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Kaiba Corporation

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—¡Es que esto tiene que ser una maldita broma!

La risa de Akio Kono se había convertido en el sonido más molesto que Seto Kaiba había escuchado en su vida, y estaba convencido de que se debía a que escuchaba la de Pegasus en el fondo.

La imperiosa necesidad de ir él mismo al ruedo a golpearlo, solo se sofocaba por su sentido de la sensatez y la auto preservación, pues, aunque se consideraba un hombre fuerte, no había manera lógica de que convertirse en su propio representante fuese una buena idea. Sin embargo, ver en el suelo inconsciente al sujeto al que había pagado cinco millones de dólares, le hacía poner en perspectiva el asunto.

Ese era el último de una lista que le habían proporcionado, uno cada vez más inútil que el otro, y el tiempo se le estaba acabando, igual que la paciencia.

—Hermano…

La voz de Mokuba temblaba, era como si estuviese a punto de ponerse a llorar, lo que resultaba extraño, pues por lo general era un chico rudo y ya no era un niño. Además, no era la primera vez que se encontraban en un escenario tan violento.

—Te dije que me esperaras en el auto.

—¿Está muerto?

Seto miró el cuerpo inerte sobre una mancha de sangre que se expandía más a cada instante. La cabeza apenas era distinguible entre la hinchazón, la sangre y el pelo, por lo que era poco más explícito que cualquier cosa que hubiera visto antes. Se dirigió hacia Akio Kono y al pasar al lado del peleador vencido, le dio una patada para liberar sus propias frustraciones.

Solo hubo un gorjeo por respuesta.

—No —respondió, pasando de él.

—Tranquilo —dijo la réferi, poniéndole una mano en el hombro a Mokuba —. Ya están aquí los médicos.

Sacando de la bolsa interna de su gabardina, Seto tendió al pequeñísimo hombre un pendrive, que, literalmente recibió mientras se relamía los labios. A su lado, su representante, tan alto como el joven director de Kaiba Corp., pero mucho más musculoso, apenas parecía medianamente afectado.

—Cuando quieras ceder otro diseño, Kaiba-kun —le dijo —. Ya sabes cómo funciona.

El joven consiguió controlarse para no hacer una imprudencia.

—Las formalidades estarán en tu escritorio mañana.

Pasándole un brazo por los hombros a su hermano, no esperó respuesta. Necesitaba salir de ahí.

—¿Qué fue lo que le diste? —preguntó Mokuba mientras se ajustaba el cinturón de seguridad.

—El diseño del estabilizador de imagen en movimiento.

—¿El nuevo?

No le respondió, solo puso en marcha el motor.

—¡Tienes que contarme! ¡Se supone que también soy accionista! ¡Tú has dicho que la compañía es de los dos!

Seto resopló, pisando a fondo el acelerador.

—Lo es —respondió, volviendo los ojos al camino —. Pero no tienes edad para preocuparte de estas cosas…

—¡Tenias menos de mi edad cuando tomaste la compañía! ¡Y nunca dejaste que nadie te apartara!

—En ese entonces, Gozaburo aún nos cuidaba la espalda*, y tenía como representante a uno de los mejores peleadores de Japón, pero ahora están muertos los dos, y…

No vio venir el golpe, solo sintió el latigazo en el cuerpo, arrojándolo hacia la derecha. Consiguió, sin embargo, conducir el volante para reducir la resistencia, girando sobre sí mismo en lugar de dar vueltas de campana.

La bolsa de aire de Mokuba se había activado, apretujándolo contra el asiento. Él había retirado la suya hacía tiempo, así que todavía podía maniobrar, y con la excelente carrocería del auto, que había resistido el embate, consiguió reincorporarse en un carril para tomar un paso a desnivel.

El auto que los había embestido no los siguió, pero no por eso se detuvo, siguió hasta llegar al edificio de Kaiba Corp.

Aparcó ocupando dos cajones de estacionamiento y solo hasta ese momento se permitió tomar un respiro de tranquilidad.

Mokuba, por su parte, consiguió por fin quitarse la bolsa de encima.

—¿Qué diablos fue eso? —preguntó.

—Te vas el lunes.

—¡¿Qué?!

—El lunes te vas a Londres.

—¡Seto!

—Ya hablamos de esto, no vas a quedarte en la preparatoria mediocre de esta ciudad.

—¡Tú fuiste a esa!

—¡No está a discusión!

—¡Lo único que quieres es deshacerte de mí! ¡No quieres que tome responsabilidades en la compañía!

Mokuba salió del auto, corriendo hacia la calle sin importarle que su hermano le gritara que no lo hiciera.

Completamente frustrado, Seto pateó la llanta.

—Era más fácil cuando tenía ocho años —masculló.

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—¿Puedo sentarme?

Mokuba respingó, limpiándose la cara con la manga de la chaqueta, aunque igualmente había hecho sonar la nariz. Se sintió muy avergonzado, el origen de la discusión con su hermano era porque le trataba como a un niño pequeño, y estaba sentado en un banco del parque llorando.

Yūgi dejó la bolsa de compras que llevaba entre ambos y se sentó, recargando los codos en las rodillas.

—Hace tiempo que no te veía. Has crecido bastante.

—Seto no piensa lo mismo.

—Me imagino. Siempre serás su hermano menor. ¿Qué pasó?

Mokuba lo miró con timidez. Yūgi era más bajito que él, y tenía unas facciones bastante aniñadas, así que difícilmente alguien acertaría en que tenía veintiún años. Aun así, tenía algo de lo que su hermano carecía totalmente: una presencia conciliadora y reconfortante.

—Es una tontería —repuso.

—No si te hace sentir mal.

El chico se rio. Siempre era tan amable.

—Es por la compañía. Seto tiene años queriendo comprar Industrial Illusions, pero Pegasus la vendió a Nentendo, solo para fastidiarlo.

—Algo escuché de eso.

—El problema es que el CEO, Akio Kono, está chantajeando a Seto. Lo ha estado amenazando con quitarle las licencias de Duelo de Monstruos. Todo en Kaiba Corp. se basa en esas licencias; los simuladores, los discos, los parques. Si perdemos las licencias, lo perdemos todo.

—¿Y qué es lo que quiere?

Mokuba torció la boca, pero confió en la discreción de Yūgi y le explicó la dinámica de los duelos Kengan. El muchacho estaba razonablemente escéptico, pero no lo cuestionó, lo dejó explicar el modo en que Kaiba Corp. había perdido dos diseños nuevos antes de siquiera lanzarlos al mercado, y cuatro más que eran exclusivos hasta entonces.

—Así que el problema es, que no tiene un buen representante.

—Sí —respondió. Todo se resumía a eso. Mientras no hubiera alguien capaz de vencer al peleador de Nentendo, Seto estaría obligado a ceder los términos que Kono quisiera.

—¿Y solamente los pueden contratar mediante la agencia que me dices? ¿Con el señor Yamashita?

—Pues… no, pero no conocemos a nadie. Ya intentamos con campeones de diferentes disciplinas, pero muchos no consideran demasiado honroso involucrarse con la Asociación Kengan, o ya están contratados por otras compañías.

—Si te soy honesto —dijo Yūgi al cabo de un rato—, creo que alguna vez mi abuelo me explicó algo, aunque solo somos una modesta tienda, nunca nos hemos involucrado en cosas de esas. Pero…

—¿Pero?

—Quizás hay alguien con quien podríamos consultar.

—Deberías decirle a Seto.

Yūgi se rio mientras se ponía de pie, recogiendo su bolsa de compras.

—Nunca ha aceptado un consejo mío —le dijo —. Vamos.

El Black Clown no estaba lejos de ahí. Les sorprendió bastante ver que estaba pasando por un proceso de remodelación extremo, con poco más de una veintena de trabajadores ocupados en distintas tareas. Duke Devlin estaba ahí, tan solo observando.

—¡Increíble! —exclamó Yūgi nada más entrar —¿Cómo hiciste para sacar más espacio?

Duke rio y los invitó a subir.

—Justo ahora, estas remodelaciones es lo que menos feliz me hace —les dijo cuando llegaron a su oficina, lo único que seguía tal como lo recordaban.

—¿Por qué?

Con una mano se acomodó el flequillo, recargándose en el escritorio.

—El Black Clown ya no es mío —confesó, mirando hacia la ventana.

—Akio Kono —acusó Mokuba con el ceño fruncido, a lo que Duke simplemente asintió.

—En veintidós días, exactamente, reabriremos como una Nentendo Store.

—No entiendo, ¿qué tiene que ver? —preguntó Yūgi.

—Cuando Pegasus financió la expansión de Dados de Monstruos del Calabozo, fue más bien una subsidiaria, ¿verdad? —preguntó Mokuba. Duke asintió.

—Black Clown formaba parte de Industrial Illusions —agregó el joven, dirigiéndose a Yūgi para explicarle —, cuando se vendió la compañía, pasó a ser parte de Nentendo. Y si quiero seguir usando las licencias para la expansión, lo único que tengo que hacer es renunciar al nombre y toda la identidad. Sigo siendo dueño y gerente de este lugar en específico, pero no es lo mismo.

—Estamos en el mismo barco entonces —dijo Mokuba suspirando.

—Kaiba se la ha estado pasando de la sartén al fuego por lo mismo, ¿verdad?

—Por eso estamos aquí —respondió Yūgi —. ¿Nunca has tenido que contratar a alguien para eso que llaman duelos Kengan?

—Pues no, Pegasus se hacía cargo y ahora Kono defiende el frente… pero si me das un par de días puedo averiguar de dónde sacó a su peleador, porque sé que no lo hizo por los medios ordinarios —les dijo con una sonrisa cómplice —. Alguna vez escuché un par de cosas curiosas, pero no es algo que suela discutir conmigo.

—¿Un par de días? Seto me quiere mandar a Londres el lunes.

Duke se llevó el dedo índice a los labios.

—Me pasaré por la oficina más tarde, su secretaria debería saber algo al respecto, y la puedo invitar a salir.

—¡¿En serio?! ¡Si puedo ayudarle con esto entenderá que me necesita!

Los dos mayores asintieron, pero la conversación se vio interrumpida por el teléfono de Mokuba.

—Es Seto, debo irme.

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—¿Ya se te pasó la rabieta? —preguntó Seto sin mirarlo, y sin detener su trabajo frente a la gran computadora. Mokuba hizo un mohín, manteniendo las manos en las bolsas de su chaqueta. Se sentó en la silla giratoria que rara vez ocupaba su hermano, que prefería trabajar de pie la mayor parte del tiempo.

—¿Ya vas a hablar conmigo?

Seto no le respondió, sino que pasó de usar el teclado a la pantalla táctil.

—Te sugiero que empaques bien, no es como si pudiera llevarte más tarde lo que olvides.

Controlando su molestia para no estropear sus expectativas de una conversación sensata cuando le llegara la información que necesitaba, simplemente empezó a dar vueltas en la silla.

—¿Qué haces? —preguntó al cabo de un rato, intentando sonar casual.

—Modifico el diseño que le di a Kono, podré patentarlo antes de que él lo saque al mercado.

—Se va a enojar.

—Mejor para mí.

—¿Ya hablaste con el señor Yamashita?

—El viejo no tiene a nadie más, o eso dijo. Ya agotamos al top de su lista, los que le quedan son menos que el idiota de hace rato.

—¿Y él…?

—Está vivo, y si es listo, se mantendrá lejos de todo esto.

Mokuba respiró con alivio. Esas eran buenas noticias.

—Estoy empezando a considerar como opción visitar las penitenciarias. Al menos así no te sentirías mal si lo matan a golpes— le dijo Seto intentando bromear

—No me molesta la idea de los combates, pero… no creo que sea necesario que sean tan crueles.

—Si quieres prevalecer como el mejor. Tienes que estar dispuesto a hacer lo necesario.

—Sería genial que pudieras usar al Dragón blanco de ojos azules, ¿no crees? ¡¿Te imaginas?! ¡Acabaría con cualquiera!

Seto detuvo su trabajo, riendo por lo bajo. Siempre le había sido difícil permanecer molesto con él, incluso en esos últimos años cuando ya no se trataba del niño que lo idolatraba ciegamente y empezaba a mostrarse un jovencito avispado que no siempre estaba de acuerdo con sus decisiones u opiniones. Giró el rostro para verlo, ya había dejado de dar vueltas en la silla para mirar con atención su teléfono.

Desde su sitio podía escuchar lo que parecía ser un público emocionado.

—¿Qué ves?

—Un video que me mandaron.

Mokuba se puso de pie sin dejar de mirar el teléfono, pero compartiendo la vista con su hermano.

—¿Qué es eso? —le preguntó.

—Es el Torneo Galáctico de la fundación Graad, de hace cuatro años.

Seto frunció levemente el ceño mientras miraba a los dos peleadores sacándose la armadura que antes llevaban para pelear a puño limpio.

—Duke dice que Akio Kono sacó a su peleador de ahí.

El mayor no dijo nada, solo podía concentrarse en la pelea que veía y que era, por mucho, más impresionante que la lastimera participación de su último representante. Se llevó una mano al mentón, intentando recordar quién era el CEO de la fundación, pero estaba seguro de que solo era una facción de Kido Incorporation, y el CEO era Osamu Watanabe.

Entonces, llamó a su secretaria para que le consiguiera una cita con ese hombre en referencia a la Asociación Kengan.

—¿Por qué te mandó esto? —preguntó, cayendo en cuenta que no era información casual o una cadena de spam.

—Pues… porque le pregunté, después de todo, ahora forma parte de Nentendo —explicó con simpleza, omitiendo la conversación con Yūgi. Se lo contaría más tarde si las cosas salían bien. No necesitaba ponerlo de peor humor.

—Ese perdedor se convirtió en un perro de Kono, harías bien si no te involucras con él.

—Duke es un buen tipo —insistió Mokuba.

—Quizás, pero todo su pequeño reino de dados depende de Kono, y no tiene ni de lejos la nobleza de Yūgi.

Mokuba enarcó una ceja ¿Acababa de elogiar a Yūgi? Por el modo en que lo había dicho quizás se estaba burlando, en todo caso, eso no era lo importante.

—La competencia empresarial apesta —se quejó.

—Competitividad —corrigió su hermano, volviendo a su trabajo.

La secretaria devolvió la llamada; tenía la cita, pero no con el señor Watanabe, sino con Saori Kido.

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—¡Woa! —exclamó Mokuba, bajando la ventanilla de su lado y asomando la cabeza —¡Este lugar es enorme!

El bosque se extendía hasta donde alcanzaba a ver, y la casa apenas era un pequeño punto al final del camino tras la reja en la que se habían anunciado.

—En el fin del mundo —se quejó su hermano, que debió bajar un poco la velocidad por el camino empedrado.

Luego de aparcar en la rotonda, Mokuba volvió a su lugar, usando el espejo retrovisor para tratar de acomodarse el cabello. Lo usaba corto desde hacía un tiempo, pero eso no había mejorado el aspecto rebelde que tenía, casi como si acabara de levantarse.

—Seto —le dijo con seriedad antes de que saliera —. No seas grosero, es posiblemente la única persona que podría ayudarnos.

Por respuesta, solo resopló con fastidio y se bajó del auto. Mokuba suspiró. No le quedaba nada más que esperar lo mejor.

Ninguno conocía personalmente a Saori Kido, era una de las personas que, aparentemente, disfrutaban menos que Seto el ser una figura pública, y sus apariciones sociales se limitaban a las estrictamente necesarias. Ni siquiera en eventos de su propia compañía era frecuente verla, y como su giro empresarial era distinto al de Kaiba Corp., había menos posibilidades aun de que coincidieran.

Lo único de lo que tenían conocimiento, era que, desde los nueve años, había heredado el imperio de su abuelo y que actualmente tendría la edad de Mokuba: dieciséis, tal vez diesiciete.

Los recibió en la entrada un mayordomo calvo que les condujo hasta el jardín en la parte posterior, donde ella les esperaba en un pabellón decorado con enredaderas florales, y una mesa digna de catálogo de vanidades.

La tranquilidad del lugar era sobrecogedora, pese a que no estaba en silencio, ni el sonido de las aves ni la suave música que se escuchaba, evitaron que Seto sintiera un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Al verlos acercarse, Saori Kido se puso de pie.

—Buenos días —saludó al tenerlos al frente —. Mi nombre es Saori Kido, mucho gusto en conocerlos.

—Seto Kaiba —respondió escuetamente —, mi hermano menor, Mokuba.

—Un placer —agregó Mokuba.

—Por favor, tomen asiento, ¿desean café o té? —les preguntó, volviendo a ocupar su lugar.

La mesa era redonda, pero ambos consiguieron quedar de frente a ella, y justo cuando Seto iba a decir algo, que Mokuba podía adivinar perfectamente como un "no tengo tiempo para tonterías", lo pateó por debajo de la mesa.

—Café está bien —dijo Seto.

—Para mí, té. Gracias.

Saori hizo una seña y una joven, con uniforme de servicio, se acercó a ellos para atenderles.

—Me comentaron que necesitaban hablar al respecto de la Asociación —dijo Saori, pidiendo que le sirvieran té también a ella.

—Sí —respondió Seto —. Tengo un problema con cierta compañía y un representante, aparentemente, invencible, salido de tu fundación.

—¿Mi fundación? —preguntó consternada.

Seto respiró hondo, odiaba darle vueltas a cualquier asunto, y que se hiciera la tonta no le ayudaba en absoluto. Sacó su teléfono y abrió una carpeta de archivos de video que tenía en un fútil intento de armar una estrategia que al final no sirvió de nada.

Saori miró, enarcando levemente una ceja.

—Aioria —llamó.

Un hombre detrás de ella se acercó, inclinándose para mirar.

—Creo que lo conozco — le dijo —, pero no estoy segura.

—Es Cadmo —respondió casi enseguida, con el gesto severo y la voz inflexible —. Es un desertor.

—Ya veo.

—Era uno de los aprendices de Gigas —agregó en griego —. Compitió contra Docrates por el honor de ser uno de los Shihei. Pese a perder, le sirvió por varios años, quizás lo recuerde por formar parte del grupo que recuperó algunos fragmentos de la armadura de Sagitario, pero junto con otros, desertó del Santuario antes de la batalla de las doce casas.

Saori asintió, puesta en ese contexto, definitivamente lo había visto cuando Docrates la secuestró, llevándola a las ruinas del coliseo.

—Me temo que ha habido un malentendido aquí —dijo, dirigiéndose a los hermanos Kaiba —. Yo no le proporcioné ningún representante a nadie, sin embargo, esta persona formaba parte de nuestro programa, hace años. ¿Cómo es que concluyeron que estaba relacionado conmigo?

—Un amigo conoce al empleador —respondió Mokuba —, y es él quien dijo que usaba peleadores de la Fundación Graad.

Saori guardó silencio un momento, meditando lo que tendría que hacer.

—Es un asunto delicado, y me temo que tendré que tomar responsabilidad por él, no solo por ser un desertor, sino porque se ha presentado bajo mi nombre. ¿Quién es su empleador?

—Akio Kono, CEO de Nentendo —dijo Seto, con los brazos cruzados y su expresión endurecida. No le había gustado nada que hablaran en otro idioma. No sabía qué habían dicho, y eso le provocaba una muy mala impresión.

—Ya veo.

Seto se incorporó con cierta brusquedad y puso las manos sobre la mesa. No lo había hecho con fuerza, pero su propio peso hizo temblar la vajilla. Mokuba lo miró con espanto, creyendo que le iba a gritar, sin embargo, su hermano habló con un tono bastante moderado pese a sus malos modos.

—Esta tontería de los duelos Kengan es más propia del medievo, por años he estado rehuyendo de ellos, pero un idiota me fastidió la vida y ahora no me queda más remedio que unirme a esa pandilla de salvajes. Lo que yo necesito es un representante competente que pueda ganar las peleas que necesito.

—Athena —dijo Aioria —. Por favor, permítame hacerme cargo de esto. Después de todo, como desertor del Santuario, es mi responsabilidad.

—Pero aun siendo un desertor, al no tener en su posesión ninguna armadura, es libre para vivir su vida como mejor le plazca. Pese al dudoso carácter honorable, no está haciendo nada realmente ilegal.

—¿Y qué hay de anunciarse en su nombre?

—Lo hace a nombre de la Fundación Graad, no de Athena.

Seto se mantuvo firme, aguzando la mirada como si con eso pudiera entender una palabra de lo que decían. Saori, desde su lugar, le dirigió una mirada que no supo cómo interpretar.

—¡Pagaré lo que sea! —insistió Seto —¡A la Fundación le sobran peleadores!

—La Fundación Graad promueve la cultura de las artes marciales y el deporte, pero no comercializa peleadores.

Mokuba, que había vuelto la atención a su teléfono se animó a intervenir.

—No es el único —dijo —. Mi amigo dice que varios miembros de la Asociación se niegan a contratar mediante el mediador oficial, el señor Kazuo Yamashita, y que han estado contratando de ese grupo que se denominan a sí mismos Soldados de Athena.

—¿Soldados de Athena?

Mokuba miró a su hermano, ya no sabía si estaba molesto por la negativa de la chica o porque se seguía escribiendo con Duke, desobedeciéndole deliberadamente.

—Me envió este archivo.

Le pasó su teléfono, iniciando un corto video que intercalaba escenas del Torneo Galáctico, con otras de sesiones de entrenamiento de hombres que no tenían relación alguna con el mismo, pero que, según Aioria, casi todos habían sido precisamente soldados del Santuario.

—Por favor —insistió el santo del león —. Pueden vivir su vida como mejor les parezca, pero nunca con su nombre, Saori Kido o Athena, son la misma. Me haré cargo para que sepan que conocemos sus actividades, deberán retirarse o dejar de usar ese nombre.

Saori suspiró.

—Lo siento—dijo, mirando a Seto —. Para deslindar mi nombre de esa organización, retaré por mi cuenta al señor Kono.

Seto resopló, se puso de pie y se marchó sin mediar palabra.

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—¿Estás listo? —preguntó Seto, recargándose en el marco de la puerta.

Mokuba no quiso responder. Estaba furioso y herido en partes iguales, tanto que no sabía qué saldría primero si abría la boca: una maldición o un sollozo.

Seto se adentró, sentándose en la cama, tomando el colgante con forma de carta que su hermano se había quitado, como un acto de rebeldía.

—Realmente no estoy haciendo esto para apartarte —le dijo.

El chico insistió en su silencio mientras ordenaba un montón de calcetines en la maleta.

—Han pasado tantas cosas que… maldición, no sé ni qué de todo es lo peor. Y lo único que quiero es que estés bien.

—Estoy bien —interrumpió Mokuba, inevitablemente sonando molesto.

—No, no lo estás…

—¡Solo explícame! ¿Qué puede ser tan malo que no puedas decirme? Me has contado cosas más raras como lo de Yūgi y su rompecabezas, y el faraón y todas esas locuras. ¿Por qué ahora no quieres decirme?

Fue entonces que Seto se llevó la mano a su propio portarretratos en su cuello.

—Si yo muero, tú heredarás la compañía. Eso lo sabes. Pero si por algún motivo tú también mueres, hay indicaciones para que las acciones entren en venta, con beneficio a una lista de orfanatos.

—Eso ya me lo habías dicho —reprochó Mokuba —. También me explicaste cómo se deberían repartir las otras cosas como las propiedades, los autos y tu baraja.

Seto entrecerró los ojos.

—El choque del otro día, no fue un accidente.

—¡¿Qué?!

—Aún no sé quién, pero desde hace cuatro meses alguien ha tratado de matarme. Por eso tienes que irte, sé que es conmigo el problema porque he dispuesto vigilancia para ti y nada ha sucedido. Así que solo estarás seguro lejos de mí.

Mokuba, consternado, se sentó a su lado.

—¿Por qué no me habías dicho?

—No quería preocuparte.

—¡¿Por qué no me iba a preocupar?! ¡Eres mi hermano, tonto!

Kaiba lo miró con media sonrisa en el rostro y le revolvió el pelo.

—Te prometo que, en cuanto resuelva esto, iré por ti.

Mokuba hizo un mohín.

—Está bien. Me iré, pero prométeme que me mantendrás informado.

El chico dio un salto cuando consiguió hacer que se lo prometiera, apurándose a empacar lo que le faltaba, consiguiendo tener tres maletas de buen tamaño en poco tiempo. Luego recuperó su portarretratos y se lo colgó de nuevo.

Entonces, sonó el teléfono de Seto.

Al otro lado de la línea se escucharon varios gritos, pero antes de que Seto pudiera responder algo, cortó.

—Era Kono —dijo en voz alta.

—¿Ahora qué diablos quiere?

—Sabe que estoy haciendo un rediseño del archivo que le di.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo es posible eso?! ¡Lo estás haciendo tú solo precisamente por eso!

—Me dio un ultimátum, va a retirarme las licencias de Duelo de monstruos.

—¿Y no es negociable?

—Quizás… tal vez si le ofrezco algo. Lo único que ha querido son diseños de tecnología. A comparación de nosotros, es bastante obsoleto, así que no me sorprendió que decidiera sangrarnos de a poco.

—No va a querer cambiar, no tenemos un catálogo tan grande, ni siquiera juntando las patentes de hardware y software podríamos alcanzar el total de licencias para cada carta.

—Es verdad, pero podría ofrecerle algo mejor.

—¿Cómo qué?

—Le ofreceré cinco años de ventaja.

—¿Ventaja?

—No haré diseños para Kaiba Corp. Todo lo que haga, será directamente para Nentendo. Y no tendría que pagar por ellos.

—¿A cambio de cinco años de licencias?

Seto movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo querrá, es demasiado avaro como para ceder algo, pero algo de tiempo podrá comprarnos.

Mokuba se llevó una mano al mentón, en gesto meditabundo. Alcanzó su teléfono e hizo una llamada.

—¡Hola Duke! —saludó con animosidad, a lo que Seto le dedicó una mirada de reproche. Por respuesta, Mokuba le sacó la lengua en un gesto infantil —¿De casualidad sabes si Saori Kido, de Kido Incorporation, retó al viejo?

Seto vio a su hermano hacer leves asentimientos con la cabeza, aunque su interlocutor no lo podía ver. Hablaron poco, pero se le notaba considerablemente emocionado.

No se detuvo a explicar nada, sino que marcó otro número.

—Señorita Kido, buenos días —dijo con una sonrisa, sorprendiendo aún más a su hermano que no tenía ni idea de cómo había obtenido su número directo —. Me enteré de lo que sucedió con Akio Kono, y quería proponerle un trato diferente. Usted deslinda su nombre y nosotros nos quitamos al viejo de encima el tiempo suficiente para conseguir un representante decente.

—No vamos a confiarle nuestro futuro a una desconocida —susurró Seto.

Mokuba, sin embargo, se dio la vuelta para no verlo mientras seguía hablando.

Tampoco fue una llamada larga y cuando acabó, se giró hacia su hermano con una enorme sonrisa.

—Lo va a hacer. No nos puede ir peor, sobre todo con el humor que tiene Kono.

El chico cerró su maleta, tomó una chaqueta y salió de la habitación.

—Ya me voy —le dijo —. Te llamo cuando esté instalado en Londres. Arregla la pelea, pero no pierdas los nervios cuando hables con él, y por favor, no le grites a la señorita Kido. Con algo de suerte nos tiende la mano otra vez.

Seto enarcó una ceja, estaba siendo regañado por un mocoso de dieciséis años, sin embargo, se sentía extrañamente orgulloso.

Si algo le sucedía a él, Mokuba tenía todo a su favor para llevar exitosamente la compañía.

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—Kaiba-kun, empleados como tú solo se consiguen una vez en la vida, así que no creas que te me escaparás.

Akio Kono era realmente irritante, incluso cuando no se lo proponía. Sin embargo, las reglas del juego estaban esclarecidas y ambos habían aceptado los términos, que por lo pronto era lo único que podía hacer.

Odiaba tanto depender del factor humano, especialmente cuando ese humano no era él. Miró su reloj, y justo cuando concebía un pensamiento fatalista, Saori Kido apareció.

—Buenas noches —saludó con toda tranquilidad.

Akio Kono sabía que usaría un peleador prestado. Había objetado al respecto, pero Seto se había tomado la molestia de corroborar con Kazuo Yamashita la legitimidad de la propuesta. Sin embargo, no la esperaba a ella, o al menos su expresión eso daba a entender.

Saori se adelantó hasta donde estaba Seto, dirigiéndole un leve asentimiento de cabeza, y después siguió su camino hasta el espacio que funcionaría como arena. El joven le dedicó una última mirada a Akio Kono y no pudo evitar sentirse satisfecho por la creciente confusión que se apoderaba de él.

—Aioria —le dijo Saori al joven que la acompañaba —, deja en claro nuestra postura al respecto de la utilización de nombres y acreditaciones, pero, por favor, no lo lastimes.

Aioria asintió. Se apartó un poco, y se quitó la chaqueta que llevaba, la camisa y los zapatos conforme eran las indicaciones generales.

—Yo te conozco —dijo el representante de Nentendo —¡Eres el hermano del traidor Aioros!

Aioria realmente luchó por controlar sus emociones, sin embargo, sus ojos destellaron con fiereza.

—Cadmo —dijo con toda tranquilidad en griego —. Como desertor del Santuario, y por gracia de Athena, tienes libertad para rehacer tu vida como mejor te plazca. Lo que no tienes derecho, es a usar su nombre, incluso si es una implicación alegórica.

El hombre solo se rio, y el réferi les pidió tomar posiciones.

—¡Ustedes traidores no tienen derecho a juzgarnos! ¡Nosotros somos los soldados de Athena! —exclamó —¡El verdadero Santuario!

—Si tu maestro tiene esa convicción, con gusto Athena lo reclamará también.

Ni bien el réferi agitaba la mano, Aioria fue de frente con el puño preparado. El desertor se preparó para recibirlo, pero no tuvo tiempo, el puño del león dorado impactó contra su pecho. La energía lo recorrió, estremeciendo cada músculo, cada ínfima parte de su ser, y para cuando se estrelló contra una de las columnas del estacionamiento, ya estaba inconsciente.

—¡Aioria! —exclamó Saori.

Seto se quedó en blanco, totalmente pasmado por la brutalidad y total facilidad con la que ese hombre se había deshecho del peleador que lo había derrotado una y otra vez.

—Está bien —repuso el caballero—, no es nada por lo que no haya pasado antes.

Saori respiró con alivio y luego se dirigió a Seto con una sonrisa.

—Está solucionado —le dijo —. Que tenga buena noche.

Y se fue por donde había venido, despidiéndose cortésmente de Akio Kono que estaba más impactado que el propio Seto.

—Acaso… yo… ¿perdí? —tartamudeó el viejo.


Comentarios y aclaraciones:

*Se me pasaba otra licencia respecto a Yu-Gi-Oh!, y es lo que pasó con Gozaburo Kaiba. Acá lo tuvimos vivo y trabajando para Seto un rato más (¿es que a quién se le ocurre que un niño de ocho años tiene validez legal para algo? Quizás solo para una boda de quermés)

¡Gracias por leer!