Hice tocar la campanita de la cena y me retiré el delantal de la cintura, para colgarlo en la percha. Me acerqué a la radio para cambiar la estación a un suave jazz. La mesa ya estaba servida para ambos y el jambalaya estaba a fuego lento.
A pesar de ser la sirvienta, desde el primer día el señor Alastor había insistido en que compartiéramos la misma mesa. Una particularidad que jamás en toda mi anterior vida acomodada había visto que se permitiera. La servidumbre comía aparte y nunca de la misma comida de su amo. Pero el señor Alastor gustaba de una buena sobremesa, por lo que le parecía ridículo que estando sólo nosotros en casa no pudiésemos compartir una agradable charla mientras comíamos.
Gracias a esa costumbre, poco a poco pudimos conocernos más.
El señor Alastor era extravagante, por decir lo menos. Un hombre reservado en sus pensamientos, que tenía una sonrisa eterna adornando su cara. Nunca se sabía exactamente qué estaba sintiendo ni pensando.
Tenía una especial fascinación por la cacería. Algo de lo que tuve que acostumbrarme desde el día en que llegué a esta casa a trabajar. Su basta colección de trofeos de cabezas de venado y cornamentas en las paredes era un poco intimidante al principio. Pero fui aceptando su afición paulatinamente, hasta el punto de comenzar felicitarlo por los ejemplares que lograba cazar.
También me enteré de su trabajo de presentador de radio, lo cual me sorprendió gratamente. El primer día en que había llegado estaba tan aturdida por todo lo que me había ocurrido, que no había reparado en que su voz era del mismo Alastor que escuchaba diariamente en su sección "El demonio de la radio" (un nombre un poco controversial, sinceramente). Donde él narraba las noticias matutinas y presentaba los grandes éxitos de Jazz que acompañaban a la mayoría de los ciudadanos durante su jornada diaria.
Debo admitir que me sentí emocionada dentro de mi patética situación. Desde hace años que escuchaba al señor Alastor durante mis tiempos libres en la mansión Magne. Todo el tiempo me hacía reír con su particular sentido del humor. Era un hombre preparado, muy inteligente y no cabía duda de que su personalidad histriónica era ideal en su trabajo. Pero a pesar de ser siempre muy expresivo, sus verdaderos pensamientos seguían siendo un enigma.
Recuerdo que, durante mi primera semana de trabajo, noté que apenas tenía una fotografía en toda la casa. Estaba en un viejo marco en la repisa de la chimenea donde podía distinguir a una bella, pero melancólica mujer con un niño. Indudablemente eran el señor Alastor y su madre.
"Una magnífica mujer." me había dicho "Me enseñó todo lo que sé de la vida y la cocina. Dudo mucho que alguien como ella terminara en el infierno."
El afecto poco frecuente que transmite las pocas veces que hablaba sobre su madre, me hacían sentir indigna de que él me permitiera usar la antigua ropa de ella. Y lo mínimo que sentía podía hacer era cuidar las prendas lo máximo posible.
Esa misma semana, le pregunté si tenía familia propia. Un hombre de su edad regularmente ya tenía esposa e hijos. A lo que él se puso a reír con sorna.
"Oh, no, no, no. Niños jamás, querida." me había respondido.
"Oh." le había dicho "Entonces, ¿planea desposar a alguien pronto?"
Recibí otra risotada de su parte. Me acarició la cabeza como a una mascota.
"¡Qué graciosa eres, tesoro!" me dijo antes de marcharse del lugar, dando fin a la conversación.
Suspiré ante el recuerdo y miré escaleras arriba. Aún debía estar vistiéndose.
Volví a la cocina para apagar el fuego de la comida y destapé la olla. El magnífico olor del Jambalaya me golpeó la nariz y sonreí. Tenía la seguridad que me había quedado muy bien. Mis habilidades culinarias mejoraban constantemente y el señor Alastor era mi mejor crítico.
Él me había enseñado a cocinar y con muchísima paciencia. Manejaba los cuchillos para cortar carne como si lo hubiese hecho toda la vida y me mostraba las porciones correctas, la temperatura indicada y el tiempo de cada preparación. Era increíble cómo a un caballero como él le gustara cocinar.
"Entonces, doblas los dedos y apoyas los nudillos así, cariño." me había dicho mientras me enseñaba a cortar las zanahorias. "Si no tienes cuidado podría caer un trozo de dedo en la comida y sería una lástima que nos llamaran caníbales." y se rio de propio chiste.
Parecía realmente satisfecho por lo rápido que le tomé el ritmo a las cosas. Yo era como su pequeño experimento de adoctrinamiento. Y aunque se mostraba muy conforme con mi rápido progreso, también le parecieron tremendamente divertidos mis fallos durante el proceso de aprendizaje. Al parecer mis gestos de total frustración mientras fallaba una y otra lo divertían bastante.
Puse todo mi corazón en aprender. Quería sentirme merecedora por el voto de confianza que había tenido al aceptarme, a pesar de no saber si quiera doblar una prenda. Y yo me ponía de verdad contenta al sentir su aprobación por mi trabajo.
Él era diferente a los tipos de patrones que eran mi tío y sus amigos ricos. Más de una vez fui testigo de cómo ellos desquitaban sus frustraciones golpeando a sus sirvientes y esclavos, incluso cuando estos no tenían nada que ver con el asunto. Siempre me dijeron que eran lacras que no merecían más que nuestra propia escoria por el mero hecho de existir. Pero nunca compartí esa filosofía. Contrastaba demasiado con la de mi padre. Quien, si bien era exigente, no llegaba el punto en que era despiadado o injusto. Siempre daba a cada quien lo que merecía. Algo que mi padre y el señor Alastor parecían tener en común.
El señor Alastor era un hombre tolerante y adaptable. Lo supe al día siguiente de mi llagada. Cuando yo había tomado unas tijeras de la cocina y me corté el cabello lleno de sangre seca, hasta cortarlo torpemente a la altura de mis hombros. Quería cambiar de apariencia para no ser tan fácilmente reconocida al momento de salir. Entonces, en el momento en que él me vio, no perdió la sonrisa y sólo me felicitó por mi nuevo estilo.
Pero también era un hombre de reglas estrictas. Una de ellas era que no le gustaba ser tocado. No había problemas si él te tocaba al punto de sentir que tu espacio personal era invadido hasta ser incómodo, pero él no podía ser tocado si no lo deseaba. Las veces en que lo toqué sin querer, retiraba mi mano con elegancia y tomaba distancia de mí.
La segunda regla era otra prohibición: no podía ir a una pequeña área detrás de donde tenía su taller de taxidermia en el sótano. Era una puerta al fondo de la habitación a la que a veces entraba y pasaba largas horas. En aquellas ocasiones coincidía en que llegaba muy tarde del trabajo y, apenas saludándome, se iba a ese cuarto y no salía hasta el otro día. Era cuando al verlo en el desayuno, notaba su semblante agotado en sus ojeras, pero de humor estaba tan encantador y vivaz como si hubiese tenido un sueño reparador.
Y la tercera, pero más importante, era nunca insistir con una pregunta. Si tenía dudas triviales, él me respondía con paciencia hasta quedar satisfecha con la respuesta. Pero si no le apetecía aclararme una pregunta que me surgiera, lo mejor era no mencionarla nuevamente.
En conclusión, si seguía esas pequeñas reglas, la convivencia con él era grandiosa.
El señor Alastor también parecía disfrutar de mi compañía y tuve más de oportunidad de contarle sobre mí durante nuestras charlas a la hora de la cena. Se sentía especialmente interesado en mi pasado y en qué tipo de vida había tenido hasta antes de nuestro encuentro. Le conté que, anteriormente, mi vida básicamente consistía en mis clases en casa, mis lecciones de canto y piano, las fiestas de té y algunos viajes a Europa. También le había contado sobre los espectáculos que frecuentaba cuando iba de paseo a Broadway y lo mucho que deseaba ser una cantante en los grandes escenarios. Parecía encantado de que yo fuera una persona letrada y más de una vez conversamos más de lo esperado sobre libros y música.
"¡Mira nada más la hora!" había dicho una vez "¡No puedo creer que ya sea media noche! ¡El tiempo vuela cuando te diviertes!"
Así vivíamos diariamente. Casi como si fuésemos amigos, y no jefe y empleada.
El sonido de pasos en las escaleras me despertó de mis pensamientos. Me asomé y lo vi ya vestido, sonriente y con el cabello húmedo.
El señor Alastor se sentó elegantemente en la silla de la cabecera, mientras tarareaba.
"¡Fresco como lechuga!" exclamó al mirarme. "Te agradezco las ramitas de lavanda. Son milagrosas para mis pobres hombros."
Sonreí mientras le servía un abundante plato de Jambalaya. Él se puso una servilleta al cuello y esperó a que yo me sentara a su lado con mi plato.
"¡Bon appetit!" dijo de buen ánimo y le comió una gran cucharada de estofado. "¡Espléndido! Mis felicitaciones, querida." dijo inclinándose hacia mí.
Mi corazón dio un vuelco y sentí cómo el calor llegaba a mis mejillas.
"¿De verdad? ¡Me alegro que le guste!" le dije sonriendo de gusto. "Ya mañana volvemos a madrugar, así que está prohibido terminar un domingo sin una buena comida."
Él se rio entre dientes.
"Te concedo el punto, cariño." dijo y siguió comiendo.
Le di una probada a mi plato. De verdad me había quedado bueno. La estación de radio cambió el jazz por una noticia de último minuto.
"Interrumpimos la transmisión para informar que la policía ha encontrado a dos hombres muertos en la zona norte de la ciudad. Richard Liemond de 45 años y Theodore Johnson de 52 años. Ambos buscados por haber matado a golpes a un joven de 17 años y abusar de su prometida el pasado 22 de mayo. Las autoridades indican que al menos deben tener una semana de haber sido asesinados, dado el estado de descomposición en la que se encontraban los cuerpos. Todo indica que se trata de otro trabajo del asesino en serie 'El justiciero'. Según reportes, los cadáveres fueron encontrados sin ojos, sin corazón, sin uñas y las bocas cocidas de ambas víctimas. Estos crímenes tienen el sello personalizado de 'El justiciero', así que no hay duda de su autoría. Seguiremos actualizando la información. Por favor continúen con lo mejor de Louis Armstrong."
Las trompetas de Amstrong comenzaron a tocar en una alegre melodía.
"Espero tener más detalles de ese caso mañana en mi sección de noticias." dijo el señor Alastor con soltura. "Suena realmente intrigante."
Suspiré y miré mi plato.
"Es bastante aterrador saber que hay un asesino suelto, la verdad." dije. "Mantengo la puerta de entrada con doble chapa casi todo el día desde que se sabe que son asesinatos en serie."
"Oh, no debes preocuparte, querida." dijo moviendo la mano, desestimando mi comentario. "El justiciero sólo ataca a criminales. No por nada se ha ganado ese apodo popular."
"Lo sé, pero por favor prométame que usted tendrá cuidado en las calles, señor Alastor." le dije preocupada. "Los ataques no parecen tener ni horario ni lugar. Sólo parece que apenas se da la oportunidad, el asesino ataca. No vaya a ser cosa que usted se lo cruce cuando él tenga ganas de hacer uno de sus homicidios fuera de su 'código de ética', por favor."
Resopló divertido.
"Te prometo que tendré cuidado." dijo sonriendo y poniendo su mano en mi hombro de forma conciliadora. Y yo le sonreí de vuelta.
"Por cierto, quería comentarte algo." me dijo cortando un trozo de pan "Mimzy me dijo que tenía intenciones de cambiar el piano de su local."
"Oh, me alegra saber que a la señorita Mimzy le está yendo bien a pesar de la crisis." respondí con sinceridad.
"No deberías preocuparte por eso, tesoro. La gente es capaz de pagar por entretención y sexo cuando está aburrida de su monótona vida, aun cuando no tiene dónde caer muerta. Así que su local no va a decaer pronto." dijo simplemente.
Me sonrojé. El local de la señorita Mimzy era un salón de espectáculos musicales. Cantos en vivo, bailes coreográficos, buena comida, alcohol y risas por montón. Era un negocio encantador al que había ido en algunas ocasiones acompañando al señor Alastor a revisar las ganancias del mes. Él era inversionista en el negocio de Mimzy y le gustaba encargarse personalmente en que todo estuviera correctamente administrado.
Durante el día todo era muy mágico. Y en varias ocasiones nos quedamos a ver parte del show luego de terminados los papeleos con la señorita Mimzy.
Pero durante las noches todo cambiaba. Después de acabados los números artísticos, la mayoría de las bailarinas ejercían la prostitución. Se acostaban con los clientes que iban a disfrutar del show. Pero según había escuchado del mismo señor Alastor, las bailarinas solían dormir a los interesados con pastillas en el alcohol que bebían para robarles el dinero. Luego armaban un escenario donde el tipo despertaba seguro de lo había pasado en grande con la chica, sólo no recordaba nada debido a la bebida. Generalmente las chicas desordenaban la ropa del cliente y dejaban su ropa interior en el bolsillo de su chaqueta junto una nota con un beso con lápiz labial en él, diciendo que añoraban otra noche como esa.
"Así que, volviendo al punto, le pregunté a Mimzy si podía ir a probar el piano que pensaba tirar, para ver si podíamos quedárnoslo."
"¡¿UN PIANO?! ¡¿DE VERDAD?!" Grité demasiada emoción, poniéndome en pie de un salto.
La vergüenza me invadió de inmediato y me senté sonriendo nerviosamente.
"Perdone por mi entusiasmo, por favor." dije en voz baja.
"Me gusta tu entusiasmo." dijo tranquilamente, poniendo su mano en mi barbilla y elevando mi cara para que lo mirara.
Apreté los labios y dirigí mi atención a mi plato nuevamente. Eran gestos sutiles, pero poderosos que podían remecerme por dentro.
"Mañana iremos a verlo." continuó como si nada hubiese pasado "Sé cuánto añoras tocar el piano nuevamente, así que preferiría que fueras conmigo a revisarlo."
Asentí con energía.
"¡Lo acompañaré encantada!" dije sonriendo.
Seguimos comiendo a gusto nuevamente. Pero no pude evitar mencionar algo que me cruzaba por la cabeza.
"Será una tarea difícil llegar a esta parte del bosque con el piano." le mencioné.
La casa del señor Alastor se encontraba casi oculta en el bosque. Tardabas cerca de media hora caminando antes de llegar a la parte más poblada de la ciudad para comprar los víveres. Una caminata agradable durante la mayoría de los meses, excepto en invierno, donde la lluvia hacía propenso el camino a las caídas.
"Es el trabajo de los transportistas, además es un precio justo considerando que es un regalo para ti." dijo simplemente.
El impacto de esas palabras fue devastador. ¿Había conseguido el piano pensando en mí?
"¡Pero...! ¡Yo no puedo aceptarlo!" dije tartamudeando.
Él se rio entre dientes.
"Querida mía, te mereces que te consienta de vez en cuando."
No sabía si reír o llorar. Quería abrazarlo, pero a él no le agradaría. Así que sólo pude saltitos de emoción en mi asiento y masajear mis mejillas sonrientes. Chillaba de emoción.
"¡No puedo creerlo! ¡Podré volver a tocar! ¡Es como un sueño! ¡Muchas gracias, señor!"
"Me alegra que te agrade." dijo con una sonrisa de satisfacción, dando otro sorbo a su plato "Espero puedas deleitarme con algunas de las piezas que conozcas. Vas a cumplir dos años desde que llegaste a esta casa y me pareció justo celebrarlo."
Dos años ya. Me conmovió profundamente que lo recordara.
"¡Oh! ¿Quiere que prepare el venado de hoy para cenar mañana? ¡Usaré la nueva receta y le prometo que quedará fabuloso!" dije con entusiasmo.
"No hace falta, cariño, más bien estaría encantado de que me acompañaras a comer a un restaurant en la ciudad." dijo entrelazando sus manos mientras me miraba.
Eso fue demasiado. Creo que intenté tartamudear afirmaciones, mezcladas con agradecimientos, con rechazos amables al mismo tiempo. Era una amalgama de balbuceos sin sentido.
"¿Eso es un sí o un no?" dijo divertido.
Terminé mordiéndome el labio y asintiendo fervientemente.
"¡Excelente! Mañana te vendré a buscar a las cinco en punto."
Mi corazón estaba hinchado de emoción y el resto de la cena transcurrió con risas y una amena charla sobre una nueva obra de teatro que se estaba por estrenar.
"Bueno, ha sido una maravillosa cena como siempre, cariño." dijo poniéndose de pie con elegancia. "Pero ya es hora de ir a dormir."
"Muchas gracias, Señor." le dije feliz "Tenga dulces sueños."
"Te deseo dulces sueños a ti también. ¡Hasta las 5:30!" Y se marchó a su habitación.
Suspiré. A veces me preguntaba si la esperanza que albergaba en mi corazón era demasiado ilusa.
Lavé los platos sucios y me preparé para dormir.
Una vez entré a mi cama saqué de debajo de la almohada mi más reciente secreto: la chaqueta manchada de sangre del señor Alastor que, se suponía, debía tirar. Pero tener algo con su esencia era tan difícil de conseguir, que aproveché de ocultarla en mi habitación cuando se fue a bañar.
Abracé la chaqueta e inhalé hondo hundiendo la nariz en el forro interno. Imaginarme durmiendo a su lado era muy recurrente últimamente, y tener su aroma intoxicándome en la oscuridad me generaba una satisfacción pecaminosa tan potente que no debía ser propio de una dama.
Sentía que debería estar avergonzada de emocionarme con algo así como una adolescente, cuando ya había cumplido mis veintitrés años. Pero no me importaba. Nadie más que yo sabría esto.
Me acomodé para dormir aferrada a la chaqueta. Y mientras sentía que descendía al reino de los sueños, me pareció ver una enorme sombra que me miraba con ojos brillantes desde la pared opuesta a la cama. Me levanté de un salto para observar mejor, pero la sombra ya no estaba. Volví a acomodarme. Seguramente había sido mi imaginación.
Finalmente, me quedé dormida con una sonrisa y el perfume de mi adorado señor Alastor haciéndome cosquillas en la nariz.
