"¿Sabes cuánto te amo? ¡Más que a nada en este mundo!"

Vibra. Todo retumba. Pulsa. Todo en mi cabeza son imágenes inconexas. Salvajes. Rotas. Como un susurro áspero en mi nuca, oscilante y caliente. Nada parecía tener sentido y sólo tenía un objetivo en mente: aquel hombre frente a mí debía morir.

"No dejaré que nada malo te pase, hijo mío."

Mi presión sanguínea estaba por las nubes. Mis pulsaciones me martilleaban en los tímpanos a medida que avanzaba por el terreno lodoso y el aroma a la madera carbonizada me cosquilleaba en la nariz. La realidad se había vuelto borrosa en los bordes y mi primitivo estado de supervivencia mantenía mis sentidos en alerta. El familiar peso de mi cuchillo en mi mano me servía como ancla a la realidad y la piel tirante de mis mejillas, hacían que mi sonrisa fuera más difícil de mantener.

Todo estaba sucediendo. Pulso. No era una ilusión. Pulsa.

Todo era real.

"Tus días no terminarán así."

Recuerdos que no fueron convocados se manifestaban de manera espontánea en mi mente. La voz de mi madre era la protagonista entre los vertiginosos retazos de memoria que se agolpaban tumultuosos y desordenados frente a mí. Clamando mi nombre y el de sus ancestros en oración. Sin poder definir cuándo me había dedicado aquella súplica tan angustiante. Ni por qué su voz se escuchaba como si me estuviera susurrando al oído entre lágrimas.

"Sólo te pido una cosa."

La estremecedora calidez de mi sombra se deslizaba por debajo de mi ropa, desde mi pantorrilla, subiendo y reptando hasta mis mejillas. Pude sentirla presionando cada músculo sobre mi piel, cubriendo cada ápice de carne, ciñéndose como un escudo espectral sobre mi cuerpo y protegiéndome de cualquier ataque físico. No creí tener oportunidad de utilizar esa técnica en algún momento. Por lo desgastante que era, limitaba mucho su tiempo de uso. Pero no podía negar su eficacia. Utilizando esa misma habilidad, mi fiel compañero de sombras había logrado detener la bala de la pistola de la difunta Katie, quien yacía calcinándose en el sótano de mi casa en esos momentos. Y una segunda vez estaba drenando mis niveles de energía a niveles alarmantes.

"Vive bien, Alastor."

El dolor palpitante en mi pantorrilla izquierda por la mordida del perro de sombras de Miguel Magne, y mi boca con el sabor al óxido de la sangre, me decían que estaba llegando al límite de mis capacidades físicas. Que la única razón por la que seguía en pie sin colapsar era por mi voluntad, y el soporte adicional que mi sombra le daba a mi pierna para mantenerme erguido. Pero no funcionaba como anestésico y sentía la punzada del corte en mi músculo con cada movimiento.

"Sin importar el costo."

El calor del fuego de la casa me empapaba el rostro y el pecho, y el aroma de la madera quemada comenzaba a llenar el lugar. Aquel fuego invocado había quemado todos mis puentes. Lo sabía y lo había ejecutado como última ficha para darle término a toda esa situación.

Pero, por lo visto, había sido inútil.

La luz anaranjada emitida por mi casa en llamas iluminó con claridad la silueta demacrada de Miguel Magne. Parte de su ropa chamuscada despedía una delgada línea de humo, y su brazo izquierdo estaba enrojecido a carne viva y lleno de ampollas. Parte de su rostro también presentaba quemaduras graves y parte de su cabello había desaparecido, dejando manchones enrojecidos en su sien. Los rasgos duros de su rostro se habían plagado de arrugas que hacía minutos atrás no tenía. Los años perdidos volvieron a hacerse presentes en su cara. Aquella momentánea juventud que obtuvo al absorber la energía vital de Katie, se estaba agotando con toda la magia que había desperdiciado con el perro de sombra.

Miguel Magne mantuvo una mano bajo su chaqueta, sujetando firmemente su costado derecho del tórax. Sospechaba que tenía al menos una costilla rota por el golpe con el piano que le había propinado Charlotte. Él jadeaba pesadamente, con un hilo de saliva colgando de uno de su labio inferior.

Miguel tenía los ojos fijos en mí, sin parpadear, e inyectados de sangre. No se atrevería a moverse, porque sabía que, si desviaba la mirada hacia donde estaban Charlotte y Pentious, yo le atacaría de inmediato. Yo esperaba que Charlotte pudiese llevar a Pentious hasta el Bentley lo antes posible, y que ese idiota estuviese en condiciones de manejar para ponerse ambos en resguardo.

"¿Por qué la proteges?" Dijo de pronto Miguel, con la voz rasposa de una garganta apretada y sin aliento, a la que le faltaba aire limpio con urgencia.

Lo observé con cuidado. Miguel se mantenía rígido y a la defensiva, esperando cualquier movimiento de mi parte para resguardarse. Muy diferente al pie de guerra en el que se mantuvo cuando me acorraló con el maldito perro en mi propia habitación. O como cuando intentó asesinarme en un callejón semanas atrás. Sin embargo, esta vez había "negocios personales" involucrados. Y al saber que yo era el autor del hechizo de protección la muñeca de Charlotte, yo debía ser eliminado del camino a toda costa.

"Una pregunta absurda." Rebatí, con frialdad.

Miguel Magne frunció el ceño, mirándome con desconfianza.

Detestaba admitir que había obviado un detalle al momento de imponer aquella protección en Charlotte: intentando que ella se mantuviera alejada de algún tipo de llamado del más allá, sin pretenderlo, también la había estado protegiendo de su tío. Como un efecto secundario que trajo bastantes beneficios y de los que no estuve consciente hasta mucho después. Gracias a la muñeca, Charlotte había estado a salvo todo ese tiempo.

Miguel Magne elevó una ceja con aire escéptico, después de un momento de reflexión.

"Oh, no." Susurró asombrado, y una desagradable mueca burlesca se formó en la comisura de sus labios resecos. "¿En serio? ¿Tú? ¿De ella?"

La forma en que se refería a Charlotte al igual que hablaría de un trozo de carne pútrida, me revolvió el estómago de indignación.

Guardé silencio y él resopló.

"Estás enfermo." Soltó con desagrado.

"¿Por qué sigues vivo?" Dije fríamente, frunciendo más el ceño.

Su sonrisa arrogante era repugnante.

"No creerás que estoy solo, ¿o sí?" Dijo, en voz baja. "Las deudas se pagan."

Yo había supuesto, en un principio, que eran los espíritus quienes deseaban cobrar el alma prometida de Charlotte por su cuenta. Que se habían impacientado por no saciar sus ganas de tenerla, por el trato que teníamos de por medio. Que su plan era hacer caminar dormida a Charlotte hasta ellos y obligarla a sacar a la muñeca del altar de sal. Pero en cada trance su destino nunca había sido el sótano. Por el contrario, los pasos de Charlotte siempre eran guiados por aquella fuerza externa hacia afuera de la casa.

Me había sentido desconcertado en un principio y pasaron semanas de meditación infructífera, donde no obtuve una respuesta satisfactoria. Pero fue el día en que había ido junto a Charlotte al cementerio y entramos en el mausoleo Magne, que lo había comprendido todo. Un recuerdo de épocas más simples era todo lo que necesitaba para conectar con todo lo que había estado ocurriendo frente a mis narices: el relato de Apple Daddy acerca de Charlotte y sobre cómo había estado muerta por unas pocas horas en su niñez. Esa anécdota, que había permanecido enterrada en mi memoria por una década, salía a flote nuevamente en el instante de ver el temblor en las manos de Charlotte cuando sostenía aquella placa de la tumba que nunca fue usada por ella. Un memorándum exquisito y que no escatimó en gastos al momento de ser elaborado en bronce. Demasiado valioso y extraño. Y aun así seguía ahí, olvidado e inútil, después de tantos años, descansando en el agujero que esperaba al cadáver de una niña que volvió viva de su viaje cruzando el mar. Como si alguien hubiese arrojado aquella placa con fuerza y rabia hasta el fondo de la sepultura, y ni siquiera se tomó la molestia de retirarla a pesar del valor del material del que estaba forjada.

Alguien que anhelaba la muerte de la única heredera de los Magne se había enfurecido ese día.

El deteriorado estado del mausoleo Magne, al momento de llegar, evidenciaban lo poco considerado que era el tiempo con los olvidados. Nadie había pisado ese lugar en años. Y el mantenimiento de las tumbas pareció dejar sin cuidado al que había quedado a cargo. Con el aroma al resentimiento y la venganza entre las capas de polvo y las flores marchitas.

No obstante, el tiempo le dio razones para cambiar de planes. Y se dio cuenta que la única heredera de los Magne debía permanecer viva para que pudiera morir. Una contradicción absurda, pero real.

Y, en ese momento, esa persona se encontraba frente a mí.

"No te creo una mierda, Leblanc." Escupió Miguel, lanzándome una mirada de desprecio. "No creo que no se te pasó por la cabeza sacrificarla teniéndola tan cerca."

Volvió a escupir sangre al suelo.

"También te tentó matarla, ¿no?" Se burló, elevando la barbilla. "Vi que tenías parte del grimorio, desgraciado. ¿Te lo robaste?"

Empuñé el mango de mi cuchillo con tanta fuerza que me había clavado las uñas en las palmas.

Mirándole con detenimiento, me era casi imposible asimilar que ese despojo de hombre tuviese la misma sangre que Charlotte y Apple Daddy. Miguel Magne no parecía tener un ápice de esa nobleza y calidez en su miserable alma que, por el contrario, sí tuvo su gemelo menor y su sobrina. Quedaba claro que los miembros de una misma familia podían no tener nada en común.

Los recuerdos de momentos compartidos con Apple Daddy comenzaron a encajar y hacerme sentido como piezas de un intrincado rompecabezas, desde ese día en el mausoleo. Todo lo que me había contado sobre el precio tan alto que estuvo dispuesto a pagar por volver a ver la sonrisa de su hija. Y que había sido posible gracias al conocimiento contenido en el grimorio de los Magne.

Y yo quise estudiar ese libro desde que Apple Daddy me habló de él.

Ese compilado de hechizos poseía un tipo de magia diferente y fascinante. Pero mucho más peligrosa y siniestra, proveniente del viejo mundo. Muy distinta a la que mi madre me había estado enseñando desde mi niñez y que tenía origen en el continente africano. Por eso me parecía tan atrayente y deseaba aprenderla también. Y, en medida que le enseñaba magia a Charlotte, tuve oportunidad de ver la extraña afinidad heredada de ella con el libro de los Magne.

Apple Daddy siempre me pareció alguien extremadamente correcto y culto. Deseando siempre ganarse lo suyo a pulso y ni siquiera había mirado el libro con demasiada atención. Su tiempo se dividía en el trabajo y su familia. Por eso deseaba tener a alguien instruido en el tema que pudiese echarles un vistazo a los escritos, y aportar a la investigación por él. Y, básicamente, me convertí en su aprendiz. Con paciencia, me había ganado la confianza de Apple Daddy, y me había permitido examinar algunas de las hojas. Las estudiaba arduamente, aunque no sin algo de dificultad. Con dedicación y un diccionario de latín a la mano casi no incurría en inexactitudes.

Mi investigación del libro avanzaba poco a poco. Todo era fascinante y confuso. Lleno de fantásticos hechizos. De simples a complejos. Sabía que ese libro había pasado de dueño en dueño por generaciones, y enriquecido con las décadas con las investigaciones de cada portador. Experimentando con cada conjuro, obteniendo diferentes resultados. Sus textos en una lengua muerta estaban llenos de escritos en tinta por los bordes y esquinas de las hojas, con diferentes estilos de caligrafía idioma francés. Apuntes o palabras subrayadas de diferentes personas y épocas. Pero, sobre todo, había advertencias sobre los hechizos más complejos. La más extraña era: "Ne payez pas l'enfant plus tard. Agonie". La cual nunca pude entender.

Algunos hechizos tenían un alto costo en vidas animales. Desde un par de ratas, pasando por zorros, hasta caballos. A mayor la petición a realizar, mayor era el sacrificio que debía entregarse. Pero incrementaba, considerablemente, en efectividad si eran vidas humanas las que eran utilizadas a cambio de poder. Vidas de personas que no estuve dispuesto a utilizar en todos esos años en que mi amigo me había confiado algo tan extraordinario, y aprovecharme de esa situación me parecía deshonrosa. Tuve oportunidades, obviamente. Niños huérfanos, pordioseros, mujeres que ofrecían sus servicios en las heladas noches de New Orleans. Todos individuos que nadie extrañaría y que la policía no tardaría en considerarlo un caso desafortunado, pero sin importancia.

Sin embargo, nunca me atreví a cruzar el límite de lo socialmente aceptable, por muy prometedora que fuera la ganancia. No me mancharía las manos con quienes no lo merecían. Y, en aquel entonces, tampoco yo tenía una forma de llegar a los que sí podría brindarle una muerte lenta y dolorosa. Prefería mantenerme lejos de los márgenes de la ley y limitarme a la cacería de ciervos, y así tener una efectividad más que decente en mis nuevos hechizos.

Siempre procurando tener una buena y decente vida. Siempre en la zona segura. Siempre a salvo. Sin importar el costo.

Fue así mi vida durante años. Sin mayor preocupación por salirme de los márgenes establecidos y esperados. Hasta que me encontré con Charlotte en ese bosque. A la verdadera dueña del grimorio. A única que podría acceder a ese poder sin tener que hacer ningún sacrificio a cambio.

Y mi vida cambió en el momento en que cargué mi rifle contra aquellos hombres que desearon asesinar a la hija de mi amigo, y yo había decidido devolver el favor de la amabilidad de Apple Daddy, salvando a aquella muchacha de su inminente fin. Actuando completamente fuera de mis márgenes por un acto que consideraba un bien mayor a mi pecado.

Sólo sería esa vez. Nadie lo sabría. Nadie los extrañaría. Fue perfecto. Sólo apreté el gatillo y ya no estaban. Y la oleada de emoción que sentí fue indescriptible y aterradora.

Rescatar a Charlotte fue el comienzo de un largo camino a recorrer. Convertir a mi sombra en un aliado espectral había sido consecuencia de las tres primeras muertes que había perpetrado en el bosque para salvar a Charlotte. Estaba entusiasmado y aterrorizado en partes iguales. Aún sin entender aquella oleada de emoción que me invadía de sentirme libre al arriesgarme y ser el verdugo de aquellos despreciables que intentaron profanar a Charlotte.

Entonces, deseé un poco más de poder después de ver los resultados tan satisfactorios obtenidos. Sólo un poco más. Aún con aquella sensación tirante que clavaba sus uñas en mi corazón cada vez que me desviaba del camino de la vida decente y correcta que había procurado continuar.

Creí que sería cuestión de días que alguien más se presentara buscando a la última de los Magne. Algún secuaz. Algún desquite por asuntos pendientes. Algo. Entonces tendría oportunidad de acabar con otro indeseable. Pero nadie vino y mis esperanzas murieron rápidamente cuando se rumoreaba de la huida de Miguel Magne y su esposa a Francia, y el abandono de su sobrina, de la cual todos ya daban por muerta.

De inmediato, puse mis ojos en Charlotte como posible víctima de sacrificio. Nadie sabía que continuaba con vida y se refugiaba en una casa a la periferia de la ciudad. Pero matar a una jovencita indefensa no estaba en discusión. Además, era la hija de mi difunto amigo y cometer un acto tan condenable no era algo que estuviese dispuesto a hacer. Fue cuando decidí que Charlotte debía condenarse sola. Por respeto al recuerdo de Apple Daddy y porque no haría nada contra inocentes. Apelaría a su curiosidad y a su hambre de querer saber de todo lo que se había perdido en sus años de encierro y vigilancia constante. Cuidaría de ella el tiempo necesario, hasta que sucumbiera a su sed de conocimiento, esperando no transgredir mis propios límites con mi plan. Y creí que con eso bastaría.

Y así pasaron días, semanas, meses, años.

Pero es extraño cómo ocurren las cosas algunas veces. Es necesario decirle sólo tres palabras a un curioso para asegurarte de que haga exactamente lo que esperas. Tres sencillas palabras que nunca fallan.

No lo hagas.

Y pasó. Ella lo hizo. Pero demasiado tarde.

Cuando ya no la quería muerta. Cuando había decidido que quería que estuviera a mi lado, y había decidido tomar la máscara de El justiciero para mantenerla en el mundo de los vivos. Fue cuando ella encontró la muñeca y todo lo que había construido comenzó a caerse a pedazos.

"Eres patético." Espetó Miguel Magne.

Entrecerré los ojos ante la provocación.

Él no parecía tener intenciones de atacar. Y no podía seguir haciendo tiempo hasta que Charlotte llevase a Pentious al auto. Los quejidos del lento andar de Pentious me llegaban a los oídos.

Barajé mis opciones, rápidamente, sintiendo cómo se me secaba la boca.

Yo usaba la misma magia ofensiva que Miguel Magne utilizaba. Tenían la misma raíz y sustento. Y, precisamente por eso fue que Miguel Magne nunca había podido hacer frente a mi hechizo de protección. Porque era magia diferente. Había sido un conjuro aprendido de mi madre. Y cuya función también podía proteger y sanar. La magia negra del libro jamás podría llegar a ser utilizada por motivos tan benévolos. Y sólo tuve que utilizar sangre, cabello y una muñeca de trapo para completar la protección de Charlotte.

Y con eso había sido suficiente por bastante tiempo.

Al menos, hasta esa misma mañana. Gracias a cierto encabezado en "The herald" que había detonado toda esa catastrófica situación. Y la única víctima de El justiciero que había escapado con vida y, también, el único que había visto mi rostro no se hizo esperar para actuar.

El aviso del periódico de esa mañana sólo le confirmó a Miguel que Charlotte seguía viva. Además, de reconocerme en la portada como su atacante y el amigo de su hermano, también se confirmaba una relación entre su sobrina y yo. Nos tenía a ambos juntos en un solo lugar.

Miguel Magne había sido lo suficientemente astuto y supo moverse rápido para volver a tener a Charlotte a su alcance. Se había mantenido al margen y oculto en la ciudad por semanas. Y mis intentos de encontrarlo con mi sombra habían sido inútiles. Y llegué a pensar que él ya había muerto al no mostrar indicios de vida.

Estaba seguro que Miguel Magne intentó llegar a mi casa. Por eso usó a Katie como su portavoz y agregó a Mimzy a la ecuación. Pero se había cruzado con Charlotte en el local, luego de nuestra estadía en el hotel y la tomaron prisionera.

Sin embargo, aunque Charlotte estuvo completamente indefensa todo el tiempo en que estuvo en el sótano, Miguel no intentó matarla de inmediato. Él seguía sin matar a la dueña legítima del grimorio todavía. Y podía concluir la sencilla y banal motivo.

Miguel Magne se aferró el tórax con fuerza y lanzó un gemido de dolor.

"Puedo hacerme a una idea, bastante acertada, de por qué tú nunca pudiste hacerle nada a Charlotte." Sentencié. "Apple Daddy se te adelantó en su testamento, dejando bien protegida a Charlotte."

Miguel Magne me miró con desprecio.

"Las absurdas peticiones de mi hermano no podrán detenerme ahora." Respondió, con voz jadeante.

Mientras más lo pensaba, más sentido tenía; ¿qué habría orillado a Miguel Magne a mantener viva a la muchacha que impedía que todo lo que siempre deseó, finalmente, fuera suyo durante tantos años? ¿Por qué nunca mató a Charlotte cuando tuvo incontables oportunidades de asesinarla cuando estuvo encerrada en la casona Magne? ¿Para qué darle la mejor educación y tutores por tantos años si quería que muriera lo antes posible? ¿Qué impedía que la envenenara, o contratara a un sicario e hiciera parecer un asesinato como un desafortunado accidente doméstico?

Por un simple motivo; Miguel Magne estaba atado de manos. La herencia que había dejado su hermano era todo lo que él deseaba. El control y dinero producido por la finca de algodón, y acceder a los poderes totales del grimorio. Parecía una tarea sencilla si sólo se enfrentaba a una muchachita. Pero Apple Daddy estuvo siempre dos pasos delante de él.

Apple Daddy le había dejado su herencia exclusivamente a Charlotte en un enrevesado testamento, lleno de instrucciones explicitas, condiciones estrictas y trancas para el tutor legal de su hija. Mandatos que ni el mismísimo Miguel Magne podía pasar por alto si quería ser el heredero del libro. Charlotte me había comentado que, mensualmente, el abogado de los Magne se encargaba de asegurarse que ella se encontrara en perfecto estado de salud y recibiendo la mejor educación, tal y como lo había dictado Apple Daddy. Además de que vigilaba que sus tíos no se excedieran en los gastos y las deudas, manteniendo una estrecha relación con la contabilidad de la finca. Muchas veces desoyendo consejos financieros. Pero, de igual manera la crisis los golpeó y perdieron todas las propiedades a nombre de los Magne, por malas decisiones mercantiles y la caída de las acciones.

Charlotte me lo había dicho cuando nos conocimos.

"Mi tío, Miguel Magne, era hermano mayor de mi papá. Él y su esposa se encargaron de la finca de algodón hasta que yo tuviera edad para casarme y heredarla, según las instrucciones del abogado en el testamento de papá. Pero la crisis nos dejó en la ruina antes de que eso pasara."

"¿De casarte o heredar la finca?" dije riéndome.

"Ambas." dijo con la sombra de una sonrisa. "Pero ya da igual. Presumo que, por la forma en que me regalaron para salvarse, nunca tuvieron la intención de darme mi herencia. Y estoy segura de que algún accidente o un viaje sin retorno al extranjero estaría en mi futuro antes de encontrar a alguien con quien casarme."

Pero nunca fue así antes. No hubo tales intentos de asesinato poco tiempo después de que Apple Daddy y la señora Magne fallecieran. Charlotte tenía perfecta salud, y no podría justificar un deceso por una enfermedad espontánea y letal. No podía matarla de hambre, porque era constantemente vigilado. No podía acercarse a ella y agredirla, o dejaría de ser su guardián. El médico de la familia había sido designado por Apple Daddy, por lo que era menos probable que pudiese encubrir las magulladuras en su cuerpo o un fallecimiento repentino de Charlotte.

Todo había estado tan perfectamente planeado, que Miguel Magne estuvo en jaque mate por años.

Era todo perder si algo le ocurría a la única heredera de los Magne. Charlotte había leído el testamento de su padre muchas veces y tenía algo claro: si ella moría antes de alcanzar a contraer nupcias, toda la herencia en dinero se iría a la caridad, y Miguel y su esposa quedarían en la calle. Por eso ella se sintió relativamente a salvo en su estadía en la mansión, al menos hasta que Miguel encontrara la manera de deshacerse de ella sin verse afectado económicamente. Cosa que nunca ocurrió. Pero, sobre todo, si Charlotte moría asesinada, la línea de dueños del grimorio se rompería sin dejar un sucesor por escrito y designado por el anterior portador. Miguel no podría reclamarlo como suyo por más que quisiera. La única opción que le quedaba era que Charlotte renunciara, por voluntad propia, a aquello que se le había concedido por derecho, o que muriera sin que él estuviese involucrado, dejando a su único pariente sanguíneo vivo como el siguiente dueño. Una herencia no podía ser traspasada al asesino de la víctima. Era una ecuación lógica. Por eso Charlotte debía entregarle el grimorio por cuenta propia a Miguel o morir por voluntad propia. Y ninguna de las dos era una opción real en esos momentos.

Sin embargo, a pesar de verse obligado a tener que acatar las instrucciones de Apple Daddy, Miguel no se quedaría de brazos cruzados y aprovechó su posición para asegurarse que algunos de los mandatos del menor de los hermanos nunca se concretaran. Así, intentó retrasar lo inevitable cuanto pudo, hasta pensar en qué hacer para poder deshacerse de Charlotte. Y el tiempo era implacable.

Los años pasaban y la niña se había convertido en una toda una dama. Pronto llegarían las solicitudes formales de hombres poderosos, que aún sin conocerla en persona, estarían interesados en la enigmática y bella muchacha, con toda una fortuna a su nombre. Y, cuando eso ocurriera, significaría el final del estilo de vida de Miguel y sus esperanzas. Charlotte tendría acceso total al dinero que le pertenecía por derecho y el control completo de la finca. Y se le serían entregadas las hojas del libro de hechizos que Apple Daddy conservó. Así que Miguel se encargó de mantenerla encerrada en la mansión durante años. Eso no estaba en contra del testamento. Y Charlotte me contó que sólo mujeres mayores habían sido sus maestras, y prohibió que ella asistiera a los eventos sociales. Y si salía a la ciudad, sería con su tía Magda como escolta y a cosas puntuales. Así, Charlotte jamás tendría oportunidad de conocer a un posible candidato para casarse.

Y el tiempo hizo su propio trabajo con Miguel.

Miguel tosió tan repentina y enérgicamente, que lo dejó jadeando. Él pasó su mano quemada por su enmarañada barba rubia, en un gesto tosco y trémulo. Él escupió al suelo la sangre fresca que había salido de su boca, y esta brilló a contraluz. Respiraba pesadamente, eso confirmó mis sospechas.

Miguel Magne estaba muriendo.

Su cuerpo decadente que necesitó de la muerte de Katie Killjoy para recuperar fuerzas era clara prueba de ello. Y ahora estaba agotado. Pero contra todo pronóstico seguía de pie y con un revolver en la mano.

De súbito, Miguel levantó su arma, con intenciones de disparar. Mi sombra recubría mi cuerpo como un perfecto escudo y podría detener la bala. Pero no era a mí a quien apuntaba. El cañón de su pistola iba sobre mi hombro, hacia donde se encontraban Charlotte y Pentious. Mi presión sanguínea estaba a límites alarmantes y mi respiración se aceleró. La emoción de un cazador me nubló el pensamiento y salté hacia adelante, liberando toda mi ira en mi primer ataque.

Tomé impulso con mi brazo e intenté cortar su cuello con fuerza, pero él se lanzó hacia atrás, cubriéndose la cara con el antebrazo, logrando hacerle un corte en su muñeca. Sentí cómo algo me agarró del tobillo y perdí el equilibrio, cayendo hacia adelante. En ese instante, él me dio un golpe con la empuñadura de la pistola en la nuca. Pero la protección de mi armadura de sombra impidió sentir el golpe con la magnitud que debió tener. Evité mi caída poniendo ambas manos en tierra y, aún atrapado por el tobillo, giré mi cuerpo, dándome impulso para propinar una estocada en su pierna expuesta. Miguel gritó de dolor al sentir mi cuchillo enterrado en su muslo.

"Liberi." Dije entre dientes. Sintiendo cómo mi tobillo escapaba de su agarre. Saqué mi cuchillo ensangrentado y me puse de pie, con toda la rapidez que pude. Miguel se apretaba la pierna con la mano que aún sostenía la pistola, en un intento inútil de detener el sangrado.

"¡Desgraciado!" Masculló, adolorido. Y se desplomó en el suelo, sin poder mantenerse en pie.
Miguel Magne estaba completamente indefenso.

Era mi oportunidad.

Salté sobre él, propinando una patada sobre su pecho. Y él cayó de espaldas en la tierra, con el rostro boca arriba. Su mirada de terror era un deleite. Un verdadero triunfo. Era el momento en que todo terminaría finalmente. Tomé mi cuchillo, aferrándolo con fuerza con ambas manos y lo elevé, listo para apuñalar su pecho.

"Por favor, Leblanc…" Farfulló, aterrado.

Sin misericordia. Mi sonrisa tirante comenzaba a dolerme en las mejillas.

Pero en el momento en que intenté propinar el último golpe, su sombra volvió a emerger del suelo desde mi costado. Agarró mis muñecas unidas como un gran tentáculo, intentando detenerme. Comencé a forcejear y aumenté la intensidad hacia adelante. Quería atravesar a esa escoria con mi cuchillo. Quería que sufriera. Que gritara por piedad hasta que su último aliento se escapara de su cuerpo.

Quería ser yo quien le diera muerte.

La sombra de Miguel no evitó que siguiera mi camino hacia abajo, apenas desviándome del centro de su pecho. Entonces, empujé todo el peso de mi cuerpo, hasta que logré cortar la tela de su chaqueta y sentí cómo su carne debajo de ella era atravesada por la hoja. Miguel Magne gritó de dolor, mientras yo observaba cómo su sangre brotaba de la herida.

Yo estaba eufórico, quería ser espectador de cómo se retorcía en agonía en primera fila. Mi espíritu de cazador me había poseído por completo.

Pero, un instante después, pasó algo que no me esperaba. Miguel Magne sonrió, a pesar del dolor. Era una sonrisa que se convirtió en una leve risa sin aliento. Y me dedicó una mirada de lástima, que me confundió durante medio segundo, creyendo que el hombre había perdido la razón justo antes de su deceso.

Hasta que el grito de Charlotte llegó a mis oídos y me heló la sangre.

Me giré, por instinto, a intentar buscarla detras de mí. Fue cuando el tentáculo de sombras de Miguel me tomó por el torso y me lanzó hacia atrás con fuerza. Caí a varios metros de donde estaba, golpeando con la espalda en el capot del Citroën rojo de Mimzy. Me sentí aturdido al desplomarme en el suelo, resintiendo lo brutal del golpe para haber traspasado mi escudo. La cabeza me daba vueltas. Mis gafas habían salido volando. Me quede a horcajadas en la tierra, intentando comprender qué estaba ocurriendo a mi alrededor entre la completa oscuridad de la noche y la luz del fuego.

Ubiqué a Charlotte y a Pentious con la mirada, y de inmediato entendí que algo no andaba bien.

Charlotte tenía la espalda apoyada en el automóvil de Pentious, apretándose un costado con fuerza, mientras su cara se crispaba de dolor. Pentious estaba a su lado muy preocupado, mientras agarraba su propio brazo herido de bala.

"¡Charlotte! ¡Charlotte!" Le decía él, aterrado "¡¿Qué te ocurre?!"

Charlotte se quitó la mano del lugar que presionaba, para ver, horrorizada, es estaba empapada del brillante líquido que se difuminaba con su abrigo rojo. Charlotte estaba herida. Ella miró su propia sangre por un segundo, confundida, antes de buscarme desesperadamente con la mirada. De inmediato, negué con la cabeza, horrorizado ante sus ojos interrogantes. No había sido yo. Quería decírselo. Quería gritarlo.

El quejido de Miguel Magne llegó a mis oídos, y me puse en guardia. Sentí cómo el resentimiento me carcomía el corazón. Sólo él se atrevería a herir a Charlotte, pero yo lo había tenido inmovilizado apenas unos momentos antes. A menos que tuviera una forma de lastimarla sin tocarla.

Entonces, se me erizaron los cabellos de la nuca al darme cuenta de lo que pudo haber sucedido.

¡No podía ser!

Me puse de pie, tambaleante y miré con atención Miguel Magne. Él se encontraba a metros de mí, ya de pie y con el puñal aún incrustado en su torso. Pero su sonrisa de suficiencia seguía en su terrible rostro. Él quitó el cuchillo con su mano buena y sacó la mano que tenía debajo de su chaqueta. Había sido su mano lo que yo había logrado atravesar. No su tórax. La mano atravesada estaba llena de sangre y con un agujero en su dorso. Pero más importante aún, esa mano sostenía la muñeca de Charlotte sin el saco de sal donde yo la había metido en el sótano.

Mi estómago se contrajo. La mano que había logrado atravesar sostuvo la muñeca de Charlotte desde el principio. Y la punta de la hoja de mi arma había alcanzado a su cuerpo de trapo.

Yo había dañado a la muñeca. Yo había creado el vínculo entre la muñeca y Charlotte. La muñeca no estaba en contacto con la sal. Y junto con Charlotte, yo era la única otra persona que podría herirla físicamente, incluso matarla, si rompía la muñeca con intenciones de causar mucho daño.

La culpa comenzó a agolparse en mi pecho y mi primer impulso fue ir a ver el estado de Charlotte. Ella seguía en el suelo, apretándose el costado e intentando detener el sagrado. Necesitaba atenderla y ver qué tan profunda eran sus heridas. Subirla al automóvil de Pentious y largarnos de ahí.

Lo más importante para mí era que ella estuviera a salvo y no lo pude cumplir.

"¡Mierda!" Exclamó Miguel, enojado "No fue suficiente."

Me giré hacia él otra vez, con las manos temblando de ira.

El desgraciado de Miguel Magne seguía en pie, inspeccionando la muñeca por delante y por detrás, resoplando de frustración. Fue cuando entendí que esa había sido su intención desde el principio: él quería que yo apuñalara la muñeca para matar a Charlotte aprovechando mi ataque contra él.

La furia comenzó a sofocarme. Me sentí utilizado como un vil peón en su retorcido plan. Mi sombra estremeció de ira al unísono contra mi piel, manifestando su deseo de venganza.

Debía quitarle la muñeca a ese bastardo. Debía deshacerme del hechizo que la vinculaba con Charlotte cuanto antes y acabar con Miguel Magne, antes de que pudiera exponer más a la muñeca a un posible daño físico.

No importaba cuánta magia fuese necesaria.

"¡Atrápalo!" exclamé estirando un brazo en dirección a Miguel y mi sombra se estiró como una garra para poder alcanzarlo.

Pero Miguel metió una mano en su bolsillo interior de su chaqueta y arrojó sal al aire. Mi sombra se vio impactada por ella antes de que pudiese tocarlo. El saquito de sal de Razzle y Dazzle cayó al suelo, vacío. Mi sombra se retorció de dolor y se encogió hasta mí, rápidamente. Me di cuenta que ella dejó parte de mi brazo sin cubrir, dejando mi protección incompleta. Ese ataque debió haberle infringido bastante daño a su forma espectral.

Entonces, Miguel comenzó a vociferar con sorna.

"¡Esta cosa está sin sal, Leblanc!" Exclamó con voz rasposa. Levantó la muñeca de Charlotte y comenzó a menearla en el aire. "¿Eres capaz de atacarme sabiendo cuánto podrías lastimar a Charlotte con esta cosa?"

Su sonrisa desquiciada era inquietante y dio una rápida mirada al estado de Charlotte, antes de continuar. Charlotte, seguía en el suelo, mientras Pentious, en un ingenuo intento, se puso frente a ella con el afán de protegerla.

"¡O mueres y se rompe el hechizo del vínculo, o matas a esa monstruosidad destruyendo tú mismo la muñeca, Leblanc! ¡Si la matas, no habrá dueño del grimorio! ¡Si tú te mueres, el vínculo se rompe y podrán devorarla para pagar la deuda que tienes pendiente!"

De pronto, su voz comenzó a distorsionarse. Y era muchas voces a la vez. Voces ocultas y antiguas, de seres que hacían favores a cambio de poder.

"¡TODO EL MUNDO GANA!" Gritó Miguel con una voz que no era su voz.

Su semblante, iluminado por el fuego del que alguna vez fue mi hogar, me permitió ver cómo todo su cuerpo era invadido por multitud de delgadas manos oscuras y fantasmagóricas, que salían desde el suelo y trepaban hasta llegar a su cuello.

"ALASTOR." Dijo esa misma multitud de voces. "DESTRUÍSTE EL PORTAL QUE CONECTABA CON NOSOTROS. NUESTRO TRATO QUEDA ANULADO. NOS LLEVAREMOS EL ALMA PROMETIDA QUE NOS DEBES. NO MÁS EXCUSAS."

Mi corazón dio un vuelco. Por supuesto. Sólo ellos habrían podido hacer que Magne siguiera vivo. Las voces en esa inquebrantable demanda sólo me estaban dando la certeza de que su paciencia había terminado.

El altar y el portal al más allá se habían perdido en el incendio que había iniciado en el sótano y ellos ya no podían manifestarse libremente para arrastrar a Charlotte, aun cuando la muñeca no estaba en contacto con la sal. Eso me tranquilizó un poco en medio del caos.

Eliminar los lazos con los seres del más allá era algo que había contemplado. Era de aquellos asuntos de los que debía encargarme para asegurar mi futuro con Charlotte. El trato inicial, que se mantuvo vigente en el tiempo, había sido entregarles el alma extraña de Charlotte. Y me había dedicado a ofrecer la vida de otros, para aplazar lo inevitable. Continué pagando por salvar a la ofrenda que yo mismo había brindado, con la vaga esperanza de que cambiaran de opinión en algún punto y se decantaran por mis nuevos ofrecimientos.

Pero tener la implacable realidad de que eso se había salido de mi control, me dio de lleno en el rostro. Ellos no pondrían cantidad sobre calidad en este caso. Ellos querían devorar a Charlotte en ese momento, disolviendo nuestro trato. No más pretextos ni evasiones. No más vidas de otros en su nombre. Y sin más ideas que pudieran darnos más tiempo.

La querían a ella y punto final.

Era pedir mucho. Era pedir todo.

Yo no tenía intenciones de entregarla. Quería tener una vida tranquila junto a ella. Compartir nuevamente nuestros días, volviendo al suelo seguro y familiar que planeábamos recuperar después de semanas separados. Y tampoco estaba dispuesto a vivir bajo la constante amenaza del más allá.

Y, por un iluso instante, creí que el tiempo de cortar nuestros lazos había sido decidido con el sótano consumido por el fuego, y, así, ellos no podrían volver a molestarnos. Ya estaba. El fin del miedo y de El justiciero. El fin de la amenaza constante a Charlotte. Pero, inexplicablemente, continuaban ahí. Aún cuando debería ser imposible que ellos pudieran manifestarse en ese momento. No había forma sin que hubiera más personas involucradas. Que existiera un cuerpo intermediario, ofrecido voluntariamente, que les permitiera actuar libremente si no había un portal disponible.

Entrecerré los ojos al mirar a Miguel Magne, completamente asqueado de lo que se había convertido.

"Los invocaste y les prometiste algo a cambio para que te ayudaran, ¿verdad?" Mascullé, preparándome para atacar.

Miré a Charlotte nuevamente. Ella se intentaba poner de pie, mientras estaba enfrascada en una discusión con un muy exaltado Pentious.

"¡Charlotte, no debes moverte!" Le reclamaba Pentious.

"¡Estoy bien!" Le rebatió Charlotte examinando y tanteando sobre su vestido ensangrentado pero intacto. Ella hizo un gesto de dolor antes de mirarle "Tengo que ponerlo a usted en un lugar a salvo."

"¡No me discutas!" le respondía él sin soltar su propio brazo.

Miguel se agarró la cara con su mano libre, incrustándose las uñas en las mejillas y se arrastraron al cuello de su camisa. Parecía estar sofocándose. El nerviosismo y terror manifestado en sus ojos saltones era evidente.

"¡No olviden mi recompensa por este acto de lealtad, por favor!" Exclamó Miguel con su voz propia y una nota de pánico. "¡Si me permiten vivir un poco más, podré matar a Leblanc! ¡Y les daré a la chica! ¡Sé que ustedes la desean! ¡Y a cambio deseo longevidad y riquezas terrenales!"

Por toda respuesta, Miguel Magne comenzó a retorcerse con violencia hasta caer en el suelo, escupiendo saliva y sangre en la tierra. Parecía estar teniendo un ataque. Lanzaba alaridos desgarradores, mientras su cuerpo convulsionaba y se daba golpes repetidos con la cabeza en la tierra, hasta que su cuerpo se arqueó en el aire a un punto en que parecía que su espina iba a romperse.

Entonces se detuvo y quedó tirado sobre la tierra húmeda.

El denso silencio del ambiente sólo era interrumpido por el crepitar de las llamas en mi casa. Ninguno de nosotros hizo un movimiento. Completamente absortos en el cuerpo inerte de Miguel. Contuve la respiración, completamente seguro de no ser el único que deseó que el desgraciado estuviera muerto. Esperando que algo hubiese salido mal en su plan.

Pero, de pronto, dio una sonora bocanada de aire y comenzó a toser.

Miré a Miguel, sorprendido, mientras se ponía de pie con la gracia y destreza de un jovencito.

Miguel Magne nos miró, completamente desconcertado. Él miró sus manos y las movió, experimentando su agarre, mientras suspiraba extasiado. Su expresión llena de júbilo era perturbadora.

Entonces, Miguel Magne se puso a reír. Una risa nerviosa y tímida, que se transformó en algo más macabro y seguro con el correr de los segundos. El hombre estaba completamente desquiciado. Por su cuerpo se ramificaban lo que parecían ser sus propios vasos sanguíneos, hinchados sobre su piel y fulgurando con un tono verdoso. Sus extremidades quemadas, aún en carne viva, caían lánguidas a los lados, y ligeros espasmos hacían que su cabeza se moviera de forma involuntaria.

Miguel Magne apretó la muñeca en un firme puño, y se irguió frente a mí con la seguridad del más sano de los hombres. Pero cuando abrió la boca muchas voces se manifestaron, al mismo tiempo, como un grito de guerra en contra de mí.

"¡LEBLANC!"

Eso ya no era una persona. Al estar poseído por fuerzas tan oscuras, ya era menos que un ser humano. Claramente estaba perdiendo la razón. El control de su cuerpo no era completamente suyo.

"¡TU INSOLENCIA TE COSTARÁ CARO!"

Entonces, corrí hacia él expandiendo mi sombra por mis dedos, hasta convertirlas en largas garras e intenté propinarle un golpe directo, con intensión de perforarle en el pecho. Pero él, en vez de protegerse, estiró el brazo y puso la muñeca frente a mí. De inmediato detuve mi ataque, y reaccionando a tiempo, para detenerme a centímetros de atravesarla. Miguel Magne aprovechó mi distracción para propinarme un golpe en el abdomen que, de no haber estado protegido, me habría dejado en el suelo.

Las sombras emergieron del suelo y crearon una especie de capullo alrededor de mi cuerpo que me dejaron inmovilizado.

"¡Liberi!" Ordené. Pero nada pasó.

Estaba desconcertado. Lo intenté otra vez, pero el hechizo de contraataque era inservible.

"No es bueno morder la mano que te alimenta, Leblanc." Dijo Miguel Magne, con su voz y una sonrisa arrogante. Movía la muñeca de Charlotte cerca de mi cara. "No puedes usar un hechizo tan básico para magia de alto nivel."

En mi cabeza, una pequeña e inesperada voz comenzó a hablarme.

"Fue un error haber salvado a Charlotte Magne ese día." Decía, en un insoportable tono de condescendencia. "Ahora has perdido tu casa, el más allá desea destruirte y los que te importan corren en peligro."

Sacudí mi cabeza y cerré los ojos con fuerza.

"¿Valió la pena tanto sacrificio? No es así como debían pasar las cosas." Continuó de forma más severa. "No es así como se suponía que debías vivir, Alastor."

"Silencio." Ordené.

Y aquella voz se detuvo.

Miguel Magne me miró con desdén, sintiéndose aludido por mi dictamen.

"Ni siquiera tenías derecho a usar el grimorio en primer lugar." Dijo, arrugando la nariz, con asco. "No has hecho más que abusar de la confianza de los Magne desde el principio, Leblanc. Sería una gran decepción para Lucy saber lo que le has hecho a su hija."

El sonido del sutil sonido de la puerta del Bentley cerrándose, me dio la señal que necesitaba.

"Eres un hipócrita, Magne." Espeté, intentando mover los brazos, sin resultados. "Tú eres el que se aferró como sanguijuela a todo lo que pudo sacar provecho de las pertenencias de tu hermano. Eres tú quien no debería tener acceso a ese poder."

Su sonrisa menguó al mirarme.

"Y claro que puedo utilizar el grimorio." Continué, con firmeza. "Puedo agradecer al verdadero dueño de los escritos, quien se encargó de instruirme debidamente y me confió algo tan importante."

Entonces, Miguel Magne me escupió en la cara. Sentí cómo su desagradable saliva me escurrió por la mejilla y la indignación me quemaba la garganta.

"¡¿Lucy el verdadero dueño?!" Dijo en voz alta, cargado de rencor. "¡Yo era el mayor! ¡Ni siquiera debimos separarnos en el vientre de nuestra madre! ¡Debimos ser una sola persona! ¡Yo nací antes, pero él nació sano! ¡Él se encargó de robar mi salud! ¡Mi destino era hacerme cargo de la finca y el grimorio! ¡Y mi padre lo creyó más competente, fuerte y digno que yo! ¡ME CONDENARON A VIVIR A SU SOMBRA!"

Respiraba agitadamente, iracundo. Mantenía las manos crispadas sobre la muñeca.

"Eres patético." Dije, esperando que el automóvil arrancara. Pero no había sonido alguno del motor. Comenzaba a impacientarme.

Miguel Magne me apretó las mejillas, con fuerza, con su mano libre y me miró, con los ojos muy abiertos y una gran sonrisa desquiciada. Su pútrido aliento me golpeaba en la cara y las venas hinchadas de su rostro sobre su carne quemada, le daba un semblante grotesco.

"Él era el más querido de los dos. Siempre fue así." Dijo, casi como una burla. "Por mis padres. Por nuestros conocidos. Incluso tenía la mujer indicada de un buen cabeza de familia. Incluso pudieron tener a una linda niña que se murió. Yo lo sé, tú lo sabes. Charlotte Magne está muerta para mí. Eso que dice ser mi sobrina, no es más que una abominación que mi hermano creó."

Dejó que la muñeca bailara de cabeza, en el aire, sosteniéndola, únicamente con su pulgar e índice.

"Lucy y yo nunca debimos ser gemelos, Leblanc." Susurró, con súbito aire taciturno. "Siempre debió existir sólo uno."

Detuvo su respiración medio segundo, antes de parpadear y soltar el aliento, relajando los hombros.

"Pero ya todo está bien." Concluyó con simpleza. ""Y yo me encargué de que fuese así."

Intenté, nuevamente, deshacerme de mis ataduras, aún sin resultado.

"Mi hermano ya tenía los días contados, de todos modos." Dijo, con rencor en sus palabras. "Nunca debió utilizar el tiempo que le quedaba vivo para revivir a ese monstruo…"

Tronó los dedos y el capullo de sombras comenzó a apretarse a mi alrededor. Y, a pesar de aún tenía la protección de mi sombra sobre mi piel, si continuaba compactándose, mis huesos se romperían y mis órganos internos estallarían.

Se apartó de mí, con brusquedad, y elevó los ojos al cielo.

"¡¿ESCUCHASTE ESO LUCY?!" Vociferó, eufórico. "¡TIENES QUE HABERLO SOSPECHADO! ¡¿VERDAD?! ¡NO POR NADA ME DEJASTE TANTAS LIMITANTES EN TU ESTÚPIDO TESTAMENTO!"

Su voz cambiaba de dueño por momentos. Los retazos de la conciencia de Miguel Magne parecían hacerse cada vez más inestables. Y su actitud errática me hacían cuestionarme cuánto tiempo resistiría una mente tan dañada y su cuerpo tan malherido, antes de colapsar.

"¡LUCY!" GRITÓ "¡¿ME ESTÁS ESCUCHANDO?!"

Miguel miraba al cielo, impaciente, como esperando una respuesta de su hermano.

"¡YO FUI!" Gritó a todo pulmón. "¡YO ME ENCARGUÉ QUE LE FALLARAN LOS FRENOS A TU AUTO! ¡ESPERABA QUE SE DESCARRILARAN EN UN BARRANCO! ¡Y NADIE PODRÍA TENER PRUEBAS DE QUE HABÍA SIDO YO!"

Siguió mirando al cielo, dando pasos trémulos, a un paso de las lágrimas.

Lo sabía. Siempre lo supe. No tenía forma de comprobarlo cuando ocurrió una década atrás. Y la investigación policial había sido, en extremo, entorpecida. Ese trágico accidente se había llevado a la señora Magne y dejado muy malherido a mi amigo. Que, con el pasar de los días, sus lesiones en la cabeza se habían agravado y, finalmente, había fallecido. Pero Lucifer Magne era más listo que Miguel, aun estando muerto.

Nunca creí la versión del accidente. Por eso procuré encontrar al asesino de mi amigo, recopilando toda la información posible. Y lo que Husk pudo proporcionarme debido a su poca participación en ese caso en particular, había sido limitado en su momento. Estaba seguro que, por la seriedad que ponía Husk en su trabajo, si él hubiese estado a cargo del caso, no hubiera accedido a los sobornos que sí aceptó su colega para mantener esos asesinatos como un trágico y desafortunado accidente, sin mayor indagación.

Y ahora estaba la confirmación de boca del mismo asesino. Pero de nada servía. Abrí la boca para dejar escapar el aire que me quedaba en los pulmones y no los pude volver a llenar.

"¡PERO SOBREVIVISTE, DESGRACIADO!" Exclamó con una inflexión de ira en su voz. "¡Y LO ECHASTE TODO A PERDER!"

Miguel se relamió los labios y se pasó la mano por la cara, con brusquedad. Yo me estaba ahogando.

Entonces, bufó y dirigió su mirada al suelo.

"¡NO SÉ QUÉ HAGO MIRANDO AL CIELO!" Exclamó y abriendo los brazos, con resignación. "¡DESPUÉS DE RESUCITAR A ESA MONSTRUOSIDAD, ESTOY SEGURO DE QUE TÚ Y LILITH TERMINARON EN EL…!"

Pero no pudo terminar su frase. Apenas tuvimos tiempo de cerrar los ojos por la luz de focos que, repentinamente, nos apuntó y el motor de un auto rugió. No tuve oportunidad de procesar qué estaba pasando, cuando el sonido de las llantas derrapando en la tierra se acercaba a nosotros a toda velocidad. Miguel Magne se lanzó hacia un costado, esquivando, a penas, el Bentley verde que pasó a toda velocidad y casi logró arrollarle. El auto giró bruscamente en "U" y se abrió una puerta. El grito de Pentious llegó a nosotros, antes de que volver a pisar el acelerador.

"¡BASTARDO!" Escuché a Pentious exclamar, intentando darle, nuevamente a Miguel con el auto.

Miguel volvió a intentar esquivar el automóvil, pero logró ser golpeado en el costado y quedó tirado en el suelo, como un animal herido. El hombre se arrastró, dando fuertes quejidos de dolor, y la muñeca había saltado de su alcance y reposaba en el suelo.

"Maldito, Sebastian…" Masculló, tratando de incorporarse a horcajadas, con dolor. Y se puso a toser sonoramente. Un escupitajo de sangre se escapó de su boca.

El auto de Pentious dio una amplia vuelta y redujo su velocidad. Pentious sacó medio cuerpo de su auto.

"¡ERES UN ASESINO!" Gritó Pentious, con la voz quebrada "¡TE DEFENDÍ DE LOS QUE DIJERON QUE FUISTE TÚ, DESGRACIADO!"

La máquina tomó potencia nuevamente. Entonces, Miguel Magne, alzó un brazo e hizo emerger tentáculos del suelo para intentar agarrar el auto, fallando en alcanzarlo. El Bentley siguió su camino, hasta detrás de la casa en llamas.

En ese momento, sentí cómo mi agarre se aflojaba por detrás del capullo y las sombras que me tenían prisionero se retorcieron. Di una desesperada bocanada del tan ansiado aire y me agarré el pecho. Mi torso había quedado libre y los retazos del capullo se movían, sin forma definida, a mi alrededor.

Miguel Magne comenzó a toser estrepitosamente, tirado en el piso.

Miré hacia atrás, sin entender qué había ocurrido. Fue cuando vi a Charlotte detrás de mí con un salero vacío en la mano, que entendí qué había pasado: ella había usado la sal para debilitar a las sombras. Ella estaba de pie, aun apretando su costado con su mano libre.

Pero ella no me estaba mirando a mí. Sino a Miguel. Algo había cambiado en sus ojos. Su expresión era de completo repudio y dolor.

"¡Liberi!" Dije, con firmeza, y con mucho trabajo, pude quitarme el resto de mi prisión de encima.

De inmediato sentí cómo mi cuerpo sucumbía ante la falta del soporte que me había estado dando mi sombra, y me apoyé en mi rodilla sana para no caer en el piso de lleno. Yo estaba completamente agotado, física y mentalmente, y ya no podía sostener un hechizo de tan alto calibre para escudar mi cuerpo. Mi compañero espectral daba vueltas alrededor de mí, mientras que veía cuán dañado estaba su figura. Le faltaban trozos se le habían arrebatado al ser atacado con sal.

Ubiqué a la muñeca, rápidamente, troné los dedos y ella llegó a mi mano. Por fin la tenía en mi poder.

Miré a Charlotte de pie junto a mí. Y ella parecía tener grandes dificultades de contener el llanto. Su labio inferior temblaba con violencia, respirando entre sollozos contenidos, y lágrimas agolpándose en sus ojos. Charlotte, no dijo una palabra, aún con los ojos clavados en Miguel. Conocía esa mirada. Eran los ojos de alguien que deseaba venganza. De alguien que deseaba hacer daño.

Miguel se giró a nosotros y se horrorizó al ver que la muñeca estaba en mis manos.

Entonces soplé sobre la muñeca y los cabellos dorados de Charlotte salieron volando, como si un ventarrón las hubiera arrebatado del cuerpo de trapo al que habían permanecido unidas. Y aquellas hilachas rubias quedaron flotando en el aire hasta combustionarse y desaparecer en el viento, como un mal recuerdo.

Sonreí, entonces, con sinceridad. Y el vínculo con la muñeca se había roto.

Fue cuando todo pasó muy rápido. Magne lanzó un grito de furia, que se escuchó como muchas voces a la vez iracundas. Y retumbó en cada ser vivo que se encontraba en la redonda. Cubrir nuestros oídos no sirvió en lo absoluto. Mi sombra había sido reducida a un manojo tembloroso que se ocultaba a mis pies. Ese grito fue de seres más poderosos que él. Podía sentir su miedo paralizante.

El Bentley apareció sólo para detenerse de forma abrupta a varios metros de nosotros. Y todo quedó en silencio

Lo siguiente que siento es que soy agarrado de mis extremidades y lanzado al suelo, con brusquedad. Dejándome inmovilizado y en la posición de un animal.

"¡ALASTOR!" Gritó Charlotte, aterrada.

Ella se abalanzó sobre mí, con la intención de tirar de los tentáculos, pero apenas tocarlo cayó hacia atrás, agarrándose la cabeza y apretando los ojos con fuerza.

"Otra vez son demasiadas voces…" Susurró, claramente abrumada.

No entendí a qué se refería. Pero intentó reponerse, sacudiendo su cabeza. Miguel Magne seguía en su lugar, de rodillas en el suelo, con los ojos antinaturalmente abierto.

"Charlotte, vete." Dije, con dificultad.

"¡No voy dejarte!" me rebatió.

"Ya no podré tener el grimorio…" Dijo, de pronto, Miguel, con voz ronca.

Entonces sacó mi cuchillo del bolsillo de su chaqueta, con movimientos, inusualmente lentos.

"Mi única opción era que Leblanc matara a Charlotte..." Decía Miguel, aún con estupor.

"QUEREMOS A LA CHICA." Ordenó la voz del hombre, con otras voces.

Miguel se espantó ante aquellas palabras.

"¡TENÍAMOS UN TRATO!" Rebatió, con pánico en sus palabras.

El hombre comenzó a agarrarse la cabeza, para luego lanzarse a la tierra y a darse cabezazos en el suelo.

"¡SALGAN DE MI!" Gritó, desesperado, con la frente sangrante y los ojos llenos de lágrimas.

Entonces, el hombre se puso en posición fetal para llorar. Abrazándose a si mismo y hundiendo las uñas en su chaqueta, con tanta fuerza, que estaba seguro que se estaba haciendo daño.

"Liberi." Dije, tirando de mis amarras. "¡Liberi!"

Pero nada pasó. Mi sombra no estaba en condiciones para pelear y yo estaba demasiado agotado. No quería aceptar que ese era mi fin. Aún había muchas cosas que hacer, canciones que cantar y buena comida que preparar. Y todo eso quería hacerlo con Charlotte.

En medio de mis divagaciones, Charlotte dio varios pasos frente a mí con el afán de protegerme. La perspectiva de saberla completamente indefensa me llenó de un sentimiento que no había experimentado con esa cruel intensidad: el miedo a perderla. Ella iba herida y sin experiencia a intentar enfrentar a su tío. Un ser que había dejado su humanidad atrás hace mucho tiempo atrás. Pero parándose firme y decidida, alimentada por la necesidad de justicia impartida por sus manos y de no abandonarme.

"Charlotte…" Dije, batallando inútilmente contra los agarres espectrales. "¿Qué crees que haces?"

"No lo sé." Me respondió, en voz baja.

"Por favor, vete de aquí. Pentious debe estar aturdido, pero aún puedes escapar con él en el auto."

"¿Tú me dejarías sola ahora, Alastor?" Dijo, de pronto, con seriedad.

Ella se giró un momento para mirarme y mi aliento se escapó de mi magullado cuerpo.

Habían pasado muchas cosas en todo ese tiempo desde que conocí a Charlotte una tarde de nieve. Desde tratos y negaciones, cenas y risas, tardes de libros y cocina, canciones y bailes. Compartir maravillosas e interesantes charlas, reírnos de lo mismo y acabar con mi soledad. Pero, sobre todo, había conocido el amor. Un amor desinteresado y sincero de una compañera con la que adoraba pasar mis días. Y sentí que había postergado mucho un paso importante.

Pero, para mi ventaja, la decisión siempre estuvo retenida en la punta de mi lengua.

Y, en ese momento, tenía mi respuesta más que lista.

"Sabes que no." Dije, rindiéndome. "Me atrevería a decir que te acompañaría hasta la muerte, cariño."

Su sonrisa fue como un rayo de sol.

"Yo también, Alastor." Dijo ella, con tranquila seguridad.

Entonces, comenzó a hacer mucho frio y nuestro aliento gélido se expandía como humo blanco en el aire. Y, al voltear, un niño había aparecido entre nosotros. Un niño desgarbado, de cabello rubio y con la mirada fija en Charlotte.

"Madame." Dijo, con seriedad en sus ojos inusualmente azules "Votre héritage est prêt."

Y, en un parpadeo, él y el frio, desaparecieron.

Ambos estábamos en completo estupor. ¿Qué había sido eso?

"¡NO!" Gritó, Miguel, sacándonos de nuestro estado de confusión. "¡NO! ¡NO! ¡NO!"

Elevó los brazos, como si estuviera elevando un peso increíblemente grande y el perro de sombras se materializó. Charlotte se puso en guardia, frente a mí, con el salero vacío aún en su mano.

"¡EL GRIMORIO TIENE DUEÑO!" Vociferaba Miguel enterrándose las uñas en sus mejillas.

No entendíamos a qué se refería. No sabía qué tipo de conclusiones había sacado. Pero, de lo que estábamos seguros, era que Miguel Magne había perdido completamente la cordura.

"¡YA NADA IMPORTA! ¡MÁTALOS A LOS DOS!"

El perro no se movió. Se quedó completamente inmóvil, mirando fijamente a Charlotte.

"¡DEVÓRALA!" Exclamó Miguel, enloquecido.

"¡CHARLOTTE!" Exclamé.

Me intenté poner de pie, sin éxito. En esas condiciones era completamente inútil. No podía permitir a Charlotte enfrentar sola a Miguel Magne.

Aunque me costara la última de mis fuerzas, debía poder levantarme.

"¡LIBERI! ¡LIBERI! ¡LIBERI!" Grité con todas mis fuerzas.

Sentí cómo el agarre de mis brazos se debilitaba, y comencé a tirar de ellos, intentando salir de su prisión.

Tenía que ayudar a Charlotte. No podía permitir que ella muriera en ese lugar.

No importaba el costo.

Entonces, alguien gritó. Una voz antigua, autoritaria que no podía desobedecer. La voz de alguien que debería estar enterrado hace muchos años, y que retumbó en cada fibra de mi ser como algo tangible. Era aterrador.

Esa voz retumbó en mi cabeza, como un golpe desde el interior de mi cráneo.

"¡SUFICIENTE, ALASTOR!"

Entonces, me desplomé con fuerza en la tierra y mi cara dio de costado en el suelo. El dolor del golpe fue inmediato y podía sentir las pequeñas piedras enterrándose en mi mejilla. Todo mi cuerpo se había paralizado. No tenía control de nada. Y sólo pude presenciar, impotente, cómo las fauces del gran perro de sombra de Miguel Magne se abrieron de manera descomunal y devoraron a Charlotte de un bocado.

Fue como si el tiempo se hubiese detenido.

Ni siquiera pude gritar. Mi cabeza estaba aturdida, sin acabar de entender lo que había pasado y por qué Charlotte, mi dulce Charlotte, ya no estaba frente a mis ojos. El miedo me remeció hasta la médula.

No podía ser. Ella se había ido en sólo un parpadeo. La había perdido de nuevo. Pero esta vez no había vuelta atrás.

Charlotte no estaba.

La desesperación comenzó a invadirme al intentar mover mis músculos inútiles y sentía cómo desgarraba mi corazón. Me sentía sofocado por la tormenta que sentía entre mis costillas, las lágrimas y mi voz atoradas en mi garganta.

De pronto, sentí cómo mi mente se separaba de mi cuerpo y algo me tiraba hasta la más profunda oscuridad. Me sentí flotando al borde de la conciencia con el corazón entumecido y la imagen de Charlotte desaparecida entre las sombras.

Charlotte.

Me dejé guiar y caí al abismo, queriendo deshacerme de esa tortura insoportable que me devoraba el pecho.

Todo lo que estaba a mi alrededor se desdibujó en retazos que se combinaban con la irrealidad. Ya no percibía el dolor en mi pierna, ni en ninguna de mis heridas de batalla. No escuchaba la lejana tos de Miguel Magne haciendo eco entre los árboles, ni la luz de los faroles del Bentley de Pentious que se aproximaban, ni el aroma a petricor en mi nariz. El mundo estaba cada vez más lejos.

Charlotte no estaba. Charlotte se había ido frente a mis narices. Ya no valía la pena continuar.

Y, de pronto, nada.