Nos miramos unos momentos sin decir nada. Parecía que él no acababa de procesar lo que le había ordenado, y siendo franca, yo tampoco podía creer lo que había dictado. Estaba lista para que él se pusiera de pie, ofendido, y se negara rotundamente. Pero sólo se quedó sentado y ladeó la cabeza. Con una extraña expresión, mezcla de incredulidad e interés. Lo único que rompía con el tenso silencio era el crepitar de las llamas de la chimenea y el suave jazz que se seguía transmitiendo por la radio.

Al no tener respuesta, tuve que repetir la orden.

"Le pido que se quite la camisa. Es para revisar sus heridas." puntualicé seriamente, elevando el botiquín "Sólo por eso."

Abrió un poco más los ojos, con la expresión tensa.

"Lo sé. ¿Por qué otra razón me pedirías algo como eso, querida?" dijo, elevando una ceja divertido.

Se estaba burlando de mí. Apreté los labios y un nudo se me formó en el estómago. Pero estaba con la firme convicción de que él debía aceptar mi ayuda.

"Voy a revisar sus heridas." dije, sin inmutarme.

"Puedo sanarlas yo mismo." dijo poniéndose de pie.

Inhalé hondo. No estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer y me paré frente a él, para evitarle el paso.

"Señor, por favor, coopere esta vez." Insistí.

Me miró con atención.

"Sé que no le gusta que ser tocado, pero mi deber aplica, también, a cuidar de su bienestar físico." dije con firmeza "Sus heridas están en sus hombros. Si necesita puntadas, no podrá llegar solo. Así que, por favor, quítese la camisa."

Me miró con malicia y se inclinó hasta mi cara.

"¿Oh? ¿Y qué pasa si no lo hago?" me dijo, mostrando una sonrisa dentada.

Fruncí el ceño.

"Le echaré azúcar a su café cuando menos lo espere." dije, intentado parecer amenazante.

Él se rio de buena gana. De inmediato el aire dejó de ser denso y sentí que podía respirar con más calma. Dio unos pasos atrás y se sentó nuevamente en el sofá.

"Bastante justo." dijo elevando las manos, en señal de rendición "No quisiera encontrarme con una emboscada dulce en mi café."

Suspiré de alivio y me ubiqué junto a él en el sofá.

"Bien." dije sonriendo.

Lo vi desabrochar los botones de su camisa con dedos ágiles. Comencé a ver la piel descubierta de la base de su cuello. No pude evitar desviar la mirada. Me sentí tremendamente nerviosa. Nunca antes lo había visto sin camisa.

"Ya vengo." dije, poniéndome de pie.

Me dirigí rápidamente a la cocina a llenar un cuenco con agua y a sacar un trozo de tela limpia desde la alacena. Fui a la lavandería a buscar una de las camisas limpias y planchadas que ya tenía preparadas. De paso, tomé varias respiraciones profundas para calmarme.

Tuve que reprenderme mentalmente, y recordarme el por qué él estaba por exhibirse sin su camisa frente a mí. Fue atacado. Sus heridas eran la prioridad ahora. No podía divagar.

Además, era bastante tonto ponerse nerviosa por algo tan simple, considerando que apenas vería su torso y nada más estaría a la vista. Y, haciendo memoria, él mismo ya me había visto completamente desnuda cuando apenas nos conocimos. Ese último pensamiento me inquietó aún más.

Al volver con el señor Alastor, me paralicé por la sorpresa ante lo que vi. Su cuerpo delgado y de músculos definidos, estaba totalmente lleno de cicatrices. Desde sus antebrazos, hasta sus hombros, desde su cuello hasta la base de su espalda, desde sus pectorales hasta su vientre. Todo estaba con al menos una marca.

Estaba encorvado, reposando sus antebrazos en sus muslos. Miraba al fuego con semblante cansado, pero sin dejar de sonreír.

Me senté junto a él y remojé la tela que había traído en el cuenco de agua. Miré al señor Alastor con inseguridad.

"Por favor, señor..." dije.

Por toda respuesta, él se irguió y se giró para quedar frente a mí. Lo tomé como un permiso de su parte. Con cuidado limpié la sangre seca que tenía pegada a la piel, teniendo mucha precaución de no tocar sus heridas. Tomó un par de idas y vueltas a la cocina por agua nueva, hasta quedar satisfecha con la limpieza. Luego miré los cortes. La mayoría eran menos profundos de lo que esperaba, pero dos eran lo bastante grandes para necesitar puntos.

Mis ojos se desviaron hacia su torso, específicamente a sus cicatrices. Parecía que tenían muchos años de haberse cerrado. Brillaban a la luz del fuego. Tomé valor y hablé.

"Señor Alastor..." dije con inseguridad, sin mirarlo.

"¿Sí, querida?"

"¿Puedo preguntar sobre el origen de sus cicatrices?" dije nerviosa, mientras dejaba el cuenco de agua a un costado del sofá.

"No." dijo.

Como lo imaginaba. Otra pregunta que no quería responder. Y según las reglas no debía indagar. Lo miré y seguía él sonriendo. Al parecer no se había ofendido por mi atrevimiento.

Tomé gasas del botiquín y una botellita de yodo. Di pequeños toquecitos a cada una de sus magulladuras, para desinfectar la zona.

"¿Duele?" pregunté.

"No más de lo que me dolió hacerme esa herida." dijo resuelto.

"Las heridas que no se ven son las más profundas." dije.

"¿Shakespeare?" dijo sonriendo.

"Sí."

"Debo reabastecer la biblioteca con literatura menos patética." dijo cerrando los ojos.

Me reí entre dientes.

A las heridas menores pude vendarlas con gasas adhesivas y quedaron listas. Era hora de coser. Apreté los labios y elevé la vista para mirarlo. Él me observaba con atención, como si le hiciera gracia mi cara concentración.

"¿Qué pasa?" dije con curiosidad.

"Tu dedicación es fascinante, cariño." dijo y soltó una ligera risa.

Resoplé molesta.

"Intento que no le duela, por eso pongo mucha atención, señor." dije volviendo al botiquín. Saqué hilo y aguja "Si sabe que tendrá un par de puntos, ¿verdad?"

"No esperaba menos." dijo, simplemente.

Mordiendo mi labio inferior, me acerqué a ambas heridas abiertas. Me concentré en hacerle las puntadas más prolijas posibles.

"Es gracioso que estés curando mis heridas, cuando hace dos años yo curaba las heridas de una, muy asustada, Charlotte." dijo con intensión de molestarme.

No pude evitar darle una sonrisa irónica.

"Supongo que los papeles se invierten si no tenemos cuidado." dije, elevando los hombros.

Él se rio por lo bajo.

Cuando corté el hilo del último punto, suspiré de alivio. Me acerqué y revisé mi trabajo. Me sentí satisfecha por el resultado. Me giré para decirle que ya estaba listo, sólo para quedarme cara a cara con el señor Alastor. Mi corazón se aceleró de inmediato. Fue cuando noté lo cerca que había estado de él todo este tiempo. Había estado tan concentrada, que no había reparado en cómo su calor se confundía con el mío, por la proximidad de nuestros cuerpos. Mis manos reposaban sobre su pecho desnudo, dejando al tacto de mis yemas el relieve de sus cicatrices. Su intenso aroma a café y sangre, mezclado con su esencia natural me intoxicaba.

Y ahí estaba él, mirándome con diversión, con una ceja alzada y sin intensiones de apartarse. Escudriñando mis gestos, recorriendo mis mejillas sonrojadas, mi boca entreabierta y mis ojos anhelantes por algo que no sabía poner en palabras. Podía verme en el reflejo de sus gafas. Él no se movió ni un centímetro. De cerca era más apuesto todavía. Él me seguía observando, como esperando una reacción de mi parte. Y yo hacía lo mismo. Esperando que él diera un paso.

Entonces, sentí una extraña tensión en el ambiente. Algo cargado. Una atracción primitiva. Un calor desconocido que se acumulaba debajo del vientre. Un extraño estremecimiento que erizó mi piel y mis tiernos pezones. Una pulsión que me impedía retroceder.

Quizás era por la chimenea encendida, porque el contacto visual no se interrumpía, o la melodía que estaba sonando la radio hacía del ambiente algo diferente a toda situación anterior.

Call me darlin', call me sweetheart, call me dear

Thrill me, darlin', with words I want to hear

In your dark eyes so smilin' a promise I see

But your two lips won't say you care for me

Oh my darlin', if my daydreams would come true

You would meet me at a secret rendezvous

And I'd find the paradise that lies deep in your eyes

Call me darlin', call me sweetheart, call me dear

Quería grabar ese instante en mi memoria para siempre. Que nada lo empañara. Una imagen que me acompañara cada noche antes de irme a dormir. Un secreto que sólo compartiría con mi cuerpo. En parte, sintiendo culpa por la connotación pecaminosa de mis ganas de querer tocarlo más. De acariciar su cabello acurrucados en una cama. De llenarlo de besos para que no le quedaran dudas de mi intenso amor por él.

Recordé por qué había estado a punto de decirle cuánto lo adoraba hace apenas unos minutos.

"¿Falta algo más?" dijo él, suavemente.

Di un respingo. Parpadeé varias veces despertando de mi ensueño, y me alejé de él, lentamente. Guardé el hilo y la aguja en el botiquín y saqué más gasas adhesivas, para terminar de sellar los puntos. Lo miré y le sonreí, de la manera más natural que pude.

"No. Creo que con eso bastará." dije tomando distancia "Sólo tenga cuidado de no hacer movimientos bruscos, para que no se le abran los puntos, ¿sí?"

"Te agradezco tus atenciones, tesoro." dijo.

Volví a mirar el reloj. Ya eran las 2 de la mañana.

"Dormiremos muy poco esta noche." dije sonriendo, con un suspiro de resignación "¿Desea comer algo? Su cena sigue en la olla. Preparé gumbo."

"No me caería mal algo al estómago." dijo, mientras tomaba su camisa con agujeros y manchada y la desplegaba.

Se rio.

"A este paso me quedaré sin ropa." dijo animadamente "Tendré que ir a ver a Rosie pronto."

Le entregué la camisa limpia.

"Gracias, querida." dijo mientras se la ponía con cuidado.

"Es una lástima que haya tenido un encuentro tan desafortunado con un perro, señor." dije, examinando la camisa rota y maltrecha "Y parece que era uno bastante grande. ¿Cómo logró escapar?"

Por toda respuesta, metió una mano al bolsillo de la prenda y de él sacó dos pañuelos.

"Digamos que tuve un amuleto de buena suerte." dijo con simpleza. "Pareció estar muy interesado en olfatear esto y su distracción me permitió escapar. Su dueño escapó con él."

Se puso de pie y se dirigió a la cocina. Lo seguí, escandalizada.

"¡¿El perro que lo atacó tenía dueño?!" exclamé con las manos en las mejillas.

"Y uno muy maleducado, realmente." dijo, encendió la cocina para calentar la olla de gumbo "Sólo me lo lanzó encima. Sin provocación. Cuando escapé, me mantuve escondido hasta asegurarme de que no me encontrarían. Por eso me tardé."

Se sentó en una de las sillas.

"¿Y fue por una orden?" dije con un hilo de voz.

"Creo que beberé un café." dijo, quitándose las gafas y masajeándose los ojos.

Me apresuré a poner agua en la tetera y a poner los cubiertos sobre la mesa.

"No puedo entender por qué querrían atacarlo, señor." dije preocupada "Ese hombre debió ser un criminal. Atacar así a un hombre inocente."

"Tendría sus motivos." dijo, tratando de restarle importancia "Hablando de algo más alegre; mañana recibirás el piano. Ya está coordinado. ¿No es fantástico?"

"Oh. Sí... ¿Mañana?" dije, aún conmocionada "Me encargaré de recibirlo."

Me dirigí a la olla a revolver el contenido.

El señor Alastor no parecía estar con ánimos de discutir sobre el tema del ataque. Así que preferí no insistirle.

Le serví su ración y le entregué su café sin azúcar. Me serví uno para mí, para acompañarlo. Me sentía realmente cansada. Le conté que en todo el tiempo que estuve esperándolo, había adelantado todo el trabajo del día siguiente. La ropa estaba planchada, la casa barrida dos veces, no había una mota de polvo sobre los adornos, acomodé de manera obsesiva el jarrón con narcisos que había recogido, incluso había tomado un baño caliente, el cual no logró calmarme, pero sí quitarme el frío.

"¿Aún tienes frío?" dijo.

Levanté la vista hacia él.

"¿Ah? Sí. Me costó mucho recuperar el calor." dije, medio adormilada. "Desperté con más frío que ayer. Y traté de buscar una fuga de calor en la casa, pero no encontré nada."

Bostecé.

"Creo que deberías irte a dormir." dijo el señor Alastor "Yo me quedaré trabajando en mi taller. Tengo que comenzar a preparar el ciervo que cacé. Ya para mañana estará inutilizable si espero más."

"¿No va a dormir?" dije confundida.

"No tengo sueño."

Se puso de pie con intenciones de retirarse.

"¿Está seguro de que estará bien?" dije con preocupación.

Se rio.

"Te preocupas demasiado por mí, querida." dijo estrechando los ojos y sonriendo con sorna."No deberías tener tantas precauciones con tu servidor. Puedo ser más peligroso de lo que parezco."

Movió los dedos en el aire, aparentando ser un monstruo.

Le sonreí. Tomé el plato sucio y las tazas, y las llevé hasta el fregadero.

"La verdad no me lo imagino en algo que pueda ser considerado peligroso, señor." dije mientras comenzaba a tallar el plato "Tal vez para los ciervos, pero no para mí."

Se rio abiertamente. Se acercó detrás de mí y apretó mis mejillas de forma juguetona.

"Oh, estoy seguro hay algunas cosas de mí que podrían hacerte cambiar de opinión, querida." dijo "Creo que aún puedo sorprenderte."

Me reí por lo bajo y lo miré a los ojos, con una sonrisa.

"Nada de lo que usted haga o diga, haría que yo dejara de querer estar a su lado, señor Alastor." le dije con seguridad.

Hubo un silencio entre los dos. Lo que dije pareció atraparlo con la guardia baja. No pudo ocultar de mí la incomodidad en su mirada y cómo su sonrisa cedió ligeramente. Quizás mi declaración de fidelidad lo había sorprendido al punto de no saber cómo reaccionar. Comencé a pensar que estaba molesto, cuando no me respondió de inmediato.

"¡Bien, ha sido un día agotador y lleno de emociones!" exclamó de pronto.

Me sorprendió su cambio de actitud.

"¡Ese ciervo no va a intervenirse solo! ¡Aunque si lo hiciera sería completamente aterrador!" dijo y se rio con fuerza.

No pude evitar sonreírle.

"Sé que será un magnífico trabajo." dije.

"Oh, no dudo en que quedará maravilloso. Por cierto..."

Se giró y me miró con una sonrisa dentada.

"Procura no deambular esta noche, querida mía. Voy a estar ocupado."

"¿Qué quiere decir con 'deambular'?" dije confundida.

Pero él, solamente, se giró.

"Descansa." dijo.

Y se encaminó en dirección al sótano.

Me quedé con la extraña sensación de una conversación interrumpida. Terminé de limpiar todo y me fui a acostar. Me acurruqué con la chaqueta y suspiré largamente. Me sentía feliz y agotada. No podía dejar de pensar en el señor Alastor y el tierno beso que me había dado en la frente. Podía considerarlo como un beso. Fueron sus labios presionados contra mi piel. Ahogué un chillido. Me sentí emocionada como una chiquilla.

Él me encantaba. Todo de él me encantaba. Su sonrisa, su inteligencia, su amor por la música y lo considerado que era conmigo. Siendo alocadamente optimista, podía pensar que él correspondería a mis sentimientos. Es más; había estado a punto de decirle cómo me hacía sentir, y aventarme a lo desconocido siguiendo el consejo de Vaggie. Guiada por el ambiente que se generó mientras cuidaba de sus heridas.

Pero no me atreví. Sentía que me habría aprovechado. Él estaba bastante cansado, hambriento y muy vulnerable. Decirle algo así en un momento de debilidad, conseguiría sólo incomodarlo. No quería tomar oportunidad de su malestar para sumarme puntos.

Pero me sentía feliz. Me había permitido tocarlo y el magnetismo que había sentido era tan palpable, que mis inapropiados pensamientos me hacían sonrojar. Había sido una oportunidad tan extraña, que recordar el calor del tacto de su piel me producía escalofríos. Esperaba poder volver a tocarlo nuevamente. No sólo una. Sino muchas veces. Sentía que mis dedos se habían vuelto inquietos y hambrientos por su piel desnuda.

Cerré mis ojos y sucumbí a Morfeo.

Tuve un sueño terrible. Uno demasiado nítido. Uno que me llenó de angustia que no sabría decir qué era un recuerdo y qué una fantasía.

Era pequeña. Estaba en la mansión Magne en el salón de trofeos de papá. Veía a los grandes animales disecados y las cabezas de los menos afortunados en las paredes, que a papá le gustaba coleccionar y traer de sus viajes. Tenía mi muñeco de trapo favorito en mis manos. Un muñeco completamente negro con forma de diablito, cuernos con rayas blancas, una pajarita rosa y ojos de botón. Se llamaba Little Devil. Y había sido mi muñeco favorito por años.

De pronto alguien me quitaba a Little Devil de las manos. La figura conocida de una mujer se alzaba ante mí, dejando a mi muñeco fuera de mi alcance.

"¡No deberías seguir jugando con muñecos a tu edad, Charlotte!" me decía.

"¡Devuélvemelo, tía Magda!" decía brincando, para alcanzarlo.

"¿Cómo puedes jugar con algo tan impío y pagano como esto?" dijo asqueada.

"¡Papá me lo regaló!" replicaba.

"No deberías extrañarte, Magda." escuché a la inconfundible voz de mi tío Miguel "Las cosas como ella juegan con inmundicias como estas."

Desde que recordaba, él siempre me hablaba con asco. Como si fuese el ser más repulsivo que conociera.

"¡No soy una 'cosa'!" le gritaba por enésima vez. "¡Me llamo Charlotte!"

"¡Charlotte murió hace mucho tiempo!" gritaba él.

Yo lloraba. Quería que viniera mamá o papá. Mis tíos me daban miedo. El tío Miguel y la tía Magda siempre me trataban mal cuando me veían sola. No sabía qué había hecho para que me hablaran siempre así. Como si yo estuviera maldita.

"Cosas como estas deberían quedarse en el infierno, donde pertenecen." dijo con rabia.

El tío Miguel tomó entonces a Little Devil y lo arrojó a la chimenea encendida.

"¡NO!" grité.

Yo estaba horrorizada. Comencé a llorar aún más fuerte. Me arrojé al suelo. Mis ojos me quemaban y di un grito. Un poderoso grito. Se sintió como un gran estruendo. Los vidrios de la ventana estallaron. Las cabezas de los animales cayeron todas al suelo, despedazándose. Todas las figuras de papá quedaron maltrechas.

Todo se fue a negro y el sueño cambió.

Estaba nuevamente en la cabaña, desgarbada y fría con aquellos tres hombres que intentaron violarme hace dos años.

Podía sentir los golpes en mi espalda como ese día. Sus respiraciones agitadas mientras tomaban impulso para el siguiente golpe en mi espalda. Me habían pedido quitarme la ropa y estaba de cara a la pared, mientras mi espalda y mis piernas eran azotadas con varas y un látigo.

Sentía que quería morir. El dolor era uno demasiado fuerte. Apretaba los dientes mientras lloraba de desesperación, mientras cada golpe me hacía sangrar cada vez más.

Estaba aterrada. Me dolía todo. Sentía las gotas de sangre escurrir por mi espalda.

De pronto los golpes cesaron.

¿Había terminado todo ya?

"Ven aquí, perra." dijo uno.

Mientras me tiraba del cabello y me obligaba a voltearme, y a ponerme de rodillas frente a ellos.

Vi que comenzaban a quitarse los overoles. Entré en pánico total.

No. Eso no. ¡ESO NO!

Era la desesperación en carne propia. Nadie iba a ayudarme. Nadie me salvaría de la profanación y mi cautivo. Estaba a merced de aquellos sujetos, hasta mi inminente muerte.

La repulsión que me generaban aquellos hombres me llevó a hacer la única cosa que me nació:

Grité.

Fue sólo un grito. Visceral. Poderoso. Que me quemaba los ojos y la garganta. Uno antinatural. Semejante al grito de una bestia y que nació de lo más profundo de mi alma. Ese grito los hizo tambalear hasta caer de espaldas y cubrirse los oídos. Fue entonces que, sin buscar explicación lógica a lo que acababa de pasar, me precipité contra la puerta y escapé. Desnuda en medio de la nieve. Corrí con todas mis fuerzas. No quería morir así, allí. No me importó sentir el frío que se insertaba como agujas en mis pies descalzos. Sólo necesitaba huir a donde alguien pudiera ayudarme.

Alguien.

Quien fuera.

Y fue entonces que lo vi.

A la distancia y con ropa de cacería. De pie, en medio de la nieve con su inconfundible sonrisa y un rifle en la espalda.

Era mi adorado señor Alastor.

Corrí hacia él.

Desperté con el familiar sonido del despertador. Estaba sudando y sentía el palpitar de mi corazón en mis oídos. Me senté en la cama con el camisón apegado a mi cuerpo por la humedad. Traté de regular mi respiración mientras recobraba la compostura. Aún sentía todo muy confuso.

Vaya sueño que había tenido. Toqué mi cara y sentía cómo tenía lágrimas secas en las mejillas. Aún sentía el escozor en mis ojos. Me puse de pie y me lavé la cara en el cuenco de agua que tenía en la mesita. Me vestí y bajé a la cocina.

El olor a café llegó a mi nariz y la luz de la cocina ya estaba encendida. El señor Alastor ya estaba ahí, con una taza humeante en sus manos. Se giró a mí con buen ánimo.

"¡Buenos días, queri...!" dijo. Pero se interrumpió.

Me miraba pasmado, sin perder la sonrisa. De inmediato me puse nerviosa.

"¿Tengo algo en la cara?" dije tocando mis mejillas.

Él se acercó raudo hacia mí y me tomó de los hombros. Me miraba con atención. Estaba tan cerca que estaba segura de haberme sonrojado. Después de unos segundos sin moverse y con la mirada clavada en mi mirada; ladeó su cabeza y tomó distancia de mí. Se puso una mano en la barbilla y se puso a pensar.

"¿Ocurre algo malo, señor?" dije nerviosa.

Se sacó los lentes y limpió el cristal con el pañuelo que le había dado.

"¡Nada, cariño!" dijo animadamente "Simplemente creo que ya es tiempo de cambiar de gafas."

Se sentó nuevamente en su silla para continuar con su desayuno, como si nada hubiese ocurrido. Fruncí el entrecejo, pero preferí no cuestionar nada. Quizás la falta de sueño del señor Alastor le había hecho imaginar que había algo raro en mi cara.

Me serví una taza de café y me senté junto a él. Sentía el cuerpo adolorido y agotado. Pero me obligué a mantenerme despierta.

"¿Cómo están sus heridas?" le dije.

"Fantásticas, doctora." dijo con una gran sonrisa "Puedo dar fe de que pronto estaré como nuevo."

Me reí.

"Me alegra saber que pude ser útil." dije "¿Trabajó toda la noche?"

"Indudablemente. Finalmente decidí sólo poner la cabeza del ciervo en la pared. La carne del cuerpo debe ser secada y almacenada. La dejé cortada en tiras en una bandeja dentro del horno ¿Puedo contar contigo?" dijo con una ceja alzada.

"Por supuesto." dije, sonriendo "Yo me encargaré de eso."

Bostecé y él se puso a reír.

"¿Las tres horas de sueño no fueron suficientes?" dijo divertido.

"Al parecer no." dije con una media sonrisa y restregándome un ojo.

"La casa está impecable. Debiste dormir un poco más, cariño."

"Así está bien, señor." dije mientras ponía azúcar en mi taza "Si seguía durmiendo habría más pesadillas que enfrentar."

"Oh, los males de una mente inquieta." dijo con tranquilidad "¿Algún mal recuerdo o sólo una proyección de algún miedo enterrado?"

Miré mi taza de café un momento antes de responder.

"La verdad no sé si es un recuerdo. Realmente todo es bastante confuso." dije, tratando de hacer memoria "Una pesadilla era de mi niñez. Donde el tío Miguel quemaba mi muñeco favorito y al ponerme a llorar, se cayeron todos los animales disecados de papá."

El señor Alastor me miró con interés.

"Sé que es una locura. Y hasta había olvidado ese incidente." dije nerviosa "Pero papá me había dicho que simplemente un terremoto ocurrió en ese momento. Y que era imposible que la caída de todos sus animales, fuera por mi culpa."

"Qué interesante coincidencia." dijo él, apoyando su barbilla en el dorso de su mano.

"Y luego el sueño cambió, a cuando era golpeada por esos tres hombres." dije pensativamente "La verdad pasó algo parecido aquella vez... Mientras se quitaban los overoles, yo grité. Y ese grito pareció aturdirlos lo suficiente para escapar..."

Bajé la mirada. Extrañamente, me sentía con culpa.

"Olvidé contarle esa parte cuando nos conocimos, señor Alastor." dije apenada "Y la verdad, es algo difícil de creer. Y es un recuerdo confuso. Así que tampoco puedo confiar en él."

Él bebió de su café y después me miró.

"Dudo que quisieras compartir todos los detalles de tu trauma apenas llegando a mi hogar. Así que no me ofende, en lo absoluto." dijo elevando los hombros.

"Bueno, pero fueron sólo sueños." dije, tratando de restarles importancia "Nada más que locas fantasías que mi mente se inventa."

"No estaría mal darle un poco de atención a lo que nuestra mente quiere mostrarnos en sueños." dijo "No dormir no es una opción que siempre puede tomarse para evitar las pesadillas."

Me pregunté si la razón por la que él no se había ido a dormir esta noche, había sido, precisamente, por el miedo de tener que enfrentarse con pesadillas de malos recuerdos. Deseaba tanto poder preguntarle sobre eso. Pero seguí las reglas: no preguntar de más.

Después de un tranquilo desayuno. Terminé antes que él y le preparé un sándwich contundente con tiras de carne seca almacenada, queso de cabra, tomate y lechuga. Tenía que alimentarse muy bien para cicatrizar bien.

Con la segunda chaqueta del señor Alastor destruida, no pudo más que ir con un simple chaleco a trabajar, y me indicó que llegaría tarde porque pasaría a la tienda de Rosie a compra un nuevo abrigo.

Esa mañana fue especialmente lenta. Todo el aseo ya estaba listo desde el día anterior, y únicamente tuve que hacerme cargo de alimentar a los animales y terminar de encargarme de la carne que se estaba secando en el horno. Sólo cuando a eso de las 12 y cuarto llegó el piano, me sentí de verdad emocionada. Los señores transportistas lo descargaron y acomodaron en la sala, y se fueron. No sin antes quejarse de lo apartado del lugar.

Era maravilloso ver el piano ahí. Tan majestuoso y esperando ser tocado. Fui directo a buscar el desinfectante y un trapo. Entonces que puse manos a la obra.

Lo limpié con ahínco. Paseando por todos los recovecos, asegurándome de que cualquier resto de Angel o sus clientes quedara en él, desapareciera. Era mejor no pensar en cuándo uso fuera de lo estrictamente musical, se le había dado.

Tardé más de lo esperado. Pero quedó absolutamente limpio. Suspiré de satisfacción y me fui a lavar las manos.

Después de sacar la carne seca y hacerme un rápido almuerzo, pasé toda lo que quedaba de la tarde tocando el piano. Me sentía libre y plena. Podía tocar la música que quisiera en mis ratos libres. Tenía que volver a agradecérselo al señor Alastor de alguna manera.

Me despegué del piano con mucha dificultad. Pero debía respetar el horario de la cena y ya era hora de cocinar. Me esmeré especialmente en el estofado de carne de ciervo que hice, utilizando algunos cortes que no fueron secados. El platillo me había quedado espectacular, si podía decirlo yo misma. Me quité el delantal y procedí a poner la mesa.

Fue entonces que lo escuché. Alguien me llamaba. Pero no podía ser.

Intenté concentrarme en los platos nuevamente, pero volví a escuchar el llamado. Esta vez, un poco más fuerte. Parecía un susurro en el viento.

La voz del señor Alastor me llamaba insistente.

"Charlotte... Ven, por favor... Charlotte..."

No podía ser. El señor Alastor se había ido esa misma mañana a trabajar. Pero su voz era de él, sin dudas.

Dejé la cocina y comencé a indagar por la casa, intentando encontrar el origen de la voz.

"¿Señor Alastor?" dije con timidez al aire. Pero no hubo respuesta.

"Charlotte... Ven, por favor... Charlotte..."

Mis pasos me guiaron hasta la puerta del sótano y la abrí con precaución.

"¿Hola?" dije. Pero nadie respondió.

Sentí el tirón alimentado por la curiosidad. Bajé las escaleras y sólo vi el taller de taxidermia vacío. La cabeza del venado que el señor Alastor había estado preparando ya estaba desollada y el molde que lo rellenaría estaba sobre la mesa.

"Charlotte..."

Di un respingo y me giré. La voz se oía más clara y venía indudablemente de ahí: de la habitación prohibida del señor Alastor. Sabía que no debía estar ahí. Sabía que estaba quebrando una de las reglas principales, pero mi curiosidad por saber la procedencia de aquella voz me estaba superando. Mi cabeza estaba nublada por aquel canto de sirena. Puse mi mano en la manija.

"¿Señor Alastor?" dije con la voz quebrada "¿Puedo entrar?"

"Charlotte..."

Fue entonces que abrí la puerta.

Pero él no estaba ahí.

La habitación era pequeña. Una chimenea, extrañamente, encendida en el fondo me permitía ver con detalle todo lo que estaba en el cuarto. Esa chimenea era extraña, su fuego no expulsaba calor a pesar de ser un espacio tan reducido. Las paredes estaban abarrotadas de repisas con frascos. Miré con horror que había globos oculares, fetos de animales, dientes, uñas en conserva y hierbas, muchísimos tipos de hierbas. Había muñecos de curiosas formas colgando desde el techo en forma de racimos. Todos cosidos en lo que parecía ser piel y cubiertos de agujas. En todo el suelo las paredes había extraños símbolos pintados. No se parecían a nada a alguna letra del alfabeto o a un jeroglífico de los libros de la biblioteca de mi papá. Y justo frente a la chimenea un enorme e intrincado círculo estaba pintado en el suelo con lo que parecía sangre seca. Pero lo más llamativo era un escritorio con una silla en el centro de la habitación. Había una carpeta negra, con cantidad tremenda de notas escritas a mano sobre ella. Las observé de cerca. Eran del puño y letra del señor Alastor. Dentro de la carpeta negra había páginas sueltas, amarillentas y muy gastadas, alguna vez pertenecientes a algún antiguo libro en latín que yo desconocía. Y en un extremo del escritorio, había una pequeña muñeca envuelta en cabello rubio, descansando sobre un montículo de sal.

No podía dejar de sentir que estaba invadiendo un sitio donde no era bienvenida. Estaba a punto de salir corriendo, cuando volví a escuchar la voz del señor Alastor. Pero esta vez comenzó a distorsionarse en varias voces.

"Charlotte... Charlotte..."

Me giré y busqué la fuente. No parecía que nadie más que yo estuviera ahí.

Me acerqué a la mesa y observé las páginas. Las páginas susurraban mi nombre.

¡Era una locura! ¿Cómo es que estaba escuchando voces de una hoja de papel?

Quité la vista de las páginas y me reprendí por haber imaginado cosas tan absurdas, y de paso romper la regla más grande de la casa.

Pero entonces miré a la muñeca.

Tan pequeña. Tan indefensa.

"Ella no debería estar sola en un lugar así." pensé.

¿Debería...?

Sabía que no tenía que hacerlo. Sabía que no debía hacerlo. Pero lo hice. La tomé y la saqué del montículo de sal.

De inmediato el fuego cambió de color a llamas verdes y crecieron dentro de la chimenea. El circulo en el suelo se iluminó y enormes sombras salieron de él, y se pusieron a revolotear por las paredes gritando mi nombre.

"CHARLOTTE. CHARLOTTE. ¡CHARLOTTE!"

Yo estaba paralizada del miedo. Esos espectros no dejaban de llamarme. Me tapé los oídos y quise huir de la habitación. Pero antes de poder intentar correr, algo me agarró de la pierna y caí de bruces al suelo. La muñeca salió volando de mi agarre. Aquella fuerza extraña comenzó a arrastrarme al círculo brillante. Vi, con horror, que un agujero en el centro del círculo del suelo se estaba formando y estaba succionando el aire del cuarto en un vendaval.

"CHARLOTTE. ALMA VIRGEN. ¡VEN CON NOSOTROS!"

Grité con desesperación. La temperatura de la habitación había descendido de golpe. No tenía nada de qué afirmarme y arañé el suelo intentando sobreponerme. Pero no podía. Ese agujero iba a succionarme.

"¡POR FAVOR! ¡AYÚDENME! ¡SEÑOR ALASTOR!" grité con todas mis fuerzas.

De pronto, sentí que algo me tiraba hacia delante de un brazo y peleaba contra los espectros que me agarraban del pie. Pero no había nadie quien me estuviera ayudando. Sólo podía ver una larga sombra que venía proyectada desde la puerta. Para mi sorpresa, la sombra tenía enormes cornamentas y ojos rojos como dianas de radio. Tiraba de mí con fuerza, pero estaba perdiendo el juego de tira y afloja contra el abismo de los espectros.

El portal comenzó a absorberme nuevamente y yo estaba llorando de desesperación.

Iba a morir. O quizás algo peor que la muerte me esperaba a manos de los espectros. No quería despedirme de esta vida. No quería que las cosas terminaran así. Si yo moría, no volvería a verlo. ¡Aún tenía que decirle cuánto lo amaba!

Entonces, como una aparición, él llegó.

El señor Alastor entró corriendo a la habitación. Llegó apremiante junto a mí y en un rápido movimiento, sacó sal de un saquito y dibujó un círculo con ella a nuestro alrededor. De inmediato dejé de sentir el tirón en mi pie y me aferré al señor Alastor con desesperación. Él me apretó con fuerza con un brazo contra su pecho.

A nuestro alrededor los espectros seguían rondando, inquietos y molestos.

"ENTRÉGALA. ALASTOR. YA NO TIENE TU PROTECCIÓN ¡ENTRÉGALA!"

"Creo que hubo un malentendido, señores." dijo haciendo una reverencia con la cabeza y sin perder su sonrisa "Sé que ella es un manjar raro, pero no puedo permitirles que se le acerquen. Tienen mi palabra que les seguiré compensando con creces en su favor."

Lo miré atónita. Su imperturbable sonrisa estaba ahí, pero en su mirada podía ver el nerviosismo. El agarre en mi hombro se tensó. Los espectros no respondieron y el señor Alastor decidió seguir hablando.

"Señores, no he dejado de cumplirles según sus condiciones, por lo que no entiendo por qué han intentado tomar la vida de esta dama por su cuenta. Almas de criminales por ella. Ese fue el trato y soy un hombre de palabra."

Las sombras revolotearon inquietas nuevamente, entre alaridos y susurros furiosos en lenguas muertas.

"¡YA NO QUEREMOS ESPERAR!"

El señor Alastor se acercó a mi oído y me dijo, con voz apremiante.

"Cariño, será mejor que les digas que se vayan."

"¿Qué...?"

El viento se hizo más fuerte. Me recogí en el pecho del señor Alastor, pero saber que podía hacer algo, cuando menos lo intentaría.

Me giré y me puse de pie con dificultad. El ventarrón revolvía mi cabello con brutalidad.

"Va-váyanse." dije en un tartamudeo.

No hubo respuesta.

"¡He dicho que se vayan!" dije un poco más fuerte.

El viento soplaba sin parar y las almas negras seguían dando círculos alrededor de nosotros, sin detenerse.

Sentí, entonces, una extraña quemazón que me invadía desde el pecho, hasta llegar a mi garganta y mis ojos. Una necesidad potente de ponerlos en su lugar.

"¡¿NO ME ESCUCHARON?! ¡LARGO DE AQUÍ!" grité con una voz que no reconocí como mía. Era autoritaria y poderosa.

La potencia de mi grito sacudió la habitación y muchas de las almas volvieron al portal, perturbadas y espantadas. Las últimas almas que quedaron, sólo dieron una última ronda para dar una amenaza.

"ALASTOR, NO PODRÁS PROTEGERLA PARA SIEMPRE. MANTENDREMOS NUESTRO TRATO HASTA QUE YA NO PUEDAS CUMPLIR Y ELLA VENDRÁ CON NOSOTROS."

Entonces, en un súbito movimiento, todas las sombras que quedaban volvieron al agujero en el suelo en medio de lamentos. Aquel agujero se cerró y el viento cesó al instante. El fuego verde desapareció de golpe, dejando detrás sólo unas pocas brasas rojizas, que no tardarían en consumirse

Caí de rodillas al suelo. Mis piernas temblaban. El señor Alastor se tomó unos segundos antes ponerse de pie.

Él salió del circulo, recogió los papeles tirados en el piso y los ordenó sobre su escritorio.

Él seguía de pie dándome la espalda y no podía ver su expresión.

"No deberías estar aquí." susurró el señor Alastor.

Me pareció oírlo suspirar de alivio. Sacó un poco más de sal de su bolsa e hizo otro montículo sobre la mesa. Recogió la muñeca del suelo y la puso nuevamente en el centro del nuevo círculo.

Se apoyó en la mesa con la cabeza gacha.

"Te dije que no debías entrar a esta habitación, cariño." repitió, girándose y mirándome con su imperturbable sonrisa.

Yo seguía en el suelo hiperventilando. A pesar de la tranquilidad en su voz, sentí una nota de molestia en sus palabras. Me sentí atrapada como un ratón frente a él.

¿Quién era realmente este hombre? ¿Por qué los espectros obedecían a mi palabra? ¿Qué estaba pasando?

Se giró y se acercó a mí para ofrecerme su mano, pero yo me arrastré alejándome de él en pánico. Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas.

"Oh, querida, ¿por qué veo miedo en tu mirada?" dijo con una sonrisa resignada.

Se inclinó hacia mí para tocar mi rostro, pero le aparté la mano bruscamente. Estaba temblando de miedo.

"¿U-usted e-es un brujo?" dije temblando. "¿Habla con los espectros? ¿Acaso usted...?" me faltaba saliva para continuar.

Se irguió y me miró con altivez desde su posición. Su sonrisa no flaqueó ni un poco.

"¿U-usted ofrece sa-sacrificios humanos?" pude finalmente preguntar en un hilo de voz.

"¿Te parece necesario preguntar, cariño?" dijo con elegancia y tranquilidad.

Sin esperar mi respuesta, se acercó a la chimenea, puso un par de leños y tronó los dedos, en un elegante ademán. Un gran fuego apareció al instante para encender la chimenea.

"Así está mejor." dijo.

Su sombra se alargó en el piso antinaturalmente y se deslizó por la pared como si tuviera vida propia. Se quedó quieta ahí, con ojos brillantes y una sonrisa macabra de largos y afilados dientes. Esta vez no tenía astas grandes como las que había visto antes. Me cubrí la boca para opacar un chillido de horror.

Se giró para mirarme. Estaba de pie con las con las manos en la espalda. Todo en él despedía una presencia de tranquila superioridad, como quien tiene la seguridad de tener todo bajo control.

Entonces, todo me encajó en la cabeza. Los asesinatos en serie. Sus ausencias prolongadas. Todo lo que había pasado en la habitación de rituales. La muñeca atada con cabello rubio.

"¿Usted de verdad el asesino que han estado buscando?" le dije con la poca fuerza que me quedaba. "¿Usted es El justiciero?"

Sonrió sombríamente y no lo negó.

"¿Y ha estado usando sus... sus...?"

"¿Sus pútridos cuerpos en rituales ocultistas?" dijo elevando los hombros, sin perder la calma. "Es evidente que es así, querida mía. Créeme que sin un poco de ayuda del más allá no podría ser quien soy ahora."

Le dirigió a su sombra una mirada de complicidad. Su sombra ensanchó la macabra sonrisa.

"Poder controlar las sombras es de mucha utilidad para evitar que una persona escape." dijo con soltura. "Atrapar la sombra de la víctima la deja inmóvil en el piso mientras, tranquilamente, puedo hacer mi trabajo. Pero que no puedan correr, no significa que no puedan gritar. Por lo que me dedico a coser sus bocas para evitar que llamen la atención."

Se acercó a una de las estanterías y tomó uno de los muñecos cocidos con piel. Ahora no me cabían dudas de que los dientes, ojos y uñas en los frascos eran de sus víctimas.

"Los rituales con ojos y corazones de ciervo, a pesar de ser el animal más noble en estas tierras, no tienen suficientes cualidades mágicas." dijo mientras lo examinaba. "Había estado experimentando durante años con varios tipos de animales, y al utilizar a los ciervos obtuve resultados remotamente decentes."

Volvió a poner el muñeco en su lugar y me miró sonriendo.

"Pero claro, eso fue hasta que te conocí, querida Charlotte." dijo. "El día en que nos encontramos, tuve la oportunidad de matar a tres hombres con una excusa válida."

Me miró y me guiñó un ojo.

"Durante la noche, salí de casa y retiré los ojos, dientes y corazones de sus cadáveres. Después sólo tuve que arrojar lo que quedaba de sus cuerpos al río helado. A consecuencia de eso, los seres del más allá quedaron encantados con el nuevo ofrecimiento y me dieron el poder de controlar mi sombra a voluntad, sin necesidad de conjuro alguno. Se convirtió en un aliado más en todo esto."

La sombra revoloteó inquieta en la habitación y se deslizó por el piso hasta tocar la mía. De inmediato sentí que mis pies no podían despegarse del piso y mis brazos se congelaron en su lugar. Su sombra había atrapado a la mía y yo estaba paralizada. Comencé a entrar en pánico cuando él se acercó a mí con mirada altiva. Mis ojos seguían mirándolo con terror.

"Y las cosas estuvieron relativamente tranquilas por un tiempo, pero comenzaron a solicitar sacrificios humanos cada vez con más frecuencia. ¡Y, obviamente, yo no tendría problemas en dárselos sabiendo las recompensas que se pueden obtener! ¡Y habiendo tanto de dónde elegir!" y extendió los brazos dramáticamente.

Yo seguía sin poder moverme. La sombra del señor Alastor me miraba con sus ojos brillantes a mis pies.

"¡Criminales por montones!" exclamó con júbilo "¡Engendros completamente prescindibles mueren, las personas decentes se sienten más seguras y yo me vuelvo más poderoso! ¡Todo el mundo gana!"

Inspiró hondo y suspiró con satisfacción.

"Pero lamentablemente surgió un pequeño inconveniente... Ellos se fijaron en ti."

Mi piel se erizó cuando se agachó y acarició mi cara con la mano. Su rostro demasiado cerca del mío. No dejaba de sonreír, pero podía jurar de que sus ojos tenían tintes de tristeza.

"Una doncella virgen de alma pura rondando la casa. Prácticamente se relamen cada vez que sienten tu presencia en este lugar." susurró "Y te seré sincero, Charlotte querida. Al principio te mantuve cerca por si había más hombres en pos de ti, para tener oportunidad de matarles también, pero nadie más vino en las siguientes semanas."

Se acercó a mi oreja y me susurró.

"Entonces sacrificarte a cambio de más poder mágico era mucho más provechoso."

Mi mente se paralizó. Abrí mis ojos horrorizada. ¿Él habría...? ¿De verdad él me habría asesinado por poder? La cabeza me daba vueltas.

Suspiró y se enderezó.

"Te pedí que no vinieras a este lugar para que hicieras exactamente eso: venir y así condenarte. Al menos así no tendría que ser yo quien te matara." dijo casi sin darle importancia. "Pero me sorprendió tu gran fidelidad. Me hiciste caso y nunca viniste a husmear. Y ahora que lo hiciste, es demasiado tarde."

Suspiró y negó la cabeza con resignación.

"E-ellos usaron su voz, se-señor..." dije apenas. Sentía que debía justificar mi falta.

"Oh, un truco muy viejo. Deberías avergonzarte por caer en él." y se rio.

Me miró, como estudiándome.

"Ya no debes temer a que intente matarte, querida. Porque ya te valoro lo suficiente como para entregarte" dijo. "Disfruto mucho de tu compañía. Sería una enorme desgracia perderte ahora."

En otro momento, el día anterior, incluso apenas una hora antes esas palabras habrían sido mi mayor felicidad. Saber que le importaba, saber que pensaba en mí más de lo que imaginé alguna vez, saber que disfrutaba vivir conmigo. Hubiese estado eufórica, extasiada, aceptaría lo que él pudiera darme y yo me le entregaría en cuerpo y alma. Pero ahora todo eso se vio manchado por la quién era mi adorado señor Alastor era en verdad.

"Deberías sentirte halagada. Sólo mi madre se ha abierto paso así hasta llegar mi corazón. O quizás mi rifle también."

Se rio con fuerza. Parecía que quería quitarle peso a lo que había dicho. Luego, miró el circulo del ritual con una sonrisa más débil.

"Nunca viniste en todo este tiempo y ellos no estaban satisfechos, obviamente. Al principio les decía que era cosa de tiempo. Que vendrías por voluntad propia."

Se giró y me dio la espalda.

"Pero las cosas se complicaron cuando ya me había acostumbrado a ti. Ya no quería darte en sacrificio, pero ya les había prometido tu alma. Así que tuve que cambiar de planes."

Se acercó a la muñeca en la mesa.

"Hice un trato con ellos. A cambio de tu alma les prometí empezar a darles sacrificios humanos. Todo en favor de no matarte."

Acarició la cabeza de la muñeca y yo juraría que sentí su toque en mi cabeza. Caí en cuenta que esa era una representación mía.

"No les agradó nada cuando hice este círculo de sal. Esta muñeca con el cabello que te cortaste impide que los demonios se acerquen a ti. Ellos no pueden tocarte ni a ti, ni a tu alma. Estaban desesperados. Y más porque sienten que se les acaba el tiempo. Estás madurando y la pureza de tu alma que tanto anhelan está en peligro."

Hizo una pausa.

"Y si no fuera porque poseo parte del grimorio y mis fieles sacrificios, ya habrían intentado matarme. Porque soy quien pone en peligro tu pureza, Charlotte."

Se giró hacia mí.

"Creí que con la muñeca en la sal estarías a salvo. Pero no conté conque te llamarían directamente para que sacaras la muñeca del circulo y así abrir el portal al más allá."

Suspiró.

"Sin la protección de la sal ya no estarías en el territorio en el que no pueden consumir tu alma y, según veo, intentaron llevarte al otro mundo con tu cuerpo incluido."

Su tranquilidad casi fría ante la posibilidad de que yo perdiera mi alma a manos de unos demonios, me hizo erizar los vellos de la nuca.

"Así que, básicamente, te he salvado la vida muchas veces."

Hizo una profunda reverencia ante mí.

"De nada, cariño."

Movió la mano y su sombra se alejó de la mía. Sentí que tenía movilidad nuevamente de mi cuerpo, pero no tenía fuerzas para correr. Sólo pude taparme la cara con las manos y comencé a temblar. Esto debía ser una pesadilla.

"¿A qué le temes, tesoro?" dijo con suavidad. "Lamento la rudeza de mi sombra. Pero si no usaba un poco de fuerza, no me habrías escuchado y hubieses escapado."

Yo seguía en el suelo. No sabía qué pensar o sentir. Era demasiada información que destruía todo lo que creía conocer. El señor Alastor era El justiciero. EL asesino del pueblo. Los demonios huían a mi orden. ¿Qué era ese grimorio del que hablaba? ¿Cuánto tiempo había planeado entregarme en sacrificio antes de arrepentirse?

Sentía que él había traicionado toda mi confianza. Tuve miedo porque él pudo matarme desde el principio y agradecimiento por protegerme de fuerzas oscuras. Sentí cómo todo lo que había erigido a su alrededor estaba derrumbándose. Y, también, sentí vergüenza porque a pesar de todo aún lo quería con todo mi corazón.

Suspiró exasperado al ver que yo seguía sin mirarlo.

"Si te hace sentir mejor, sabes que sólo mato criminales y violadores." dijo inclinándose hacia mí. "Nadie que la sociedad vaya a extrañar. Sólo sujetos perseguidos por la justicia del hombre y con acciones detestables a los ojos de Dios. Hombres y mujeres repugnantes con plena y total conciencia de sus macabras acciones."

Destapé mi rostro para mirarlo.

"Y sobre todo, no mataría a un inocente como un niño, a pesar de ser algo que los seres del más allá adoran devorar. No está dentro de mi código ético."

Casi parecía que estuviera excusándose conmigo. Pero era una estupidez. Lo que hiciera y lo que no, no eran de mi incumbencia. Él era mi jefe y yo una sirvienta. La brecha entre nuestras posiciones me dio de golpe en la cara.

Limpié mis lágrimas con mi antebrazo con fuerza e inhalé hondo antes de hablar.

"Señor Alastor, yo sólo soy su empleada. Lo que haga o no haga no es asunto mío." dije en un hilo de voz mientras miraba al suelo "Debo ceñirme a lo que me diga y mantendré su secreto a salvo y a usted. Por lo que me encargaré de que nadie más se entere de sus... actividades."

"Creo que habrá que hacer algo más para guardar este secreto, querida." dijo.

Respiré varias veces, para continuar.

"Al final, usted está ayudando a impartir justicia. Y es apreciado por todos en el pueblo. Es el héroe de todos los sin justicia."

Él me miró con los ojos entrecerrados. Como sopesando la veracidad de mis palabras.

Finalmente, me extendió una mano y, esta vez, la tomé para levantarme. Quedamos de pie frente a frente.

"Con permiso, señor, voy a calentar su cena. Debe tener hambre." le dije monótonamente intentando avanzar, pero él me impidió el paso con su cuerpo.

"Puedo hacerlo yo, recuerda quién te enseñó a cocinar." protestó divertido.

Yo seguía sin mirarlo. No quería pensar. Quería irme a la cama y creer que todo esto no había sido más que un sueño. Olvidarlo todo.

No sé cuánto rato estuvimos frente a frente en un tenso silencio.

De pronto sentí que puso su mano en mi nuca. Yo pensé que me acariciaría como a una mascota como suele hacerlo, pero empujó mi cabeza hasta quedar mi frente apoyada en su pecho. Yo no hice ningún esfuerzo en impedirlo.

"¿Estás triste, cariño?" dijo con una nota de intriga juguetona en su voz.

"No."

"Algo de tu chispa se ha esfumado."

"Ya volverá, señor. Sólo estoy un poco cansada."

Hubo un instante de silencio. Cerré los ojos al sentir cómo mi cabeza comenzaba a darme vueltas. Estaba tremendamente aturdida por todo lo que había pasado y que él me tuviera tan cerca de su cuerpo no me ayudaba. Su olor a roble, café y sangre llenó mi nariz. No escuchaba más que su lenta respiración y los latidos de su corazón golpeando mi cara. Su mano, aún en mi nuca, comenzó a acariciar mi cabello con ternura. ¡Hace apenas una hora habría dado todas mis pocas posesiones materiales por estar así con él!

"Tenemos un problema aquí." escuché que dijo de pronto.

No supe a qué se refería. Realmente ya no quería pensar. Sólo quería borrar mis pasos y nunca haber entrado a esa habitación. Haber ignorado la falsa voz del señor Alastor que me llevó a algo que prefería no haber sabido nunca. Seguir con nuestro día a día en la feliz ignorancia, esperándolo fielmente cada tarde con la cena lista y un nuevo tema de conversación. Viviendo en mi pequeño mundo de la felicidad que él me brindaba por el mero hecho de existir.

"Me dolería que me odiaras ahora, Charlotte." dijo con una nota de seriedad, sin dejar de juguetear con mi cabello.

Me mantuve en silencio. A pesar de todo lo visto y vivido, él me seguía importando demasiado. Yo le había entregado el completo acceso a mi corazón. Por eso dolía tanto ver algo de él que no me gustara.

"Estás helada."

Se encorvó un poco y mi cabeza quedó hundida entre su cuello y su mandíbula. Tenía mi nariz y labios prácticamente pegados a su yugular y mi mentón reposaba en su clavícula sobre su camisa. Dejó una firme mano sobre la curva de mi espalda y presionó sus labios sobre mi oído. Su calor corporal me impregnó al instante.

Era un sueño anhelado hace tanto. Tenerlo tan cerca de mí, abrazándome firmemente. Deseaba estar así siempre. Quería vivir en la mentira de que nada había cambiado, con desesperación.

Había hecho cosas horribles, pero ayudaba a las personas. Había tenido malas intenciones al principio, pero ya había desistido de ellas. Me abrazaba con ternura a pesar de tenerme como carnada estática del más allá. Una carnada que ahora protegía con fiereza, porque le importaba. Él había aceptado que yo le importaba. Me había ganado un lugar en su esquivo corazón.

Entonces lo entendí. Yo aún lo adoraba. Lo seguía amando con intensidad. Y esta nueva capa de oscuridad que se cernía sobre él no había amainado lo que sentía.

¿Eso estaba mal?

"Nunca podría odiarlo, señor Alastor." sentencié con un hilo de voz.

Pude sentir que la tensión de su cuerpo se aligeraba al oír mi respuesta.

"Magnífico." susurró complacido.

Cerré los ojos y sentí que caía en un abismo de oscuridad. Dejé de escuchar el crepitar de los leños en la chimenea y todo a mi alrededor desapareció.

La canción se llama: Call me Darling de Ella Fitzgerald.