N/A: Hola! Aquí está el segundo capítulo de esta historia. Se podría que decir que a partir de aquí ya se ve más de la trama principal. Esperamos que les guste :)
Por cierto, olvidamos colocar el disclaimer en el capítulo anterior así que este aplica para ambos.
Saludos!
Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist no nos pertenecen. Sólo estamos divirtiéndonos con ellos.
Capítulo 2: Encuentros y despedidas
Positivo…
Los resultados de su estudio médico se lo habían dejado claro. Estaba embarazada.
No lo podía creer, hace poco había ingresado a la academia militar, tan solo tenía 17 años y ahora estaba embarazada.
El doctor amablemente la estaba felicitando por su maternidad, encargándose de mencionarle todos los consejos médicos y cuidados generales que debía tener durante su embarazo. Sin embargo, Riza se sentía tan aturdida que la voz del doctor le resultaba un murmullo alejado y lo único que pudo grabar en su mente fueron las palabras 2 meses.
Tal vez fuera la impresión de la noticia lo que la hizo volver a su infancia. No pudo evitar recordar que cuando era pequeña deseaba que cuando fuera grande encontraría al hombre de sus sueños, se casarían, tendrían una hermosa casa y después tendrían un niño y una niña. Vaya hasta había elegido los nombres de sus futuros hijos.
Edward y Alice.
No había pensado en esos nombres en años, pues esos sueños comenzaron a desvanecerse y sentirse como algo imposible tras la muerte de su madre y el posterior aislamiento al que se vio sometida al cuidar de su padre.
Por años su mundo se volvió gris y monótono pero con la llegada de Roy a su vida pudo sentir cómo el mundo volvía a pintarse lentamente.
Todas aquellas charlas que compartían la hacían sentirse viva y ansiosa por conocer más del mundo, y el solo pensar en la posibilidad de contemplar esas maravillas al lado de Roy la hacían sentir dichosa.
Ciertamente llegó un punto en el que comenzó a imaginarse una vida de casados al lado de Roy y al verlo a los ojos sabía que él también estaba pensando en que subsecuentemente el momento llegaría.
Pero Riza no deseaba apresurar las cosas, sentía que su relación fluía muy naturalmente y que tendrían todo el tiempo del mundo para pasar por las formalidades del matrimonio. Además cuando vio aquella mirada tan amable, decidida y soñadora en él cuando le contó su sueño de mejorar a Amestris protegiendo a la gente, no pudo evitar sentirse contagiada por su entusiasmo.
Tal y como ella se lo dijo en esa ocasión, le parecía un sueño maravilloso. A pesar de que su padre y el propio Roy le habían mencionado en reiteradas ocasiones las miradas de odio que cada vez más ciudadanos lanzaban al ejército por sus acciones, ella estaba consciente de que un gran cambio requería de medidas drásticas así que si la forma de llegar a aquel sueño era formando parte de la tan odiada milicia ella estaba más que dispuesta a hacerlo.
Sólo que ahora… ¿Cómo cambiaría el sistema del ejército cuando tendría que criar a un bebé?
"Señorita, ¿tiene alguna pregunta?" Sus pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos por el tono amable del doctor.
"Eh… no."
"Ok entonces no la retengo más tiempo. Simplemente recuerde sus chequeos, si gusta mi asistente puede tomar sus datos y asignarle un calendario de visitas para las revisiones."
"Gracias, doctor." Intentando esbozar una pequeña sonrisa y sin prestar mucha atención a lo dicho por el doctor, Riza se levantó de la silla y salió del pequeño consultorio, siendo inmediatamente atrapada en un abrazo.
"¡Riza!, ¿Qué fue lo que te dijo el doctor?" A pesar de la alegría que siempre emanaba de Rebeca, Riza pudo sentir la tensión y preocupación en su tono de voz, pero por más que quería las palabras no terminaban de formarse en su boca. Ante esto, Rebeca se separó manteniendo sus manos en los hombros de su amiga, notando en esta ocasión cómo sus ojos empezaban a brillar. "Riza, háblame. ¿Qué fue lo que pasó?".
Con mucho esfuerzo y apenas en un susurro Riza le respondió. "No aquí, por favor".
Entendiendo la situación, Rebeca se apartó de ella para tomar sus cosas y salir rápidamente junto con ella del lugar.
El trayecto hacia los cuarteles fue totalmente silencioso. Rebeca le lanzaba miradas llenas de preocupación a Riza, pero ella parecía no notarlas ya que mantuvo su vista al frente aunque ligeramente inclinada hacia abajo. A pesar de caminar a su lado, a Rebeca le dio la impresión de que su amiga realmente no estaba allí, su mirada parecía vacía, perdida en un torbellino de pensamientos al que no tenía permitido el acceso.
Una vez pusieron un pie en los cuarteles, Rebeca se vio desconcertada por el cambio en Riza. Su mirada perdida y un tanto triste fue reemplazada por el semblante serio que Rebeca tanto admiraba de ella cuando estaba enfocada en realizar alguna actividad.
Siguiendo su ejemplo, Rebeca trató de ocultar su preocupación recurriendo a su sonrisa de siempre y a sus saludos tal vez un poco llamativos cuando se cruzaban con algún conocido en el camino. Pero la seriedad y las sonrisas se vinieron abajo en cuanto entraron a su dormitorio y Rebeca cerró la puerta tras de sí.
Rebeca suspiró y buscó con la mirada a su amiga. Riza estaba sentada en su cama, con la vista desviada hacia la pequeña ventana que escasamente iluminaba la habitación pero a pesar de eso Rebeca no pudo evitar notar las lágrimas que ahora caían libremente por sus mejillas.
"¡Riza!" Rápidamente corrió hasta su propia cama, sentándose en ella y tomando las manos de Riza entre las suyas. "Por favor, Riza. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no sé lo que te sucede".
Las lágrimas de Riza continuaron deslizándose silenciosamente pero no hubo ninguna reacción que denotara que había escuchado la petición de su amiga.
Combatiendo el nudo que se estaba formando en su garganta al ver en ese estado a su amiga, Rebeca apretó suavemente sus manos tratando de captar su atención. "Por favor, puedes confiar en mí."
En ese momento Riza finalmente desvió su mirada hacia su amiga. Sus ojos seguían brillantes y llorosos pero su voz sorprendentemente sonó firme y suave a la vez. "Becky, estoy embarazada."
Sin poderlo evitar una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Rebeca. "Pero, Riza esa es una buena noticia. Un bebé siempre es una bendición. Bueno claro, eres un poco joven pero así no tendrás que lidiar con la crianza de un niño cuando ya tengas canas." Bromeó Rebeca al final tratando de aligerar el ambiente.
"No es tan fácil como parece. ¿Qué es lo que se supone que tengo que hacer? Solo tengo 17 años, recién ingresé a la academia y tú sabes que apenas tengo el dinero suficiente para subsistir."
"Sí, lo sé pero eres fuerte, Riza. Apenas llevas un par de meses aquí y tu determinación ya te está haciendo resaltar."
"Pero no sé si el ejército me permita conservar mi lugar. ¿Cómo voy a mantener a mi bebé?"
"Bueno pero ahora ya tienes la excusa perfecta para alejarte de la milicia y vivir con el padre de tu hijo. Aunque a veces me dé miedo tu seriedad, debo decir que desde que te conocí he tenido la idea de que la vida familiar te iría de maravilla."
Riza sonrió con tristeza mientras se secaba algunas lágrimas con el dorso de su mano. "Eso no es una posibilidad. Él tiene muchas cosas que hacer como para estar criando a un niño."
Ante el comentario Rebeca se molestó. "¿Cómo que tiene muchas cosas que hacer? ¡Es el padre del bebé! Tiene que asumir la responsabilidad."
"Sé que si se lo digo se sorprenderá pero se alegrará. Incluso probablemente deje de lado su carrera-"
Sin dejarla continuar Rebeca intervino energéticamente con una gran sonrisa "¡Eso es! ¿Ves? No tienes de qué preocuparte. Sólo tienes que decirle y juntos podrán criar a ese bebé que viene en camino."
"Pero él tiene una meta muy importante que cumplir, no puedo permitir que la deje así como así."
"Si te conozco tan bien como sé que lo hago, estoy segura de que lograrás convencerlo de que no es necesario que deje su carrera. Además si lo hiciera, ¿Cómo mantendrían al bebé?"
"Tal vez tienes razón. Es solo que esto no lo teníamos planeado… yo quería apoyarlo desde dentro de la milicia pero quizás pueda criar a nuestro bebé mientras él sigue ascendiendo en el ejército." Las lágrimas parecían haber cesado y Riza sonrió sinceramente. Esta vez la sonrisa alcanzó sus ojos pero, al alzar la mirada hacia el rostro de su amiga, ésta desapareció por completo.
Rebeca la miraba fijamente con los ojos muy abiertos. El color parecía haber escapado de su rostro y sus labios, habitualmente en una sonrisa, estaban fruncidos, como queriendo evitar tener que decir lo que pensaba.
"¿Qué sucede?" Preguntó Riza con un tono de preocupación y confusión.
Tratando de controlar su preocupación Rebeca respondió. "Riza… el padre de tu bebé…. ¿Forma parte de la milicia?"
Sin poder evitar un pequeño sonrojo al pensar en Roy vestido con su uniforme, Riza simplemente asintió.
Una solitaria lágrima corrió por la mejilla de Rebeca. "Oh, Riza." Sin previo aviso se acercó y la abrazó fuertemente. "Lo siento… lo siento… olvida lo que dije."
Sumamente confundida, Riza se quedó rígida. "¿Qué es lo que sucede, Becky?"
"No puedes quedarte con el bebé." Rebeca sintió como Riza se tensaba bajo su abrazo. "O en el mejor de los casos, puedes criarlo pero por nada del mundo se puede saber quién es su padre."
Sintiendo que las lágrimas volvían a desbordarse Riza apartó cuidadosamente a Rebeca y la miró fijamente. "¿Por qué? ¿A qué te refieres?"
"La ley anti-fraternización." Ante la mención Riza se puso pálida, temiendo que estuviera metida en un problema aún más grande de lo que imaginaba. "No me sorprende que la hayas pasado por alto. Sé que aún no nos han hablado en detalle de ella y que sólo había una pequeña mención a esa ley en los papeles de registro que llenamos al entrar en la academia, pero en estos casos… es terrible."
Los ojos de Rebeca se volvieron tristes y nostálgicos. "Mi hermano pagó un precio muy grande por haberla infringido." Dando un gran suspiró continuó. "Hace unos años mi hermano ingresó a la academia militar. Era un cadete muy dedicado y todos los que lo conocían le auguraban un futuro muy prometedor en la milicia. Pero cuando estaba cerca de graduarse todo cambió. Conoció a una chica de primer año, y ambos se enamoraron profundamente." Rebeca sonrió con tristeza "La chica se llamaba Helen, sinceramente me caía muy bien. También era muy dedicada y eficiente. Ambos lograron mantener su noviazgo en secreto pero eso no fue suficiente. Poco después de que mi hermano fuera asignado al Norte, Helen descubrió que estaba embarazada y, desafortunadamente, antes de que pudieran pensar en una solución el ejército descubrió lo que sucedía."
A pesar de sus propias preocupaciones Riza pudo notar lo difícil que estaba siendo para su amiga relatar la historia de su hermano, así que se levantó y se sentó junto a ella tomando una de sus manos para apretarla ligeramente en señal de apoyo.
Rebeca la miró agradecida y continuó. "A pesar de que mi hermano ya estaba trabajando activamente en el ejército y que ambos eran solo unos estudiantes cuando se conocieron, tanto él como Helen fueron llevados a la corte marcial. Todos los que alguna vez lo animaron en su carrera militar se volvieron en su contra, alegando que Amestris no podría contar con él cuando ni siquiera puede cumplir una estúpida ley." Riza pudo notar cómo la mano de Rebeca que no estaba sosteniendo se apretaba en un puño.
Temiendo lo que diría, Riza se armó de valor y preguntó. "¿Cuál fue el veredicto?"
"Fueron sentenciados a prisión y querían que abortaran al bebé." Las miradas de Riza tanto como de Rebeca se llenaron de dolor. "Mi hermano se alteró y trató de convencer al jurado de que dejaran vivir al bebé. Fue difícil pero lo logró. Sólo que… a cambio optaron por mandarlo al escuadrón de fusilamiento."
Riza sintió como su corazón se encogía y no sólo eso, sino que su miedo, preocupación e incertidumbre crecieron enormemente. Tratando de sobreponerse al nudo que se estaba alojando en su garganta Riza preguntó. "¿Qué sucedió con Helen y el bebé?"
La mirada de Rebeca se ensombreció. "El estrés y el dolor de haber perdido a mi hermano provocaron que Helen perdiera el bebé… un año después la dejaron en libertad pero nunca volvió a ser la misma chica de siempre." Terminó Rebeca con un tono lleno de tristeza y dolor mientras sus ojos derramaban las lágrimas que había estado conteniendo.
Riza se quedó callada mientras sentía como las lágrimas corrían libremente por su rostro. Sus preocupaciones se habían enfocado al miedo de ser una madre tan joven, a cómo mantener al bebé y a la posibilidad de detener el inminente ascenso en la carrera de Roy y por ende ralentizar el camino hacia su meta. Jamás habría creído que estaría metida en una situación tan delicada. Sí, Rebeca tenía razón, había una pequeña nota sobre la ley anti-fraternización dentro de sus papeles de registro a la academia militar pero cuando los había llenado ni siquiera había pasado esa noche con Roy.
Ahora toda la información que había recibido caía sobre ella como una inexorable avalancha. Roy y Riza iban a tener un bebé. No podían criarlo juntos. Ella no contaba con los medios para sacarlo adelante. Estaba sola.
Anteriormente las lágrimas de Riza habían sido continuas pero silenciosas. Ahora sintiendo como si su corazón se desgarrara no pudo controlarlas más. Riza se abalanzó a Rebeca y lloró como nunca antes lo había hecho en su vida.
Rebeca había dejado que la semana siguiente pasara con normalidad para Riza. No quería presionarla y menos en su estado por lo que ambas fingieron normalidad en su vida diaria en la academia.
Sabía que Riza ahora tenía siempre presente el futuro de su bebé y de ella misma y seguramente estaba planeando lo que debía hacer ahora, pero toda la situación la tenía muy preocupada. Entre más tiempo pasara más probable era que su embarazo saliera a la luz.
Estaba empezando a temer que Riza estuviera bloqueando los sucesos recientes ante la tan importante decisión que tendría que tomar respecto al destino del bebé. Pero todos sus miedos se disiparon esa noche cuando ambas estaban acostadas y Rebeca había asumido que Riza estaba dormida.
"Voy a dar en adopción al bebé." La voz suave de Riza interrumpió la quietud de la habitación.
Rebeca se levantó y se sentó en el borde de la cama de Riza. "¿Estás segura?"
Riza, quién había estado acostada dándole la espalda a la cama de Rebeca, se incorporó lentamente y se sentó. "Sí." Respondió Riza con una mirada triste pero decidida. "No tengo derecho a arruinar la vida de este bebé. En estos momentos no puedo darle la vida que se merece. Ni siquiera puedo darle una familia." Agregó Riza mientras empezaba a derramar un par de lágrimas. "Incluso si lograra criarlo por mí misma, lo condenaría a una vida de incertidumbre en la que en cualquier momento podrían llegar los militares para llevarnos a una corte marcial."
Rebeca se acercó y la abrazó. "Sé que fue una decisión difícil pero estoy orgullosa de ti. Cualquier otra persona en tu lugar habría optado por abortar. Le estás dando a tu bebé una oportunidad de crecer y ser feliz."
"Ojalá eso lo hiciera más fácil." Respondió tristemente Riza mientras correspondía el abrazo de su amiga.
"¡Hey! ¿Cuándo te han gustado las cosas fáciles? Siempre pones en aprietos a los militares pidiendo nuevos retos y actividades." Riza sonrió levemente a través de las lágrimas mientras Rebeca se apartaba y tomaba sus manos en las de ella. "Además si tú vas a ser madre supongo que eso me hace madrina honoraria de tu bebé."
"Pero no me voy a quedar con él."
"¿Y? Aunque aún no esté fuera de tu estómago puedo ser su madrina, así que mis deberes como madrina honoraria cubren la salud tanto del bebé como la tuya así que déjame ayudarte ¿ok?" Respondió Rebeca con una sonrisa sincera.
Riza suspiró levemente y le correspondió la sonrisa. "Quién diría que la chica escandalosa que hace dos meses me tacleó al entrar al cuartel se convertiría en mi mejor amiga."
"Digamos que me gusta causar primeras impresiones duraderas."
Ambas rieron levemente mientras separaban sus manos e inconscientemente Riza colocó sus manos en su vientre.
Con un tono suave y tranquilo Rebeca atrajo la atención de Riza. "No quisiera presionarte, Riza, pero ya tienes 2 meses. No va a tardar mucho en que tu embarazo sea notorio."
Riza dio un suspiro. "Lo sé. Lo que más me preocupaba era el destino de mi bebé y ahora que lo he decidido creo que puedo pensar en lo que voy a hacer hasta que nazca."
"Bueno considerando las circunstancias no creo que sea conveniente que tengas al bebé aquí."
"Sí, no puedo arriesgarme a que terminen encontrando la relación entre mi bebé y Roy."
"¿Roy? No puede ser… ¿Estás hablando de Roy Mustang?" De un momento a otro Rebeca había subido la voz y tenía los ojos muy abiertos.
Haciéndole señas para que bajara su volumen de voz, Riza asintió.
Haciendo un gran esfuerzo por contener su tono de voz (aunque no evitando los movimientos emocionados de sus manos) Rebeca apuntó un dedo hacia Riza y le dijo con un tono pícaro. "Creí que eras seria pero ya vi que te gusta jugar con fuego."
Ante el comentario Riza se sonrojó intensamente.
"Es una lástima que las demás chicas no puedan saberlo. Morirían de envidia al saber que el joven ardiente ya tiene dueña."
"¡Becky!"
"¿Qué? No es mi culpa que hayas hecho caer al galán más solicitado de Central. De hecho me animé a inscribirme en la academia cuando lo vi entrenando en los campos del cuartel." Viendo la mirada furiosa de Riza, levantó las manos a modo de defensa. "Solo era una pequeña broma." Rió nerviosamente. "No es mi culpa que sea famoso. Todos por aquí se enteraron del día en el que obtuvo su certificación como alquimista estatal."
Riza, aún un tanto sonrojada, relajó su mirada. "Bueno, volviendo al tema. Necesito irme de aquí pero no quiero quedar vetada de la milicia. Estaba pensando en darme de baja por un semestre. Tal vez dos si tengo complicaciones para encontrarle un hogar a mi bebé."
"Me parece buena idea, no te preocupes yo me encargaré de que nadie quiera apropiarse de esta cama en ese tiempo." Rebeca sonrió mientras palmeaba exageradamente la cama en la que estaban sentadas. "No aceptaré otra compañera que no sea rubia, seria, tenebrosa y que sepa conquistar a los grandes galanes."
Riza suspiró. "Eres irremediable, Becky."
"Me amas, admítelo." Respondió Rebeca con una gran sonrisa. "Y bien, ¿a dónde irás durante ese tiempo?"
"En realidad no tengo opción. Tendré que regresar a la casa de mi padre, no tengo dinero suficiente como para rentar un departamento en algún otro lugar."
"Pero si no mal recuerdo tu vivías cerca de ciudad del Este ¿No es así?" Riza asintió. "¿No crees que corres el riesgo de encontrarte con Roy? ¿No crees que si te ve, él querrá decidir sobre el futuro de su hijo?"
"Es muy probable pero haré todo lo posible para que no se entere de mi presencia, no debe saber de este bebé por el bien de su meta." Rebeca la miró confundida pero prefirió no preguntar más al respecto. Riza suspiró. "Tendré que ser muy cuidadosa."
Rebeca alzó un dedo y lo movió de lado a lado. "Nada de eso. No puedes vivir con esa preocupación durante tu embarazo. El estrés no es bueno para tu bebé." Sonriendo ampliamente agregó. "¡Es aquí donde entra en acción la madrina honoraria! Tengo el lugar perfecto para ti… ¡Riviere!
"Pero eso es en el Norte, ¿cómo voy a pagar el transporte y sobre todo mi estancia en una ciudad tan lejana y desconocida?"
Ahora Rebeca se señaló a sí misma. "Por eso te digo que aquí entra la madrina honoraria. Mi hermano compró una pequeña casa en Riviere cuando fue asignado al Comando del Norte. Decía que ver paisaje durante el trayecto de Riviere al comando le ayudaba a iniciar el día con mucha energía." Tratando de evitar malos recuerdos Rebeca sonrió y continuó. "Piénsalo, es la idea perfecta." Levantando un dedo siguió. "Así no tendrás que vivir preocupándote de que Roy o alguien de Central te descubra." Alzó un segundo dedo. "No tendrás que pagar renta, por lo que tendrás todo tu dinero a disposición tuya y del bebé." Finalmente levantando un tercer dedo agregó. "Y estarás en un lugar en el que podré visitarte cada mes sin problemas."
"Becky, te lo agradezco pero no podría…"
Rebeca no la dejó terminar. "Nada de peros. No puedes negar que es la mejor opción que tienes. Además, sé que mi hermano te hubiera recibido con los brazos abiertos."
Escapándosele una lágrima Riza sonrió. "¡Muchas gracias, Becky! No sé qué haría sin ti."
"Pues no tendrás que preguntártelo porque, como te dije, te visitaré durante el fin de semana libre que tenemos cada mes."
"No es necesario que lo hagas. Ya estás haciendo demasiado por mí."
"Nunca es demasiado cuando se es una madrina honoraria." Respondió Rebeca llena de energía.
Riza sonrió ampliamente y la abrazó, pensando en todos los preparativos que tendría que realizar para que el plan saliera a la perfección.
2 semanas después Riza se encargó de realizar todo el papeleo que le permitiría la baja temporal que necesitaba. Por suerte en ese tiempo su vientre apenas había comenzado a notarse muy ligeramente por lo que su uniforme de cadete era suficiente para que su embarazo pasara completamente desapercibido.
Habiendo aprendido muy bien cómo funcionaba la burocracia en el ejército, Riza concluyó su trámite justo en la víspera del fin de semana libre mensual, por lo que Rebeca pudo acompañarla a su nuevo hogar provisional.
El viaje en el tren fue mayormente silencioso. Rebeca comprendió que Riza tenía demasiadas cosas en la cabeza por cómo habían cambiado las cosas en tan poco tiempo por lo que no forzó alguna conversación.
Riza por su parte se pasó casi todo el trayecto con la cabeza recargada en la ventana viendo el paisaje pasar mientras mantenía una mano inconscientemente acariciando su vientre. No podía dejar de pensar que en unos meses sería madre. Le parecía algo tan surreal que continuamente sentía que en cualquier momento se despertaría de un largo sueño.
Pero esto no era un sueño.
Era una realidad.
Aunque intentaba alejarlo lo más que podía, el pensamiento de querer ver crecer a su bebé se hacía presente en su mente con frecuencia, así que siempre que esta idea hacía su aparición trataba de enterrarla con la firme resolución de que su bebé merecía una vida feliz y que ella, desafortunadamente, no era la persona que podría dársela. Así que también era consciente de que muy probablemente la próxima vez que viajara en este tren lo haría sola… dejando atrás a su pequeño bebé.
Y así este círculo vicioso se repetía una y otra vez en su mente, causando que durante el viaje apenas durmiera un poco a petición de Rebeca.
Una vez en Ciudad del Norte, transbordaron y aprovecharon para buscar un restaurante para comer algo antes de abordar el tren que finalmente las llevaría hasta Riviere.
Mientras caminaban Riza contemplada la ciudad con atención. Era la primera vez que visitaba el Norte. A pesar de que la ciudad estaba cubierta por una ligera capa de nieve, las calles estaban llenas de gente, aunque no tanto como en Central. Había varios puestos ambulantes que ofrecían bebidas calientes e incluso vio a un hombre que intentaba vender sus figuras hechas con nieve. Sí, ella también se preguntaba cómo era posible que alguien intentara siquiera venderlas.
Siguieron caminando hasta que un edificio de 2 pisos con un pequeño patio llamó la atención de Riza y se detuvo.
Era el orfanato de la ciudad.
La nieve acumulada en el patio era suficiente para jugar, por lo que habían varios niños de entr años corriendo y lanzándose bolas de nieve.
La risa de los niños contagió a Riza, provocando una sonrisa en su rostro.
Rebeca se detuvo al notar que su amiga se había quedado atrás y al voltearla a ver no pudo evitar notar su sonrisa y el cariño que emanaba de su mirada. Sonrió con tristeza sabiendo lo que sucedería en el futuro y se acercó a ella para contemplar a los niños.
"Parece que se están divirtiendo." Comentó Rebeca.
"Sí, tienen tanta energía que ni siquiera el frío los detiene." Comentó cariñosamente Riza.
Ambas se quedaron unos momentos contemplando a los niños mientras jugaban y reían, observando también cómo una joven mujer los supervisaba e incluso se unía a ellos en sus juegos.
Creo que este sería un buen lugar para mi bebé. Pensó Riza mientras acariciaba su vientre con su mano derecha.
Riza sabía que daría su bebé en adopción pero aún le era difícil pensar en el lugar donde lo dejaría. Sabía que los orfanatos recibían cada vez más niños y eso le hacía temer que su bebé nunca encontrara una familia que lo criara. Pero el ver a esos niños jugando y riendo calmó por un momento sus preocupaciones. Estaba consciente de que el amor y seguridad de un hogar era lo que más deseaba para su hijo o hija pero si no hallaba a una familia dispuesta a criarlo, temía que tendría que recurrir a un orfanato y, aunque no era su primera opción, esperaba que la risa de su hijo o hija se pudiera escuchar por todo el lugar.
Unos minutos después Rebeca sacó a Riza de sus pensamientos recordándole que debían apresurarse si querían comer algo antes de partir.
Finalmente con la llegada del atardecer Riza y Rebeca estuvieron frente a su destino. La casa estaba sobre el camino del bosque de Riviere, con solo un par de vecinos a algunos metros de ella. Era de un solo piso, con solo un par de ventanas pequeñas al frente, una habitación con un pequeño cuarto baño dentro de ella y una cocina con lo esencial que servía tanto de comedor como de sala. Era una casa pequeña pero era más que suficiente para Riza.
Obviamente el tiempo de abandono había dejado sus marcas, por lo que antes de desempacar tuvieron que ocuparse de limpiar todo el lugar dejándolo lo más presentable posible.
Riza se encargó de sacudir el polvo y limpiar todos los objetos que no le requirieran agacharse o cargar algo pesado ya que Rebeca tenía un ojo fijo en ella supervisando que no se sobre esforzara.
Sin poderlo evitar, cerca de la media noche Riza descansó un momento en el sofá que estaba al lado de la puerta y se quedó profundamente dormida.
Cuando Riza despertó se sorprendió al ver que toda la casa ahora está completamente limpia y sus pertenencias ya se encontraban guardadas. Estirándose ligeramente volteó hacia la cocina y pudo ver cómo su amiga estaba sentada en una silla durmiendo profundamente con sus brazos acomodados sobre la mesa.
Riza sonrió agradecida y silenciosamente fue a la habitación a recoger una manta para posteriormente colocarla sobre su amiga.
Al regresar a la que sería su habitación por los próximos meses no pudo evitar notar el pequeño montón de tela que estaba sobre la cómoda. Acercándose lo tomó y pudo notar que se trataba de una pequeña manta amarilla con ositos dibujados en ella.
Pensando en que esta mantita era oficialmente el primer regalo de su bebé se recostó en la cama, abrazó la suave tela y dejó que algunas lágrimas silenciosas salieran libremente, dejándolas fluir hasta que el cansancio nuevamente la venció.
"Riza."
"¿Mmm?"
"Vamos, Riza. Despierta, ya pasa de medio día." Dijo Rebeca mientras agitaba el hombro de su amiga.
"¿Qué?" Riza se incorporó rápidamente al darse cuenta que había dormido mucho más de lo que había pensado.
"Tienes que comer algo, además en un par de horas sale mi tren y me gustaría enseñarte dónde se ubica todo antes de que me vaya."
Riza echó un rápido vistazo hacia la mesa de la cocina y pudo ver los platos de humeante comida sobre ella. "Lo siento mucho, Becky. Te deje hacer prácticamente todo el trabajo. Quería compensarte preparando la comida pero ni siquiera eso pude hacer."
Con una sonrisa Rebeca le respondió. "No te preocupes. Es normal que te canses más rápido además casi no dormiste durante el viaje."
Aún sintiéndose un poco apenada, Riza le agradeció nuevamente y se dispusieron a comer.
Mientras comían Rebeca decidió romper el silencio. "Veo que te gustó el regalo." Comentó con una sonrisa mientras le señalaba con la cabeza la pequeña manta que Riza inconscientemente había llevado consigo.
Con una sonrisa Riza le respondió. "Es muy linda, Becky. ¡Muchas gracias!"
La sonrisa de Rebeca se ensanchó. "¿Notaste el bordado?" Viendo la mirada de incredulidad de Riza, Rebeca prosiguió. "Revisa la esquina inferior derecha."
Siguiendo las instrucciones de su amiga Riza revisó la manta y descubrió que el bordado eran las letras 'RH' en cursiva.
Notando la sorpresa en el rostro de Riza, Rebeca continuó. "Sé que el bebé no podrá quedarse contigo pero eso no significa que no pueda al menos tener algo de ti. Me hubiera gustado poner la inicial de su nombre pero es difícil adivinar cuál va a ser. Pensé en agregar un halcón pero… digamos que mis habilidades con la aguja no son muy buenas que digamos." Agregó riendo ligeramente.
Con una gran sonrisa y los ojos brillantes Riza le respondió. "Me encanta, Becky. De verdad, muchas gracias."
El resto de la comida continuó con una charla casual entre las amigas. Cuando terminaron prepararon la pequeña maleta de Rebeca y salieron a recorrer las calles. Durante el trayecto Rebeca le señaló dónde se ubicaban los lugares que recordaba de la vez que había ido a recoger las cosas de su hermano. Lograron ubicar una pequeña clínica cerca de la estación, tiendas de comestibles, de ropa e incluso una de artículos de bebé las cuales serían muy útiles para Riza.
Al despedirse Riza abrazó fuertemente a Rebeca y le agradeció nuevamente por toda su ayuda. Rebeca sonrió y le recordó que la llamara en cualquier momento cuando la necesitara.
Riza se quedó en la estación hasta que dejó de ver el humo del tren en el que viajaba Rebeca. Dando un gran suspiro comenzó a caminar de regreso a su nuevo hogar, preparándose mentalmente para lo que sería su nueva vida.
Durante su embarazo Riza procuró ser lo más discreta posible. Al estar viviendo en una casa con pocos vecinos a su alrededor no fue tan difícil. Pasaba tanto tiempo como le fuera posible dentro de la casa, leyendo la mayor parte del tiempo para pasar el rato y solo salía para abastecerse de víveres.
Como lo prometió, Rebeca la visitaba al final de cada mes para hacerle compañía y ayudarle en lo que pudiera, algo por lo que Riza estaba muy agradecida ya que en esos meses prácticamente no tenía contacto con personas, solamente hablaba un poco con los vendedores a los que les compraba y saludaba desde el camino a sus vecinos cuando se los topaba al salir.
Sin embargo, entre las visitas de Rebeca, era la voz de Roy la que la animaba y le hacía olvidarse de la soledad que se había autoimpuesto.
A mediados de cada mes Riza se acercaba a un restaurante que se encontraba cerca de dónde compraba sus víveres a hacer la llamada. El restaurante lo atendía una mujer mayor de rostro apacible y que, a pesar de sus cansados ojos azules, parecía haberse percatado desde el primer instante que Riza estaba embarazada. Pero, para sorpresa de Riza, la señora nunca le preguntó sobre su pasado. Simplemente se enfocaba en preguntarle sobre cómo se sentía y si tenía algunas ideas para el nombre de su bebé.
Por eso, en cada ocasión que Riza visitaba el restaurante para hacer la llamada la anciana siempre la trataba con mucho cariño y amabilidad, acercándole en cada ocasión una silla y una taza de té para que estuviera cómoda.
Durante las llamadas la voz de Roy siempre era dulce y anhelante, tanto como de seguro lo era la de Riza. Roy le contaba sobre cómo le estaba yendo y las misiones que le asignaban. Además, no dudaba en compartirle en un tono entusiasta sobre algún nuevo tema de alquimia al que hubiera tenido acceso.
Riza lo escuchaba encantada. Amaba el entusiasmo que Roy estaba poniendo tanto en la alquimia como en el ejército, pues sabía que toda esa emoción ayudaría a construir un mejor país.
Pero a pesar de que sus conversaciones iniciaban con temas relacionados a los estudios de Riza (para lo cual ella tenía previamente pensado las actividades que "realizó" para compartirselas a Roy) y los avances de él, siempre terminaban suspirando y diciéndose lo mucho que se extrañaban.
Nunca faltaba la ocasión en la que Roy le recordaba que él volvería por ella y en cada ocasión Riza no podía evitar morderse el labio para evitar que algunas lágrimas se le escaparan.
Riza lo amaba y quería estar con él para criar juntos a su bebé, pero su resolución era más fuerte. La meta de Roy no era fácil, así que ella lo ayudaría hasta que lo lograra y si eso retrasaba sus planes de estar juntos, Riza lo haría porque sabía que la felicidad de muchos estaba en juego. Ya había tomado la decisión de alejar a su bebé del mundo militar para evitar exponerlos a los tres a la voluntad de los altos mandos al enterarse de quién era su padre así que, aunque sentía como su corazón se apretaba al escuchar a Roy y al pensar en su bebé, estaba decidida a aplazar su propia felicidad hasta que llegara el momento propicio.
Hacia el final de sus conversaciones Roy la notaba un poco triste pero lo atribuyó a una melancolía mutua, pues cada vez que la escuchaba, sentía cómo sus deseos de verla y estrecharla entre sus brazos se hacían tan fuertes que sentía una punzada en su corazón al pensar en el tiempo que faltaba para que volvieran a estar frente a frente.
Lo que Roy no sabía es que cuando notaba ese tono triste en ella, Riza siempre estaba acariciando suavemente su vientre.
Generalmente al regresar a su casa después de haber hablado con Roy, Riza sacaba la pequeña caja de sus tesoros y releía las cartas que Roy le había enviado anteriormente. No había recibido una nueva carta en los últimos meses al no querer darle su ubicación pero por alguna razón al terminar su llamada mensual Riza lo extrañaba más que nunca y esas cartas eran una forma de sentirlo cerca.
Cuando Riza tenía casi 8 meses de embarazo, Rebeca la fue a visitar como era su costumbre, solo que en esta ocasión, a diferencia de las demás, Rebeca le entregó a su amiga una hoja con datos escritos por ella misma.
"¿Qué es esto, Becky?" Preguntó Riza mientras comenzaba a leer la hoja.
"¿Recuerdas el orfanato por el que pasamos la primera vez que llegamos aquí?" Riza asintió sintiendo como su estómago se encogía. "Antes de tomar el tren hacia aquí pensé en ver qué tal es el lugar y creo que te gustará. Las personas ahí son muy amables y tienen muchas actividades para los niños. Las habitaciones son un poco pequeñas pero tienen un jardín dónde puedes escuchar a los niños riendo y jugando."
En ese momento Riza sintió como su tristeza le oprimía el corazón fuertemente. Ella tenía presente que su bebé tendría que crecer en un lugar así pero no había reunido el valor suficiente para comenzar a indagar más a fondo sobre los orfanatos cercanos. No podía evitar sentirse un tanto egoísta por ello, pero deseaba pasar algunas semanas con su bebé antes de tener que despedirse de él. Se sentía terrible al saber que no podría criarlo y verlo crecer pero el momento de la despedida la aterraba inmensamente que incluso recientemente había tenido serios problemas para conciliar el sueño.
Seguramente todos esos pensamientos se vieron reflejados en su rostro ya que Rebeca rápidamente trató de consolarla. "Hey, Riza. No tienes que revisar eso ahora. Es solo que tenía algo de tiempo antes de tomar mi tren pero no tienes que apresurarte a tomar una decisión. Es más, dejemos eso de lado. Mejor vamos a comer porque estoy que me muero de hambre. Sé que son saludables pero las ensaladas no me llenan para nada."
Riza le sonrió débilmente y guardó la hoja en el cajón de su pequeña mesita de noche. Durante la visita de Rebeca no volvieron a tocar el tema y Riza trató de mostrarse tranquila y de reír ante las ocurrencias de su amiga pero no pudo sacarse de la cabeza la idea del orfanato. La hora se estaba acercando…
Al día siguiente, a pesar de la constante negación de Rebeca, Riza la acompañó hasta la estación de trenes. Rebeca no quería que la acompañara por lo avanzado de su estado pero Riza no quería romper su tradición. Además, aunque no lo dijera en voz alta, ahora era cuando más quería sentirse acompañada el mayor tiempo posible.
Antes de abordar el tren, Rebeca trató de darle todas las indicaciones posibles sobre los cuidados que tenía que tener ahora que el parto estaba tan cerca, insistiendo sobre todo en que Riza debería alojarse cerca de la ciudad para tener un acceso más rápido al hospital a lo cual Riza se negó rotundamente puesto que, según ella, eso desharía todos sus esfuerzos de vivir de manera discreta durante todos estos meses.
Suspirando ante la terquedad de su amiga, Rebeca la abrazó fuertemente y abordó el tren, esperando que la próxima vez que viniera pudiera llevarla, aunque sea a rastras, a alquilar una habitación de hotel o incluso a solicitar una habitación en el hospital.
Riza se quedó en la estación hasta que el tren desapareció de su vista. Con un poco de trabajo se levantó de la banca en la que estaba sentada sintiendo un ligero dolor al hacerlo.
Sin darle mayor importancia al dolor que sintió, Riza se encaminó hacia su casa viendo como el atardecer llenaba de tonos naranja el cielo de Riviere.
Si algo había descubierto Riza, es que al atardecer Riviere se convertía en un lugar muy tranquilo. La mayor parte de la gente se levantaba al amanecer para comenzar con sus labores del día por lo que el atardecer era la señal perfecta para que cada quien volviera a sus hogares.
En su camino Riza se topó con algunas personas que terminaban su jornada las cuales saludó con una ligera reverencia y siguió caminando para evitar la conversación ya que, en primera, tenía que seguir con su estilo de vida discreto y, en segunda, el dolor que había sentido en la estación parecía estar aumentando poco a poco por lo que solo quería llegar a casa para descansar.
Mientras más se acercaba a su casa un pensamiento cruzó por su mente. Tal vez ya es hora. Pero se negaba a creerlo, aún le faltaba un mes y en su última revisión el doctor le había dicho que todo marchaba bien.
Trató de aferrarse a la idea de que solo era un pequeño malestar pero, cuando estaba a las afueras de la casa de sus vecinos más cercanos, el dolor se incrementó de manera tan rápida que tuvo que detenerse.
No puede ser. No puede ser. No ahora, no aquí. Aún no es tiempo.
Sintiéndose incapaz de dar un paso más, Riza colocó sus manos en su vientre y se inclinó ligeramente mientras que sentía como el sudor empezaba a llenar su frente y algunos gemidos de dolor escapaban de su boca.
Riza trató de calmarse y pensó en inhalar y exhalar fuertemente para controlar su respiración pero, al primer intento, pudo sentir como algo líquido empezaba a correr por sus piernas.
No podía negarlo más, su bebé estaba por nacer y no tenía forma de llegar al hospital.
Riza empezó a sentir cómo las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas. Se sentía una tonta por haber sido tan terca como para negarse a aceptar lo que estaba pasando. Si tan solo le hubiera prestado más atención al primer dolor que sintió ahora no estaría a las afueras de la ciudad, sin modo de llegar al hospital y completamente sola.
Fue tanta su desesperación que no notó las pisadas que anunciaban que alguien se había acercado a ella.
"¿Señorita? ¿Qué le pasa?" Una voz gentil pero que denotaba preocupación la hizo levantar la vista para encontrarse con unos brillantes ojos verdes frente a ella.
Se trataba de una mujer joven de largo pelo castaño que caía sobre uno de sus hombros, tal vez solo un poco mayor que ella pero que con su sola presencia inspiraba confianza mientras que sus ojos brillaban con simpatía y sincera preocupación.
En un primer instante Riza no la reconoció, pero al centrarse en sus ojos Riza la reconoció como la vecina de la casa más cercana a la suya. No sabía su nombre, pues Riza evitaba el contacto lo más que podía, pero continuamente la había visto acompañada de un hombre alto de largos cabellos dorados.
Riza centró toda su atención en ella ante la expresión de sorpresa de su vecina al notar el pequeño charco que estaba formándose a sus pies. "¡Oh Dios mío! ¡Cariño!" La castaña gritó al final fijando su vista en su casa.
Riza no podía concentrarse lo suficiente como para decirle algo a la mujer que tenía en frente suyo pero por alguna extraña razón se sintió segura cuando ella le colocó una mano en el hombro y la empezó a guiar lentamente hacia la casa.
"Parece que no tenemos mucho tiempo pero no te preocupes, ya he recibido algunos bebés antes."
Sin saber qué más podía hacer en una situación como esa Riza sólo asintió lentamente y exclamó un débil Gracias.
Cuando estaban a unos cuantos pasos de la entrada un hombre alto con cabello rubio atado en una coleta abrió la puerta. Riza sentía su visión un tanto nublada pero pudo percatarse de que la pareja intercambió una mirada rápida y el hombre rápidamente tomó el lugar de la castaña para que ella pudiera adelantarse a preparar lo necesario.
Sin prestar atención a sus alrededores, Riza fue llevada a una pequeña habitación con una cama matrimonial. El hombre la ayudó con sumo cuidado a recostarse en la cama. Para esos instantes la respiración de Riza se había vuelto más agitada y sus pequeños gemidos de dolor se estaban empezando a convertir en gritos.
El hombre apretó su mano suavemente para captar su atención. "Tranquila, mi esposa no tarda en venir. Trata de respirar profundamente. Iré a traerte algo de beber."
Riza le devolvió rápidamente el apretón para hacerle saber que lo había escuchado mientras sentía como el dolor crecía exponencialmente.
Pocos minutos después la pareja regresó trayendo consigo algunas mantas, agua, desinfectante y otras cosas más que no pudo identificar en el momento.
El hombre acomodó las cosas rápidamente y se dirigió a la puerta del cuarto no sin antes apretar en un gesto de ánimo el hombro de su esposa para posteriormente salir del cuarto y así darle la privacidad necesaria a Riza.
La mujer castaña se colocó un mandil beige sobre su vestido y se acercó a Riza con una sonrisa para transmitirle confianza y seguridad.
"¿Es tu primer bebé?"
Riza sólo asintió.
"Ok no te preocupes. Seré muy cuidadosa y trataré de irte diciendo cada paso de lo que esté sucediendo. El esfuerzo que hagas esta noche se verá recompensado cuando tengas a tu bebé en tus brazos." Dirigiéndole una última sonrisa la joven castaña comenzó a dedicarse a su tarea.
El parto fue largo y doloroso. En varias ocasiones, cuando Riza sentía que estaba a punto de perder el conocimiento, la dulce voz de su vecina la calmaba y animaba. Así siguió por un tiempo que le pareció eterno pero cuando sus oídos registraron un llanto fue como si en automático su consciencia se desconectara de su entorno.
"Dios mío. Es tan bonito." La castaña sostuvo al bebé en sus brazos mientras le sonreía y le acariciaba con cariño el pequeño mechón rubio que sobresalía en su cabeza, mientras éste aún lloraba. "Es un niño, señori…¡CARIÑO!"
Ante el grito de espanto de su pareja el hombre rubio apareció rápidamente en la habitación. "¿Qué sucede?" Apenas hubo terminado de formular su pregunta cuando la castaña colocó al bebé en sus brazos y se apresuró a atender a Riza.
"Perdió el conocimiento y está sangrando mucho." Comentó en una voz entrecortada como si estuviera conteniendo las lágrimas mientras trataba de parar la hemorragia. "Cariño… se está muriendo."
Abriendo los ojos en sorpresa el hombre se acercó a su esposa y con cuidado le entregó el bebé. "Yo me encargo, cariño. No puedo permitir que esta señorita muera tan joven." Y dicho esto el rubio se acercó a Riza, colocó su mano derecha sobre su vientre y una brillante luz azulada apareció.
Al ver aquella luz la joven castaña pareció entender lo que su esposo estaba haciendo por lo que esbozó una ligera sonrisa mientras acunaba al bebé cuyo llanto parecía haber cesado.
Una vez que aquella extraña luz desapareció Riza comenzó a apretar sus ojos y poco a poco los abrió.
"Señorita ¿Cómo se siente?" Preguntó amablemente el hombre rubio.
Riza parpadeó una vez más tratando de enfocar su mirada en el rostro que tenía a unos pasos suyos. Cuando vio aquellos ojos dorados fue como si todos los recuerdos de las últimas horas regresaran de un golpe a su mente y trató de incorporarse.
"¡Mi bebé!" Ante su brusco movimiento el hombre colocó sus manos en sus hombros y la instó a quedarse recostada en la cama. "¡¿Mi bebé está bien?!" Preguntó alterada mientras colocaba sus brazos en su vientre.
El hombre solo sonrió ligeramente y se apartó para dejar pasar a la castaña.
"Señorita, alguien quiere conocerla." Fue en ese momento en el que Riza notó el pequeño bulto envuelto en una manta blanca que la joven castaña tenía en sus brazos.
Actuando por instinto Riza extendió sus brazos y cuando comenzó a sentir el peso de su bebé en sus brazos sintió cómo una emoción muy potente le recorría todo el cuerpo buscando una salida a través de sus ojos.
La sorpresa, las preocupaciones, el miedo y la incertidumbre que había experimentado en los últimos meses parecieron evaporarse completamente dejando simplemente una sensación de calma y amor… un amor desbordante.
"Es un niño." Exclamó la castaña en un tono amable.
Un niño. Tengo un hijo… Roy, tenemos un niño...
Las lágrimas estaban saliendo lentamente por sus ojos, pero esta vez eran diferentes. Estaba llorando de alegría al poder tener en sus brazos a su hijo.
Las mejillas de su bebé estaban sonrojadas y sus ojos estaban cerrados, pareciendo tomar una pequeña siesta. Riza moría de ganas por saber cómo serían sus ojos pero por el momento su atención se centró en la cabeza de su hijo al notar el pequeño mechón que sobresalía en ella. Era rubio, su hijo había heredado su cabello.
Sonriendo Riza acercó una de sus manos al rostro de su bebé, acariciando con un dedo una de sus mejillas. El movimiento fue muy suave pero fue suficiente para causar una reacción en el pequeño. El bebé movió ligeramente su cabecita y mostró por primera vez sus ojos a su madre.
Dorado. Sus ojos parecían oro líquido.
Al inicio Riza no pudo evitar sorprenderse, pues su bebé no tenía el color de ojos ni de ella ni de Roy pero después recordó una conversación con su madre. Ella le había contado que cuando era niña le encantaba visitar a su abuelo porque lo veía como un ser mágico por sus ojos dorados. En aquel entonces Riza quedó maravillada ante la idea pero con el paso del tiempo creyó que sólo había sido una historia creada por su madre puesto que no había conocido a nadie con ese color de ojos.
Bueno, hasta el día que hoy que prestó atención a los ojos de su vecino.
A pesar de su sorpresa inicial, Riza se sintió hipnotizada por ese pequeño par de ojos que parecían mirarla con curiosidad. Aunque sus ojos fueran diferentes de lo que ella hubiera esperado, éstos sólo confirmaban que su hijo había heredado aún más de ella y su familia. Una parte de ella se alegraba de ver sus rasgos en su bebé a la vez que encontraba ciertas facciones que eran como las de Roy, como su frente, su nariz y su boca. Pero otra parte había soñado tener una versión miniatura de Roy en sus brazos. De una u otra forma no podía despegar la vista de su hijo y su amor por él crecía exponencialmente con cada minuto que transcurría.
Mientras pensaba en todo esto Riza continuó acariciando lentamente su mejilla mientras le sonreía. Esto provocó que el bebé comenzará a mover sus brazos y un momento después su manita atrapó uno de los dedos de su madre.
Sonriendo aún más ante aquella acción Riza habló. "Edward."
Sus vecinos se encontraban al pie de su cama. El hombre tenía un brazo sobre los hombros de la castaña y ambos sonreían al ver la escena.
"¿Ese va a ser su nombre?" Preguntó la castaña.
Riza asintió con una gran sonrisa sin despegar la vista de su bebé.
"Bueno." Empezó a decir la castaña apartándose suavemente de su pareja para después acercarse al lado de Riza mientras extendía sus brazos. "Creo que Edward necesita un buen baño para que pueda dormir cómodamente."
En un primer instante Riza sintió un instinto protector que la hacía no querer apartarse de su bebé pero casi de inmediato recordó lo que estas personas habían hecho por ella. Tratando de enfocarse en la confianza y seguridad que la pareja le había brindado apartó con cuidado a Edward y se lo entregó a la castaña.
La joven mujer le sonrió de forma amable y se acercó a una esquina de la habitación donde se encontraba una tina con agua tibia, mientras Riza la observaba atentamente.
"Iré a buscarle algo de ropa." El rubio salió de la habitación pero su voz provocó que Riza desviara su vista de la castaña y hasta ese momento fue que se percató de la gran mancha de sangre que cubría la parte inferior de la cama en la que se encontraba, lo que la hizo soltar una exclamación de sorpresa.
Suponiendo lo que Riza había visto, la castaña comenzó a hablarle sin quitar su atención del bebé. "Nos diste un gran susto. Justo cuando este angelito salió al mundo te desmayaste y por más que quería no podía parar tu sangrado."
"Pero… esta cantidad de sangre… ¿cómo es que estoy viva?" Preguntó Riza con un tono angustiado al darse cuenta de lo cerca que estuvo de la muerte.
La castaña había terminado de bañar a Edward y lo estaba envolviendo en una toalla por lo que volteó a verla con una sonrisa que demostraba un gran amor y orgullo. "Mi esposo es alquimista y ha aprendido mucho sobre su aplicación en la medicina."
En ese momento el hombre volvió a la habitación trayendo consigo unas prendas y sábanas limpias. Las dejó en la cómoda que se encontraba en la habitación y se acercó a su pareja.
"Cariño, Edward necesita dormir. ¿Crees que podrías…?" Antes de que la castaña pudiera terminar la pregunta el hombre le sonrió y salió de la habitación para rápidamente regresar con una pequeña cuna.
"Creo que en esta ocasión fui un poco más rápido." Dicho esto el hombre colocó la cuna lo más cerca posible de la cama para que Riza pudiera tener una buena visión de su hijo.
"Gracias, cariño." Dándole un beso en la mejilla la castaña se acercó a la cuna y colocó en ella al bebé con suma delicadeza.
"Bueno, creo que iré a la sala. Estaré al pendiente por si necesitan algo." Cuando el hombre tenía su mano en el pomo de la puerta Riza lo llamó.
"Espere." El hombre volteó a verla. "Este.. No sé cómo agradecerle… a ambos. Ni siquiera me conocen y si no hubiera sido por ustedes yo…" Riza tragó saliva y no pudo terminar la frase por lo que prefirió dejarla inconclusa. "Bueno, solo quiero decirles muchas gracias. En verdad, ¡gracias!"
Ambos sonrieron y el hombre respondió. "No tienes nada que agradecer. Procura descansar bien, tu cuerpo lo necesita." Y continuó su camino hacia la sala.
"Mi esposo tiene razón. No tienes nada que agradecer. Es más, estamos muy felices por haber presenciado el nacimiento de este pequeño." Dijo la castaña lanzando una mirada afectuosa hacia la cuna en la que el bebé estaba durmiendo. "No podíamos dejarte sola".
Riza sintió un gran aprecio por aquella pareja tan desinteresada y a los que ahora les debía su vida. "Aún así no me cansaré de decirlo… ¡Gracias!"
La castaña movió su mano restándole importancia al asunto y le brindó una cálida sonrisa. "Bueno ¿qué te parece si arreglamos un poco todo esto?" Dijo mientras tomaba el cambio de ropa en sus manos.
Riza le devolvió la sonrisa y asintió.
Con sumo cuidado la castaña la ayudó a levantarse de la cama para cambiar rápidamente las sábanas y con la misma delicadeza la ayudó a cambiarse de ropa. Una vez hecho esto la ayudó a acomodarse nuevamente en la cama.
"Espero no ser indiscreta pero, ¿te gustaría que contacte a alguien por ti? ¿quizás al padre?"
La tranquilidad que Riza había sentido hasta ese momento desapareció por completo al recordar el rostro de Roy y la decisión que había tomado sobre el destino del bebé. Sin poderlo evitar un par de lágrimas se escaparon por sus ojos.
"Oh, cielo. Discúlpame. Olvida lo que dije ¿sí?" Acercándose a ella le dio un cálido abrazo para después ayudarla a recostarse por completo en la cama. "También tienes que dormir, necesitas recuperar tus energías. Tú no te preocupes, mi esposo y yo estaremos al pendiente tanto de ti como de Edward."
Tratando de alejar los pensamientos sobre su situación, Riza murmuró un débil gracias y dejó que el cansancio la venciera.
Pasaron dos semanas y sin darse cuenta Riza se estaba sintiendo bastante cómoda en la casa de sus vecinos. Desde hace una semana Riza ya podía levantarse de la cama y atender a Edward, pero ambos insistieron en que se quedara con ellos un poco más para asegurarse de que todo marchaba bien. Incluso el rubio se ofreció a traer todo lo que necesitara de su casa, por lo que ahora la casa de la pareja contaba con prácticamente toda su ropa y las cosas de Edward, incluyendo la pequeña manta que Rebeca le había regalado.
Durante todo ese tiempo ambos fueron respetuosos con su vida privada y no le volvieron a preguntar detalles de su vida ni siquiera sobre el padre de su bebé. Riza se los agradecía enormemente y trataba de ayudarlos en la casa de cualquier manera que le fuera posible pero casi todos sus intentos terminaban cuando la castaña le sonreía y le decía que no se forzara para posteriormente encaminarla a un sillón o a la cama de invitados.
Ante tal muestra de respeto y afecto Riza no se atrevió a cuestionarlos sobre sus vidas. Tampoco les había preguntado su nombre pero no se atrevía a hacerlo cuando ni siquiera ella les había dicho el suyo. En ese punto no era como si no confiara en ellos, pero en su mente aún guardaba esa acérrima idea de evitar dar datos que pudieran revelar su historia y, sobre todo, la conexión de su bebé con la milicia.
Pero toda esa tenacidad se disipó cuando se dio cuenta de la fecha. Era tiempo de la llamada mensual que tenía con Roy. Cuando se percató de este detalle fue como si el rango de sus pensamientos se ampliara para dar paso a aquella decisión en la que no había querido pensar desde el momento en el que nació Edward… Ella no lo iba a criar.
Edward era un bebé demandante. Parecía estar en perfecta sincronía para comenzar a llorar justo cuando ella se iba a dormir, pero en cuanto su madre lo sostenía en sus brazos su llanto cesaba inmediatamente y su manita parecía buscar contacto con la piel de su madre, por lo que casi siempre Riza veía cómo su pequeño hijo tomaba uno de sus dedos en su manita. Y, a pesar de todo el cansancio que conllevaba el curioso horario de Edward para llorar, Riza no podía evitar sentir como su amor por él crecía todavía más.
Y eso no era bueno…
Anteriormente había tratado de prepararse mentalmente para el dolor que le supondría el separarse de su hijo pero ahora sentía que no podría sobrevivir pues la sola idea le estaba empezando a desgarrar el corazón poco a poco. Sin embargo, tendría que buscar la manera de hacerlo porque ella sabía que Edward se merecía una vida feliz sin preocupaciones aunque eso significara no estar con él mientras crecía.
Fue así que, durante la víspera del día en el que debería llamar a Roy, una idea le vino a la mente: Edward tenía los ojos dorados. El hombre que le había salvado la vida tenía los ojos del mismo color. Él vivía con su esposa y ambos eran probablemente las personas más amables que había conocido en su vida. Además… no tenían hijos.
Ciertamente había notado que el hombre evitaba cargar a Edward lo más que pudiera, algo que Riza siempre atribuyó a una pequeña incomodidad por no saber cómo tratar con niños pequeños. Pero el inmenso amor que se reflejaba en los ojos del hombre cuando miraba a su esposa hacían que Riza creyera firmemente que era un buen hombre.
Aunque había considerado en un inicio entregar a su hijo al orfanato de Ciudad del Norte eso no le aseguraba que Edward pudiera crecer en una familia como a ella le gustaría, pero si se lo entregaba a esta amable pareja estaba segura de que Edward tendría una vida llena de amor y felicidad.
La idea le resultó motivadora pero a la vez sumamente dolorosa. Si quería ese futuro para su hijo tenía que dejarlo ir pronto para no interferir en su felicidad.
Lanzando una mirada a la cuna en la que se encontraba durmiendo la siesta Edward, Riza salió de su habitación. En la sala pudo ver cómo el hombre rubio la miraba con curiosidad por encima de su periódico y, al ver cómo ella recorría la vista por los alrededores le dijo con una sonrisa cálida. "Acaba de salir a hacer unas compras." El hombre debió haber notado que algo la tenía muy nerviosa porque rápidamente preguntó. "¿Sucede algo?"
Riza se puso muy nerviosa. Deseaba abrirles su corazón cuando estuvieran ambos pero tenía la sensación de que si no hablaba en ese momento jamás volvería a tener el valor para hacerlo. "Necesito… hablar con usted."
El hombre pareció sorprenderse puesto que nunca habían hablado ellos solos. "¿No prefieres esperar a que mi esposa regrese?"
Riza negó con la cabeza. "Tengo que hablar ahora."
El hombre dejó a un lado su periódico y le hizo señas para que se sentara en el sillón que se encontraba a su lado.
Tomando asiento Riza comenzó a hablar sin levantar la vista del suelo. "Primero que nada, quiero agradecerle nuevamente por todo lo que han hecho por mí." El hombre sonrió débilmente, pensando que se trataba de otra ocasión en la que Riza trataba de encontrar una manera de retribuirles. Pero antes de que pudiera responder la rubia continuó. "Sé que ustedes no me conocen ni yo a ustedes pero ambos son la pareja más amable que jamás he conocido y lo menos que puedo hacer es contarles mi historia." Riza suspiró y finalmente levantó su mirada para ver fijamente a los ojos al hombre. "Mi nombre es Riza Hawkeye y soy una cadete de la academia militar de Ciudad Central."
Los ojos del hombre denotaron cierta sorpresa y ésta solo fue notándose más y más mientras Riza le contaba su historia. Riza le contó todo: cómo conoció a Roy, sus planes tanto de Roy como de ella para mejorar a Amestris, su ingreso a la academia militar y finalmente el descubrimiento de los peligros que conllevaba la ley anti-fraternización.
"Es por eso que casi no salías al pueblo." Riza asintió. "Ahora entiendo por qué nadie parece conocerte por aquí. Mi esposa estaba muy intrigada contigo antes de que Edward naciera."
"Así es. No ha sido fácil pero he tratado de ser lo más cuidadosa posible. Nadie debe saber que Roy y yo concebimos un bebé." Respondió Riza con tristeza.
"Entonces… ¿qué es lo que vas a hacer? ¿qué va a suceder con Edward?" Preguntó el hombre con sincera preocupación
Un par de lágrimas empezaron a recorrer las mejillas de Riza. "No puedo criarlo sola. No tengo manera de hacerlo. Si no hubiera sido por ustedes no sé qué hubiera sido de mi estas últimas semanas." Inhalando profundamente para darse valor Riza continuó. "Voy a darlo en adopción."
El hombre pareció entristecerse. "¿Estás segura? Tal vez exista una manera en la que el ejército no les cause daño."
"No hay manera. El ejército es muy radical cuando se trata de este tipo de situaciones. No puedo permitir que Edward crezca en un entorno lleno de incertidumbre en el que en cualquier momento el ejército puede venir por cualquiera de nosotros." Sonriendo tristemente Riza continuó. "Quiero que Edward sea feliz y yo no le puedo dar la familia que se merece."
El hombre suspiró y le puso una mano en el hombro. "Esta situación es muy complicada. Debe ser muy difícil para ti, pero si esa es tu decisión no soy quién para interferir."
Al ver que el hombre no la juzgaba y que no la estaba tratando diferente a pesar de todo lo que le había contado, Riza colocó su mano sobre la que el hombre tenía sobre su hombro y se la apretó ligeramente en señal de agradecimiento.
"Entonces… ¿lo vas a llevar a un orfanato?"
Riza se giró ligeramente en su sillón para poder mirar fijamente al hombre a los ojos. "Eso es lo que había pensado en un primer momento sólo que…" Tomó la mano que estaba en su hombro y la apretó entre las suyas. "Sé que no tengo derecho a pedirles nada pero quisiera que ustedes se quedaran con Edward."
Los ojos del hombre se abrieron a más no poder de la sorpresa y por instinto retiró su mano del agarre de Riza.
"Por favor, sé que ustedes son los mejores padres que jamás podré encontrar para mi bebé."
El hombre pareció ponerse muy nervioso. "Yo no… no creo… Debe haber otra opción."
"Puedo notar el amor que se tienen y, aunque sea egoísta de mi parte, de verdad quisiera que pudieran compartir ese amor con Edward. Son un matrimonio excepcional."
"No estamos casados."
Riza se sorprendió ante las palabras del hombre. "¿Qué? Pero ustedes siempre hablan del otro como esposo y esposa".
El hombre suspiró y una sonrisa triste apareció en su rostro mientras se quitaba los anteojos para limpiarlos. "La amo como jamás había amado a nadie… solo que yo no soy el esposo que ella se merece. Se lo he dicho en varias ocasiones pero a ella no le importa. Dice que no tenemos que pasar por las formalidades del matrimonio para llamarnos de esa manera. Y pues… en cierta forma me reconforta que a pesar de todo ella desee quedarse a mi lado aunque no lo merezca. Es por eso que el llamarnos de esa manera se hizo una costumbre entre nosotros."
Riza se le quedó viendo mientras limpiaba sus lentes. El hombre tenía el rostro agachado pero en esos ojos Riza pudo percibir un gran dolor que no podía describir con palabras. Sin embargo, el amor sincero que se desprendía de sus palabras y que incluso lograba atravesar esa mirada triste, fue suficiente para que Riza no desistiera de su idea.
"Aunque no estén casados su amor es sincero. Estoy segura que van a formar una hermosa familia. Por favor, considérelo. Es más, Edward fácilmente puede pasar por su propio hijo por su cabello y, sobre todo, porque tiene el mismo color de ojos que usted."
"Desde que me di cuenta de eso me sorprendí." Mencionó el hombre. "Creí que era el único que había quedado." Este último comentario parecía dirigido a sí mismo, por lo que al no entender muy bien a qué se refería Riza decidió no preguntar al respecto.
En ese momento la puerta principal de la casa se abrió para dar paso a la joven castaña, la cual venía con una cesta en la que traía algunas frutas y verduras.
"Estoy de vuelta." Dijo con una sonrisa pero ésta desapareció rápidamente para dar paso a la preocupación al ver el rostro angustiado de Riza y sus ojos rojos e hinchados.
Al notar el cambio en su expresión y al no sentirse con las fuerzas necesarias para repetir su historia en tan poco tiempo, Riza se levantó y se encaminó a su habitación. "Sé que es una decisión muy importante y que soy la última persona que se merece un acto más de su bondad pero se los ruego. Piénsenlo, por favor." Y dicho esto se encerró en su habitación dejando muy confundida y preocupada a la recién llegada.
"Cariño, ¿qué fue lo que sucedió?"
El hombre dio un gran suspiro y se levantó de su sillón para poder colocar sus manos en los hombros de su pareja. "Necesitamos hablar, Trisha."
Sintiéndose un poco agobiado por la petición que había recibido, el hombre llevó a su esposa al patio trasero de su casa para que pudieran sentarse en unos viejos troncos que ahí reposaban y así tomar un poco de aire fresco.
Viendo el estado en el que se encontraba su esposo la joven mujer se acercó a él, le dio un beso en la mejilla y tomó una de sus manos entre las suyas. "¿Qué pasa, cariño?"
Agradeciendo el gesto de su esposa, el hombre acercó su otra mano al rostro de ella. "Nuestra misteriosa huésped ya tiene nombre."
Recordando la curiosidad que siempre le despertó que aquella muchacha tan joven estuviera viviendo sola durante su embarazo, la castaña dejó que su esposo le relatara lo que Riza le había contado. Cuando el hombre llegó a la parte sobre la ley anti-fraternización, el rostro de la mujer se había puesto pálido.
"Dios mío… Edward… ¿qué es lo que va a pasar con él?"
"Dice que había estado pensando en darlo en adopción pero ahora desea que nosotros lo criemos."
La joven mujer no pudo evitar sorprenderse por la idea pero rápidamente se recuperó y una cálida sonrisa adornó su rostro. "No me parece una mala idea, cariño."
El hombre obviamente no se esperaba esa respuesta por lo que empezó a tartamudear. "N-o.. esta-rás… hablando en serio, ¿cierto?"
"Claro que hablo en serio. ¿No crees que es una excelente oportunidad para formar nuestra propia familia?"
"Pero, cariño, soy un peligro para ese bebé, soy un monstruo."
La castaña tomó el rostro del hombre entre sus manos, le dio un beso en la frente y se le quedó viendo fijamente. "Cariño, no pienses eso. ¿Cómo vas a ser un peligro cuando tú mismo le salvaste la vida a su madre? Eres alguien maravilloso y estoy segura de que vas a ser un padre fantástico."
En ese momento la castaña le dirigió una sonrisa tan radiante que el hombre sólo pudo murmurar. "Te amo."
Acercando su frente a la del hombre la castaña le respondió. "Yo también te amo."
Pasaron así unos minutos disfrutando de la compañía del otro mientras cada uno se hundía en sus pensamientos respecto al futuro que se les estaba planteando en esos momentos.
Finalmente el hombre rompió el contacto para pasar su brazo sobre los hombros de la mujer. "¿Estás segura de que esto es lo que quieres?"
Acomodándose en el abrazo la castaña le respondió. "Absolutamente. Tenemos la oportunidad de ayudar a Riza y darle un hogar a Edward. ¿No te parece razón suficiente para hacerlo?"
El hombre suspiró y le sonrió. "Siendo sincero me aterra la idea de convertirme en un padre pero si estás a mi lado creo que podré con ello."
La castaña pasó su brazo por la espalda del hombre para abrazarlo con fuerza. "No te voy a negar que esto no es como me lo imaginaba pero desde hace tiempo quiero tener hijos contigo… me encanta la idea de formar una familia contigo."
El hombre la abrazó con fuerza y ambos se quedaron viendo el atardecer.
Al notar como el anochecer rodeaba la casa, Riza empezó a preocuparse. Ninguno de los dos había ido a verla. ¿Acaso lo que les estaba pidiendo era tan terrible que ahora querían echarla de la casa? No pudiendo sacar esa idea de su mente Riza decidió omitir la llamada de este mes con Roy. Sabía que él se iba a preocupar pero en esos momentos no se sentía capaz de poder mantener la compostura cuando escuchara su voz.
El llanto de Edward sacó a Riza de sus pensamientos, por lo que se acercó para cargarlo. Se sentó con él en la cama y comenzó a mecerlo suavemente tratando de tranquilizarlo. Tardó un par de minutos pero al final Edward volvió a dormirse en los brazos de su madre.
En ese momento Riza escuchó unos suaves golpes en la puerta de su habitación y poco después ésta se abrió ligeramente para dar paso a su vecina. "¿Puedo pasar?"
Sintiendo como los nervios volvían a su cuerpo Riza asintió.
La castaña cerró la puerta detrás de ella para después sentarse al lado de Riza en la cama.
"Mi esposo me contó lo que platicaron esta tarde."
Riza desvió su mirada de Edward para mirar fijamente a la castaña. "¿Han tomado una decisión?"
La castaña lanzó una mirada amorosa al bebé que Riza tenía a sus brazos para después devolver su mirada a Riza y sonreír. "Si estás segura de hacer esto… nos encantaría criar a Edward."
Las sensaciones que recorrieron a Riza en ese instante fueron abrumadoras. Sentía un gran alivio y felicidad al saber que esa pareja tan amable iba a cuidar de Edward como él se lo merecía, también sintió culpa al pensar en que se iba a separar de su bebé y una tristeza abrumadora al sentir el golpe de realidad de lo que estaba por hacer.
Sintiendo un nudo en su garganta Riza murmuró. "Gracias… muchas gracias." Inconscientemente atrajo más a Edward a su pecho.
La castaña la abrazó, dejó que pasaran unos minutos para que Riza se relajara y continuó. "En cuanto estés lista tenemos que hablar para arreglar todos los detalles. Pero no te presiones, por nosotros no hay ninguna prisa."
Riza se separó lentamente del abrazo y miró a Edward por unos instantes antes de responder. "En una semana saldré de la vida de Edward."
"Pero cielo, ¿no es eso muy pronto? ¿No prefieres pasar un poco más de tiempo con él?"
Riza respiró profundamente tratando de armarse de valor para continuar. "Entre más rápido lo haga mejor, así será más fácil mantener oculto a Edward de la milicia. Si me voy la próxima semana no será necesario que pierda otro semestre. Podré incorporarme sin levantar sospechas por una ausencia aún más prolongada. Además…" Con uno de sus dedos acarició la mejilla derecha de Edward mientras una lágrima se le escapaba. "Voy a abandonarlo, no tengo derecho a pasar tiempo con él ni de retrasar la felicidad y el amor que ustedes le van a dar."
La razón que Riza no se atrevió a expresar en voz alta es que temía que si esperaba más tiempo no sería capaz de hacerlo.
La última semana de Riza en Riviere transcurrió demasiado rápido para ella. Sabía lo que tenía que hacer pero siempre que veía un reloj rogaba porque este se detuviera.
Durante esa semana sus vecinos le ayudaron a recoger las pocas pertenencias que había dejado en la casa del hermano de Rebeca y a preparar sus propias maletas. En algún momento pensó en llevarse una prenda de la ropa de Edward como recuerdo pero al final de la semana no tuvo el valor para hacerlo. Se sentía terrible sabiendo que lo iba a abandonar, que no se sentía merecedora del más mínimo recuerdo de su hijo.
A petición de Riza, se despediría de su hijo en su habitación, por lo que la castaña se quedaría en casa cuidando de Edward mientras que el hombre rubio la acompañaría a la estación a tomar el tren que la alejaría para siempre de la vida de su bebé.
Así que, cuando la hora se acercó, el hombre tomó su maleta y salió de su habitación para esperarla en la sala junto con su esposa.
Riza había experimentado varias cosas dolorosas. Había perdido a su madre siendo tan solo una niña pequeña, la vida con su padre había sido difícil, había pasado por varias horas con el constante dolor de la aguja entrando y saliendo de su piel de su espalda y se había quedado completamente sola en casa tras la muerte de su padre y la partida de Roy.
Ella quiso engañarse diciéndose a sí misma que ya tenía la experiencia suficiente con el dolor para poder controlarse y despedirse casualmente de su bebé. Pero estaba equivocada. Jamás había sentido un dolor tan desgarrador como este.
Riza tomó a Edward en sus brazos y lo apretó fuertemente contra su pecho. Con su mano derecha acarició suavemente su cabeza e inhaló fuertemente para llenarse del olor de su bebé. Quería grabar en su memoria todo sobre Edward.
Permaneció unos momentos así a la vez que las lágrimas fluían hasta que se separó ligeramente de él para contemplar su rostro. Los ojos dorados de Edward la miraban con curiosidad mientras balbuceaba ligeramente. Como se había vuelto costumbre, Riza comenzó a acariciar la mejilla de su bebé hasta que su hijo tomó uno de sus dedos en su manita.
Riza sonrió tristemente. "Edward… Sé un buen niño ¿sí?" Riza sintió que el nudo de su garganta se apretaba ¿Cómo se lo estoy pidiendo si me estoy portando como una mala madre? Tratando de apartar el pensamiento, Riza cerró sus ojos y dejó que su corazón hablara. "Te amo, mi niño. Sé que no debí encariñarme contigo por lo que estoy por hacer, pero era inevitable. Desde que te tuve en mis brazos mi amor por ti solo ha estado creciendo enormemente. Tus ojos me resultaron una luz tan brillante que iluminó toda mi vida… me hiciste olvidar mi soledad, mis problemas. Y ahora solo puedo pensar en lo mucho que me gustaría verte crecer… quiero verte jugar, reír, quiero escucharte decir mamá... Perdóname mi amor, por no poder estar a tu lado, por no permitir que tu padre supiera de ti. Estoy segura de que él te amaría igual que yo." Los sollozos se hicieron más fuertes por lo que Riza volvió a atraer al bebé a su pecho. "No sé cómo voy a vivir sin ti… hoy saldré de esta casa y nunca sabrás de mí. Eres tan pequeño que ni siquiera vas a recordar mi rostro." Riza besó la cabeza de Edward. "Pero eso no importa, quiero que sepas que siempre te he amado y lo voy a seguir haciendo hasta el último día de mi vida. Aunque estemos lejos siempre estarás en mis pensamientos. Me parte el corazón hacer esto pero sé que vas a estar en buenas manos… Cuídate mucho, Edward." Y Riza continuó abrazándolo y llorando por unos minutos hasta que la castaña entró en la habitación.
"Lo siento mucho Riza, pero el tren no tarda en salir. ¿No prefieres partir otro día?" Preguntó Trisha con suma preocupación y tristeza ante la escena.
Apegándose a su resolución Riza apretó suavemente a Edward una última vez y le besó la frente antes de colocarlo en su cuna. "Te amo, Edward."
Cuando Riza se acercó a la puerta de la habitación la castaña le entregó un pañuelo que Riza aceptó agradecida. "No puedo siquiera imaginarme el dolor por el que estás pasando ahora, pero créeme que Edward va a ser como nuestro hijo verdadero. Lo vamos a amar y cuidar mucho. No te preocupes." Y dicho esto la castaña la abrazó fuertemente.
"Gracias… muchas gracias por todo lo que han hecho por mí y por mi bebé."
La castaña le sonrió una última vez antes de separarse de ella.
Lentamente Riza salió de la habitación. Al verla el hombre se levantó del sillón, tomó las maletas con las pertenencias de Riza y se dirigió a la puerta principal. Riza lo siguió mientras se limpiaba las lágrimas hasta que estuvo fuera de la casa y un ruido la hizo detenerse.
Edward había comenzado a llorar.
Riza se quedó paralizada. Durante estas semanas cuando Edward lloraba Riza rápidamente estaba a su lado y lo tomaba en sus brazos. Pero ahora todo era diferente. Edward ya tenía una familia y ahora Riza estaba de más.
El hombre la miró con tristeza pero antes de que pudiera decir algo Riza comenzó a caminar. Tenía que alejarse cuánto antes. Era lo mejor para Edward.
Cuando llegaron a la estación casi todos los pasajeros ya habían abordado el tren así que no tenían mucho tiempo para despedirse.
Durante todo el trayecto hacia la estación no habían hablado por lo que el hombre decidió romper el silencio. "Tengo algo para ti." El hombre extendió su brazo derecho para entregarle una fotografía a Riza. Ella la tomó y sintió que las lágrimas que había logrado controlar durante el camino amenazaban con salir nuevamente. "Mi esposa la tomó mientras te dabas un baño."
Era una fotografía de su hijo. Los brillantes ojos dorados de Edward miraban a la cámara mientras una de sus manitas estaba en su boca. Además estaba cubierto por la manta que Rebeca le había regalado.
Riza la miró al borde de las lágrimas y el hombre continuó. "Pensamos que te gustaría tener un recuerdo de él. Sé que no lo quieres poner en peligro pero creo que podrás mantenerla oculta."
Riza abrazó la fotografía y cerró los ojos tratando de recordar la sensación de tener a su hijo en sus brazos. "Gracias".
El hombre colocó una mano en su hombro. "Buena suerte, Riza."
Riza alzó la mirada. "Muchas gracias." Una sonrisa triste atravesó su rostro. "Es gracioso. Tanto usted como su esposa me salvaron la vida y ni siquiera sé su nombre."
El hombre llevó su mano a su nuca. "Es cierto. No te lo tomes como algo personal pero digamos que también he estado manteniendo un perfil bajo." Extendió su mano hacia Riza y continuó. "Mi nombre es Van Hohenheim."
Riza estrechó su mano. "Muchas gracias, Van Hohenheim. A ambos."
"Fue un placer."
Y dichas estas palabras Riza tomó sus maletas y abordó el tren que la llevaría a su nueva vida. Una vida sin una parte de ella. Una vida sin su hijo.
Cuando Hohenheim regresó a su casa encontró a su esposa cargando a Edward en la habitación que había sido de Riza.
Al verlo entrar la mujer se llevó un dedo a los labios y habló en voz baja. "Acabo de lograr que se durmiera."
Acercándose lentamente Hohenheim se sentó en la cama y le respondió en el mismo tono. "A Riza le gustó tu regalo."
La mujer sonrió tristemente. "Pobrecita. Tuvo que tomar una decisión muy difícil." Miró al bebé que tenía en sus brazos y le besó la cabeza. "Aunque debo decir que estoy agradecida con ella por confiarnos a este pequeño."
Hohenheim sonrió al notar la ternura con la que su esposa miraba al bebé. "Vas a ser una madre excelente."
La mujer le dedicó una sonrisa radiante. "Tú también lo serás, cariño. Ahora que tenemos a Edward podrás convencerte de que las personas a tu alrededor no estamos en ningún peligro. Incluso tengo la sensación de que podré convencerte de darle un hermanito a Edward."
El hombre se sonrojó ligeramente. "Cariño, ¿no es muy pronto para eso?"
La mujer rió suavemente. "Ya vendrá a su tiempo." Con delicadeza colocó al bebé en la cuna y le hizo señas a su esposo para que salieran de la habitación. "Cariño, he estado pensando en algo. ¿Cómo va tu investigación?"
"¿Quieres regresar a Resembool, cierto?"
La castaña sonrió. "Me gustaría criar a Edward ahí. Aquí no está tan mal pero en Resembool, Edward podrá correr y jugar por los campos y en el río. Pienso que se divertiría más allá."
El hombre le devolvió la sonrisa. "Creo que no hay mucho más que pueda averiguar aquí. Además apuesto a que Edward le gustará conocer el lugar donde su nueva mamá creció."
La mujer lo abrazó. "¿Quién diría hace unos meses que saldríamos de Resembool para regresar con un bebé en nuestros brazos?"
Un par de semanas después la pareja entraba a su casa en Resembool con Edward en los brazos de la castaña. Su ausencia había dejado una capa de polvo en su vivienda por lo que tuvieron que dedicarse a limpiarla antes de desempacar sus cosas.
Afortunadamente para ese entonces Edward se había acostumbrado a los brazos de su nueva madre, provocando que llorara menos y que pudiera dormir más tiempo mientras la pareja arreglaba la casa.
Al día siguiente de su llegada, la pareja decidió visitar a los Rockbell puesto que querían compartirles la noticia del nuevo miembro de su familia ya que se trataban de sus amigos más cercanos.
Cuando su amiga Pinako abrió la puerta los recibió con su habitual energía. "¡Hohenheim! ¡Trisha! ¿Cuándo volvieron?" En ese instante su vista se fijó en el pequeño bulto que la castaña tenía en sus brazos. "¡¿Tienen un hijo?!"
Trisha sonrió y acercó al bebé para que Pinako pudiera observarlo mejor. "Él es Edward."
Los ojos dorados del bebé rápidamente captaron su atención. "Cielos, Trisha. Hohenheim lo acaparó completamente."
Hohenheim soltó una pequeña risa nerviosa. "En realidad tenemos una historia que contarles a todos. ¿Están Urey y Sara?"
Un tanto confundida Pinako asintió y los dejó pasar para después ir a buscar a su hijo y su esposa.
Pasadas las alegres bienvenidas y la sorpresa inicial, Hohenheim y Trisha les contaron la historia de lo que habían vivido el último mes en Riviere, provocando que en lugar de disminuir su sorpresa ésta se incrementara a lo largo del relato. Cuando Trisha terminó de hablar se quedaron en silencio unos segundos contemplando a Edward hasta que Pinako rompió el silencio.
"Vaya, justo cuando estaba pensando que al fin le habías quitado lo serio a este viejo, Trisha"
"¡Madre!" Exclamó Urey.
"No te preocupes, Urey. De hecho espero que con esto pueda animar a Hohenheim a darle un hermanito a Edward." Contestó Trisha con una sonrisa.
Ante el sonrojo de Hohenheim todos comenzaron a reír.
Una vez que cesaron las risas, Sara preguntó un tanto seria. "¿Es un hecho que Riza no va a volver por él?"
Trisha negó con la cabeza mientras mecía a Edward. "Por su situación en el ejército es muy peligroso que lo haga. Por eso decidió darnos a su hijo, para evitar que la milicia tenga oportunidad de averiguar la relación de Edward con ella y Roy."
"Es una lástima que no lo pueda criar pero estoy segura de que este pequeño será muy feliz con ustedes."
Trisha sonrió. "Gracias. La verdad es que este bebé nos ha robado el corazón." Besó la frente de Edward. "Nosotros ya lo vemos como nuestro propio hijo."
"Si no nos hubieran contado esta historia, estaríamos seguros de que es su hijo. Tanto por su apariencia como por el amor que se desprende de sus miradas cuando lo ven." Agregó Urey con una sonrisa.
"Sí, aunque es muy curioso que su cabello y sus ojos sean muy parecidos a los míos." Dijo Hohenheim mientras le lanzaba una mirada afectuosa al bebé.
"Sí, es por eso que queremos pedirles un favor." Comentó Trisha. "No queremos que Edward se entere de la verdad, al menos no pronto. Tal vez llegue un momento cuando él sea mayor cuando tengamos que decírselo, pero mientras tanto queremos que crezca sin ninguna preocupación. Nosotros le daremos todo el amor que se merece."
"No se preocupen, por nosotros no se enterará. Es más, parece que ahora tenemos un nuevo sobrino y mi madre un nuevo nieto." Dijo Urey.
Pinako sonrió. "Eso me recuerda, se fueron por casi un año que ni siquiera se enteraron de las buenas noticias por aquí ¿cierto?"
Hohenheim la miró confundido. "¿Noticias? ¿De qué nos perdimos?"
Urey y Sara compartieron una sonrisa amorosa entre ambos y Sara respondió. "Parece ser que Winry ya tiene un compañero de juegos."
El rostro de Trisha se iluminó. "Dios mío. No lo sabía pero me alegra tanto. ¡Muchas felicidades!"
"¡Gracias!" Sara se levantó de su silla. "Iré a traerla para que la conozcan."
Sara salió de la sala y volvió poco tiempo después con una bebé de brillantes ojos azules en sus brazos. Al verla llegar Urey se levantó y puso su brazo sobre los hombros de su esposa.
"Hohenheim, Trisha. Esta es nuestra pequeña. Les presento a Winry."
"Es preciosa." Dijo la castaña.
"Sí, es muy bonita. ¡Muchas felicidades!" Agregó Hohenheim.
"¿Puedo?" Preguntó la castaña.
"Por supuesto." Sin darle oportunidad de negarse Trisha le entregó a Edward a su esposo para después cargar a la pequeña Winry.
"Hola, pequeña." Comenzó a mecerla. "Tienes unos ojos hermosos." Le dió un beso en la frente y se acercó a su esposo para poder acercar a Winry al bebé que estaba cargando su esposo. "Aquí hay alguien más que quiere conocerte. Te presento a Edward Elric."
