Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, ¡Rumiko obacha eres tan cruel! En fin, no escribo esta historia con fines de lucro, es sólo para sacar mis frustraciones y deseos oprimidos durante la serie, me encanta el crack, y también para mis fieles lectoras.
La concubina del Inuyoukai
El aire corría fuerte y helado, contrastante con el abrasador calor que emanaba de los labios del hombre de dorados ojos que hacía que todos sus sentidos sucumbieran a la confusión. Sus labios devoraban con soberbia los suyos, su agarre era demandante y enloquecedor, pero más confuso era que, aunque no podía recordarlo su cuerpo parecía responderle con tal naturalidad que la asustaba y llevada por la sensación de familiaridad que le provocaba se abandonó entre sus brazos.
—¿Quién? ¿Quién era Él? ¿Quién? — la atacó de pronto su mente, entreabrió sus ojos para observar el rostro del peliplata, y por un momento sus ojos se cruzaron, y entonces pudo verlo, un destello de añoranza, de necesidad, estaba ahí en lo profundo de sus orbes doradas, él la llamaba.
—¿Quién eres? — preguntó con la respiración entrecortada y jadeante mientras él la tomaba por la cintura y la depositaba entre las sábanas.
—No es relevante que me recuerdes— le dijo mientras la observaba profundamente, no, el señor del Oeste no podía contestar a su pregunta porque el mismo desconocía quien era en esos momentos. Reconocía que se estaba perdiendo a si mismo entre aquellas blancas y largas piernas, en el mirar marrón de aquella mujer que lo miraba con profunda devoción con la necesidad en su ser, pero esta vez era una necesidad diferente no la de culminar el acto sexual sino el de no ser abandonada, el de estar a su lado, el de anhelarlo a él y sólo a él.
Las largas manos del ambarino recorrían cada tramo de su piel como viejos visitantes, cada caricia le acercaba al nirvana absoluto, ¡Por Buda que era el cielo!, pudo sentir como acariciaba su húmeda intimidad, como frotaba cada vez más rápido, arrancándole la respiración con un profundo beso, su lengua invasora clamaba dirigir la suya, lo sintió abrirse paso entre sus piernas y a su mano abandonarla dejándola extasiada. Su rostro se separó del suyo, y sintió como la penetro en una lenta estocada, suave y perfecta que entraba y salía en un compás perfecto.
—¡Mi señor! — gritó sin saber que era lo que realmente estaba rogando por obtener. Pero los movimientos de él se volvieron más rápidos e imperiosos.
—Kagome— siseó peligrosamente— Siempre serás mía— y dicho esto la tomo entre sus brazos penetrándola aún más profundo, liberando su simiente dentro de ella.
—¡Sí! — contestó con lágrimas en los ojos abrazándose a su pecho, sintiéndose llena y plena, como si estuviera en su hogar, en el justo lugar al que pertenecía.
El lord abrazo con fuerza el cuerpo palpitante y cálido de la joven mujer que se aferraba a él como nunca antes lo había hecho, había algo diferente en ella, de pronto lo entendió todo, aquella mujer respondía a él con más libertad, porque no le temía, porque no recordaba que era el sanguinario Lord del Oeste, la bestia más temida de todo Japón, aquel que la había arrancado del seno de su familia. Para ella, él era todo lo que tenía, y lo amaba, lo sabía porque, aunque le pareciesen degradantes y asquerosas aquellas demostraciones de debilidad de los seres humanos, podía reconocer en los ojos de su ave, aquel sentimiento, aquel que vio en la mirada de su padre por aquella humana. Y comprendió entonces que él también estaba dejándose vencer por aquella frágil princesa: la idea le revolvió el estómago.
Él era el nuevo Comandante Perro ahora, no podía cometer los mismos errores que su padre, el camino a la supremacía no incluía dejarse llevar por desagradables seres como eran los insignificantes humanos.
—Mi señor me estas lastimando— sin darse cuenta había apretado demás el cuerpo de la agotada mujer, y eso le molestó porque cayó en la cuenta que el pensar demasiado en ella le hacía incluso perderse en sus cavilaciones, y aprisiono con más y más fuerza a la azabache, haciendo sus estocadas más profundas y veloces, arrancándole quejidos de dolor mezclados con excitación absoluta—¡Por… por favor! — alcanzó a exclamar antes de caer en la inconsciencia.
Sintió como perdía la resistencia y la libero para observarla aún mejor, acercó su nariz a su cara y comenzó a seguir un rastro invisible por sus mejillas y sus labios hasta llegar a su cuello. Kagome era un secreto amenazador, el simple hecho de su condición como humana era un peligro para su mandato puesto que al convertirla en su concubina rompía todas las leyes sobre los cuales estaba fundada la sociedad actual entre demonios y seres humanos.
Alzó su mano derecha, la ejecutora de aquel látigo venenoso que era letal y mortal contra sus enemigos y con rapidez lo dirigió al pecho de la joven, deteniéndose milímetros antes de atravesarlo causándole la muerte. Muerte, sería tan fácil acabar con todos sus problemas en ese justo instante, atravesaría en dos segundos sin remordimiento alguno su corazón y entonces Totosai se encargaría de deshacerse del cadáver.
Sin embargo, la imagen del cuerpo sin vida de la mujer le hizo hervir la sangre, y despertó a su bestia interna, coloreando sus ojos de un oscuro carmesí y engrandeciendo sus caninos de forma considerable, un gruñido gutural salió de su garganta.
La acuno entre sus brazos poseído aun por sus instintos más básicos, el aroma de la azabache le llamaba, su estado de excitación llenaba el aire y lo endurecía completamente, se sentía hambriento e insatisfecho. Recostó a Kagome entre las sabanas y tomo entre sus garras los pechos de aquella mujer tomando con su lengua su pezón derecho.
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N/A: Se que es corto pero ¡volví!
Besos y cariños chicas que la buena vibra nos acompañe!
