ACTO I
Gritos.
Gritos ensordecedores. Desgarradores. Llantos implorando ayuda. Insoportables.
Cubrí mis oídos de inmediato, presionando mis palmas. Esperaba mitigar el volumen, pero era inútil. No cesaban. Se mantenían fuertes y claras. Las oía dentro mi cabeza, sacudiendo mi pecho con el eco de sus súplicas. Llegaban a mí como oleajes en un vendaval. Los gritos pesaban. Eran densos, oscuros y remecían mis entrañas.
"¡AYUDENME!"
"¡NO!"
Era abrumador. Todos retumbaban dentro de mí. Sentía que me estaba ahogando entre la resonancia y la vibración de cada grito. Hacía mucho frío. Uno antinatural y que se clavaba en la piel de mis manos temblorosas. Di una trémula bocanada de aire. Pero tosí, profusamente, de inmediato. El gélido aire secó mi boca en el acto, y el escozor de mi garganta acentuaba el dolor. Aún la tenía bastante resentida por las manos de mi tío y de todo el humo que había inhalado en la casa en llamas.
Entonces, intenté abrir los ojos un poco para mirar a mi alrededor, pero no hubo ningún cambio. Tuve que parpadear varias veces para asegurarme que tenía los ojos abiertos. La oscuridad era absurdamente envolvente. Demasiado cargada. Parecía tangible. Vibraba.
Intenté ponerme de pie, apoyando mis antebrazos en el suelo. De inmediato, sentí que el cuerpo pesado. Continué agazapada en el suelo, como si tuviera un sin número de mantas frías y gruesas sobre mi espalda. Mis manos empuñadas percibieron que el suelo liso y helado era diferente a la tierra o al césped. Pero lo suficientemente suave como una alfombra de cuero curtido. Parecía palpitar. Como si estuviese vivo.
Elevando un poco la cabeza, intenté ubicar la casa en llamas de Alastor. Pero no estaba a la vista. Tampoco encontraba los focos del automóvil de Pentious, que debería haberse quedado estático, con su desmayado conductor. Con un chispazo de pavor floreciendo en mi pecho, noté que Alastor no estaba. La figura demacrada de mi tío había desaparecido del lugar. Con esfuerzo, miré hacia arriba, y ni siquiera distinguía el cielo nocturno de tímidas y parpadeantes estrellas, o la luna asomándose entre los nubarrones. Nada. Sólo la pesada y asfixiante oscuridad que se cernía sobre mí.
Los gritos seguían y seguían. Desesperados, agonizantes. Mi dolor de cabeza volvió a presentarse, más intenso que antes. Empeoraba con el incesante ruido. Y no ayudaba a intentar aclarar mis pasos previos. No tenía idea de dónde estaba o cómo había llegado ahí. ¿Habían pasado minutos? ¿Horas? ¿Días? Lo último que recordaba era haber sido devorada por la sombra de Miguel Magne, de un solo bocado y luego había despertado ahí.
Entonces, el pánico comenzó a subir desde mi estómago hasta asentarse en mi pecho como una pesada piedra. ¿Y si ya estaba muerta? ¿Acaso ese era el infierno? ¿Estaba condenada a escuchar los lamentos de las almas de los caídos, sofocando mis sentidos, por toda la eternidad, mientras era incapaz de ponerme de pie? ¿Era ese mi destino por haber muerto siendo la dueña del grimorio?
Crispé la cara y tragué duro. Sentí dolor nuevamente. Dolor. Entonces, un pequeño destello de esperanza se asentó en mi cabeza. No. No podía estar muerta. Aún podía sentir dolor. Moví mi lengua contra mi paladar y suspiré en un momentáneo alivio. El sabor a la sangre en mi boca y el olor a hierbas seguían siendo demasiado intensos. Aún debía tener mi cuerpo físico, al menos.
"¡AYUDA!"
Los gritos me sacaron de mi concentración. Eran terribles. Dolían. Todo indicaba que seguía viva, pero la situación en la que me encontraba era desesperante. No podía moverme, tenía las manos entumidas de frio, me dolía todo y no sabía dónde estaba. Me escocían en los ojos, por las agobiantes ganas de llorar de desesperación. Me mantuve a gatas, con la frente apegada al suelo y los ojos firmemente cerrados. No quería escuchar esos alaridos. Me sentía perdida.
"¡NO! ¡NO! NO! ¡SE LO RUEGO!"
"¡AAAAAH!"
Rechiné los dientes. Mis lágrimas querían salir a borbotones, de miedo, de impotencia. Pero necesitaba mantenerme unida. Tenía que mantener la mente clara. Apreté todavía más las palmas a mis oídos, enterrando mis uñas en mi cuero cabelludo. La herida en mi sien me palpitaba al tacto, recordándome que aún estaba ahí. Sentía cómo el sonido hacía vibrar cada parte de mí, cual diapasón, reaccionando a ese coro espectral.
Que se detengan. Que se detengan. Ya no griten. Me duele.
No sé cuánto tiempo estuve esa misma posición, deseando que pararan de gritar. Pero no hubo tregua. No cesaban. Una tras otra llegaba a mí. Voces diferentes. Agudas. Invasivas. No quería escuchar más esos llantos desesperados. No había nada que yo pudiera hacer por ellos. No podía hacer nada por mí.
Ni siquiera puedo verlas. No sé dónde están. ¡Están en todos lados!
Deseaba despertar de esa maldita pesadilla. Abrir los ojos y estar mirando el techo del hotel, donde nos habíamos quedado con Alastor la noche anterior. Quería volver en mis pasos y rehacer ese día por completo. No haber ido a buscar mi bolso al Mimzy's Palace. No salir a la calle hasta que Alastor fuese por mí, después de su trabajo. Y volver juntos a casa, bajo la protección de la noche, con su sombra como fiel escolta. Volviendo a compartir el mismo techo, esperando con ansias los días venideros, tocando el piano y cantando durante las tardes. Y sentirnos emocionados por los nuevos e interesantes caminos que podríamos recorrer juntos.
La tranquilidad, la esperanza y la seguridad que sentí esa misma mañana casi parecía que había sido el dulce y fugaz sueño de otra Charlotte. Una que brillaba y no estaba cubierta de sangre, dolor y sumergida en la oscuridad.
"¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!"
No sabía dónde estaba Alastor. No sabía qué sería de nosotros a partir de ese momento. Tenía claro que él estaba lo suficientemente herido y agotado, como para haber necesitado de mi intervención en la pelea. Tenía que levantarme. Tenía que ir a ayudarle. Pero me dio miedo su silencio. No podía verlo, pero tampoco oírle. ¿Dónde estaba él? ¿Dónde estaba todo el mundo?
La espantosa posibilidad de que Alastor pudiese haber muerto mientras yo me encontraba ahí, me retorcía el estómago. No. No. No. Esa ni siquiera podía ser una posibilidad. No había discusión. Él tenía que estar vivo. Él necesitaba esperar a que yo acudiera en su ayuda.
¡Pero, maldita sea, ni siquiera podía distinguir en dónde me encontraba!
Volví a abrir los ojos, en un vano intento de encontrar algo en la terrible penumbra que me rodeaba. Pero no podía ver ni la punta de mi nariz.
¿Dónde estás, Alastor?
La culpa me carcomía al pensar en él. En todo lo que Alastor había hecho y perdido por mi causa. Él me había salvado del secuestro orquestado por Miguel Magne y Katie Killjoy. Por mi culpa, Alastor había perdido su casa en medio del incendio, en un intento de eliminar a mi tío. Alastor había intentado que yo huyera con Pentious, procurando enfrentarse solo a Miguel. Se me apretaba en pecho en la angustia de haber involucrado al señor Pentious en todo ese asunto, indirectamente. En su valentía por intentar estar presente, había recibido un disparo por la espalda y quedado gravemente herido.
¿Quién eres tú?
El aire comenzaba a faltarme.
Todo era mi culpa. Por no ser suficiente. Por no ser lo bastante valiente, ni audaz. Por intentar ser algo que estaba fuera de mi alcance. Por tener fe en que las cosas mejorarían. Porque tuve que mentirme e inventarme a otra versión de mi misma, que sí podía hacer las cosas que la verdadera yo no podría, ni lograría estando sola. Procurando ser fuerte y vivaz. Sólo fingiendo ser otra podía avanzar. Porque Charlotte Magne nunca podría alcanzar sus metas por sus propios méritos.
"¿Qué estoy haciendo?" Dije, con voz quebrada. "Soy una gran mentira."
Eres una farsa.
"No sé quién soy." Exhalé finalmente, en un trémulo susurro. "Soy un desastre."
Hundí mis uñas en mis palmas, sintiendo cómo los ojos comenzaban a picarme y un sollozo, que había contenido por demasiado tiempo, se me escapaba por la garganta. Yo era completamente inútil. Un completo fracaso. Era una farsante. No era ni la mitad de fuerte y valiente que todos pensaban que era. Me había tenido que disfrazar de El Ange Blanc para poder hacerle frente al escenario, a mis problemas, como una pantomima que desviaba la atención de la persona que estaba detrás del personaje. Teniendo esa momentánea sensación de poder y seguridad que me invadía e invitaba a pelear contra lo que hiciera falta. Pero Charlotte Magne no era así. La persona detrás del personaje era muy diferente. Era mucho más frágil y sensible. Intentando de justificar su existencia, procurando ser servicial y útil. Y bajo la constante amenaza de acabar herida por querer demasiado rápido. Pero, sobre todo, lo bastante cobarde como para no tener las agallas, ni la fortaleza para enfrentarme a mi propio pasado. Al ser incapaz rechazar la vida que mis padres me otorgaron sacrificando su propio tiempo de vida. Nada malo le hubiese ocurrido a ninguno de los que habían tenido relación conmigo, si hubiese acabado yo misma con mis días.
Todos estarían mejor si nunca hubieses perjudicado sus vidas.
"Yo…" Susurré, sin poder continuar por el nudo en la garganta, y sin despegar mi frente del suelo.
Era verdad. Yo no debía estar ahí. Yo no pertenecía a ese lugar. No debería estar respirando.
Yo tenía una vida. Pero estaba maldita. Sujeta a fuerzas más allá de la comprensión humana. Lidiando con poderes que ninguna persona debería manejar. Cargando con una herencia que nunca pedí y que complicaba la existencia de aquellos que se acercaban demasiado a ese poder. Pero el hecho era que yo tendría que estar muerta. Esa cruel verdad que había intentado evitar reconocer. Mis huesos tendrían que haber estado descansando junto en la tumba con mi nombre en bronce, en el mausoleo Magne y esa era la verdad. Mi cuerpo había sucumbido a una enfermedad a muy temprana edad, en tierras extranjeras. Y todo lo que fue Charlotte Magne debió extinguirse ese día. Nada más dejando recuerdos de su efímero y feliz paso por este mundo. Así debió ser el curso natural de las cosas. Sin la mano de mis padres de por medio.
Así debió haber sido siempre.
¡No deberías estar viva!
"¡Yo no debería estar viva!" Grité, con la voz quebrada por la angustia y la rabia.
Mi corazón se contrajo y lloré. Lloré todo lo que tenía acumulado, todo lo que había reprimido, todo cuando intenté evitar demostrar. Mi fuerte llanto hacía coro con los gritos espectrales que vibraban a mi alrededor, uniéndose en un solo lamento. Yo estaba cansada, adolorida y perdida. Todo era sobrecogedor. Era demasiado. El peso de la verdad excedía a lo que podía soportar. De inmediato pensé en Alastor y en todo lo que me había contado el día en que hui de su casa. Sus palabras habían sido guardadas bajo siete llaves en mi cabeza, deseando que hubiesen sido sólo mentiras de su corazón lastimado. Aferrándome a la esperanza de haber sido invenciones malintencionadas, para refrenar mi intento de irme aquella fría noche. Huyendo tanto de él como de aquel relato tan doloroso. Pasando semanas de negación constante en casa de Vaggie. De evitar que esas palabras se ramificaran en preguntas cada vez más elaboradas, y mandando cada una de ellas a un lugar oscuro en mi cabeza. Para no pensar. Para intentar olvidar. E hice todo a la mano para seguir. Me había obsesionado con mi trabajo de cantante en el Mimzy's palace. Quedándome hasta horas inverosímiles en los ensayos. Repasando cada letra y paso de baile hasta el hartazgo. Sólo para terminar tan agotada que no me diera oportunidad de divagar en el momento en que tuviese la cabeza apoyada en la almohada. Ignorando al espectro insistente de los recuerdos que deseaban manifestarse en mi cabeza, y, así, no soñar. Quería creer que Alastor era un mentiroso.
Pero me rendí.
Luego de todo lo visto y lo vivido, tenía que aceptar la derrota. Era tan desgarrador de aceptar, pero la explicación que Alastor me había dado, le daba sentido a todas las desgracias que habían ocurrido, y que nadie se había dignado a darme un motivo coherente de mi propia historia.
Y la triste verdad era que yo debía haber muerto cuando era una niña. Y eso era todo. Nada de lo que estaba viviendo me pertenecía. Fingía una cotidianidad y la normalidad de los días como un fantasma tangible, sin un verdadero propósito, como una promesa vacía. Descolocada al deambular en un mundo al que ya no debería pertenecer. Y que no hacía más que complicar la existencia de aquellos con los que le tendían la mano.
Mi llanto no disminuyó. Sentía que mis lágrimas me quemaban en su paso por mis mejillas. Me arrepentía de no haber invocado a la muerte yo misma, como tantas veces pensé y no me atreví hacer durante mi adolescencia. Tuve tantas oportunidades como motivos cuando estaba encerrada en la casona Magne. Pero mi vínculo con la existencia, la música y mis ganas de vivir se sobreponía en último momento. Estuve más veces de las que admitiría con la mano temblorosa agarrando una hoja afilada de metal, apenas tocando la piel en mi muñeca, y arrepintiéndome. Porque aún tenía esperanza. Aún creía que mi vida podía ser un pasar agradable si podía encontrar mi propio ritmo de hacer las cosas. De tener la oportunidad de extender mis alas y demostrar quién era yo. Aún había mucho que deseaba experimentar en mi pasar por el loco mundo que aún era inexplorado para mí. Y la muerte siempre permaneció rencorosa por mi tendencia a rechazarla, por muy tentadora que fuera su invitación.
La figura de Alastor llegó a mi memoria, y en cómo su vida se había complicado desde el día en que me conoció. Todo para él hubiera sido muchísimo más simple de no haberme topado con él esa tarde de nieve, años atrás. De no haber estado presente yo, él se hubiera casado con Mimzy y, probablemente, su vida se hubiese arreglado financieramente y vivido tranquilo, saliendo airoso de la pobreza que arrasaba a la nación. Él nunca hubiera tenido la necesidad arriesgarse por los oscuros callejones de New Orleans en mi nombre. Tampoco de adoptar un alter ego que enmascaraba su doble vida y manchaba sus manos de la sangre de criminales. Y su casa seguiría estando en pie, intacta. Sus dulces memorias, aún intactas, en la fotografía enmarcada sobre la chimenea y en los vestidos de su madre, llenos de polvo, atesorados en un viejo baúl en una habitación sin dueña.
Y ahí estaba yo, al final del camino. Sin ser capaz de incorporarme y gimoteando patéticamente. Resignada al fin de mis días. Incapaz de sacar fuerzas para pelear. Todo lo que había hecho. Todos mis sueños. Todas mis metas. Todo lo que me había dado ánimos para seguir, se había esfumado en sólo unas pocas horas.
Entre los gritos, había algo. La pesada oscuridad parecía llamarme. Envolviéndome y susurrando mi nombre para que fuera con la muerte, quien seguía con la mano tendida frente a mí.
¿Ya era hora de mi inminente fin? ¿Aquí? ¿Así?
Después de unos lentos minutos, intenté controlar mis propios sollozos, pero quería llorar. Lo necesitaba. Tenía miedo. Estaba sola y amedrentada por aquellos horribles lamentos que me rodeaban. Podía sentir el roce del violento temblor de mis manos frotando mis lóbulos, en un inútil intento de acallarlos.
"¡NO ME HAS PAGADO PARA ES…!"
Pero los susurros entre esos gritos no se detenían. De alguna manera, lograban ser más potentes que aquellas voces suplicantes, porque parecían ser dedicados solo a mí.
Farsante. Farsante. Farsante.
¿Qué era todo eso? ¿Eran jugarretas de mi cansada mente? Deseé ser alguien que pudiera sobreponerse a todo eso. Quise ser el Ange blanc, nuevamente. Aquella mujer segura y con la fortaleza suficiente para ponerse de pie, sin importar el desafío que se le impusiera. Siempre digna. Siempre con la calma para pensar con claridad, aún en los momentos más difíciles.
Tú no deberías estar aquí. No perteneces a este lugar.
Necesitaba ser el Ange blanc. Sólo así podría salir de esa situación. Alguien que caminaba sin miedo. Necesitaba que me impregnara con su presencia y me diera la valentía con la que encaraba a la vida. Quería ser ella. Pero ella era inalcanzable para mí. Ella era alguien mejor que yo. Yo no podía ser ella. No podía ser como ella… ¿Era así? Ella… yo…
Tú no eres Charlotte Magne.
Charlotte Magne. La Charlotte Magne que murió. La original. Aquella niña que era sólo una mera anécdota en el tiempo en las vidas de quienes le conocieron. Esa Charlotte Magne nunca creció y se enamoró de Alastor. Esa Charlotte Magne nunca cantó bajo los reflectores en el escenario. Esa Charlotte era diferente a mí y al Ange blanc.
Eres una farsa.
Espera. No. Algo no estaba bien. No podía haber tres Charlotte. Sólo era un único cuerpo. ¿Cuál era el límite de lo que creía o no real? ¿Quién era el Ange blanc? ¿Quién era Charlotte Magne? ¿Quién era yo?
¿Cuál de todas las versiones era la verdadera Charlotte Magne?
Casi podía escuchar la sutil risa de Alastor en mi oído, y la claridad de sus ojos dándome una mirada indulgente. Esa que me dedicaba cuando él creía que yo estaba pensando demasiado las cosas.
"Sí." Dije con lentitud, con la voz ronca de tanto llorar. "No estoy llegando a ninguna respuesta así."
Suspiré e inhalé, tratando de regular mi respiración. Tenía que recuperar el orden de mi mente y no derrumbarme. Sentía los ojos hinchados y mis mejillas empapadas, y el dolor de mis heridas continuaba presente. Pero intenté aclarar mi cabeza y calmar mi corazón, así como lo hacía el Ange blanc antes de subir al escenario. Pensé en quienes me habían permitido estar ahí. Quienes me habían dado la oportunidad de seguir viva continuar y lograr mis metas. Una muestra de amor incondicional real. La que sólo unos padres podrían dar a ojos cerrados por su amada hija. Y también pensé en todos aquellos a quienes quería cuidar yo misma. Esas personas importantes que me importaban. Y, especialmente, aquel hombre con el que estaba dispuesta a compartir mis días.
En mi pecho revoloteó algo parecido al alivio y sonreí débilmente.
"Tal vez sea mucho más simple." Me dije.
Algo en mi cuello vibró. Y mi pecho se hinchó al sentir una clase especial de epifanía llegando a mí.
"Ya no soy una niña, pero todo lo que fui está en mi memoria." Me dije, en un tono cansino pero constante. "Recuerdo las veces que papá me enseñaba a leer en latín. Y mis clases de danza con mamá. Las veces que fuimos al circo y de viaje juntos, los cuentos antes de dormir y las noches en que Little Devil fue mi compañero en mi cama, hasta que terminó quemado en la chimenea."
Suspiré, asombrada de mis propias palabras. No quería perder ese camino. Sabía que estaba escarbando en algo prohibido. Pero no me detuve.
"El Ange blanc es una mujer hermosa y segura." Continué. "Una cantante que ama el escenario y brillar sin miedo. Es la que pudo hacerle frente al público y… fue la que habló con Alastor en el hotel."
Tragué saliva y crispé los ojos, tratando de no perder el hilo de mis ideas.
"Y lo que queda es la Charlotte de todos los días." Me dije, con un dejo de nostalgia. "La Charlotte que se despierta temprano, que ama bailar mientras cocina. Que tiene personas muy queridas que la cuidan. Tiene cicatrices en la espalda y un diario de vida donde anota sus días triviales. Y tiene un compañero idiota, brillante, dulce y excéntrico que eligió."
Cerré los ojos, sintiendo una inesperada oleada de paz recorrer mi cuerpo.
"Y Alastor también me eligió a mí." Dije. "Él eligió a todas esas versiones de mí. A la que fue traída a la vida en un sacrificio por amor. A la que puede bailar y cantar en un traje de lentejuelas y plumas. A la que hace reír con un chiste durante el desayuno un domingo por la mañana."
Inhalé y suspiré, sintiendo que ya no era tan difícil respirar. E, inesperadamente, una ligera sonrisa se curvó en mis labios.
"Tal vez deba dejar de intentar separarlas." Concluí, resignada. "Y nunca hubo otras."
Y la respuesta que busqué por semanas estuvo a mi alcance, finalmente.
"Y, sencillamente, yo soy Charlotte Magne."
Entonces, sentí que el peso en mi espalda disminuyó. El aire se hizo menos denso y el frío se retiraba. Abrí los ojos, extrañada, y lo vi: un hilo rojo brillante y ondeante, donde un extremo empezaba en mi cuello y el otro se perdía en la oscuridad. Se veía extremadamente frágil.
"¿Qué…?" Dije, con voz ronca.
Destapé uno de mis oídos para intentar tocarlo, pero de inmediato me arrepentí y la devolví a su lugar, para evitar los fuertes gritos que aún no paraban. Aquel hilo rojo se cortó. Se retorció como una sanguijuela y desapareció, apenas dejando una estela de polvo brillante que se perdió de vista.
¿Qué había sido eso? ¿Qué estaba pasando?
Volví a cerra los ojos, con fuerza. Necesitaba concentrarme. Aún con las lágrimas frescas entre mis pestañas y sintiendo el corazón palpitante, agolpado en mi garganta, sabía que tenía que mantenerme en calma. Pero precisaba silencio. No podía pensar en nada en esas condiciones. Yo quería que todo ese ruido se detuviera. Sin embargo, esas personas (o creía que eran personas) parecía que estaban pidiendo ayuda. Sin darme cuenta, sus voces, paulatinamente, se hacían más nítidas. Se repetían los mismos gritos una y otra vez. Incluso había pequeños intervalos de palabras que no eran bajos.
Tenía que ayudarles y dejarían de gritar. Algo las lastimaba. Algo las sometía.
Mi cuerpo estaba llegando al límite del inminente colapso. Me quejé en voz alta, sintiéndome sobrepasada por la situación. Cada músculo lo sentía adolorido. Ya no quería saber nada del mundo. Me sentía agotada, pequeña y rota. El dolor de mi herida, a la altura de mis costillas, lo resentía con cada pequeño movimiento. Y la sangre, ya seca, se había pegado la tela de mi vestido a mi piel. Era un completo desastre. Quería cerrar los ojos, y dormir y dormir. Escapar de la realidad, hasta que estuviese lista para darle cara.
"No me iré sola, maldito hijo de puta."
Todo a mi alrededor era un caos de chillidos y lamentos que no disminuían en ningún momento, nublando mis propios sentidos. Clamaban por ayuda una y otra vez. Pero no podía hacer nada por ellos. Que me perdonaran. Pero ni siquiera podía pensar con claridad. No era capaz de salvarme a mi misma en esas condiciones.
"Perdónenme." Repliqué con un hilo de voz.
Tomé una bocanada de aire y lo retuve, antes de soltar un suave gemido.
"Cállense, por favor." Supliqué, con voz ronca y temblorosa. "Me duele la cabeza."
Y, silencio.
Abrí los ojos poco a poco, sorprendida del repentino cambio en el ambiente. No podía creerlo. El inesperado silencio fue tan aterrador y sorpresivo, que se me erizaron los pelos de la nuca. Destapé mis oídos poco a poco, temiendo que los gritos volvieran de golpe. Pero esperé unos momentos, y nada. El silencio era tan espeluznante que podía escuchar el roce de la tela de mi ropa.
Haciendo un esfuerzo supremo, me incorporé con cuidad, sintiendo cada magulladura y el tirón de mis músculos cansados reclamándome. Logré quedar sentada en medio de la oscuridad. Tomé aire y exhalé para poder serenarme, y pasé mi antebrazo por mis ojos para secar mi cara. Tragué y troné los dedos. Una familiar y blanquecina esfera de luz se manifestó ante mí, haciendo que parpadeara varias veces por la falta de costumbre al brillo. Pero apenas logré sobreponerme, pude distinguir todo lo que me rodeaba. De pronto, todo comenzó a vibrar. La oscuridad se movía. Parecía estar retorciéndose de dolor. Tuve que contener un grito. Había hilos rojos y brillantes. Hilos gruesos, por montones, que se entrelazaban y enredaban por todo mi alrededor. Se extendían por sobre mi cabeza, hasta donde alcanzaba la vista, como una gran y caótica telaraña escarlata. Pero, más importante aún, eran las figuras agazapadas al suelo a mi alrededor. Eran personas. O, al menos, eso parecían. Todo su cuerpo no parecía real. Estaban desvestidos, raquítico, con su piel expuesta y se difuminaba como gas en los bordes. Pero sus ojos ya no eran humanos. Oh, sus ojos inyectados y carentes de pupila, miraban a un punto perdido en el espacio. Sus mejillas estaban llenas de lágrimas, y su expresión inconsolable te rompía el corazón. Algunos de ellos se veían mucho más consumidos que otros. Conté a veintiún de ellos a mi alrededor. Pero su rasgo más resaltante estaba en su cuello: tenían, lo que parecía, un reluciente y grueso collar rojo de perro. Cada collar estaba atado a un extremo de los hilos que formaban aquella intrincada red por todo el lugar. Y que, sin dudas, los apresaba.
Volvieron a hablar. Presurosos y en una voz tan suave como el viento gélido de enero.
"Ya no gritaremos, madame."
"Por favor, perdónenos, madame."
"Duele. Ayúdenos, madame."
Ya no eran gritos. Eran débiles murmullos cargados de miedo y apremio. Se veían completamente indefensos. La niebla residual de mi propio terror se había disipado, y mi atención se centró en ellos. Con sorpresa, noté que dos de esas figuras se me hacían aterradoramente familiares. Frente a mí se encontraba la figura flaca y demacrada de mi tía Magda. No la había visto en más de dos años, pero estaba segura que era ella. A su lado había un chico que se me hacía familiar de alguna parte y, cerrando el circulo, estaba la inconfundible Katie Killjoy. Aquel espectro tenía un agujero ensangrentado la frente y era la que parecía estar en mejor estado que todos los demás.
"¿Quiénes son todos ustedes?" Pregunté, con cautela.
Todos negaron con la cabeza, temerosos. Su nombre, su identidad, parecía impronunciable. Había miedo en sus rostros crispados. Dos de ellos comenzaron a sollozar sonoramente, mientras otro abrió los ojos significativamente en pánico.
"¿Qué pasó?" Dije, recobrando la noción de la urgencia. "¿Dónde estamos? ¿Cómo llegué aquí?"
Todos se removieron con inquietos en su lugar. Se miraban a todos lados, confundidos, como si nunca se hubieran dirigido a ellos directamente. Me mantuve expectante, esperando alguna respuesta clara, pero ninguno parecía atreverse a hablar de eso. Estaban tan aterrados que no eran capaces de hablar. Una chica joven y flaca se encorvó en el suelo, comenzando a balancearse de adelante hacia atrás, y la chica que tenía a su lado miró a los alrededores, exaltada, casi como en un delirio paranoico y cubriéndose la boca.
"¿Están atrapados aquí?" Intenté, más amablemente.
Hubo asentimientos lentos, otros vigorosos y un murmullo aterrado de síes.
Aún en mi condición, todas esas personas ahí, tan a merced de un peligro inminente y oculto me estaban solicitando ayuda. Al menos tenía que intentar socorrerlos.
"¿Cómo puedo ayudarlos?"
Y, simultáneamente, todos apuntaron con el dedo al collar rojo que tenían al cuello. Era escalofriante verlos a todos ahí, sentado en el suelo, desnudos y haciendo la misma señal con la mano. Ese collar brillante se unía en un hilo rojo y subía. Miré hacia arriba. La red que formaba le daba límites a ese lugar. Caí en cuenta de que ese sitio era mucho más pequeño de lo esperado. Sólo elevando el brazo y estirándome lo suficiente, sentía que podría alcanzar al techo.
"¿Esto los tiene atrapados?" Dije, inspeccionando el hilo, más de cerca.
"El impostor nos tiene cautivos, madame." Dijo, repentinamente, la figura de mi tía Magda.
Me volteé hacia ella. No sabía cómo sentirme al mirarla en ese estado tan vulnerable. Se veía tan sumamente reducida de lo que alguna vez fue. Los recuerdos de mi esquiva tía Magda, y mi trato con ella en mi tiempo en que estuve en la casona Magne, llegaron a mi mente. Ella siempre se mantuvo distante y demasiado ocupada en su propio mundo como para si quiera interesarse en lo que hiciera yo, e incluso no parecía tener interés en los asuntos de su marido. Tía Magda no era una gran conversadora. Hablándome para lo estrictamente necesario. Pasando horas y horas en silencio, mientras bordaba con ella, todos los martes y jueves por la tarde, los intrincados patrones de casitas con jardines de flores, y un cursi enunciado en la parte superior. Yo los detestaba. Porque sabía que ella me estaba vigilando. Ni siquiera esforzarse en disimular las miradas de sospecha que me lanzaba entre puntadas. Manteniendo la mandíbula apretada, y con una permanente y palpable distancia entre nosotras. Era la única figura femenina que tuve presente, sin contar a las maestras mayores que me instruían en mi educación. Fue la que me enseñó sobre qué debía hacer cuando un día, desesperada, acudí a ella cuando sangré por primera vez por la entrepierna. Ella se había congelado en el lugar, arrugando la frente en sincera confusión. Recobró la compostura y me acalló, indicando prudencia de que ese era el secreto de una mujer nadie debía saberlo. En especial mi tío. Ella era demasiado reservada de sus pasatiempos, manteniendo su perfil bajo y aristócrata, pero de vez en cuando un aire melancólico invadía sus ojos apagados. Y, sin embargo, ella conservaba un escandaloso secreto, que, hasta donde sabía, sólo yo había logrado descubrir: su biblioteca privada, que guardaba celosamente, en el cuarto escalón suelto de la escalera del tercer piso. Con títulos llamativos e indecorosos, que ni ella ni yo no teníamos permitido consumir como las damas de buena familia que debíamos ser. Pero ella nunca notó que yo tomaba libros de su colección, porque nunca cambiaron de lugar. Así, descubrí, por medio de esos relatos obscenos, lo que dos o más personas podían sentir con intensidad por medio de su cuerpo, más allá de la danza gentil de tiernas palabras. Descubrí el deseo por el tacto. Comencé a mirarme en el espejo de mi habitación con ropa interior, contemplando la fina curva de mis glúteos, preguntándome cómo se marcarían los besos en mi piel clara, rozando mis pezones con la yema de mis dedos, fascinada por el cosquilleo nuevo que me producía. Mi curiosidad por experimentar y tocar mis curvas acentuadas por los años aumentó con el correr del tiempo, y culminando en cartas a nadie. Escritos nocturnos, cargados de mis pensamientos más apasionados y quemándolas en la llama de la vela. Pero había noches donde mis gemidos de medianoche, acallados por la almohada, me entregaron sensaciones vibrantes al usar mis dedos de una manera nueva y pecaminosa. Aquellas novelas fueron mi única guía para intentar entender de lo que me estaba perdiendo del mundo. Y, sin notarlo, avivaban mis ganas de salir.
El deseo de ser libre y de desear vivir, me mantuvo viva.
Pero ahora que mi tía Magda estaba frente a mí, no parecía ser aquella orgullosa y remilgada mujer de hace años atrás. Esto era lo que quedaba de ella. Y, por mucho que ella no hubiera sido realmente cercana a mí, y su trato conmigo fuera tan distante durante toda mi vida, verla en ese estado me apretaba el corazón de congoja. Entonces me fije en que, a diferencia de Katie, quien tenía un agujero en la frente, o del chico que tenía un corte en el la garganta de lado a lado, el rostro de mi tía estaba de un tono azul y sus ojos estaban ligeramente hinchados.
Mojé mis labios, inquieta. Debía mantener la compostura.
"Necesito que me digas qué está pasando aquí, tía Magda." Dije, controlando el tono de mi voz al mirarla.
Ella pareció dudar un momento, justo antes de estirar su brazo y ofrecerme su pálida mano. Sus lágrimas caían sin parar, salpicando el suelo.
"Por favor, madame." Dijo, en un susurro cansado y suplicante. "Permítame enseñarle la verdad."
Tuve mis reservas por un momento. Pero barajando mis opciones, esa parecía ser la única opción que me quedaba. Finalmente, estiré la mano y toqué la punta de sus dedos.
Todo comenzó a aparecer en mi cabeza desde los ojos de Magda. Manteniéndose silente, con la oreja pegada a la puerta de roble del despacho de mi padre. Escuchando a hurtadillas las discusiones de los miembros de la familia Magne. La imagen avanzó hasta mirar por la pequeña rendija entre ambas puertas de roble.
Entonces, comencé a escuchar la voz preocupada de mi tía en mi cabeza.
"Tu padre y tu tío discutieron el día en que volvieron de la India. El día en que nos dimos cuenta de que habías llegado viva."
"¡¿QUÉ HICISTE, LUCIFER?!" gritaba Miguel, golpeando el escritorio.
"No he hecho nada de lo que me arrepienta, Miguel." Dijo la inconfundible e implacable voz de mi padre. "Todos los gastos que se hicieron para el funeral, me los entregas. Las flores puedes repartirlas al hospital más cercano."
Sentí mi corazón saltar de alegría y dolor al escucharle. Quería abrir la puerta y verlo. Llegar a él y abrazarle con todas mis fuerzas. Pero mis manos y piernas parecían no estar unidos a mí. No podía hacer nada más que mirar y escuchar lo que el espectro de Magda me estaba mostrando.
"¡NO CAMBIES EL TEMA!"
Miguel se pasó la mano por la cara, con brusquedad.
"¿Te das cuenta de que te condenaste a ti mismo?" Rebatía Miguel, con la potente indignación de su voz "Condenaste a Lilith. Y trajiste a… a… ¡a eso que estás llamando 'hija' y…!"
"Es Charlotte, Miguel." Interrumpió mi padre, con firmeza. "No voy a dejar que lo pongas en duda. Es Charlotte. Logramos evitar que se fuera. Está de vuelta y punto final."
"¿Te estás escuchando?" Dijo Miguel, casi horrorizado. "Luci, entiende que esto no es natural."
"¿Cuándo te ha preocupado ir en contra de lo natural?" Siseó mi padre, con frialdad.
Miguel lo miró con indignación.
"¡Ella debió morir, Lucifer!" Estalló Miguel "¡Así es el curso natural de las cosas!"
"¿De qué me estás hablando?" Dijo la voz encolerizada de papá iba en aumento. La silla rechinó cuando se puso de pie para encarar a su hermano. "¡Fue una enfermedad que contrajo allá! ¡No hay nada natural en una muerte repentina de una niña! Fue un descuido de nuestra parte por no cuidarla lo suficiente, y pudimos remediarlo. No volveremos a descuidarla así."
"Usaste el grimorio." Acusó Miguel.
"Pedimos ayuda al grimorio para traerla a casa, donde ella debe estar. No puedes señalarme porque ocupamos los recursos que tuvimos a la mano y pudimos doblar la mano del 'curso natural de las cosas'."
Tomó una pausa antes de continuar y enfrentar el rostro crispado de su gemelo.
"Sabíamos a lo que nos enfrentábamos, Miguel, y no dudamos un segundo en estar seguros de que estábamos dispuestos a sacrificarnos por ella."
Escuchar a mi amado padre defendiendo su postura al ofrecer su propio tiempo de vida por mí, me conmovió profundamente. Pero la culpa se fue expandiendo por mi pecho. Era verdad. Las palabras de Alastor (si es que quedaban dudas todavía), eran reales. El precio de mis padres por mi vida, pagado gustoso por amor.
"¿Qué no tuviste dudas?" Respondió Miguel, adolorido y exasperado. "¡¿QUÉ RESPUESTA DE MIERDA ES ESA?!"
"¡ES LA QUE TE DICE UN PADRE QUE AMA A SU HIJA!" Explotó mi padre, dando un golpe a algo y hubo un ruido de cristal estrellándose contra el suelo.
Entonces, comenzó a toser muy fuerte. Del tipo de tos sin tregua y sofocante, que sólo había escuchado de otra persona.
La imagen se acercó un poco más a la rendija de la puerta, y logré ver a parte de mi padre sentado y encorvado, sin parar de toser. Miguel estaba junto a él con una mano contenedora en el hombro de su hermano, ofreciéndole un pañuelo blanco. Mi padre lo tomó y, para mi horror, retiró el pañuelo ensangrentado de su boca. Tenía ganas de llorar. Ver a mi padre como si estuviera vivo en ese estado, disparó todas mis alarmas. Deseaba ir a auxiliarle. Arañar y patear esa puerta que me impedía llegar a él. Pero sólo podía observar, impotente, esa escena.
"Espera, Luci, iré por ayuda." Miguel dijo con seriedad, dando pasos hacia la puerta.
"E-espera…" Dijo mi padre, con apremio, sólo para seguir tosiendo un poco más.
"No te esfuerces, Luci." Dijo Miguel en tono monótono.
"No quiero que Lilith se entere." Dijo mi padre, lanzando el pañuelo ensangrentado al fuego de la chimenea.
Miguel observó a su hermano por unos momentos, antes de la botella de cristal con líquido ámbar y vertió el contenido en un vaso. Trozos de vidrio de un vaso roto en el piso, eran esparcidos en su lento deambular por la habitación.
"¿Un whisky?" Ofreció.
"Paso." Respondió mi padre, aclarándose la garganta. Puso una mano sobre su frente y se recargó en la mesa, con un semblante pálido. "Apenas pude disimular estos ataques de tos en el viaje."
Un cargado silencio se apoderó de la habitación, sólo interrumpidos por el crepitar del fuego y el suspiro pensativo de Miguel después de beber un trago.
"¿Me dijiste la verdad, hermano?" Dijo, de pronto, Miguel molesto. "¿Preferiste usar lo que te queda de tiempo de vida en tratar de revivir a tu hija?"
"La reviví, Miguel." Recalcó mi padre, molesto. "Es un hecho. Ella ahora está afuera jugando con el sabueso de Gilbert."
Miguel contempló su vaso con el ceño fruncido.
"¿Cómo le explicaste a tu abogado que, de pronto, la niña que murió apareció viva horas después?" Preguntó Miguel, escéptico.
Mi padre tamborileó en la superficie de su escritorio, sin mirarlo.
"Gilbert no necesitó demasiadas respuestas." Él respondió. "Le bastó con verla viva y sana para estar contento. Estaba de verdad afectado al enterarse de lo que pasó. Conoce a Charlotte desde siempre que Lilith estaba embarazada."
La tensión no disminuyó.
"Dijimos que encontraríamos una cura para los dos, Luci." Dijo Miguel, molesto. "Ahora que tendrás menos tiempo… ¿Si quiera sabes cuánto más podremos para seguir intentando mantenernos vivos a nosotros mismos? Los hechizos sólo tienen un resultado óptimo si el dueño del grimorio es quien hace el conjuro. Y, sin ti aquí, será imposible para mí."
"Ya sé."
"Tienes un enorme cuarto de trofeos, con docenas de animales que has sacrificado para mejorar nuestra salud. Pero aún así no es suficiente, y lo sabes."
"Ya sé." Repitió, mi padre, parándole en seco. "Pero tienes claro que soy solo uno. Las bestias con mejores resultados no están en este país. En India cacé un maldito tigre de Bengala para un sacrificio en nombre de nosotros dos. Pero con todo lo que ocurrió allá no pude hacer el hechizo, ni siquiera traje la piel para mandarlo a un buen taxidermista. El último dejó a mi búfalo visco y se le perdió un cuerno."
"Luci, te acompañaré a cazar un par de ciervos ahora mismo." Rebatió Miguel, con apremio. "Pero el viaje te ha debilitado. Tienes que estar bien por los dos."
"Y he cumplido en mantener tu salud al día, hermano."
"Entiende que eres el único dueño del grimorio." Miguel exclamó, elevando los brazos, dramáticamente. "A ti te enseñaron a usarlo. A ti te enseñaron a entenderlo. ¡Apenas sé lo básico de cómo usar esa cosa! ¡Deberías ser más responsable! ¡Si algo te pasa a mí también me pasa! Si ya vas a morir antes, ¿qué haré si ni siquiera soy el siguiente en heredarlo? ¡Y, aun así, arriesgaste demasiado!"
Mi padre se apretó el puente de la nariz, exasperado.
"No lo entiendes. Si tuvieras hijos…" Comenzó. Pero se detuvo. Miró a su hermano con cautela y cerró la boca. "Miguel, yo…"
"Pero no los tengo." Dijo Miguel, secamente. "Ya de por sí es difícil para los Magne tener hijos. Mucho menos para alguien como yo."
Ambos se mantuvieron en un extraño silencio durante unos momentos.
"Sabes que puedes seguir intentando." Dijo mi padre en tono más conciliador. "Aún eres joven y..."
"Deja de soñar, Luci." Interrumpió mi tío. "Eso no pasará. Papá murió. De nada sirve intentar presentarle un nieto."
Mi padre lo miró un momento, con seriedad.
"Magda tiene diecisiete hermanos." Le recordó mi padre, con una nota conciliadora. "Tiene buenos antecedentes familiares. Y Charlotte sería feliz, si tuviera un primo o dos con quienes jugar. Sólo hace falta que… Um… Si te esforzaras un poco..."
Miguel se pasó una mano por el cabello. Se recargó en el borde del escritorio y suspiró, frustrado.
"Por eso papá te eligió, Luci." Dijo, molesto. "Se aseguró que el más sano y 'normal' de sus hijos se quedara al mando de la finca y del grimorio. Al que sí le iba a dar un nieto y poder continuar con el legado familiar."
Mi padre lo miró con desaprobación.
"Yo nunca tuve oportunidad, cuando él supo quién era yo."
"No empieces con eso." Rebatió mi padre, con hastío. "Sabes que papá sólo quería lo mejor para nosotros."
"¡Él se avergonzaba de mí, Lucifer!" Gritó Miguel, girándose para mirarle. El dolor y resentimiento que aquel hombre sentía comenzaba a desbordarse. "¿Recuerdas cuando me humilló por ir a un local para caballeros cuando tenía diecisiete?"
"¿'Local para caballeros'?" La cara de confusión de mi padre rozaba en la indignación. "Fuiste a pedir servicios de un prostituto al barrio de rojo."
"Fuimos." Aclaró. "También pagaste por sexo esa noche con una muchachita bastante popular de la zona. ¿Acaso lo olvidaste, hermanito?"
Mi padre se quedó callado, mordiéndose la rabia.
"¿Olvidaste lo que pasó también ese día? El viejo se presentó y me sacó a rastras a la calle. Me golpeó con su bastón en el suelo, y me llamó 'marica' en frente de toda la gente que iba pasando. Mi reputación quedó destruida. ¡Hasta el día de hoy se habla de eso!"
Miguel lanzó una ligera y amarga risa. Apuró otro trago de whisky y se aclaró la garganta, con la mirada contemplativa en el vaso.
"Dices que nos amó por igual, ¿eh? Y aun así no fue capaz de usar el grimorio y conjurar el mismo hechizo que usaste tú, por 'amor' a nosotros."
Mi padre se quedó quieto y le observó con severidad.
"No puedes comparar las circunstancias, Miguel." Le reprendió. "Sabes que nos limitamos a animales y ya."
Miguel se giró y miró por la ventana al patio. Los gritos de una niña y un perro ladrando llegaron a mí.
"El uso del grimorio está prohibido a menos que haya una situación de vida o muerte." Dijo Miguel, entrecerrando los ojos. "Los conjuros están completamente restringidos a lo estrictamente necesario. Pero tu hija muere y usas el grimorio para revivirla, dando la mitad de tu vida por ella."
"Miguel…"
"¿Pero nuestro padre usó su propio tiempo de vida por nuestra salud?" Preguntó, un tono más alto. "Claro que no. Se limitó a usar perros callejeros, ovejas y conejos para mejorar un poco para aligerar un poco esta enfermedad y hacerla más llevadera. Lo que no entiendo es por qué siempre parecía que es mi salud la que no ha parado de decaer desde que somos jóvenes. ¿No hacía, acaso, el mismo número de sacrificios para ambos? ¿El efecto era diferente para el hijo que quería menos?"
"Miguel, tu salud siempre ha sido un poco más delicada que la mía." Trató de rebatir mi padre. "Aún con los sacrificios, tenías recaídas muy feas de niño. De eso no puedes culpar a papá."
"¿Y no merecía mejores sacrificios su hijo más débil?" Respondió Miguel con la frente arrugada con incredulidad y una mano en el pecho. "No es posible que no fuera capaz de amarrar a un oso en un poste y apretar un maldito gatillo, si tanto le costaba cazar a él en su estado decrépito."
Ambos se miraban con la tensión de años de rencor y dolor a cuestas. Mi papá jugueteó con una pluma, haciéndola girar entre sus dedos, distraídamente.
"¿Es porque somos dos personas?" Continuó Miguel. "¿Por eso no fue capaz de intentar usar la magia real del grimorio para salvarnos a ambos? ¿Es porque sólo con uno le bastaba?"
"Miguel, papá ya hacía bastantes sacrificios animales para mantenernos con vida." Puntualizó mi papá, con voz dura. "De no ser por eso, ambos no hubiésemos llegado a los quince años. Sabes que lo único que tiene mejores resultados está fuera de discusión. Y no puedes esperar que él se hubiese dedicado a matar personas para mantenernos a nosotros con vida." Terminó con una nota de indignación.
"¿Y cuál hubiera sido el impedimento?" Dijo Miguel, elevando los hombros. "Éramos sus hijos, maldita sea. Tú mismo dijiste que un padre haría lo que sea por sus hijos. Si ya no lo hizo, ni agotó todas las instancias posibles, era porque no nos apreciaba tanto como decía."
"Hizo sacrificios animales cada vez que podía." Recalcó mi padre. "Gracias a eso estamos aquí."
"Pero no fueron suficientes." Dijo Miguel, girándose y abriendo los brazos, exasperado. "El viejo se murió pensando que manteniéndonos con vida y dándonos un techo, ya estaba cumplido su deber. Lo único que quería era morirse para estar con mamá. Ya estaba cansado de lidiar con dos hijos enfermos."
"Sabes que él también padecía de lo mismo, hermano." Espetó mi padre. "Nadie mejor que él para entender por lo que pasábamos. Estoy seguro que hizo lo que pudo con las fuerzas que tenía."
Otro silencio. Ambos parecían hartos. Desconocía la cantidad de veces que ambos habían llegado a ese punto muerto en la conversación.
"Hermano, hay algo que necesito hablar contigo." Dijo Miguel, seriamente. "Con todo este asunto de la Gran guerra, han muerto muchas personas."
"¿Qué tiene que ver con todo esto?" Respondió su hermano, con recelo.
"Vamos, piénsalo. La gente está muriendo en todas partes. Las tumbas están a rebosar. Hay personas que perdieron sus piernas y están tiradas en las calles. Nadie las extrañaría. ¿No te parece un desperdicio no actuar habiendo una oportunidad tan buena y…?"
"¡NO!" Exclamó mi padre, señalándole con un dedo acusador. "No, Miguel. Ni siquiera lo pienses. No mataremos a nadie para nuestro beneficio."
"¡Esas personas ya están muertas!" Exclamó, Miguel, enojado. "¡Los horrores de la guerra los mataron por dentro! ¡Sólo… sólo requieren un tiro de gracia para acabar con su sufrimiento! ¡Les estaríamos haciendo un favor!"
"No, Miguel. No podemos convertirnos en asesinos para mejorar nuestra propia salud." Mi padre se pasó las manos por la cara y miró a su hermano, decepcionado. "Matar humanos está fuera de toda discusión. No es para eso que nos dejaron el grimorio."
"Te lo dejó todo a ti, querrás decir." Puntualizó Miguel.
Mi padre suspiró, hastiado.
"No empecemos con esto otra vez, Miguel."
"¡El viejo se murió y no fue capaz de dejarme nada!"
"¡Pero tú no estabas aquí!" Exclamó mi padre, con voz rasposa "¡Papá sabía que moriría pronto y le robaste! ¡Te escapaste a Francia! ¡Volviste casado y sin un centavo luego de dos años! ¡Nunca supimos nada de ti! ¡No puedes reclamar nada si no tuviste la dignidad de avisarnos que seguías vivo! ¡Papá murió de tristeza al saber que uno de sus hijos lo había despreciado y quizás estuviera muerto de hambre en algún callejón!"
Miguel lanzó un florero al suelo, haciéndolo añicos.
"¡El viejo no fue capaz de usar su propia vida para salvar la nuestra!" Siseó Miguel, con furia. "De haberle importado de verdad nuestro bienestar, no hubiese dudado en intercambiar su propia salud por la nuestra."
"Papá se esforzó cuanto pudo para mantenerse presente para nosotros y para mamá. Él tenía que mantener la finca para asegurar nuestro futuro como familia."
Miguel se alzó amenazante, a través del escritorio. Mi padre no retrocedió.
"No metas a mamá en esto." Dijo Miguel, apretando los dientes. "Ella fue la única persona decente en todo este maldito asunto. La única que, estoy seguro, hubiese dado su vida por nosotros si papá se lo hubiese propuesto."
"Estudié el maldito libro con él, al igual que tú cuando éramos jóvenes." Dijo mi padre. "Cada maldito hechizo era de uno por uno. Si papá hubiese podido, habría dado de su tiempo de vida por un único hijo. Pero al hacerlo por dos, lo habría matado. Así que se dedicó a hacer sacrificios animales para prolongar nuestra estúpida vida. Si se moría y dejaba todo en manos de mi madre, ella no hubiese sabido administrar este lugar, y menos nosotros. Trabajó como condenado para asegurarnos de que nada nos faltara y fuéramos lo suficientemente mayores para que nos hiciéramos cargo. No puedes decir que eso no fue un acto de amor."
"Lo único que logró no fue que viviéramos más, sino que no muriéramos pronto." Dijo Miguel, con una risa burlona. "Seguimos enfermos, Luci. No resolvió nada."
"Pero ahora el que cuida del grimorio soy yo, Miguel." Dijo, papá, en tono de amenaza. "Y si deseas darle uso, sabes que el testamento de nuestro padre estipula que yo soy el dueño actual. Y cualquier cosa que tengas en mente de hacer con el grimorio, no me interesa participar."
Miguel miró a su hermano con desagrado. Tomó lo que quedaba de su vaso de whisky y le dio la espalda a mi padre.
"Sabes lo que opino al respecto." Dijo, dirigiéndose a la puerta. "Los problemas de todos se hubieran solucionado si tú y yo no nos hubiésemos separado en el útero de mamá."
Se volteó hasta la puerta y se dispuso a salir.
"Además, eres el dueño del grimorio, sí. Pero, según lo que me has dicho, no falta mucho para que deje de ser así."
La imagen cambió.
"Con los años que le quedaban, tu padre se encargó de enseñarte a aprender latín, y tratando de inculcarte la compasión y buenas costumbres. Quería usar todo el tiempo a su favor para pasar educarte y consentirte. Pero había algo que a tu padre le preocupaba."
Unos palillos para tejer estaban frente a mí, tejiendo algo en lana roja. La imagen se desvió desde ahí, y subió hasta otra parte de la habitación de trofeos, sin dejar de tejer. Podía distinguir a mi padre sentado en el sofá grande, frente a la chimenea. Junto a él estaba una pequeña versión de mí, que no superaba los once años. Papá tenía el cuento de "Caperucita roja" en las manos y miraba a la pequeña Charlotte con cariño.
"Entonces, el lobo malo fue encontrado por el cazador en el bosque, y salvó a la caperucita de ser devorada." Decía papá, con voz dulce. "Y ella, muy contenta, logró sobrevivir y, junto al cazador, se tomaron de la mano y se fueron a un lugar seguro. Y ella vivió feliz para siempre. Fin."
Papá cerró el libro, dando un pequeño suspiro.
"¿Qué te pareció, manzanita?" Preguntó con una sonrisa.
"Que el lobo se lo merecía." Dijo la niña, con el ceño fruncido. "Merecía morir así."
Mi padre la miró, sorprendido, por un segundo, antes de recuperar su sonrisa.
"Oh, pero, ese no es el punto." Intentó explicar él "La caperucita no debió ir sola a un lugar tan apartado. Se encontró con el lobo, que estaba hambriento, y él no discriminó en quien se encontraría. Sólo quería comer."
"Entonces, ¿sólo intentó aprovecharse de una niña inocente para saciarse? Qué despreciable."
Mi padre se aclaró la garganta, visiblemente nervioso.
"Pues, uhm, el lobo es un animal, manzanita. No podemos esperar a que actúe por maldad."
"Pero puede hablar."
"En el cuento, sí."
"Y pudo vestirse como la abuelita de la caperucita. Entonces es inteligente y piensa."
"Es cierto, pero…"
"Entonces, no era un lobo normal. Debió ser un monstruo." Dijo ella, mirando la ilustración del libro. "Y ya está muerto, ¿verdad? El cazador hizo bien. El lobo se lo merecía por matar a la tierna abuelita y tratar de hacer lo mismo a una niña. Ya muerto no hará daño a nadie más con quien se tope."
La tranquilidad y la simpleza de mi propio sentido de justicia a esa edad me incomodó bastante. Y parece que a mi padre también, por su la consternación en su mirada.
"Ese no es el punto, tesoro." Trataba de rebatir mi padre, con una sonrisa tensa. "Ella está a salvo al final."
"Pero… ¿Y si hubiera más lobos?" Dijo ella angustiada. "¿Y si el cazador no hubiese estado ahí?"
"Manzanita." Dijo mi padre con la voz un tono más firme. "La cosa es que el cazador pudo salvarla de morir. Ahora ella debe vivir feliz y tranquila, como una buena niña."
"No lo creo. Hay más de un lobo en un bosque. Sé que viven en grupos y debe haber muchos más lobos malos que…"
"Pero sólo este era malo." Interrumpió mi padre, con una nota de severidad. "Sólo él quiso ser malo. No había más lobos malos en este cuento. Entonces, los demás lobos pueden ser buenos."
Ella bajo la cabeza, pensativa. Él se puso de pie y guardó el libro en el librero. Se giró, dándole a la pequeña Charlotte una sonrisa animada.
"¿Quieres ir a ver a los cachorritos del tío Gilbert? Quizás quieras adoptar uno y…"
"Papi." Dijo la joven Charlotte con seriedad. "¿Las personas pueden elegir ser malas o son malas desde siempre?"
Esa pregunta pareció descolocarlo. Se acercó a ella y se arrodilló para tomar su mano.
"Hija, no creo que sea algo de lo que debes preocuparte ahora." Dijo, incómodo, pero sin perder la sonrisa.
La pequeña Charlotte abrazó a Little Devil con fuerza.
"Quizás no me encuentre con lobos hambrientos. Pero sé que hay personas malas. Como las que le dispararon a tu amigo en la gran guerra, sin importarle que él tenía a su esposa que lo esperaba en casa. O los que lanzaron bombas y mataron a toda la familia de mi tía Magda, en Francia."
La imagen de mi tía Magda dio un respingo y volvió los ojos al tejido.
"Hay personas malas, sí." Escuché de mi padre. "Pero no siempre es su culpa ser así. A veces se vuelven malas por las experiencias que les tocó vivir y cómo lidian con ellas. Y esos ataques… la mayoría de las veces sólo seguían órdenes. No es que tuvieran algo personal en contra de ellos, o que fueran malas personas…"
"Si sigues las ordenes severas de alguien para matar a otra persona, ¿ya no es tu culpa?" Dijo la sincera y angustiada voz de mi yo del pasado. "¿Matar a otros porque te lo ordenan, no te hace malo? Y si es para salvar a otras personas, ¿es válido matar a alguien?"
"Manzanita…"
"¿Cuándo es justo llamar a alguien un asesino?"
La visión se aguó.
"No tienes que preocuparte por la muerte, mi amor." Le aseguró mi padre. "Te prometo que papá siempre estará ahí para cuidarte. Y, si llego a tener que salir de viaje en algún momento, Little Devil será mi representante, ¿sí?"
Los ojos de tía Magda se alzaron ligeramente a la escena. La pequeña Charlotte observó al su peluche en unos momentos de meditación, y luego sonrió satisfecha.
"Está bien, papi." Acordó ella.
"Esa es mi niña." Respondió él, sin lograr ocultar una expresión de alivio de su mirada.
Besó la frente de su hija con ternura.
"Te amo, tesoro. Ve a lavarte los dientes y a ponerte el pijama. Iré en unos momentos a darte las buenas noches."
El sonido de los infantiles y gráciles pasos de la niña se alejaron y cerraron la puerta de la sala tras de ella. La imagen se elevó un poco y me saltó el corazón al ver a papá, a través de los ojos empañados de tía Magda, mirándome directamente a los ojos, con una sincera preocupación en ellos.
"Magda, discúlpala, por favor." Dijo él, preocupado. "Ella es sólo una niña y…"
Tía Magda se puso de pie y pasó junto a él sin mirarlo. Salió por la puerta de la sala y se encontró con la imagen distante de su sobrina, caminando tranquilamente a su cuarto, cargando a su extraño peluche en forma de diablito.
Tus palabras me habían recordado mi miserable situación. Estaba atrapada en otro país, amarrada a un hombre que no me amaba y sin un hogar en el cual me recibirían. Tuve la necesidad de vengarme de ti. Porque eras una pequeña bestia feliz, para mí. Y la mejor forma que se me ocurrió fue destruir ese muñeco. Fue unos pocos meses después que me armé de valor para quemarlo en la chimenea.
La imagen cambió.
Estaba en una de la que era la habitación de tía Magda. Ella siempre tuvo sus aposentos separados de su marido, por orden de él. Miraba a Miguel caminar como león enjaulado de un lugar a otro, se refregaba los oídos con violencia.
"Mierda, me duelen hasta los oídos después de…" mascullaba.
"Cálmate, Miguel." Decía la voz de tía Magda.
"¿Cómo quieres que me calme?" Exclamaba, alterado. "¿No viste lo que pasó? ¡Esa niña…! ¡Esa cosa…! ¡Ya viste lo que hizo con sólo un berrinche!"
Se pasó las manos nerviosamente por la cara.
"¡Lo sé!" Gritaba tía Magda, con espanto, sin dejar de mirar a su marido "¡Todas cabezas de animales se cayeron con su llanto! ¡Pero sus ojos estaban…! ¡Y ese brillo…! ¡Oh, Dios! Hay algo muy mal con ella."
"No importa lo que diga mi hermano." Dijo el hombre con convicción. "Eso no es Charlotte."
Miguel se sentó en el pequeño sofá con flores de tía Magda, y juntando las manos, comenzó a mover el pie ansiosamente.
"Estoy seguro de que Luci se encargará de hacerle creer que no pasó. Y ese monstruo seguirá suelto, completamente libre."
La imagen se enfocó en un rosario, con una cruz de plata que estaba en el cuello de tía. Ella comenzó a rezar el padre nuestro en francés.
"No hace falta que hagas eso, Magda." Dijo Miguel, interrumpiéndola. "Si llegó al 'otro lado' y volvió, quizás vio al dios al que le estás rezando."
"Madre mía…" Exhaló Magda. "¿Es decir que ella pudo estar en presencia del todopoderoso o algo así? ¿Ella es una especie de santa?"
"No." Le cortó el hombre. "Ella, lo que sea que sea, debió morir hace muchos años. No merece ser venerada."
"Miguel…" La voz de tía Magda se escuchaba realmente afectada. "Me dijiste que mi cuñado y su esposa hicieron una especie de magia negra con su hija, y la revivieron… Pero una cosa es, creo, que una persona que murió sea también una persona cuando revive. Tal vez sea una persona, pero un poco especial y…"
Miguel se volteó a mirarla. La indignación y la ira en sus ojos, acalló en el acto a tía Magda. Se puso de pie de un salto, se acercó a ella con paso firme y la tomó de los hombros con fuerza. Ver el rostro de odio de mi tío tan cerca encendía mi instinto primario de retroceder, pero no podía hacer nada más que mirar.
"Magda, entiende." Decía, escupiendo saliva en el rostro de su esposa. "Ella no es una niña. Ella no es nuestra sobrina. No importa si después de revivida se convirtió en una elegida de dios, no importa si es el anticristo. Ella no debería estar entre las personas. Y no quiero pensar en lo que ese engendro se convertirá si se transforma en la siguiente dueña del grimorio."
Se acercó un poco más al rostro de mi tía Magda, con una nota de locura en su mirada.
"Escucha, Magda. Yo soy el hermano mayor. Yo debería ser el siguiente en el orden de los herederos antes de que ella pueda tenerlo. Sólo debo asegurarme de que mi hermano no esté ahí para llegar a mostrarle el libro. Yo sólo…"
"No puede ser…" Dijo la voz cautelosa y aterrada de mi tía. "¿De verdad piensas…?"
El agarre sobre sus hombros dobló la fuerza. Le estaba haciendo daño.
"Si quieres seguir viva, Magda, te recomiendo que no digas una sola palabra de esto a nadie." Le amenazó su esposo. "Ya lo había estado pensando desde hace tiempo, la verdad. Y creo que es el momento indicado. Además, se supone que su vida y la de su esposa será corta. Quizás sea mi destino el que deba cumplir con el fin de sus existencias, por el bien de todos. Sólo tengo que planearlo con mucho cuidado y nadie se dará cuenta. Y tú, como buena esposa, te vas a quedar callada, ¿entiendes?"
Tía Magda temblaba.
"Mi cuñado murió un poco más de un año después, en un accidente de auto que Miguel provocó. Y desde entonces tuve que seguir las ordenes de Miguel. Cuando nos casamos me aseguró que era el legítimo dueño de la finca de algodón en New Orleans. Que si nos casábamos sería una mujer muy acomodada y no tendría que preocuparme nunca de nada. Sólo tenía que darle un hijo, lo antes posible. Quería mostrarle un heredero a su padre. Mi familia estaba eufórica. Mis hermanas, muertas de envidia. Me sentí la mujer más poderosa y afortunada del mundo. La boda fue en una pequeña capilla y viajamos al nuevo continente apenas dos semanas después. Tuvimos encuentros íntimos fugaces e incómodos. Yo lo atribuía a su timidez e inexperiencia, y esperaba que las cosas avanzaran para bien.
Pero cuando llegamos a New Orleans, me di cuenta de que quien había heredado todo había sido mi cuñado. El padre de Miguel había muerto en su ausencia, y ya no necesitaba de un heredero ni una esposa para presentarle. Desinterés fue lo mínimo que sentí de él desde ese punto. Con la Gran guerra yo ya no tenía una vía de escape de ese hombre. Mi familia había muerto en un ataque de bomba y no tenía forma de volver a Francia.
Cuando quedó a cargo de la finca. Se dio cuenta que tu padre había dejado un testamento muy detallado que incluía tu herencia. El abogado de los Magne se encargó de que recibieras la educación que tu padre pidió para ti. Que estuvieras bien alimentada y vestida. Pero, sobre todo, debías permanecer viva y en perfecto estado de salud.
Si morías, todo el dinero y las propiedades se iba a la caridad en beneficio de las viudas por la Gran guerra y de los huérfanos por la gripe española. Y lo que llamaban "el grimorio" quedaría sin dueño.
Y si te casabas, heredarías todo.
En ambos casos Miguel y yo no salíamos beneficiados. Así que Miguel comenzó a usar el dinero de la finca sin medida. Gastando en la vida libre y en apuestas. Sabía, en el fondo, que su estilo de vida tenía una fecha de caducidad. Pero se encargó de retrasar lo que más pudo que encontraras a un pretendiente. Así que te mantuvo encerrada en la casona. Sólo te atendían señoras de edad, y las visitas de antiguas amistades estaban prohibidas. Toda carta que llegaba para ti, pasaba por manos de Miguel, y él se encargaba de quemarlas
Y, dado que no tenía más remedio que mantenerte bien para seguir usando el dinero a voluntad, me asignó vigilarte. Desde que lograste destruir todo en la habitación de trofeos en aquel ataque de ira, tuve mucho cuidado con no exaltarte de ningún modo. Sabía que había algo extraño en ti, pero nunca pude llegar a ver al demonio que tanto me prometían las palabras de Miguel. Día tras día te observaba con cuidado, esperando otro ataque de cólera como el que destruyó los trofeos de la sala. Pero eso nunca volvió a ocurrir.
Entonces, tiempo después, llegaste a mí, asustada y temblando como una hoja. Diciéndome que habías sangrado por primera vez. No sabías nada. Eras una jovencita que nunca había sido instruida debidamente sobre su crecimiento. Te vi tan indefensa, que comencé a dudar. Eras tan humana. Había algo tan trágico y melancólico en ti. Tan perdida y frágil como cualquiera otra persona. Eso generó un quiebre en mí. De inmediato te dije que eso debía mantenerse en secreto. Te indiqué qué debía hacerse para mantenerlo controlado y nunca hablar de eso con nadie.
Ese evento despertó en mí un nuevo temor. Eras cada vez más alta, más guapa. Te estabas transformando en una delicada y exuberante señorita. Brillabas e iluminabas por donde pasabas como un rayo de sol. Eras tan atrayente, y temí que tarde o temprano él se daría cuenta.
Por esa misma razón tomé una decisión. Me dediqué a aumentar el miedo en Miguel hacia ti. Le mentía sobre ti cada vez que me preguntaba si había visto algo raro. Así que le inventaba historias. Cosas como que podía ver tus colmillos mucho más afilados, y tus uñas crecer en momentos de exaltación. O que comenzaste a hablarme sobre sus intenciones de matarle. De querer entrar sigilosamente a su habitación, y apuñalarle mientras duerme, porque así estaba más indefenso. Y también que, continuamente, unas voces te decían que él debía morir pronto, porque representaba una amenaza. Porque escondía cosas que sólo tú sabías de él. Y funcionaba. Miguel casi nunca quiso acercarse a ti, a partir de entonces. Y su paranoia sobre ser vigilado y descubierto, lo mantenía en constante alerta.
Yo lo hacía para protegerme. Mentía para evitar algo peor.
Yo quería evitar, a toda costa, que a él se le pasara por la cabeza querer casarse contigo. No quería que se planteara la posibilidad. Porque él querría matarme y dejar el camino libre. Y estando contigo le daría mayor oportunidad de ser el dueño del grimorio, cuando enviudase por segunda vez.
Yo sabía que en ese tiempo en que estuvo lleno de vitalidad y salud, no había sido por el simple hecho de sentirse libre de usar los recursos económicos a su gusto. No. Yo estaba muy al tanto de las cosas horribles que hacía a la servidumbre. A las personas que hizo desaparecer por su propio beneficio. Las noches en que él llegaba con su rostro más saludable y jovial que esa misma mañana. Noches en que se quitaba su ropa ensangrentada y la quemaba en el fuego de la chimenea. Pero era mejor no mirar. No indagar. No discutir. Así se mantenía la calma en casa. Los policías que llegaban a investigar las desapariciones de personas dentro de la finca, se iban rápido. Sin hacer demasiadas preguntas y con los bolsillos más llenos que cuando llegaban. Los reclamos de los trabajadores no eran escuchados. Era un rumor de que en la finca de los Magne desaparecían personas. Sus cadáveres eran llevados a la morgue de la policía y archivados. Pero la fuerte sospecha en el nuevo cabeza de los Magne, se había instalado. Sólo alguien con poder podría encargarse de mantener a la ley alejada. Pero nunca pasó de murmullos sin evidencia, hasta que el número de asesinatos aumentaba considerablemente. Y los reclamos de los familiares comenzaron a hacer eco en la ciudad.
Pero Miguel lo tenía cubierto. Se encargó de financiar a una reportera novata y sin escrúpulos, llamada Katie Killjoy, para que escribiera columnas en un diario independiente. Ella mentía para lavar la imagen de Miguel. Gustosa ella escribía sobre donaciones generosas a instituciones benéficas en nombre de Miguel que nunca se hicieron, a cambio de una cuantiosa paga. También se encargaba de inventar alguna noticia sensacionalista al mismo tiempo en que se hicieran manifestaciones obreras por los desaparecidos en la finca Magne, a modo de cortina de humo para dispersar la atención de los lectores de la ciudad. Y funcionó bastante bien por varios años, hasta que cayó la bolsa y, con ello, todo lo que quedaba del dinero.
Lo perdimos todo.
El poco dinero que quedaba se perdió. Ya estábamos endeudados desde mucho antes y ya no teníamos el apoyo de ninguno de los antiguos colegas de negocios, que pudiera darnos una mano. Casi todos los empresarios que conocíamos escaparon a Europa. Y Miguel decidió que debíamos seguir su ejemplo. El día en que huimos a Francia, tuve miedo por ti. Porque Miguel se arrepintió de llevarte en el último momento. Ya sin el dinero de por medio, no le interesó mantenerte viva. Aún tenía la mitad del grimorio, y tenía a un monstruo que no le servía ni muerto ni vivo. Cuando fue acorralado por los trabajadores que querían cobrar venganza de él, Miguel los puso en trance. Les obligó a tomar a "ese engendro" en lugar de él. Que tú eras la maldita, que tú aceptarías todos los castigos en su nombre. No sé cuánto tiempo duró el trance, pero te llevaron sin preguntar. Tú gritaste por ayuda. Esperaba que hicieras algo para liberarte. Esperé el mismo ataque extraño y divino que te vi hacer una vez. Pero no ocurrió, y Miguel me llevó al barco rumbo a Francia.
Creí que no te volvería a ver.
Nos quedamos en casa de un primo mío, por un tiempo. Nos dio asilo un par de meses y luego de eso, fuimos de sitio en sitio hasta que el dinero comenzó a escasear. Además, la salud de Miguel empeoraba. Se había acostumbrado a la vitalidad que mantenía al recurrir a vidas humanas, y ya no tenía sirvientes de los cuales prescindir. No se comparaba a la poca energía obtenida de sacrificar pollos y conejos. Decaía más rápido de lo que sanaba. Él estaba desesperado. No quería morir. Y sabía que se le acabaría el tiempo a ese ritmo. Sabía que si fuese dueño del grimorio ya debería haber un mejor efecto en los pocos conjuros que había logrado descifrar, con mucho esfuerzo del latín. Y no entendía por qué era así, si ya estabas muerta. Debería ser él el siguiente en la lista de herederos. Porque él "no te asesinó", decía. "No incumplió con el testamento de Luci", decía. Lo que fuese de ti ya no era su problema. Si habías muerto por aquellos hombres o de frío, ya no contaba como su culpa. Así que, usando sus últimos ahorros, viajamos de vuelta hasta aquí en barco. Él quería encontrarte y yo era un manojo de nervios. No sabía qué hacer. Y Miguel estaba cada vez de peor salud. Pero, en medio del viaje, una noche él me despertó con una almohada en la cara. El desgraciado me asfixió hasta matarme. Y aparecí aquí. Cada uno de los que estamos aquí hemos muerto en sus manos. Y acatando cada orden de Miguel nos da, con gran agonía. Ya somos parte de su sombra, Charlotte. Somos todo lo que queda de lo que alguna vez fuimos. Consumidos en nuestra esencia a lo largo de los años.
Nunca pude evitar que Miguel te lastimara. Sólo logré que te causara más daño.
Y lo lamento tanto.
Pero cuando nos enfrentamos con el justiciero en aquel callejón, supimos, al oler tu sangre en su chaqueta, que había alguien que aguardaba magia más poderosa que la del amo. Alguien cuya sola esencia estaba cargada en unas gotas de sangre. Alguien podría romper la maldición que nos une a las sombras. Y el aroma de tu sangre nos confirma que eres tú.
Por eso te trajimos aquí.
Por favor, ayúdanos a escapar, Madame.
Parpadeé. Estaba de vuelta en ese oscuro lugar. No. La sombra de Miguel. Mi cabeza daba vueltas. Volver a ser consciente de donde estaba me desorientó. Miré a mi tía Magda, sentada en el suelo con sus brazos aún estirados y llorando, sin apartar los ojos de mi.
"Mis padres no están aquí, ¿verdad?" Dije con un hilo de voz.
Tía Magda negó silenciosamente.
Di una vuelta completa, observando, bajo la tenue luz de la esfera invocada, a cada uno de las almas capturadas. Todos mirándome con esperanza e impaciencia. Esperaban que hiciera algo por ellos.
Todos eran las víctimas de Miguel.
"Uhm… ¿Qué debería hacer?" Farfullé nerviosa.
Sus grandes expectativas en mí me estaban inquietando. No sabía qué hacer para liberarlos, o llegar a tener la fuerza suficiente. Aún estaba exhausta, adolorida y apenas erguida. Ellos tocaban mis pies, hambrientos y desconsolados.
"Por favor, Madame."
"Te lo pedimos, Madame."
"Libéranos, Madame."
"Eh…" Musité insegura. Medité unos momentos antes sentir mi cabeza iluminarse con una idea. "Tal vez pueda intentar el hechizo de liberación que usa Alastor del grimo..."
"¡MUÉVETE!" Retumbó en todo el lugar.
La voz colérica de mi tío se escuchaba en todas partes. El aire vibraba. El ambiente se había vuelto denso y pesado, como si estuviese cargado de algo poderoso y malintencionado. Las almas comenzaron a gritar de agonía y a retorcerse en el suelo. Arañaban, con sus decrépitas manos, el collar de perro que tenían puesto amarrado al cuello, en un inútil intento de arrancárselo. Los collares y los hilos resplandecieron en un brillante carmesí. Todas las almas comenzaron a retorcerse en el suelo, temblando con violencia. Los gritos volvieron a su volumen anterior y me cubrí los oídos.
"¿Qué pasa?" Dije, asustada al verlos en ese estado.
"¡¿ACASO YA NO CUMPLES CON MIS ÓRDENES?!" Gritaba Miguel furioso, aún más fuerte.
Los sonidos amortiguados de golpes hacían eco a mi alrededor. Intuí que Miguel estaba propinando golpes a la sombra desde afuera, exigiendo obediencia. Los hilos brillaban incesantes, iluminando de carmín a todos los que estábamos dentro de la sombra. Observé cómo todas las almas se estaban perdiendo la batalla al resistirse, mientras me miraban. Sus formas comenzaban a mutar. Rápidamente, su cuerpo pálido y demacrado comenzaba a tomar la apariencia de un animal cuadrúpedo, y su rostro se estaba estirando como un hocico.
"Por favor…" Susurró tía Magda, con el sufrimiento dibujado en su rostro.
No sabia que hacer. El poder de Miguel los estaba alejando de lo que les quedaba de humanidad. Si los liberaba en ese estado no sabía qué pasaría con sus almas.
"Yo…" Farfullé paralizada, al verme rodeada de perros grandes y furiosos.
"¡OBEDECE!" se escuchaba a Miguel.
Todo a mi alrededor vibraba. Caí al suelo de rodillas, incapaz de continuar de pie. Cubrí mis oídos y la esfera de luz que había convocado se esfumó, dejando sólo el reflejo de la luz roja sobre los canes furiosos, que comenzaban a caminar en círculos a mi alrededor. Sus ojos resplandecían, y sus gruñidos guturales, completamente salvajes, me indicaban que ya no era seguro liberarlos.
No sabía si arriesgarme a intentar liberarlos en ese estado. No sabía si antes también lo era.
Entonces, una imagen comenzó a formarse frente a mis ojos, como una proyección de cine en la oscuridad. Pasando de una visión borrosa hasta llegar a una mucho más clara.
"¡LEBLANC YA DEBE ESTAR MUERTO, INÚTIL!" Gritó Miguel "¡DEVÓRALO YA!" Ordenaron muchas voces.
En medio de la noche, e iluminado por las llamas de la casa, los ojos del perro de sombra de Miguel estaban mirando al cuerpo tirado e inerte de Alastor. Él estaba iluminado por el fuego incesante de su propia casa, desprotegido y sin su sonrisa.
Alastor.
Todo avanzó lentamente para mí. Los perros me rodeaban, con las ganas de devorar a la intrusa en sus dominios. A la que se les había ordenado devorar y habían tardado demasiado. Sentía mi respiración detenida en mi garganta. La imagen de Alastor había desmoronado mi último pilar de esperanza en el que sentía que podía apoyarme.
El cazador estaba herido. Una manada la rodeaba en la oscuridad. La chica iba a morir.
Pero ese no era el cuento de papá. Los animales salvajes estaban a punto de devorarme. Se habían vuelto malvados.
"Hay personas malas, sí." Me había dicho papá. "Pero no siempre es su culpa ser así. La mayoría de las veces sólo seguían órdenes. No es que fueran malos…"
No. Ellos no eran malos. Había alguien detrás de todo. Alguien que había elegido ser malvado por cuenta propia, y sucumbido a las prácticas más mezquinas en beneficio propio. Sólo era uno el que estaba dando la orden a todos los demás, obligándolos a hacer algo que ellos no querían. Ellos deseaban ser libres. Pero ya estaban atados por el cuello a la maldad de Miguel albergada en su sombra. Masacrados por su avaricia y su miedo. Consumidos y casi destruidos por quien se aprovechó de ellos por años. En vida y después de ella. Liberarlos de la magia de Miguel no sería suficiente para salvarlos.
Miré a las bestias por medio segundo, y sentí compasión por ellas. No era justo. Todos ellos habían tenido un futuro. Todos habían tenido sueños, esperanzas, miedos y alegrías. Todos fueron personas. Ellos no eran los culpables de todo lo que ocurría. No merecían ese estado por toparse con alguien que se odiaba por las circunstancias de su propia existencia.
Pobres criaturas.
No era justo. No era justo. NO ERA JUSTO.
Ellos estaban por saltar a atacarme, pero me sentí en paz. Una tranquilidad que se extendió por mi cuerpo.
Alastor. No puedo permitir que Miguel llegue a ti. No dejaré que su sombra siga haciendo más daño. Has pasado por tanto para cuidar de mí, mi amor.
Mi corazón dolió. Mis ojos dolieron. Y mi boca se abrió. Todo se detuvo. Ese momento, que duró menos que un parpadeo, fue silencioso y claro.
Algo olvidado, antiguo y dolorosamente puro se escapó por mis labios en un susurro que era tan potente como todas las voces del mundo al mismo tiempo, en cada idioma vivo o muerto. Tan sutil y estridente como el baile de las galaxias, reducido a una sola palabra. Maravillosa y terrible por partes iguales.
Entonces, lo dije.
De mi boca salió luz y de mi lengua caía oro líquido. Lágrimas de sangre recorrieron libres por mis mejillas, de mi nariz y mis orejas también. El viento a mi alrededor era tan fuerte como un huracán. No podía respirar, pero no importaba. Nada dolía en ese momento. El suelo temblaba por la potencia de aquella palabra que los oídos humanos no eran capaces de escuchar. La luz que se proyectó desde mi boca dispersó toda la oscuridad y los hilos rojos que me rodeaban, haciéndolos desaparecer en el acto. Los perros brillaron en luz dorada, y se convirtieron en lo que parecía ser un centenar de luciérnagas, que se perdieron en el firmamento. No sin antes escuchar suaves y felices agradecimientos en mis oídos, para luego irse para siempre.
Observé a Miguel, de pie, petrificado sin apartar los ojos de mí.
"No puede ser. Otra vez, Charlotte…" Dijo, aterrado. Pero sus palabras quedaron ahogadas.
"¡ALÉJENSE!" Ordené con toda la potencia vibrante de una voz que no me pertenecía.
La proyección de la sombra de Miguel que quedaba atada a mí, comenzó a desintegrarse en motas de luminosas que se extendieron hasta llegar a él. Y del cuerpo tembloroso de Miguel Magne escaparon no uno, ni dos, sino docenas de espíritus de diferentes formas y tamaños, completamente aterradas. Pero siendo atrapados por la magnitud de la potencia de un hechizo purificador tan magistral. El grito agónico de Miguel quedó opacado a un débil murmullo entre todas las voces.
Entonces el mundo volvió a tener sentido. Y todo quedó en silencio. Miguel cayó al piso, con los ojos perdidos en el vacío y con el ligero suspiro de su último aliento escapando de su boca.
Miguel Magne había muerto.
El tiempo y la realidad recobraron su cauce. Yo volvía estar sentada en el césped húmedo del exterior de la casa de Alastor, y el frío natural de febrero chocando a mis mejillas. La luz se fue y todo el dolor que se había desvanecido durante unos momentos, volvió con más fuerza. Solté todo el aliento que había contenido y comencé a toser con fuerza, agachada, mientras me cubría la boca. Parecía que iba a vomitar. Me sentía demasiado aturdida y mareada. Me giré por instinto y vi a Alastor tirado, a un par de metros de mí. Con las pocas fuerzas que me quedaban, me arrastré hacia él. Con el fuerte sabor del óxido de mi sangre en el paladar y cada parte de mi cuerpo gritando que me dejara de esforzarme. Por fin, logré llegar junto a Alastor. Acaricié su rostro con mi mano ensangrentada manchando su mejilla en el proceso. Él estaba muy frío.
"Despierta…" Musité, con voz quebrada. "Por favor…"
El sonido de las sirenas se hacía cada vez más fuerte. Me quedé muy quieta, donde estaba, con los ojos pegados al rostro apacible del hombre que amaba. El sonido de los autos frenando, las puertas abriéndose con brusquedad y los pasos apresurados hacia nosotros no me inmutaron en lo absoluto.
"¡Charlotte!" escuché a lo lejos el grito de una voz familiar "¡Alastor!"
Alguien se acercó a nosotros, con la respiración agitada y su sombra cubrió la luz de la casa quemándose. Apenas levanté la vista. Él tocó mi cabeza y me miró.
"Maldición. ¿Qué mierda pasó aquí?" Masculló Husk, visiblemente afectado. Se puso de pie y le gritó instrucciones a las personas que venían con él. "¡USTEDES! ¡TENEMOS HERIDOS AQUÍ! ¡TRAIGAN EL EQUIPO DE PRIMEROS AUXILIOS Y PREPAREN TODO PARA UN TRASLADO DE EMERGENCIA AL HOSPITAL MÁS CERCANO! ¡REVISEN EL BENTLEY! ¡VEAN SI HAY MÁS PERSONAS POR AQUÍ! ¡TENGAN CUIDADO DE NO CONTAMINAR NADA!"
Mis ojos ya no podían estar abiertos. Mis parpados cayeron y suspiré, dejándome arrastrar por el abismo.
"Charlotte, resiste."
"¿Sabes qué vi, papi?"
"¿Qué viste, manzanita?"
"Yo estaba en un lugar muy luminoso. Lleno de personas muy altas que expulsaban luz desde su pecho, y que formaban como alas en su espalda. Yo creo que eran ángeles, porque cuidaban un camino hacia otro lado. Era como un túnel de luz, pero no podía ver a través de él. Y me dieron la bienvenida, que debía continuar mi camino hacia adelante. Y escuchaba el mismo nombre una y otra vez. Ellos lo cantaban y yo me sentía mejor cada vez que lo escuchaba. Como si todo lo malo se fuera para siempre. Aún recuerdo ese nombre. Pero entonces… Apareció este niño. Era muy pálido. Me dijo que yo estaba muerta y que había ido a buscarme, porque tú y mamá querían que volviera. Tomé su mano y caminé en dirección contraria al túnel. Y desperté. Y vi que ustedes estaban ahí, llorando y felices de que yo estuviera bien. Fue muy extraño."
"Ya veo. Seguramente debió ser un sueño vívido."
"¿Un sueño vívido?"
"Si, uno que parece tan real que… fácilmente se confunde con la realidad. ¿Entiendes?"
"Creo que sí. Porque no creo que algo así pueda pasar de verdad."
"Manzanita…"
"¿Si, papi?"
"No le cuentes nada de esto a nadie nunca. ¿Está bien?"
"Está bien, papi."
Abrí los ojos con pereza. Un techo blanco me dio la bienvenida al mundo de los despiertos. El sonido de autos en la calle llegó a mí, a través de la ventana que tenía a mi derecha, y un ramo de narcisos amarillos en un mueble a mi lado. Lentamente, comencé a tener noción de mi propio cuerpo. Me sentía tan apaleada como si me hubiesen molido a golpes. Mi costado derecho me tiraba y una puntada en mi sien me hizo cerrar los ojos por reflejo. Intenté mover los dedos, y sólo intentar hacer un puño me dolía. Sentía partes de mi cuerpo apretadas con vendajes, y el fino cobertor blanco de la cama había sido reforzado por una elegante y mullida frazada verde oscuro con patrones de flores. Me quejé sonoramente al girar levemente la cabeza. Y, casi de inmediato, una silla se movió y unos tacones se aproximaron a mí con rapidez.
Una gentil mano de una amiga acarició mi cabeza.
"Rosie…" Dije débilmente, con la voz rasposa y sin fuerzas por la falta de uso.
"¡Charlotte! ¡Mi dulce niña!" Decía ella con voz afectuosa y emocionada. "¿Cómo te sientes? Por favor no te esfuerces demasiado. Tienes que recuperarte bien y guardar reposo."
Sus ojos estaban cubiertos con lágrimas y su sonrisa de alivio dejaba entrever la escasez de maquillaje en su rostro. Se veía mucho más desarreglada que de costumbre, pero sin perder la elegancia que la caracterizaba.
"Rosie…" Repetí, tratando de concentrarme. "¿Dónde estoy? ¿Qué… está pasando? ¿Y Alastor…?"
Su expresión se ensombreció, pero hizo todo lo posible para darme una sonrisa tranquilizadora.
"Estás en el hospital, mi linda." Respondió maternalmente, sin dejar de acariciar mi mejilla con el dorso de sus dedos. "Ya podré explicarte todo con más detalles, pero lo importante ahora es que descanses. ¿Quieres que te traiga un poco de agu…?"
"¿Dónde está Alastor?" Le interrumpí un poco más claro, con un chispazo de impaciencia. "Necesito saber dónde está."
"No te preocupes por nada." Sugirió ansiosa "Hablaré con la enfermera y le diré que ya despertaste…"
"Rosie." Dije lo más tajante que me permitió mi estado. "Necesito saber de Alastor."
Rosie me miró con miedo. Apartó su mano de mi mejilla y comenzó a retorcérselas, nerviosa. Una punzada de miedo me hormigueó el cuerpo.
"¿Rosie?" Musité, cautelosa.
Ella tomó aire y valor antes de comenzar a hablar.
"Charlotte, escucha. Han pasado cuatro días desde que la policía siguió una pista de tu secuestro."
Cuatro días. Me sentí mareada con sólo escucharlo. Era la primera vez que dormía tanto después de una vivencia fuerte.
"La policía los encontró a todos ustedes heridos e inconscientes, frente a la casa de Alastor en llamas." Siguió Rosie, en tono lúgubre. "Según supe, la dueña del Mimzy's Palace confesó que estaba involucrada en tu secuestro, y dio las indicaciones de dónde estabas. Encontraron su automóvil ahí como prueba. Pentious (que sólo Dios sabe cómo llegó ahí) también estaba en su auto, inconsciente. Y ahora está con un brazo roto en recuperación."
Hizo una pausa y me miró, soltando un suspiro.
"Y, también, encontraron a tu tío muerto."
Contuve el aliento. Miguel Magne realmente había muerto. Me lo estaban confirmando y no podía creerlo. Y, la verdad, no sabía cómo sentirme al respecto.
"A ustedes los trasladaron de urgencia hasta aquí." Continuó. "Hubo que hacerte una cirugía menor y una transfusión de sangre. Perdiste mucha. Por suerte pude donarte de la mía, al ser compatible. Pero los doctores no se explican cómo es que sangraste por… todas partes cuando te encontraron. Eso sigue siendo un enigma. Además, dicen que cicatrizas bastante rápido, y eso será una ventaja para una buena recuperación."
"¿Y Alastor…?" Dije, en un hilo de voz, por el miedo a la respuesta.
Rosie volvió a tomar aire y me miró a punto de quebrarse.
"Él… no ha despertado." Dijo abrumada, pero intentando mantener la compostura. "Él no tenía heridas más graves que tú, pero no muestra signos de despertar. Tampoco responde a estímulos. Y los médicos temen que puede ser que haya entrado a un coma profundo."
Se me cayó el alma a los pies.
"No. No puede ser." Dije, con voz quebrada. "Él debe despertar. Quiero ir a verlo. ¡Tengo que ir a verlo ahora...!"
Hice un gran esfuerzo para levantarme. Rosie me puso una mano en el hombro y me miró con severidad.
"Charlotte, escucha, por favor." Decía. "Tienes que mantener la calma. No puedes levantarte así. Tienes puntos en tu abdomen."
"Pero… Pero…" Quise discutir, comenzando a sentir la desesperación subiendo por mi pecho. "¿En qué sala está? ¿En qué estado se encuentra?"
"No lo sé." Dijo, con tristeza. "En todo este tiempo no he podido ir a verle."
"¿Por qué?" Dije, queriendo romper en llanto.
Rosie tomó mi mano más próxima a ella y la apretó. Me miró a los ojos con muchísimo pesar.
"Charlotte." Dijo Rosie, con voz temblorosa. "Alastor está bajo sospecha policial de ser El justiciero".
Perdón por la demora!
Esta es la primera mitad del capítulo final.
Era demasiado largo como para que quedara en una sola parte.
Espero que lo disfruten :D
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