El suave respirar del señor Alastor me hacía cosquillas en mi coronilla. Me moví un poco y miré su rostro, con cariño. Era increíble que, aún dormido, él podía mantener una ligera sonrisa en sus labios. Suspiré feliz. Me gustaba verlo dormir. Era algo que deseé admirar durante mucho tiempo. A pesar de haber vivido dos años cruzando el pasillo, nunca antes había tenido la oportunidad de presenciar.
Era la madrugada del día viernes y mi quinta noche durmiendo con él. Desde el día domingo que no había ido a dormir a mi propia habitación. El aroma de la cama del señor Alastor era maravilloso. Tenía algo especial que me hacía sentir plena y protegida. Me apegué más a su cuerpo, apretando mis pechos desnudos a su cálido torso y sonreí, embelesada. Me sentía tan cómoda y calientita acurrucada a su lado, que no quería pensar en que pronto el despertador tocaría, anunciando una nueva jornada. Desde que compartimos la cama no había vuelto a despertar con aquella agobiante sensación de frío que me duraba todo el día.
Me puse a pensar un poco en cómo, sutilmente, las cosas habían llegado a este punto. Había sido una semana de verdad extraña, novedosa y excitante. Cerré los ojos para deleitarme en mis memorias de días atrás.
...
El día sábado anterior, al volver del cementerio y luego de cerrar el pacto de silencio con un conjuro, el señor Alastor me besó. De manera apasionada y voraz. Como no se había atrevido a hacerlo en el mausoleo de mi familia, y como yo sólo había imaginado en mis más descarados pensamientos. Había sido un beso anhelado, ardiente y húmedo. Con el sabor de mi sangre predominando en nuestras bocas. Todo era nuevo, vertiginoso, incitante. Me dejé amar por sus manos y su boca. Él me acariciaba casi con desesperación. Besé su cara con fervor. Deseando que mi adoración por él quedara clara.
Fue una sorpresa cuando me bajó el cierre del vestido y me recostó en el sofá. No pude evitar quedarme estupefacta. ¿De verdad mis plegarias serían escuchadas? ¿Realmente él quería hacer aquel acto tan íntimo conmigo y por el cual yo había estado esperando en secreto?
Estaba nerviosa. Por mucho que había anhelado algo así, mis nervios comenzaron a llenarme de dudas. ¿Estaría yo a la altura de la situación? ¿Le agradaría mi cuerpo marcado con cicatrices en la espalda? En él se veían excitantes, no obstante, en el cuerpo de una mujer, no debería ser atractivo.
Pero cuando sacó el cuchillo y lo puso en la unión de mi brasier, sentí una emoción poderosa que me invadía y disipó mis inseguridades. Un deseo y añoranza casi incontrolable por él se expandió por todo mi cuerpo. Me sentí motivada, completamente, por el amor y el hambre intenso por tocar su piel. La visión de mi adorado señor Alastor, saliendo de la compostura que tanto cuidaba a diario, con una mirada de deseo que rozaba en lo demencial. Jadeante y ansioso. Era como la visión de un imponente e irresistible demonio.
No nos movimos. Sentí la helada hoja del cuchillo, peligrosamente cerca de mi piel, mientras él estaba pidiendo mi autorización de cortar mi brasier.
"No haremos nada que no quieras, Charlotte." dijo, ensanchando su sonrisa.
Me conmovieron tanto sus palabras. Él seguía pensando en mi consentimiento. Aun cuando era mucho más fuerte que yo y podría haberlo hecho a la fuerza sin problemas. No podía decirle que no. No quería decirle que no. Deseaba tanto estar con él desde hacía demasiado tiempo. Y no desperdiciaría esta oportunidad.
"Me gusta el peligro, señor Alastor." susurré con seguridad, con una sonrisa.
De inmediato, cortó el brasier de un tirón. La liberación de mis pechos fue majestuosa. Ni en mis sueños más osados lo imaginé tan apasionado. Me sentía maravillosa. Amada. Deseada. Creía que no podía sentir más plenitud que verlo mordiendo y besando mis pechos. Pero no fue nada en comparación a cuando retiró mis bragas y sentí la viscosidad de su lengua contra mi zona más íntima. Los estremecimientos que me generó fueron algo nuevo, poderoso, hasta el punto en que me dio miedo. No creía que pudiera sentirse mayor placer que ese. Pero me equivoqué. Sólo había pasado un par de minutos desde que él comenzó con su labor, para empezar a sentir que algo venía. Como un fuego voraz y devastador que se expandía por mi cuerpo. Una sensación gloriosa que me inundó y tensó la espalda. Se nubló cada pensamiento racional que tenía, debilitó mis piernas, me hizo gritar y retorcerme de las oleadas de placer que me llegaban. Cuando esa breve pero intensa sensación terminó, quedé sin aliento. No sabía qué había sido eso, pero me había encantado. Había sido tan liberador y satisfactorio, que estaba segura que debía tener un nombre.
Pero las cosas no habían terminado ahí. Oh, no. Apenas empezaban.
Pude verlo. Su nerviosismo. Sus ansias por avanzar. Me presentó su miembro, justo antes de dudar si liberarlo o no de su ropa interior. Era fascinante. Mi curiosidad era superior a lo cohibida que me sentía. Había visto esa parte de los hombres únicamente en los libros de ilustraciones de anatomía de papá. Y fue de mucha ayuda leer a escondidas las novelas de mi tía Magda, durante mi adolescencia. Poseía libros de temática rosa como "Cumbres borrascosas" y "Orgullo y prejuicio". Pero también tenía títulos polémicos como "El amante de Lady Chatterley" y "La autobiografía de una pulga", los cuales guardaba celosamente en una vieja estantería, para que mi tío no las encontrara. Pero yo sí sabía dónde estaban. Con base a lo que leí, yo podía sacar mis conclusiones. Sabía que su pene debía entrar en mí y sabía que eso sería placentero para ambos. Tomó mi mano y me invitó a tocarlo. Con cariño, sabiendo que era delicado, mantuve un ritmo constante. Deleitándome en los maravillosos sonidos que hacía, claro signo de que le gustaba.
Finalmente, me interrumpió en mi labor y lo miré molesta por la interrupción. Se inclinó hacia mí. Había llegado el momento. Fui paciente y entregada. Permitiendo que se acomodara y se sintiera seguro para comenzar. Yo había decidido que él sería al único a quien le permitiría llegar a mí de ese modo. Mantuve las piernas abiertas, dándole la bienvenida a despojarme de mi castidad. Y así lo hizo. Él entró en mí, desgarrando mi virginidad de un solo movimiento. Ser invadida completamente por él, mientras me miraba con anhelo, había sido increíble, estrecho y doloroso. Acaricié su espalda y besé las cicatrices de su pecho, en el sofá.
En un principio, no negaré que fue incómodo. Pero, el dolor de tenerlo dentro comenzó a menguar, paulatinamente cuando ya tomó un ritmo. Me sentía eufórica. Mientras él agarraba mis nalgas con posesividad, mientras me embestía. Quería ser suya con todo mi ser. Lo abracé susurrándole en su oído que no parara. Entonces, poco después, se separó de mí y lanzó un grito ahogado, casi como el gruñido de una bestia. Su cara tenía la expresión del cúlmine triunfal de un rey. Fue, entonces, que me manchó el cuerpo, con lo que, después me explicó, que era su semen. Y si soltaba eso dentro de mí, quizás podría dejarme encinta. Esa decisión me pareció bastante sabia de su parte.
Mientras lo miraba recuperarse, por un maldito segundo sentí terror. Creí que él se pondría de pie, se arreglaría la ropa y haría como si nunca hubiese ocurrido nada. Pero cuán equivocada estaba.
Se inclinó hacia mí y apegó su frente a la mía y me miró con ternura.
"Aún no estoy satisfecho, cariño." me había susurrado.
Y sola esa frase fue el comienzo de varios días intensos.
Aquella tarde de sábado estuvimos teniendo intimidad casi sin detenernos. Nos habíamos movido a su habitación, para mayor comodidad. Aprendí cosas de mí misma y cosas de él, que nunca hubiese imaginado, en esas horas de pasión. A él le gustaba ser dominante y eso me gustaba. Me gustaba mucho. Saber que podía hacer y deshacer conmigo cuanto quisiera, parecía encantarle. Experimentando posturas. Llegando a nuevos niveles de plenitud, que nunca había sido capaz de imaginar. Descubriendo que el dolor limitaba con el territorio del placer, cuando descubrí que él gustaba golpear mis nalgas mientras me llenaba. Y eso me encantaba. Sentir esa necesidad de tocarnos, escudriñando en puntos que pudieran hacernos gemir. Oh, sus gemidos de placer. Me hacía sentir tan poderosa saber que podía hacerlo generar esos sonidos. En especial, disfrutando de un punto débil que le encontré: sus orejas. Eran muy sensibles. Le encantaba que las acariciara y susurrara en su oído. Eso lo enloquecía.
Terminamos cuando el sol ya se había ocultado. A ninguno de los dos se le pasó la cena por la cabeza. El señor Alastor se quedó dormido, ya exhausto. Lo miré con cariño, maravillada por cómo ese hombre me había hecho sentir. Besé su frente y me retiré de su habitación. No quería presionarlo, ni incomodarlo si se viera despertando junto a mí.
Volví a mi propia habitación. Me acomodé en mi cama, desnuda, agotada pero feliz. Estaba demasiado cansada como para ponerme el pijama.
Desperté el día domingo muy temprano. Y de inmediato supe que nada de lo vivido había sido un sueño. Mi cansancio se manifestó con dolor muscular. Mi desnudez, las marcas de las uñas y chupetones rojos con tintes morados sobre mi piel, me recordaban lo arrebatadoramente ardiente de nuestro encuentro el día anterior. Sentía una extraña mezcla de agotamiento corporal y de satisfacción.
¡Realmente había pasado! ¡Realmente había tenido intimidad con el señor Alastor! ¿Cómo debería hablarle? ¿Seguiría todo como si nada o algo cambiaría entre nosotros?
Con la cabeza hecha un lío, me fui a dar un baño antes de ir a hacer el desayuno. El potente olor combinado de sus fluidos y los míos era bastante difícil de ignorar.
Mientras estaba en el agua, pude pensar con tranquilidad. ¿Qué pasaría si al encontrarme con él en el desayuno, se excusara por lo que había pasado? ¿Podría vivir tranquilamente ignorando todo lo que habíamos vivido el día anterior? Y ahora que no era virgen, ¿significaba eso que los espíritus tendrían menos interés por mi alma?
Sin llegar a una conclusión satisfactoria, me vestí y bajé para preparar el desayuno. Mientras me ponía el delantal, escuché el sonido de los pasos del señor Alastor en el segundo piso. Ya estaba despierto. Mi estómago me dio un vuelco. Tuve que tomar algunas respiraciones antes de volver a concentrarme en preparar la mesa.
Estuve atenta a cualquier ruido, hasta que finalmente lo escuché volver a su habitación después de salir del baño. Necesitaba calmarme y me dirigí a encender la radio. Pasé por varias estaciones. Algunas sólo eran ruido blanco, por el horario de domingo. Pero llegué a una que sí estaba transmitiendo. Volví a la cocina, mientras escuchaba algunos anuncios de detergente y ropa de varón a la moda. Al poco rato, estaban tocando "You are the cream of my coffe".
La música me tranquilizó mientras comenzaba a tostar el pan y no pude evitar comenzar a tararear la melodía. A pesar de mis nervios, me puse a cantar.
You have a great way
An up-to-date way
Of telling me you love me
It gives me such a thrill
I know it always will
My head is turning
And just from learning
Your estimation of me
And as for you, I'll say
I feel the self same way
Saqué el pan del tostador, sin dejar de mover las caderas, y los puse en un plato.
You're the cream in my coffee
You're the salt in my stew
You will always be my necessity
I'd be lost without you
You're the starch in my collar
You're the lace in my shoe
You will always be my necessity
I'd be lost without you
Me giré para poner el plato del pan en la mesa y vi al señor Alastor, recargado en el marco de la puerta. Sonriendo con complicidad y comenzó a cantar la siguiente estrofa.
Most men tell love tales
And each phrase dovetails
You've heard each known way
This way is my own way
Se acercó y tomó mi mano para hacerme girar y dejarme caer en su brazo. Yo me reí.
You're the sail of my love boat
You're the captain and crew
You'll always be my necessity
I'd be lost without you
Comenzamos una improvisada danza en la cocina. Y la risa era espontánea entre ambos. Él siguió bailando conmigo, alrededor de la mesa en un vals juguetón. Cuando el coro se repitió, comenzamos a cantar a dúo.
You are the cream in my coffee
And you are the salt in my stew
You will always be my necessity
I'd be lost without you
Me dio un par de giros, sin dejar de sonreír.
You are the starch in my collar
And you are the lace in my shoe
You will always be my necessity
Oh, I'm wild about you
You give life savor
Bring out its flavor
So this is clear, dear
You're my worcestershire
You're the sail of my love boat
You're the captain and crew
You will always be my necessity
I'd be lost without you
Terminó completamente la melodía. Nos habíamos detenido y yo le sonreí.
"Buenos días, cariño." me dijo, sonriente.
"Buenos días, señor Alastor." respondí.
"¿Descansaste?"
"Un poco. La verdad aún me duele el cuerpo." dije, sonrojándome y quitándome el delantal.
"Uhm..." musitó el con interés, sentándose en la cabecera de la mesa.
"¿Y usted?" le pregunté, poniendo agua caliente en las tazas.
"Estupendamente, querida." dijo con malicia, poniendo su barbilla en su mano "Creo que nunca me había sentido tan satisfecho al despertar."
Me sonrojé hasta las orejas y me senté.
"Me alegra saberlo, señor." dije, poniendo el azúcar en mi café.
Lo escuché reírse entre dientes. Me miraba atentamente mientras revolvía mi café.
"¿Qué pasó con la osadía de ayer, cariño?" dijo, insidioso.
Apreté los labios. Se estaba burlando de mí.
"Supongo que esa Charlotte aún está dormida." le dije, con una sonrisa tímida.
Él se rio y yo me relajé un poco.
"Por cierto, dado que ayer no fuimos al mercado tenemos que ir hoy o nos quedaremos sin suministros para la semana." dijo, más animadamente.
"Tuvimos que volver antes, por la lluvia." concordé.
"Bendita lluvia." dijo él, y sorbió de su café, con tranquilidad.
Mordí mi pan, tensa y un poco molesta. Si su intención era ponerme incómoda, lo estaba logrando. Lo miré de reojo. Él me miraba con una expresión burlona y pícara. De verdad parecía disfrutar ponerme nerviosa.
Inspiré hondo y me armé de paciencia. Sería un largo día.
"Bien, entonces está dicho." dijo, tomando una tostada "Te ayudaré con el aseo, para terminar rápido. Después de todo, fui coprotagonista del desastre actual de mi habitación."
Lo miré con fastidio por ese comentario y él me dio su mejor sonrisa, fingiendo falsa inocencia.
"Bien, así acabamos antes." dije, con altivez.
Él se rio por lo bajo.
Terminamos el desayuno y nos dispusimos a hacer el aseo. Con él ayudándome, las cosas eran más sencillas. Lavé los trastes, mientras él iba a alimentar a los animales. En poco rato ya teníamos casi todo listo. Me dirigí a la sala con el agua nueva del florero de los narcisos y, luego de quitar el polvo de las repisas y estantes de libros, me dispuse a ordenar el resto de la habitación. Sólo entonces, noté algo en el suelo. Lo recogí y vi, con horror, que se trataba de mi ropa interior del día anterior. Lo guardé en el bolsillo de mi delantal, esperando que el señor Alastor no hubiese notado mi desvergonzada prenda a la mitad de la sala.
Luego me acerqué al sofá para esponjar los cojines. Y fue cuando vi la mancha café de sangre seca mezclada con nuestros fluidos, en uno de los almohadones. De verdad habíamos hecho un desastre. Tomé el cojín con un sonrojo, pensando en qué hacer para quitar la mancha. En ese momento entró el señor Alastor a la habitación. Él se acercó a mí, tronó los dedos y las manchas desaparecieron de la tela. No quedaba ni remanente de los fluidos secos, ni de la sangre.
"Oh... ¿También funciona con otros... líquidos corporales humanos?" dije, asombrada y nerviosa.
"La verdad me sorprende tanto como a ti." dijo poniendo su mano es su barbilla "Nunca había tenido la necesidad de limpiar algo más que sangre."
Acolché y acomodé el cojín en su lugar. No pude evitar pensar en el primer encuentro del día anterior. Me estremecí al recordar la intensidad de los besos y las caricias en ese sofá, y de cómo me había hecho sentir.
"¿Algún pensamiento te distrae, cariño?" lo escuché, decir muy cerca de mi oído.
Me sobresalté y me giré hacia él, nerviosa.
"¡Vamos a arreglar su habitación! ¡Se nos hará tarde para el mercado!" dije en voz alta y me dirigí escaleras arriba, con la escoba en mano.
Me reprendí por divagar de esa manera. Pero siendo sincera no sabía cómo abordar el tema. Y me fastidiaba que él pareciera divertirse a costa de mi nerviosismo. Aunque una parte de mí estaba aliviada. Él no negaba el encuentro del día anterior. Ni tampoco parecía sentir algún tipo de remordimiento.
Suspiré. Me avergonzaba reconocer que yo no estaba satisfecha. Quería volver a tener intimidad con él. Esa extraña necesidad de querer tocarlo, se había convertido en una sed quemante por el deseo. Pero debía ser cauta y reprimir mi entusiasmo. Presionarlo podría generar algún tipo de rechazo de su parte al que no quería arriesgarme.
Abrí la ventana de la habitación, para ventilar. Un extraño olor que combinaba nuestras esencias humanas estaba en el ambiente. El aire frío sería suficiente para que se disipara. Tomé las frazadas y las estiré hasta los pies, dejando las sábanas expuestas. Me entró el pánico al ver las blancas sábanas con manchas secas de líquido transparente. Después de entender mejor la anatomía masculina, me incomodó darme cuenta de cómo es que Angel y sus comensales mancharon tanto el piano después de sus encuentros.
El señor Alastor entró en ese momento y de puso de pie junto a mí. Entendiendo la situación, tronó los dedos y las manchas se evaporaron.
"Parece que hubo bastante entusiasmo aquí ayer." dijo, insidioso.
Resoplé con frustración y sacudí las sábanas.
"¿Algo te molesta, cariño?" dijo, divertido.
"No." dije secamente.
"Tu expresión me indica lo contrario."
Tomé aire y lo miré.
"La verdad sí. Estoy un poco nerviosa." confesé.
"¿Oh? ¿Tiene algo que ver con el desenfrenado encuentro que tuvimos ayer, querida?" dijo, con soltura.
"Parece que sólo quiere burlarse de mí..." mascullé, indignada.
De verdad no sabía qué me estaba pasando. Me sentía sumamente alterada. No pensaba en nada más que hacer lo mismo que el día anterior, pero al mismo tiempo me avergonzaba que él estuviera tan tranquilo al respecto. ¿Era yo la única ansiosa por más? ¿Acaso no tenía esas desesperantes ganas de tocarnos, como yo las tenía? Seguía tan irritantemente relajado y parecía disfrutar de mi incomodidad ante el tema, que me fastidiaba.
Me abracé a mí misma y suspiré. Me inspeccionó por unos momentos antes de hablar.
"Cariño, si es porque te arrepientes de haber..." comenzó, con una nota de seriedad.
Abrí los ojos y me giré a él, rápidamente.
"¡No me arrepiento!" lo interrumpí, espantada "¡No me arrepiento de nada de lo que pasó ayer, señor!"
Me miró con sorpresa y deleite. Acercó una mano a un mechón de mi cabello y jugueteó con él.
"¿Entonces cuál es el problema?" dijo.
Tomé aire para calmarme.
"Es sólo que no sé cómo actuar ahora..." dije, muy nerviosa.
"No deberías estar intranquila. Seguiremos con la vida como todos los días." dijo con simpleza.
Me mordí la lengua. Yo no quería seguir así. Quería decírselo. Quería volver a besarle cuando yo quisiera. Tocarlo cuando se me antojara. Era humillante cómo me sentía presa de mis instintos y mi cuerpo, alterándome cual hembra en celo, sin dignidad por su recato ni sus principios.
"Pero sería de mucha utilidad que me dijeras si deseas que ocurra un evento como el de ayer en un futuro próximo..." dijo con mirada seria.
Lo miré con ojos brillantes y decididos.
"¡Sí quiero!" dije, firmemente. "No sabe cuánto."
Lo sentí. Su sorpresa a la sinceridad de mis palabras lo tomó con la guardia baja. Vi su sonrisa tensarse. Su postura cambió y carraspeó, desviando la mirada. Entonces lo entendí. Esa tranquilidad y sus bromas sobre lo que habíamos hecho, no eran nada más que una fachada de lo nervioso que él sentía también. Me alegré por eso.
"Eres... muy directa, cariño." dijo, incómodo.
Bajé la mirada, avergonzada.
"Nunca había hecho algo así, ni me había sentido así antes." dije.
Él me miraba con atención.
"Y me encantó cómo me hizo sentir, señor Alastor." sentencié "Y espero que se haya sentido bien usted también."
"Oh, no tienes idea de cuan placentero fue para mí, cariño." me dijo, cerrando los ojos con altivez.
Sonreí, feliz.
"Creo que lo tiene más que claro por la sangre, pero yo era virgen, señor." dije retorciéndome las manos.
"Tampoco es que yo haya hecho algo así antes." dijo, elevando los hombros.
"¿Usted tampoco...?" dije, mirándolo sorprendida.
"Exacto." dijo.
No pude evitar sonreír de júbilo. La tensión que sentía se había aligerado al saberlo tan nervioso como yo. Me sentí feliz; yo había sido su primera mujer. Aunque, si lo pensaba bien, no debería extrañarme que así fuera. A pesar de su edad, el señor Alastor era inalcanzable para todos, todo el tiempo. Y aunque tenía un rico círculo de amistades, nunca invitaba a nadie a casa, ni mucho menos tenía pretendientes. Y saber que me había regalado algo tan valioso en su vida, me hizo sentir especial.
Él no me había dicho que me amaba, y la verdad no me hacía falta en esos momentos. Sólo quería seguir estando con él. Vivir mis días a su lado. Compartiendo risas y canciones. Sintiendo su ardiente toque sobre mi piel. Siempre estando a su lado.
"Me encantó todo lo que pasó ayer, señor." dije, envalentonada "De verdad no quisiera que haya sido sólo por una vez..."
Por su expresión, él estaba de acuerdo.
"Sólo espero que no piense mal de mí ahora..." murmuré.
"¿Por qué habría de pensar mal de ti?" dijo, con una nota de incredulidad.
Sentía mi sonrojo extenderse.
"Usted es mi jefe, así que no quiero que piense que soy una mala mujer..." dije en voz baja.
Él se rio a carcajadas. Se puso una mano en la cara, tratando de menguar su risa, pero necesitó unos momentos para calmarse. Luego me tomó de los hombros y me miró. Parecía aliviado.
"Ay, querida, de ninguna manera podría pensar eso de ti." dijo, con una ceja alzada.
Me soltó y se irguió.
"¡Bueno! Será mejor ordenar aquí." dijo, animadamente "¡Ya es hora de ir al mercado!"
Entre los dos, estiramos y acomodamos su cama. Recogí la ropa que había quedado tirada del día anterior.
"Te espero en la entrada, cariño." dijo animadamente.
Me dirigí al cuarto de lavado. Puse la ropa en el canasto y bajé al vestíbulo. Él me estaba esperando con mi abrigo y un canasto de mimbre.
Nos encaminamos en dirección al tranvía. El frío característico después de una lluvia se sentía en el ambiente, junto con el olor de tierra húmeda. Pero yo estaba feliz, muy cerca del señor Alastor y tomada de su brazo.
Después de un aglomerado viaje en tranvía llegamos al French market. Era un sitio siempre lleno de movimiento y gritos, ofertando sus productos. Personas de diferentes tonos de piel tenían sus puestos de fruta, vegetales, semillas, especias, tubérculos y raíces, e incluso pequeños animales como pollos y conejos. El olor, resultado de la mezcla de todo eso, era bastante picante y espeso en la nariz. Pero no todo era tan pintoresco; abundaban los pordioseros que pedían limosna en sus andrajosos harapos, y los niños que jugaban descalzos entre los puestos, robando alguna que otra fruta.
Compramos de lo que teníamos escaso en la cocina. La lista incluía azúcar, aceite de oliva, cebolla, pimientos, apio y algunas especias como ajo, tomillo y laurel. Me compré mi loción de manos, para evitar el desgaste de la piel al lavar los trastes y la ropa. Y compramos dos paquetes de pan en rodajas para la semana.
En el ambiente se escuchaba la alegre melodía de "Please" de Bing Crosby, desde una radio.
Oh, Please
Lend your little ear to my pleas
Lend a ray of cheer to my pleas
Tell me that you love me too
Please
Let me hold you tight in my arms
I could find delight in your charms
Every night my whole life through
Your eyes reveal that you have the soul of
An angel white as snow
How long must I play the role of
A gloomy romeo?
Oh, Please
Say you're not intending to tease
Speed that happy ending and please
Tell me that you love me too
Your eyes reveal that you have the soul of
An angel white as snow
How long must I play the role of
A gloomy romeo?
Oh, please
Say you're not intending to tease
Speed that happy ending and please
Tell me that you love me too
Fue una compra rápida y bastante rutinaria. Lo único diferente, fueron los precios estaban un poco más altos que el fin de semana anterior, lo cual me pareció bastante extraño.
"Es por la sequía." me explicó el señor Alastor "Este año será muy malo para los agricultores."
Una vez salimos del mercado ya pasaba de medio día. Él me invitó a almorzar en una cafetería cercana, para ganar tiempo y no tener que cocinar al llegar. Ambos comimos estofado de res, conversando de buena gana sobre la reciente noticia del Tratado de no agresión Germano-Polaco, que se había mencionado en las noticias hace unos días.
"¿Cree que durará esa alianza, señor Alastor?" pregunté.
"Hitler será un patético hombrecillo, pero ha sabido jugar bien sus cartas." comentó él "De seguro seguiremos escuchando mucho de él durante algunos años."
Rato después, al momento del postre, reíamos del desorbitante valor que tenían algunas piezas de arte. Le conté de aquella vez que fui a ver la Mona Lisa en el Louvre, cuando era niña junto a mis padres.
"Corrí, buscándola por los pasillos y ahí estaba ella. ¡Era demasiado pequeña!" exclamé "¡Una mierda sobrevalorada! Con sus ojos de tiburón muerto. Recorrí miles de kilómetros sólo para ver su hermosa sonrisa... ¡y era fea!"
El señor Alastor escupió un poco de su café, por la risa explosiva que tuvo que contener. Se limpió la boca con una servilleta, mientras se seguía riendo.
"¡Ya me lo imagino!" dijo, apenas, entre risas.
"Y nadie pudo explicarme por qué todo el mundo estaba tan obsesionado con ella." continué con una sonrisa exasperada "¿Dónde estaban sus cejas? ¡Y su rostro parecía el de un cadáver hinchado!"
Él seguía desternillándose de risa. La gente lo miraba con reproche, pero a él poco parecía importarle. Le tomó unos momentos calmar un poco su risa.
"Una mierda sobrevalorada, definitivamente." dijo, recuperando el aliento.
Me encantaba hacerlo reír (cuando esa era mi intención). Lo vi recomponerse a duras penas y me sonrió. Sacó otra servilleta y comenzó a limpiar el café que había derramado. Luego recostó su barbilla en su mano y me quedó mirando. Me tensé en mi lugar y toqué mi rostro, pensando que algo del pie de manzana me había manchado.
"Por cierto, cariño, estaba pensando, tal vez sea hora de que cambies tu guardarropa." dijo, con soltura "Las prendas de hace quince años no son adecuados para ti."
Eso no lo esperaba.
"Oh, pero no ha sido algo que me urja. Estoy la mayor parte del tiempo en casa." dije, nerviosa. "Y la verdad ya he ahorrado suficiente para comprarme zapatos y unos vestidos, sólo que no he tenido tiempo."
Lo que el señor Alastor me pagaba siempre lo recibía con bastante resistencia. Siempre consideré que todo lo que él hacía por mí era suficiente. No me cobrara la estadía, ni la comida que consumía. Que me cuidara todo el tiempo, ir juntos en nuestras salidas, cantar y bailar, compartir pasatiempos y risas. Todo eso ya me parecía suficiente retribución para lo que yo hacía en casa. Pero él insistía en pagarme desde el principio.
"Ahora tenemos tiempo." dijo, con soltura.
"¿Ahora?" dije espantada "Pero no traje mi dinero y..."
"Oh, no te preocupes, yo me encargaré de eso." dijo, con una amplia sonrisa dentada.
Se puso de pie para ir a pagar en caja lo que habíamos consumido, sin darme oportunidad de protestar.
Salimos al poco rato del restaurant. Él llevaba la cesta de mimbre en un brazo y en el otro estaba yo. Me mordí el labio al verlo caminar tan tranquilamente. De verdad me sentía incómoda.
"Señor, llegando a casa le pasaré todo lo que gaste." dije firmemente.
Él se rio.
"Oh, querida. Es un regalo." dijo él, con curiosidad.
"No me sentiré cómoda si usted lo paga..." dije, con aprensión.
Se acercó a mi oído y me susurró, con malicia.
"Te lo debo por haber cortado tu nuevo brasier ayer, cariño."
Mi sonrojo se extendió por mi cara. Él me miró con una sonrisa triunfal. No hubo más que discutir. Pero hubo una pregunta que me estuvo rondando todo el día.
"Señor Alastor..." dije, con timidez.
"¿Sí, cariño?"
"Ahora que no soy virgen... ¿los espíritus han perdido interés en mí?"
Él se rio entre diente.
"Oh, mi dulce Charlotte. Le tomas demasiado peso a 'ese' tipo de pureza."
"¿Es decir que ese tipo de 'pureza' no es a la que se referían?" dije, confusa.
"Querida, ciertamente, tu virginidad física era algo así como unos toques extra se salsa picante en un buen jambalaya. Pero, que ya no la tengas, no significa que tu alma no sea igualmente valiosa para los demonios que te rondan. Tienes muchos otros atributos que te hacen apetecible."
"Es decir que aún quieren devorar mi alma... No es muy alentador." dije, cansinamente.
"Ciertamente, pero yo sigo siendo una amenaza para ti." dijo, con malicia "Hay más de una forma en la que se puede corromper a alguien."
"¿Qué quiere decir?" dije, arrugando el ceño.
"¡Este parece un buen lugar!" exclamó de pronto.
Elevé la vista. Era una pequeña tienda de ropa de mujer en el escaparate, llamada "M&M" (y curiosamente el letrero tenía escrito "+ B" con marcador). El señor Alastor me abrió la puerta y me dejó pasar, con un elegante ademán. La campanita de bienvenida sonó.
"¡Bienvenidos!" escuchamos que venían por nosotros.
Una linda mujer, de piel canela llegó a nosotros. Era más baja que yo, pero su cuerpo era muy armonioso, en un vestido negro. Tenía dientes delanteros prominentes y un notorio lunar bajo su ojo derecho.
"Soy Millie." dijo con desplante "¿Puedo ayudarles?"
"Buenas tardes, esta hermosa la dama necesita comprar algunas prendas que le hagan justicia." dijo el señor Alastor, junto a mí, tomando mi mano.
"¡Pero qué lindo matrimonio!" dijo la mujer, encantada.
Estaba a punto de decirle que no estábamos casados, pero ella me llevó con entusiasmo a los probadores.
"Ven, por aquí, linda." dijo animada "Creo que tengo algo que puede gustarte."
Ella se puso a indagar entre los vestidos, dirimiendo en qué prenda era la mejor. En ese momento entró otro joven, con cabello rubio blanquecino y marcadas pecas. Tenía una evidente cara de cansancio.
"Cariño, qué bueno que llegas." le dijo Millie "No fuiste muy rudo con él, ¿verdad?"
"Lo mandé a comprar donas." le respondió "Sólo se fue cuando le dije que podía venir a cenar con nosotros."
"Oh, pobre Blitzo." dijo Millie conmovida "Sólo quiere formar parte de una familia, Moxxie."
"¿Pero por qué tiene que ser de la nuestra?" suspiró él, con frustración.
Millie se acercó a él y lo besó en la mejilla.
"Ya, bebé. ¿Podrías darle algo para leer al señor? Tengo mucho trabajo aquí." le dijo, amorosamente.
Moxxie pareció ceder a las atenciones de Millie y sonrió. Se acercó a una estantería y le llevó un par de revistas al señor Alastor, quien se había acomodado en una silla de respaldo alto.
"Buenas tardes, señor, imagino que será el juez de la ropa de la dama." dijo Moxxie, con resignación. "Millie se toma su tiempo para elegir la prenda adecuada de sus clientas. Le pido un poco de paciencia."
"Oh, no hay cuidado, estimado. La paciencia es una virtud bien recompensada." le respondió el señor Alastor con cortesía.
Fue una hora completa de vestido tras vestido. Millie ponía especial atención en encontrar el que mejor me combinara junto con los zapatos y los accesorios. Los vestidos eran de algodón, no como los de seda y satén del local de Rosie. Pero eran muy cómodos y encantadores. Me presenté al señor Alastor con varias alternativas y él siempre me daba miradas de aprobación y un comentario, elogiándome por lo bien que me veía. No podía ignorar el estremecimiento que me generaba que él estuviera inspeccionando mi cuerpo, con atención, con la mirada. Había estado intentar refrenar mis pensamientos lascivos durante todo el día, pero, poco a poco, se volvía cada vez más insoportable. Pero podía jurar que miraba por sobre la revista, que fingía leer, para mirarme por la espalda.
Al final de la sesión de modelaje, Millie se fue tras el mostrador con las prendas que me había puesto y (según más su opinión que la mia) me quedaban bien. Comenzó a marcar con rapidez en la máquina registradora.
"Este se te ve maravilloso, y éste combina con tus ojos, tesoro." decía Millie poniéndome los vestidos en los brazos. "Este tiene un corte de falda tan fino y esta combinación de dos piezas es perfecta para salir. Y aquí te pongo los tacones de punta fina y los zapatos bajos. Los aretes y las pulseras. ¡Oh, este collar está en oferta!"
"Un momento." dije entrando en pánico "¡Eso es mucho! ¡Sólo necesito un par de vestidos!"
Me giré para ver al señor Alastor, que se había acercado para pararse junto a mí, con las manos en la espalda. Pareció meditar la situación y, por un momento, sentí que me apoyaría en mi negativa.
"Perfecto. Nos llevamos todo." dijo con soltura.
Millie sonrió ampliamente y siguió sumando. Yo miré al señor Alastor con incredulidad.
"¡Pero...!" traté de protestar.
Él sólo me sonrió con arrogancia.
"Puedo y lo haré, querida." dijo.
Se acercó a mi rostro y tomó mi barbilla.
"¿O puedes evitar que quiera regalarte algo?" dijo, alzando una ceja.
Fruncí el ceño y crucé los brazos. Pero no dije nada. Por una parte yo estaba agradecida y por la otra, él sabía cuánto me molestaba que gastara dinero en mí. Lo tomé como una incitación a tratar de molestarme y su expresión de satisfacción me lo confirmaba.
Millie soltó una risita y nos miró con ojos brillantes.
"¡Awwww! Se ve que son muy felices juntos." dijo, encantada.
"¡Ya llegué con las donas!" escuchamos a alguien que daba un portazo por la parte de atrás de la tienda.
"¡Blitzo, tenemos clientes!" gritó Moxxie, dirigiéndose al encuentro del extraño.
"Serían 15 dólares y 45 centavos, señor." dijo Millie, apremiante.
Crispé la cara cuando vi que el señor Alastor pagaba y recibía las bolsas.
"¿Nos vamos, cariño?" dijo, dirigiéndose a recoger la cesta de mimbre.
Sólo para demostrar mi molestia, me le adelanté y yo tomé la cesta. Él pareció divertido y lo seguí cabizbaja y molesta hasta la salida. Escuché a Millie tratando de calmar a Moxxie, justo antes de salir del local.
"¡Bien, ya está hecho todo lo de la lista! Creo que ya podemos irnos a casa, querida." dijo él, despreocupadamente.
Lo miré, disgustada.
"No tenía que hacerlo." dije, aprensiva "Gastó excesivamente en mí sólo para molestarme."
Él se rio entre dientes.
"Querida, te equivocas." dijo con soltura "¿Cómo podría obligarte a seleccionar entre tantos vestidos que te lucían tan maravillosamente? Sólo te evité la tediosa tarea de elegir."
Resoplé.
"Muchas gracias." musité, mirando el camino.
"De nada, tesoro." dijo él.
No se podía ganar contra él cuando se encaprichaba.
"Aun sigo firme en mi postura de pagarle." dije desafiante.
"Y yo seguiré rechazando esa sugerencia, cariño." me dijo con malicia.
Nos miramos unos segundos en silencio. No pude evitar romper el contacto visual para rodar los ojos, con una media sonrisa. Su forma de mostrar su interés en las cosas era bastante particular.
"Puedo llevar esa cesta si así lo deseas." dijo.
"Así está bien." dije, con dignidad.
Sin embargo, al poco andar, dejé la cesta en el piso para tomar un respiro. El señor Alastor la tomó y me ofreció las bolsas de los vestidos, que eran más ligeras. Las tomé sin discutir.
El viaje en el tranvía fue rápido y llegamos a casa, luego de una larga caminata y una charla del Mardi gras que estaba próximo. Me gustaba ese festival. Lo iba a ver con mis padres cuando era pequeña. Incluso participé en un carro con temática de ángeles, una vez. Pero luego de quedar a cargo de mis tíos nunca pude volver a asistir. Sólo hasta el año anterior habíamos ido con el señor Alastor a ver los carros alegóricos, a recoger cuentas y ver el show especial del Mimzy's Palace para la época. De verdad eran días muy divertidos y llenos de color, y esperaba poder ir nuevamente a ver el desfile ese año también.
Al llegar a casa, de inmediato puse la bolsa que llevaba en el suelo, me quité el abrigo y lo colgué en la percha. Me volví a ver al señor Alastor que seguía de pie en el vestíbulo, con las manos firmemente agarradas de las azas de las bolsas de las compras. Me miraba con ojos expectantes y una sonrisa tensa.
"¿Señor Alastor?" dije preocupada, acercándome a él.
De pronto, él dejó caer las bolsas y la cesta de compras. Las verduras y especias cayeron, sin gracia, al suelo. Yo lo miré, buscando una explicación, pero, en seguida, él tomó mi rostro para besarme. La sorpresa me duró apenas un segundo, y de inmediato le devolví el beso, con el mismo énfasis. Pasando mis brazos por su cuello para apegarme más a él. El sonido de nuestros gruñidos desesperados y nuestra respiración errática llenaron el lugar, mientras nuestras lenguas se juntaban en una danza pegajosa. Sin cortar el contacto de nuestras bocas, él se agachó para pasar su brazo por detrás de mis rodillas, hasta elevarme cual doncella de cuentos de hadas. Y me llevó hasta su habitación.
Fue una tarde maravillosa, con una larga e intensa sesión de intimidad descarnada. Lo que habíamos aprendido el día anterior lo pusimos en práctica y ya no era tan vergonzoso para mi ser más abierta. Cada vez era más fácil saber qué cosas le gustaban al otro y en qué momento. Encontramos un ritmo nuevo en nuestros besos y caricias, cada vez más osadas.
Apenas tuve tiempo de pensar en cuánto le había costado reprimirse el día entero, y aguantar sus ganas por tocarme al estar en público. Exactamente como a mí me había ocurrido. Realmente era muy bueno ocultando cosas, pero hasta él tenía sus límites. Y por mucho que quisiera guardarse, sus ojos hablaban por él. Cuando me miraba mientras me tocaba donde sólo él podía tocarme. Y puedo confirmar que aquellas miradas furtivas sobre mi cuerpo cuando me probaba ropa, no habían sido mi imaginación.
Una vez exhaustos, nos quedamos acostados en su cama, reposando largo rato. Acurrucada a su cuerpo y en silencio. No eran necesarias las palabras en esos momentos. Ni siquiera había notado que la luz de la habitación era muy tenue. El sol ya se estaba ocultando y la cena no estaba lista. No quería levantarme, pero mis deberes de empleada primaban. A regañadientes, junté ánimos para levantarme.
Miré al señor Alastor, quien tenía sus ojos cerrados con una enorme sonrisa de satisfacción.
"Señor Alastor, debo ir a hacer la cena." dije, sentándome en el borde de la cama "Hoy toca Jambalaya."
Él abrió los ojos y me miró.
"Pero qué magnífica forma de terminar un día domingo." dijo en tono travieso "Pero antes, creo que necesitas un aseo rápido."
Tronó los dedos y los remanentes de nuestros fluidos sobre mi cuerpo se evaporaron en el aire. Le sonreí, tomé mi ropa y salí de la habitación, con los ojos de él siguiéndome. Las piernas me temblaban, pero me sentía de verdad complacida. Aquellos puntos culmines de placer, según entendí, se llamaban "climax" u "orgasmo", y era una liberación exuberante de placer, que hacía que temblara todo el cuerpo y quedara una sensación intensa de relajación. Era una lástima que esa maravillosa sensación durara tan sólo unos pocos segundos.
Rescaté las bolsas del vestíbulo y me vestí con un lindo vestido rosa con lunares blancos. Preparé la cena con mucho esmero, sin poder evitar tararear en el proceso. Escuché al señor Alastor dirigirse al baño, en el segundo piso. Probé el jambalaya que preparaba y sonreí. Me había quedado muy bueno. Arreglé la mesa y él bajo al tocar la campanilla, con el cabello húmedo.
Fue una cena alegre, donde él encontraba cualquier oportunidad para tocar mi cara o mis brazos, con más frecuencia de la acostumbrada. Y yo me dejaba querer. Sabía que nuestra relación ya no tenía nombre. Era más que jefe y empleada, pero menos que amantes. Y, de verdad, no quería complicar las cosas en ese momento. Era feliz con sus miradas, atenciones y toques, como para encasillar lo que teníamos en una categoría.
"Por cierto, sé que el show de Mimzy será en dos semanas." dijo el señor Alastor, limpiando su boca con una servilleta "Podría sugerirle que participes en algún acto."
Me horroricé.
"¡Pero sólo participan profesionales!" reclamé "No habrá cabida para mí en el escenario."
"Eres más talentosa de lo que crees, cariño." dijo elevando mi barbilla con su mano "Además, considera que Angel Dust puede hacer sus actos de transformismo mientras canta; tu presencia le daría un poco más de clase al espectáculo."
"Aun así me sentiría incómoda." dije, sin convicción "Pero admito que me encantaría participar y audicionar."
"Esa es la actitud." me felicitó.
"Creo que puedo acompañar mi canto con el piano."
"Sólo prepara una buena canción para eso. El viernes suelen tener ensayo general. Podrás mostrar tus dotes ahí. Estoy seguro que encantarías a todos."
Le di una media sonrisa. Su fe en mi talento me conmovía.
"Supongo que el que no arriesga no gana." dije con resignación.
"Esperaré con ansias tu presentación." dijo él.
Se puso de pie y me miró.
"Qué estupenda cena, querida. ¡Un verdadero deleite!" exclamó, y me pellizcó una mejilla.
"Gracias." dije, risueña.
"Pero ya es hora de descansar." dijo con las manos en la espalda y dirigiéndose a la puerta "Mañana ya hay que madrugar."
"Que pase muy buena noche, señor Alastor." dije, sonriendo.
Él se detuvo en el umbral de la puerta.
"Oh, querida, creo que no has comprendido." dijo girando su rostro para mirarme "Espero que no te incomode una invitación a compartir mi lecho."
Tardé unos segundos en reaccionar.
"¡P-por supuesto que la tomo con gusto!" exclamé, con entusiasmo.
"Te espero entonces." dijo, satisfecho y se retiró.
Yo estaba eufórica. Era extraño, pero tener intimidad no me ponía tan ansiosa como dormir junto a él. Dormir en su cama con él era algo que sólo había podido soñar. De alguna manera, sentía que esto nos estrechaba aún más. Lavé los trastes con rapidez, corrí a asearme y a ponerme camisón, y me dirigí a su habitación.
Lo encontré ya en pijama, en su cama y leyendo un libro con la luz de la mesita encendida. Me acerqué a él con timidez. Él elevó la mirada y dejó su libro de lado. Dio un par de golpes a la parte despejada de la cama, invitándome a entrar en ella. Me acomodé, con cuidado, entre las frazadas y él apagó la luz. Él se acercó a mí, para acariciar mi cabeza y yo me acurruqué en su pecho.
Me encantaba estar así. Me sentía protegida y feliz. Apegada piel con piel, sin ningún tipo de interrupción. Suspiré en mi ensoñación. Parecíamos una pareja. Realmente, parecíamos una pareja. No me había propuesto nada sobre algo formal, ni siquiera me había insinuado algo semejante, pero no me importaba. La compostura moral no tenía cabida en mi pequeño instante de perfección. En la completa oscuridad, escuchando su suave respiración. Sintiendo su varonil aroma cosquilleándome en la nariz y sus labios presionados en mi coronilla. Sus manos, que acariciaban mi espalda, se movían inquietas por más. Deslizándose, con aire seguro por mi cadera. Escudriñando en mi muslo y subiendo, levantando mi camisón. Sabía lo que venía y yo estaba más que lista. Nos volvimos a amar una vez más esa noche.
Los días que siguieron fueron, básicamente, la misma rutina. Él iba a trabajar, yo lo esperaba con impaciencia y un quemante deseo por él durante todo el día, intentando distraerme en el aseo, mientras escuchaba su programa y cantando, mientras tocaba el piano. En horas de la tarde, él llegaba del trabajo, cenábamos y teníamos intimidad una, dos, hasta tres veces, compartiendo las últimas horas del día, hasta quedarnos dormidos juntos, desnudos y abrazados en su cama, luego de una ligera charla, en penumbras. No podía negar lo agotador que era ese ritmo. Las piernas me dolían al principio y lo sorprendí a él bostezando más seguido.
Además, debía admitir que había descubierto algo nuevo de mí y algo que ya sospechaba de él: que a ambos nos gustaba el "jugueteo rudo". Eran muy frecuentes los tirones de cabello, los agarres con fuerza, chupetones, mordidas y las nalgadas (que no dolían hasta pasado un rato después de terminado el sexo). Así que tuve que acostumbrarme a los moretones que tenía en el pecho y muñecas, y él no se quejaba de los rasguños que le había hecho en la espalda, ni los chupetones en su cuello, que cubría con su camisa.
Pero la convivencia diaria era bastante rutinaria. Hubo, eso sí, pequeñas variantes en su comportamiento. Él, siempre había sido atento conmigo y mis necesidades, pero me sorprendió el día lunes con un bizcocho de chocolate que trajo para mí. También me emocioné el día martes, cuando, al irse esa mañana, se despidió de mí con un beso en la mejilla. Y el miércoles me abrazó por la espalda, mientras yo lavaba los trastes de la cena y mordisqueó mi oreja, travieso. Por mi parte, me esforcé el doble en casa, dejando todo pulcro y en su lugar como a él le gustaba, cuidé de cada ramo de narcisos para que viviera el mayor tiempo posible, y al momento en que él se iba a trabajar, ahora me permitía acomodar su corbatín y su chaqueta con cariño. Incluso comencé a sentir un cariño especial por su sombra, casi viéndolo como un miembro más de la casa.
Pero en esencia, ambos seguíamos siendo los mismos. Quizás más ansiosos y juguetones, pero al final, nada más había cambiado en nuestra unión. Como si comenzar a tener intimidad, fortificó lo que siempre estuvo ahí. Todo fue risas, cantos, bailes, besos y caricias en la oscuridad. Una maravillosa semana que jamás olvidaré.
Pero el día jueves en la noche, luego de haber hecho el amor por segunda vez ese día, me puse a juguetear con su pecho, mientras descansábamos. Tracé las marcas de sus cicatrices con mis dedos. Sentía su relieve y la suavidad de la piel tirante que recubría esas heridas, de hace tantos años atrás. Y estaba concentrada en mi labor, hasta que el señor Alastor habló.
"¿Algo en mente, querida?"
Intenté resistir la tentación de preguntar nuevamente, pero de todas formas lo hice.
"¿Cómo se hizo estas cicatrices, señor Alastor?" dije sin dejar de acariciarlas.
Él se tensó. En la oscuridad, vi cómo cerró los ojos y suspiró, pesadamente. Temía que hubiese excedido un límite. Se mantuvo en silencio un rato.
"Deben ser muy antiguas." añadí, para romper la tensión.
"Lo son." dijo, luego de unos momentos.
Ninguno de los dos dijo nada más. Pasaron agobiantes minutos, en los que pensé que mi pregunta quedaría sin respuesta como tantas otras. Siempre creí que indagar en su pasado era algo que no se atrevería a compartir con nadie. Él siempre estaba envuelto en un halo de misterio. Nunca dejando que nadie supiera más de él de lo que debería.
Pero, entonces, él comenzó a hablar.
"Voy a contarte la historia de un niño." dijo.
Yo lo miré sorprendida y no me atreví a hacer un solo sonido, para no interrumpirlo.
"Era un niño muy inteligente e incomprendido. Era hijo único de una magnífica mujer, conocedora de magia que pocos comprenden y un hombre con el cual tuvo que casarse, por haber quedado encinta antes del matrimonio; y así evitar la deshonra de las miradas de los pueblerinos.
"Aquel niño creció siendo muy apegado a su madre. Ella le enseñó lo bueno de la vida, a disfrutar de la buena música, a cocinar, a aprender cosas más allá de los límites establecidos por la creencia popular. Su madre le enseñó magia. Magia de verdad. Bendita magia que podía hacer que las personas normales se maravillaran con ella. Podías curar enfermedades simples, cambiar de color y forma las cosas cotidianas, aparecer fuego que no te quemaba en las manos e, incluso, hacer que tuviera mucha suerte en los juegos de azar. Todo por conjuros con especias y pequeños sacrificios de animales de granja.
"El niño amaba a su madre y a esa magia que ella le enseñaba con amor y paciencia. Ella lo elogiaba con cada logro y lo hacía sentir orgulloso de sus progresos.
"'Mi niño, eres tan inteligente. Estás hecho para grandes cosas.'
"Pero no todas las personas aman la magia.
"El padre del niño era ya un hombre viudo cuando dejó embarazada a la ingenua joven. Él trabajaba como dependiente de un banco y ella era la recepcionista del edificio. Fue entonces que, entre miradas y cartas de amor, conquistó a la pobre chica. Quien, embelesada porque un hombre de su porte se interesara por ella, se entregó a él con consecuencias. Y desde que se vio amenazado por las normativas morales de la época y una advertencia desde el mismo banco con perder su trabajo, tuvo que tomarla por esposa para evitar la deshonra.
"Parecía que no habría grandes problemas. Pero su sorpresa y rechazo fue enorme cuando descubrió que ella usaba magia una vez casados. Y que si su hijo sería portador de la sangre de esa mujer, le repudiaría como a ella.
"Él era un hombre violento, perfeccionista a límites insanos, muy religioso y poco cariñoso en el trato. Siempre vestía bien y corregía sin misericordia con un su látigo de equitación, cualquier falta de respeto o muestra de magia en su presencia. Su primogénito creció con miedo. Fue realmente estricto con la educación de su hijo y cualquier error se castigaba con reglazos en los hombros y en las manos. Le gustaba la perfección. Y su costumbre de fumar, cual chimenea, daba como resultado que su intenso olor a tabaco estuviera impregnado en su fétido aliento.
"Y, como era de esperarse, él golpeaba a su esposa también. Siempre que la llamaba incompetente por no doblar la ropa perfectamente, siempre que la sabía ejecutando aquella magia tan aborrecida a los ojos de su dios, y sobre todo, cuando ella insistía en enseñarle a su hijo aquella práctica tan inmunda.
"Pero eso no detenía a la madre del niño de enseñarle cuanto sabía y a incitarlo a que continuara con la búsqueda de nuevas formas de conocimiento. Pero el niño no era ciego. Podía ver los golpes y escuchar el llanto de su madre, a pesar de que ella siempre sonreía.
"'Nunca estás completamente vestido sin una sonrisa'
''Llegó cierto punto, en que el niño, entre lágrimas, le pedía que no le enseñara más para que no tener que verla sufrir. Pero ella sonreía y le decía que no importaba. Que la magia debía seguir enseñándose y creía, firmemente, que su hijo tenía un don nato por su progreso tan veloz.
"'¡Con tu talento natural podrías alcanzar las cosas más increíbles! ¡Que ningún otro ser humano podría lograr!'
"Entonces el niño entendió que, si para su madre era tan importante que él aprendiera, se empeñó mucho más en aprender. A escondidas. En silencio. Por las noches. Cualquier momento en que el padre no estuviera era buen momento. Pero todo siempre en completo secreto. La magia no era para todos, y el niño sabía que, si decir algo sobre sus lecciones significaba golpes para su madre, él mantendría los labios cerrados.
"El niño tenía cierta reputación en su escuela. Con sencillos conjuros que atraían la suerte ganaba apuestas de juguetes y galletas en el patio de recreo. Más de una vez dejó llorando a los ilusos que creían poder ganarle. Niños más grandes no podían derrotarle y a veces tenía que escabullirse, para evitar ser golpeado. Se ganó fama de haber sido bendecido por la sonrisa de un ángel de la guarda. Pero un día, la suerte no lo acompañó. Fue una tarde en que su padre llegó a casa antes de lo acostumbrado y lo encontró jugando con las cosas que había ganado ese día.
"¿De dónde sacaste esas cosas? ¿Acaso las robaste?' vociferó enardecido.
"'¡No! ¡Las gané en la escuela!' decía el pequeño.
"'¡¿Estuviste apostando?! ¡¿Acaso has perdido algo de lo que, con tanto esfuerzo te he dado, en alguna apuesta?!' exclamó el hombre, indignado.
"'¡No! ¡Nunca he perdido nada en mis apuestas! ¡Yo siempre gano! ¡Siempre!' gritaba el niño, aterrado y al borde de las lágrimas.
"'¿Cómo logras ganar siempre?' le dijo su padre, entrecerrando sus ojos con sospecha '¡¿Has estado usando magia otra vez?!'
"El niño se paralizó del miedo. Había dicho demasiado y su padre notó que lo había atrapado. El hombre cerró la puerta de la habitación con llave. Le ordenó que se quitara camisa y se pusiera contra la pared. Fue entonces que el niño, presa del pánico, escuchó el sonido silibante del cinturón al romper el aire, para impactar sobre su espalda. Sintiendo casi cómo se le partía la espina por cada golpe que se marcaba, palpitante y ardiente. Aquel cinturón de cuero grueso con una afilada y ornamentada punta de metal, tenía un gancho que se enterraba y rasgaba con lo que encontraba. En este caso: su piel. El niño lloró y aguantó cada golpe punzante.
El hombre lo golpeó con fiereza y rabia. Parecía un demonio descarnado. Su madre no podía entrar, pero la escuchaba. Escuchaba cómo gritaba detrás de la puerta con llave, forcejeando con desesperación.
"El niño temblaba de pie, mordiéndose los labios para evitar llorar. Pero le dolía mucho. Sentía su piel a carne viva y podía ver las gotas de su sangre salpicadas en el piso.
Cuando el padre pareció tener suficiente, bajó el cinturón ensangrentado. Jadeando de cansancio se volteó a la puerta y gritó.
"'¡Le enseñaste prácticas inmundas a mi hijo! ¡La siguiente serás tú, bruja malnacida!'
"El niño entonces se dio cuenta, con horror, que ese mismo dolor sería infringido a su madre. Ella también tendría su piel marcada para siempre con enormes cicatrices que la harían llorar. Ella no merecía eso. El niño entonces, con un envidiable valor, se giró y enfrentó a su padre.
"'¡NO! ¡A mí dame los golpes que quieras, pero a ella no la tocarás! ¡Y no me quejaré!' gritó el pequeño, con determinación, abriendo los brazos, en señal de aceptación.
"Entonces el hombre lo miró, en un segundo de estupor. La mujer gritaba aún más fuerte que antes, presa de la desesperación. El padre del niño tomó fuerzas y, sin pensarlo, comenzó a golpearlo de frente. Su pequeño cuerpo quedó completamente lleno de herida por la punta metálica del cinturón, que le hacía cortes, por la fuerza con la que era golpeado. La sangre corría por su espalda y tu torso, hasta manchar el piso. El niño no gritaba. Oh, no. Sonreía con dificultad, con sus ojos envueltos en lágrimas, pero estaba decidido en no mostrar el arrepentimiento que su padre esperaba ver en él. Seguía de pie aceptando los golpes en lugar de su madre, mientras los llantos de súplica de la mujer y los gruñidos furiosos de su padre invadían el lugar.
"Cuando el hombre estaba demasiado cansado para seguir y al ver a su hijo de pie a duras penas, sin dejar de sonreír, se enfureció más. Parecía que su intento de escarmiento no había funcionado. Entonces tomó al niño del cabello y abrió la puerta de una patada. La mujer intentó salvar a su hijo, pero su esposo la tiró contra el suelo con una bofetada, y luego empezó a arrastrar al niño a la salida.
"'¡No! ¡Basta! ¡No lo metas en el cobertizo de nuevo!'
"El niño miró con horror la escena, y su padre se lo llevó para atrás de la casa. El cobertizo era una pequeña casucha de madera vieja donde guardaban a un perro. Un enorme y salvaje perro en una jaula de metal. A aquel animal no se le alimentaba con la frecuencia que se debería y era tremendamente agresivo. Era un enorme sabueso que llevaba a cazar y usaba para atormentar a su hijo. El hombre solía meter ahí al muchacho por una hora, para castigarlo si se había portado de forma indecente. La jaula del perro era lo bastante grande como para dejar apenas un espacio libre entre la pared y las barras. A centímetros de las fauces del canino o para que sus garras no rasgaran la piel de la pobre criatura, quien se mantenía apegado a la pared durante todo el castigo.
Pero en esa ocasión, cuando su padre lo dejó ahí, ensangrentado, en ese estrecho pasillo y cerró la puerta de golpe, ocurrió algo diferente. Algo se quebró dentro del niño. Presa del más puro terror, del dolor y de sentir que su padre lo despreciaba. Ya no le importaba si moría, ya no le importaba el dolor, ni la visión borrosa de la que era víctima por la pérdida de sangre. Sólo ya no quería sentirse así.
"Pasaron demasiadas horas. Temblando de miedo en la oscuridad, escuchando los ladridos furiosos y los gruñidos del perro, en todo momento. El niño abrazaba sus piernas, apegándose a la pared, tratando de alejarse lo que más pudiera de aquella bestia que quería devorarlo. Se sentía adolorido, ya no le quedaban lágrimas, se sentía adormilado por dentro, sus magulladuras habían dejado de sangrar, pero el olor enloquecía al famélico perro. El niño sentía miedo, hambre, frío. Y aquellos ojos feroces lo tenían paralizado. Aquel animal era la encarnación de sus pesadillas.
"Cuando por fin abrieron la puerta ya había luz de día. Y ahí estaba de pie su madre. Como en trance y con la cara hinchada por el golpe en la cara del día anterior. El perro, saltó a intentar atacarla a través de la reja. La mujer observó a la bestia y sólo dijo una palabra.
"'Pugio.'
"De inmediato, el perro cayó muerto y separado en dos partes. Parecía haber sido cortado por una espada invisible por la cintura. Su sangre y sus tripas quedaron esparcidas en el suelo. El niño vio todo eso, completamente anonadado. Vio a su madre como nunca la había visto antes. Una bruja poderosa que había ido a rescatarlo. La vio como su salvadora.
La mujer se apresuró a abrazar a su hijo, mientras lloraba y lo besaba en la cara.
"'Mami, sonreí con los golpes.' decía el niño, con orgullo.
"'Sí, mi niño. Fuiste muy valiente.' dijo ella, mientras le acariciaba el rostro.
"Salieron del cobertizo y entraron a la casa. A mitad de la sala estaba el cuerpo sin vida de su padre. Con la cabeza reventada de todos los golpes que se le propinaron con un bate manchado de sangre, junto a él. Era el mismo bate que hacía apenas unos días, el pequeño había ganado en una competencia de canicas.
"'Él quería llevarte lejos, mi pequeño.' explicó la madre 'Quería mandarte a un internado en otra ciudad y separarte de mí.'
"El niño, lejos de horrorizarse ante el cadáver, se emocionó y miró con ilusión a su madre.
"'Esto quiere decir que papá ya no nos podrá hacer daño, ¿verdad, mami?' dijo, con esperanzas.
"'Así es.' dijo ella sonriendo.
"Ella chasqueó los dedos y la sangre del cuerpo del niño desapareció.
'¿Me enseñarías a hacer eso?'
'Te enseñaré todo lo que quieras, mi amor.'
'Mami, me duele todo. Tengo hambre.'
'Te prepararé algo delicioso y sanaré tus heridas. Pero las cicatrices quedarán, lo siento.'
'No me importan las cicatrices.'
"Ella tomó su mano y lo miró a los ojos, sonriendo.
'Ahora sólo somos tú y yo. Nunca más volveremos a permitir algo como esto. Ni dejaré de proteger tu vida con la mía, mi pequeño Alastor."
'Gracias, mami. Y yo te cuidaré a ti, lo prometo.'
El señor Alastor dejó de hablar. Durante todo su relato había tenido su mirada perdida en el techo. Parecía como si hubiese abierto una vieja llave de agua, desgastada y oxidada, que había permitido fluir todo aquello que él tenía estancado en su corazón tantos años. Cada cicatriz era un golpe. Cada marca en su cuerpo le recordaba su vida con su padre. En cada pesadilla que evitaba con ahínco, podía ver esos dolorosos recuerdos revividos en su cabeza. Me pregunté cuántas veces había soñado con ese perro, acechándolo en la oscuridad, gruñendo en su oído, atormentado por sus ladridos estridentes, sintiendo su aliento cálido y hediondo salpicarle la cara. Todo para despertar intranquilo y asustado, para no poder volver a dormir.
¿Cuánto tiempo habían sufrido él y su madre en manos de semejante hombre?
Me limpié las lágrimas con las manos. De verdad me sentía profundamente conmovida. Era la primera vez que él hablaba tan abiertamente de su pasado.
"¿Te pareció adecuada la respuesta, querida?" dijo.
Se estiró para encender la luz de la mesita de noche. Rebuscó en el cajón, hasta sacar un pañuelo blanco. Era el mismo que yo le había regalado días antes, y me lo ofreció. Sequé mis lágrimas con él y tomé algunas respiraciones para calmarme.
"Si." dije, sin poder mirarlo.
Lo escuché resoplar por la nariz y se sentó junto a mí. En la tranquilidad de la noche, sentados uno junto al otro y con la tenue luz de la lamparita, pude ver cuánto se parecían nuestros cuerpos desnudos. Ambos llenos de cicatrices. Nuestra piel injustamente marcada para siempre por causas que nos eran ajenas. Él, por ser el hijo practicante de magia de un padre intolerante, y a mí por la venganza hacia los actos atroces de otra persona.
"Ambos estamos dañados." dije.
"Bastante." concordó.
Inspiré hondo y suspiré.
"Gracias por compartir sus memorias conmigo, señor." dije, mirándolo.
Me quedó mirando unos segundos, en silencio. Luego acarició mi cabeza.
"Tenemos un problema aquí." dijo.
Días atrás me había dicho lo mismo en el sótano.
"¿Cuál es el problema?" dije.
"Eres la perdición."
"¿De quién?" dije extrañada.
"La mía."
Nos quedamos mirando en silencio. ¿Cómo debía interpretar esas palabras? Él me miró con ojos suaves y acarició mi mejilla.
"Es hora de dormir, cariño." dijo.
Apagó la luz y se acomodó en su almohada. Seguí su ejemplo y nos quedamos mirando en la oscuridad.
"No le contaré a nadie." dije, con determinación.
"Mi voto de confianza está a la altura de tu palabra." dijo.
Abrió los brazos, invitándome a acercarme. Lo abracé gustosa. Y nos quedamos así, hasta dormirnos.
...
El sonido del despertador del señor Alastor me despertó de mi ensoñación. Lo apagué y me senté en la cama. Ya era oficialmente viernes y durante la tarde tenía la audición en el club de Mimzy. Intenté calmarme. Me había preparado la semana entera durante las tardes con algunas canciones que podían serme de utilidad. Aún tenía todo el día para decidir, pero en ese momento debía encargarme del desayuno.
"Señor Alastor, despierte." dije, con cariño acercándome a su rostro.
Como por inercia, abrió los ojos de inmediato y me miró.
"Buenos días, querida." dijo.
Se sentó un momento en la cama y quedamos cara a cara. Movió su mano, en un ademán de querer acariciar mi rostro, pero sólo pasó ligeramente los nudillos por mi pómulo. Lo miré expectante. Él tomó una bocanada de aire, hasta que por fin habló.
"Querida, lo he meditado mucho y necesito decirte algo. Por tu propio bien, tienes que aprender algo que estoy dispuesto a enseñarte." dijo.
"¿Una nueva receta?" dije, con curiosidad.
Él se rio entre dientes.
"No, es algo incluso más útil que eso. Pero necesitará de todo nuestro tiempo libre y esfuerzo." sentenció.
"¿Y qué puede ser tan difícil?" dije con curiosidad.
Él me sonrió con altivez y entrecerró los ojos con malicia.
"Voy a enseñarte magia." dijo.
