouge a veces la sacaba de quicio. Claro, adoraba el lugar como no había idea alguna, pues le había tomado tiempo, dinero y muchísimo esfuerzo llegar hasta donde estaba y hacer que el local fuese uno de los lugares más reconocidos de la zona para parrandear. Había un prestigio tan alto en su nombre que además de ganar bien, la fiesta nunca paraba una vez estando dentro y por suerte la murciélago tenía gente contratada para que trabajase en las instalaciones mientras ella seguía en su labor de cazatesoros, formando parte del squad principal en el H.Q. de G.U.N.
En sí, aunque el Club Rouge parecía ser otra dimensión con la cual la gente quedaba fascinada, a la murciélago le satisfacía más estar con Shadow porque el ambiente solía sentirse cómodo y tranquilo a comparación de su propio negocio que estallaba en luces, música, humo de cigarro y alcohol a montón.
Llegar con Shadow era descansar de todo y de todos.
Por otra parte, el lugar donde Shadow residía era un edificio viejo y arrinconado que funcionaba bien para resguardarse dentro de las calles de Central City; quedaba justo en la última sección de Night Babylon, pasando por la zona hotelera. El recinto, además de pasar desapercibido por los miles de demás locales que lo rodeaban con letreros neón, contaba con una pequeña oficina donde el portero y el guardia recibían a todo aquel que llegase, y a pesar de que al principio habían tenido problemas para poder identificarlos —por el asunto de que al ser agentes del gobierno debían mantener toda su información en secreto—, a ambos ya no se les hacía extraño toparse con Rouge o Shadow atravesando la recepción a altas horas de la madrugada como si fuese lo más normal del mundo porque llevaban tanto tiempo frecuentándolos que en algún punto se habían acostumbrado a la rara presencia de los agentes. Sin embargo, el erizo debía ser sincero consigo mismo: desde que se había mudado permanentemente a Central City, Shadow jamás le había prestado atención a los encargados del edificio. Por lo que averiguó aquel viernes por la noche, en el que recibió las misteriosas galletas de chocolate amargo, el portero —siendo la persona que recibía el correo de todos los residentes— le dijo que había visto a Knuckles dejar tal regalo un día antes de que el dúo perteneciente al Team Dark llegase de su misión.
Pero, de nuevo, Shadow no era estúpido.
Él sabía que aquel detalle no podía ser por parte de Knuckles por varias razones: por lo poco que conocía de él, la caligrafía en la tarjeta no era la misma que la del equidna, los colores seleccionados del empaque no eran los mismos gustos que los del guardián y, para rematar, Knuckles ni siquiera sabía hornear.
Por más que le diese vueltas al asunto, decidió no comentarle nada a Rouge y dejó pasarlo. Si lo pensaba mejor, no significaba mucho y sólo perdía tiempo tratando de analizarlo; había sido sólo una vez, no importaba mucho a final de cuentas.
Al día siguiente, o sea el sábado por la noche, la pareja lo había obligado a asistir con ellos al Club Rouge donde se verían con los demás amigos pertenecientes al gang . Por más obvio que fuese, Shadow no era mucho de salir en grupo a pesar de que lo invitaban o contemplaban siempre, pero aquella ocasión optó por hacer una excepción para distraerse un poco de lo que le carcomía la mente. Cuando menos lo pensó, se hallaba caminando por los pasillos que conducían al salón del club con la música retumbándole las orejas, se había sentado en la mesa que compartía con los demás —la cual Rouge guardaba como reservación especial para sí misma y sus acompañantes que conformaban la sección V.I.P.—, acercándose a un nervioso Silver y un animado Sonic que intentaban sacarle conversación mientras todos seguían en la pista de baile.
—¿Qué tomas? —escuchó a Silver elevar la voz, señalándole con la mirada el vasito de cristal que Shadow sujetaba en una de sus enguantadas manos.
—Agua —había contestado él, haciendo al de púas plateadas fruncir el ceño en confusión. Sonic, sentado justo en medio de ambos, mostraba un semblante sorprendido entretanto la botella de cerveza de Silver le rozaba la rodilla—. No puedo embriagarme —explicó tras la reacción de ambos.
—¿Por qué? —cuestionó de nuevo Silver, ojeando a Sonic— ¿Es parte de las reglas de la agencia?
—No, literalmente no puedo embriagarme —respondió ahora Shadow, obteniendo un asentimiento por parte de los dos en son de comprensión—. El alcohol no afecta mi sistema inmunológico, así que no puedo intoxicarme —y sorbió del vaso.
—Ah, como Sonic —dijo Silver, llamando la atención del héroe que sólo sonrió.
—¿Tú tampoco? —el estoico rostro de Shadow no cambió aun cuando Sonic le confirmó lo que Silver le comentaba, dejándolo un poco impresionado.
—En realidad sí puedo embriagarme, pero tardo mucho en hacerlo. Knuckles me ha explicado que es por mi energía caos: el alcohol se disuelve muy rápido en mi cuerpo y no me deja procesarlo bien —oyó después la voz de Sonic postrada en curiosidad, quien se erguía del sofá de terciopelo para quedar cara a cara con él—. Desventaja de manipular el caos, ¿huh? —le sonrió, burlón.
Shadow se lamió los labios y subió sus hombros sin quitar los fieros ojos carmines de los esmeraldas iris.
Tras unas breves pláticas con gritos que intentaban sobrepasar el volumen de las risas y la música, en algún punto de la noche Sonic se había levantado de su lugar, dejando al dúo de erizos desconcertados. Fue Silver quien se percató de lo que sucedía cuando observó al héroe azul llegar hasta la barra donde el barman preparaba las bebidas, posándose enseguida del que parecía ser un pájaro de plumas verdes.
—¿Y ese quién es? —tuvo que llamar la atención de Shadow, quien había sacado su celular para ver los mensajes que el Comandante mandaba; Silver comenzó a picarle el hombro, intentando que el erizo ébano lo escuchase— ¿Lo conoces?
—Creo que se llama Jet —dijo Shadow al ojear la escena, terminándose lo último que quedaba en el vaso—. No recuerdo bien y no me interesa tampoco, Silver.
—Es que es un poco extraño... —volvió a hablar el aludido sin perderse ningún detalle de lo que sus ojos presenciaban, al contrario de Shadow que seguía absorto en su bandeja de mensajes, tomando otra botella de cerveza para abrirla. Luego, señaló con la boquilla a ambos sujetos, sin siquiera tomarse la molestia de disimular su confusión— Está marcando territorio.
—¿A qué te refieres? —preguntó ahora Shadow, levantando la mirada y observando fijamente en dirección a la silueta de Sonic y Jet, recargados en la barra.
—Por favor, Shadow, sólo míralo —le asintió con la cabeza él, dejando la botella en la mesa para acercarse más a un concentrado Shadow que empezaba a entrecerrar los ojos para enfocarse—. Mira cómo lo agarra del brazo —terminó por murmurarle.
Los rostros del héroe azul y el pájaro babilonio se mantenían muy cerca uno del otro. Sonic se desvivía platicándole lo que sea que fuese a Jet, quien posó una de sus manos en el antebrazo del erizo entretanto los dos sujetaban sus respectivos caballitos de tequila.
Shadow se mordió la lengua, frunciendo el ceño.
Claro, Sonic dijo que no se embriaga al igual que él pero nunca dijo que no tomaba alcohol.
—No entiendes, ¿verdad? —inició Silver, haciendo al ébano negar con la cabeza. Él suspiró, y con la barbilla volvió a señalar al héroe que ahora caminaba hacia la salida del club en compañía de Jet—, le está coqueteando —finalizó, haciendo a Shadow abrir los ojos tanto como su rostro le permitió.
Luego, Silver fue testigo de como el vaso de cristal en la mano de Shadow se hizo pedazos.
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La combinación entre las estrellas y la lluvia, desde las paredes de cristal del edificio, se veía hermosa con cada paso que daba hasta llegar a la puerta del departamento. Shadow había atravesado la recepción del recinto a las dos de la mañana, en completa soledad, con la voz del portero llamándolo para que se acercase a la oficina donde le pidió firmar un documento y le entregó un paquete dirigido a su persona.
Una vez viendo de lo que se trataba, el recuerdo de que Knuckles le había regalado un bizcocho de Red Velvet a Rouge, que ésta había encontrado en la cocina mientras al mismo tiempo él encontraba las galletas en su sillón cuando llegaron del viaje, fue la suficiente sospecha que necesitó para darse cuenta de lo molesto que lo ponía pensar en la identidad del misterioso anónimo.
Esa noche, Shadow había recibido la segunda nota.
Por supuesto, tal cosa seguía sin convencerlo de que Knuckles fuese el culpable de todo aquello.
Shadow se hallaba parado en medio del pasillo con el paquete en las manos, con los guantes sucios de gotas de cerveza y sangre al haber roto el caso de agua por accidente luego de su última plática con Silver donde el tópico, por desgracia, había sido la aparentemente cita del inútil del héroe azul.
Los carmines ojos se quedaron mirando la tarjeta pegada al paquete de galletas que no se dignaba en abrir. La caligrafía y los colores del empaque eran los mismos de la anterior, siendo lo diferente el sabor del postre: estaban doradas, parecían crujientes pero cremosas.
Con sumo cuidado, uno de sus dedos acarició el duro papel de la tarjeta.
"De acuerdo... La verdad esto es nuevo para mí. Quería intentarlo por primera y última vez porque sonaba divertido y porque me lo sugirieron. Nunca he sido de escribir, así que perdón si tengo algunos errores. Hago estas notas sobre la marcha con lo primero que pienso. Me gusta mucho más leer. Quizá te sorprenda saber esto de mí, en especial porque siento que te burlarías o algo así. En fin, me dijeron por allí que tu última misión fue un fiasco. Creo que deberías tomar un descanso, ¿sabes? No seas tan rudo contigo mismo. Eres un profesional, pero igual ve con calma. Espero te guste lo que te dejé. Alguien que conozco me está haciendo el favor; hornea muy bien. No sé si pueda hacer esto seguido. "
Tan pronto como terminó de leerla, subió la mirada hacia un punto muerto de la alfombra en el piso. Su mente se quedó divagando: de nuevo, sin nombre, sin firma, sin dirección.
No quería pensarlo más.
Con rapidez y enojo, entró a su departamento, arrancó la tarjeta del empaque y optó por dejar la bolsita de galletas en el pequeño refactario posicionado en la mesa de noche de la sala, junto a la bolsita de la ocasión pasada que tampoco había abierto y cuya tarjeta también descansaba en el clóset de su habitación.
