Todo lo que tenía a mi alrededor fueron sólo imágenes inconexas y difusas del trayecto en el asiento del copiloto del Bentley verde oscuro de Pentious. Él no había accedido a entregarme las llaves, aludiendo a que yo no me encontraba en condiciones óptimas para manejar. Además, según sus palabras, él creía que yo estaba teniendo delirios relacionados a Charlotte por la emoción de un próximo compromiso.
"Te ruego me disculpes." Decía, con una sonrisa incrédula. "Creí escucharte decir que el señor Magne secuestró a tu Charlotte."
"Eso es lo que dije." Respondí, secamente.
Lanzó una risa explosiva.
"¡Ay! Qué buena broma." Decía, recuperando el aliento. Parecía el mejor chiste que hubiese escuchado en mucho tiempo. "Por poco me lo creo."
Al ver mi rostro, su sonrisa amainó.
"Ehm. ¿Qué?" Decía confundido, pero sin dejar de sonreír.
"Pentious hablo en serio." Rebatí.
Resopló.
"Es una completa locura, amigo mío." Dijo, moviendo la mano en el aire. "Debes estar confundiendo las cosas. Hablamos de Miguel Magne. Trabajaste para su hermano, Apple Daddy, por años. Sé que había rumores de la mala vida que llevaba Miguel desde que quedó a cargo de la finca de los Magne, pero… Un secuestro de una chica, francamente…"
Lamenté no tener a mi sombra en ese momento a mi disposición. Quería evitar una agresión física. Llamar la atención de mis compañeros por golpear a uno de los inversionistas de la radio, me generaría un contratiempo bastante inoportuno. Considerando que las autoridades seguían rodeando el edificio.
Intenté regular mi respiración.
"Sólo dame tus llaves." Dije con dificultad de mantenerme calmo. "Estoy perdiendo tiempo y Charlotte me necesita."
Pentious abrió mucho los ojos y sonrió.
"¡Oh! Ya sé lo que pasa." Dijo con picardía. "Son los nervios, amigo. Imaginas escenarios catastróficos que involucran a tu chica." Me dio un par de palmaditas en el hombro. "Todo estará bien, si se lo propones adecuadamente. Deberías sentarte, respirar y…"
Me alejé de su mano, con brusquedad.
"No me toques." Dije, a la defensiva.
Pentious se sorprendió. Pero su semblante herido, cambió bruscamente a uno más hostil.
"¡Alastor, esto es ridículo!" Decía, exasperado. "¿De dónde has sacado una idea tan estrafalaria? ¿Miguel Magne secuestrando a tu Charlotte? Debes estar confundiendo la realidad con algún sueño... No te ves muy bien. ¿Has estado bebiendo?"
"Pentious, por tu bien, será mejor que me pases tu auto." Le había dicho, ya no pudiendo controlar ya mi tono iracundo.
Él frunció el ceño ante la potencia de mi voz y me miró con aire ofendido.
"Alastor, está bien que seamos amigos." Dijo, con severidad. "Pero no puedes hablarme así. Sigo siendo inversionista de esta estación radial, y no puedes faltarme al respeto como si fuera cualquier sujeto sin clase."
Quería usar mi magia contra él. Quería darle, al menos, un puñetazo y quitarle las llaves a la fuerza. Pero cualquier movimiento en falso podría significar un intento de detención por cualquiera de los que estaban en la estación. Y más contratiempos de los que ya tenía ante la negativa de Pentious eran, absolutamente, indeseables.
Di una torpe inhalación, amainando mi deseo de llevar mi cuchillo a su cuello y obligarle a entregarme
Pentious se acomodó su viejo sombrero de copa y me miró con desdén.
"Con tu permiso, volveré a mi restaurante." Dijo, pasando junto a mí, con altivez. "Secuestros. Pfff. ¿Por qué Miguel Magne querría secuestrar a una dulce chica como Charlotte?"
Ni siquiera pensé en mis siguientes palabras. Sólo fueron cinco palabras que se escurrieron por mi boca. Pero fueron lo suficiente potentes para acabar con todo el arsenal de protestas que Pentious podría llegar a tener.
"Porque Charlotte es una Magne." Dije, finalmente.
Hubo un momento de silencio. Se había detenido a medio paso y se giró, con violencia hacia mí. Él me miraba completamente atónito. Pentious parecía haberse atragantado con todas sus quejas. Incluso parecía incapaz de respirar. Estaba paralizado. Intentó gesticular algo coherente, luego de un momento. Pero parecía que las palabras habían dejado de tener significado para su cerebro.
"¿Qué…?" Balbuceaba, frunciendo el entrecejo.
Sonrió fugazmente y luego volvió a su expresión consternada. Entonces, me miró con más atención.
"No, no, no. No es posible." Decía, negando con la cabeza, en un debate interno. "Debes estar confundido."
"No estoy confundido." Dije, secamente.
"¡Con estas cosas no se juega!" Exclamó, alterado.
Inhaló hondo para recuperar la compostura. Dio algunas vueltas en la estrecha cocina, erráticamente. Su piel, naturalmente pálida, había alcanzado un color casi verdoso. Sudaba copiosamente.
Entonces, volvió a mirarme, con ojos implorantes. Parecía al borde del llanto.
Se aproximó a mí con precaución y ligeramente encorvado.
"¿Estás seguro de que hablamos de la misma persona?" Dijo con cautela, pero con inclemencia. "¿Hablamos de Charlotte Manzanita Magne? ¿La única hija del difunto, y querido amigo mío, Apple Daddy Magne?"
Me observó unos momentos, con el alma en un hilo. Su manzana de Adán subía y bajaba, por el nerviosismo. No dije nada. Pero pareció interpretar mi silencio y mi ceño fruncido como una confirmación.
Abrió la boca para inhalar aire y se quedó ahí, con el gesto congelado en completo estupor, hasta lanzar un pesado suspiro.
"Eso explicaría los rumores..." Dijo apenas, con la voz rota.
Se pasó las manos por la boca, con brusquedad, sin poder contener la emoción en su rostro. Apretó los temblorosos labios, en un desesperado intento de mantenerse sereno. Pero un par de lágrimas lograron caer, antes de que se las secara con el dorso de su muñeca.
"La pequeña Charlotte Magne..." Dijo, maravillado.
Una pequeña sonrisa comenzó a florecer en su rostro. Apretó los ojos con fuerza y sonrió ampliamente, intentando controlar el vendaval de emociones que lo estaba atacando.
"Bendito sea el cielo, está viva. Los rumores de su muerte eran falsos."
Me maldije por dentro. Había dicho demasiado.
"¡Pero, entonces, eso explicaría por qué ella nunca me mandó una postal desde Francia!" Murmuraba para sí mismo, repentinamente indignado. "Siempre supo lo mucho que me gustaba que su padre me trajera recetas con huevos del viejo continente… Al menos estuvo a salvo todo este tiempo con…"
Entonces, Pentious me miró nuevamente, presa de la confusión.
"Alastor, ¿cómo es posible que alguien como ella llegara a vivir contigo?" Dijo.
Mis manos temblaban.
"Esto es inútil." Mascullé, molesto.
Di un par de zancadas a la salida, pero Pentious se interpuso en mi camino para detenerme, con las palmas abiertas a la altura de mi pecho.
"¡Alastor! Alastor, espera." Dijo, en tono más centrado. "Espera, por favor."
Miró al suelo, con desesperación, como intentando buscar las palabras que necesitaba entre las tablas de madera.
"Es… ¿es verdad?" Dijo esperanzado, poniendo su mano en mi hombro. "Por favor, dime que no es una broma de mal gusto. Si tu Charlotte es la pequeña Charlotte, entonces explicaría muchas cosas, ¿entiendes?"
Pentious tenía los ojos brillantes de lágrimas. Me exigía respuestas. Y yo detestaba darlas.
"¿Realmente ella está secuestrada por Miguel Magne?" Dijo, con voz quebrada.
"Déjame pasar, Pentious." Dije, intentando hacerle a un lado.
Intenté retirar su mano de mi hombro, pero esta vez el agarre fue firme. Me miró con severidad y no se movió. Sus ojos ardían con resolución. No hubo necesidad de más confirmaciones. La situación parecía haber tomado un rumbo más personal para él.
Pareció entender, finalmente, lo delicada que era la situación.
"Está bien. T-te creo." Dijo, con voz trémula. "Tendrás que explicar cómo es que sabes esto. Pero si la pequeña Charlotte está involucrada, te ayudaré."
Sorbió sus mocos y me tomó del brazo, con decisión.
"Ven, llamemos a la policía." Dijo, con seriedad.
"No meteré a las autoridades en esto." Reclamé, soltándome de su agarre.
Pentious se horrorizó.
"¡Alastor! ¡Hay que llamar a la policía!" Exclamó, con decisión. "¡Ellos podrán ayudarla y están más preparados que nosotros para estas cosas! Ven conmigo. Vamos a hablar con los policías que están cuidando el edifi…"
Intentó dirigirse a la salida, pero lo jalé del brazo, para que no avanzara.
"La policía no está capacitada manejar esta situación en particular, Pentious." Recalqué. "Me voy a encargar de esto personalmente."
"Alastor, es una locura." Replicó Pentious, negando con la cabeza, asombrado. "No hay forma en que puedas ir a un rescate tú solo. No tienes licencia para conducir. Además… ¡sólo serías tú! Estás desarmado… ¡y estás todo demacrado y flacucho! ¡No hay forma en que puedas ir a salvar a una dama en ese estado!" concluyó.
"Dame tus malditas llaves de una vez, Pentious." Dije, entrecerrando los ojos, con furia.
Él suspiró, cansinamente, inflando las mejillas. Frunció la boca en una expresión adusta y se puso las manos en la cintura. Se quedó ahí unos momentos, en una implacable batalla interna, mientras sus ojos vagaban por el piso.
No podía creer que estaba teniendo esa conversación. Cada segundo contaba y Pentious no cooperaba. Yo estaba en el límite de mi paciencia. Si él no estaba dispuesto a colaborar, pensé, entonces, en mi opción más cercana y efectiva: usar magia. Aunque no podía paralizarlo sin la ayuda de mi sombra, sí podría ponerlo en trance con un conjuro. Pero no podía robar su automóvil con la policía en el perímetro. Si ponía a Pentious en trance, y me llevaba su auto, pensarían que le hice algo y las autoridades me buscarían. Si hiciera que saliera del trance, una vez me fuera, enloquecería al momento de despertar al no ver su auto y me comenzarían a buscar, también.
Mierda.
Por donde fuera, Pentious representaba un retraso en mi camino.
Pensé, rápidamente, y se me ocurrió la única alternativa que me quedaba: lo metería en trance, lo tiraría al suelo y pediría ayuda a mis compañeros, para tener una coartada. Quien lo viera pensaría que se tropezó con algo y quedó mal herido al momento de caer. Me ofrecería a llevarlo al hospital en su propio auto y metería su cuerpo inconsciente al asiento del copiloto. Así no levantaría sospechas y no tendría a las patrullas siguiéndome.
Eso era.
Lancé el vaso con agua que estaba sobre la mesa al suelo. Pentious siguió mis movimientos, frunciendo el entrecejo, expectante.
Entonces, elevé mi mano con la intención de tronar mis dedos. Mi cabeza palpitaba. No me importaba si tenía que hacerle un poco de daño a Pentious para tener un medio de transporte a mi disposición. Sólo quería llegar a Charlotte lo antes posible.
Pentious alzó la ceja al ver mi mano alzada, a punto de chasquear los dedos y, de pronto, resopló con hastío.
"Bien." Dijo Pentious, de repente, en tono de molesta derrota.
Detuve mis dedos en el acto. Pentious metió las manos en su chaqueta y sacó las llaves (con un ridículo llavero de pata de conejo disecada) de su bolsillo interior.
"Te ayudaré en lo que necesites. No tienes que ponerte así." Dijo con dignidad. "Que sea el dueño de un restaurante no quiere decir que tengas que chasquearme los dedos como a un simple mesero. Soy un hombre con clase."
Pasó junto a mí, con la barbilla en alto.
"Me preocupa y me desconcierta una decisión tan incauta viniendo de ti, amigo mío." Dijo, acomodando su sombrero de copa, con un fastidioso tono de superioridad. "Pero si lo que necesitas es discreción en un momento tan delicado, puedes considerarme como copiloto en este rescate."
Me dio un par de palmadas en el hombro, en señal de apoyo.
"Tienes suerte de tener a un amigo tan leal." Dijo, con una sonrisa condescendiente. "Así que te acompañaré."
Si hubiese sido una situación normal, habría rodado los ojos ante tamaña cantidad de cursilería en un solo discurso.
"¡En marcha!" Dijo, decidido.
Pentious se dirigió con paso firme a la salida, pero detuvo un momento en el umbral de la puerta del pasillo y se giró para mirarme con el entrecejo fruncido.
"Oye, ¿me repites otra vez por qué no quieres que la policía se involucre?" Dijo, confundido. "No me quedó claro."
Resoplé por la nariz y traté de arrebatarle las llaves de las manos, pero él las dejó fuera de mi alcance, alzando el brazo.
"Uhm. Y será mejor que yo conduzca." Sentenció, desconfiado.
Quería discutir el hecho de que él se estuviera invitando al rescate de Charlotte, pero no iba a seguir malgastando valiosos minutos en extender aquella inútil plática con Pentious.
"Sólo vámonos." Dije apremiante, empujándolo a la salida del edificio.
Subimos de prisa en el auto, y me puse el cinturón con dificultad por mis manos temblorosas. Los policías que aún montaban guardia nos desearon las buenas tardes con un gesto con la mano. Pentious devolvió el saludo, con nerviosismo, y yo no tuve intenciones de responder.
"¿Crees que él intente hacerle daño…?" Dijo Pentious, cerrando la puerta.
"No todavía." Dije, convencido.
Pentious asintió, con el ceño fruncido.
Miguel quería algo de Charlotte, eso era seguro. Algo que no podría obtener sin llegar a cometer un secuestro. Pero si lo que Miguel planeaba era lo mismo que yo estaba sospechando, tardaría un poco de convencimiento para llevarlo a cabo. Sólo esperaba que Charlotte estuviera bien.
"¿Sabes, al menos, en dónde están?" Dijo, encendiendo el motor.
"En mi casa." Dije.
"Espera, espera… ¿Él la tiene secuestrada en tu casa?" Dijo confundido, arrugando el entrecejo. "¿Cómo puede ser?"
"No más preguntas." Dije, mordaz. "Sólo lo sé."
"Oh." Dijo, mirándome de reojo. "Claro. Ehm… Creo que aún recuerdo el camino."
Y partimos.
No tenía cabeza para rebatir su insistencia en manejar. Ya había enviado a mi sombra a que se nos adelantara y requería de toda mi concentración para estar en sincronía con ella, y no habría podido estar enfocado en conducir. Inesperadamente, que Pentious fuera el conductor designado fue una ventaja que no había planeado.
Pero Pentious no parecía estar tan enfocado como yo. Me sugirió llevarme al hospital más cercano y recalcó la opción de pedir apoyo a la policía. A lo que yo me negué rotundamente.
"Pero, Alastor, te ves muy mal." Decía, con preocupación, mientras intercambiaba miradas entre el camino y yo. "No recuerdo haberte visto tan pálido antes. Parece que en cualquier momento vas a desmayarte. Y estoy seguro de que no puede ser saludable esas bolsas tan oscuras en tus ojos."
"Sólo conduce rápido." Siseé, con las uñas incrustadas en mis rodillas.
Me dedicó una mirada angustiada, pero no me rebatió más. Pasó de largo el enorme edificio del hospital, tomando la ruta a mi casa, en la calle siguiente.
Necesitaba silencio para establecer el vínculo con mi sombra, pero Pentious no dejaba de hablar. Su mala costumbre de conversar sin parar para llenar el aire, era desesperante.
"Pero, no termino de entender." Reponía, doblando en una esquina. "¿Cómo sabes que Miguel Magne tiene a la pequeña Charlotte en tu propia casa? ¡No la he visto en años! Bueno, ahora tiene sentido el por qué se me hacía familiar cuando la veía contigo. Se parece tanto a Apple Daddy. ¡¿Cómo no lo noté antes?!"
Y le dio un puñetazo al manubrio, con frustración.
"¡Soy una deshonra!" Se lamentaba dramáticamente "¡Y ahora está secuestrada! ¡Oh, no sé qué clase de persona podría intentar algo contra ese dulce ángel! ¡Si Miguel Magne intenta hacerle algo, tendrá que vérselas conmigo! ¡Había escuchado rumores de que la entregó a unos trabajadores de la plantación Magne, cuando intentaba irse a Francia! ¡Pasé semanas esperando que me dijeran que encontraron el cuerpo de una chica rubia sin identificar o una postal desde Francia, que me indicara que ella estaba bien! ¡Y han sido dos malditos años de silencio! ¡Ni si quiera yo sé dónde ha estado ese hombre todo este tiempo desde que volvió a New Orleans! De haber sabido de lo que era capaz, jamás le hubiese ofrecido alojamiento en mi hogar."
Dio otra vuelta y esquivó un par de automóviles.
"Miguel Magne, simplemente, llegó una noche a pedirme alojamiento en mi casa." Continuó. "Me lo había solicitado a través de una postal que me envió tiempo atrás. Pero no pude recibirlo, porque coincidió que mi hermano había discutido con mi cuñada días antes, y él y mis cinco sobrinos habían estado ocupando todas las habitaciones que tenía disponibles en mi casa. Y el señor Miguel Magne se enfadó y se fue, sin decirme a dónde. Lo cual me pareció un alivio, porque nunca encontré la fotografía de su familia. Apenas hoy supe de él, cuando hicieron la reservación a su nombre. La verdad, creí que ya se había devuelto a Francia."
Su parloteo incesante me estaba desconcentrando. Enterré mis dedos en mi sien, intentando mantener la conexión con mi sombra. Mi pierna se movía inquieta y uno de mis párpados temblaba. Mantuve los ojos cerrados con fuerza, observando el trayecto de mi sombra, a través de sus ojos, que iba a toda velocidad, serpenteando por las calles, llevándonos bastante ventaja, y no tenía que detenerse en los desesperantes semáforos de la ciudad, lleno de imprudentes peatones y automóviles en la pista. Tenía que intentar ayudar a Charlotte únicamente con mi sombra, de momento.
Pentious se detuvo en la siguiente luz roja, sin dejar de hablar incoherencias.
"Mira, y sobre esos cambios de humor que tienes últimamente… deberías intentar controlarlos con la meditación y eliminar el café." Continuó, nervioso, mientras abría y cerraba las palmas en el manubrio. "A mí me funciona. Me lo recetó el médico. Hago una rutina de quince minutos de trote ligero por la manzana y, luego de mi desayuno de huevos revueltos, medito por diez minutos antes de irme a trabajar. Es bastante saludable."
Crispé la nariz y mi sonrisa se tensó.
"O, quizás te sirva un cambio de ambiente." Continuó, elevando los hombros y frunciendo los labios, considerando las opciones más atractivas." Un viaje a la playa hace maravillas. Una vez veamos que Charlotte está bien, pueden usar mi cabaña en la costa. La brisa marina ayuda mucho a despejarse a un hombre estresado y…"
Me giré en mi asiento, con violencia y él dio un respingo de asombro, al mirarme.
"¿Podrías, simplemente…?" Dije, amenazante, inclinándome hacia él como un depredador a una presa. "¿…CONDUCIR EN SILENCIO?" Ordené con potencia.
En ese momento, el vidrio del parabrisas se trizó. Pentious se echó para atrás de la impresión, con la confusión dibujada en su cara. Vio la inexplicable y enorme grieta en el vidrio y, volvió a mirarme.
Pentious reflejaba el terror de una presa ante el peligro en sus ojos. Su cerebro parecía intentar darle una explicación lógica a aquella grieta con mi coincidente estallido de cólera.
"Avanza." Ordené, apretando los dientes.
La grieta se agrandó un poco más después de eso.
Tras un segundo de estupor y no saber qué decir, por primera vez, Pentious volvió su mirada al camino y pisó el acelerador hasta el fondo, sin siquiera constatar si la luz había cambiado a verde.
Volví a acomodarme en el asiento y cerré los ojos. Resoplé por la nariz y volví a contactarme con mi sombra. Ella ya había llegado y daba vueltas por toda la propiedad. De inmediato, noté el automóvil rojo de Mimzy estacionado frente a la entrada principal. Mimzy no había mentido. Katie había llevado a Charlotte a mi casa. O, mejor dicho: Katie había arrastrado el cuerpo de Charlotte a mi casa. Sentí cómo la ira borboteaba en mi estómago. Esa maldita mujer debía estar trabajando para Miguel. Y se atrevió a poner sus desagradables manos sobre Charlotte.
Le ordené a mi sombra que entrara y buscara por todos los rincones la presencia de Charlotte. Obedeció de inmediato. La sombra pasó por la sala, la cocina, arriba en las habitaciones a toda velocidad. Pero no estaba. Ordené que bajara al único lugar que faltaba. El sótano. Pero no pudo. La puerta estaba cerrada y no podía ingresar deslizándose por debajo de ella. Mi sombra intentó, repetidamente, ingresar. Le ordené que ocupara toda su energía. Pero fue inútil. Algo o alguien impedía que ella pudiera atravesar la puerta.
Resoplé con hastío, y me quité las gafas, para masajear mis ojos con rudeza.
"No la veo." Murmuré, con impotencia. "No puedo ver el sótano. Ese desgraciado debe tenerla ahí."
Pentious me miraba de reojo, mientras se pasaba una luz roja y casi logró que nos chocara un automóvil negro. Pareció no importarle en absoluto.
"Ehm…" Comenzó de pronto, titubeante. "¿A quién no puedes ver exactamente?"
"A Charlotte." Dije, secamente, poniendo mis gafas en su lugar.
"Oh." Dijo, asintiendo con nerviosismo. "Claro. Claro."
Se veía claramente incómodo. No pidió más explicaciones. Aunque sabía que tenía miles de preguntas pululando en su cabeza. Dio una vuelta brusca y siguió, tomando la ruta más directa a mi casa. Me sorprendió, en medio de mi conmoción, lo bien él que recordaba el camino aún, a pesar de haberme ido a visitar sólo una vez, tras la insistencia de comprar las cabezas de ciervo para su restaurante.
Pentious tomó el camino de tierra, sin detenerse, excediendo el límite de velocidad permitida. El trecho no pavimentado y lleno de irregularidades nos hacía saltar en nuestros asientos. Y en cosa de un par de minutos, estábamos frente a mi casa. Dio un giro con el manubrio y derrapó, elevando una ligera cortina de polvo. El auto se detuvo completamente. Comencé a luchar contra el cinturón de seguridad y Pentious me puso una mano en mi muñeca. Lo miré, furioso. Pero él estaba impasible.
"Alastor, escucha." Dijo, con seriedad y juntando sus manos, pidiendo paciencia a alguna entidad superior. "Necesito que te calmes. No vayas a cometer una locura."
"Por tu bien, será mejor que no me toques." Dije, esta vez, logrando quitarme el cinturón.
Pero Pentious saltó sobre mi regazo, y estiró el brazo para apretar el seguro en mi puerta, e impedir que yo la abriera. Comenzó otra ridícula pelea, donde yo intentaba quitármelo de encima y él se rehusaba a dejarme bajar.
"¿Qué haces?" Dije, indignado y furioso.
"¡No sabes lo que hay allá adentro!" Reclamaba. "¡Miguel Magne podría estar armado…!"
"Eso no te incumbe." Dije, logrando sacarlo de encima.
Pentious con el sombrero torcido, se irguió en su asiento, exasperado.
"¡Necesito que, al menos, me digas qué está pasando, Alastor!" Explotó. "Ya te traje hasta aquí, así que merezco tener respuestas claras... ¿Por qué Charlotte está secuestrada? ¡Y, te digo, luego de que todo esto termine, me acompañarás al hospital para que revisen esos delirios raros que tienes de ver gente con tu mente y…!"
Lo agarré de las solapas y lo lancé hacia atrás, con violencia, golpeando el vidrio de la puerta del conductor. Saqué mi cuchillo de mi abrigo, de un movimiento rápido, y lo apunté directamente a su cuello. Él se congeló. No movía nada más que sus ojos aterrados, que no dejaban de bailar entre mi rostro y el filo del metal.
"Será mejor que seas útil por una vez, te calles y me escuches atentamente, Pentious." Dije, lentamente, entrecerrando los ojos y sintiendo mi sonrisa tirante.
Pentious contuvo el aliento, espantado.
"Cuando Charlotte salga de mi casa, la subirás a este auto y te la llevarás lo más lejos que puedas a un lugar seguro." Ordené. "¿Entendido?"
Él dio pequeños asentimientos nerviosos, apretando los labios en una sola línea recta, respirando, sonoramente, por la nariz. Estaba completamente aterrado.
A tientas, levanté el seguro de mi puerta y la abrí de un tirón, sin dejar de apuntarle a Pentious. Y salí a toda prisa, dando un portazo.
Un momento después, escuché a Pentious bajarse del automóvil y gritar detrás de mí.
"¡A-Alastor, espera! ¡Vas desarmado!"
Troné los dedos y mi sombra llegó a mis pies en el acto, arrastrándose por el piso con aire espectral.
"Lamento la tardanza, compañero." Dije, sin detener mi paso rápido.
Me dirigí, raudo, a la puerta del sótano. La misma puerta que, semanas atrás atravesé para salvar a Charlotte de los espíritus que intentaron devorarla y pude llegar a tiempo. Deseaba, con todas mis fuerzas, que tuviese un desenlace semejante en esa ocasión. Miré a los pies de la puerta y noté de inmediato una gruesa línea hecha de sal en la entrada. Miguel Magne sabía que yo podría ir en busca de Charlotte y tomó todas las precauciones pertinentes. Se había tomado muchas molestias.
Saqué un pañuelo de mi bolsillo y barrí toda la sal de dos manotazos, para dejar el camino libre. Cerré los ojos, tomé una honda respiración.
"Listo." Susurré, sacando mi cuchillo. "Ya sabes qué hacer, amigo."
Mi sombra tembló de emoción en mis pies, y entró, por fin a la habitación. Empuñé mi fiel cuchillo y abrí la puerta, con cautela.
El sótano estaba oscuro. Lo único que podía vislumbrarse entre toda la penumbra de una habitación sin ventanas, era una pequeña línea de luz verde que se filtraba por debajo de una pequeña puerta, desde el cuarto del fondo. La habitación de los rituales. Ahí es donde debía estar Charlotte.
Bajé, con cuidado por la escalera, apoyado en la baranda. Estaba con el instinto a flor de piel. Sentía el latido de mi corazón en mis oídos y el crujir de cada peldaño haciendo eco en la habitación. Estaba en alerta máxima, expectante a cualquier sonido o movimiento en mis alrededores. Cuando llegué al último escalón, caminé a la habitación del fondo, con paso firme, acompañado por la memoria espacial, de haber recorrido ese mismo trecho tantas veces antes.
Pero, entonces la luz de la ampolleta de la mesa de mi taller se encendió y un sonido metálico me obligó a detenerme.
"Si dices una sola palabra o mueves un solo músculo, te mataré, desgraciado." Escuché a Katie, a mis espaldas.
Me quedé en mi lugar, con el cuchillo apretado a mi mano y me mantuve en silencio.
"Gírate lentamente con las manos en alto." Ordenó.
Seguí el juego y me volví, despacio, hasta quedar frente a frente con ella, con los brazos alzados en señal de rendición.
Katie estaba sentada en el taburete, junto al mesón que yo usaba para preparar a los animales que requerían ser conservados con la taxidermia. Su pierna izquierda estaba sangrando y su hedor al conservante de cuerpos, que empapaba su vestido, llegaba hasta mí. Tenía un bolso café (que reconocí como el de una cámara fotográfica) colgando a un costado. El revolver en sus manos realzaba su imagen vil y despreciable de una alimaña.
"Suelta esa cosa y deslízalo en el suelo." Ordenó.
Sin dejar de mirarla, dejé caer mi cuchillo y lo lancé a ella de una patada. Katie se levantó con dificultad, y una inquietante sonrisa se manifestó en su cara. Una con un colmillo superior menos. Pisó el cuchillo con sus tacones y me observó con desdén. En ningún momento dejó de apuntarme con su revolver.
"Vaya, vaya." Dijo, con altanería. "¿Quién diría que El justiciero terminaría sus días en manos de una periodista? Ni siquiera la policía pudo dar contigo en todos estos meses. Supiste ser escurridizo, pero se te agotó la suerte."
Parecía fuera de sí misma. No cabía en su júbilo saberse en una posición superior a la mía, finalmente.
"Por eso accedías a censurar la información que te daban en la policía, ¿verdad? ¿Por eso nunca dabas detalles más allá de lo necesario en tus transmisiones? Siempre pensé que desperdiciabas a propósito tus lazos con los que tienen la información de primera mano. Que eras un simple perro faldero que obedecía. Pero esa toda esa falsa profesionalidad tuya de seleccionar cuidadosamente lo que decías, no era más que una simple artimaña para tapar tus propias huellas al público."
Dio unos pasos trémulos a la escalera, cojeando con su pierna herida. Observé su agonizante trayecto, sin dejar de sonreír.
"La verdad, no sabes lo feliz que seré cuando te entregue y cobre la recompensa, Justiciero." Sentenció. "Tengo todas las pruebas que necesito."
Fruncí ligeramente el ceño. Debería haberlo imaginado. Katie participaría en algo tan descabellado y fuera de los márgenes de la ley sólo por dinero. La recompensa por mi captura ya era famosa por la cuantiosa suma que se ofrecía. Y entregarme a la justicia le significaría una vida bastante acomodada a ella y a un par de generaciones más, con tranquilidad.
"Miguel supuso que vendrías por esa mocosa." Dijo, con dificultad. "Aunque de verdad me sorprende. No sé cómo mierda lo supiste tan rápido. No creo que Mimzy te haya avisado. Esa obesa lo único que quería era separarlos."
Pero no la estaba escuchando a ella. Estaba poniendo atención a la puerta que tenía detrás de mí. Escuchaba murmullos amortiguados de dos personas. Una era, la inconfundible voz de Charlotte. Sentí una inmediata oleada de alivio. Mis suposiciones habían sido ciertas. Miguel la necesitaba viva. Al menos por ahora.
Volví a mirar a Katie. Se movía trabajosamente, sin dejar de mirarme. Tanteado cada paso. Sin dejar de apuntarme y completamente alerta a cualquier mínimo movimiento de mi parte.
Ella desconfiaba de mí. Y hacía bien.
Se apoyó en el barandal de la escalera con una mano, mientras sostenía la pistola con otra en alto. Se quejaba ruidosamente. Dio una rápida mirada de disgusto a su pierna ensangrentada.
"Mierda." Susurró, de rabia.
Volvió a mirarme, con desprecio.
"¡Ahora, escucha!" Dijo, con ojos desencajados. "Te quedarás ahí, sin decir una sola palabra hasta que yo salga de este maldito sótano, ¿quedó claro?"
Respiraba sonoramente y el agarre de sus manos temblaba.
Cerré los ojos, aún con los brazos en alto.
"Eso." Dijo, satisfecha.
Mantuve mi expresión neutra y serena.
"Miguel me dijo lo que puedes hacer." Continuó, con la nariz arrugada de repulsión. "Tienes que decir unas palabras raras y haces brujería. Pero ninguno de tus abracadabras te salvará de que te vuele los sesos. Así que…"
Y disparó a mi muslo izquierdo.
Caí de rodillas en el acto. Me mantuve con la cabeza apegada al piso, mientras su socarrona risa llenaba la habitación.
"¡Siempre quise hacer eso!" Exclamaba de júbilo.
Y escuché que soplaba el hilo de humo de su arma.
"Prefiero asegurarme de que no escapes de este sótano." Dijo, con satisfacción. "Si no te he matado todavía es porque quiero que sufras en vida, desgraciado. No permitiré que te escapes al otro barrio, y no pagues por todos tus crímenes ante la verdadera justicia. Quiero que te pudras en la cárcel. Sintiéndote humillado y señalado por todos los que te conocen."
Elevé los ojos un momento, desde el suelo y la observé haciendo bastante esfuerzo para subir el primer peldaño. Con el siguiente fue igual de trabajoso.
"Alojamiento por información del justiciero…" Divagaba. "Alastor y Miguel son igual de raros. Por mí que se mueran todos ustedes aquí. Yo me voy de esta casa de locos."
Apretó los dientes, con una mueca de dolor. Emitió un sonido estrangulado de sufrimiento, y subió el tercer peldaño, con dificultad. Comenzó a respirar con la boca abierta, aguantando el dolor de su pierna lo mejor que podía.
Dio un grito de frustración y dio un iracundo puñetazo a un escalón.
"¡Mierda! ¡Y ahora, sólo estoy a una maldita escalera de poder cobrar la recompensa y no puedo subirla!"
Katie se volvió hacia mí un momento, para ver si me había movido. Entrecerró los ojos y retomó la marcha en la subida, arrastrándose.
"Ya tengo lo que necesito…" Balbuceaba, mientras subía escalón por escalón, lentamente. "Tomaré la recompensa… ¡ugh! Y me iré de esta maldita ciudad… ¡uhm! Y ya no tendré que mezclarme con insignificantes zánganos de baja categoría como…"
Y se detuvo, abruptamente. Pareció ser consciente de algo que no había notado. Se volvió hacia mí, rápidamente, con la pistola apuntándome a la cabeza. Su rostro estaba pálido de terror absoluto.
"Un momento…" Dijo, con sospecha, pero sin poder ocultar el miedo en su voz. "¿Por qué no estás sangrando?"
Comencé a ponerme de pie, lentamente, con la cabeza gacha.
"¡TE DIJE QUE TE QUEDARAS QUIETO!" Exclamó, con pánico.
Y hubo un disparo.
Me erguí, completamente. Sacudí el polvo de mi traje y, del orificio de mi pantalón, extraje la bala que había llegado a mi muslo y la arrojé al suelo.
"Gracias, compañero." Dije.
Mi sombra se deslizó por debajo de mi ropa, serpenteando hasta llegar al suelo. Se había acoplado a mi piel, como una armadura negra, escurridiza y silenciosa. Seguí, con la mirada, la proyección de su extremo opuesto. Su alargada y espectral oscuridad se había deslizado, silenciosamente, por el suelo y había llegado hasta Katie. Estaba apresando la sombra de la mujer, con firmeza y paralizando a su portadora.
Observé a Katie con detenimiento. Ella estaba inmóvil a mitad de los peldaños de la escalera, boca arriba, con un brazo en el aire y una expresión de horror en el rostro. Aún mantenía la mano en su revolver, con el dedo paralizado en el gatillo y apuntando al techo. Miré al cielo de la habitación. La bala había dejado un agujero en la madera. Ella no movía un solo músculo y el rostro de mi sombra se proyectaba desde debajo su espalda, con una sonrisa macabra. Parecía estar disfrutando, especialmente, de la captura de esta presa.
"¿Qué…?" Intentó mascullar, mientras su cara se ponía roja por la furia y el descomunal esfuerzo para liberarse. "¡¿QUÉ PASA…?! ¡¿QUÉ ME ESTÁS HACIENDO, BASTARDO?!"
Las heridas, aún abiertas, en su pierna comenzaron a borbotear sangre, por su desesperado intento de liberarse.
"Sólo te dejé blofear* un poco, Katie." Dije, con calma.
Troné los dedos y la pistola saltó desde su mano a la mía.
"Pero, la verdad es que las palabras a veces sobran." Concluí.
"¡¿QUÉ?!" Exclamó, aterrada. "¿Es-estabas haciendo magia? ¡¿CÓMO?!"
Troné mis dedos y mi sombra arrastró, sin ningún tipo de consideración, el cuerpo de Katie hasta dejarla de rodillas ante mí. Troné mis dedos y la cabeza de Katie se hizo violentamente hacia atrás, parar quedar cara a cara conmigo. Los ojos de aquella mujer estaban inyectados de horror, cuando se encontraron con los míos.
"Aprendí, a base de ensayo y error, que la clave para una relación estrecha y duradera es la correcta comunicación, Katie." Añadí.
Troné mis dedos y mi cuchillo llegó a mi mano, desde un rincón de la habitación y lo guardé en mi chaqueta.
"Se acabó el juego." Dije.
"¡MO-MONSTRUOS!" gritó, desesperada. "¡TODOS USTEDES…!"
Me incliné un poco y agarré su rostro con mi mano, apretando sus mejillas con fuerza, enterrando mis uñas en su piel. A pesar de estar paralizada, podía sentir cómo temblaba de terror ante mí, a través de la conexión que yo tenía con mi sombra.
Sentía cómo mi ira contra ella y todas las imágenes, que me había enseñado mi sombra, se agolpaban en mi cabeza. La indignación, la ira y mi sed de venganza en nombre de Charlotte, comenzaban a apoderarse de mí. Katie había golpeado a Charlotte en la cabeza con una botella. Katie metió a Charlotte en un saco inconsciente, y la trajo, sin piedad ni remordimientos, perpetrando mi propio hogar, para entregarla al bastardo que había vuelto para atormentarla. Katie quería vernos caer, quería destruirnos. Quería sabotear mis planes.
Miré su grotesco y desagradable rostro. Y mi sonrisa se ensanchó. No bastaba con darle una muerte rápida como a todas mis anteriores víctimas. No. Yo quería que sufriera.
"Te atreviste a tocar a Charlotte, Katie." Dije, amenazante, arrastrando las palabras. "Y eso, ya es suficiente para El justiciero tome represalias."
Solté su cara, lanzándola a un lado con brusquedad y le quité su bolso.
"Ya no necesitarás esto." Dije.
Sostuve el bolso de cuero por un momento, sin dejar de mirar a Katie. Entonces, comenzó a combustionar por el fuego emanado de mis palmas. El olor al plástico quemado invadió el lugar de inmediato y el contenido del bolso crujió al ser sometido al calor.
"¡No!" Gritó Katie, espantada. "¡Mi cámara!"
Extinguí el fuego y arrojé el bolso, chamuscado y humeante, a mis pies. Siguió emitiendo ligeros chasquidos, por la cámara derretida.
"Debería coser tu boca." Dije, con desagrado. "Pero sería un desperdicio, francamente. Porque no hay nadie aquí que pueda venir a ayudarte."
Troné los dedos y su brazo se dislocó hacia atrás, de un movimiento rápido y brutal. Ella dio un grito agónico.
"Pero tenías razón en algo." Dije, ladeando un poco la cabeza. "La muerte no hace más que liberarte del dolor de los castigos que mereces en carne viva."
"Eres… un…" Intentó decir, escupiendo.
Troné los dedos otra vez y su pantorrilla izquierda se volteó completamente, dejando la rodilla casi en la parte posterior de su pierna. Katie lanzó un grito que parecía rasgar su garganta.
La miré, con desdén, sin dejar de sonreír. Ella gimoteaba sonoramente, mientras el rímel de sus ojos caía como lágrimas negras por sus mejillas. Le faltaba el aire y babeaba copiosamente.
"Así ambas piernas quedan en igualdad de inacción." Dije.
Entonces, cerré el puño y Katie comenzó a retorcerse, con sus miembros apretados contra su tórax. Los gritos de Katie llenaban el silencio, haciendo eco en las paredes. La tortura de sentir su cuerpo sometido y compactado por la fuerza de mi sombra, con sus huesos al filo de ser fracturados a la vez, la estaba enloqueciendo de dolor. Yo soltaba el agarre ligeramente, para volver a cerrar el puño. La mantenía en aquel limbo donde no la dejaría morir. Aunque suplicara por su vida o su muerte. Quería que sintiera, en carne viva, que cada uno de sus nervios le quemaba y se retorcía por la agonía.
Quería que sufriera.
"¡SUÉLTAME!" Escuché, en medio de la vorágine que estaba sintiendo.
Pero ese grito no venía de Katie. Y, de golpe, volví a la realidad. Un grito de auxilio de una mujer que venía detrás de la puerta.
Charlotte me necesitaba.
Solté el puño y elevé el brazo para azotar a Katie contra mi mesa de trabajo. Una gran botella de conservante se volteó y vertió sobre el piso. Katie estaba temblando, en el suelo, como un animal moribundo.
"Puedes agradecerle al dios de tu preferencia que no tengo tiempo para tratarte como mereces." Dije, examinando el revolver.
A Katie le quedaba suficiente energía para elevar un poco su rostro y descargar una mirada de odio intenso hacia mí.
Guardé el revolver en mi chaqueta y me precipité a la puerta. Intenté usar la manija, pero, estaba trabada desde el interior. Intenté chasquear los dedos, pero el seguro no cedió. Miguel debió agregar algún tipo de protección a la cerradura. Di un golpe de rabia en la madera.
"¡Ayu…!" Escuché el grito interrumpido de Charlotte, desde la habitación.
"Entra." Ordené, rápidamente, a mi sombra y ella obedeció de inmediato, deslizándose por la rendija de luz verde.
Cerré los ojos y entablé la conexión con mi sombra.
La pequeña habitación estaba fría y casi en penumbras. Apenas iluminado por el fuego verde de la chimenea. Y, en el suelo, estaba Charlotte, pero también estaba Miguel Magne.
Miguel mantenía una de sus asquerosas manos sobre la boca de Charlotte, impidiendo que gritara. Miré a Charlotte un segundo, a través de los ojos de mi sombra, y se me retorcieron las entrañas con indignación y la ira. Ella tenía el rostro magullado, todo su cuerpo estaba empapado con un líquido que no logré identificar, y la sangre seca de su cabello, se apelmazaba en su mejilla. La sangre de Charlotte había sido derramada, nuevamente. Y por culpa de Miguel Magne, como dos años antes. Sentía cómo la pulsación de mi sangre aumentaba. Mi furia borboteaba en mi pecho y instinto de protección rugía por justicia, saturando mi mente de pensamientos cada vez más erráticos y violentos.
Le ordené a mi sombra que separara a Miguel de Charlotte. Que atacara. Que lo azotara contra las paredes de ser necesario. Pero ella no podía acercase a ellos. Mi sombra rodeó la habitación, de extremo a extremo, lanzándose repetidamente contra la sombra de Miguel, pero no podía tocarlo, por ningún punto. Algo la repelía. Tampoco podía abrir la puerta quitando el seguro desde adentro. Definitivamente, Miguel había lanzado un conjuro sobre la cerradura.
Entonces, mi sombra subió por la pared a la altura del techo. Fue cuando noté el círculo hecho de sal alrededor de casi todo el suelo de la habitación. El gran saco de tela, ya vacío, donde yo guardaba la sal que le daba a mis cabras, Razzle y Dazzle, estaba en un rincón tirado. Sobre la mesa estaba la carpeta con las hojas del grimorio y la muñeca de Charlotte estaba tirada en el suelo. La sombra de Miguel se mantenía dentro del perímetro del círculo, inamovible por la poca luz que emanaba la chimenea.
No había dejado una rendija para a llegar a ellos. Realmente había tomado muchas precauciones, para estar tan desesperado.
"Vas a cooperar." Ordenó, Miguel. "Ahora entiérrale el cuchillo a ese sacrificio."
Pensé rápido. No podía entrar y mi sombra no podía llegar a ellos. La sombra de Miguel estaba resguardada, por la poca luz.
Luz.
De inmediato, troné los dedos y las llamas se avivaron en la chimenea. Pero no fue suficiente.
Miguel se giró a mirar al fuego, con sorpresa y temor en sus demacradas facciones.
"Imposible." Musitó.
Su respiración se hizo más sonora e inestable. Luego, se volvió hacia Charlotte, sólo para lanzarse encima de su cuello y comenzar a ahorcarla en el suelo. La cabeza de Charlotte golpeó el piso y él puso todo su peso sobre su cuerpo. Charlotte peleaba como una fiera.
Comencé a desesperarme. Volví a tronar los dedos. Y otra vez. Y otra vez.
"Mentirosa de mierda." Dijo Miguel, con desprecio a Charlotte. "¿Tú lo invocaste? ¿Cómo lo hiciste? Siempre supiste que LeBlanc era El justiciero, ¿verdad? ¡Por eso le dijiste a Katie que dejara de tomar fotografías! ¡Eres una perra malparida!"
Finalmente, llamas de la chimenea alcanzaron tal tamaño, que llegaban al techo del cuarto. Y la luz generada, hizo que todo cuanto hubiese en la habitación alargara la proyección de su sombra. Incluyendo a las únicas dos personas que estaban ahí. Y la sombra de Miguel sobrepasó los límites del círculo de sal, finalmente.
Era mi oportunidad. Mi sombra agarró esa pequeña porción fuera del círculo, y, finalmente, Miguel se detuvo en seco. Lo elevé unos centímetros en el aire, y lo arrojé con fuerza contra la mesa. Escuché a Charlotte toser con fuerza. Troné los dedos una vez más para deshacerme del cerrojo. Esta vez, funcionó.
"¡Charlotte!" Exclamé, entrando en la habitación.
Me arrojé, de rodillas, para ayudarla a incorporarse. Charlotte me miró con sus grandes ojos brillantes en lágrimas, con el alivio de saberme ahí.
"¡Alastor!" Dijo, con voz ronca. Y me abrazó, con desesperación. "¡Estás aquí!"
Le devolví el abrazo con fuerza, casi con necesidad y besé su coronilla. Ella olía al conservante que yo guardaba en las botellas, pero no podía importarme menos.
"Estoy aquí, cariño." Le dije, con voz tranquilizadora. "Estoy aquí."
Saberla en mis brazos, nuevamente, me había dado un poco de equilibrio en toda esa tormentosa situación. Charlotte estaba viva. Había llegado a tiempo. Ella sollozaba, angustiada, y se aferraba a mi chaqueta con firmeza, buscando protección. Podía sentir cómo ella temblaba de miedo y no dejaba de intentar aclarar su garganta, con ligeros carraspeos.
Me separé un poco de ella y la miré con atención. Su precioso rostro era un contraste absoluto a su resplandor, casi divino, al momento de separarnos esa misma mañana, en el hotel. Ahora sus ojos estaban rojos por el amargo llanto. Una de sus mejillas estaba inflamada y roja por un golpe. En su sien, una considerable cantidad de sangre se había acumulado y secado por el golpe que Katie le había dado con la botella. Estaba empapada de sudor y liquido conservante.
"Vámonos… Vámonos…" Logró decir, suplicante, después de unos momentos.
Acaricié su rostro con mucho cuidado, ahuecando mi mano en su mejilla. Mi sonrisa amainó lo suficiente para ser apenas una pequeña curvatura en las esquinas de mis labios. Sentí cómo el dolor y la culpa me estrujaban el corazón y las vísceras, como nunca antes sentí en mi vida. Saber a Charlotte en esas condiciones, me hacía sentir responsable, en cierta medida. Sentí la abrasadora culpa de no haber sido capaz de matar a Miguel Magne, semanas atrás en aquel callejón. Y de haber cometido el pecado mortal de permitir que él escapara, en un instante de debilidad personal.
La única víctima que había escapado de la mano de El justiciero le había hecho eso a Charlotte.
A mi Charlotte. Y eso era imperdonable.
Cualquier ser despreciable que osase dejarla en ese estado, perecería ante mí.
Pero antes de pensar en Miguel, debía, por sobre todas las cosas, poner a Charlotte a salvo.
Levanté la vista y vi cómo Miguel seguía en el piso, quejándose. El golpe apenas lo había aturdido lo suficiente para perder la concentración en sus inestables hechizos. Tenía que estar extremadamente débil.
Vi, entonces, la muñeca que yo había fabricado de Charlotte, en el piso, dentro del círculo de sal. Me puse de pie, rápidamente, y tomé el saco de tela vacío del suelo y metí un poco de la sal del círculo. Luego metí la muñeca dentro de él y la cerré. Charlotte me miró, confundida.
"¿Qué haces?" Dijo.
"Ven conmigo." Le dije.
La tomé entre mis brazos y me dirigí, con ella, a la salida, a paso rápido. Ella se aferró a mi cuello. Pasamos junto a Katie, quien seguía en la misma posición que la había dejado, en el suelo. Subí las escaleras con Charlotte en brazos, cerré la puerta y la bajé en el pasillo principal de la casa.
"¿Alastor?" Dijo ella, extrañada.
"No puedo dejar a Miguel Magne con vida, cariño." Le dije. "Tú adelántate. Pentious está esperándote fuera de la casa. Te llevará a un lugar seguro."
Me miró, como si estuviera diciendo una abominación. Y me agarró de las solapas de mi chaqueta, encarándome, furiosa.
"¿Y pelearás solo?" Dijo, indignada, aún con voz rasposa. "¡Alastor, no puedes…! ¡La última vez no salió bien! ¡Puedo ayudarte!"
"Puedo encargarme de esto." Le aseguré. "Lo único que me importa es que te vayas con Pentious."
Acentuó su ceño fruncido. Se mantuvo su postura erguida y desafiante, aún con lágrimas en los ojos.
"No lo haré." Dijo, con convicción.
"Sabía que dirías eso." Dije, resignado.
Cerré los ojos con pesar, un momento. Puse mi mano en su nuca y la aproximé a mí, para darle un rápido beso, que ella no rechazó. Puse el saco entre sus manos y me separé de ella, de golpe. Ella me miró, y luego al saco que ahora sostenía, confundida.
"Por eso, no voy a dejarte opción." Sentencié.
"¿Qué…?" Intentó decir, molesta.
Troné los dedos, y mi sombra tomó la sombra de Charlotte y la arrastró por el piso.
"¡Noooo!" Exclamó, mientras su voz se alejaba de mí.
Abrí la puerta principal con un movimiento de mi mano, y mi sombra se encargó de llevarla por el piso hasta arrojarla al exterior, junto al auto de Pentious.
"¡Por amor de Dios!" Escuché a Pentious gritar de asombro.
"¡ALASTOR!" Gritó Charlotte, intentando ponerse de pie.
Cerré la puerta con un chasquido y le puse el seguro de metal.
Suspiré y giré hasta la puerta del sótano. Charlotte estaba a salvo. Eso aplacaba un poco la abrumadora sensación de descontrol. Sólo me faltaba encargarme de Miguel Magne. Y en esas condiciones en las que estaba, podría acabar rápidamente con él.
Pero al momento de abrir la puerta del sótano, el inconfundible olor a humo llegó a mi nariz y una luz anaranjada llegaba a mí desde mi posición, en lo alto de la escalera. Katie estaba envuelta en llamas. El fuego ya había alcanzado su ropa. Todo el contenido de la botella de conservante que se había vertido en el suelo minutos antes, se estaba quemando. Había llegado, rápidamente, a buena parte del piso madera y la mesa. Incluidos todos mis trabajos sin terminar. Todo estaba calcinándose con alarmante rapidez.
En la mano chamuscada, roja y con ampollas de Katie, descansaba el encendedor de sus cigarrillos.
"No me… iré sola… Maldito hijo de puta." Dijo, apenas, con una sonrisa satisfecha.
Y un disparo le llegó en la cabeza, dejando a Katie muerta en el suelo, en un charco de su propia sangre, con el último fantasma de una sonrisa en su rostro.
Parpadeé, con sorpresa. Seguí la trayectoria del disparo. Venía de la habitación de rituales. Del cuerpo sin vida de Katie se elevó una neblina blanca, que resaltaba sobre el humo negro del fuego. Y, de pronto, pareció ser invocada por la persona que estaba apoyada en el marco de la puerta, con un revolver en sus manos.
Miguel Magne inspiró hondo aquella neblina blanca, por la nariz y suspiró de alivio. Sus arrugas se alisaron, sus canas menguaron y su semblante rejuveneció veinte años, en unos segundos.
"Necesitaba eso." Dijo, Miguel, con placer, tronando su cuello.
Entonces, elevó el rostro y nos miramos por primera vez, desde aquella noche en un oscuro callejón del centro de New Orleans.
"Buenas tardes, LeBlanc." Dijo, con ironía.
Troné los dedos y mi sombra se deslizó hacia él, con ira asesina. Miguel le lanzó sal antes de que ella, siquiera, pudiera tocarlo. Si mi sombra hubiese podido gritar de dolor, habría chillado con todas sus fuerzas. La vi retorcerse y retroceder. Miguel levantó su arma y me disparó, dos veces. Yo apenas esquivando la segunda bala que me rozó el cuero cabelludo. Salí del sótano y me dirigí al segundo piso, corriendo. Mi sombra me siguió. Y me encerré en mi habitación.
Observé a mi sombra, su semblante parecía alicaído. Había un agujero espectral, que no debería estar ahí, en su costado derecho.
"Lamento eso, compañero." Le dije a mi sombra.
De pronto, escuché unos pasos que subían por las escaleras.
"¡LeBlanc!" Decía Miguel detrás de la puerta, con tono conciliador. "¡No tenemos que pelear! ¡Sólo dame a esa monstruosidad, a la que llamas Charlotte, y te dejaré tranquilo! No me importa la recompensa por tu captura. Sólo quiero vivir con buena salud. Y tú quieres una vida sin tener que ir a prisión. ¿No es ese un trato justo?"
Apunté y apreté el gatillo de mi escopeta a través de la pared. Dibujando una línea de agujeros en el muro de mi habitación. Me detuve cuando las balas se habían agotado.
El silencio reinó en el lugar. Podía ver por los agujeros que habían quedado, por los balazos. No había escuchado gritos de dolor. No me atrevía a mover un solo músculo. Pero no escuchaba nada más que los latidos de mi inquieto corazón y mi respiración agitada. Pero, cuando comencé a considerar la idea de que podría haberle dado muerte a Miguel Magne, la puerta se salió de su marco, casi como si hubiese sido golpeado por un ariete, y cayó pesadamente en el suelo, golpeando la madera del piso, con fuerza. Algo había derribado la puerta de un solo golpe.
Dejé caer el rifle sin balas en el suelo y el sudor frío recorrió mi espalda.
Miré, con horror, a aquella aparición y mi cuerpo comenzó a temblar, en una conocida sensación de completo pánico.
Y ahí, con ojos rojos como la sangre, estaba, una vez más, el perro de sombra de Miguel Magne.
(*) Blofear: Término en el póker que consiste en que el jugador que tiene una mano que tiene las de perder, fanfarronea.
Estoy vivaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
Me atrasé un montón por el cambio de casa.
Lamento la tardanza.
Ahora seré más constante! 3
Un abrazo!
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AngelusM19
