Caminamos por la plaza del Congo en un incómodo silencio. El señor Alastor avanzaba junto a mí con soltura, mientras yo seguía mirando el camino, sin prestar mucha atención a dónde me dirigían mis pasos.

Tenía mi cabeza aturdida. Después de habernos encontrado con el señor Pentious, todo lo que había mencionado después de que mi tío estaba en la ciudad, fueron sólo voces ahogadas. Ni siquiera recuerdo en qué momento el señor Alastor pagó la cuenta o cómo es que nos levantamos y llegamos a la calle.

"¡Fue una gran cena!" dijo el señor Alastor con naturalidad "Y qué bueno que Pentious te dejara llevarte unos beignes por cuenta de la casa."

La bolsita de papel en mi mano con beignes estaba aplastada por la fuerza con la que lo estaba agarrando. La llevaba sin ser realmente consciente que la tenía.

"Es una suerte que el presidente Rossevelt haya abolido la ley seca hace tan poco." agregó "De haber compartido una cena de carne blanca sólo con agua, no hubiera sido tan buen acompañamiento, ¿verdad, cariño?"

Sabía qué era lo que intentaba hacer. Pero yo no quería hablar. Tampoco podía llorar. Sentía que mi cerebro estaba entumecido. Sólo quería esconderme y no ver a nadie hasta asegurarme de que Miguel Magne no estuviera pisando el mismo suelo que yo.

Había sido una jugarreta amarga del destino el enterarme de que mi tío había llegado hace unos días, justamente cuando celebraba dos años de estar viviendo con el señor Alastor. Dos años desde que me había entregado a unos hombres que me habían marcado con sus golpes y que planeaban matarme, sólo para que él escapara. Eran dos años desde que había cambiado de vida radicalmente.

Suspiré con amargura y me abracé a mí misma. Mi estómago se revolvía de nervios. Habían sido demasiadas cosas durante un solo día.

"¿Tienes frío?" me dijo el señor Alastor de reojo.

"Hace más frío ahora que en la tarde." dije en voz baja.

"Esta mañana estabas helada, tesoro." me dijo.

"Se me pasó cuando salí de casa." dije elevando los hombros "Mantuve el hornito encendido casi todo el día. Tal vez hay alguna filtración de aire en las paredes. Mañana la buscaré."

Otro silencio incómodo. El sonido del jazz de unos músicos ambulantes llegó hasta nosotros y tomaba fuerza a medida que avanzábamos.

"¿Señor Alastor, podemos irnos a casa?" dije con ojos suplicantes

"¿Ya quieres volver?" me preguntó y luego consultó a su reloj "Esperaba hacer algo más antes de eso."

"La verdad, siento que perdí las ganas de pensar y sentir por hoy." dije acongojada y volví a suspirar.

"Cariño, es ridículo ponerte así por tu tío." dijo moviendo una mano, como espantando una mosca "No creo que le interese ir a visitarte, así que no tendrías razón topártelo."

Eso era cierto. No pareció tener remordimiento al momento de dejarme atrás, la última vez que nos vimos. Pero, aun así, no podía dejar de estar inquieta.

"¿Sospechas de su visita?" dijo él.

"Él no tiene más temas que tratar aquí." sentencié "Aquí sólo hay gente que quiere verlo muerto por todo lo que hizo."

Me masajeé las sienes.

"Tiene que haber algo que valga bastante la pena como para correr ese riesgo de venir." dije.

"Probablemente sea por dinero." dijo él, con simpleza "No hay razón más burda por la que un pecador se arriesgaría tanto."

"Pero eso no tiene sentido. No hay un solo centavo a su nombre aquí." dije contrariada "Todo lo que abarcaba a la herencia de la familia Magne, me correspondía a mí según el testamento de papá. Y de esa fortuna no quedó nada. Vender la finca de algodón es algo de lo que él se encargó y sacó provecho con lo que pudo rescatar. No puede ser sólo por dinero."

"Uhm..." musitó poniendo su mano en su barbilla y cerrando los ojos.

"Como sea, lamento haber arruinado la cena, señor." dije apesadumbrada.

"¿De qué hablas, cariño?" dijo con una sonrisa de malicia "El tomar la fotografía hizo que Pentious se fuera de lengua larga. Se suponía que la visita de tu tío era de incógnito. Es una información bastante valiosa."

"Ojalá no la supiera. Al menos así estaría más tranquila."

"No debes preocuparte." dijo con altivez "Él cree que estás muerta en una zanja del pantano hace años. Que estés viva es lo último que desearía si tiene algo que ver con tu herencia."

En eso tenía razón. Si el tío Miguel quisiera hacer algo en relación a las finanzas de mi padre, lo que menos le convenía es que yo estuviera viva. Volví a suspirar con frustración, poniéndome una mano en la cara. Miré de reojo al señor Alastor. Él me miraba con una ceja alzada y su imperturbable sonrisa.

"Gracias por escucharme, señor Alastor." dije con una media sonrisa "Es difícil hablar de ciertos temas a veces. Pero supongo que hay que desbloquear el corazón y sacar todo eso que, a veces, guardamos para que no se termine pudriendo... y apestando."

"Sin la práctica adecuada el exceso de pensamientos puede ser, verdaderamente, incómodo." dijo con simpleza.

Llegamos junto a los músicos. Todos eran de raza negra y tocaban de manera espléndida. Algunas personas se habían detenido a escucharlos en medio de su paseo nocturno. Creí que continuaríamos de largo, pero el señor Alastor puso una mano en mi hombro y me miró.

"Espera aquí, cariño." dijo.

El señor Alastor se acercó al grupo de músicos, sacó unos billetes de su chaqueta y los puso en la gorra de las propinas en el piso.

"¿Podrían tocar algo especial para la dama, señores?" dijo a los músicos, sorprendidos por la generosa propina. "A mi señal."

Hubo una afirmación general entre los hombres y luego ellos me miraron con simpatía.

"Ven aquí, querida." me dijo con seguridad "Creo que tengo justo lo que necesitas."

"¿Qué...?" intenté decir sin entender nada.

"Quizás cantar te distraiga un poco." dijo "¡Toquen, chicos!" ordenó el señor Alastor a la banda, animadamente.

De inmediato comenzaron a tocar una agradable melodía. Me puse rígida y sentí que los colores se me subían a la cara. Miré con pánico al señor Alastor que chasqueaba los dedos al compás de la música.

"Ahm... Señor Alastor, no estoy segura de esto..." dije nerviosa. Miraba a la gente alrededor, quienes comenzaron a observarnos con interés.

"Será una gran oportunidad de ensayar el desplante escénico y, de paso, entrar en calor." dijo acercándose a mí con las manos en la espalda.

Me agarré las mejillas con horror, soltando la bolsa que tenía en la mano y los beignes se precipitaron contra el piso.

"Pero..." intenté rebatir.

"Vamos, querida, yo te ayudo a empezar." dijo guiñándome un ojo con complicidad.

Lo miré con curiosidad y se aclaró la garganta.

"You make me smile, you make me dream." cantó poniendo sus dedos en las mejillas ensanchando su sonrisa "I feel you running under... under my skin" hizo caminar sus dedos sobre su brazo estirado. "I spend the nights talking to you." caminó a mi alrededor sin dejar de mirarme "Unveiling those feelings that's so untrue."

Dio un giro sobre sus talones y extendió una mano hacia mí cediéndome la palabra.

"¡Tú sigues, querida!" dijo.

Me reí y suspiré con resignación. Supuse que no tenía opción.

"An angel at night, a demon by day" canté con timidez.

Él se rio entre dientes.

"I can't stop praying... so hard to say" sonreí con nerviosismo "Searching for protection in your embrace." caminé rítmicamente frente a él "Into the glass I find your familiar face."

"¡Eso!" me animó.

"And when you unlock my heart, Is like a journey to a star." canté más animada y comencé a mover las caderas mientras bailaba en mi lugar "A world of colors in my mind, An island of treasures every night I find."

"¿Entonces? ¿Ya entras en calor?" me dijo sonriente.

Me reí.

"Sí." respondí.

"Esto aún no acaba, cariño." dijo tocando la punta de mi nariz juguetonamente "Demuestra tu talento al mundo."

Sonreí y tomé aire para continuar.

"You tell me lies I want to believe. Awaiting my empty nights with magic to fill." canté con más desplante "I need to feel your warmin' touch." tomó mi mano y se unió a mí para cantar juntos la última estrofa "Cause daily routine wasn't made for us!" cantamos zapateando unos pasos de tap.

"And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." cantamos mientras girábamos tomados de las manos "And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." cantamos felices, mirándonos y juntando los hombros.

Me ayudó a subir a uno de los largos asientos de concreto del parque y comenzamos a bailar sobre él. Nos movíamos al compás de la música. Yo me sentía extasiada. Me dejó caer en su brazo y volví a ponerme de pie entre risas. No existía nadie más en el mundo más que nosotros y la música. Cuando el ritmo se repitió volví a cantar, esta vez yo sola.

"And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." canté ya sin miedo "And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." puse mi mano en mi pecho y cerré los ojos entregándome a la música.

De pronto escuché que la música había parado y sólo me acompañaban palmas y un coro de voces masculinas de los músicos, siendo el clarinete el único que seguía tocando.

"And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." El señor Alastor bajó del asiento y me dejó sola en mi improvisado escenario "And when you unlock my heart. Is like a journey to a star. A world of colors in my mind. An island of treasures every night I find." terminé la canción extendiendo los brazos, con mis ojos cerrados.

Hubo un estallido de aplausos tanto de los músicos como de los transeúntes curiosos que se quedaron a ver el espontáneo show. Me sorprendió la magnitud de la ovación. Miré al señor Alastor con una sonrisa animada, me ofreció su mano y me ayudó a bajar del asiento.

Di una reverencia al público y vi cómo le daban generosas propinas al grupo de músicos.

"Te dije que tenías talento." me dijo el señor Alastor confidentemente. "Acabas de recibir una ovación, querida."

Sonreí apenada y me dirigí a los músicos.

"Muchas gracias por todo." les dije.

"¡Pasen por aquí más seguido!" dijo el trompetista y los demás me despidieron alegremente de la mano.

Me reí. Me sentía mucho más tranquila y con una sensación liberadora en el pecho. De pronto, algo cálido me cubrió la espalda. El señor Alastor había puesto su nuevo saco en mis hombros, y me sentí envuelta en su calor y aroma. Me giré y lo miré con sorpresa.

"Sólo por si la música no fue suficiente para entrar en calor." dijo elevando los hombros.

"Gracias." dije apenada, sintiendo que me sonrojaba "Y gracias por intentar hacerme sentir mejor, señor Alastor."

"Oh, querida, sólo soy un ser egoísta." dijo con una mano en su pecho y una sonrisa dentada.

Lo vi caminar delante de mí, mientras tarareaba despreocupadamente. Nunca sabía cuándo me mentía o cuando estaba diciéndome la verdad. Pero, de alguna manera, sabía que a él le importaba verme bien y eso alegraba mi golpeado corazón.

"Supongo que esto da fin a la noche." dijo, girándose, con una expresión de satisfacción "Lo único que quedó pendiente fue el traslado del piano de Mimzy. Pero ya habrá tiempo de arreglar eso." acotó con desinterés.

"Casi olvido que mañana debemos madrugar." dije, sintiendo el cansancio comenzando a abrirse paso en mi cuerpo "Estoy segura de que los golpes de la pelea van a dolerme ma..."

Pero quedé a media frase. El señor Alastor había desaparecido de mi rango de visión en un parpadeo.

"¿Señor Alastor?" dije girándome, buscándolo en los alrededores.

De pronto un perrito marrón pasó trotando frente a mí. Tenía un beigne en el hocico y sospechaba que era de los que había dejado caer minutos antes. El animal olfateó y orinó en un poste de luz y siguió su camino. Fue entonces que escuché un suspiró detrás de un árbol cercano. Era el señor Alastor, quien se asomaba con una expresión de pánico en los ojos y una sonrisa tensa. Sus ojos seguían al pequeño perro que se perdía de vista a la distancia. Sólo hasta que se cercioró de que se había ido, salió de su escondite. Se arregló el corbatín y se volvió a parar frente a mí, como si nada hubiera ocurrido.

"Ahm..." musité. "¿Señor?"

"¿Sí, querida?" dijo completamente natural.

"¿Usted le teme a los perros?" dije casi sin pensar.

"Oh, aborrezco a esos terribles engendros del averno." dijo entrecerrando los ojos. "Y ellos me odian a mí."

Parpadeé asombrada. Era la primera vez que lo veía actuar tan nervioso y totalmente desestabilizado en su inquebrantable compostura.

"Te agradecería que no le dijeras a nadie sobre lo que viste, tesoro. ¡Tendría que cortarte la lengua!" y se puso a reír muy fuerte.

"No se lo diré a nadie." aseguré, asintiendo.

Nos miramos unos momentos, hasta que no pude evitar comenzar a reírme. Tuve que cubrirme la boca con una mano.

"Lo siento, lo siento." murmuré de forma ahogada, mientras me intentaba aguantar la risa.

Lo vi rodar los ojos y luego suspirar con fastidio.

"Te vas a quedar sin lengua." repuso, sintiendo una extraña presión provocada por su molestia.

Carraspeé, inhalé hondo y pude ahogar la risa, por fin.

"Lo siento." dije sonriendo nerviosamente "Le prometo que nunca diré nada al respecto. Lo prometo."

Me miró unos instantes en silencio, juzgando la veracidad de mis palabras. Finalmente, me ofreció su brazo una vez más y nos encaminamos al tranvía.

Fue un trayecto silencioso, sentados juntos en el transporte, mientras nuestros hombros se tocaban. El señor Alastor miraba por la ventana, mientras yo me aferraba al maravilloso aroma que desprendía su chaqueta y que estaba envolviendo mi cuerpo. Exhalé con satisfacción. Dentro de todo lo que había ocurrido ese día, me sentía feliz en ese pequeño instante.

Después de bajarnos del tranvía y una larga caminata a través del empedrado le siguió. La luna llena nos iluminó el camino desolado. Finalmente llegamos a casa.

Como si fuese innato, me puse en mi labor de sirvienta al instante de entrar. Me quité la chaqueta del señor Alastor y me la doblé en el brazo. Miré la hora en el reloj de la sala. Eran casi las diez de la noche. Una hora al límite de lo aceptable, considerando lo madrugadores que éramos.

"¿Señor Alastor, desea beber algo antes de irse a dormir?" dije girándome hacia él.

Él se rio por lo bajo.

"Así está bien, querida." dijo "¿Puedo?"

Le ofrecí la chaqueta y la tomó entre sus manos. Rebuscó dentro del forro interno y sacó la fotografía de mi familia. La miró un momento antes de pasármela.

"Deberías poner esto en algún sitio especial, Charlotte." dijo.

Miré la fotografía con detenimiento y anhelo. Era un precioso recuerdo que no había esperado recuperar, a pesar de la gran congoja que le había generado al señor Pentius perderla. Acaricié el marco de la foto y me giré hasta la repisa de chimenea, donde descansaba la otra fotografía de la casa: la del señor Alastor en su niñez junto a su madre. Con cuidado, la puse una junto a la otra y sonreí.

"Si le parece bien, quisiera dejarla aquí, señor." dije girándome a él.

"Me parece perfecto." dijo acercándose a mí.

Ambos contemplamos las fotografías en un extraño ambiente relajado. Una punzada de culpabilidad me asaltó al corazón cuando recordé algo.

"No he ido a visitar la tumba de mis padres en mucho tiempo." dije de pronto "No sé en qué estado estará su sepultura. Debería ir a limpiarla y llevarles algunas flores."

Suspiré y me abracé a mí misma.

"Realmente no he ido a visitar sus tumbas nunca." musité, mortificada "Desde que fallecieron, no he tenido valor de ir al mausoleo de los Magne. Me siento una hija terrible."

"Si quieres, puedo acompañarte." dijo él amablemente "No te recomiendo ir sola al cementerio. Los saqueadores de tumbas no dudarían en tratar de robarte."

"Muchas gracias." dije de corazón "Señor Alastor, si lo desea, usted podría aprovechar de visitar la tumba de su madre también."

Me miró en silencio, mientras parecía meditar su respuesta.

"La verdad no sé dónde está enterrada." dijo elevando los hombros "Murió de gripe española y fue enterrada con muchos otros para evitar propagar la, ya declarada, pandemia."

"¿Ella falleció de gripe española?" dije horrorizada.

"Oh, fue espantoso." dijo sin dejar de sonreír y tomando la fotografía de su madre en sus manos "Murió en cosa de tres días. Tuvo 40° de fiebre, diarreas y vómitos violentos durante dos días, hasta que murió durante el sueño ahogada en su propia sangre en un hospital comunitario. No me avisaron hasta que ya se habían llevado su cadáver con todos los que murieron ese día. Así que su cuerpo descansa con muchos otros en una de las tantas fosas comunes del cementerio."

No quería interrumpirlo. Su forma de hablar era un poco más suave que de costumbre. Pareció darse cuenta de que yo lo miraba y cambió el tono de inmediato.

"¡Bueno! ¡Todos nos morimos al final! ¡Eso es lo único seguro en esta vida!" dijo animadamente, mientras acomodaba la fotografía, otra vez, en su lugar.

Estaba completamente segura de que le había dolido la muerte de su madre y saber que en sólo tres días la perdió y sin poder despedirse, era algo que le seguía latente en él. Quería decirle que entendía su dolor, pero no quería presionarle a hablar. Volví a mirar mi fotografía.

"Podemos darle flores también a su madre. Aún sin saber en qué parte están sus restos." dije sin mirarlo "Puedo poner un ramo de flores aquí mismo, en casa. En honor a nuestros padres. Estoy segura de que eso les gustaría. Pero sólo si lo desea, señor."

Yo seguía sin mirarlo. Hubo un silencio inusual entre ambos y, por un instante, sentí que no sabíamos qué decir. Comencé a temer que lo hubiese ofendido. No fue hasta que sentí su mano gentil acariciar mi cabello, que pude relajarme. Me giré hacia él por inercia, pero el señor Alastor ya estaba caminando en dirección a su habitación.

"¡Fue una agradable velada, querida!" dijo de espaldas a mí y con las manos en la espalda. No pude ver su expresión. "Puedes poner las flores que desees. Los narcisos eran sus favoritos."

Por alguna razón, me emocioné por eso.

"¡Lo haré mañana mismo!" dije con ánimo "¡Tomaré algunos de los alrededores! ¡Seguro que a ella le encantarán!"

Él se detuvo y se giró un poco para mirarme.

"Por cierto, estoy seguro de que a ella le hubiese encantado haberte conocido." sonrió más ampliamente y luego siguió su camino a las escaleras "Buenas noches."

Me quedé de pie a mitad de la sala. Me sentí abrumada por un instante. Ese día, el señor Alastor me había hablado de temas delicados para él y sentía que debía ser merecedora de esa confianza. Estaba agotada y feliz. Y tenía una nueva misión para hacerlo feliz a él también: poner diariamente flores para su madre.
Suspiré profundamente y volví a mirar la fotografía de mis padres. Presioné mis dedos en mis labios y luego los puse en la superficie fría del cristal.

"Buenas noches, papá y mamá." dije sonriendo con nostalgia.

Me dirigí a mi habitación y me preparé para dormir. Me quité la ropa y me puse el camisón para dormir casi sin pensar. Al acurrucarme en mi cama, junto a la chaqueta manchada de sangre del señor Alastor, sucumbí de inmediato a un sueño tranquilo.

Charlotte. Ven Charlotte. Necesito que vengas ahora.

Estaba siguiendo esa voz. Era irresistible y poderosa. No estaba segura de quién era. Pero tenía que ir. Era una orden estricta.

Charlotte. Charlotte. Tienes que llegar a mí.

Sentí que golpeé algo cálido con la cabeza. Con el inconfundible aroma del señor Alastor en mi nariz. Hacía frío. Demasiado frío. Temblaba sin control. Elevé la cabeza en medio de la oscuridad y apenas pude distinguir al señor Alastor sonriéndome. Me sostenía en un fuerte abrazo.

Estaba aturdida. No sabía si era realidad o un sueño. Su respiración y su aroma eran demasiado vívidos para un sueño, pero había algo extraño. Estábamos de pie en el vestíbulo, en medio de la oscuridad de la madrugada y la puerta principal estaba abierta.

"Se... Se..." traté de decir, pero mis dientes castañeteaban.

"Charlotte, querida, esto está empeorando." escuché que susurraba.

Sin previo aviso, él me cargó en sus brazos y me llevó de vuelta hasta mi habitación. Me acomodó en mi cama y me cubrió con las mantas. Yo temblaba, totalmente cubierta hasta la nariz con las frazadas. Escuché al señor Alastor salir de la habitación y volver nuevamente. Sentí un peso más sobre mí. Él me había puesto mantas extra.

No sé cuánto tiempo pasó. Pero poco a poco sentí que mis violentos temblores cesaban ante el calor de mi cama. El señor Alastor sólo me miraba de pie. Me sentí segura al saberlo tan pendiente de mí.

Sin enterarme de mucho más, me volví a sumir en el abismo de los sueños. No volví a escuchar esa voz que me llamaba durante el resto de la noche.

La canción que cantan se llama Liquid Paradise The Speakeasies' swing band!