Fue rápido. Tanto como para llegar a creer que pudo ser una jugarreta de mi cabeza, producto de la falta de aire en mis pulmones y las insistentes manos de mi tío aferradas a la carne de mi cuello. Podría haberlo inventado todo. Un delirio desesperado de mi cuerpo moribundo. Un placebo indulgente creado por mi mente, buscando el consuelo en algún recuerdo feliz que me despidiera de esta vida sin la sensación del destino cruel y repentino del que era víctima.
Pero, para mi fortuna, sí había sido real. Mi tío ya no estaba sobre mí. Y el aire entró a tropezones por mi boca. Me giré y tosí con fuerza, intentando poder respirar nuevamente. Incluso tuve arcadas por la fetidez del líquido conservante que tenía vertido en mi cuerpo, siendo lo primero que percibí en el ambiente. Mi garganta me ardía, y cada pequeña bocanada de aire dolía terriblemente. Observé a mis alrededores, con los ojos llenos de lágrimas y fue cuando vi a la muñeca. La que Alastor había hecho y mantenía en un montículo de sal para protegerme. Ella yacía en el suelo, en lugar de aquella cabra que Miguel esperaba que yo matara por él.
A duras penas reconocí el lugar con la tenue luz verdosa del fuego frío de la chimenea. Era la habitación prohibida de la casa de Alastor. No había rastro de la casona Magne. Nunca me había movido del suelo en primer lugar. Todo había sido una maldita ilusión.
Entonces, observé el cuerpo inerte de Miguel a varios metros de mí. Había volcado la mesa donde Alastor tenía su investigación de los conjuros del grimorio, y todo lo que estaba encima se había regado en el suelo. Mi primer instinto fue huir, sin mirar atrás. Pero el terror a la muerte fue reemplazado por una trémula esperanza en mi pecho, al ver a la sombra de Alastor revoloteando, furiosa, por las paredes de la estrecha habitación. La miré moverse, enardecida, y mi cabeza no se decidía en qué punto la realidad de la ilusión, porque, bien podría, continuar dentro de una. Pero agarré mi propio cuello, con decisión, y me concentré en el dolor del tacto. Mis heridas dolían demasiado como para ser producto de mi imaginación y el aroma nauseabundo del conservante me seguía quemando las fosas nasales.
De pronto, hubo un fuerte estruendo. La puerta se había abierto de golpe, detrás de mí. Me sobresalté y me puse en guardia, sólo para ver cómo Alastor irrumpía en la habitación. No podía creerlo. Era inverosímil que estuviera ahí, pero no podía controlar el hormigueo que comenzaba desde mis extremidades hasta mi pecho, por el abrumador alivio que sentí al verlo. Alastor se acercó a mí, rápidamente, apenas me vio, y me abrazó con fuerza. Me apretó contra su cuerpo, con apremio y besó mi coronilla. Y yo me aferré a él, con desesperación, tanteando su espalda, deseando corroborar si era completamente sólido y no otro cruel engaño. Sentí una de sus manos presionando gentilmente en mi nuca y me desmoroné en llanto.
"Estoy aquí, cariño." Susurró en mi oído, casi como en un arrullo. "Estoy aquí."
De verdad estaba ahí. No sabía cómo podía ser, o a qué estrella agradecer el que él se enterara dónde yo estaba. Pero ya no me importaba. Me aferré a su chaqueta, demasiado aturdida aún. No podía dejar de temblar.
La sensación de la muerte en mi cuello, todavía latente por las manos de mi tío, me recordaban lo cerca que estuve de mi propio fin y de no verlo nunca más. Tragaba saliva con dificultad, entre gimoteos. La tos se manifestaba, espontáneamente, cuando las lágrimas comenzaban a agolparse en mi irritada garganta. Pero me sentí reconfortada hasta la médula al tener mi nariz enterrada en el pecho de Alastor y percibir el aroma a su almizcle, por sobre el aceite de hierbas que manchaba mi cuerpo. Una vez más, la muerte pudo llevarme con ella. Muriendo sola, donde nadie podría escuchar mis gritos de auxilio. Y sin la oportunidad de abrazar a Alastor por una última vez. Era tan injusto y repentino. Y lloré con más fuerzas aún.
El miedo de morir en manos de Miguel Magne, había sido una de mis más horribles pesadillas y estuvo a punto de concretarse.
Pero no estábamos a salvo todavía. Alastor estaba conmigo, pero eso aún no había terminado. Volver a ser consciente que Miguel Magne yacía, aturdido, a sólo unos metros de nosotros. Y fue suficiente para volver a encender las alarmas en mi cabeza.
Me separé de Alastor y lo miré, aterrada.
"Vámonos… Vámonos…" Pude decir, con un hilo de voz, presa del pánico.
Cada palabra ardía en mi garganta.
Pero Alastor se tomó un momento para inspeccionarme el rostro a detalle, y puso sus manos sobre mis hombros. No dijo nada. Pero, aunque quiso mantener un semblante firme, no pasé por alto el temblor de su mano cuando acarició mi rostro con el dorso de sus dedos. La impotencia e incredulidad estaban reflejados en sus ojos. En cada arruga en su frente. Su sonrisa casi había desaparecido por completo. Él solía ser muy meticuloso en no demostrar lo que de verdad pasaba por su cabeza, pero no cabían dudas de lo que se arremolinaba en su corazón al ver mi rostro desfigurado por los recientes golpes. Sus ojos se crisparon de ira al ver la sangre que ya formaba una costra en mi sien y se enmarañaba con mi pelo. Y un brote de vergüenza afloró en mi pecho. Nuevamente Alastor me veía desamparada, ensangrentada e indefensa ante un ataque orquestado por Miguel Magne. Se veía obligado a rescatarme otra vez, y verme despojada de mi dignidad. Fue humillante.
Entonces, él buscó en los alrededores y se movió, presuroso. Tomó la muñeca en el suelo y la metió en el saco de sal de Razzle y Dazzle.
"¿Qué haces?" Dije, con voz rasposa.
"Ven conmigo." Respondió levantándome en brazos, y dando zancadas por la escalera saliendo del sótano.
No me atreví a mencionar a Katie cuando la vi en el suelo del taller de la casa. Ella se quejaba, tumbada boca abajo, con una de sus piernas dobladas en un ángulo bastante extraño. La parte más oscura de mí misma sólo me repetía que ella recibía una porción del sufrimiento que me había hecho pasar. Ella no importaba. Yo sólo deseaba que nos fuéramos lo más lejos posible. Para entonces, creía que Alastor estaba de acuerdo con ese plan. Hasta que se detuvo apenas salimos del sótano y me dejó en el suelo del pasillo.
Lo miré desconcertada, exigiendo una explicación.
"No puedo dejar a Miguel Magne con vida, cariño." Me dijo, con seriedad. "Tú adelántate. Pentious está esperándote fuera de la casa. Te llevará a un lugar seguro."
Lo miré, horrorizada. No podía estar hablando en serio. No podía estar negándose a huir. Alastor ya había hecho suficiente. Además, él estaba desestimando completamente su estado físico y mental. Y, a pesar de que la única fuente de luz eran unos tenues rayos de sol que se filtraban por la ventanilla de la puerta principal, podía notar su semblante ojeroso y agotado, tras semanas de sobre exigir a su cuerpo más allá de los límites saludables.
Lo agarré de las solapas de la chaqueta, encarándolo. Me sentía furiosa.
"¿Y pelearás solo?" Dije, indignada, aún con voz quebrada. "¡Alastor, no puedes…! ¡La última vez no salió bien! ¡Puedo ayudarte esta vez!"
"Puedo encargarme de esto." Me dijo con firmeza y sin inmutarse. "Lo único que me importa es que te vayas con Pentious."
No sabía de qué demonios me estaba hablando. ¿Qué tenía que ver el señor Pentious en todo eso? Pero yo no iba a dar mi brazo a torcer. No iba a permitirle actuar solo. El anterior enfrentamiento, entre él y Miguel Magne, aún seguía a grabado a fuego en mi cabeza. Y las secuelas de esa pelea aún brillaban en forma de cicatriz en los hombros de Alastor.
"No lo haré." Dije, con convicción.
"Sabía que dirías eso." Dijo, resignado.
Y me besó. Fue un beso crudo, sin reverencias y que escocía al tacto. Apenas me di cuenta de lo que estaba haciendo, cuando se separó demasiado pronto de mí. Entonces, fue cuando pude ver su intensa preocupación, detrás de sus gafas. Su sonrisa se extendía forzada, casi como una mueca, en su rostro. Él quería mantener su sonrisa, pero desentonaba completamente en esa situación tan desesperante.
Alastor dio un cansino suspiro. Y, por un momento, pensé que estaba considerando irse conmigo.
"Por eso, no voy a dejarte opción." Dijo con firmeza, mirándome a los ojos, usando el mismo tono con el que zanjaba una conversación que no tenía derecho a réplica; él había tomado esa decisión por mí y punto final.
Su sentencia me tomó desprevenida, y la indignación sacudió mi pecho. ¿Qué era lo que él pretendía hacer? ¿Quería quedarse a pelear con mi tío, sin considerar el estado en el que se encontraba? Alastor no había descansado bien en semanas por su maratónica ola de asesinatos. No había descansado adecuadamente por demasiado tiempo. Y su rostro pálido y ojos amoratados lo hacían ver mucho más demacrado que esa misma mañana, donde se había ido feliz a su trabajo luego de pasar la noche en el hotel. Sin dudas, Alastor no estaba pensando con claridad. Él no estaba en la condición más óptima para volver a enfrentarse a Miguel Magne. No después de lo que le ocurrió en su pelea anterior, cuando Alastor había tenido una ventaja significativa.
No. No podía dejarlo. Él tenía que irse conmigo. Nos iríamos y buscaríamos otro momento para enfrentar a Miguel Magne. Incluso huir a otra ciudad con lo puesto y ocultarnos de todos era un mejor plan que hacerle frente a mi tío.
Había que pensar con claridad, y eso era algo que Alastor no estaba haciendo. La ridícula idea de abandonarlo estaba fuera de toda discusión. Tenía que hacerle saber que no estaba dispuesta a dar un solo paso más sin él.
Tomó mi mano y puso el saco de sal con la muñeca en ella, y obligándome a cerrar el puño para sujetarla.
"¿Qué…?" Intenté reclamar, molesta.
Pero entonces él tronó los dedos, y sentí un tirón fuerte y familiar en el suelo que me impulsó hacia atrás. Fui arrastrada por el piso de madera del pasillo y alejada de Alastor, sin poder luchar.
"¡Noooo!" Exclamé, desesperada.
Alastor volvió a chasquear los dedos y la puerta principal se abrió con violencia. Y salí disparada al exterior, cayendo en la tierra, llena de hojas secas, del antejardín. Sentí el viento frío golpeándome el rostro, al momento en que fui consiente de dónde me encontraba.
"¡Por amor de Dios!" Escuché a alguien gritar, y acercarse a mí a paso acelerado.
Descubrí, con sorpresa que era el señor Pentious. No acababa de comprender qué estaría haciendo él ahí, pero no me importó en ese momento. Tenía que volver a la casa. Intenté ponerme de pie, sin poder mantener el equilibrio, y caí de bruces en la tierra húmeda.
"¡ALASTOR!" Grité, con la voz rasposa y la garganta apretada.
La puerta principal se cerró de un portazo y el sonido del chasquido del grueso seguro de metal llegó a mis oídos. Mi respiración se entrecortaba por el pánico. Me quedé arrodillada en el suelo, con mis puños en la tierra, y sintiendo la impotencia carcomiéndome el cuerpo. La cabeza me daba vueltas por el resentimiento de los golpes que había recibido, y el olor al conservante sobre mi ropa me dificultaba concentrarme. Elevé los ojos a la casa. El sol ya se había ocultado, dejando apenas un manchón dorado en el horizonte y la oscuridad del exterior habría sido casi total, de no ser por las luces del automóvil Bentley verde que estaba estacionado cerca de mí.
Hice un intento apresurado por levantarme, pero trastabillé a un lado y volví a caer.
"¡Charlotte!" Decía el señor Pentious intentando frenarme en mi intento de ponerme de pie, poniendo su brazo protector alrededor de mis hombros. "¡Charlotte, espera!"
"¿Señor Pentious?" Pregunté sorprendida, mirándolo por primera vez.
El hombre me quedó mirando, atónito.
"Tengo… Tengo que ir a ayudar a Alastor." Dije, apuntando hacia la casa con una mano temblorosa. "Él no podrá sólo contra Miguel Magne."
El rostro de Pentious se crispó de dolor y se tapó la boca con su mano libre, sin apartar los ojos de mí. Su expresión se fue escalando hasta deformarse en el completo horror rápidamente.
"¿Cómo…?" Tartamudeó, con el mentón temblando. Tenía el rostro lívido y negaba la cabeza, sin comprender. "¿Quién podría…?"
Me recuperé de la impresión inicial, obligándome a concentrarme. Tenía que apresurarme.
"Tengo que volver a la casa." Dije.
E intenté ponerme de pie nuevamente, pero él se rehusó a quitar su mano firme de mi hombro y con la frente arrugada de preocupación.
"Alastor necesitará ayuda para enfrentarlo…"
"No. No. No vas a ninguna parte." Me dijo con decisión, pero sin perder la fragilidad en sus ojos, que amenazaban con el llanto. "¡Vendrás conmigo al hospital! ¡Ahora!"
"¡NO!" Exclamé, con voz rasposa. "¡Alastor no podrá solo contra Miguel Magne! ¡Tiene que dejarme ir!"
E intenté darle un manotazo para apartarlo de mí. Pero él tomó mi mano y me miró con severidad.
"¡No voy a dejar que la hija de Apple Daddy esté en estas condiciones!" Dijo implacable, ya sin poder evitar que las lágrimas inundaran completamente sus ojos. "¡Iremos a que te atiendan!"
Escuchar mi secreto en boca del señor Pentious me remeció hasta la médula. Lo miré, asombrada y extrañamente expuesta, como una niña atrapada en una travesura.
"¿Cómo sabe…?" Dije en un susurro.
El señor Pentious me ayudó a ponerme de pie y estudió mi rostro con más detenimiento, por un momento. Un destello de dolorosa comprensión iluminó en su rostro. Me dedicó una mirada cargada de nostalgia. Se llevó una mano temblorosa a la boca, mientras parecía tener problemas para gesticular. Se pasó la mano con brusquedad por la boca y la cerró en un puño, para apretarla contra sus labios.
Entonces, él lanzó un trémulo suspiro, para intentar serenarse. Las lágrimas ya caían por su rostro libremente.
"Definitivamente eres tú." Dijo, con voz temblorosa y el arrepentimiento derramado en sus palabras. "¿Cómo fui tan idiota y no me di cuenta antes? Pequeña Charlotte…"
"Tengo que ir." Repetí con convicción, intentando zafarme de él. "Alastor me necesita."
Pero él me tomó de un brazo con firmeza y comenzó llevarme a su auto.
"¡Espere!" Intenté batallar. "¡¿Qué está haciendo?!"
"Charlotte, no sé qué está pasando aquí." Dijo con solemnidad, pero sin detenerse. "Pero Alastor me encomendó llevarte a un lugar seguro y eso es lo que pretendo hacer."
"¡NO!" Exclamé con pánico. "¡Déjeme ir!"
Sus larguiruchos brazos eran más fuertes de lo que parecían y el suelo de tierra húmedo no me ayudaba en mi intento de poner resistencia. Pero el señor Pentious se giró hacia mí, me tomó de un hombro y me miró a los ojos con determinación.
"¡NO VOY A DEJARTE SOLA!" Él declaró con impaciencia.
Yo estaba completamente confundida. El señor Pentious apretaba los dientes con fuerza mientras respiraba con brusquedad, abriendo mucho sus fosas nasales. Me percaté que su labio inferior temblaba.
"¡Creí dos veces que habías muerto, Charlotte!" Me dijo, con brusquedad y con una nota de desesperación en su voz. "¡Dos veces! ¡¿Te das cuenta de eso?!"
Parpadeé, confundida.
"¡Me dijeron que habías muerto de niña, por cólera! ¡Y aunque todo fue un malentendido, tiempo después murió Apple Daddy y la señora Lilith! ¡No pude volver a visitarte desde que Miguel te mantuvo encerrada en tu casa! ¡Y luego me dicen que Miguel te abandonó al momento de huir a Francia! ¡Él me contactó por cartas y lo primero que le pregunté fue por ti! ¡Me respondió que habías estado con él en Francia todo este tiempo! Que estabas bien…" Tragó duro y bajó la vista. Parecía estar sacando todo lo que su herido corazón había estado reprimiendo. Dio un ligero gimoteo y sorbió por la nariz. "Pero los rumores en el muelle eran más fuertes. ¡Hubo testigos que aseguraban que fuiste entregada a unos hombres el día en que zarpó el barco! ¡E intenté buscarte por mis propios medios, pero nunca encontré nada! Y después de dos años sin saber nada de ti… Entonces, creí… Ya me había convencido que habías muerto, Charlotte."
Tomó una pausa y tragó de nuevo antes de volver a mirarme, con determinación y dolor. No pude evitar sentirme conmovida por ese hombre. Sabía que el señor Pentious era una persona de corazón muy noble, pero nunca creí que se hubiera preocupado tanto por mí todo ese tiempo. Una punzada de culpabilidad me dio de lleno en el corazón y me arrepentí de no haberle dicho la verdad desde el principio.
"¡Y ahora que sé que estás con vida no dejaré que te expongas!" Continuó con severidad. "Por el recuerdo de mi querido amigo Lucifer Magne y por la señora Lilith, no dejaré que corras al peligro, Charlotte. Y yo, Sebastian Alexander Pentious, juro por mi honor, que no voy a permitir que mueras." Concluyó con solemnidad.
Yo estaba completamente impactada. Verlo alterado, fuera de su normal estado de excentricidad jubilosa, era tan desconcertante como lo que me acababa de decir.
Él iba a decirme algo más. Pero, de pronto, se detuvo. El señor Pentious abrió mucho los ojos y frunció el entrecejo. Se volteó a la casa y susurró consternado.
"Algo se está quemando."
"¿Qué?" Susurré, sintiendo como el miedo me hormigueaba en el cuerpo.
Agudicé mi olfato cuanto pude, sólo percibiendo el frío aire del final de la tarde y el conservante de hierbas en mi ropa. Nada de humo. Pero no me atrevería a poner en duda la palabra del señor Pentious. Si podía confiar en alguna de sus cualidades era su gran olfato. Él solía presumir esa particular habilidad, en las juntas de mi padre o a quien estuviese dispuesto a escucharlo una cantidad de tiempo prudente; el señor Pentious era capaz de detectar un huevo podrido en varias docenas a varios metros de distancia, gracias a su entrenado sentido del olfato. Por lo tanto, si en ese momento me aseguraba que percibía el olor a la combustión desde la residencia de Alastor, no era una buena señal.
Escuché el sonido de un disparo y, de inmediato, intenté liberarme del agarre del señor Pentious, una vez más, a lo que él de inmediato puso resistencia.
"¡No, Charlotte!" Rebatió.
"¡Señor Pentious!" Supliqué "¡Tengo que ir a ayudar a Alastor!"
El señor Pentious me miró angustiado, con una batalla interna reflejada en su expresión.
"¡Por favor!" Supliqué, con el llanto en la garganta. "Tengo que ir, señor Pentious. No podría vivir tranquila si algo le pasa a Alastor y no hice nada para ayudarlo."
"Pero…" Intentó decir, negándose con mucho trabajo.
"¡Por favor!" Le rogué.
Cerró con fuerza los ojos un momento. Inhaló hondo, contuvo la respiración y lanzó un suspiro de exasperación. Se pasó una mano con fuerza desde sus ojos, hasta llegar a su nuca, y resopló.
"Está bien." Dijo, finalmente, derrotado. "Pero iré contigo y me encargaré que nada te pase a ti, ¿quedó claro?" Puntualizó.
Me mordí el labio. Quería objetar. Poner al señor Pentious en peligro no estaba dentro de mis planes, pero era la mejor salida que tenía en ese momento. Ni siquiera sabía qué decirle. ¿Correspondía agradecerle por aceptar acompañarme a una misión suicida?
"¿Por dónde vamos?" Dijo, con apremio.
"Hay una puerta trasera, por la cocina y…" Dije, con seriedad.
El señor Pentious no esperó a que terminara y me tomó de la mano para guiarme a la parte posterior de la casa de Alastor. Corrí dando tropezones, sin poder igualar a las enormes zancadas que daba con sus largas piernas. Y la oscuridad incrementaba en medida en que nos alejábamos de los focos del auto de Pentious. Y agradecí poder moverme con la facilidad que me dieron años de viviendo en esa casa, aún sin la luz apropiada. Me sentía completamente nerviosa, pero tenía que mantener la cabeza clara si quería ser de utilidad. Si la casa de Alastor se estaba quemando, tenía una idea de dónde podría haber iniciado el fuego.
Llegamos a la parte trasera de la casa y subimos la pequeña escalera, hasta llegar frente a la sencilla puerta de madera con vitrales cuadrados.
"Tiene cerrojos internos, pero no candados." Dije, tragando saliva, dolorosamente.
Intentó un par de veces abrirla usando la manija, pero sin resultado. Entonces, sacó un pañuelo azul de su chaqueta, lo envolvió en su puño y rompió uno de los vidrios de un puñetazo. Lo miré asombrada y preocupada de que se hubiese lastimado por eso. Pero él no revisó el estado de su mano y la metió, con cuidado entre los vidrios rotos. Tanteando a ciegas, se concentró en tratar de abrir los seguros internos. Un ligero olor a madera quemada llegó a mí, por el agujero de la puerta. Realmente había algo quemándose en la casa.
"¿Cuántos seguros tiene este hombre?" Refunfuñaba, sin dejar de hacer caras, absorto en liberar todos los seguros.
Siete. Los suficientes como para que un intruso pudiese ser detectado por la sombra de Alastor durante la noche, y le diera tiempo de bajar para darle una lección a un desafortunado ladrón. Pero no me atreví a interrumpirle.
Sobre los golpeteos y chasquidos del metal, escuché unos potentes balidos provenientes desde el establo. Y distinguí, entre penumbras, las figuras de Razzle y Dazzle dando saltos animosos, golpeando la malla de metal en su entusiasmo. Me estaban llamando, claramente felices de verme. Sentí el corazón apretado al no poder acercarme a ellas en esa situación tan delicada. Las había extrañado tremendamente durante esas semanas en las que estuve fuera. Pero me alegraba tanto verlas bien y llenas de energía. Apenas pude dirigirles una trémula sonrisa, cuando un par de disparos rompieron con la calma del lugar. Me agaché por instinto y el señor Pentious sacó su mano de la puerta. Pasó un brazo sobre mi hombro para protegerme.
Unos momentos después, escuchamos cómo alguien corría escaleras arriba a toda prisa. Nos quedamos agachados unos tensos segundos, con el instinto a flor de piel. ¿Quién era el que estaba huyendo? ¿Y quién había disparado?
Miré al señor Pentious y él me dedicó una mirada que decía "¿Y ahora qué hacemos?". Pero estaba tan perdida como él. Inventar un plan sobre la marcha era todo lo que podíamos hacer, rogar al dios de nuestra preferencia (aunque ya había uno en específico que me tenía puesto el ojo), y suplicar por salir en una sola pieza al ayudar a Alastor, era todo lo que podíamos hacer. Me devané los sesos pensando en algo que pudiese usar a nuestro favor. Tenía que haber alguna debilidad. Alguna ventaja a la que acudir. Mi adolorida cabeza buscaba todas las posibilidades en esa intrincada partida de póker. Me llevé el puño cerrado a la cara, con frustración y el suave algodón gastado del saco de sal me dio en el rostro. La muñeca. No había notado que había llevado el saco apretado firmemente en mi mano.
Y fue sólo la voz de Miguel Magne lo rompió el tenso silencio.
"¡IGNIS!"
Me aferré a la chaqueta del señor Pentious por instinto, con miedo casi paralizante. El olor a la madera quemada se intensificó de un momento a otro, y se le sumó el aroma evidente de la carne chamuscada. El señor Pentious me miró tan confundido, que pensé que no sería capaz de hablar.
"¿Qué está pasando ahí adentro?" Susurró, con aire preocupado.
Mi mano libre me temblaba e inhalé profundamente, conteniendo el aire en mis pulmones para soltarlo. Me reprendí mentalmente por mi ataque de miedo. ¿Cómo pretendía enfrentar a mi tío de frente si me ponía a temblar como una hoja con sólo escuchar su voz? Si no tenía control de mí misma, así como cuando lo hacía al enfrentar a un montón de desconocidos en un escenario al momento de cantar, de nada serviría estar haciendo justamente lo contrario que Alastor me pidió que hiciera.
¡Cálmate, Charlotte!
Me puse de pie de un salto para asomarme por los vidrios de la ventana. No había nadie en la cocina, hasta donde alcanzaba a distinguir por la poca luz. Metí la mano por el agujero, deslicé la mano por la hilera de seguros, y abrí los dos últimos que habían quedado puestos. Con mucho cuidado abrí la puerta y entré a la cocina, cubriendo mi cara con mi manga. La temperatura del lugar era equiparable a tener el hornito encendido, y el humo del ambiente era lo suficientemente denso para impedir la correcta visibilidad. Me mantuve con la cabeza gacha, para poder respirar mejor y me moví en base a la memoria que tenía de los muebles de la habitación, mientras acostumbraba la vista a la penumbra, La única fuente luminosa era una escasa luz naranja que llegaba desde el pasillo, y el aroma a la combustión era tan fuerte que irritaba los ojos. El señor Pentious se acercó a mí, cubriéndose la nariz y la boca con un pañuelo a cuadros y miró la cocina apagada, con preocupación.
"¿Qué se está quemando tan rápido?" Me dijo, en voz baja.
El sonido de alguien subiendo tranquilamente las escaleras nos puso en alerta.
"¡Leblanc!" Escuchamos a Miguel exclamar en tono conciliador.
Me apegué a la pared y me asomé por el pasillo. Y vi, horrorizada, que el humo procedía del sótano con la puerta abierta. La intensa luz naranja que se irradiaba, era indicativa que ya gran parte de la habitación se había consumido con las llamas. Cubrí mi boca para opacar un grito. El hechizo que lanzó Miguel, sumado a los frascos de los productos que Alastor apilaba en el taller, habían logrado la rápida propagación del fuego.
El señor Pentious se acercó a mí y me tomó del brazo para arrastrarme a la salida, nuevamente.
"¡Esta casa se consumirá rápido!" Dijo, el señor Pentious, con apremio.
"¡No tenemos que pelear!" Escuchamos a Miguel, que venía desde el segundo piso. "¡Sólo dame a esa monstruosidad, a la que llamas Charlotte, y te dejaré tranquilo!"
"Están arriba." Dijo Pentious, ansioso. "Charlotte, tengo que sacarte de aquí. Nos ahogaremos con el humo."
"No me importa la recompensa por tu captura." Decía Miguel. "Sólo quiero vivir con buena salud. Y tú quieres una vida sin tener que ir a prisión."
El señor Pentious me entregó su pañuelo y me lo puse en la boca, evitando de toser por el hollín. Tenía las lágrimas agolpadas en los ojos por la impotencia y la preocupación, mientras era tristemente guiada a la salida trasera. Me temblaban las manos. Si la casa se seguía quemando a esa velocidad, sería reducida a cenizas dentro de poco tiempo. Y no podía hacer nada para detenerlo. No sabía cómo extinguir aquel enorme incendio con magia, y los métodos comunes no serían suficientes. Además, un equipo de bomberos tardaría demasiado en llegar a una zona tan apartada. No podría ayudar a Alastor en esas condiciones. No podía hacer nada para ayudar.
"¿No es ese un trato justo?" Concluyó Miguel, intentando convencer a Alastor.
El sonido de disparos consecutivos provenientes del segundo piso nos hizo arrodillarnos en el suelo, por instinto. Alastor estaba usando su escopeta. Reconocería ese sonido donde fuera. Y quise creer que talvez, teniendo su arma, Alastor podría tener una ventaja sobre Miguel. Podía confiar en sus desarrollados instintos de cacería. Pero sus municiones no serían suficientes. Él no dejaba los repuestos en su alcoba. Y la caja de…
Fue entonces que me paré en seco, dejando caer el pañuelo que tenía en la mano, y mi cabeza se iluminó con una idea. Me solté del agarre del señor Pentious y me dirigí a la ventana sobre el lavavajillas, y la abrí de par en par. El humo escapó de inmediato y tomé una bocanada de aire fresco y frío del exterior.
"¿Charlotte?" Dijo Pentious y tosió un par de veces, producto del humo.
"Aún hay algo que podemos hacer." Dije, con los ojos irritados.
Era cierto que no podría parar el avance del fuego, ni estaba al nivel de magia que Alastor podía manejar. Pero Miguel estaba en mi territorio y yo conocía la casa como la palma de mi mano, al igual que todo lo que se guardaba en ella. Con un poco de suerte, podría retenerlo lo suficiente.
Corrí a la alacena de comida y abrí la puerta de madera. Chasqueé los dedos y una pequeña esfera de luz blanca apareció, iluminando el interior del mueble. Encontré lo que necesitaba, de inmediato. La vistosa lata rectangular de color rojo, que contenía la pólvora que Alastor usaba para hacer sus cartuchos de cacería, situada entre la harina y la carne deshidratada. El sótano tendía a ser bastante húmedo en invierno, así que Alastor prefería dejar la lata en la despensa de los alimentos, en vez de guardarla en su taller. También así la tendría más a la mano en caso de alguna emergencia. Y tuvo razón en ese punto. Guardé la lata en el bolsillo de mi abrigo. También tomé una caja de cerillas y el salero de metal de la casa, y los guardé en mi bolsillo interno. Di un vistazo más, pero era lo único lo más útil que tenía a la mano. Me giré al señor Pentious, quien miraba, boquiabierto, a la esfera de luz que flotaba junto a mí.
"¿Qué…?" Intentó gesticular, apuntando a la bolita de luz.
Pero el sonido de golpes desde el piso de arriba le impidió seguir. De inmediato tomé la mano del señor Pentious y le entregué el saco con la muñeca en ella. Me miró confundido. La tenue luz lo hacía ver incluso más lívido.
"Señor Pentious, no deje que nada le pase a lo que contiene este saco." Dije, con seriedad. "Mi vida depende de esto."
Otro estruendo. Algo se había caído y se había roto. La cara del señor Pentious pasó del saco a mi rostro, siendo la viva imagen del desconcierto.
"Por favor, espere afuera." Ordené.
Y aproveché ese instante para inhalar hondo y salir corriendo por el pasillo lleno de humo. Aguanté la respiración y el calor que se irradiaba al pasar por la puerta del sótano. La pequeña luz me siguió, flotando a la altura de mi hombro.
"¡Charlotte!" Gritó, el señor Pentious detrás de mí.
Pero no me detuve. Golpeé con el brazo la puerta del sótano, para cerrarla, de paso. Eso retardaría un poco que el humo inundara la casa. Subí las escaleras lo más silenciosamente que pude, mientras los estruendos se hacían cada vez más fuertes. Me asomé al pasillo del segundo piso, a gatas, desde el último peldaño. El humo no era tan denso en esa parte de la casa, para mi momentáneo alivio y solté el aire. Las paredes de madera habían sido agujereadas por las balas de la escopeta de Alastor, y todo indicaba que la pelea se daba en la habitación principal. Di un suspiro y la esfera de luz se disipó en el aire.
"¿Qué pasa, Leblanc?" Escuché a Miguel decir con sorna. "Creí que pelearías en serio."
Los estruendos eran bestiales. Un vidrio roto. Algo azotándose contra la pared, con fuerza. Me acerqué con sigilo y me asomé por uno de los agujeros de la pared. La luz que aún irradiaba el auto del Señor Pentious desde el exterior, fue lo único que me permitió distinguirlos en medio de la oscuridad. Pude divisar a Alastor apegado a la pared junto a la ventana, cuyas cortinas estaban rasgadas y el cristal estaba roto. Y a una enorme y grotesca sombra en forma de perro espectral que se alzaba, amenazante, manteniéndole acorralado. Apreté los labios para reprimir una exclamación de asombro. Nunca había visto a Miguel usar algo tan corpóreo y ofensivo. No tenía idea que la sombra podía despegarse del suelo. Me pregunté cuánta magia hacía falta para hacer eso. Y qué sacrificios debieron hacerse para lograr esa hazaña.
Observé a Alastor, y lo que temía se estaba haciendo real. Él parecía a punto de un colapso nervioso. Su respiración era apresurada y errática. Sonreía, apretando los dientes con fuerza, y no despegaba los ojos del perro de sombra. Su postura encorvada me recordaba a animal acorralado por un enorme depredador, sosteniendo el rifle firmemente como un bate de beisbol. Sospechaba que él se había quedado sin municiones, pero esperaba acertar un golpe a quien se atreviera a cruzarse en su camino.
Pero el perro espectral no lo atacaba. Mas bien parecía estar acechándolo, esperando el momento oportuno. Pero había algo que impedía que actuara. Algo similar a largos tentáculos negros, largos y gruesos estaban rodeando a Alastor, protegiéndole. Esas cosas sobresalían del suelo y bailaban, amenazantes, lanzando latigazos aleatorios para mantener al perro lejos de su portador. Y yo podía apostar mi brazo a que ese extraño escudo era la sombra de Alastor.
Un momentáneo alivio me llegó al pecho. Alastor seguía vivo y era lo importante. Pero, desde mi escondite, no alcanzaba a ver a Miguel. Aunque no me cabían dudas que no despegaba los ojos de los movimientos de Alastor. Esperando atacar a penas él bajara la guardia.
"¿Te quedarás ahí hasta que te desmayes?" Dijo Miguel con desprecio.
Me tensé al escuchar esa voz. Era cierto. Si Alastor seguía así, llegaría a un colapso dentro de poco. Aquel perro debía ser el mismo que había enfrentado la vez pasada y había logrado salir vivo por mera suerte.
Tenía que ayudarlo.
Puse mi mente en marcha e hice un mapa mental de la habitación, en conjunto con lo que alcanzaba a ver. La cama tenía la cabecera al norte, el armario apegado a la pared este, un pequeño escritorio junto al ventanal roto. ¿Algo había sido arrojado hacia afuera?
El perro intentó abalanzarse sobre Alastor, pero la sombra lo intentó atravesar con un tentáculo. El perro logró esquivarlo lanzándose hacia atrás. Y se agazapó, esperando lanzarse al ataque en cualquier momento. Alastor tenía un matiz salvaje, dispuesto a atacar ante cualquier provocación.
"¡Eres patético!" Espetó, Miguel.
La alfombra. Los adornos de la repisa. Vamos. Vamos. ¡El tocadiscos! La mesita de noche… No, no estaba en su lugar. Eso parecía ser todo.
De súbito, algo cambió. Me quedé muy quieta cuando la sombra de Miguel olfateó el aire. Y vi, con horror, cómo el perro giró la cabeza para mirarme directamente a través del agujero de la pared. Me quedé paralizada. Él se había dado cuenta que yo estaba ahí. Sentía las palpitaciones de mi corazón en mis oídos. Tenía miedo, pero no me escondí. Aquel espectro me miraba, queriendo algo de mí. Con ojos muertos, anhelantes y expectantes a lo que yo pudiera hacer. De alguna manera se había enterado de mi presencia. La fuerte e irregular respiración de Alastor, proveniente del otro lado de la pared, era lo único que me indicaba que el tiempo seguía corriendo.
"¿Qué te pasa, estúpida?" Escuché a Miguel decir, malhumorado.
Salí del trance en un parpadeo y troné los dedos, lanzando el brazo hacia abajo. Era ahora o nunca.
El estruendo del armario cayendo al suelo retumbó en la casa. El grito de asombro de Miguel me dio a entender que ese era mi momento de actuar. Mi instinto primario de huir fue sustituido por el enorme rencor y el deseo de venganza que se ramificaba, como hiedra venenosa, en mi corazón. Quería que Miguel sufriera. Troné los dedos otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Moví los muebles del cuarto de Alastor con mis chasquidos de magia. Parecía que toda la habitación estuviese siendo sacudida por un violento terremoto. La cama se movió un metro de su lugar, y el tocadiscos salió volando hasta estrellarse contra la pared contraria. No podía ver dónde estaba Miguel, pero esperaba que alguno de esos muebles pudiese golpearlo. Aturdirlo. Matarlo. Ya ni siquiera estaba mirando por el agujero. Tenía los ojos fuertemente cerrados, conteniendo mis llorar. Derramé mi odio en cada ataque. Cada cosa horrible que él me había hecho pasaba por mi cabeza; todos los años que perdí por obligarme a estar encerrada en la mansión, cada noche en que lloraba, hasta quedarme dormida, porque no entendía qué había hecho mal para merecer su desprecio, por muy bien que me portara, cada azote en mi espalda marcado, para siempre, por aquellos a quienes quiso entregarme para salvarse. Tenía el corazón tan agitado que me dolía por fuerte golpeteo incesante contra mis costillas. La rabia me había cegado a tal punto que, por un fugaz momento, había olvidado que también podría haber herido a Alastor.
Supe, entonces, que aquel instante de distracción había sido un éxito, porque lo siguiente que vi fue a Alastor cruzando el umbral de su habitación dando tumbos. Elevó la vista, en búsqueda enardecida de algo en la oscuridad del pasillo. Me saltó el corazón cuando nuestras miradas se encontraron. Detuve mis ataques en ese preciso momento. Alastor parecía confundido y sorprendido de verme. Pero de inmediato corrió hacia mí, moviéndose apenas un par de pasos antes que el enorme perro de sombra saliera de la habitación y embistiera contra la pared, arañándola antes de poder enderezarse y quedar a cuatro patas en el suelo.
"¡Leblanc!" gritó Miguel enfurecido.
Alastor se volteó hacia él y alzó el brazo haciendo que los tentáculos negros salieran del suelo, para atravesar al perro en el aire. Alastor bajó ambos brazos, para luego elevarlos, y, con eso, su sombra golpeó al perro en el suelo y el techo. El animal se retorcía, sin emitir sonido, ensartado e indefenso.
Entonces Miguel apareció apoyándose en el marco de la puerta, con un sonoro jadeo. Y yo podía creer lo que veía gracias a la luz proyectada de los focos. La repentina juventud en el rostro de Miguel no podía ser parte de una alucinación como la que había tenido rato atrás. Aquel demacrado rostro que tenía cuando intentó ahorcarme en el sótano era debería lucir. ¿Cómo era posible que él hubiese rejuvenecido al menos una década?
Miguel abrió mucho los ojos al percatarse de mi presencia y una desagradable sonrisa se extendió por su rostro.
"Ahí estás, engendro." Dijo triunfal, y tronó los dedos.
El perro de sombra se comenzó a deshacer y la sombra que lo conformaba escurrió hasta el suelo, como brea. Alastor se giró hacia mí y me tomó de la mano para llevarme a las escaleras en una frenética carrera. Bajé los escalones, casi resbalando por la velocidad y por la escasa visibilidad de la noche, pero consciente que Miguel nos seguía el paso. Escuché a Alastor chasquear los dedos y el sonido del cerrojo de la puerta principal se abrió. Al llegar al primer piso, nos encontramos con el humo del incendio que seguía expandiéndose en el sótano. Y comencé a toser. El aire era irrespirable y no podía ver nada. El humo comenzó a escaparse por esa nueva salida y los focos del auto de Pentious nos iluminaron el rostro. Estábamos a punto de cruzar la entrada, cuando escuchamos a Miguel bajar por la escalera, retumbando los pies en la madera.
Pero antes que pudiésemos dar un paso, una enorme cabeza de perro negro salió desde el suelo agarrando la pantorrilla de Alastor. Grité al ver a Alastor caer y quejarse de dolor, mientras el perro no lo soltaba, clavando firmemente sus colmillos en la piel de Alastor, rasgando la tela del pantalón. La cabeza del espectro comenzó a agitarse con violencia, zarandeando la pierna de Alastor sin piedad.
Alastor forcejeó y pateó. Su rostro era de auténtico pavor. Su mayor miedo no lo dejaba huir y sus respiraciones cortas y erráticas, manifestaban su desesperación.
"¡SUELTALO!" Grité.
Y, de forma completamente imprudente, lancé una patada al costado del espectro.
Mi cabeza y mi corazón fueron remecidos en el acto. Escuché, claramente, el grito de mucha gente en mi mente, en algo menor a un parpadeo. Voces llenas de dolor e ira. Fui apenas consciente, en mi aturdimiento, que la cabeza del perro se había quedado paralizada, pero sin soltar su agarre de la pierna de Alastor.
Entonces Alastor reaccionó y aprovechó esa distracción. Él sacó el cuchillo de su chaqueta y, con una sonrisa maniática y con ojos enardecidos, le enterró la hoja con fuerza entre los ojos del perro. El cuchillo cedió cuando la forma corpórea de la sombra se deshizo en el suelo, como resina.
Di un paso hacia atrás, hasta chocar con el barandal de la escalera, temblando y confundida. Miré a todas partes, esperando encontrar a aquellas personas en medio del humo del incendio, que ya se filtraba a raudales desde la puerta del sótano.
Alastor se guardó el cuchillo, con una mano temblorosa, y precedió a agarrarse la pierna con fuerza. Me acerqué a él, para ver la herida. La hilera de heridas formaba una media luna en su pantorrilla, y habían sido bastante profundas, a juzgar por la copiosa cantidad de sangre, que incluso empapaba sus calcetines.
Alastor no podría caminar en esas condiciones.
"Vete de aquí, Charlotte." Masculló sin poder ocultar el temblor de su voz.
Antes que pudiera rebatir, vi horrorizada cómo Alastor se elevaba en el aire por una fuerza invisible, quedando a centímetros del suelo. Fue lanzado hacia atrás, con ferocidad, atravesando la entrada de la sala, y cayó al suelo, cerca del sofá.
"¡Alastor!" Exclamé, asustada, corriendo a él.
Alastor luchaba por apoyarse en los antebrazos para levantarse. Me agaché junto a él para ayudarle a incorporarse.
"¡Aún tenía un par de trucos!" Dijo, Miguel, bajando las escaleras, a buen trote. "Eres ridículo con tu miedo a los perros, Leblanc."
"¡Déjalo en paz!" Le grité, furiosa.
Miguel me miró con desprecio un breve momento, cuando se acercó a nosotros. Y, con un movimiento de la mano, volvió a levantar a Alastor del suelo, a varios pies en el aire, casi rozando el techo. Con la tenue luz exterior se veía a la sombra de Miguel tomando a la de Alastor por el cuello de la camisa, inmovilizándolo.
Miguel usó su mano libre para indagar en el interior de su chaqueta y sacó un revolver. Me abalancé sobre él en el acto.
"¡NO!" Grité, agarrándolo por el brazo.
Pero me lanzó hacia un lado, de un empujón, haciéndome caer con fuerza.
"¡No te metas en cosas que no entiendes!" Me dijo con brusquedad, escupiendo saliva.
Caí golpeando el costado derecho de mi cuerpo, y la sien volvió a palpitarme, pero eso no era importante en ese momento.
"Si ninguno está dispuesto a romper la protección, me encargaré de eliminar al que puso el hechizo en la muñeca." Dijo cargando su arma con su pulgar.
Giré la cabeza y la ira subió por mi corazón. Busqué con la mirada en la sala y me concentré, con todas mis fuerzas. Troné los dedos, alzando el brazo como si estuviera levantando algo especialmente pesado. Y el piano se movió, arrastrándose por el suelo de la sala con tal fuerza que le dio de lleno a Miguel, y lo impulsó hasta dejarlo atrapado contra la pared. Miguel lanzó un grito de dolor, para, luego, intentar entender en la extraña situación en la que se encontraba.
Me levanté hasta quedar de rodillas. Alcé mis manos e hice una mímica en el aire, como si estuviera empujando algo realmente pesado y enorme. Y así lo sentía. Apreté los dientes, dejando escapar un quejido por gran trabajo que significaba mover algo de ese calibre. El piano se apegó más a la pared, apretando a Miguel por el estómago, a la altura de las teclas.
"¡Agh!" Se quejaba sin aliento, mientras las teclas del piano se tocaban, al azar y desafinadas, al momento en que chocaban contra su cuerpo.
Solté el aire contenido con brusquedad. Mis manos temblaban, y me sentí sacudida por una enorme emoción, junto con darme cuenta del esfuerzo que había hecho. Estaba rompiendo mis propios límites, guiada por el calor de la situación. Pero exigirme en algo tan nuevo como la magia y con cosas que aún no controlaba del todo podrían pasarme la cuenta.
Alastor cayó al suelo de rodillas, quedando a horcajadas y tosiendo todo el humo que había inhalado. Me levanté y me acerqué a él, para obligarlo a ponerse de pie tirando de su brazo. Alastor se quejaba, deslizando una mano debajo de sus gafas y apretando sus dedos índice y pulgar, sobre sus ojos, sin dejar de toser compulsivamente.
"Vamos, Alastor." Farfullé con los dientes apretados, intentando llevarlo a la salida.
Él era mucho más pesado de lo que aparentaba.
"Te dije que te mantuvieras a salvo, cariño." Me respondió, en tono severo y jadeante, poniéndose de pie con debilidad.
"Quéjate después." Le reprendí, con una mezcla de miedo y apremio.
No era el lugar ni el momento para discutirlo. Ni tampoco el hecho que él tenía todas las de perder, considerando que le acababa de salvar la vida dos veces. Sólo quería ponerlo en un lugar seguro antes de que Miguel pudiese escapar del agarre del piano.
A mis pies, vi a la sombra de Alastor moverse en círculos, esperando órdenes. Me aferré a Alastor y observé el suelo.
"¡Sombra!" Llamé. "¡Ayúdame a sacarlo de aquí, por favor!"
El repentino grito de Miguel dando un empujón al piano, dejándolo caer al suelo, con la resonancia fantasmagórica de sus teclas muertas, fue lo último que escuchamos antes que la sombra de Alastor nos arrastrase fuera de la casa y nos dejara caer en la tierra húmeda del exterior.
El aire de la noche nos llenó los pulmones, reemplazando al hollín que habíamos estado respirando todo el tiempo. Alastor y yo tosíamos con violencia, al punto en que dolía el pecho, y la lengua la tenía seca. Tenía la garganta apretada, y tardé unos momentos en recuperar el control de mi respiración agitada, dando bocanadas de aire limpio. Los ojos me picaban y mis fosas nasales me quemaban. Habíamos estado demasiado expuestos a la contaminación del humo.
Alastor, sin embargo, aun tosiendo, alzó el brazo para tronar sus dedos y cerrar con llave la puerta principal de un portazo. Volvió a tronar los dedos y una conocida luz naranja apareció a través de las cortinas cerradas de las ventanas de la sala.
Fruncí el entrecejo, confundida.
El fuego de la chimenea se había encendido.
Miré a Alastor y se me erizaron los pelos de la nuca. Su expresión estaba cargada de rencor y dolor. Parecía un gran depredador herido en su orgullo, en el borde de un acantilado. Sin más escapatoria que la opción que se le ofrecía. Orillado a una decisión difícil, pero inevitable.
"¿Qué haces?" Dije, con voz rasposa.
Entonces Alastor se irguió, quedando de rodillas en el suelo. Observó la casa un momento. Cerró los ojos con fuerza, para volver a abrirlos al instante. Y él susurró con determinación:
"Ignis."
La luz que se irradiaba desde el interior de la casa fue tan potente, que iluminó todos los alrededores de un fuerte color amarillo. El fuego desde el interior de la sala había aumentado a tal punto, que la onda expansiva trizó los vidrios del ventanal, hasta que explotaron. Los vidrios rotos quedaron esparcidos en la tierra, reflejando el color de las llamas.
Me puse de pie, a tropezones, y cubrí mi boca con ambas manos, completamente incrédula a lo que estaba ocurriendo. Miré cómo la casa expelía grandes cantidades de humo gris por las ventanas rotas y las cortinas, con patrones floreados, ya habían sido alcanzadas por el fuego, siendo calcinadas en el acto.
No podía entenderlo. El mismísimo Alastor había comenzado un nuevo foco de incendio dentro de su propia casa. La magnitud del poder conjurado en la casa fabricada en madera, provocaría que la estructura se redujera a cenizas en poco tiempo.
De pronto, un grito agónico provino desde el interior de la casa. Me paralicé, con el corazón palpitante para prestar atención. Miguel estaba sufriendo. Escuchaba cómo lanzaba alaridos de rabia y dolor al verse atrapado y herido por el fuego. Los ruidos de los animales alterados del establo hicieron que el entorno se tornara incluso más caótico y chocante.
No había forma en que alguien dentro de ese infierno pudiese escapar con vida.
"¡Alastor!" Chillé angustiada, mirándolo. "¿Por qué…?"
Sin embargo, Alastor permanecía en un tenso silencio.
Yo esperaba que se volteara hacia mí y me dedicara una sonrisa y un guiño cómplice, con la calma característica de quien tiene todo fríamente calculado. De alguien que había sopesado todas las variantes para poder salir airoso de la situación más difícil. Esperaba que me dijera con indulgencia que no debería mortificarme por algo que ya tenía resuelto y contemplado.
Pero no pasó nada de eso.
Muy por el contrario, Alastor se mantuvo de rodillas mirando su residencia arder con los ojos entrecerrados sin apartar la vista, con el brillo del feroz incendio reflejado en sus gafas. Tragó saliva, y soltó un pesado suspiro, con expresión resignada. Su respiración aún era agitada y sus manos, cerradas en puños, temblaban de ira. La sombra de Alastor rondaba sus pies, dando vueltas, muy inquieta. Parecía estar en sintonía con su portador, percibiendo la tormenta de emociones de su dueño.
Miré nuevamente a la casa. Me sentía consternada. Alastor quería, a toda costa, acotar las posibilidades de escape de Miguel Magne. Y eso incluía destruir el lugar donde estaba y cerrar todas las salidas.
De pronto, el sonido de un disparo surcó el ambiente y el alboroto del corral aumentó. Me acerqué a Alastor por instinto, y él intentó ponerse en pie, pero fracasó.
"Atenta, compañera." Dijo a su sombra.
De repente vimos un rostro familiar, viniendo a toda prisa desde la parte trasera de la casa. Y en cierta forma nos tranquilizó verle.
"¡Alastor! ¡Charlotte!" Gritaba.
Era el señor Pentious, pero no venía solo. Extrañamente, Razzle y Dazzle venían corriendo con él. También unas cuantas gallinas corrían despavoridas en todas direcciones, hasta que se perdieron de la vista, entre los árboles. Las cabras fueron más rápidas que el señor Pentious cuando me vieron. Se me lanzaron encima, con tanto entusiasmo que me hicieron trastabillar. Balaban, llenas de júbilo, buscando mis manos con sus cabezas, para que pudiera acariciarlas.
"¡Señor Pentious!" Exclamé.
"¡Están a salvo!" Dijo el señor Pentious, con alivio.
Traía una enorme sonrisa de felicidad, que fue desdibujándose a medida que se acercaba.
"¡Por Dios!" Dijo, boquiabierto y preocupado. "¡Necesitan que los lleve a un hospital ahora mismo!"
"¿Se encuentra bien?" Pregunté, ansiosa.
"Tanto como este viejo corazón puede estarlo." Dijo, abriendo mucho los ojos y haciendo una mueca.
Razzle era la más entusiasta y quería meter su hocico en el interior de mi abrigo.
"¿Se molestó en sacar a los animales del corral?" Dije, conmovida.
"Vi que el incendio aumentó mucho y podría llegar a ellos." Dijo, con una sonrisa tensa. "Usé mi arma para romper el candado." Y me mostró su elegante y brillante revolver.
Oh. Eso explicaría el disparo.
"Hay mucho que tienen que explicarme." Dijo en un tono más serio.
Fruncí y aparté la vista. Era justo hasta cierto punto. Pero no sabía cuánto podría, realmente, llegar a contarle sin que nos considerara merecedores de la cárcel o una casa de locos. Tal vez Alastor podría usar un pacto de silencio con él también. Cualquier opción era mejor que una posible adición del nombre del señor Pentious a la lista de futuras víctimas de El justiciero.
"Pentious, ¿por qué no te llevaste a Charlotte como te ordené?" Dijo, Alastor con seriedad.
"Eso le dije yo también." Le rebatió Pentious, rascándose la nuca con frustración. "Pero ella insistió en ir a ayudarte."
"Fue enfático en que te la llevaras a un sitio seguro." Recalcó Alastor, malhumorado.
Sir Pentious ladeó la cabeza con aire de fastidio, mirando a Alastor, y resopló.
"A ver… ¿Y en serio esperabas que me obedeciera a mí?" Puntualizó incrédulo. "¿Si quiera conoces lo obstinados que pueden ser los Magne?"
Alastor miró con aire acusatorio.
"Nunca dije que estaba de acuerdo con dejarte solo." Me defendí, con aire desafiante.
El señor Pentious me señaló con ambas manos y arqueando las cejas, con una significativa mirada.
"¿Ves?" Dijo.
Alastor le lanzó una mirada de impaciencia, pero no dijo nada más. En su lugar, intentó ponerse de pie una vez más y le ofrecí una mano para que se estabilizara. Estaba segura que no estaría dispuesto a darle la razón.
"¡Madre mía!" Exclamó, mirando la pierna herida de Alastor. "¿Puedes caminar?"
"Necesitaré algo de ayuda, un tiempo." Admitió.
El Señor Pentious asintió y enfundó su fino revolver en su cinturón.
"Mis condolencias por lo de tu casa, Alastor." Dijo, en tono sombrío. "Nunca había visto un incendio propagarse tan rápido."
Alastor se volteó a la casa, en silencio.
"Charlotte, eh…" Me dijo, Pentious, con nerviosismo. "¿El señor Miguel Magne está…?"
Di un suspiro y toqué mi cuello. Aún me dolía la piel.
"Con un poco de suerte, sí." Confesé, en voz baja.
"¿Él te hizo eso…?" Dijo en un susurro de indignación.
Asentí, sintiendo mis ojos llenarse de lágrimas. Pentious se pasó la mano por la cara y resopló, mientras negaba con la cabeza. Nos quedamos en un tenso silencio, mientras miramos la casa arder.
Pentious suspiró con pesar y me miró.
"Es bueno saber que ya no puede causar problemas." Susurró, de forma incómoda.
Definitivamente estaba de acuerdo con él.
"Por cierto, Charlotte…" Dijo Pentious frunciendo el entrecejo, confundido "¿Por dónde lograron salir, al final? Estuve esperándolos atrás, como dijiste."
Razzle y Dazzle, se me apegaban a las piernas, de manera insistente. Pero yo había dejado de acariciarlas. Miré horrorizada al señor Pentious, al darme cuenta que lo que estaba buscando no estaba a la vista.
"Señor Pentious." Dije, con un hilo de voz. "¿Dónde está el saco que le pedí que cuidara?"
"Oh, la muñeca bonita que estaba en el saco." Dijo con confianza, tanteando en su cinturón y sorprendiéndose al notar que no llevaba nada. "Uhm. Lo tenía justo aquí… ¡Madre mía! Se me habrá caído cuando me encargaba del corral." Se excusó.
"¿El saco…?" Dijo Alastor girándose a mí y luego a Pentious, con el ceño fruncido.
Un escalofrío me recorrió la médula cuando encontré la variante que ni Alastor ni yo consideramos: el señor Pentious.
El hombre elevó las manos, nervioso, para apaciguar a Alastor.
"Oh, pero no se preocupen." Dijo precipitadamente, dando algunos pasos en dirección a la casa. "Si esa muñeca es tan importante, iré a buscarla."
"Señor Pentious." Dije abriendo mucho los ojos, entrando en pánico. "¿La puerta trasera quedó abierta?"
"Yo creí que ustedes saldrían por ahí." Dijo frunciendo el entrecejo. "Por eso no…"
De pronto, el señor Pentious se quedó quieto y abrió los ojos, llenos de confusión. Razzle y Dazzle salieron despavoridas a ocultarse.
"¿Qué me…?" Musitó, comenzando a hiperventilar.
Parecía que él no podía mover un solo músculo. Estaba paralizado en el lugar. Entonces, con manos temblorosas, y desenfundó su arma con ambas manos y apuntó a Alastor.
"A-ayuda…" Dijo, completamente aterrado.
Un tentáculo salió del suelo y agarró las muñecas juntas de Pentious y elevar el arma. La trayectoria de la bala apuntó hacia arriba al momento en que disparó dos veces. La expresión de la cara de Pentious era de absoluto espanto.
"¿Q-qué…?" Él balbuceaba, con lágrimas en los ojos.
Algo negro apareció en el suelo e intentó hacer retroceder al tentáculo, tratando de obligarlo a hundirse. Esa cosa borboteaba como el alquitrán a los pies del señor Pentious.
De pronto, en medio del forcejeo y con manos temblorosas, el señor Pentious se metió el cañón del revolver en la boca.
"¡NO!" Grité.
Los ojos del señor Pentious estaban abiertos de absoluto terror. Y apretó el gatillo. Lo apretó varias veces, pero nada salió. El señor Pentious inhalaba y exhalaba con la boca abierta, chocando su aliento con el arma. Él estaba absolutamente desesperado.
"¡Ve!" Gritó Alastor.
La sombra de Alastor se precipitó a la del señor Pentious. En el suelo, e iluminados por la luz del fuego, había una batalla entre seres espectrales. Algo negro y similar al alquitrán borboteaba en el suelo. Tentáculos sobresalían a momentos, para volver a hundirse por alguna mano espectral que intentaba doblegarla. Eso tenía sujeta a la sombra de Pentious, mientras la sombra de Alastor batallaba en un intento de que lo liberase.
"¡Charlotte, quédate atrás!" Me dijo Alastor, apoyándose en su rodilla buena para mantenerse en pie.
Miré al señor Pentious, con preocupación. Él estaba con ojos desorbitados. Se mantenía de pie, sin mover un solo músculo, como congelado en el tiempo, pero los músculos de su cara parecían ser lo único que no tenía paralizado. Tus manos se mantenían firmemente agarrados al revolver, pero había logrado cerrar la boca y alejarse lo suficiente del cañón de la pistola para poder hablar.
En ese momento no pude evitar comparar esa situación con la forma en que Alastor mataba a sus víctimas como El justiciero.
"A-algo me tiene atrapado…" Dijo Pentious, con un hilo de voz.
Y entonces, hubo un disparo. Pero no de parte del arma de Pentious. Sino que vino detrás de él. El revolver sin balas del señor Pentious cayó al suelo.
El señor Pentious dio un paso vacilante hacia adelante, pudiendo moverse otra vez. Respiraba sonoramente, y comenzó a sudar. Él se desplomó de rodillas, con un sonoro quejido de dolor.
Mi grito de horror rasgó mi garganta.
El señor Pentious se encorvó en el suelo, dejando a la vista un agujero ensangrentado en su traje, a la altura del hombro derecho. Su sombrero cayó al suelo y su espeso cabello le cubrió el rostro.
"¡Señor Pentious!" Exclamé agachándome para estar a su altura.
Alastor fue más rápido buscando la trayectoria de la bala y dio un paso al frente con aire protector.
El señor Pentious se pasó la mano por el lugar en donde había llegado la bala, y vio su palma manchada de rojo. Su expresión era de total desconcierto. Alguien había tenido la osadía de atreverse a dispararle por la espalda. Esa bala era a matar. No era una advertencia. El sudor frío me recorrió la espalda. Sólo alguien a quien conocía podría haber perpetrado aquel acto tan cobarde. Al elevar la vista, noté cómo venía Miguel, tambaleándose y con una pistola en mano.
"Fallé." Dijo, con desprecio y voz ronca.
Cubrí mi boca con mi mano. Ese desgraciado seguía vivo.
Pero apenas estaba en pie. Él estaba muy herido. A la luz del fuego, podía ver que tenía parte de la cara a carne viva, y parte de su larga cabellera estaba completamente quemada de un lado de la cabeza, hasta las raíces de su cuero cabelludo. Tenía una manga chamuscada, mostrando un enrojecido y abrasado, lleno de ampollas, con el que se sostenía un costado del tórax. Sospeché que tendría, al menos, una costilla rota a causa del golpe piano. Su ropa despedía hilos de humo, indicando que seguía quemándose.
Comenzó a toser de manera violenta, cubriéndose el rostro con el antebrazo. Al momento de descubrirse, la sangre que salía de su boca, se mezclaba con su enmarañada barba.
Dio unos pasos cojeando, en dirección a Miguel.
"Amigo mío, ¿aún puedes con una última ronda?" Dijo Alastor en dirección a su sombra.
Ella se deslizó por debajo se su piel y Alastor se enderezó con confianza, recargándose en su pierna herida como si estuviera completamente sana.
"Charlotte, llévate a Pentious de aquí." Me ordenó, sacando su cuchillo.
Dudé por un instante. Pero al ver al señor Pentious en el suelo, con la sangre corriendo por su espalda, no pude negarme en auxiliarle. Tomé el brazo bueno del señor Pentious y lo pasé por sobre mis hombros y puse mi mano en su cintura, para ayudarle a estabilizarse. Era bastante más pesado de lo que esperaba pese a su delgadez. Su brazo herido caía, lánguido, a un costado. Y yo rogaba con todas mis fuerzas que él tuviera algún maletín con gazas en su automóvil.
"Venga, por favor." Dije, apremiante. "Lo pondré a salvo en su auto te encargaré de sus heridas."
Él se quejó cuando logró dar unos pasos conmigo. Sus labios temblaban y sus ojos parecían desorbitados.
"¿Q-qué me pasó?" Dijo, con debilidad. "Tengo frío. A-algo me obligaba a moverme. No tenía control de mi cuerpo y yo…"
"Estará bien." Dije, tratando de autoconvencerme de mis palabras. "Alastor se encargará de Miguel."
"¿Qué está pasando?" Musitó él con la voz quebrada y desesperada. "¿Quiénes son ustedes en verdad?"
Sentí tanta lástima por él que me dolió en el pecho. Habíamos avanzado unos pocos metros, a tropezones. No podría vivir en paz sabiendo que algo peor le pudiese ocurrir al señor Pentious por estar involucrado en todo ese asunto, en su noble intento de ayudarnos. Tenía la misión de ponerlo a salvo, lo antes posible.
Entonces, sentí el frío filo de un cuchillo atravesando mi costado.
