ACTO II

Las horas pasaban lentas, pesadas, desesperantes. Sólo percatándome de la existencia del tiempo por el peso del sonido constante del reloj, y el pausado marchitar de los narcisos en el florero de la habitación del hospital. Cada segundo se clavaba como una espina más en mi pecho. Otro segundo desperdiciado. Otro segundo donde la esperanza se me escapaba.

El techo blanquecino y deslavado de la sala de recuperaciones me devolvía la mirada. Había recorrido cada relieve, mancha y bache, esperando encontrar alguna respuesta entre la madera vieja. Necesitaba, desesperadamente, una pista para poder salir adelante. Pero sólo podía estar inmóvil e impotente. Aquello que buscaba se escurría entre mis dedos. Tan imposible como atrapar un hilo negro en la oscuridad.

Y la verdad es que ya no sabía cómo avanzar desde ese punto. Todo se había vuelto incierto, difuso y espeluznante. Como si hubiesen removido las tablas del suelo de mi escenario y bajado el telón sin avisarme. Demasiado desconcertante. Demasiado aterrador.

Desde que desperté ya habían pasado dos días, y seis desde que Alastor no despertaba. Y esa realidad se había vuelto demasiado pesada para enfrentar. Los recuerdos de las caricias y los besos de Alastor, con promesas en nuestras miradas parecían tan lejanas.

Mi estado había sido casi exactamente el mismo desde que abrí los ojos en mi segundo día. Aturdida, con la mente flotando en algún lugar entre la irrealidad y las pesadillas. Mi apetito se había esfumado, tenía los ojos hinchados sin tener más lágrimas que llorar y sin poder decir apenas palabra. Manteniéndome en un estado al borde de lo catatónico.

Me sentía como un ave con las alas fracturadas por una fuerte caída, y el corazón irremediablemente roto.

Todo lo que había ocurrido durante el primer día en que desperté, se repetía en mi cabeza.

Rosie, al momento de despertar, debió ser la ingrata portadora de tan cruel verdad.

"Charlotte." Me había con voz temblorosa. "Alastor está bajo sospecha policial de ser El justiciero".

Había tantas preguntas.

"Sé que ya han interrogado al señor Pentious." Continuó. "Él es el único testigo de todo lo que pasó. Pero no sé qué le habrá dicho a los agentes."

Miguel Magne.

"Encontraron el cadáver de tu tío." Explicó ante mi rostro inquieto. "La prensa dice que tenía cortes de un cuchillo en el cuerpo. Pero que la policía dijo que el motivo real de su muerte fue que sus pulmones explotaron por dentro. Aún están investigando qué podría haber pasado, aunque asumen que una riña con Alastor pudo estar implicada. Él tenía su cuchillo ensangrentado en sus manos."

Ella se tomó una pausa.

"Y la casa… La casa de Alastor se quemó completamente." Exhaló con pesar.

No se salvó.

"Cuando los bomberos pudieron controlar el incendio, ya estaba casi completamente consumida. Dicen que tomó casi toda la noche, y atribuyen que todos los elementos inflamables que estaban en el sótano se encargaron de hacer que el fuego se propagara más rápido y fuera especialmente difícil de apagar. Pero encontraron el cadáver calcinado de Katie Killjoy en el sótano. La reconocieron por el diente que le faltaba."

"Pero…" Dije con la garganta apretada. "¿Por qué Alastor está bajo sospecha? ¿Por qué él?"

"Es una hipótesis que se planteó poco después de que todo esto pasara." Dijo con la preocupación cruda en sus ojos. "El justiciero dejó de actuar después de más de dos semanas sin detenerse. Se han contado más de dos docenas de víctimas en esos pocos días. Todos criminales prófugos o bajo sospecha fueron encontrados con la boca cocida. Y lo que vio la policía, al momento de ir a buscarte, fue a Alastor con un arma, a dos muertos en su casa, en un incendio que podría destruir cualquier evidencia y…"

"Sólo se dieron cuenta que, con Alastor aquí, El justiciero dejó de actuar…" Concluí, cerrando los ojos con fuerza.

Se me hundió el mundo. La ola de asesinatos de El justiciero había sido tan sonada y mediática, que su silencio repentino debió asombrar a todo el mundo. Había sido buscado intensamente por toda la fuerza policial y Alastor supo sortearlas con destreza. Y esta podría ser una suposición desesperada por la fuerza pública que cayera en un saco roto. Pero, esta vez, con dos asesinatos en las que Alastor parece involucrado directamente, encendían todas las alarmas y tenían un respaldo en el que basar una investigación.

Esto era un desastre.

También la prensa había hecho lo suyo durante esos días. Tom Trench no perdió el tiempo y se había encargado, personalmente, de intentar sacar una fotografía dentro del hospital, tanto de mí como de Alastor. Pero la policía que hacía guardia se lo impidió a él y al ejército de periodistas viciosos que anhelaban tener una exclusiva del peculiar suceso. Era una noticia enorme, que involucraba el secuestro de "El Ange blanc", la muerte del desaparecido líder de la extinta familia Magne, al dueño de un popular restaurant herido y la casa quemada de un conocido locutor radial, con el cadáver calcinado de una reportera de dudosa reputación en su interior. Ante esto, toda la ciudad se volvió loca.

De la noticia pasó a los rumores. De los rumores a las teorías. De las teorías a intentar averiguar cuál se aproximaba más a la realidad. Y todos los artículos malintencionados que salieron durante esos tormentosos días, se llenaron de sensacionalismo exagerado y sin corroboración exhaustiva, que sólo hizo volar, sin control, la imaginación de las personas.

Sin embargo, un curioso efecto se produjo en la comunidad a raíz de esto. Rosie me había contado que muchos de los que conocían el trabajo de Alastor por la radio se hicieron partidarios de su inocencia. Y los que sí creían que era él era "El justiciero" también lo defendían. Rosie también me contó que tuvo que quedarse a dormir en una incómoda silla durante las últimas dos noches, debido a que las constantes manifestaciones habían crecido. Personas que expresaban su apoyo a Alastor desde las diferentes aristas se reunían. Si era o no era el asesino de los criminales de New Orleans, daba igual. Alzaban la voz, unidos. Y desde que se supo que, posiblemente, hayan capturado al verdadero "El justiciero", una cantidad absurda de personas se mantuvo obstruyendo la entrada y más de un altercado se generó al impedir la ruta de funcionarios y pacientes al recinto. Los gritos y pancartas de respaldo por la vida y libertad de Alastor se intensificaba. La policía se encargó de dispersar a los manifestantes, y doblar la seguridad del hospital.

Y, hasta cierto punto, podía entender esa reacción:

Si Alastor no era "El justiciero", no se le podía apresar.

Y si, en efecto, él era "El justiciero", y había acabado con Miguel Magne, y muchos otros despreciados de la comunidad. La justicia de los sin voz había llegado gracias a él. Entonces era un héroe que no debía ser castigado.

Parecía ridículo pensarlo, pero a la gente no le importaba si era o no era el asesino de New Orleans. Mientras que las personas decentes pudieran vivir tranquilos, nada importaba.

Pero también hubo altercados entre los manifestantes que sí deseaban la ejecución de Alastor, sin pruebas y sin juicio. Habían atrapado al supuesto criminal buscado por más de un año. Muchos de ellos eran conservadores que pensaban que alguien tan peligroso suelto, independiente de la brújula moral que tuviera, era una amenaza para todo quien se cruzara con él. Familiares de las víctimas de "El justiciero", que alegaban por la inocencia de los asesinados, exigían a alguien a quien aborrecer y condenar. Sólo deseaban un culpable. Y varias disputas violentas se dieron no sólo en el frontis del hospital, sino en varios puntos de la ciudad por estas opiniones encontradas.

Todo se había vuelto un caos mientras estuve días dormida.

Rosie había sido un verdadero ángel conmigo. Estuvo sagradamente a mi lado desde el primer día, haciendo uso de las horas que correspondían a las visitas, y ayudando con mi aseo y vigilancia. La enfermera a cargo de mí se había familiarizado con ella, llamándola "la tía de Charlotte". Algo que Rosie ni siquiera se molestó en corregir.

Afortunadamente, la policía había permitido que ella fuera la única persona en contacto conmigo, exclusivamente y con restricciones, mientras no pudieran interrogarme. Yo era una testigo valiosa y debía ser atendida por un familiar, y Rosie era lo más cercano que tenía de uno en esos momentos. Ella me dio todo el espacio que pudo esa primera mañana despierta, para poder pensar en lo que me había contado. Se retiró a su casa, una vez terminó el horario de visitas. Estuve en un aturdimiento tal, que ni siquiera sentí cuando la enfermera vino a revisarme y a decirme algo que no recuerdo. Rosie volvió esa tarde, con un vestido diferente, el cabello húmedo y perfumado. También metió, de contrabando, unos pastelillos frescos en su bolso y un par de periódicos. Periódicos que yo no quise ni tocar.

"Ya estaba por irme a dormir la noche en que pasó todo esto." Me contó de pronto, con el rostro crispado de preocupación. "Un par de oficiales de policía llegaron a mi local, y me informaron que tú y Alastor estaban en el hospital. No sabía detalles. Apenas me vestí, y me trajeron y… Sólo te vi ensangrentada y golpeada en la cama. Inconsciente, con tu carita hinchada y…"

La voz se le quebró y cubrió su boca. Tomó unos momentos para recomponerse y continuó, luego de tragar.

"No podía creer que eras tú, Charlotte." Musitó apenas.

Dio un tembloroso suspiro y me miró.

"No sé cómo supieron que yo los conocía a ambos." Dijo. "Pero me dijeron que el encargado de la investigación les había pedido ir a buscarme. Y me imagino que alguien le dijo que yo era alguien de confianza para Alastor y para ti. Y siento que debería agradecerle cuando lo conozca. Estando aquí, al menos, no tengo que enterarme de todo por la prensa o de los chismes de mis clientes, sin saber si están o no diciéndome la verdad."

Suspiró otra vez.

"Y lo único que he podido hacer aquí ha ido cerrar la tienda y poder ayudarte en cuanto puedo." Musitó tomando mi mano. "Lamento no poder hacer más."

Me dolía en el pecho verla así. La elegante y aguerrida Rosie se disculpaba conmigo por no sentirse útil. Quería decirle tantas cosas. Que sólo sabiéndola conmigo ya me sentía mucho menos sola. Pero todas las palabras de gratitud se quedaban cortas. Sólo pude acariciar el dorso de su mano con mi pulgar.

Ella pareció apreciarlo porque apretó un poco más su agarre en mi mano.

"¿Sabe cómo está el señor Pentious?" Murmuré, después de unos momentos de silencio.

"Oh. Pentious estuvo haciendo de las suyas por aquí." Comentó, irguiéndose un poco. "Él está bien. Le dieron el alta al día siguiente. La bala le dio en la escápula. No perderá el brazo, tranquila, pero sí va a necesitar algunas sesiones de ejercicios para recuperarse bien. La enfermera que te atiende, también tuvo que verlo a él."

Se frotó la sien derecha con sus dedos y cerrando los ojos, como intentando reprimir un molesto recuerdo.

"Qué hombre más ruidoso. Él quería a toda costa venir a verte, pero las enfermeras no lo dejaron. No puede venir a visitar el aposento de una dama convaleciente cuando se le pegue la gana. De esa puerta no pasó. Me sorprendió que no despertaras con todo el escándalo que hizo."

En una situación completamente diferente, me habría reído de aquel arrebato de impaciencia de Rosie para con el señor Pentious. Con la increíble templanza y el fuerte autocontrol que Rosie solía proyectar, era difícil imaginarla frente a alguien que pudiera sacarla de sus casillas tan rápido.

Rosie se había encargado de mantenerme informada en cuanto podía. Incluso me había dicho que la policía se había puesto en contacto con el señor Gilbert Brown, el abogado de los Magne. Dada la reciente muerte de Miguel Magne, había que notificársele el deceso y todos los trámites legales que lo involucraban. Él no estaba en New Orleans en el momento en que todo pasó, así que apenas se enteró de lo que había ocurrido, se dispuso a volver cuanto antes.

Quería saber más cosas, pero ella también quería respuestas. No obstante, hubo que esperar el momento adecuado. El médico tratante fue a revisarme y a hacerme pruebas de motricidad. Flectó mis piernas y elevó mis brazos, mientras indicaba el nivel de dolor muscular que sentía. Me pidieron que respondiera preguntas básicas, para descartar secuelas por el golpe en mi cabeza. Y, también, me hicieron mover los dedos de las manos y los pies. El médico pareció satisfecho y se retiró. Después de que Rosie ayudara a la enfermera a lavarme, a cambiar las vendas de mi herida suturada en el abdomen y a acomodar las sábanas limpias, pudimos finalmente quedar a solas otra vez.

"Charlotte." Dijo muy tensa. "Necesito saber qué pasó."

No estaba lista para remover esa herida, todavía fresca, para mí. Pero tenía que contarlo. Sacar los fragmentos y darle forma.

Y le conté todo lo que había pasado. El encuentro en el hotel, el espectáculo de cierre, el altercado con Trench y cómo nos siguió y realizó una historia para su estúpido periódico, mi visita a casa de Vaggie y, posteriormente, ir al Mimzy's Palace por mi cartera y encontrarme con Mimzy y desde ese punto haber sido golpeada en la cabeza. Rosie parecía al borde del asiendo y me miró indignada.

"¿Fue esa mujer quien te golpeó?" Dijo con los dientes apretados de ira.

"No… Creo que no." Dije, forzando la memoria. "Según entendí, fue Katie."

Rosie miró al costado de mi cabeza con resentimiento. Tomó un par de respiraciones para serenarse.

"Continúa." Pidió.

Luego le conté todo cuanto recordaba del incidente en casa de Alastor. De cómo desperté en el sótano. De cómo Miguel Magne y Katie seguían ahí, y la forma en que me hicieron tener una visión del antiguo despacho de mi padre. En ese punto Rosie ya estaba escandalizada.

"¿Puedes…?" Dijo, asustada. "¿Es posible crear algo así?"

Con un sencillo asentimiento, continué mi relato. Era como un grifo abierto que no podría cerrar hasta que todo fluyera fuera de mí. Le conté de cómo casi me obligaron a destruirme a mi misma con la muñeca, de cómo Miguel Magne casi me ahorca y cómo Alastor me salvó a tiempo. El corazón se me contrajo al recordar ese abrazo. Él estuvo ahí para mí cuando más lo necesité.

Detuve mi relato unos momentos, antes de continuar. No. Aún no podía llorar. Tenía que soltarlo todo.

"Hubo una pelea." Dije lentamente, mirando a la nada. "Miguel Magne mató a Katie de un balazo. Alastor me arrojó fuera de la casa y él peleó contra Miguel. El señor Pentious me ayudó a volver a entrar. Ayudé a Alastor y pudimos salir. Entonces… Entonces…"

El incendio.

"¿Fue él?" Susurró Rosie, muy confundida. "¿Intentó matar a tu tío con el fuego?"

Todo se había ido en el fuego. Su fotografía, su pasado. Todo.

"Debió sentirse acorralado para llegar a hacer algo así." Dijo Rosie, pensativa.

"Aun así Miguel sobrevivió y salió de la casa." Susurré abriendo más los ojos. "Le disparó al señor Pentious e intentó atacarnos a Alastor y a mí, pero Alastor ya estaba agotado y… no alcanzamos a escapar. Entonces… Entonces…"

Mi voz comenzó a quebrarse y cerré los ojos con fuerza.

"¿Charlotte?" Preguntó Rosie, alarmada.

"Ha-había un niño." Tartamudeé perdiendo el aire, sintiendo cómo subía el llanto por mi garganta. "Me dijo que mi herencia estaba lista. Yo lo he visto antes. Estoy segura. No sé quién era, pero hacía tanto frío…"

Los recuerdos.

"E-ellos estaban ahí… en la sombra." Dije, comenzando a hiperventilar. "¡Miguel mató a tantos!"

"¡Charlotte!" Exclamó Rosie y me abrazó con fuerza.

"¡Rosie, Alastor estaba tendido en el suelo cuando salí del perro!" Grité, sintiendo que el pecho se me desgarraba. "¡¿POR QUÉ NO DESPIERTA?!"

Y lloré. Lloré a todo pulmón. Lloré y abracé a Rosie, temblando, con la poca fuerza de mis brazos y a pesar del dolor de mi cuerpo. Ella intentaba tranquilizarme acariciando mi cabello y yo salpicaba lágrimas en su pecho.

Sentí que la poca compostura que había mantenido se había derrumbado. Demasiadas preguntas sin respuesta. Con la impotencia de sentirme inútil, y sucumbiendo al peso de una realidad terrible: Alastor no despertaba. Alastor estaba en problemas y no podía hacer nada por él.

La enfermera vino poco tiempo después y ayudaron a Rosie a intentar calmarme. La enfermera indicó de debería tomarme un barbitúrico, pero Rosie se negó.

"¡Sólo déjela sacar lo que tiene en el pecho!" Le gritó a la enfermera, por sobre mis gritos.

"¡Pero está espantando a los demás pacientes!" Le reclamaba a Rosie.

"¡Entonces que se tapen los oídos!" Objetó Rosie, en tono mandón.

Rosie me abrazó con más fuerza.

"Tranquila, linda." Me decía, con firmeza. "No estás sola. Llora todo lo que necesites."

La enfermera se retiró al ver que sobraba en la habitación poco después. Y yo lloré hasta que sentía que la garganta iba a sangrarme. Pasó bastante tiempo antes de que yo pudiera calmarme.

Me negué a probar bocado y me mantuve casi inmóvil por el resto de la tarde.

Rosie procuró mantener mi moral en alto. Pero hasta para ella era difícil conservar el tono optimista a medida que pasaban las horas y las opciones eran pocas. Porque nada parecía tener una solución viable. Alastor era el único sospechoso del asesinato de docenas de personas.

Y, esa primera noche despierta, tuve oportunidad de comenzar a digerir, poco a poco, cuanto había ocurrido en mi ausencia, y mirar a los hechos de frente.

Alastor no despertaba.

¿Por qué no despertaba?

Rosie miraba a través de las persianas hacia el exterior del hospital.

"Aún hay personas haciendo guardia en la entrada." Había dicho, preocupada. "Ya han pasado cinco días, por amor de Dios."

Dio un suspiro de frustración.

"Aunque la verdad no me extraña todo esto. La policía seguirá con esta farsa, lamentablemente. Sin las declaraciones del único sospechoso, la gente sólo sacará conclusiones sin toda la información. La policía quiere dar la falsa sensación a la comunidad de que tienen al sujeto que ha sido más listo que ellos por un año entero. Y la prensa no ayuda. La única ventaja es que no tienen forma de comprobar la veracidad de todo lo que ha pasado."

La sombra de la preocupación surcó sus ojos.

"Aunque no sé si Pentious les habrá dicho algo que yo no sé."

Tocaron a la puerta, y una enfermera con cara redonda entró a la habitación.

"Buenas noches." Dijo con amabilidad. "Vengo a retirar la bandeja de comida."

La enfermera observó la charola metálica intacta, con la cena que me negué a probar.

"Tiene que comer, señorita Charlotte." Dijo con un tono severo. "Así no podrá recobrar el peso que ha perdido en todos los días que estuvo dormida."

"Mañana será un mejor día." Le aseguró Rosie, sin mucho énfasis.

"¿Se queda usted con ella, señorita?"

"Sí."

"Puede dormir en la silla por esta noche." Le dijo la funcionaria. "Es el fin de mi turno, pero a las siete de la mañana vendrá un reemplazo con el desayuno. Les dejaré indicado que traigan algo para usted también."

"Gracias."

"Buenas noches." Se despidió la enfermera y cerró la puerta.

Rosie suspiró, rompiendo el silencio.

"No hay nada peor que la comida de hospital, ¿verdad?"

Se paseó por la diminuta habitación y acomodó el florero un poco a la derecha con aire pensativo.

"Es bueno tener algo de privacidad." Había dicho Rosie, esbozando una sonrisa a medias. "Con todos los intrusos molestando, al menos tuvieron la decencia de darte un cuarto privado, ¿verdad?"

No le respondí. Pero tenía razón en eso.

De haber estado en una sala de recuperaciones con más personas, hubiese sido realmente incómodo tanto para ellas como para mí. Para empezar, la escandalosa noticia de que "El Ange blanc" estaba herida y hospitalizada, provocó que la insulsa avalancha de regalos y flores que había llegado de parte de mis admiradores comenzara a molestar en el pasillo. Las enfermeras no querían meter los presentes a la habitación, porque apenas había espacio para la cama, un mueble y un par de sillas. Rosie había donado (en mi nombre) la insulsa cantidad de arreglos florales a la sección de maternidad. Pero sí se habían encargado de recolectar una montaña considerable de cartas y apilarlas a un lado de mi cama. Rosie tomó atención a esas cartas por primera vez desde que había llegado y leyó los nombres de los remitentes.

"William McDougall. Él me compró un traje a medida hace un par de meses. Este otro es el hijo del lechero, hay una del dueño de la tienda de sombreros Magnussen y… ¿Donatien Frencois? Dios, ese es un pez con una reputación muy extraña, linda."

Abrió una de las cartas y comenzó a leerla en voz alta. Dio énfasis en los párrafos más cursis de los "idiotas enamorados".

"Querida Ange Blanc; mi corazón se hundió de congoja al saber que tu angelical presencia había sido profanada por un desalmado." Decía Rosie en tono exageradamente dramático. "Tus alas estarán marchitas, pero… ¿Qué? ¿No me importa que tu rostro esté golpeado, mientras tus axilas estén intactas? Ugh. Este tiene un problema."

Lanzó una risa forzada que no pude acompañar. Leyó un par más donde uno pregonaba su amor por mí, y esperaba que nos conociéramos para que juntos cuidáramos a su abuela. Y otro más, de un hombre viudo que esperaba que fuera la madre de los cinco hijos varones que planeaba tener, y mantenerlos con su salario de farmacéutico.

Su claro intento de intentar distraerme de mis propios pensamientos fue poco efectivo. Al ver mi poco interés, se desanimó rápidamente y arrojó las cartas, a patadas, debajo de la cama.

Desde el término de mi arranque de llanto e histeria, me había quedado quieta y en silencio. Nada más que el susurro de mi espiración y el aletear de mis párpados, confirmaba que seguía con vida.

"Te vendría bien dormir un poco, Charlotte." Dijo Rosie finalmente, y poniéndose de pie para apagar el interruptor de la luz. "Lo bueno es que has cicatrizado bien. Aunque tardarás unos días más en cerrar la herida que tienes a un lado, según la enfermera. Con un poco de ingenio, podré hacer que tus trajes cubran esa cicatriz."

La luz del pasillo se filtraba por la parte baja de la puerta, y la tenue iluminación del exterior me permitió ver a Rosie. El aroma antiséptico era nauseabundo.

"Sé que has dormido varios días, pero todo lo que has escuchado hoy debió dejar tu mente agotada." Repuso, con pesar. "Fue demasiado. Deberías descansar por hoy."

Sí. Era demasiado. Todo dolía. Pensar dolía. Y mi propio corazón era una pesada roca en mi pecho. Quería que creer que era una pesadilla. Quería que Alastor estuviera ahí, con su inconfundible sonrisa, tomando mi mano y no en un sueño profundo que lo separaba de la realidad. No había forma de llegar a él. Y ni siquiera se me permitiría verlo.

Alastor no estaba. Pronto no estaría de ninguna forma. Pronto su vida se escaparía, y yo no podía hacer nada.

Cada plegaria en mí se repetía en un ciclo doloroso y punzante que se acumulaba en mi corazón. Prometiendo cambios, buenas acciones, pedazos de uno mismo si se concedía aquella anhelada segunda oportunidad.

"¿Por qué…?" Susurré, con la voz quebrada.

Rosie se apresuró a acercarse a mí.

"¿Qué es, querida?" Preguntó, ansiosa.

"¿Por qué…? ¿Por qué él no despierta…?" Concluí, sintiendo las lágrimas picándome los ojos.

Rosie se sentó junto a mí.

"No lo sé." Dijo, derrotada. "Los doctores no saben qué pasó exactamente, así que sólo pueden especular. Pero creen que debió ser algo en su cabeza. Únicamente él sabría cómo responder a eso."

Me masajeó los ojos con los dedos, frustrada.

"Ese idiota siempre termina preocupándonos, ¿no es verdad?"

No dije nada. Mis lágrimas humedecían mi visión. Rosie lanzó un largo suspiro. Encendió la lamparita de la mesita de noche, tomó su bolso de mano y rebuscó en él.

"Tengo…" Dudó. "Es decir, Alastor tiene algo para ti." Concluyó, encontrando lo que buscaba.

Sin más, ella tomó mi mano y deslizó algo por mi dedo anular izquierdo. Observé la preciosa argolla, elevando mi mano iluminada con un mínimo destello. Miré a Rosie. Su suave sonrisa era opacada por la melancolía de sus ojos.

"Alastor me pidió que lo encargara para ti." Susurró con solemnidad. "Dijo que yo tendría el buen gusto para esta labor tan importante. Además, él estaba seguro que me había dado a la tarea de tomar las medidas de la circunferencia de tus dedos… Y no se equivocó. Siempre supe que me serían de utilidad para cuando, finalmente, ese idiota fuera lo suficientemente valiente como para pedirte ser su compañera de vida. Aunque tardó un poco más de lo que creía."

Suspiró con resignación.

"Fue el mismo día del secuestro en que él me llamó. Dijo que confiaba en mi buen gusto y me pidió que eligiera una hermosa sortija para ti. Una que te hiciera justicia. Yo estaba tan feliz por ustedes que cerré mi tienda y fui a la mejor joyería que conozco. Y no me concentré en elegir sólo una bonita. Oh, no. Pedí una que combinara perfectamente contigo y todo tu guardarropa."

Jugó con el pliegue de su manga.

"Fui a recogerlo ayer." Con la voz aguada, peleando por mantener la calma. "Se suponía que él iba a dártelo y proponértelo como sólo un hombre tan ridículo como él sabe hacerlo, pero… Dadas las circunstancias… Pensé que debías tenerlo en caso de... En caso de que las cosas no salgan… bien."

Se secó los ojos con su pañuelo. No podía salir de mi estupor.

"Por favor, Charlotte." Me suplicó Rosie en voz baja. "Eres una mujer extraordinaria. Haz hecho cosas fantásticas… incluso imposibles para la gran mayoría. Sé que es difícil pedirte que conserves la fe en estos momentos, pero es lo único que puede ayudarnos a enfrentar esto."

No pude responder. Sólo me quedé observando los finos bordes de la sortija de plata, con pequeños relieves de flores hechos a mano en toda la circunferencia.

Era un anillo de compromiso. Un anillo de Alastor. Algo tan simple que decía tanto de él. En esa sortija estaba el corazón de Alastor y las esperanzas de Rosie. Y era precioso.

Me quedé observando el anillo hasta que caí en un intranquilo sueño, oscilando entre la realidad y pesadillas llenas de sombras y susurros sin sentido.

Aquel anillo podría haberlo considerado como una especie de señal. Algo que la vida me entregaba para que no apagara el pequeño faro de esperanza en la tormenta. Y me aferré a ella con todas mis fuerzas.

Fue en el amanecer que recibí una sorpresa. Había estado despierta desde muy temprano. Vi a Rosie sentada en la silla y con los brazos y cabeza acomodados a los pies de mi cama. Y, con lentitud y para no despertarla, me había cubierto hasta la cabeza con las delgadas sábanas. Desde niña, siempre me había sentido segura bajo las sábanas. Se me hacía sentir protegida de los monstruos cuando era niña. Podía ver las siluetas a través de la tela a medida que la habitación se iluminaba con la mañana, con bastante nitidez.

Escuché que golpeaban la puerta y fingí dormir. Rosie despertó de un golpe. Se quejó sonoramente, y se recompuso el cabello como pudo. Refunfuñando, se puso de pie para abrir.

"Buenos días, señorita Rosie." Dijo la voz amable de una enfermera.

"He tenido días mejores." Exhaló Rosie con pesar. "Deberían cambiar esa silla por algo más cómodo."

"He traído el desayuno para Charlotte." La enfermera respondió, ignorando su queja. "Y le traje el café que me pide para usted."

"Charlotte aún duerme." Repuso Rosie con cansancio en su voz, y ahogando un bostezo. "¿Tienen que tener un horario tan estricto para traer la comida?"

"Es el reglamento." Dijo la enfermera con voz más seria, ubicando la charola en mi mesita de noche. "Los pacientes deben alimentarse bien para poder recuperarse. Aunque a la señorita Charlotte parece irle bastante bien."

"Un par de golpes no iban a detenerla." Dijo con una nota de orgullo.

"Sé que es precipitado, señorita Rosie, pero hay unos caballeros que solicitan hablar con la señorita Charlotte."

"¿Caballeros?" Se indignó Rosie.

"Sí. Verá…"

"¿Sabes qué hora es?" Interrumpió Rosie, comenzando a elevar la voz.

"Lo sé, pero…"

"He pasado muy mala noche, me duele la espalda y estoy en unas fachas horribles. Debería ser ilegal tener visitas tan temprano. Y, por favor, no me digas que son de los terribles fans de Charlotte, porque creí que el hospital se había encargado de que ninguno entrara."

"No, señorita, es…"

La puerta se abrió y vi a una silueta alta borrosa entrar.

"¡Buenos días!" Escuché a la alegre voz del señor Pentious. "He traído beignes para desayunar."

Y una bolsa de papel resonó al posarse en la bandeja del desayuno.

"¿Señor Pentious?" Dijo Rosie, escandalizada.

"¡Señorita Rosie!" Exclamó Pentious con alegre cordialidad, estrechando la mano de Rosie con su mano buena. "¡Qué pequeño es el mundo! ¿Usted se ha quedado cuidando de Charlotte todos estos días? ¡Oh, qué bendición para esta chica!"

"Sí, pero…"

"Oh, no debí haberme preocupado por esto entonces." Dijo él, de buena gana. "Estuvo en las mejores manos todo este tiempo. No por nada dejo mi sombrero para repararse a su exclusivo cuidado."

"Como veo que se conocen, me retiro. Con su permiso." Dijo la enfermera y salió de la habitación, a paso rápido.

"¡Espere…!" Protestó Rosie, pero la enfermera ya se había marchado.

Rosie suspiró de exasperación.

"¿Cómo está Charlotte?" Dijo Pentious con preocupación, pero sin atreverse a acercarse a mi cama. "¿Pasó buena noche? No creí que pudiera dormir después de varios días sin despertar. Me dijeron ayer por la tarde que ella había abierto los ojos, así que aproveché la primera hora de visita vespertina."

"¿Qué ha…?" Intentó decir Rosie.

"¿Quiere un beigné?" le interrumpió Pentious, amable como siempre. "Recién salidos del horno. Quedarán perfectos con el café. ¿De verdad toma eso en las mañanas?"

Rosie carraspeó con fuerza.

"Señor Pentious, ¿qué hace usted aquí?" Exigió ella, cortante.

"Oh, vine a que me cambiaran las vendas del brazo." Contestó Pentious con simpleza. "Y aproveché de traerle algo de mi restaurant a Charlotte. Estos son la especialidad de mi restaurante. Creo que es mejor opción que la terrible comida del hospital, ugh. Un buen desayuno ayuda a reponer energías para enfrentar un mal día."

"¿En serio le permitieron una visita a los aposentos de una dama antes de las ocho de la mañana?" Dijo ella, incrédula.

"Tomó un par de sobornos con cenas gratis a los guardias de turno." Dijo él, de buena gana. "Pero, sí."

Rosie soltó un suspiro de hastío por la nariz.

"Sabrá que es una imprudencia bastante grande llegar sin avisar." Objetó Rosie.

"¡Oh! ¡Por eso traje los beignes! No hay peor educación que llegar de visita sin traer algo para comer. Además…"

La voz de Pentious bajó, repentinamente aplastada por la preocupación.

"He estado muy preocupado por ella estos días, después de todo lo que pasó. Y necesito hacerle algunas preguntas a Charlotte."

Rosie tomó aire para decir algo, pero luego suspiró.

"Podría, al menos, haber esperado a que ella estuviera despierta." Le debatió Rosie, ya sin ánimos de discutir.

"No podía dejar pasar un momento más." Dijo Pentious con vehemencia. "Necesito saber muchas cosas, señorita Rosie. Esa noche sigue siendo muy confusa en mi cabeza y no estoy seguro de lo que vi. Pero sé que Charlotte podría explicarme qué pasó en la casa de Alastor y por qué Miguel Magne la tenía secuestrada."

Aún sin verla bien, sabía que Rosie estaba preocupada. Pentious sabía demasiado de aquel suceso. Él se había arriesgado al estar presente, sin saber realmente en lo que estuvo envuelto. Él no tenía todas las piezas, pero era un hombre inteligente y no se tragaría una simple excusa para darle sentido a todo eso.

"Lo que sea que haya pasado, no creo que sea el momento ni el lugar para aclarar sus dudas, señor Pentious." Dijo Rosie, irguiéndose. "Charlotte está dormida. O no lo estará dentro de poco con todo este ruido."

Rosie me dio una rápida mirada a la cara, en forma severa. ¿Sabría ella que estaba despierta?

Pentious se quedó callado unos momentos, mirando su brazo vendado, para luego mirar a Rosie.

"¿Acaso usted sabe algo?" Dijo Pentious, muy lentamente.

"¿Q-qué quiere decir?" Farfulló Rosie, a la defensiva.

"Sé que usted es amiga de Alastor también. Él siempre anda con abrigos de su local. Debe saber alguna cosa de lo que… bueno… Tal vez me considere un loco si le contara lo que creo que pasó esa noche. Podría pasarla como una gran y loca alucinación. Pero el disparo en mi brazo me dice que fue bastante real."

Rosie tomó aire antes de contestar.

"Yo no estuve ahí." Dijo ella, lentamente. "Y lo que Charlotte me alcanzó a contar, tampoco tiene mucho sentido para mí."

Rosie frotó sus manos, ansiosamente.

"Sólo hay que darle tiempo, señor Pentious. Charlotte pasó por algo realmente terrible también. Apenas ayer se enteró de la condición en la que está Alastor y eso la dejó muy mal. Intentar pedirle explicaciones en estos momentos sería muy doloroso y agotador para ella."

Pentious suspiró. Lentamente, sacó un beigné con una servilleta de la bolsa.

"La verdad es que lo que me da miedo es pensar en haber juzgado mal a Alastor y a Charlotte." Dijo él con pesar. "Si, quizás, ellos no son lo que creía que eran. Usted los conoce lo suficiente, ¿verdad? Puedo confiar en que usted ya lo sabía."

"¿A qué se refiere?" Dijo Rosie, a la defensiva.

"Alastor… Él me dijo que Charlotte es la hija de Apple Daddy." Murmuró Pentious, con tristeza.

Mi corazón se apretó un poco.

"Sí." Admitió Rosie. "Ya lo sabía. La primera vez que Alastor la llevó a mi local, después de que Miguel Magne la dejara aquí en New Orleans, en ese mismo instante la reconocí. Ya había crecido algunos centímetros desde la última vez que le tomé medidas para un vestido. Pero esos ojitos cafés eran inconfundibles."

"La verdad me siento un verdadero idiota al no haberlo notado cuando la vi." Dijo Pentious, apenado. "Le perdí la pista hace muchos años. Además, se cortó el cabello. Para mí cabeza, Charlotte siempre había tenido el cabello por debajo de la cintura. ¿Cómo iba a saber que estaba frente a ella?"

"No sea tan duro con usted mismo." Le dijo Rosie. "Aún si no la reconoció, ella no quería que usted lo supiera. Quizás pensaría en decírselo un día. Pero ella ha estado pasando por muchas cosas."

El señor Pentious suspiró, pesadamente.

"Eso es cierto." Le respondió él. "Sólo viendo lo que su tío fue capaz de intentar hacerle, no me extraña ella haya querido mantener un perfil bajo y que Alastor la haya mantenido a salvo. Pero, aún no me explico cómo es que está con él desde el principio. Aunque me alegra que así haya sido. Parece que cuidó bien de ella."

"Creo que fue al revés." Le contradijo Rosie.

El señor Pentious se rio ligeramente, pero pronto volvió a la seriedad

"Aún no me puedo creer que alguna vez pensé que los terribles rumores acerca de Miguel Magne fueran reales." Dijo él, en tono sombrío. "Él mismo lo confesó esa noche. Él provocó el accidente de Lucifer y Lilith."

Tuve que usar todo mi autocontrol para evitar emitir un sonido. El doloroso recuerdo de mi tío gritando con orgullo sobre ser el autor de ese terrible suceso me quemó en el pecho.

"¿Se lo dijo a la policía?" Quiso indagar Rosie.

"Oh sí." Le aseguró él. "Me encargué de que quedara claro quién había sido la victima aquí."

Él gimió con frustración.

"Si tan solo Charlotte me hubiese dicho todo lo que él le hizo antes, le habría creído a ella. Podría haberle ayudado. ¡Podría haberle avisado cuando Miguel Magne dijo que vendría otra vez y evitar todo esto!"

"Señor Pentious, sé que no soy la persona indicada para proporcionarle las respuestas que quiere." Dijo Rosie, con determinación. "Y, si le soy sincera, tampoco entiendo lo que está pasando y quizás no pueda llegar a comprenderlo en su totalidad. Pero comparto su preocupación por ellos."

Rosie suspiró y la vi abrazarse a si misma.

"Y aunque yo no sea de mucha ayuda, sé que Charlotte me necesita aquí." Continuó. "Y estoy segura de que aprecia lo que ha hecho por ella. Ella requiere todo el apoyo que podamos darle en estos momentos."

"Pero, ¿cómo saber que si hice bien o no en involucrarme en todo esto?" Dijo Pentious con sinceridad. "¿Cómo puedo confiar en lo que lo que vi esa noche fue algo extraordinario, o un invento absurdo de mi cabeza, o… o…"

Rosie tomó el beigné de la mano del señor Pentious y pude escuchar la sonrisa en su voz.

"Señor Pentious, sé que está confundido ahora mismo. Pero sé que, aunque usted no entienda lo que pasó o lo que vio esa noche, estoy convencida de que usted sigue confiando en ellos. Usted sabrá las razones por las cuales los ayudó. Y se lo agradezco de corazón. De no haber estado usted ahí, estoy segura de que Alastor no hubiera podido salvar a Charlotte a tiempo esa noche."

Pentious la miró, expectante.

"Alastor y Charlotte también son muy queridos para mí, señor Pentious." Dijo ella, con nostalgia. "A ambos conozco desde que son unos chiquillos."

"Oh, sí." Aceptó el señor Pentious más animado. "Esos dos me han dado más de un dolor de cabeza."

"Y, pues, estoy segura que le dio tanto gusto como a mí saber que ellos estaban juntos."

"Sólo el más ciego de los hombres no notaría que ellos son tal para cual." Le aseguró él con una nota de orgullo. "Y, créame, lo supe desde que los vi cenando juntos en mi restaurant. Tengo buen ojo para estas cosas."

Rosie hizo lo que pudo para ahogar una pequeña risa.

"No me considero una mujer romántica, pero…" Dijo Rosie con solemnidad elevando la mirada hacia Pentious. "Ellos son la prueba viviente de que el amor existe. Que puede llegarnos en el momento en que menos esperamos. Y vimos, de primera mano, en los problemas en que se puede meter un idiota que no se quiso dar cuenta que tenía al amor de su vida justo en frente de él."

Rosie le dio un mordisco a su beigné.

"Oh…" Dejó escapar el señor Pentious, como una epifanía.

"¿Se siente bien?" Dijo Rosie, con una nota de preocupación.

"Sí, sí, sí." Dijo pasándose la mano buena por el cabello, con nerviosismo. "Señorita Rosie, ejem, ¿le gustan los huevos?"

"¿Ah?" Dijo Rosie confundida. "Pues, sí, por supuesto."

"¡Oh!" Exclamó Pentious, encantado. "Oh, qué maravilla. Un día de estos puedo ir a dejarle algunos a su local. Tengo una granja de gallinas en mi patio, así que puedo asegurarles la calidad. Si no le molesta, claro."

"Pues… Gracias." Respondió Rosie, confundida, pero cordial.

Pentious soltó un suspiro complacido y se volvió para mirarme.

"Quizás… sí fue imprudente venir tan temprano." Dijo Pentious en voz baja. "Será mejor que me vaya. Le dejo los beignes aquí, para cuando Charlotte despierte. Son para usted también, claro. Tienen el sello de calidad de mi restaurante."

"Señor Pentious."

"¡¿SÍ?!" Dijo él, demasiado ansioso.

"Si usted ya dio declaraciones a la policía..." Dijo Rosie, apremiante. "¿Qué les contó, exactamente?"

Pentious resopló, como si le hubieran contado una mala broma.

"Supongo que lo que sonaba más lógico." Dijo. "Un sujeto desquiciado que se metió a la fuerza a en la casa de Alastor. Que secuestró a su sobrina e intentó matarla. Que yo llevé a Alastor hasta ahí en mi auto, en un intento de ir a salvarla. Y todo eso terminó en una gran pelea en defensa propia, porque Miguel Magne se puso a disparar."

"¿Algo más?"

"Quisieron saber por qué no llamé a la policía en el momento en que supimos del secuestro y cómo nos enteramos de dónde estaba Charlotte. Pero eso, como les dije, no es algo que yo sepa. Alastor es quien debería contarles esa parte. Yo sólo lo lleve. Todo lo demás ya es confuso. Después de desmayarme en mi auto ya no supe nada hasta despertar en el hospital."

Rosie pareció menos tensa.

"Pero… ¿qué de esas cosas raras que me dice usted que vio?" Quiso indagar Rosie. "¿Se las mencionó a la policía?"

El señor Pentious se restregó el ojo con la palma de su mano buena.

"Con todo respeto, señorita Rosie." Comenzó. "¿Podría preguntarle algo?"

"Seguro."

"Decirle a la policía que creo que vi un montón de sombras peleando frente a una casa en llamas y a un hombre poseso… Suena a una locura, ¿no?" Dijo, elevando los hombros.

Rosie sólo emitió un sonido en acuerdo.

"Sí, ¿verdad?" Dijo Pentious.

"¿Se lo ha dicho a alguien más?"

"Se lo mencioné a la enfermera que le tocó atenderme apenas desperté. Y dijo que fueron malos sueños, un ataque de histeria, combinados con alucinaciones de la pérdida de sangre. Que el humo del incendio. Que el juego de sombras con el fuego. Hay muchas explicaciones más adecuadas a lo que estoy seguro que vi. Pero no me explican cómo supo Alastor dónde estaba Charlotte."

Pentious arregló su corbatín.

"Y aún si les dijera a las autoridades lo que creo que vi, se descartaría como un hecho. Yo mismo dudaría de todo eso si me lo contaran."

"Ya veo." Suspiró Rosie.

"¿Y usted, señorita Rosie?"

"¿Sí?"

"¿Cree en fuerzas más allá de lo que entendemos?" Dijo él en el tono más serio que le escuché alguna vez. "¿Qué puede que todo este mundo que creemos entender sea sólo una parte?"

"No descarto nada a mi edad." Dijo ella, elevando los hombros. "Aún hay muchas cosas inexplicables que he visto en mi vida. Y decir que no hay nada más que la monotonía de nuestras simples vidas, sería bastante decepcionante, ¿no cree?"

"Creo que estamos de acuerdo en eso."

El señor Pentious sonrió y se dirigió a la puerta.

"Si me disculpa, ya tengo que irme a la curación de rutina. Por favor, déjele mis saludos a Charlotte. Y dígale, también, que la casa invita el almuerzo con su correspondiente postre, cuando ya salga de aquí. Y, por supuesto, usted también está invitada cuando guste. Personalmente me encargaré de darle mi mejor mesa. Que tenga un buen día, señorita Rosie."

Hizo una florida y anticuada reverencia con su gran sombrero de copa y salió de la habitación. Rosie se acercó a mi cama y destapó mi cabeza con la delgada sábana.

"¿Suficiente para mantenerte tranquila?" Me dijo.

Mujer inteligente.

"Él es un buen hombre." Le dije, con la voz ronca.

"Pero bastante impertinente." Se quejó Rosie, dándole otra mordida al beigné. "Aunque agradezco estos bizcochos frescos. Los pastelillos que traje ayer ya están añejos."

"Creo que usted le agrada." Me aventuré.

"Ah, ¿eso crees?" Comentó ella, con indiferencia, terminando su beigné y sacudiendo el azúcar glas de sus manos. "Sólo he tenido trato profesional con su sombrero. Y mientras menos tiempo estemos en la misma habitación, mejor. Es bastante ruidoso."

Intenté incorporarme por mi cuenta, pero Rosie puso su mano en mi espalda y me lanzó hacia adelante, para que pudiera sentarme. No pude evitar quejarme al sentir cómo mi cuerpo entumecido se enderezaba, y los puntos de mi sutura me daba un cosquilleo desagradable en un costado.

"No te esfuerces demasiado, Charlotte." Me reprendió, mientras acomodaba una almohada en mi respaldo. "La enfermera me dijo que te tomará un par de días más recuperar toda la fuerza. Ven, come algo."

Me ofreció una taza de leche tibia, de la cual bebí a pequeños sorbos. La garganta aún me escocía del llanto del día anterior.

"Estoy segura de que él querrá respuestas." Dije, mirando mi reflejo en la leche.

"Si dijo la verdad y no ha dicho una palabra a la policía, tal vez haya algo que se pueda hacer." Dijo ella, enigmáticamente.

Antes de que pudiera preguntarle más detalles a Rosie, una vez más tocaron a la puerta. Rosie se giró molesta.

"No puede ser. Debe ser el otro tipo que vino." Refunfuñó, pisando con fuerza en dirección a la puerta. "Mire, señor, entiendo que quiera venir a ver a Charlotte, pero si tiene algo de decencia…"

Y se detuvo en seco al ver quién estaba detrás de la puerta. Era alto, con la joroba marcada con todos años que tenía encima. Su canosa y frondosa barba había tenido mejores días y sus manos, nudosas, manchadas y llenas de venas azules, agarraban con fuerza el bastón de fina madera en la que descansaba la mitad derecha de su cuerpo, que combinaban con un fino traje de tres piezas. Aquel hombre de mirada cansada, pero lúcida, de quien ha visto muchas cosas en su vida, era como una aparición para mí.

"Buenos días. Gilbert Brown, para servirle." Dijo él elevando su sombrero de bombín, cordialmente, para juego ponerlo en su pecho. "Disculpe mi descortesía, pero llegué apenas anoche a la ciudad y tenía que venir lo antes posible."

"No hay problema." Dijo Rosie, más compuesta. "¿Gilbert Brown? ¿No es usted el abogado de la familia Magne?"

"Oh, pues sí." Dijo él con una sonrisa complacida. "Aunque, la verdad, ya le había perdido la pista a los Magne, hasta que me llamaron para informarme acerca del deceso de Miguel Magne."

"Recuerdo haberlo visto junto a Apple Daddy en mi local alguna vez."

"Oh, entonces usted debe ser la señorita Rosie." Dijo él, amablemente. "Me indicaron que usted estaba a cargo de cuidar de la señorita Charlotte, ¿verdad? Se lo agradezco mucho."

"¿Señor Gilbert?" Dije con entusiasmo, poniendo la taza sobre la charola, una vez más. "No puedo creerlo."

El señor Gilbert me miró por primera vez en años. Sus ojos estaban maravillados y exhaló, incrédulo.

"¡Charlotte!" Exclamó feliz, con paso apresurado, limitado por su cojera. "¡Querida niña!"

Tomó asiento en la silla junto a mi cama y tomó mi mano izquierda entre las suyas. Sus claros ojos azules brillaron entre lágrimas, dedicándome una enorme y franca sonrisa. Frotó mis manos, tembloroso, como si tuviera terror de que pudieran desaparecer. Con sólo verlo, sentí la tranquilidad de una niña pequeña al ver a alguien en quien confía.

"Bendito sea Dios." Dijo, emocionado.

"Creí que nunca lo volvería a ver." Dije, con voz acuosa.

"Oh, tuve tanto miedo cuando desapareciste." Admitió con pesar, acercando su frente a nuestras manos unidas. "Creí que te había fallado, mi niña."

Se me contrajo el corazón. No podía imaginar lo que debió pasar a sus años.

"¿Por qué no viniste a pedirme ayuda?" Inquirió. "¿Por qué no me intentaste contactarme? ¿Cómo es que estás aquí?"

Puse una mano sobre las suyas y le dediqué una triste sonrisa.

"¿Qué fue lo que pasó?" Inquirió, apremiante. "¿Dónde has estado todo este tiempo?"

"Es una larga historia, Señor Gilbert." Dije con pesar.

Él se irguió expectante.

"Esa noche, en el muelle, Miguel Magne me dejó a mi suerte." Continué, con la mayor compostura posible. No podía llorar en ese momento. "Me persiguieron. Quisieron matarme por todo que lo que hizo Miguel Magne. Apenas logré escapar de esas personas furiosas, y, entonces, me encontré con alguien que me salvó y me ofreció un lugar donde quedarme."

"LeBlanc." Dijo él, asintiendo. "Alastor LeBlanc. El taxidermista."

"¿Usted ya lo conocía?" Dije, asombrada.

"Lo vi en algunas ocasiones trabajando con tu padre." Me explicó. "Se encargó de arreglar todos los trofeos de animales que se destruyeron en su sala. Tomó bastante tiempo restaurar tantas cabezas."

"Oh, si me contó eso."

"No era poco frecuente verlo en alguna junta formal con tu padre. Se hicieron amigos. Aunque pocas veces charlamos. Un sujeto curioso con bastantes temas de conversación."

Imaginar a un joven Alastor compartiendo una tarde de plática con mi padre y el señor Gilbert vino a mi cabeza, tan nítidamente, que podría jurar que la estaba viendo.

"Entonces, ¿él se encargó de cuidar de ti todo este tiempo?" Dijo el señor Gilbert, con seriedad.

"Sí." Aseguré. "Siempre me trató muy bien cuando era su sirvienta. Y siempre quiso que me sintiera cómoda en su casa."

Eso no era mentira. Aunque sabía que, en un principio, yo era una especie de experimento para él, donde esperaría a que los espectros consumieran mi alma cuando desobedeciera su mandato de ir al sótano, no podía negar que siempre me sentí cómoda desde que estuve viviendo con él. Siempre tuvo un trato amable, respetuoso y paciente conmigo. Y esas cualidades se sostuvieron en el tiempo. Nada de eso era falso en él.

"¿Una sirvienta?" Dijo asombrado.

"Sí. Aprendí mucho trabajando para él." Confirmé. "Él se encargó de que nada me faltara."

"Ya veo." Dijo él asintiendo. "Parece que tuviste la buena fortuna de encontrarte con una persona con un corazón lleno de bondad y un alma desinteresada."

"Oh, no." Dije, arrugando la nariz y sonriendo por primera vez en días. "Él no es para nada así."

Me miró con curiosidad.

"Alastor es alguien muy particular. Él es brillante y carismático, aunque algo peculiar en sus gustos. Tratar con él llega a ser frustrante. Es testarudo y egoísta. Le gusta tener una vida cómoda y a su ritmo. Puedes hablar por horas con él de música y libros, pero me ha tomado años lograr que me dé una respuesta directa y sincera de lo que está pensando. Es más inseguro de lo que aparenta y tan celoso de todo a lo que le agarra cariño que se puede hacer esfuerzos absurdos por protegerlo. Él también es muy paciente para enseñar, y es muy hábil con los cuchillos y los guisos. Fue él quien me enseñó a cocinar. Es un gran bailarín y le gusta cantar. También puede ser un verdadero idiota egocéntrico que le gusta lucirse. Puedes enojarte con él por lo mentiroso que puede llegar a ser, y sólo reconocerá sus fallas al verse acorralado como un niño pequeño en una travesura. Es algo arisco con las personas que no respetan su espacio, como un gato. Pero tiene un sentido del humor ingenioso que siempre puede hacerme reír y levantarme el ánimo."

Bajé la mirada un momento, perdiéndome en mis pensamientos con Alastor, que, en ese momento, parecían dolorosamente lejanos.

"Puede ser irritante y orgulloso…" Dije, con las lágrimas amenazando con caer. "Pero es encantador e inteligente, elocuente y dulce. Y ahora…"

Me limpié las lágrimas con el dorso de mi mano.

"Y ahora no despierta." Susurré con los dientes con rabia, golpeando mis muslos con mis puños. Mis brazos se quejaron al instante.

Fui incapaz de retener el llanto de impotencia.

Rosie se acercó a mí y acarició mi cabello. Me dejé caer a un lado y apoyé mi frente en su brazo.

"Tranquila, Charlotte." Susurró ella.

"No despierta." Hipé, mirando a un sorprendido señor Gilbert. "Y yo no puedo hacer nada por él."

Él me miró con atención un momento y luego examinó la fina argolla de plata en mi dedo anular. Abrió los ojos en señal de entendimiento.

"¿Puedes satisfacer la curiosidad de un viejo?" Dijo con una sonrisa dulce. "¿Tú y el señor LeBlanc están…?"

Le dediqué un triste asentimiento.

"Oh, ya veo." Dijo el señor Gilbert, con una sonrisa. "Supongo que haberle encontrado a él es un gran motivo por la cual no quisiste mirar atrás."

"Sí." Dije separándome un poco de Rosie. "Tenía miedo de ver al pasado a los ojos y quise escapar del encierro, de Miguel y de todas las consecuencias que podrían afectarme. Pero arrastró también lo bueno que me quedaba de mi historia. Como a usted."

Se me apretó la garganta y miré a los ojos al amigable rostro anciano que me observaba con atención.

"Lo siento mucho, señor Gilbert." Dije, con voz trémula y sorbiendo por la nariz. "Tenía tanto miedo de ser encontrada. Estaba aterrada de que algo de mi pasado me arrebatara el futuro que intenté construir por mi misma. Créame que pensé en todo lo que hizo usted por tratar de cuidarme de mi tío, y por eso creí que era lo correcto no causarle más molestias."

"No, querida niña." Dijo él con el entrecejo fruncido. "Nunca has sido una molestia para mí."

Él sacó un pañuelo a cuadros y me lo ofreció. Lo tomé por cortesía y él ocupó otro para secar sus propias lágrimas.

"Creo que no puedo culparte, Charlotte." Dijo, con firmeza. "Encontraste un lugar en el que te sentiste segura y quisiste quedarte ahí, pero..."

Bajó la una abatida mirada.

"Pero al menos hubieras tenido compasión de este viejo corazón."

"También lo protegía a usted." Dije, más compuesta. "Si Miguel Magne hubiese aparecido en su oficina, intentaría sacarle información sobre mí de maneras horribles. Sabía de lo que él era capaz para obtener lo que quería."

Resopló por la nariz y le dedicó una mirada al vacío.

"Miguel Magne." Espetó, como si cada palabra fuera desagradable al paladar. "Tu tío era una persona tan inestable. Cualquiera que escapara del control de ese loco evitaría mirar atrás. Por eso no me atreví a renunciar. Significaría dejarte en el completo abandono. ¡Por Dios! Cuando supe que se fue de repente y que te dejó atrás… Realmente pensé lo peor. Por eso desestimaron una búsqueda. Todos tus registros estaban perdidos. Y asumieron que sería una pérdida de tiempo."

"No he tenido una identificación ni pasaporte desde hace mucho tiempo." Indiqué. "Y ninguno fue necesario para los trabajos que tuve."

"Bueno, eso se puede solucionar." Dijo él, más animado. "Tengo a un conocido que puede ayudarnos con tu identificación."

"¿Es seguro que siga usando el apellido Magne?" Dijo Rosie.

"Bueno, veremos qué se puede hacer." Dijo él con una gran sonrisa.

Él me miró y me sonrió, para darme un par de suaves palmaditas en mis manos.

"Pero me alegra que estés aquí, Charlotte."

Era increíble ver a detalle y tan cerca al señor Gilbert. En apenas unos años, sus arrugas se habían marcado mucho más y las innumerables canas en su barba daban cuenta de cómo había pasado el tiempo. El señor Gilbert Brown, como abogado de los Magne, se encargaba de todos los líos legales de la misma desde que mi abuelo estaba vivo. Y era un muy querido amigo de la familia. Él había visto crecer a mi padre y yo también conocía de toda la vida. Acompañaba a papá en los largos viajes de negocio, donde a veces me tocaba ir. Compartíamos almuerzos y cenas, y adoraba cuando llevaba a su sabueso, Sylvia, y a sus cachorros con los que podía pasar tardes jugando. Me enseñó mis primeros pasos en el piano y a cómo aprender a negociar con papá, para conseguir algún capricho. Siempre fue percibido como la figura de un querido abuelo a mis ojos de niña.

Pero, desde que mi tío Miguel se hizo con el control de la finca, las visitas de mi querido señor Gilbert se hicieron cada vez más y más distantes. Apenas podíamos hablar un poco. Siempre vigilados por la mirada reprobadora de mi tía. Y haciéndome las preguntas de rigor para comprobar mi estado de salud, si me estaban alimentando bien, si estaba recibiendo una buena educación y comprobando qué cosas estaba aprendiendo con algunas demostraciones de mis conocimientos. Siempre cuidando que el testamento de papá se cumpliera, dado que no podía hacer más por mí y ni liberarme de mi cautiverio. Sólo por esa razón Miguel Magne permitía esas visitas cada mes. Si el abogado familiar comprobaba que todo estaba en orden conmigo, no le serían arrebatados los bienes que estaban a mi nombre para cuando estuviera lista. Y el señor Gilbert aprovechaba cada pequeña instancia en que la tía Magda se distraía, para entregarme algún chocolate o caramelo a escondidas.

Y así pasaron los años. Hasta que Miguel me dejó a mi suerte en aquel muelle y los rumores de la muerte de Charlotte Magne se hicieron conocidos.

Entonces me di cuenta de un gran detalle que había pasado por alto.

"¿Quién se lo dijo?" Dije lentamente, frunciendo el ceño. "¿Por qué vino?"

"¿Disculpa?" Dijo él, sorprendido.

"¿Cómo supo que era yo quien estaba en esta habitación?" Dije más fuerte, apartándome un poco de Rosie. "¿Por qué mandaron al abogado de nuestra familia conmigo?"

"El encargado de la investigación me avisó." Dijo, meneando la cabeza ligeramente, haciendo un esfuerzo en comprender.

"¿Y quién rayos es él?" Exigió Rosie, a la defensiva.

"Pues es un viejo amigo y me contactó de inmediato en la oficina en que trabajaba en Houston. Yo estaba atendiendo una demanda en un caso de corrupción y me informó de que Miguel Magne había reaparecido. Me pidió que viniera para encargarme de todos los trámites legales del deceso, al ser el abogado asignado. Y también me aseguró que estabas tú aquí y viva. Por eso terminé mis asuntos lo más rápido que pude para venir tranquilo."

"¿Qué?" Dije con un hilo de voz.

"¿Y cómo es que el encargado de la investigación se enteró de que Charlotte es una Magne?" Dijo Rosie con indignación en su voz.

"No creo que el señor Pentious se lo haya dicho." Dije, negando con la cabeza. "Sería algo que le hubiera mencionado a Rosie."

El señor Gilbert pasó su mirada de Rosie a mí un par de veces.

"¿Cómo?" Dijo él, confundido. "¿Él no debería saberlo?"

"¿Cómo se llama él?" Pregunté, apremiante.

"John Husker." Dijo con seguridad.

John Husker. Me sonaba muy familiar.

"Como te había dicho es un viejo amigo de copas. Me lo topé en tribunales con mucha frecuencia, hasta lo ascendieron que se mudó a Lafayette hace como diez años. Lo mandaron a llamar para participar en la unidad policial local cuando todo el asunto de 'El justiciero' se salió de las manos. Es un tipo con trayectoria. La verdad, tuvo sospechas de que 'El justiciero' era Miguel Magne durante un tiempo. Pero dado a que se remataron todas las propiedades de los Magne y nadie nunca lo vio por años, se descartó como sospechoso."

"¿Y cómo se enteró de que Charlotte es una Magne?" Exigió Rosie. "Se supone que somos pocos los que lo sabemos. Uno de ellos está muerto y uno está en coma en este momento."

"Señor Gilbert." Dije apremiante. "No es información que deba divulgarse."

"Charlotte es demasiado conocida en esta ciudad como para generar otro caos mediático." Inquirió Rosie.

"¿Cómo que famosa?" Preguntó él, confundido.

"¿Es que no lee los diarios?"

"Suelo viajar mucho. Me pierdo de muchas noticias locales."

"Olvídelo." Dijo Rosie, girando los ojos. "El punto es que la identidad de esta chica requiere de mucha discreción, ¿entendido?"

"Pues… Está bien." Dijo él, sintiéndose confundido e intimidado.

Me quedé pensando, exprimiendo mi cerebro de cómo podría haberse enterado el jefe de la investigación. No había forma en que otra persona pudiese saber de mi apellido. Confiaba en las personas que conocían ese secreto.

Entonces, un firme golpeteo en la puerta me sobresaltó, y abrieron la puerta sin permiso. Husk se presentó ante todos. Serio, greñudo, sin importarle los reproches de una enfermera, que estaba pasando por ahí, sobre que no debería irrumpir así en la recuperación de un paciente. Bastó con mostrarle una brillante placa para sacarla del camino, y dirigirse hacia mí a paso firme.

Dentro de todo, aún me quedaban unas pocas fuerzas para sentirme sorprendida ante su presencia.

"Buenos días, damas." Saludó. "Gill."

"¿Husk?" Dije, parpadeando.

"¡Ah, John!" Dijo el Señor Gilbert con alegría. "¡Justamente estábamos hablando de ti!" Y procedió a darle un afable estrechón de manos.

"¿Qué hace aquí, señor?" Dijo Rosie, molesta. "Es de mala educación entrar sin permiso a la habitación de una dama en ropa de cama."

Husk, sin inmutarse, volvió a elevar la placa para que Rosie y yo la viéramos bien. Era una placa de policía. Las conocía bien. Tuve la oportunidad de ver unas cuantas de los policías que se llevaban a los revoltosos del Mimzy's Palace.

Nada de esa situación me cuadraba. Sentía que estaba en un extraño y ridículo sueño.

"Le pediría que saliera de aquí." Dijo, dirigiéndose a Rosie, malhumorado. "Necesito tomar declaración de Charlotte Magne."

Las entrañas se me retorcieron. Rosie, por fortuna, reaccionó antes que yo.

"¿No puede esperar a que ella esté recuperada?" Le desafió Rosie. "Despertó apenas ayer y ha recibido noticias fuertes, por amor de Dios. Tenga un poco de consideración."

"Ya perdimos cinco días en los que ella no pudo decir nada y la investigación no pudo avanzar." Dijo Husk, sin inmutarse. "Estoy a cargo de este caso y Charlotte Magne es una testigo clave. Le pediría que se retirara mientras hablo con ella, señora."

Rosie lo miró con aprehensión.

"Estaré cerca." Me dijo con cautela, palmeando mi hombro.

Y ella salió de la habitación, y sus apresurados tacones se perdieron detrás de la puerta.

Husk me examinó frunciendo el ceño, con molestia. Rodeó la cama y se sentó a los pies del colchón, dando un pesado suspiro. Sacó una botella metálica de su abrigo y dio un sorbo a algo que inundó la habitación con la peste del alcohol barato.

"Aún con tus viejos hábitos, ¿eh?" Le reprendió el señor Gilbert, negando con la cabeza. "Está prohibido beber en el hospital."

"Cállate." Le espetó él.

"Tu hígado ya debe estar muerto."

"Al menos puedo caminar erguido todavía." Gruñó.

Entonces, Husk me tomó atención. Su actitud y sus gestos estaban marcados por una extraña distancia profesional que no había visto antes.

"¿Cómo te sientes, Charlotte?"

Tuve el impulso de salir corriendo. Sin Rosie a mi lado, me sentía extremadamente vulnerable. No sabía si era una terrible broma, un sueño raro o si era un gemelo que Husk nunca me contó que tenía. Pero el caso era que esa persona frente a mí había mencionado mi apellido verdadero. Sabía de mi secreto. Y estaba investigando a Alastor.

"¿Quién eres tú?" Fue lo primero que salió de mi boca, con sorpresa y desconfianza.

Husk soltó una seca risa. Se tomó un par de segundos antes de proseguir, ignorando mi pregunta.

"Parece que ya estás mejor." Dijo, mirando el parche junto a mi cabeza. "Ya decía yo que eras una cabeza dura. Un golpe con una botella y te desplomaste. A muchos se les habría roto una arteria o habrían sufrido algún traumatismo en el coco."

"¿Una botella?" Dije, elevando el brazo instintivamente mi sien. La naturaleza del golpe que me había dejado inconsciente había pasado completamente desapercibida.

"¿Sabes cómo es que te encontré en la casa de Alastor?" Dijo, repentinamente.

Me miró a los ojos, casi con reproche. Continuó sin esperar a que le dijera algo.

"Mimzy confesó que, junto a Katie Killjoy, había perpetuado tu secuestro y me indicó a dónde te habían llevado. Me dio la dirección de la casa de Alastor. Adonde le había enviado el piano hace un par de meses."

La señorita Mimzy había sido pasada a segundo plano a mi lista de preocupaciones. Pero ahora volvía a mí como una gran bestia que emergía en mi cabeza.

"Madre mía." Dijo el señor Gilbert, acongojado y mirando el parche en mi cabeza con preocupación. "¿De verdad te han golpeado con una botella? ¡Qué barbaridad!"

"¿La señorita Mimzy…?" Dije sorprendida, con un hilo de voz. "¿Ella… ella era secuaz de Miguel?"

"Sip." Dijo explotando la letra P. "Indirectamente, según dijo. Nunca tuvo contacto con él, pero ayudó a Katie a meterte en un saco de ropa sucia y le entregó su auto para el traslado. Claramente prefirió encubrir sus huellas y dejarte a tu suerte con un par de locos. Y eso es suficiente para mí."

Tomó otro trago de su botella y lo miró, con desaprobación.

"Te imaginarás que ella está tras las rejas ahora mismo."

Sentí una gran angustia.

"Además de otras razones." Dijo exhalando y poniéndole la tapa a su cantimplora. "Ella y todo su establecimiento estaba destinado a caer, tarde o temprano."

"Ah, lo que me comentaste." Comentó el señor Gilbert, acomodándose en su asiento. "La investigación encubierta que estuviste haciendo, ¿no?"

"¿Del Mimzy's Palace?" Dije, con un mal presentimiento. "¿Qué hay de eso?"

"Trabajé en la taberna de ese local de mala muerte por casi un año, para estar al tanto de conversaciones de borrachos y ver si podía recabar algo de información sobre 'El justiciero'." Explicó Husk, guardando su botella en la parte interna de su gabardina.

Lo dijo con tanta ligereza y seguridad que se me erizaron los pelos. El estómago se me revolvía y la horrible sensación de estar atrapada comenzaba a sofocarme.

"Al trabajar ahí me di cuenta de una montaña de irregularidades. Tomó tiempo en conseguir pruebas suficientes para clausurar todo y mandar a esa desquiciada mujer a la cárcel."

"¿Qué tanto hizo?" Preguntó el señor Gilbert con tranquilidad.

Husk hizo una mueca de desagrado.

"Pidió préstamos a varios bancos para mantener su establecimiento en pie." Explicó con desgana. "Estaba endeudada hasta las orejas. Restringió los servicios de aseo e higiene a una sola persona, la cual se ausentaba sin previo aviso durante días. Los baños eran un asco. Había nidos de ratas en las bodegas de comida, y sólo se limitaban a cortar las partes mordisqueadas de la comida antes de servirlas. Sobornó a unos cuantos oficiales para evitar que multaran al lugar después de reiteradas peleas entre los asistentes. Cobraba comisión por el uso de sectores del establecimiento, para que sus trabajadores ejercieran actos ilegales como la prostitución. Pagaba tarde a todos, en especial a la chica que más o menos tenía ese local andando. Mimzy se emborrachaba en su oficina de tanto en tanto y ocupaba los recursos de su propio local. Y cuando se levantó la prohibición de alcohol, adulteraba el vodka agregándole agua para ahorrar."

El señor Gilbert resopló abriendo mucho los ojos.

"Suena a unos pocos años en cárcel o una fianza cuantiosa." Le comentó.

"La verdad estuve a punto de arrestarla justo antes de todo este asunto del secuestro." Respondió Husk, con una macabra sonrisa. "En la borrachera que tuvo cuando ese hijo de puta de Alastor la dejó, me dijo que estaba quebrada. Que tendría que escaparse de sus deudas, huyendo a otra ciudad. Y que usó todo el dinero del sueldo de sus empleados en los preparativos de la boda y su vestido de novia."

"No puede ser." Dije, horrorizada.

"Puede y lo hizo." Corroboró Husk. "Me encargué de revisar toda su oficina cuando se desmayaba en su escritorio después de beber tanto. Sus libros de contabilidad y los contratos de préstamo ya están en manos de la policía."

"¿Y todos los que eran sus empleados?" Exigí. "¿Angel y Vaggie? ¿Qué pasó con ellos?"

"En la calle."

Era horrible. Era todo de mal en peor. Todos estaban sin trabajo y sin ninguna remuneración. Mimzy les había robado.

"Angel y Vaggie estaban muy preocupados por ti." Dijo, casi con apatía. "No les he vuelto a ver desde la captura de Mimzy. De seguro deben estar buscando otro trabajo ahora mismo."

Quería gritar por ellos. Era tan injusto. Tanto Angel, como Vaggie y todos los trabajadores del local habían sido afectados. Era horrible.

"Pero, ya basta de esto." Dijo Husk enfáticamente, girando su cuerpo hacia mí.

Me puse tensa al instante.

"Charlotte, ya debes saber qué está pasando con Alastor." Dijo, con seriedad. "Sabemos que viviste con Alastor por dos años. Y que, posteriormente, hicieron bastante pública una relación íntima entre ustedes."

El miedo comenzó a subirme por la espalda.

"Ahora la casa de Alastor está hecha cenizas. Y no pudimos rescatar nada más que unos huesos calcinados del sótano. Sabemos que se trataba de Killjoy, debido a que le faltaba un colmillo y porque tenía una alianza con Magne. Pero sabemos que el incendio no fue el motivo de su muerte, porque su cráneo estaba perforado por una bala."

Yo estaba paralizada.

"No sabemos quién pudo haber sido quien le propinó el disparo. Encontramos un revolver en el suelo del patio y otro quemado por el fuego, dentro de la casa. Además de los restos de un rifle sin proyectiles. Así que, asumimos, que hubo un intento de asesinato mutuo."

Sentía que ya no podía respirar bien.

"Encontramos, también, el automóvil de Mimzy estacionado afuera, además de algunas cosas que fueron tiradas al patio. Una muñeca fea de trapo, cosas destruidas y absurdas como un salero vacío. ¿Algo te suena familiar?"

La muñeca. Esa muñeca ya no tenía poder.

"Y dentro de tus pertenencias, encontramos una lata de pólvora." Continuó él sin esperar respuestas. "¿Para qué la necesitabas?"

Creí que podría prenderle fuego a Miguel Magne cuando la tomé, pero todo pasó tan rápido que la había olvidado por completo.

Ante mi silencio, él siguió.

"Y también, encontramos una carpeta de cuero con unas hojas adentro. ¿Sabes qué es?"

"Eso es propiedad de los Magne." Saltó de pronto el señor Gilbert. "Es una reliquia familiar."

"Está escrita en un idioma muy raro." Le reclamó. "Y en las esquinas tiene anotaciones sobre precios de la magia."

"Oh, no vas a creer esas tonterías." Dijo Gilbert, de buena gana. "Es sólo algo que pasan de generación en generación. Cuando veas que no tiene ningún valor, te pido que se la devuelvas a Charlotte."

"Sólo me da a entender que LeBlanc y Magne estaban más locos de lo que creía." Sentenció Husk.

Se quedó callado un momento, antes de continuar.

"Alguien me comentó sobre la posibilidad de que LeBlanc fuera 'El justiciero'."

Tenía un nudo en la garganta.

"En ese momento lo descarté como una verdadera locura, pero al pasar de los días, me di cuenta que LeBlanc es digno de ser sospechoso. En su chaqueta tenía hilo y aguja, y el cuchillo que encontramos tenía sangre. Magne tenía una cortada en la mano y tú tenías un corte en tu costado."

"Pero… Pero Alastor no me hizo eso." Rebatí.

No con la intención de hacerme daño a mí.

"Además de algo importante." Me interrumpió. "La ola de crímenes de 'El justiciero' se ha detenido desde esa noche en que abandonó a Mimzy en el hotel. Y no ha habido ni un solo caso desde que él está internado."

"Son pruebas circunstanciales." Le indicó el señor Gilbert.

"Pero no pueden descartarse, considerando que había dos muertos en la propiedad de Leblanc." Dijo Husk, con tranquilidad. "Así que, como sé que Charlotte es una chica inteligente, sabrá las consecuencias de lo que pasa si obstruye el camino de la justicia."

Me miró a los ojos y se inclinó ligeramente, por la anticipación.

"¿Alastor Leblanc es 'El justiciero'?"

No. Quería decir que no. Quería gritarlo con toda la seguridad de tantas veces anteriores.

Pero no podía.

"É-él…" Balbuceé, trémula.

La mentira no fluía. El hechizo del silencio no funcionaba.

¿POR QUÉ NO FUNCIONABA?

Comencé a hiperventilar.

"¿Charlotte…?" Inquirió el señor Gilbert, preocupado.

"Él… él no…" Dije, sintiendo cómo el pecho me quemaba y me sofocaba, sintiendo cómo mis manos temblaban con violencia.

Entonces, comencé a toser.

Una tos dolorosa, sofocante y horriblemente familiar emergía de mí misma.

"¡Mierda! ¡Enfermera!" Gritó Husk, poniéndose de pie y saliendo de la habitación. "¡Enfermera!"

Seguí tosiendo, intentando cubrir mi boca con mis manos, pero sin evitar detener lo que comenzó a emanar de ella.

"Oh, Dios mío." Dijo, aterrado el señor Gilbert.

La tos se detuvo lo suficiente para dar una bocanada entrecortada de aire. A través de mis ojos llenos de lágrimas, vi la sangre manchando mis manos temblorosas, mi anillo y las sábanas blancas de la cama.

"¿Qué…?" Murmuré, demasiado conmocionada como para poder reaccionar.

"No puede ser." Musitó el señor Gilbert, con pánico en su voz. "Tú no Charlotte, por favor. Tú no."

Lo observé, confusa.

"¿Qué es esto?" Musité.

Volví a mirar a mis manos empañadas de rojo.

"¡Charlotte!" Entró Rosie asustada, y lanzando un grito al verme en ese estado.

La voz de Husk y los pasos en el pasillo hacían eco.

"¡¿QUÉ LE HICIERON?!" Gritaba Rosie, enfurecida, mientras limpiaba mi rostro con uno de sus finos pañuelos.

"Só-Sólo pasó de repente." Intentó decir el señor Gilbert.

Los miraba como perdida. Escuchaba el sonido amortiguado de los gritos, reclamos y las enfermeras que comenzaron a examinarme. Tuvieron que llamar al médico de turno con urgencia. Y pasé todo el día en observación, mientras me hacían las pruebas de rigor. No hubo nada determinante y se preocuparon de que descansara. Por suerte no hubo más de esa repentina tos con sangre durante el resto del día. Y el equipo médico pidió a Husk que me dieran espacio y no hubiera más intentos de interrogatorios, hasta que supieran qué pasaba conmigo.

Rosie tuvo la labor de cuidarme durante la noche otra vez. Agradecí no tener que quedarme completamente sola. La misma pregunta se repetía una y otra vez.

"¿Por qué no funcionó el hechizo del silencio?" Dije, en un susurro, mirando al cielo despejado, detrás de la ventana.

"No sé cómo funciona la magia, Charlotte." Dijo, con preocupación, sentada a los pies del colchón.

"Y no sé lo suficiente." Concordé.

"¿Te había pasado lo de esa tos alguna vez?"

Sólo negué con la cabeza.

"Sólo vi que mi tío la tenía." Hice una mueca. "Y creo que mi papá también."

"No te presiones demasiado, cariño." Dijo ella, con suavidad. "Aún no sabemos qué pasa, pero al menos, mantendrá a los metiches fuera de nuestro camino un rato."

No supe qué responder. No pensaba en que yo fuera capaz de dar una respuesta negativa, con la misma facilidad de antes, si me preguntaran directamente sobre la identidad de 'El justiciero'. No sin ayuda del hechizo.

Pasaron las horas y no podía dormir. Rosie se había acomodado otra vez como la noche anterior, para poder cerrar los ojos.

Pobre Rosie. Se había sacrificado mucho por mí. Estaba en infinita deuda con ella.

Cerré los ojos, para intentar apagar mi mente por esa noche. Pero fue cuando, de pronto, sentí un pequeño tirón en mi mano izquierda. O eso parecía. Era tan sutil que podría haberlo imaginado. Intenté ignorarlo, hasta que un segundo tirón me movió la mano con más firmeza.

Abrí los ojos y examiné a mi alrededor. No había nadie más que Rosie, profundamente dormida. El siguiente tirón lo sentí con insistencia.

Fue entonces que, bajo la luz de la brillante luna, una sombra diminuta, como un brazo negro, largo y sinuoso, se proyectaba por el suelo hasta llegar a la mía.

"Rosie." Dije, presurosa moviendo su hombro con mi mano libre. "Rosie, despierta."

"Ah… ¿Qué?" Balbuceó, incorporándose poco a poco. "¿Qué pasa? ¿Estás bien?"

"Mira." Indiqué, apuntando a la sombra.

Rosie parpadeó varias veces para corroborar lo que creía estar viendo.

"¿Qué es eso?" Inquirió, asustada.

"Un amigo." Dije, con la emoción brotando en mi pecho.

Alguien me estaba llamando.