Capítulo 17: Una vez más

Después de la incursión que había realizado Katsuki en la casa de AFO con la ayuda de Shoto, ambos regresaron a la casa de All Might para que Katsuki pudiera ponerles al corriente de todo lo que Yoichi Shigaraki les había contado. Inko no dejaba de temblar mientras el joven rememoraba las palabras del hermano del dios maldito. Cuando terminó su relato, se echó a llorar con las manos en la cara.

—No me puedo creerlo —masculló Shoto—. ¿Cómo puede un padre hacerle algo así a su propio hijo?

—Es mi culpa —sollozó Inko—. Hisashi me odia por algo que ocurrió hace muchos años y está intentando hacerme daño a través de Izuku.

All Might acariciaba su espalda para brindarle apoyo, pero no sabía muy bien cómo reaccionar ante aquella noticia. Aquel asunto era de lo más retorcido que había escuchado nunca.

—No puedes quedarte en esa casa —soltó de repente, poniéndose en pie—. Si ha actuado de esa manera con su hijo, quién sabe lo que podría hacerte a ti. Iremos a por tus pertenencias y te quedarás en mi casa hasta que busquemos una solución.

Inko se secó las lágrimas con la manga de su túnica.

—No quisiera ser una molestia para ti, Yagi.

—Tú jamás serías una molestia. Vamos.

—No, espera —le pidió—. Es mejor que Hisashi no te vea. No quisiera empeorar las cosas. Iré yo sola.

—Ni hablar —dijo Katsuki—. No dejaremos que vayas sola.

—Iremos contigo —lo secundó Shoto.

Inko cedió sin oposición. No quería encontrarse a solas con Hisashi, no por cómo él pudiera reaccionar, sino por lo que ella sería capaz de hacerle a él. Solo pensar en aquel dios, la sangre le hervía. Ella no había sido justa ni sincera con él, pero eso no le daba derecho a hacer con Izuku lo que había hecho. Su hijo era inocente. No podía cargar con la culpa de sus errores.

Se dirigieron en silencio hasta su casa. Por suerte, no había nadie. Inko se había dado cuenta de la tensión que Katsuki y Shoto acumulaban en sus cuerpos cuando habían traspasado la entrada. Sabía que ellos también deseaban ajustar cuentas con su marido.

Decidió recoger sus cosas cuanto antes y salir de aquella casa cuanto antes para evitar males mayores. Mientras, Katsuki y Shoto esperaron en el salón con la mirada fija en la entrada.

—¿Qué harás si lo ves? —le preguntó Shoto con ira contenida—. Los dioses no podemos morir.

—No, pero haré que ese hijo de puta desee estarlo —masculló Katsuki.

—Sea como sea, deberá pagar por sus actos. Como soberano, All Might debe juzgarlo e imponerle un castigo ejemplar.

—Ya oíste lo que dijo antes de que nos fuéramos: no podemos probarlo. Necesitaríamos que el propio Yoichi confesara ante él todo lo que oyó ese día en el despacho de su hermano, y estando atado a él no podrá hacerlo.

—No puede quedar impune —masculló Shoto.

—Ya te lo he dicho: cuando lo tenga frente a frente va a desear no ser inmortal.

Katsuki sintió algo cálido y suave rozándose contra su pierna. Bajó la mirada con el ceño fruncido: una bola de pelo negra chocaba su cabecita contra la piel de Katsuki. Tizona levantó sus ojos verdes y maulló lastimeramente.

—Es la gata de Izuku —dijo Shoto.

—¡Tizona! —exclamó Katsuki, agachándose para acariciarle la cabeza y tomarla entre sus brazos, hundiendo la cabeza entre el pelaje de su barriga—. No puedo creerlo. ¡De verdad estabas con él!

—¿La conoces?

—Por supuesto que la conozco. Es mi gata —aclaró Katsuki, acunándola y dándole besos en la cabeza sin siquiera pensar en lo que Shoto pudiera estar pensando de él. Desde que Tizona había fallecido, sus días habían sido mucho más tristes. La había extrañado cada día, cuando llegaba a casa y ella no estaba para darle la bienvenida, cuando se tumbaba en la cama y ella no saltaba encima de su estómago, incluso cuando iba al baño y ella lo seguía y lo esperaba en la puerta—. Cuando murió, Izuku solía traerla consigo a nuestros sueños para que pudiera pasar un rato con ella, pero no pensé que de verdad se encontrara aquí con él.

Shoto imaginó lo que Izuku había tenido que hacer para traer a aquella gata negra del mundo de los muertos. Suspiró. Izuku realmente estaba dispuesto a traspasar fronteras prohibidas por ese chico.

—Ya podemos irnos —anunció Inko, reapareciendo en el salón con una maleta—. Oh, Katsuki-kun, ya has conocido a Tizona. Qué raro, esa gata no suele ser demasiado cariñosa con los extraños.

Katsuki sonrió.

—Creo que ella y yo nos llevaremos bien —contestó.

—Vamos —los apremió Shoto—. Será mejor que nos marchemos antes de que regrese Hisashi.

—Sí, mejor. Porque si lo veo, no sé de qué sería capaz —gruñó Katsuki, y salió de la casa con Tizona entre sus brazos.


Apenas quedaban unos días para la luna llena e Izuku seguía encerrado en aquella habitación.

—¿Por qué en la noche de luna llena? —le había preguntado Katsuki una vez.

—La luna llena es el símbolo de nuestra civilización—contestó—. Nuestra raza tiene una mitología extensa, y la leyenda que habla sobre la creación de nuestros mundos realiza una analogía entre el sol, la luna, el mundo de los humanos y el mundo de los dioses. Vuestro mundo estaría conectado al sol, mientras que el mundo de los dioses se correspondería con la luna. Todos los grandes acontecimientos de nuestra civilización tienen lugar en noches de luna llena: ceremonias, rituales… Incluso existe la creencia de que los dioses nacidos con la luna llena serán bendecidos con grandes dones. Una transmisión de poderes de tal magnitud debe hacerse bajo la presencia de la luna.

—Tch, resulta increíble que ese hijo de puta haya esperado un mes entero por una simple superstición.

—Es mucho más que una superstición para nosotros, Bakugo. La luna es nuestra protectora: aquella que lo ve todo y a la que no se le puede engañar. Tiene una gran influencia en nosotros. Nuestros poderes cobran más fuerza con ella. Todo lo que se hace con ella como testigo es irreversible.

Bakugo no volvió a preguntar sobre el tema y Shoto lo agradeció. Solo pensarlo le ponía nervioso, pero se sentía aún peor al darse cuenta de que seguían sin tener un plan. A pesar de todos los que estaban implicados en el rescate de Izuku, a ninguno se le había ocurrido aún la forma de liberarlo de su prisión. El plan de AFO parecía perfecto, sin fisuras.

—Lo único que puedo hacer como soberano es convocar a AFO a un juicio —había dicho All Might.

—Pero los juicios también deben tener lugar en luna llena —gimió Inko.

—Exacto. El juicio tendría lugar el mismo día en el que AFO pretende quitarle los poderes a tu hijo.

Katsuki había golpeado la mesa.

—¿Y de qué servirá eso? —gruñó—. Vosotros ya lo habéis dicho: no tenemos NADA con lo que romper ese maldito pacto que hizo con Izuku.

—Llegado el momento, AFO expondrá sus argumentos, mostrará su contrato totalmente legal y, acto seguido, le quitará los poderes justo delante de nuestras narices —dijo Shoto con las manos en puños.

—Me gustaría poder daros una solución, pero…

—¡Joder! —exclamó Katsuki poniéndose en pie—. ¡Debe haber algo que podamos hacer! ¡Eres el puto rey de este mundo, ¿no?! ¿De verdad me estás diciendo que no puedes hacer NADA por él?

Inko comenzó a llorar. Star permanecía en silencio, intentando pensar en una solución. All Might se dirigió a Katsuki.

—Joven Bakugo…

—¡No! ¡Tiene que haber una forma! ¡Ya os conté todo lo que nos confesó el tío ese de pelo blanco! ¡Todo esto había sido planificado de antemano! ¡Fue ese cabrón el que me hizo caminar hacia el precipicio! ¿Es que eso no vale de nada?

—Valdría si tuviéramos un testigo que corroborara esa versión —suspiró Star—, pero Yoichi Shigaraki no hablará. Le debe lealtad a su hermano. Todos los que viven bajo su techo están unidos a él mediante pactos que les impiden traicionarle.

—¿Y Hisashi Midoriya? —propuso Todoroki—. Él fue quien vendió a Izuku y no está unido a AFO.

—Hisashi lo negará —sollozó Inko—. Si lo que quiere es castigarnos, no dirá nada. Cuando hablé con él no mostró en menor signo de arrepentimiento. Realmente quiere que mi niño desaparezca.

—¡Pues le obligaremos a hablar, maldita sea! —rugió Katsuki.

—Lo convocaré al juicio, pero como bien dice Inko, no creo que sea una carta con la que podamos contar —intervino All Might.

—¿Entonces qué? ¿Nos rendimos? —masculló Shoto, desesperado—. ¿Vamos a dejar que se salga con la suya? ¡Star, llevas callada todo este tiempo! ¿De verdad no se te ocurre nada?

—Lo siento, Todoroki-kun, pero realmente estoy en blanco. Llevamos un mes dándole vueltas al asunto y no veo qué es lo que podamos hacer. A estas alturas… —Se mordió los labios. Su mirada estaba llena de amargura.

—¿Qué? ¿Qué, Star?

—Creo que deberíais haceros a la idea de lo que va a ocurrir —se sinceró, mirándolos cara a cara.

—¡No! —se negó Katsuki. Quiso que su voz sonara firme y decidida, pero salió de su boca debilitada y temblorosa—. ¡Me niego a rendirme! ¡Izuku no…! ¡No voy a dejar que…! ¡Aggg, mierda!

Katsuki se llevó las manos a la cara al notar cómo se le escapaban las lágrimas. Lágrimas de rabia, de dolor, de frustración. No podía regresar a aquella casa, mirar a los ojos a Izuku y decirle que no había nada que hacer. No podía abandonarlo de esa manera. No quería volver a ver el miedo en sus ojos verdes. No soportaría verlo desaparecer una vez más y para siempre.

Inko se levantó de su asiento y se sentó a su lado. Pasó su brazo protector por encima de sus hombros y acarició su cabello. Shoto se afanaba por aguantar el llanto.

—Katsuki-kun…

—¡Si él no hubiera hecho ese maldito pacto… por mí! —sollozó.

—No es tu culpa —lo consoló—. Izuku siempre ha sido así: no piensa en su propio bienestar. Solo quiere que las personas que ama se encuentren bien. Habría hecho mil pactos por ti y nadie podría habérselo impedido.

—¿Cómo voy a decírselo?

—No se lo digas. Simplemente deja que disfrute de tu compañía el tiempo que le queda. Nada lo hará más feliz. Katsuki, gracias por cuidar de mi Izuku. Gracias por quererlo.


Al principio, Shoto se había sentido incómodo en su papel de distractor. Odiaba tener que quedarse fuera de la casa distrayendo a Yoarashi mientras Bakugo se infiltraba para estar un rato con Izuku. Pero al menos así podían saber de primera mano si Izuku se encontraba bien, y parecía que su amigo estaba mucho más animado desde que aquel humano iba a visitarlo.

Aun así, debía admitir que las charlas que mantenía con Inasa habían comenzado a perder rigidez. Shoto había descubierto que aquel dios tenía un buen corazón después de todo. Ya lo había imaginado el día en que le había secado las lágrimas y se había preocupado por que Izuku no lo viera llorar, pero con cada día que pasaba, confirmaba más y más su teoría.

No entendía cómo alguien como él había acabado al servicio de AFO, pero no debía bajar la guardia. A pesar de todo, su mirada se dirigía cada poco tiempo hacia la ventana de la habitación de Izuku, esperando ver sus rizos rebeldes o sus ojos brillantes. Aquellos que ahora sabía que no volvería a ver.

Realmente hubiera deseado ser él quien estuviera con Izuku en sus últimas horas de vida, pero sabía que no era eso lo que su amor necesitaba. Aunque le doliese, lo que realmente necesitaba era tener a Bakugo a su lado, besándolo, abrazándolo y haciéndolo sonreír una vez más.

—Mañana es el día —dijo Yoarashi de repente. Su voz parecía apesadumbrada.

—Lo sé —contestó Shoto de manera hosca.

—¿Estás preparado?

—¿Cómo se puede estar preparado para algo así?

Yoarashi ignoró la pregunta.

—A AFO le ha llegado la convocatoria de All Might para el juicio sobre Midoriya. Será justo antes de la ceremonia de traspaso de poder, cuando los primeros destellos de la luna se reflejen sobre el lago del santuario sagrado. ¿Estarás allí?

—Por supuesto.

Yoarashi suspiró y se llevó una mano a su cabello rapado.

—Sabes que no servirá de nada, Todoroki. AFO tiene todo muy bien atado. Le quitará los poderes a Midoriya y no podrás hacer nada para evitarlo. Presenciarlo solo te traerá más dolor.

—¿Acaso tú no estarías presente si fuera la vida de alguien que amas la que estuviera en juego?

Yoarashi frunció el ceño, pero una vez más, prefirió no responder a la pregunta.

—AFO tiene la intención de retar a All Might por el gobierno de nuestro mundo una vez que consiga los poderes de Midoriya —le informó—. Seguramente él ya lo intuya, pero deberías informarle para que esté preparado.

—Si lo que dices es cierto, mañana está en juego mucho más que la vida de un amigo. Nuestro mundo sería un caos si cayera en manos de ese… monstruo.

—Supongo que no habéis encontrado una forma de detenerlo, ¿no? —preguntó Inasa.

Shoto negó con la cabeza.

—La única forma sería demostrando que el dios maldito manipuló a Izuku y al humano, que jugó con sus vidas y que hizo trampas. Pero el único testigo es Yoichi Shigaraki, y debido al pacto de unión que tiene con su hermano, no podrá testificar en su contra.

En un primer momento, Inasa asintió pensativo, pero segundos más tarde se dio cuenta de algo.

—¿Cómo sabes tú sobre Yoichi…? —le preguntó lentamente. Los ojos de Shoto se ensancharon al darse cuenta de que había cometido un gran error. Inconscientemente, miró hacia la ventana de la habitación una vez más y entonces Inasa lo comprendió todo—. No me lo puedo creer —masculló, dirigiéndose a grandes pasos hacia la entrada.

—¡No, espera! —exclamó Shoto, agarrándolo del brazo.

Inasa lo asesinó con la mirada. Sus ojos destilaban odio y rencor.

—Tú… me has estado utilizando para meter a alguien en la casa, ¿no?

Shoto se quedó callado. Su mirada una vez más se dirigió hacia la ventana. Tenía que avisar a Bakugo para que saliera de allí.

Inasa utilizó su poder para lanzarlo por el aire. Shoto cayó a varios metros, golpeándose el brazo contra el suelo.

—¡Yoarashi! —gritó, intentando detenerlo y a la vez advertir a sus amigos del inminente peligro—. ¡Yoarashi!

Pero Inasa no respondió. Se sentía humillado, traicionado. Y pensar que había empezado a disfrutar la compañía del más joven de los Todoroki. Gruñó, furioso. Esa familia era una maldición para él. Todos eran una basura que lo habían tratado como si no valiera nada, como si no tuviera sentimientos. Estaba harto de todo.

Estaba harto de vivir atado a ese lugar. Estaba harto de los desplantes que tenía que aguantar a diario, no solo por parte de los integrantes de esa casa, sino también del propio Toya. Estaba harto de hacer amigos que tarde o temprano perdería por culpa de AFO. Pero sobre todo, estaba harto de enamorarse para que después cogieran su corazón y lo aplastaran sin piedad.

Subió los escalones de tres en tres y avanzó dando fuertes pisotones. Escuchó pasos más ligeros corriendo tras él. Shoto había entrado en la casa e intentaba alcanzarlo, pero no le importó. Llegó hasta la puerta de la habitación de Izuku y abrió sin llamar.

Dentro, un joven de cabello rubio y ojos rojos lo esperaba con mirada desafiante.


—¿Estás bien, Kacchan?

Katsuki enfocó la mirada en sus ojos verdes. Intentaba centrar su mente en lo que Izuku le decía, pero no podía evitar que sus pensamientos de oscurecieran cada vez que lo miraba. Su tiempo se acababa. Al día siguiente le perdería para siempre. ¿Cómo podía fingir y hacer como si nada estuviera pasando cuando su mundo se estaba desmoronando?

—Sí, ¿qué me decías?

Izuku sonrió y le acarició la mejilla. Parecía haber perdido el interés por retomar la conversación anterior.

—Sé que hay algo que te preocupa, y puedo imaginar qué es. Eres transparente como el agua, Katsuki Bakugo —rio—. No te atreves a decirme que mi tiempo se acaba, ¿verdad?

Katsuki apretó la mandíbula y los puños. Los ojos de Izuku estaban llenos de tristeza, pero también de serenidad.

—Ya lo había imaginado —dijo—. Mañana hay luna llena. Es el momento propicio. Solo hubiera deseado tener un poco más de tiempo para pasarlo contigo.

A Katsuki le temblaban los labios. No quería llorar. No delante de él. Si Izuku mantenía la compostura, él también debía hacerlo. No quería que supiera lo aterrado que estaba.

—Izuku…

El chico de cabello rizado tomó una de sus manos y la acarició con el pulgar.

—No me arrepiento de nada, Kacchan —dijo con sinceridad—. Tú eres lo mejor que me ha pasado, ¿lo entiendes? No tienes que sentirte mal.

—¿Y cómo demonios quieres que me sienta? —gruñó, llevándose una mano a la frente.

Respiró hondo un par de veces. Sus ojos empezaban a humedecerse. Tenía que parar. No quería que sus últimos momentos con Izuku fueran así.

Izuku lo abrazó con fuerza, apoyando la cabeza en su hombro.

—Kacchan, no vengas mañana, ¿vale? Regresa a casa. No quiero… —un nudo se le formó en la garganta—. No quiero que lo veas.

—No voy a ir a ninguna parte.

—Ya has hecho todo lo que ha estado en tu mano.

—No voy a abandonarte —contestó testarudamente—. Estaremos juntos hasta el final. Quizás… quizás podamos hacer algo. Quizás podamos enfrentarnos a ese hijo de puta. No nos rendiremos hasta el final. Yo…

Izuku depositó un beso en sus labios.

—Te quiero.

—No me digas eso —se quejó Katsuki.

Izuku rio.

—¿Por qué? Si es verdad. Te quiero, Kacchan.

Katsuki retiró los rizos de su cara y besó su frente antes de abrazarlo con fuerza. Para ese entonces, los ojos se le habían anegado de lágrimas.

—Maldito nerd.

Izuku disfrutaba del calor del cuerpo de Katsuki. Aquello era lo único que lo consolaba en esos momentos. Deseó tener el poder de alargar el tiempo para que aquel instante fuera eterno. Y entonces, escuchó el grito de Shoto.

—¡Yoarashi! ¡Yoarashi!

Izuku se separó de Katsuki y se asomó por la ventana. Shoto se encontraba tirado en el suelo e Inasa se adentraba furioso en la casa.

—¡Es Inasa! —dijo Izuku—. ¡Viene hacia aquí! ¡Tienes que irte antes de que te vea!

Pero Katsuki no se movió. La rabia y la frustración que le recorrían el cuerpo impedían que moviera un solo dedo.

Escucharon los pasos acercándose. Izuku tomó a Katsuki por el brazo e intentó convencerlo de que, al menos, se escondiera. Pero Katsuki estaba harto de esconderse. Se colocó frente a Izuku. De sus manos comenzaron a salir chispas.

La puerta se abrió de golpe. Los ojos de Inasa estaban inyectados en sangre, al igual que los de Katsuki. Ambos resoplaban como si fueran toros. Tan pronto como sus miradas se cruzaron, se lanzaron el uno contra el otro con las manos en posición de ataque, dispuestos a volcar sobre el otro toda su ira.

Katsuki dirigió la palma de su mano hacia su oponente y salió una explosión de ella que lanzó a Inasa fuera de la habitación. Inasa utilizó su poder para tirar al suelo al rubio cuando este se acercaba y aprovechó para subirse sobre él y propinarle un puñetazo en la cara. Katsuki se revolvió y lo agarró del cuello antes de descargar sobre él una explosión tras otra.

—¡Parad! —gritó Izuku, intentando separarlos con el látigo negro en vano. Una y otra vez, Katsuki e Inasa se deshacían de sus negros tentáculos y se agarraban a golpes—. ¡Basta!

Shoto lo intentó congelando los pies de ambos, pero Inasa desató todo su poder en un vendaval que abrió de par en par puertas y ventanas, rompió cristales e hizo caer el mobiliario de las habitaciones al suelo. Izuku tuvo que parapetarse tras una pared. Shoto estuvo a punto de caer por el hueco de la escalera. Sin embargo, una mano lo agarró de la túnica antes de que pudiera precipitarse al vacío.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo Toya con tono divertido—. Vaya, parece que tenemos más de un intruso.

—Toya…

El mayor de los Todoroki lanzó a su hermano pequeño contra el suelo.

—Te dije que no volvieras por aquí, Shoto. Y no solo me has desobedecido, sino que has traído a un amigo contigo.

—Toya, puedo explicarlo —dijo Inasa.

—Ahórratelo —le cortó Toya—. Si ni siquiera puedes mantener a unos simples mocosos fuera del perímetro de la casa, ¿para qué nos sirves, Yoarashi?

Inasa apretó los puños.

—¿Ah? Ya decía yo que había mucho ruido aquí arriba —dijo Tomura Shigaraki, que acababa de aparecer tras Toya junto con Toga. Miró a Katsuki y enarcó una ceja—. ¿No es ese el humano que…?

—¡Es Katsuki-kun! —exclamó Toga, acercándose con su amplia sonrisa—. Seguro que ha venido a salvar a nuestro querido Izuku.

—Eso está claro. La pregunta es cómo ha conseguido llegar hasta nuestro mundo —recalcó Shigaraki.

Katsuki frunció el ceño.

—Da igual —rio Toya—. Haremos que se arrepienta de haber venido.

A Izuku le dio un vuelco al corazón. Su sensor de peligro se activó con fuerza. Salió al pasillo y utilizó la cortina de humo a toda potencia. La casa se llenó de un humo denso que impedía la visión. Agarró del brazo a Katsuki y corrió hacia Shoto.

—Quizás no podamos verte, pero podemos oírte —rio Toya, lanzando una llamarada.

Izuku consiguió llegar a tiempo hasta Shoto y se lanzó por el hueco de la escalera con su don para flotar.

—¡Aunque ellos escapen, tú no podrás ir a ninguna parte, Midoriya! —oyó decir a Shigaraki, pero no le importó. Él ya estaba condenado. No pensaba dejar que les hicieran daño a ellos.

Llegaron al suelo del piso de abajo y los tres corrieron hacia la salida. Tras ellos se escuchaban unas pisadas. Izuku abrió la puerta y los empujó a ambos al exterior.

—¡Corred! —les pidió cuando sintió que la barrera que rodeaba la casa le impedía avanzar.

—¡Izuku! —gritó Katsuki, intentando regresar.

Izuku notó calor a su espalda. Una llamarada azul se dirigía hacia Katsuki y Shoto. Apuntó con sus dedos hacia ellos y utilizó su poder para levantar un fuerte viento que los alejó varios metros e impidió que las llamas los alcanzaran. Katsuki se levantó del suelo y miró hacia Izuku con desesperación.

—Vete, por favor —leyó en sus labios.

Katsuki cerró los puños. Shoto lo agarró del brazo y tiró de él hacia el bosque. Finalmente, Izuku los vio retirarse antes de que pudieran empeorar las cosas.

Toya se paró a su lado e Izuku se aferró al marco de la puerta.

—Si querías pasar tus últimas horas con emoción, lo has conseguido, chico —rio antes de regresar al interior.

Alguien más se paró detrás de él. Se giró lentamente y vio a Inasa. Sus ojos estaban llenos de decepción.

—Por esto querías que bajara a hablar con tu amigo, ¿eh? ¿Te has divertido burlándote de mí, Midoriya?

—No era esa mi intención —dijo con cansancio y tristeza—. Yo solo… quería verle una vez más.

Una lágrima rodó por su mejilla. La lágrima que había estado aguantando durante todo el tiempo que Katsuki había estado allí junto a él.

Continuará…