"Mi niño, eres tan inteligente. Estás hecho para grandes cosas."

"¡Con tu talento natural podrías alcanzar las cosas más increíbles! ¡Que ningún otro ser humano podría lograr!"

"¡No! ¡Basta! ¡No metas a Alastor en el cobertizo de nuevo!"

Abrí los ojos. Acomodé mis gafas en el puente de mi nariz y suspiré pesadamente. No podía bajar la guarda ni un momento, sin que mis fantasmas trataran de colarse en mi cabeza, para volver a atormentarme.

Las últimas luces del día se hicieron presentes desde la ventana de Charlotte. Encendí la lámpara de su mesita de noche y continué con mi lectura. Charlotte seguía sumida en un profundo sueño desde hace mucho. Y yo había estado observando, con paciencia, que ella despertara, mientras estaba sentado en una silla junto a su cama. Me había sumergido en la lectura de "De profundis", para pasar el tiempo. Una rara y controversial copia de una epístola de Oscar Wilde, que un amigo me había prestado hace muchos años y nunca pude devolverle. Francamente, lo había tomado de la estantería sin mucha emoción, pero debía admitir que algunas citas del manuscrito eran bastante interesantes.

"Yo también me forjé ilusiones. Creí que la vida iba a ser una brillante comedia y tú uno de sus encantadores personajes. Me di cuenta que la vida era una tragedia asquerosa y horrible, y que la ocasión siniestra de la gran catástrofe eras tú mismo, sin esa máscara de alegría y placer que a ti y a mí nos sedujo y nos descarrió."

Cerré los ojos un momento, para pensar con tranquilidad. Que Charlotte descubriera mi identidad como El justiciero, era algo que no tenía contemplado dentro de mis planes. Y el que ella se desmayara por el agotamiento, me había permitido una visión más amplia de lo que ocurría, con mayor calma. Y aunque era una situación extraordinaria, ya creía tener un par de soluciones en mente, para conservar las cosas como estaban. Con la menor cantidad de consecuencias posibles.

Elevé la vista del libro. Charlotte había comenzado a removerse en su cama. Lentamente abrió los ojos, sólo para cerrarlos de inmediato. Se sentó con dificultad y se agarró la cabeza con una mano. Se quejó. Miró a su alrededor, aún aturdida, e intentó levantarse rápidamente.

"Buenas noches, querida." dije.

Ella se sobresaltó. Cerré el libro y lo dejé en la mesita.

"¡Señor Alastor! ¿Ya está vestido? ¡El desayuno...! Lo siento tanto... el despertador no sonó y..." dijo, tratando de excusarse.

Levanté una mano para frenarla. Me paré de la silla y me senté en el borde de la cama. Ella me miró con preocupación.

"Ya está atardeciendo." dije, apuntando a la ventana.

Se giró para ver el cielo teñirse de negro. Su expresión pasó al más cómico pánico y se tomó las mejillas.

"¡¿Qué?! ¿Dormí un día entero?" dijo escandalizada "¿Cómo es eso posible?"

"Al parecer estabas cansada, querida." dije, sin importancia.

"¿Quién necesita dormir tanto?" se quejó, muy preocupada "¿Y usted fue a trabajar hoy?"

"Sí, pero te dejé bien encargada con él, por si despertabas."

Apunté a mi sombra, que revoloteó hasta deslizarse a la pared y sonreír ampliamente. Ella lanzó un chillido y se arrastró hacia atrás, hasta topar con la cabecera metálica de la cama.

"Después de lo que pasó anoche, supuse que querrías recuperar fuerzas." dije con simpleza.

Abrió y cerró la boca varias veces. Parecía tratar de darle sentido a lo que acababa de decirle. Alcé una ceja y me acerqué a su cara. Acaricié con mi dedo todo el borde de su mandíbula hasta llegar a su mentón. Elevé su rostro hasta quedar cara a cara.

"Oh, tesoro, no pensarás que lo que pasó con los espectros en la habitación de rituales, no fue más que una pesadilla, ¿verdad?" dije.

Ella abrió mucho los ojos, y luego apretó los labios. Su mirada transmitía una angustia dolorosa. Cerró los ojos con fuerza e inspiró profundamente, para dar un largo suspiro.

"Y-ya veo." tartamudeó "Eso no fue un mal sueño, entonces."

Bajó la mirada y se alejó de mi mano. Se quedó sentada, mirando a la nada. Esperé a que dijera algo más; alguna reacción un poco más explosiva de su parte. Alguna mirada de enojo, que yo podría manejar. Algún reproche, lleno de palabras hirientes y sin filtros desde su corazón. Cosas que podría dominar con elocuencia y dignidad. Incluso esperé que me lanzara la lamparita a la cara; la que esquivaría sin problemas. Pero sólo guardó silencio por unos momentos, con los ojos inexpresivos.

"¿Todo bien?" le dije.

Estiré la mano para acariciar su cabello, pero ella se alejó de mi toque con un respingo hacia atrás. Entonces, giró su cuerpo y se levantó de la cama, mientras se tambaleaba. Fue entonces que se vio aún vestida con la misma ropa que llevaba desde el día anterior. Inspiró hondo y habló.

"Señor Alastor, con su permiso, voy a asearme y a cambiarme de ropa." dijo mientras se dirigía al armario.

Guardé silencio unos momentos, sentado en mi lugar. Supuse que podría manejar la situación, a pesar de que ella no había tenido ninguna de las reacciones esperadas.

Finalmente, me puse de pie y me dirigí a la salida.

"Por supuesto, querida." dije, con las manos en la espalda "Te daré el espacio que necesites. Iré a calentar la cena. Preparé patatas con pollo al horno."

Ella no me respondió. Sólo tomó su bata y pasó delante de mí, rápidamente. La vi perderse en el pasillo, hasta que dio un portazo al llegar al baño.

Solté un suspiro. Supuse que las cosas podían haber sido peor. Lo mejor era darle un tiempo a solas y permitirle ordenar sus pensamientos. Bajé a calentar la cena y a poner la mesa. Debía admitir que me había esmerado en la comida. Después de un día completo sin comer, Charlotte tendría que estar famélica.

Después de quince minutos la escuché bajar por las escaleras. Entró a la cocina con inusual timidez.

"¡Toma asiento, querida!" le dije con entusiasmo "Tuve que sacrificar a un pollo del corral para cenar, pero me pareció adecuado porque no has comido en muchas horas."

Me reí. Ella parecía inmutable.

Le serví su plato y una taza de café humeante.

"¡Bon apetit!" le dije.

"Gracias." musitó.

Ella comenzó a comer, sin dejar de mirar el vacío. Comimos en silencio. Ella se mantenía en un estado casi catatónico y sin intensiones de dirigirme la palabra. Tampoco era que esperaba una gran charla de su parte. Después de una experiencia semejante, ella sólo necesitaba algo de tiempo para digerirlo todo. Y la verdad, ella se lo estaba tomando mejor de lo que esperaba. Mi primera impresión había sido que Charlotte me rechazaría en todos los aspectos al descubrir mi seguidilla de asesinatos, y el por qué los estaba ejecutando. Pero su silencio era exasperante.

Reprimí un suspiro y bebí de mi café.

Una vez terminada la cena, Charlotte se puso de pie y retiró los platos.

"No tienes que hacerlo por hoy." le dije, poniéndome de pie.

Ella abrió el agua del grifo y apiló los platos en el fregadero.

"Es mi trabajo, señor." dijo simplemente y comenzó a tallar los trastes.

Fruncí ligeramente el ceño. Esperé a que me dijera algo más. Pero ella siguió silenciosa, en su labor.

Finalmente, di media vuelta y caminé hasta la entrada de la cocina.

"Bueno, ya es hora de dormir. No hay problema si deseas cantar o tocar el piano, durante la noche. Dudo mucho que tengas ganas de dormir."

"Descanse, señor." dijo monótonamente.

La miré de soslayo y me dirigí a mi sombra.

"Acompáñala." ordené.

Mi sombra se despegó de mis pies y se deslizó por la pared hasta mirar a Charlotte. Ella elevó los ojos y se encontró con los de mi sombra, para luego seguir con su labor. Todo esto en una irritante calma.

"Buenas noches." dije y me fui.

Me sentía molesto. No sabía con quién. No sabía por qué. Esperaba que fuera cosa de tiempo que la normalidad retornara, y mi pequeño secreto no fuera razón para quebrantar el orden natural de mi hogar. Pero sería pecar de ingenuo si decidía dejar todo en manos del azar.

Me cambié de ropa y me metí a la cama. Resoplé por la nariz, con fastidio. Que Charlotte amenazara mi paciencia era algo nuevo para mí. Ella siempre había sido obediente. Siempre complaciente. Siempre dispuesta a seguir al pie de la letra mis solicitudes con una actitud brillante y una encantadora sonrisa. Entonces, presenciar a una Charlotte retraída y que evadía mi presencia era... desagradable. Mucho. Tendría que pensar pronto en qué medidas tomar para recuperar su luz.

No sé cuántas horas pasé mirando el techo, sin poder conciliar el sueño. El exceso de pensamientos me estaba manteniendo despierto y mi cuerpo estaba solicitando a gritos un poco de descanso. De pronto escuché tímidas teclas de piano resonando. Me senté en la cama de inmediato. Las notas comenzaron a formar una bella melodía. Una melancólica canción. No se parecía a nada de lo que hubiese escuchado antes. Y de música es algo de lo que me jactaba ser un conocedor.

Me recosté nuevamente y cerré los ojos. El eco de la melodía del piano de Charlotte, me arrulló como si fuese una nana hecha para mí.

Lo siguiente que supe, era que mi despertador estaba sonando. Lo apagué de inmediato y me senté para ponerme las gafas. Me sentía mucho más descansado.

De pronto, el sonido del piano de Charlotte llegó a mis oídos. ¿Cuánto tiempo había estado tocando? Salí de mi habitación, aún en pijama y bajé la escalera lentamente.

Ahí estaba ella, tocando teclas, jugando con las combinaciones de notas y anotando en un cuaderno, cada cierto tanto. Parecía tan absorta en su labor, que ni siquiera pareció notar mi presencia.

Me acerqué sigilosamente a ella.

"¿Qué escribes, querida?" le dije.

Ella dio un salto y se giró, en completo pánico a mirarme.

"¡Nada!" dijo en voz alta.

Cerró su cuaderno con rapidez.

"Buenos días, señor Alastor." dijo sin mirarme "Le haré su desayuno de inmediato."

"No hace falta. No tengo hambre." dije, desestimando su comentario.

Miré a mi sombra, que parecía aletargada y a los pies de Charlotte, cual gato dormitando.

"Espero que él no te haya causado problemas." dije.

"Es bastante silencioso." dijo, monótonamente.

Nos quedamos en silencio. Mantuve la compostura, a pesar de que estaba realmente inquieto. Charlotte parecía estar en el mismo pie que la noche anterior.

Fue entonces que decidí cambiar de estrategia. Me aclaré la garganta.

"¿Puedes tocar el piano para mí, Charlotte?" le pregunté.

Mi petición pareció tomarla con la guardia baja. Se mordió el labio inferior con nerviosismo.

"¿Qué desea que toque?" me dijo sin mirarme.

"¡Lo que desees, querida!" exclamé "Lo que te haga sentir algo menos abatido tu espíritu."

Ella pensó unos momentos antes de asentir a mi solicitud. Se acomodó, silenciosamente, en el banquillo del piano e inhaló hondo.

"Esta canción fue la última que aprendí antes de tener que dejar mi vida en la mansión." dijo en voz baja.

Me senté junto a ella en el largo asiento de madera, para observarla de cerca.

Comenzó con una dulce y laboriosa melodía de piano, antes de empezar a cantar.

Parlez-moi d'amour

Redites-moi des choses tendres
Votre beau discours
Mon cœur n'est pas las de l'entendre
Pourvu que toujours
Vous répétiez ces mots suprêmes
Je vous aime

Charlotte mantenía los ojos cerrados, mientras cantaba. Se la veía completamente inspirada.

Vous savez bien
Que dans le fond, je n'en crois rien
Mais cependant je veux encore
Écouter ces mots que j'adore
Votre voix aux sons caressants
Qui le murmure en frémissant
Me berce de sa belle histoire
Et malgré moi je veux y croire

Parlez-moi d'amour
Redites-moi des choses tendres
Votre beau discours
Mon cœur n'est pas las de l'entendre
Pourvu que toujours
Vous répétiez ces mots suprêmes
Je vous aime

Su voz era firme y melodiosa. Su expresión transmitía serenidad. Como quien sabe que tiene todo bajo control.

Il est si doux
Mon cher trésor, d'être un peu fou
La vie est parfois trop amère
Si l'on ne croit pas aux chimères
Le chagrin est vite apaisé
Et se console d'un baiser
Du cœur on guérit la blessure
Par un serment qui le rassure

Parlez-moi d'amour
Redites-moi des choses tendres
Votre beau discours
Mon cœur n'est pas las de l'entendre
Pourvu que toujours
Vous répétiez ces mots suprêmes
Je vous aime

Ella dejó de cantar en una larga nota y se quedó en silencio. Bajó sus manos hasta descansarlas en su regazo y agachó la cabeza.

"¿Así está bien?." dijo quedamente, sin dejar de mirar sus manos.

"No entendí gran parte de la letra." mentí.

Comenzó a jugar con sus pulgares.

"Pero tu voz es maravillosa, cariño." añadí.

El atisbo de una sonrisa se formó en sus labios. Pero se quedó en su lugar.

"¿Serías tan amable de traducir un trozo?" sugerí.

Ella elevó la vista un momento para mirarme a los ojos y luego bajar la mirada hacia sus manos, nuevamente.

"Háblame de amor.
Dime de nuevo cosas tiernas.
Tu hermoso discurso,
mi corazón no se cansa de escuchar,
siempre y cuando
repitas aquellas supremas palabras:
"Yo te amo."

Tú sabes bien que en el fondo, no te creo nada.
Y sin embargo, quiero aún
escuchar aquellas palabras que tanto adoro."

Volvió a bajar la mirada en completo silencio. Entonces noté algo que me hizo falta: ¿Dónde estaba el rojo de sus mejillas?

Por la connotación de la letra, ella generalmente estaría muy nerviosa y risueña sobre el significado de la canción. Pero ahí estaba; impasible y quieta. Como si su ser y su esencia se hubiesen resguardado en una coraza. Completamente inalterable a la canción que ella misma había cantado.

Fruncí el ceño.

Lo sentía. Quería aparentar que no, pero lo sentía. Comenzaba a temer que su natural energía y jovialidad, sería reemplazada por esa incómoda tensión que vibraba entre nosotros. Y la irritante distancia que mantenía de mí, comenzaba a ser realmente desagradable.

Por primera vez, en mucho tiempo, me sentí a la deriva por cómo otra persona se sentía. Necesitaba sentir que tenía el control nuevamente. Que el balance se recuperara. Necesitaba que Charlotte volviera a la normalidad.

Resoplé por la nariz y retiré unas motas de polvo de su hombro, con la mano. Ella no se movió.

"Sabes que no voy a matarte, Charlotte." dije con más seriedad.

"Lo sé, señor." dijo sin inmutarse "Si ya hubiese querido hacerme daño, ya lo habría hecho."

Entrecerré los ojos.

"¿A qué le temes, querida?" le pregunté inclinándome hacia ella.

"No le temo a nada, señor." dijo, elevando los hombros.

"¿Ni a la muerte?" dije entre risas, elevando una ceja.

"Ya he convivido bastante con la muerte, no es tan mala como parece." dijo, con simpleza.

Era desesperante. Su actitud era insoportable. Sus ojos que rehuían de los míos. Sus labios que se negaban a sonreír, el fuego de su espíritu amainado hasta débiles brasas. Toda ella me generaba un agobiante cúmulo de sensaciones que no quería tener.

Necesitaba saber qué estaba pensando. Necesitaba saber qué opinaba de mí ahora. Necesitaba reestablecer el orden, con desesperación.

Comencé a tocar unas pocas teclas del piano, al azar.

"No quería que lo supieras." dije con seriedad, sin dejar de sonreír.

"Puedo entender por qué no quería." respondió sin interés.

"La verdad preferiría que las cosas no cambiaran en casa."

"Seguiré haciendo mi trabajo sin falta, mientras usted disponga de mis servicios."

"Es bastante extraño verte actuar sin tu humor de siempre, querida." dije sin dejar de mirar las teclas.

"Supongo que lleva algo tiempo para digerir, señor. Ya volverá todo a la normalidad, espero."

Me incliné hasta ella, fingiendo buen ánimo.

"¿No tienes preguntas? Me siento generoso. Podría responder las que comúnmente no haría."

"Quizás después, señor Alastor." dijo, girando la cabeza en dirección contraria a mí.

Otro silencio.

Dejé de tocar el piano. Ella no parecía tener ganas de seguir. Y supuse que no había más que hablar.

Me puse de pie y me dirigí a mi habitación. Me vestí rápidamente y bajé hasta la entrada principal. Me puse la última chaqueta buena que me quedaba y mi bolso.

"¿No va a desayunar?" dijo ella, sin voltear a mirarme.

"No me siento apetente. Llegaré tarde hoy. Ten buen día, querida." dije y salí de casa.

Me quedé en el pórtico un momento y masajeé mis ojos con frustración. Dirigí mi mirada hasta mi sombra.

"Hazle compañía hoy." ordené.

De inmediato, se arrastró bajo la puerta hasta el interior de la casa. Con eso bastaría para mantenerla vigilada. Francamente, no me sentía tranquilo dejándola sola en esas condiciones. Pero tenía que llegar a la estación de radio a cumplir con mi jornada.

Todo el día estuve inquieto. Mantuve mi mente en el trabajo cuanto pude, para no caer en divagaciones. Miraba de vez en cuando a Charlotte, a través de los ojos de mi sombra. Ella no pareció hacer nada fuera de su rutina matutina, a excepción de que encendió la radio para escuchar mi programa. Alimentó a los animales del establo. Limpió y cocinó. Lavó y planchó. Sin considerar su rostro inexpresivo, no parecía que fuese un día fuera de sus actividades diarias.

Sólo fue a horas de la tarde, donde ya estaba todo hecho, que ella se sentó en el piano y tecleó unas pocas notas y se puso a llorar. Lloró amargamente. Lanzó alaridos desgarradores, mientras se cubría la cara, encorvada en el asiento del piano. Se recostó en el teclado, golpeando las teclas haciéndolas sonar juntas en un desagradable ruido.

Decidí dejar de mirar. Ese llanto era tremendamente incómodo. ¿Por qué era menos soportable verla llorar que ver a una madre y a sus hijos llorando al padre de la familia muerto en la acera? Intenté concentrarme en la canción que se estaba transmitiendo en ese momento en la estación.

The moon was all aglow

But heaven was in your eyes

The night that you told me

Those little white lies

The stars all seemed to know

You didn't mean all those sighs

The night that you told me

Those little white lies

I try, but there's no forgetting

When evenin' appears

I sigh but there's no regretting

In spite of my tears

Who wouldn't believe those lips

Who wouldn't believe those eyes

The night that you told me

Those little white lies

I try, but there's no forgetting

When evenin' appears

I sigh but there's no regretting

In spite of my tears

The Devil was in your heart

But Heaven was in your eyes

The night that you told me

Those little white lies

Those lies

Teeny-weeny little white lies

La canción terminó y el letrero de "Al aire" volvió a encenderse.

"Eso fue 'Little white lies', damas y caballeros." dije al micrófono "Las mentiras blancas pueden ser sus mejores amigas si las usan sabiamente."

Las siguientes horas laborales me mantuvieron la mente ocupada. Tarareé cada canción y evité volver a echar un vistazo a casa. No quería volver a tener esa desagradable sensación si volvía ver llorar a Charlotte.

Al final de mi jornada, me dirigí al local de Rosie con la excusa de ir a comprar otro abrigo. Francamente, no tenía ánimos de llegar a casa todavía. Ella me recibió con entusiasmo en su local y me invitó a beber un café con panecillos de queso.

"Me has pegado el gusto por el café, querido amigo" dijo ella, sentada en una discreta mesa a un costado de la habitación.

"¿Qué puedo decir? El té está sobrevalorado." dije con simpleza.

Me probé varios modelos, hasta que decidí por un largo abrigo gris oscuro. La imagen que me devolvió el espejo me agradó bastante.

"Creo que me quedaré con este, querida Rosie." dije, arreglando las solapas "Me parece una prenda con el sello de calidad y elegancia que le das a todo lo que haces."

"Tan adulador como siempre." dijo ella, untando su panecillo con mantequilla "Pero no creas que te haré sobre-descuento."

"¡Ha! No esperaría menos que pagar lo justo, amiga mía." dije modelando un poco más para mí.

"Por cierto, ¿cómo le quedó el vestido a Charlotte?" dijo, con expectación.

"¡Estupendamente!" exclamé. "Ella quedó realmente agradecida por el gesto."

"Fue un trato justo." dijo, enseñando los dientes con malicia "¿Y cómo creías tú que se veía?"

Me puse una mano en la barbilla.

"Mh... ¿Siendo justos? Ningún ser celestial se le podía comparar a Charlotte, aquella noche."

"Lo supuse." dijo con una sonrisa de triunfal arrogancia.

Tomó su taza y comenzó a girar la cucharilla, con fingida indiferencia.

"Y supongo que las prendas íntimas le hicieron juego aquella noche." dijo, insidiosa.

Me detuve en seco y alcé una ceja, aparentando ignorancia.

"No sé de qué me estás hablando, Rosie." dije "Pero ciertamente, no abrí el contenido de la bolsa que incluía sus prendas privadas."

Ella bebió un poco de su café antes de hablar.

"Me refería a que las vieras sobre su piel, Alastor." dijo, con incredulidad.

"No he visto nada de eso, querida." dije con firmeza.

Frunció el ceño con molestia.

"Charlotte ya es una joven adulta. No me digas que nunca la has visto como la hermosa mujer en la que se ha convertido, Alastor. Porque eso sería un pecado imperdonable."

Me saqué el abrigo y lo dejé caer en mi brazo.

"Oh, ciertamente, Charlotte es una dama encantadora." dije acercándome a su asiento "Pero te equivocas en el tipo de relación que llevamos. Todo es muy profesional en casa."

Ella dejó su taza, sonoramente, sobre el platillo y me miró.

"Discúlpame si consideré una aseveración errónea..." dijo con cautela "Pero de verdad creí que el siguiente paso sería el matrimonio para ustedes dos."

Me reí con fuerza.

"Querida, malinterpretas la maravillosa amistad que comparto con mi dulce Charlotte." rectifiqué.

Descansó su barbilla en el dorso de su mano. Me miró con malicia, mostrando los dientes.

"¿De verdad, Alastor?" dijo sonriendo "Te conozco desde hace muchos años, amigo, pero con la única mujer con la que he considerado con la que te ves realmente cómodo es con Charlotte."

"¿Insinúas algo, querida?" dije estrechando los ojos.

Lanzó una aguda risotada.

"Oh, sabes que nunca insinúo nada si no veo hechos concretos, mi estimado Alastor." dijo, con una perversa mirada.

"Sabes muy bien que mis planes de vida distan de tus predicciones." dije, poniendo mis manos en mi espalda.

"Planes que dejaste hace mucho rato en receso." dijo, divertida "Pero tranquilo. Continúa al ritmo que estimes conveniente. Sólo esperaré paciente en cómo intentas tomar las riendas de tus decisiones, cuando tu carruaje se descarrile."

Se rio nuevamente. Mi sonrisa se tensó, pero decidí que sería mejor dejar el asunto de lado.

"Oh, por cierto, no había podido preguntarte." dije en tono casual. "¿Qué tal estuvo el ´hígado'?"

"Duro y desabrido." dijo, rodando los ojos "De nada sirvió cocerlo a fuego lento. Ni muerto hizo algo de utilidad el inútil de Franklin."

Me puse mi chaqueta y comencé a abotonarla.

"La verdad no comparto tu exótico gusto de comerte el hígado de tu ex marido." dije con soltura "Pero, no estoy aquí para juzgar."

Se rio de buena gana.

"Gracias de nuevo por la ayuda, Al." dijo comiendo un bollo "Nunca podría haber ocultado el cadáver yo sola."

"¿Para qué son los amigos?" dije, poniendo una mano en mi pecho.

"Aún no sé cómo lograste limpiar la sangre que dejé regada en el piso." dijo poniéndose de pie.

"Un mago nunca revela sus secretos." dije, ensanchando mi sonrisa.

Ella resopló, pero no hizo más preguntas.

"¿Eso sería todo?" dijo, mientras metía mi nuevo abrigo en una bolsa.

"Sí, he tenido un par de altercados que me dejaron sin variedad en mis prendas." dije.

Le pagué doce dólares con cincuenta centavos y me dispuse ir camino a casa. Pero Rosie me entregó una segunda bolsa.

"¿Y qué es esto?" dije con curiosidad.

"Algo para Charlotte." dijo, mientras me empujaba a la salida "¿No notas lo avejentada que luce con toda esa ropa tan pasada de moda? Con esto, no va a desentonar un vestido 'Rosie' original. ¡Oh, la deshonra de que combinen mal mis productos!"

Llegamos a la entrada y me abrió la puerta. Tomé mi bolso del gancho y ella, prácticamente, me empujó hacia la calle.

"¡Ha sido una agradable visita! ¡Ten buena tarde! ¡Y luego me pagas!" dijo, de buen ánimo.

Azotó la puerta y la campanilla de bienvenida repiqueteó en el interior. Rosie giró el cartel de "Abierto" a "Cerrado" y cerró las cortinas de su local.

Me quedé de pie, impávido, con las bolsas en las manos, mirando a la puerta de la tienda de Rosie. Miré la bolsa extra con curiosidad. Era un abrigo rojo de mujer. Y en el fondo de la bolsa había panties nuevas y ropa interior escarlata.

Gruñí, mientras rodaba los ojos. Rosie iba a cobrarme estas prendas de más. Preferí no pensar en eso y me fui, rumbo a casa.

El camino de vuelta se me hizo, innecesariamente corto. Evité echarle un vistazo a Charlotte con mi sombra antes de llegar. Esperaba que al menos ya no estuviera llorando.

Ya había oscurecido y las luces de la casa estaban apagadas.

"Ven aquí." susurré.

Mi sombra llegó a mis pies y revoloteó con entusiasmo.

"¿Dónde está?" pregunté.

Ella se deslizó hasta las escaleras.

"Ya veo. Está dormida." dije con alivio.

Dejé las bolsas en la entrada y me dirigí a la cocina. La cena de estofado estaba en la olla y me serví un poco. Fue una cena solitaria y silenciosa. Mi pie comenzó a moverse inquieto, una costumbre que había intentado suprimir en el tiempo, pero cuando me sentía sobrepasado, se manifestaba.

Me puse de pie y me dirigí a la sala, sin molestarme en sacar el plato sucio de la mesa. Encendí la radio y prendí fuego a la chimenea con un chasquido.

Though I've nothing but love to offer
There is nothing I couldn't do
Either right or wrong, I could get along
Loving you the way I do

I could dine in on bread and water
Locked in chains with my thoughts on you!
Gosh, but love's a crime, but I'd serve my time
Loving you the way I do

Nothing in this world could divide us
Though dark clouds hide us for a while
I could find the dullest day exciting
To go on fighting for your smile, dear

Now I've told you just how I'm feeling
If you're feeling the same way too
Baby, now's the time, say you're glad that I'm
Loving you the way I do

Miré la radio con fastidio y la apagué. Olvidaba que en la tarde se transmitían ese tipo de canciones. Tomé un libro al azar de la estantería e intenté leer, para no tener que pensar. El sonido del tictac del reloj y la leña quemándose fue lo único que me hacía compañía. Pasó largo rato así. Sin prestar realmente atención a lo que estaba leyendo. Y si no fuera porque reconocí la palabra "Frankenstein", nunca me hubiese enterado del título que elegí.

Debí quedarme dormido en el sofá, porque lo siguiente que escuché fue el sonido angustiante de Razzle y Dazzle, mis cabras en el establo. Miré la hora. Las dos de la madrugada.

Me puse de pie rápidamente, subí a mi habitación a tomar mi rifle y al volver al pasillo, me encontré con Charlotte saliendo de su alcoba, asustada y en camisón. Nos miramos unos segundos, en estupor, en medio de la oscuridad, hasta que otro grito de las cabras nos espabiló. Bajé rápidamente las escaleras, con Charlotte pisándome los talones. Salimos de casa y di un disparo al aire con mi escopeta. Si alguien estaba en los alrededores, con eso bastaría para que se alejara.

"Haz una ronda." ordené a mi sombra, y sus ojos se perdieron en la oscuridad de la noche.

Miré a los alrededores, con el rifle cargado y preparado, en caso de que alguien apareciera. Charlotte ya no estaba a mi lado. La busqué con la mirada y supuse a dónde se había dirigido.

Fui al establo con rapidez, donde Charlotte ya estaba ahí. Razzle y Dazzle se le acercaron, intentando resguardarse de lo que las había asustado y Charlotte las acariciaba con ternura.

"Ya, ya, pequeñas. Mamá está aquí. Todo está bien." decía ella dulcemente, sin dejar de abrazarlas.

Algo me dio un vuelco en el pecho. La imagen de Charlotte consolando a esas criaturas se me hacía completamente encantadora. Con mano gentil, las acariciaba y susurraba tiernas palabras. Como una madre arrullaba a sus retoños asustados. ¿Por qué esa imagen podía llegar a conmoverme? ¿Qué hacía diferente mirarla acariciar a una cabra, que a una madre jugar con su hijo en el parque?

Cuando parecieron estar más calmadas, ella besó sus frentes y se puso de pie. Se giró a mirarme con expresión preocupada.

"¿Qué habrá pasado?" dijo.

"Ladrones." dije con simpleza "Mi sombra los vio huir de aquí. Pero ya están lo bastante lejos como para que pretendan volver."

"Me alegra que no se las llevaran." dijo, mirando a las cabras.

"La desesperación puede llevar a las personas a hacer barbaridades." dije, bajando mi rifle "Seguramente tendrían mucha hambre."

"Ciertamente."

El incómodo silencio volvió a aparecer entre nosotros. Di un suspiro. Hacía frío y Charlotte estaba descalza. El aliento gélido se notaba. Miré al cielo. Estaba comenzando a nublarse.

"Volvamos a casa, querida." dije, comenzando a caminar.

La escuché cerrar el corral y seguirme.

Ya dentro de la casa, me dirigí a la cocina y puse la tetera. Charlotte me miraba expectante desde la puerta.

"Ponte frente al fuego de la chimenea, querida." le dije "Tus pies te lo agradecerán."

Sin replicar, se dirigió a la sala. Yo me quedé en la cocina hasta que el agua hirvió y serví dos tazas de café. Al de Charlotte le puse tres cucharadas de azúcar. Y me dirigí a la sala.

Charlotte estaba sentada en el sofá de dos cuerpos frente a la chimenea. Miraba el fuego con avidez. Me senté junto a ella y le ofrecí una taza de café. Ella me miró, un momento antes de tomarla.

"Gracias." musitó.

"De nada, cariño." dije de buena gana.

Bebimos de nuestras bebidas, calentando nuestros gélidos cuerpos. La miré de reojo. Ella seguía mirando al fuego, con el borde de la taza tocando su labio inferior. No sabía cuánto tiempo más podríamos estar así. Ciertamente, existía la posibilidad de que ella se fuera y tenía métodos sobrenaturales para hacerla silenciar. Pero no me sentía cómodo en lo más mínimo someterla a ese tipo de tratos. Pero me estaba apresurando a los hechos. Aún tenía opciones que utilizar para intentar recobrar la naturalidad de nuestra relación.

Me recliné hacia adelante y recargué los codos en mis muslos, mirando mi taza entre mis manos.

"Charlotte, querida." dije, tratando de sonar casual "Me preguntaba si quisieras acompañarme mañana a un lugar, antes de ir al mercado."

Ella me miró sorprendida. Luego pareció bastante incómoda. Me reí con ganas.

"No, querida, no te digo que me acompañes a asesinar a nadie." dije acomodando mis gafas.

Pareció relajarse un poco. La miré, divertido.

"¿Qué dices?" le dije, con ojos entrecerrados.

Pareció meditarlo un poco.

"Si usted quiere que lo acompañe, lo haré." dijo con reservas.

"¡Espléndido!" exclamé, poniéndome de pie.

Ella dio un respingo. Me palmeé la frente.

"Por cierto, querida, te tengo un regalo." dije.

Me dirigí a la entrada y tomé una de las bolsas del local de Rosie.

"Espero que sea adecuado. Mañana probablemente llueva." dije, extendiéndole la bolsa.

Revisó el contenido de la bolsa y sacó el abrigo rojo. Lo estiró y lo admiró con ojos brillantes.

"Espero que sea de tu agrado." le dije, sonriendo.

Me miró un momento, antes de mirar el abrigo de nuevo.

"Muchas gracias, señor." dijo quedamente.

"En el interior hay otras cosas que Rosie te envió." dije "Pero te recomiendo que las revises en privado."

Ella siguió mirando el abrigo. Al menos, podía sentirla un poco menos tensa. Me dirigí a la escalera y la miré desde ahí.

"Bueno, querida, mañana saldremos a las nueve en punto. Ahora, a descansar. ¡Buenas noches!"

"Buenas noches." respondió, sin mirarme.

Reprimí un suspiro y me fui a mi habitación.

Me sumí en un sueño un poco más tranquilo que la noche anterior. No hubo pesadillas tormentosas, ni voces enterradas que querían llegar a mí. Lo cual agradecí al momento de despertar.

El sábado era uno de los mejores días de la semana. Podía permitirme un desayuno más tranquilo y ameno. Podía cocinar junto a Charlotte el almuerzo del día y salíamos al mercado durante la tarde. Podíamos permitirnos charlar en la Plaza del Congo sin apuros, y ver a los músicos y artistas ambulantes. Incluso algunas veces accedí a ir al cine con ella, aun cuando las imágenes sobre una pantalla no me eran del todo de mi agrado. Compartíamos el mismo sentido del humor y reíamos de buena gana de los mismos chistes y comentarios. Y en la noche, después de la cena, leíamos en la sala o cantábamos a dúo con las canciones que se transmitían en la radio.

Definitivamente, el sábado era un gran día, sin excepción.

Pero en esta ocasión tenía planes que distaban de una salida placentera.

Eran las siete de la mañana. Un poco más tarde de lo que regularmente me levanto el fin de semana. Me dirigí al baño para asearme. Me vestí lo mejor que pude y bajé a desayunar. Charlotte ya estaba ahí. Lista ya para salir, con el vestido rojo que le había regalado días atrás. Ella no tarareaba, mientras servía el café matutino y tampoco pareció notar mi presencia.

Me la quedé mirando en silencio desde la entrada de la cocina. Me gustaba ese vestido rojo. Hacía que Charlotte mostrara todos sus nobles y sensuales atributos, de una manera elegante y majestuosa. Como sólo una dama de porte podía hacerlo. Llevaba sus pantis nuevas, acentuando sus torneadas piernas en mallas negras. Me pregunté si también estaba usando el nuevo conjunto de prendas íntimas que Rosie le había mandado en la bolsa. Agarré el puente de mi nariz y cerré los ojos, con fastidio, para desechar ese pensamiento.

"Buenos días, señor Alastor." dijo ella, con voz monótona.

"¡Buenos días, querida!" exclamé, con una gran sonrisa.

"Tome asiento, por favor. Su desayuno está listo." dijo, poniendo tostadas en la mesa.

"Eres muy amable." le dije, mientras me sentaba.

Se sentó junto a mí y comenzamos a comer. Nuevamente podía sentir la tensión del día anterior, como una enorme y gruesa pared invisible que ella establecía entre nosotros. Ella me ignoraba. Parecía encontrar más interesante las orillas medio quemadas de su pan, que levantar la vista para conversar conmigo. Comí de prisa y me puse de pie.

"¡Date prisa, querida! ¡O se nos hará tarde!" dije, de buen ánimo.

Ella me miró con reservas.

"¿A dónde vamos, señor?" dijo, finalmente.

Le sonreí ampliamente, estrechando los ojos.

"Al cementerio." dije.

No escuché sus reclamos, ni sus inseguridades. Sólo me dirigí a la entrada y saqué mi abrigo nuevo de la bolsa de la boutique de Rosie y me lo puse, con toda la calma del mundo.

Charlotte llegó detrás de mí, con apremio.

"Señor Alastor, de verdad no creo que sea... prudente ir." trató de excusarse.

"Tonterías, querida." dije, girándome hacia ella "Necesito que me acompañes a ver unos asuntos pendientes."

"¿En el cementerio?"

"En el cementerio."

Parecía querer rebatir, pero inspiró hondo y descolgó su abrigo nuevo del perchero. Se lo acomodó y amarró a la cintura, con los labios apretados. No pude evitar mirarla de pies a cabeza. El abrigo le quedaba estupendamente. Rosie tenía razón: Charlotte ahora era toda una mujer. Una hermosa y elegante mujer.

Tomé el paraguas junto a la entrada y le ofrecí mi brazo.

"¿Vamos?" le invité, con una sonrisa.

Ella tomó mi ofrecimiento, sin mirarme.

Salimos de casa rumbo al tranvía con paso relajado. Era mejor hacer las cosas temprano. El camino de piedra y tierra estaba húmedo por el sereno. El cielo estaba gris por las nubes, que amenazaban con lluvia y nuestras pisadas eran lo único que rompía el silencio del tranquilo bosque.

Llegamos al tranvía y la multitud del día libre de muchos, era notablemente menos ante el evidente aguacero prometido. Charlotte se mantuvo pensativa y distante. No hice mayor esfuerzo en establecer una charla en el camino, que, seguramente, terminaría monologando. Así que al bajar del tranvía, nos mantuvimos en silencio por la calle. Yo, con la mirada altiva hacia el frente, y ella con la mirada en cualquier otro punto que no fuera sobre mí.

"¡Flores! ¡Lleve las flores para toda ocasión!" escuchamos a alguien que gritaba.

Me giré y era una señora de edad en un modesto carrito con diversos tipos de flores.

"¡Qué conveniente!" exclamé "Querida, elige las que más te gusten."

Charlotte me miró con una ceja alzada.

"Es por una buena causa." dije elevando los hombros "No podemos llegar con las manos vacías."

Me miró con escepticismo, pero luego se giró y se puso a indagar entre las plantas.

"Pero qué pareja más bonita hacen." dijo la señora

"No somos una pareja, señora." dijo Charlotte, con neutralidad.

Me reí entre dientes y miré a la incómoda anciana.

"Hemos tenido una mala semana." le dije, en tono confidente.

La anciana abrió los ojos, para luego dar una tímida y desdentada risa.

Observé a Charlotte tomar un pequeño ramo de flores rojas con tintes naranjas.

"¿Segura que quieres esas?" dije, asombrado por la simpleza de la flor.

"Son bulbos de canna Lucifer. Las favoritas de papá. Él tenía muchos arbustos de ellas en la entrada." dijo, con melancolía.

"Llevaremos esas, un ramo de narcisos amarillos y otro ramo de lirios, por favor."

La anciana tomó el pedido con entusiasmo y envolvió con cuidado las flores en papel de diario.

Al momento de pagar, tomé una rosa blanca, la puse en el bolsillo de mi saco y le guiñé un ojo a la señora. Ella sonrió y se cobró también de esa flor.

Nos encaminamos nuevamente en dirección al cementerio. El lugar era incluso más lúgubre en un día tan gris. Las tumbas blancas, manchadas con la tierra por el descuido del tiempo, los monumentos de ángeles de yeso en posiciones de lamentos y sufrimientos ante las tumbas, le daban un tono extra de morbo al lugar. Las pocas personas que estaban en el camino, limpiaban los sepulcros y acomodaban flores para honrar a sus muertos.

Caminamos en línea recta por el camino principal del cementerio. A medida que íbamos avanzando, las tumbas se hacían veían cada vez más apiladas y con mucho menos esmero en su construcción. Al punto de que algunas estaban completamente deterioradas, con el nombre gastado o totalmente borrado o destruidas por los saqueadores.

Charlotte me seguía expectante, y asumo que estuvo mucho tiempo sopesando lo que me dijo.

"¿A dónde vamos?"

"A ver a alguien muy especial." dije.

Llegamos, entonces a un amplio terreno cercado. La cerca de malla metálica estaba llena de flores nuevas y otras secas, mensajes de amor y de lamento en papel, e incluso unos pocos juguetes amarrados a ella con retazos de tela, gastados y mugrientos. Del otro lado había una extensa área de tierra tan grande como tres campos de futbol. Tenía tablas a medio poner, sobre lo que, claramente, eran agujeros en el piso. Muchos agujeros en el piso. Unas pocas personas, de aspecto andrajoso se encontraban cerca de ahí, de rodillas y murmurando rezos.

"Es... ¿una fosa común?" dijo Charlotte asombrada.

"Así es, querida." dije.

Le entregué los lirios que llevaba a Charlotte. Aparté el ramo de narcisos, retiré el empaque de papel de periódicos que tenía y lo comencé a acomodar en la malla metálica en silencio. Charlotte me observó, respetuosa, mientras hacía mi labor. Cuando acabé, no pude evitar sonreír con tristeza.

"En alguna parte de este lugar están los restos de mi madre." dije, con mis manos en la espalda "Es lamentable no poder encontrar su cuerpo, aún con magia negra. Ha pasado demasiado tiempo y sus huesos ya están hechos polvo."

"Creí que los huesos tardaban mucho más en volverse polvo." dijo Charlotte.

"De un pecador normal. Pero mi madre practicaba magia negra. Los huesos de una bruja no suelen dejar restos en el mundo de los mortales. Con un pacto con el más allá, se cobran de todo lo que fuiste en tu vida mortal."

"¿Ella le enseñó...?" dijo ella con reservas.

"Lo básico. Sí." dije, con simpleza "Aunque gran parte de lo que sé fue gracias a la investigación que hice por mi cuenta."

Charlotte miró los narcisos en la reja.

"Ella debió ser una buena persona." dijo.

Sonreí.

"Era una mujer espléndida. Pero a pesar de su gran conocimiento, a menos que fuese necesario ella nunca hizo mayores sacrificios que pequeños animales de granja para sus conjuros."

Acaricié uno de los pétalos de los narcisos.

"Sólo mató dos personas en su vida y en ambos casos fue por salvarme."

Ella me miró con sorpresa.

"Matar personas te da facultades mucho más potentes en los hechizos por tiempo limitado o puedes guardar ese poder en reserva." expliqué.

"¿No se puede revivir a un muerto?" dijo Charlotte, de pronto.

Me reí entre dientes.

"No, querida. Hay reglas hasta para la magia. Revivir a una persona aplica un precio bastante grande y en condiciones adecuadas." expliqué.

"Sacrificios." dijo con comprensión.

Sonreí ampliamente

"Para revivir a alguien se tiene un máximo de seis horas desde el momento de la muerte." expliqué "Y que alguien esté dispuesto a sacrificar parte de su propio tiempo de vida para otorgarlo a la persona que va a revivir."

Miré a Charlotte y parecía asombrada. Luego miramos el panteón por unos momentos de respetuoso silencio. A pesar de todo lo que había ocurrido en los últimos días, no fue para nada incómodo ese momento. Tenía emociones encontradas. Por una parte, la inevitable nostalgia que me generaba el estar frente a la tumba de mi madre y, por la otra, la tranquilidad que sentía al estar compartiendo ese momento con Charlotte.

"Bueno, aún hay lugares por visitar." dije, ofreciéndole mi brazo.

Ella lo tomó y recorrimos el camino de vuelta, dándole la espalda a la fosa común. Por suerte, no estaba lejos nuestro destino. Caminamos entre algunas tumbas antiguas, hasta llegar a un pequeño claro donde había bancas de piedra, acomodadas en un semi circulo. En el centro del claro había una pequeña escultura de cerámica de la diosa Tamis, con su inconfundible venda sobre los ojos. Mucho más blanca y cuidada que todas las demás esculturas que habíamos visto durante el día. La escultura desentonaba con el aspecto lúgubre del lugar. Las tumbas, con símbolos Santos de la cristiandad, parecían repudiar con miradas frías a aquella pequeña figura de la diosa de la justicia. En la inscripción de la base rezaba: "Res non verba".

"Hechos, no palabras." dijo Charlotte a mi lado.

"Me sorprende que sepas latín, querida." dije, interesado.

"Mi papá me enseñó." dijo con simpleza.

La figura estaba abarrotada a sus pies de flores y cartas incrustadas entre sus dedos, en los pliegues expuestos, pero sobre todo, en los platillos de su balanza.

"¿Qué es esto?" dijo Charlotte, mirando la figura.

"Peticiones. Agradecimientos. Tributos." dije, con indiferencia.

Tomé una carta y comencé a leerla con calma. Charlotte parecía perturbada.

"¿Qué hace?" dijo, molesta "¿No ve que todo esto es para una especie de deidad pagana?"

Me reí con fuerza.

"Tranquila, cariño, estas cartas son para mí." le dije, con altivez.

Ella me quedó mirando, boquiabierta.

"Este es un pequeño monumento que las personas del pueblo han tomado como una forma de rendir tributo a la imagen de El justiciero." expliqué sin mayor importancia "Usar a la diosa de la justicia como símbolo me parece bastante acertado, la verdad."

Le acerqué la carta que estaba leyendo y se la entregué. Su semblante se ensombreció.

"Ya veo. 'Gracias, Justiciero, por matar al asesino de mi hermana.'" dijo.

Tomó otra carta. Y otra más.

"'Por fin puedo dormir tranquila. Dios te bendiga justiciero. Vengaste el honor de mi hija.'"

"'Gracias por matar al asesino de mi esposo. Eres el héroe de nuestra familia.'"

"'Gracias por favor concedido.'"

Charlotte se quedó mirando las cartas unos momentos. Parecía estar meditando sobre aquellas palabras escritas por extraños, que adoraban la figura de un ser sigiloso que impartía justicia violenta, pero satisfactoria.

"Buenas tardes." escuchamos a nuestras espaldas.

Me giré y vi a un anciano. Traía un ramo de margaritas y un osito de peluche maltrecho en las manos.

"Buenas tardes." respondí, con cordialidad.

"Veo que también admiran al trabajo que ha hecho El justiciero." dijo de buena gana.

"Así es, vinimos a mostrar nuestro respeto a tan noble servicio a la ciudad." dije con una mano en mi pecho "Trajimos un ramo de lirios como ofrenda."

Charlotte se tensó a mi lado.

"¿No es así, Charlotte?" le dije, giñándole un ojo.

"Oh, claro..." musitó ella.

Se agachó a la base de la estatua y puso ahí el ramo de flores blancas.

"Me alegra que así sea." dijo el hombre agachándose también "Es el santo de todos los desprotegido de la justicia."

Acomodó el ramo de margaritas y se enderezó.

"El justiciero me ha ayudado a encontrar algo de paz, desde que asesinaron a mi hija." dijo el hombre con melancolía "No saben lo feliz que me hizo saber que acabó con los sujetos que abusaron de ella y mataron a su novio. Tenían tantos planes..."

El hombro dio un contenido sollozo y se limpió una solitaria lágrima de sus ojos.

"Oh, lamento que tengan que escuchar los delirios de un viejo." dijo, con una sonrisa forzada.

"Descuide." dijo Charlotte, conmovida.

El anciano puso el osito recostado en el pie de la figura.

"Espero que mi hija y su novio puedan al fin descansar en paz." concluyó el anciano.

Se giró a nosotros, se excusó y se fue de ahí.

Miré a Charlotte. Su expresión me indicaba que tenía una pelea interna bastante grande. Miré al cielo nebuloso nuevamente. Algunas pocas gotas estaban comenzando a caer. Abrí el paraguas y me acomodé junto a ella.

"¿Vamos?" sugerí.

Ella asintió lentamente y tomó mi brazo. Nos dirigimos al sector del cementerio con las tumbas más grandes y elaboradas. Parecían pequeñas casas blancas con elegantes columnas que levantaban la cornisa de la entrada y pórticos con escaleras prolijas y estériles.

"Por aquí debería estar el mausoleo de tu familia, ¿verdad, querida?" dije, elevando una ceja.

"Si mal no recuerdo, había una fuente cerca de él." dijo mirando a los alrededores.

Dicha fuente se encontraba un poco más adelante. Gracias a ella pudimos ubicar el mausoleo. Era una estructura claramente más grande y fina que las que la rodeaban. En la entrada había esculturas de intrincadas enredaderas ornamentadas, que recorrían toda la puerta. En la parte superior había un elaborado letrero, parte de la misma fachada que decía "Magne". Nos acercamos a la reja y Charlotte miró el enorme y oxidado candado que nos impedía el paso.

"No hay problema." dije y troné los dedos.

La cerradura se abrió limpiamente. Retiré el candado y abrí la puerta para permitirle el paso. Ella se tensó antes de entrar. La seguí.

Por dentro, el mausoleo de los Magne desplegaba la majestuosidad de la familia a la perfección. Los mosaicos de vidrio pintado en las ventanas superiores, permitían entrar luces multicolores en el interior. Las tumbas de la familia se encontraban apiladas en una pared en el fondo. Había dieciséis agujeros, de los cuales nueve estaban ya con ocupantes y una que parecía haber sido rota.

Una larga banca de mármol pulido estaba frente a las tumbas y enormes floreros de cerámica se acomodaban en cada esquina, con rosas marchitas desde hace mucho tiempo. Entre cada tumba había un pequeño macetero apegado a la estructura, para depositar flores también. Había una pequeña mesa a un costado de la habitación, con una biblia abierta en los salmos, con hojas amarillentas y humedecidas.

Charlotte se quedó de pie mirando las tumbas apiladas. Parecía estar incluso más pálida de lo normal. Puse una mano en su hombro y le sonreí para infundirle valor. Ella apretó los labios y se acercó a las dos tumbas que estaban más abajo y parecían las más recientes. Cada tumba tenía una placa de bronce con el nombre del difunto.

"¿Esas son?" pregunté, poniéndome junto a ella.

"Sí. Son las de mis padres." dijo, con resignación.

Acomodó las flores que había traído en el macetero que estaba entre los sepulcros de ambos padres. Miró a las demás tumbas.

"Los de abajo son de mis abuelos y mis bisabuelos." dijo apuntando. "A ninguno de ellos pude conocer."

Se abrazó y miró las tumbas.

"Es extraño venir, finalmente." dijo "Hubiese traído algo para limpiarlas. Están muy sucias."

Me acerqué a la tumba rota. Parecía haber sido profanada a la fuerza, pero estaba vacía por dentro. Y por el orden en las que estaban, parecía que aquella tumba había sido de alguien que había muerto antes que sus padres

"¿Y esta de acá?" dije, señalando a la tumba rota, a un costado.

Charlotte frunció el entrecejo y miró más de cerca.

"No lo sé." dijo.

Se acercó a investigarla bien.

"Creo que tiene algo adentro." dijo y estiró el brazo lo que más pudo y sacó algo metálico y cuadrado.

Charlotte lo inspeccionó y soltó un chillido de horror. Lo soltó y eso dio un golpe en el piso.

Me apresuré a acercarme. Charlotte tenía la boca cubierta con sus manos. Recogí lo que había impactado tanto. Era una placa metálica como la que tenían las demás tumbas. Pero esta era se veía mucho más vieja y gastada, que las de sus padres. Y en la leyenda decía:

"En honor a Charlotte Magne, amada hija. 1910-1918."

Miré a Charlotte, quien seguía demasiado impactada como para hablar.

"Esta es una placa con tu nombre." dije, con mi mano sobre mi barbilla "¿No hay otras Charlotte en tu familia?"

Charlotte negó con fuerza y me miró. Parecía aterrada.

"¿Por qué hay una placa con mi nombre?" dijo, mientras retrocedía para tomar asiento en la banca de mármol.

Me senté junto a ella con la placa en las manos.

"No sé por qué te impacta tanto, querida." dije con simpleza "Quizás tu tío te la tenía preparada para intentar matarte mucho antes."

Ella me miró. Habia mucho miedo en sus ojos.

"Señor Alastor, toda mi vida mi tío me dijo lo mismo: 'Charlotte Magne murió hace mucho tiempo'." dijo de forma sombría "Nunca supe a qué se refería. Pero nunca me trató como una persona. Me mantuvo encerrada en la casa, me miraba como si de un momento a otro fuera a explotar. Siempre me mantuvo vigilada. Me daba educación, para que la gente no hablara... Pero siempre me trató como si estuviera maldita."

Se tomó la cabeza entre ambas manos y se encorvó. Demasiado abrumada para poder seguir hablando.

Entonces llegó a mí, como un rayo de luz. Una revelación. Todo encajaba.

Una placa antigua con el nombre de Charlotte. La prematura muerte de sus padres. La indiferencia y las palabras de su tío. La insistencia por el alma de Charlotte. El grimorio de los Magne.

Eso era. La respuesta. La maravillosa respuesta.

Me puse a reír. Me reí con fuerza. Fue una risa liberadora. Esa risa que se desprende de haber conseguido una solución que buscaste por tanto tiempo.

Recuperé el aliento y miré a Charlotte, quien me veía confundida y ofendida.

"Oh, siento que ahora veo las cosas con más claridad." dije, e inhalé hondo.

Puse una mano en su cabeza y la miré de frente.

"Cariño, no tienes de qué preocuparte." le aseguré "Lo que pasó con tu tío no debe ser una razón de tormento para tu alma. Y lo que diga esa placa no es más que una vil mentira."

No se apartó de mi cuando puse una mano en su mentón.

"Estás aquí y ahora, y eso es lo que importa."

Ella frunció el entrecejo y forzó una sonrisa.

"Supongo que puedo intentarlo." dijo.

Le sonreí más ampliamente.

Nos quedamos en silencio mirando las tumbas un par de minutos. El sonido de la lluvia comenzó a hacerse presente desde el exterior.

"Quisiera poder hablarles." dijo de pronto.

"Inténtalo." dije.

"Estoy segura de que considera iluso hablarles a las tumbas. Ellos no me escucharán." susurró, molesta.

"¿Acaso tú no?" le dije, ladeando la cabeza.

Se mordió el labio y bajó la mirada. Puse una mano en su hombro.

"Eso creí." dije, satisfecho.

"Seguramente no me escucharán, pero quiero intentarlo." dijo con determinación.

Entendí a qué se refería.

"Adelante, querida." dije.

Ella se puso de pie. Tomó aire y elevó la vista.

"Hola, mamá. Hola, papá." dijo en un susurro.

Se detuvo un momento antes de continuar.

"Papá, mamá, lamento no haber venido antes." dijo mirando a los sepelios "De verdad discúlpenme por no haber tenido las agallas. Pero de verdad ha sido muy difícil estar sin ustedes. Las cosas en casa se pusieron muy feas para todos desde que el tío Miguel se quedó a cargo. Y yo tampoco llegué a tener la oportunidad de manejar la finca para demostrarles a todo el mundo, que no todos los Magne somos iguales. Aunque probablemente yo lo habría hecho mal... Sin la ayuda adecuada, probablemente habría estado perdida. Aún los necesitaba mucho cuando se fueron."

Se tomó un momento y continuó.

"Quizás ya estén enterados, pero ahora vivo con el señor Alastor. Él me salvó la vida y me dio un hogar. Como el que no sentía que tenía desde que ustedes se fueron. Él es una muy buena persona y me hubiese encantado que lo conocieran. Estoy segura de que se habrían llevado muy bien."

Inspiró hondo y se calmó antes de volver a hablar. Apretó los puños.

"He aprendido a hacer muchas cosas con él. Aprendí a cocinar y a cuidar de los animales de granja. Me hubiese gustado que vieran las cosas que hacemos en su taller de taxidermia o que probaran el Jambalaya que ahora puedo preparar..."

Por un momento, deseé que ellos pudieran escucharla.

Se quedó callada y luego se giró para mirarme; como pidiéndome permiso.

"Mi mamá me cantaba una canción cada noche." dijo de pronto "Aún la recuerdo con claridad. La adaptó con mi nombre."

"Sería adecuado cantarles mientras duermen." dije, sin mirarla.

Ella se quedó callada. Limpió una solitaria lágrima de sus ojos y tomó aire para cantar.

Fais dodo mon petit Charlotte,

J' t'apprendrai à filer la laine,

Fais dodo mon petit Charlotte,

J' t'apprendrai à fair' des sabots.

Fais dodo mon petit Charlotte,

Tu n'iras jamais à l'école,

Fais dodo mon petit Charlotte,

J' t'apprendrai tout ce qu'il en faut.

Fais dodo mon petit Charlotte,

Tu sauras cultiver la terre,

Fais dodo mon petit Charlotte,

J' te donn'rai voiture et chevaux.

Fais dodo mon petit Charlotte,

J' te donnerai-z-une bon époux,

Fais dodo mon petit Charlotte,

Un beau jour t'auras des marmots.

Acabó la canción con dificultad, entre gimoteos.

"Los amo." dijo con dificultad.

Se limpió las lágrimas. Inspiró hondo varias veces para calmarse. Yo me mantuve de sentado, mientras miraba su figura, espaldas a mí. Supuse que era un momento el cual no quería ser interrumpida.

El encuentro de Charlotte con sus muertos era algo que todos deseamos evitar. Una visión a un pasado donde la vida era más simple, rodeada de personas que la adoraban, pensando en que su futuro sería brillante, y que de pronto era interrumpido por la realidad y lo efímero de la existencia. Por eso prefería mantenerme al margen de lo banal. Me concentraba en cosas más importantes que hacer y sacar provecho en mi tiempo sobre la tierra. Después de todo, ser un pecador tenía consecuencias y no me interesaba merecerlas pronto.

Cuando Charlotte lanzó un último y largo resoplido, y se palmeó las mejillas, me puse de pie para ubicarme a su lado.

"¿Te sientes mejor?" dije.

"La verdad un poco." dijo abrazándose a sí misma "Nada hará que vuelvan los muertos de la tumba. Pero al menos puedo estar segura de que puedo aprovechar mi vida cuanto pueda y hacerlos sentir orgullosos, donde sea que estén."

"Oh, estarían orgullosos de ti, querida." le dije sonriendo.

Se giró y me miró con ojos brillantes. Llenos de melancolía, pero con un matiz de esperanza. Sonrió. Después de dos días, finalmente me dio una sonrisa sincera. Y no sabía cuánto la extrañaba.

"Gracias por venir conmigo, señor Alastor. Nunca me hubiese atrevido a venir sola." dijo con resignación.

Me reí entre dientes. Saqué la rosa blanca de mi solapa y la acomodé en el florero, con el ramo que Charlotte.

"Continúas subestimándote." dije.

"Además... tengo que hablar con usted." dijo, bajando la mirada.

La miré con atención, expectante. Ella elevó el rostro para mirarme. Podía ver tristeza en sus ojos, pero sobre todo mucha determinación.

"Señor Alastor, quiero que entienda algo: yo no le tengo miedo a usted." dijo con firmeza.

Me sorprendió la claridad de sus palabras. La forma en que me lo dijo, mirándome a los ojos, sin titubear.

"Todo lo que ha hecho desde que lo conozco, no es más que ser usted mismo." continuó "Usted nunca me ha hecho daño, me aceptó en su casa y me enseñó a ser mucho más independiente. Creo que desde que era niña no me había sentido tan feliz, y ya no tengo miedo de ser yo misma. Me incita a cantar y a hacer lo que me gusta y me llena el corazón."

Cerró los ojos y soltó un suspiro.

"Y no quiero perder eso." dijo mirándome nuevamente.

No pude evitar parpadear de la impresión. Me reí por lo bajo.

"Cariño, mi intensión nunca ha sido que las cosas estén tensas en casa." dije, alzando una ceja.

Tomé uno de sus mechones y jugueteé con él entre mis dedos.

"Tu alma es rara y rica para los espectros." dije "Pero una dotación surtida de almas humanas lo compensa bastante bien."

Le sonreí con malicia.

"No puede culparme por la impresión que me dio saber eso y ver todo lo que ocultaba." dijo frunciendo el ceño.

"Ciertamente." dije sin darle mucha importancia.

"Y casi me llevan para devorar mi alma." dijo, molesta.

"Puntualicemos que fue por tu propia curiosidad." dije soltando su cabello.

"Aún hay cosas que tengo que preguntarle."

"Y las responderé en medida que yo las considere conveniente." dije elevando las cejas.

Estaba enojada. Adorablemente enojada. Y me sentía infinitamente complacido al ver su ceño fruncido.

Me incliné hacia su rostro y acaricié su mejilla.

"Que no te quepa duda que seguiré con mis actividades clandestinas, mi querida Charlotte." le dije, entrecerrando los ojos "Es una labor social que me apasiona."

Apretó los labios antes de continuar.

"Lo que usted hace con su labor de El justiciero... lo mantendré en secreto." dijo con resignación.

"No lo dudé un segundo." dije estrechando mis ojos.

Se retorció las manos y se mordió el labio.

"Ser el Justiciero es una labor solitaria." le dije.

"No tiene que serlo... después de todo, se convirtió en El justiciero para protegerme." dijo contrariada.

"No tenía contemplado que te enteraras. No es una información que todos pudiesen manejar sin querer sacar provecho de eso."

Pareció ofenderse por mi aseveración.

"Como su sirvienta debo cuidar de que sus actividades se queden en el anonimato, señor." dijo con cautela "Mi sentido del deber con usted es muy fuerte. Cuidaré de que nadie más lo sepa."

Con el entrecejo fruncido, se remojó el labio inferior.

"A pesar de ser sólo su asalariada, me preocupo mucho por usted." concluyó.

Puse un mechón de pelo detrás de su oreja. Elevé su barbilla con mi mano.

"Oh, cariño, ya eres parte de mi familia." dije, sonriendo ampliamente.

Parpadeó por la impresión y me sonrió conmovida. Luego lanzó una pequeña risa.

"Gracias, señor Alastor." dijo, feliz.

Sentía la tensión aligerarse entre nosotros. Aquella coraza que Charlotte se había puesto, pareció desprenderse de ella y sentí una oleada de tranquilidad en el pecho. Su sonrisa era sincera. Sus ojos transmitían entusiasmo nuevamente. Por fin las cosas volvían a su equilibrio. Charlotte volvía a ser la misma y su espléndida energía comenzaba a desprenderse de ella, otra vez.

"Extrañaba hablar con usted." dijo de pronto.

"La verdad es que los monólogos agotan después de un tiempo." le dije.

Ella se rio. Y, luego, sonrió.

"Sé que aún me estoy acostumbrando a la idea. Pero... a pesar de todo, puedo asegurarle de que me gusta vivir con usted."

Abrí mucho los ojos por la impresión. A ella le gustaba compartir su vida conmigo a pesar de todo.

Actué sin pensar. Dejé caer el paraguas de mi mano. Tomé a Charlotte de los hombros y me incliné hasta rozar mis labios con los suyos. Fue un beso interrumpido, a medio camino, pero ninguno de los dos se movió. Nuestros alientos se mezclaban, nuestras narices se rozaban, sin que nuestras bocas terminaran de juntarse. La electricidad en ese sutil contacto fue abrumadora. Cuando recuperé la noción de lo que estaba haciendo, recogí el paraguas y me erguí. Le di la mejor sonrisa que pude y carraspeé.

"Entonces... ¿qué harás con esa placa?" pregunté con soltura.

Sus mejillas estaban sonrojadas y su expresión era de completa estupefacción. Dio un repentino respingo. Parecía no atreverse a preguntar por lo que acababa de ocurrir y yo evitaría cualquier pregunta al respecto.

"Oh, ehm..." musitó.

Tomó la vieja placa y la volvió a meter dentro de la tumba rota.

"Supongo que tiene razón. Esa placa miente." dijo, con seriedad.

"No suelo equivocarme." dije, arrogante.

Se giró para mirarme y resopló de agotamiento, con una media sonrisa.

"¿Nos vamos a casa, cariño?" le dije, ofreciendo mi brazo.

Ella se agarró de mi gancho y nos pusimos en marcha. Salimos del mausoleo y cuidamos de poner el candado nuevamente en su lugar. Lloviznaba débilmente y accioné el paraguas para resguardarnos del agua.

Recorrimos el camino empedrado del cementerio, con dirección a la salida. Muchas personas comenzaron a retirarse, dejando sus ofrendas de flores en sus respectivas tumbas.

Charlotte seguía cabizbaja. Temía haberla asustado por mi arrebato. Miró a los alrededores para comprobar que estábamos solos antes de hablar.

"¿Señor Alastor?" dijo ella con timidez.

"¿Sí, querida?"

"¿Cómo hace para nunca llegar a casa con sangre en su ropa?" dijo pensativamente "Matar a alguien debería dejarlo..."

"¿Completamente empapado?" terminé por ella.

Ella asintió con reservas.

Por toda respuesta, le entregué el paraguas, saqué un cuchillo de mi bolso y me hice un corte en un dedo. Ignorando la cara de espanto de Charlotte, dejé caer un par de gotas sobre mi abrigo nuevo.

"Así de simple puedes limpiar la sangre humana, querida."

Chasqueé los dedos y las gotitas se evaporaron. Pareciera que nunca estuvieron ensuciando la tela. Charlotte estaba fascinada.

"Es un sencillo conjuro. De no ser por él habría tenido muchos problemas al pasear por la ciudad totalmente manchado de rojo después de cada asesinato."

Me reí con fuerza.

"¿Sólo con sangre humana?" dijo intrigada.

"Así es."

Resopló.

"Ojalá sirviera con la sangre de venado. Así no tendría que remojar su ropa cuando sale a cazar."

Me reí de buena gana.

"Sería muy útil, ciertamente. Pero no. Sólo limpia la sangre humana."

Llegamos a la calle y nos dirigimos en camino al tranvía. La soledad de las calles, producto de la lluvia, nos permitía hablar en voz baja sin llamar la atención.

"¿Y utiliza los mismos cuchillos de la taxidermia en sus víctimas?"

"Sólo el que uso para desollar. Tiene muy buena hoja."

"¿Y cómo los encuentra si están prófugos? Ni la policía los ha podido ubicar."

"Es fácil, si preguntas a las mismas sombras."

"¿De verdad nunca nadie ha podido verlo? ¡Es increíble!" decía asombrada.

"Oh, me adulas demasiado, querida."

Ella tenía una curiosidad insaciable y yo no tenía reparo en responder todas sus preguntas. Me sentía extrañamente cómodo. Nunca había tenido interés en compartir este tipo de detalles con alguien, pero hablarlas con Charlotte le daba un nuevo enfoque a las cosas.

La rápida aceptación de Charlotte a mis actividades me tenía intrigado. Hasta cierto punto, sentía que ella se emocionaba con la idea de que yo matara criminales. Como una especie de héroe de la ciudad. Aun cuando yo mismo la puse en peligro al principio y el hecho de que fuera constante en mis asesinatos para salvarla de los espectros.

El viaje en el tranvía fue aglomerado y apretado. Quienes habían salido y fueron atrapados por la llovizna, se apresuraban por llegar luego a sus hogares. Mantuve a Charlotte cerca de mí todo el tiempo.

Caminando a casa por el bosque. La llovizna había cesado y el camino estaba lodoso. Sugerí a Charlotte que se mantuviera aferrada de mi brazo, en caso de que pudiera resbalarse.

"Te seré sincero, querida. Creí que no querrías volver a hablarme luego de saber las cosas que hago." dije.

Ella me miró con el entrecejo fruncido. Un viento frío movió nuestros abrigos.

"Es difícil acostumbrarse, la verdad." confesó "Pero después de hoy, creo verlo desde una perspectiva diferente."

La miré de reojo.

"Las víctimas de los maleantes ejecutados, señor, no fueron los únicos que salieron heridos. E intento ponerme en el lugar de las personas a las que ayudó."

Cerró un poco más la mano en mi brazo.

"No sólo es la victima de aquel asesino o abusador quien fue afectada. Sino toda su familia. Padres, hermanos, amigos, que se ven atados de manos porque la justicia es lenta y limitada. Y al final, quienes cometen crímenes se mantienen impunes, para seguir haciendo fechorías. Viviendo en total libertad y con ganas de seguir perpetrando más horrendos crímenes contra inocentes."

Apretó los labios.

"Pero existe El Justiciero. Una persona que ejecuta a los hombres y mujeres que viven al margen de la ley, y creen haberse salido con la suya. El Justiciero los caza y venga el nombre de los inocentes caídos. Eso le da tranquilidad a quienes lloran a sus muertos."

Sonreí.

"Tu descripción me hace sonar como un villano de una novela." dije elevando una ceja.

Ella se quedó callada, mirando el camino antes de responder.

"Pero, aunque usted asesina maleantes por motivos egoístas, el bien que hace a la comunidad y a todos los involucrados, como consecuencia de eso, es superior. Y juzgarlo por eso sería... injusto."

"No tienes que adular tanto mi trabajo, querida." dije, divertido "Recuerda la razón por la cual comencé todo esto."

"Para protegerme." sentenció.

Guardé silencio. La abrumadora verdad, aceptada por ella me tensó completamente.

"Creo en las segundas oportunidades." dijo con firmeza.

Me reí entre dientes.

"¿Acaso me estás dando una segunda oportunidad?" dije, con malicia.

"Bueno, si a usted no le interesa..." dijo, aparentando inocencia, mientras se miraba las uñas con indiferencia.

Me reí. De manera sincera y fresca.

Oh, esta chica.

"Déjame pensarlo." dije, recuperando el aliento.

Ella sonrió con resignación.

Comenzaba a sentirme mejor. Volver a sentir la esencia de Charlotte sin esa agobiante distancia, era realmente placentero.

Llegamos a casa, finalmente. Dejamos los zapatos y los abrigos húmedos en una silla frente a la chimenea. Charlotte puso algunos leños en ella y de un chasquido la encendí.

"Creo que puedo acostumbrarme a eso." dijo ella con una sonrisa tímida.

Me reí entre dientes.

Preparamos un rápido estofado para el almuerzo, y al momento de sentarnos a comer, conversamos de manera fluida y natural. Y me sentí tranquilo. La paz que me brindaba hablar con ella sin distancias. Parecía que todo volvía a la normalidad.

Pero aún tenía un par de pendientes de urgencia.

Terminamos de comer y Charlotte se puso a lavar los trastes. La observé hacer su labor mientras tarareaba. Como hacía días no lo hacía.

Me puse de pie.

"Cariño, hay algo que tenemos que hacer para concretar nuestro pequeño secreto." dije, con las manos en la espalda.

"¿De qué se trata?" dijo con curiosidad, mientras se secaba las manos.

"Acompáñame a la sala." ordené.

Ella me siguió, obediente.

"Espera aquí."

Fui a mi estudio, dando zancadas. Tomé un cuaderno, un sobre y un lápiz de grafito de mi escritorio.

Charlotte seguía de pie y con un ademán de mi mano, la invité a sentarse. Nos acomodamos en el sofá de dos cuerpos, y le entregué una libreta y un lápiz.

"Esto es muy simple, cariño." dije con seguridad "Sólo debes anotar un sencillo escrito donde juras nunca decirle a nadie sobre mis justos exterminios y mis actividades con el más allá."

Le sonreí ampliamente y ella miró el papel.

"¿Es necesario, señor Alastor?" dijo dolida "Yo no sería capaz de decirle a nadie sobre... lo que hace."

"Oh, estoy seguro de que no hay una intención de por medio, mi dulce Charlotte." dije tocando la punta de su nariz. "Pero es sólo por precaución. Si llegasen a interrogarte alguna vez, serás capaz de mentir la ignorancia más sincera sobre el tema."

Pareció meditarlo unos momentos, antes de mirarme.

"Bien... Me parece bastante justo." concluyó.

Sonreí. Ella escribió en la libreta, rasgó la hoja y me la entregó. Leí con detenimiento:

"Yo, Charlotte Magne, juro solemnemente nunca revelar la identidad del señor Alastor como El Justiciero o sus tratos con el más allá."

"Con eso bastará." dije, satisfecho.

Doblé la hoja y la guardé en el sobre. Luego se lo entregué.

"Ya casi está listo. Sólo falta un detalle."

Saqué mi cuchillo favorito desde el bolsillo interno de mi chaleco y lo saqué de su funda. Charlotte se tensó de inmediato. No pude evitar reírme entre dientes.

Le extendí el cuchillo y ella me miró confusa.

"Tienes que hacerte un corte en la lengua, querida." expliqué "Luego, con la sangre que salga, debes sellar el sobre y es todo."

Apretó los labios y tomó el cuchillo con manos temblorosas.

"¿Es necesario...?" trató de protestar.

"Sólo si quieres que el conjuro funcione." le dije con sorna.

Ella miró el cuchillo con determinación e inhaló hondo, para agarrar valor. Sacó la lengua y enterró la punta afilada en ella. Charlotte crispó la cara por el dolor, pero no cerró la boca. De la herida, la sangre escurría libre por su lengua, hasta combinarse con su saliva.

Ver su sangre me remeció por dentro, sorpresivamente. Un intenso deseo por probarla me invadió, como un instinto desquiciado y poderoso. Una palpitación conocida y caliente comenzó a generarme incomodidad en la entrepierna. Ese tipo de abultamiento me había sorprendido con bastante frecuencia en el último tiempo, y la única constante en todas esas oportunidades era por la presencia de Charlotte.

Cuando se cortaba el dedo mientras preparaba las verduras. Al verla tocando el piano con manos diestras, dejando la piel de su cuello y hombros expuesta en su ceñido vestido rojo. El ardiente beso que me dio noches atrás, confundiéndome con alguna ensoñación impura, que despertaba a su femineidad latente. O la reciente visión de Charlotte en camisón, y el glorioso y quemante toque de sus dedos manchados con mi sangre, mientras curaba mis heridas. Sus ojos gritaban, suplicaban, anhelantes por ser tomada aquella vez. Totalmente a mi merced. Y de no haber sido por mi deplorable condición de ese entonces, habría sucumbido a su plegaria.

Y cada vez era más difícil resistirse. Y casi me rendí a ella en un arrebato, en el mausoleo Magne.

Tragué duro. Cerré los puños con fuerza y hundí mis uñas en las palmas. Mis descarrilados pensamientos me estaban dejando en evidencia.

Ella tomó el sobre y empapó el sello con su sangre. Luego lo cerró. El color difuminado del carmesí empañó el blanco del papel. Charlotte me lo entregó y yo le sonreí. Lancé el sobre al aire y se consumió en llamas hasta no dejar más que cenizas.

"Ya está, cariño." le dije "Nuestro secreto está a salvo. Sólo procura no volver a indagar en lo que no quieres saber."

Me reí con fuerza y ella sonrió con resignación.

"No fue tan malo, ¿verdad?" le dije sonriente.

Ella sólo negó con la cabeza. Me miró con ojos expectantes y labios apretados.

Elevé una ceja.

"¿Qué ocurre? ¿Te comieron la lengua los ratones?" dije con malicia.

Frunció el ceño, con molestia.

"Oh. Te duele."

Ella asintió y se puso un mechón de pelo tras la oreja, con nerviosismo.

Entonces lo vi. La sangre de su reciente corte, se había escurrido y escapado por su boca. Sus labios entreabiertos parecían estar pintados por el más exquisito tono de rojo que alguna vez vi. Podía ver parte de sus dientes, también teñidos de carmín. Guiado por la curiosidad, acerqué mi pulgar a sus labios, retiré unas cuantas gotas rojas y me las llevé a la boca. Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa y sus mejillas enrojecieron. El sabor salado de su sangre era intenso, electrizante, como una ambrosía adictiva. Volví a pasar mi pulgar por su boca y lamí la sangre que había recolectado.

Miré a Charlotte. Ella tenía los puños cerrados con fuerza en su regazo, agarrando la falda de su vestido. Estaba tensa y con los ojos brillantes. Respiraba pesadamente. Oh, mi dulce Charlotte. Eras un libro abierto para mí. Quería ver qué tipos de otras caras podías hacer. Qué otro tipo de gestos y sonidos podría generar en ti. Elevé su mentón con mi mano y me acerqué a su cara. La miré con ojos entrecerrados y ella no se movió.

El olor a sangre de su boca me golpeaba la nariz. Saqué mi lengua y arrastré la punta por todo su labio inferior. Ella temblaba al toque húmedo, pero no se apartó. Seguí con mi inspección con más confianza. Pasé mi lengua por su labio superior. La salinidad de su sangre y el dulzor de su saliva comenzaban a mezclarse. No estaba satisfecho todavía. Indagué un poco más adentro. Deslicé mis manos por sus mejillas y la aproximé a mí. Apegando mis labios a los suyos. Mi lengua se abrió paso por su boca hasta chocar con la suya. No dejé de mirar sus expresiones en ningún instante.

Ella estaba nerviosa, sus ojos me lo decían. Pero me miraba anhelante y devota. Entregada a mi merced. Movía mi lengua rozando la suya, en un jugueteo insidioso y mojado. Pasaron unos momentos antes de que ella me correspondiera con tímidos toques, que respondían a mi llamado. Estaba haciéndome cosquillas. Pasé la punta de la lengua por la herida, que estaba cerrándose. Puse una de mis manos, firmemente, en su nuca para impedir que se alejara. Ella cerró los ojos y sólo se entregó. Invadí su boca sin tapujos. Aproveché de lamer todos los remanentes de sangre que quedaban dentro. Fueron minutos de indagación profunda. Donde el aire comenzaba a faltar y nuestras bocas se volvían cada vez más hambrientas.

Me aparté un poco de ella. Con la respiración agitada, pero consciente de lo satisfactorio que había sido. Ella seguía con la boca entreabierta, con los ojos vidriosos y las mejillas rojas. Me sentía perdido al mirarla. Sin pensarlo mucho, acaricié su pómulo con mi pulgar, con torpeza.

¿Qué quería de ella? ¿Qué era esa necesidad desesperante de querer tenerla tan cerca de mí, que la distancia entre nosotros no existiera?

Besarla no estaba dentro de mis planes. Francamente, conocerla no había estado dentro de mis planes. Creía tener la vida más o menos trazada, para hacerla lo más manejable a mi merced y capricho. Tomando las decisiones adecuadas, tendría todo bajo control. Pero poco a poco ese plan se fue desvirtuando y saliendo de su carril, por aquella mujer con la que me gustaba compartir mis días. Y ahora tenía en frente, implorándome algo que me había reprimido mucho tiempo.

Llevado por la emoción y la lujuria, volví a besarla. La besé muchas veces en los labios y ella me besada de vuelta, con entusiasmo. Mantenía el agarre de su cara firmemente entre mis manos. Eran besos casi desesperados, apremiantes, acumulados en el tiempo. Besé sus labios, sus ojos, su frente, sus mejillas. Y Charlotte hacía lo mismo. Besaba mi cara vigorosamente, con adoración, acunando mis mejillas. Desvié mis besos hasta su cuello, donde ella lanzó un gemido sonoro y profundo. La abracé con fuerza, apegué mi nariz bajo su mandíbula e inhalé el aroma natural de su piel, mezclado con su sudor. Abrí la boca y apegué mi lengua a su yugular. Ella dio un respingo y se atrevió a poner sus manos en mi espalda. A medida que besaba su cuello, ella se aferraba más a la tela de mi chaqueta.

La dureza de mi erección estaba llegando a límites dolorosos. Tenía que hacer algo con ella. Mi cuerpo me estaba gritando que necesitaba unirme al suyo. Deslicé mi mano por su espalda y bajé el cierre de su vestido. Ella gimió cuando la parte delantera quedó expuesta sólo por su nuevo sostén. En un ademán innato, ella intentó cubrirse, pero retiré sus manos con firmeza y la empujé para que quedara acostada en el sillón, quedándome a horcajadas sobre ella. Tomé el cuchillo con el que se había hecho la herida en la lengua. Deslicé la afilada hoja por debajo de la unión central del brasier, entre ambos pechos y lo dejé ahí. Entonces, ella me miró. No había miedo en su mirada. Era expectación pura. Ambos teníamos la respiración agitada.

Con el último atisbo de cordura y recato que me quedaba, pude hablar.

"No haremos nada que no quieras, Charlotte." dije, ensanchando mi sonrisa.

Ella parpadeó con sorpresa y me sonrió con complicidad.

"Me gusta el peligro, señor Alastor." susurró con seguridad.

Esa sola frase lo desencadenó todo, sin retorno. De un solo tirón corté el centro de su nuevo brasier. Sus pechos quedaron libres de esa maldita cárcel. Podía verlos con atención. Suaves, redondos, blancos y expuestos. Era muy diferente a la primera vez que los vi en aquel bosque; donde me habían generado incomodidad, en vez del quemante deseo por tocarlos.
Charlotte me miraba callada, impaciente y entregada. Su cuerpo de diosa estaba quieto y expuesto. Dando su consentimiento a ser arrebatado de su pedestal por un pecador.

¿Había realmente cabida para las palabras cuando habíamos llegado a un acuerdo tácito con nuestras acciones?

De un movimiento rápido, me monté sobre ella y comencé a chupar sus pezones. Ella de inmediato comenzó a gemir sin recato y, lejos de molestarme, me incitó a continuar. Besé, mordí, rasguñé, apreté y chupé sus pechos. Antes completamente blancos, ahora tenían ligeras marcas rojizas que indicaban mi paso. Pero Charlotte sólo suspiraba con placer. Ella enredaba sus dedos en mi cabello, invitándome a no parar.

La besé nuevamente en los labios. De forma salvaje y torpe. Nuestra falta de experiencia se veía compensada por nuestro entusiasmo. Ella luchaba con los botones de mi chaleco y camisa. Llevé una de mis manos hacia abajo y acaricié la longitud de sus piernas envueltas en medias hasta sus muslos. Masajeé sus firmes nalgas con las palmas abiertas, apretándolas, masajeándolas enérgicamente y disfrutando de la suavidad de su juventud. Hundí mis uñas en su carne. Y sin mirarlas, sabía que les había dejado una marca rojiza. Charlotte jadeaba por el deleite y el dolor.

Ella logró quitarme los botones de la camisa hasta la mitad y me abrazó, posesiva y hambrienta. Besando, lamiendo y chupando mi cuello y pecho. La mezcla del reciente dolor y su aroma, me hizo soltar un suspiro de placer.

Sentía que había tenido mucha paciencia. Una admirable fuerza de voluntad para no haber hecho eso antes. Pero saberla fiel a mí, incluso en estos momentos, me había sobrepasado. Me había dado el pequeño empujón que necesitaba para tomar lo que ella me ofrecía desde hace tanto. Con cada mirada cargada, cada sonrojo, cada movimiento de cadera y en cada canción. Me había estado invitando a que tocara su cuerpo sin escrúpulos y yo lo había estado evitando.

Acaricié sus pómulos con fuerza con mis pulgares, mientras no dejaba de besarla. De morder sus labios, de llenarme con su aliento.

No era un experto en el tema, pero sabía bien a dónde tenía que llegar. Levanté su falda hasta la cintura y miré su nueva ropa interior color escarlata. Miré a Charlotte y su cara estaba completamente roja. Cubría su boca con su mano. Y por un momento, pareció avergonzada por lo que estábamos haciendo. Pero antes de que llegara a los remordimientos, bajé mi rostro a la altura de sus bragas y toqué su zona privada con el dedo, por sobre la tela. Húmedo. Totalmente empapado. Guiado por la curiosidad y la excitación, tomé sus bragas y, de un tirón, las deslicé por sus piernas, hasta retirarlas y dejarlas caer a un lado del sofá. Charlotte me miraba con vergüenza, pero expectante.

Entonces, separé sus rodillas y la vi. Su vagina rosa y con vellos rubios. Era increíble cómo tantos hombres suspiraban e incluso cometían actos atroces, sólo por llegar a esa parte de una mujer. Pero en mi caso nunca me fue de interés aquel gusto morboso, casi retrógrado por la cantidad de mujeres a las que toman y presumirlo con sus pares. Antes de que Charlotte llegara a mi vida, los placeres carnales me tenían sin cuidado. Pero ahí estaba yo, mirando con adoración aquella parte prohibida, mojada y lasciva de mi dulce Charlotte.

Me incliné sobre ella y saqué mi lengua. De inmediato, Charlotte dio un respingo y un gemido ahogado. Lamí con vigor y sin tapujos. Puse mis manos en sus muslos y los separé firmemente, para que los espasmos de sus piernas no me interrumpieran en mi labor. Me sentí especialmente interesado por una pequeña protuberancia que generaba violentas sacudidas en Charlotte, cuando pasaba la lengua por ahí. Experimenté un poco más con ella. Usando mis dos pulgares, separé un poco más de la suave carne que lo rodeaba y lo ataqué con lamidas brutales.

Estuve entretenido haciendo eso. Deleitándome de aquel sabor raro y exquisito. Sosteniendo los muslos de Charlotte, para impedirle interrupción alguna. Hasta que los gemidos de Charlotte se convirtieron en gritos desvergonzados. Comenzó a retorcerse con más violencia.

"Se... señor Alastor. Algo... Algo viene... yo..." intentó decir, entre jadeos.

En ese momento, su espalda se arqueó y se mordió el antebrazo para menguar el poderoso grito de gloria que salió de su garganta. Fue un grito de victoria pura. Sus piernas temblaban sin control por los espasmos. No dejé de lamer aquel bendito botón de carne que había hecho a Charlotte gritar tan maravillosamente. De su vagina comenzó a fluir más líquido, el cual lamí con anhelo y gustoso.

Oh, ambrosía de una diosa.

Cuando dejó de moverse, levanté mi vista. Charlotte me miraba con ojos vidriosos, sonrojada y con la boca entre abierta. Respiraba muy agitada, como si hubiese corrido una maratón. Su mirada seguía llena de deseo. Me levanté hasta ella y la besé, con el reciente sabor a ella misma en mi boca. Ella atacó mi boca con su lengua, con fiereza y me tomó de las mejillas con fuerza. Al igual como aquel beso robado en el pasillo noches atrás.

Pero hubo algo que me desconectó de la realidad. Un simple acto que no sabía que se atrevería a hacer: Ella me mordió el labio el labio con fuerza. El escozor me hizo reaccionar de manera arrebatada y bestial.

La miré medio segundo, antes de profundizar más el desenfrenado beso. Entonces me erguí, me desabroché el cinturón y bajé la bragueta de mi pantalón con rapidez. Me detuve antes de bajar mi ropa interior. Charlotte me miraba expectante. Ansiosa. Emocionada. Tomé una inspiración y bajé mi calzoncillo.

Charlotte abrió los ojos por la sorpresa y la vergüenza. Que no dejara de mirar mi miembro viril me causó una cierta satisfacción irracional y primigenia. Tomé su mano y la guie para que lo tocara. Sus suaves manos apretaron con timidez la circunferencia de mi pene. Parecía fascinada por la solidez palpitante y cálida del cuerpo. Observaba con fascinación la cabeza expuesta y mojada, por el prepucio retraído.

Miré su cara de emoción, al empezar a mover mi mano por sobre la suya, dándole permiso para que siguiera con ese mismo ritmo. Su tacto gentil me hizo sentir expuesto, a su merced, mientras oleadas de placer me llegaban cada vez que ella bombeaba. Me tuve que recargar en el respaldo del sillón y lancé mi cabeza hacia atrás, mientras Charlotte seguía, impasible, en su labor.

Ella tomaba confianza, haciendo movimientos cada vez más seguros, sin importarle que la palma de su mano comenzaba a estar manchada del semen, que salía desde la punta. Y yo comenzaba a enloquecer ante esa nueva y estremecedora sensación.

Pronto, sentí que estaba en un límite peligroso. Algo que necesitaba salir.

Tomé la mano de Charlotte, y la aparté de un movimiento rápido. La miré, con la respiración agitada, por unos momentos. Ella se veía molesta. La había interrumpido en su tarea. Tan servicial como siempre. Se las arreglaba para verse completamente adorable incluso en una situación así.

Entonces, tomé sus piernas y las elevé, dejando su mojado coño expuesto. Tomé mi pene y con algo de dificultad lo puse en su posición. Di un último vistazo a su rostro sonrojado y lujurioso.

Entonces, entré en ella. Desgarrando, abriéndome paso por su estrecho, húmedo y cálido pasillo, sintiendo la sangre caliente de su virginidad manchando mi miembro. Separé un poco sus piernas y vi nuestra unión. Su sangre roja, brillante, gloriosa, brotaba libremente desde su zona más sagrada, ahora profanada. Su pureza había sido arrebatada por mí. Miré a Charlotte. Veía dolor en su expresión crispada. Pero no sólo dolor. Era placer. Del más puro y descarado. Con una desesperación casi animal que nos invadía, por unir nuestros cuerpos. Esa visión desconectó el último atisbo de racionalidad que me quedaba y mi locura por ella se manifestó.

Con un impulso bestial, comencé a embestirla. Sin misericordia y torpemente, mientras encontraba mi ritmo. Charlotte jadeaba con cada golpe de mis caderas. Sus pechos bamboleándose al compás. Quería seguir. Quería sentir todo de ella. Nada importaba en ese estado de frenesí. Maravillado de cómo ella apretaba mi pene, sus piernas abrazaban mi cintura, su sangre se combinaba con sus intensos fluidos, sin importarnos manchar el sofá. Escuchando sus gritos de súplica, su jadeos indecorosos y obscenos en mi oído. Me pedía que no parara. Esos sonidos eran una melodía dulce y salvaje que sólo yo tenía derecho de escuchar de ella. Mi propio dolor al sentir sus uñas clavándose en mi espalda, mientras ella me abrazaba con fuerza, queriendo apegar más sus senos a mi pecho desnudo, me incitaba a seguir. Todo era perfecto.

Finalmente, no aguanté más. Y sabiendo lo que venía, rápidamente, saqué mi miembro de ella y lancé un grito ahogado y brutal. Mi cuerpo se removió en un fantástico estremecimiento, caliente, hormigueante y liberador que nubló mis pensamientos, destruyendo toda compostura. Dejé fluir mi poderoso orgasmo, desvergonzadamente, sobre Charlotte. Manchando sus pechos, su vientre y su vestido rojo con mi semen.

Necesité unos momentos para recuperar el aliento. Si esta era la sensación que me había prohibido por haber ignorado las señales que Charlotte me había mandado durante varios meses, debía reprocharme con severidad. Sentía que había perdido tanto tiempo.

Sonreí más ampliamente. Me incliné hacia ella y aparté un mechón de pelo de su frente sudada. Apegué mi frente a la suya y nos miramos.

"Aún no estoy satisfecho, cariño." le susurré.

Aún con la respiración agitada, ella me sonrió de vuelta.

...

TERMINÉ. AL FIN TERMINÉ EL CAPÍTULO.

Alastor, eres un HDP tan dificil de indagar XD

Ya. Disfrútenlo uwu

¡Van los nombres de las canciones!

Little White Lies

Bert Lown - Loving You The Way I Do

Parlez-moi d'amour

Fais do do mon petit Pierrot (la letra está adaptada a tiempos modernos)