Disclaimer:La siguiente historia es un crack procedente de su enferma y humilde escritora, sin embargo desgraciada y desdichadamente el concepto de INUYASHA y sus personajes no me pertenecen, son todos ellos obra de la obachan Rumiko sensei unu

La concubina del Inuyoukai

—"Una vez más, solo una vez más" —eran los pensamientos de la azabache que se encontraba tumbada sobre la cama sosteniéndose en sus rodillas y manos, mientras Él la sostenía de sus caderas mientras la penetraba fuertemente.

¡Dilo! —azotó su nalga fuertemente, lo cual hizo que la pelinegra soltara un alarido que vislumbraba entre el dolor y el placer, la sujetó de su cada vez más larga melena azabache para acercar su cuerpo al suyo.

Me… me duele—musitó con la respiración entrecortada, a lo cual el demonio en completo estado de excitación volvió a colocarla en cuatro azotando nuevamente su trasero, sujetándole fuertemente de las caderas, penetrándola, una, dos, tres veces, y por último en una cuarta estocada que termino en una derrama chorreante de su blanca y espesa esperma dentro del interior caliente y palpitante de su vigorosa y resistente humana.

Con agilidad la tomó de las muñecas, atrayéndola de manera incómoda hacia sí mismo para olfatear su cuello, su aroma a excitación y sudor, un aroma que lo volvía loco, que despertaba a su bestia interna, el cual lo obligaba a arrojarla a la cama boca arriba sólo para observar el estado en el cual la dejaba, inmóvil, satisfecha, sonrojada, sudorosa y excitada; pero había algo más en ese olor en esa mirada que hacía que perdiera todo autocontrol ante su bestia interna, y este sin más se largara a lamer cada parte que se le antojase, en especial su intimidad hasta que no soportara más y terminase viniéndose para él.

Sin embargo, lo que más le contrariaba, era que su bestia le obligase a besarla, a lamer sus labios, y aún más degradante el hecho de comenzar a reconocer que el también disfrutaba de aquel contacto, aquel en el que Kagome le tomaba entre sus brazos para acunarlo entre sus pechos y encerrarlo entre sus brazos, en esos momentos el Lord de las Tierras del Oeste se ensimismaba perdiéndose en sus cavilaciones tratando de convencerse, que todo, absolutamente todo era culpa de su bestia.