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Himekawa Group
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—Has hecho muchas cosas cuestionables en tu vida, Tatsuya, pero esto está a otro nivel.
Tatsuya Himekawa se mantuvo indolente, ni siquiera las lágrimas de su madre podrían mover su determinación, y menos aún cualquier sermón de su padre. Jamás lo había escuchado, no había motivo para empezar en ese momento, así que se limitó a deslizar hacia él la carpeta que llevaba para la situación.
—Te quedas con la casa de la Toscana, y la vieja casa familiar. El resto son propiedades de la compañía. Además, el pago de tu liquidación estará disponible a partir de mañana a primera hora, y por supuesto que la colección de monedas, la de relojes y las joyas de mamá son parte innegable de su patrimonio.
—¡Faltaba menos, cabrón! —exclamó el hombre, perdiendo la paciencia y golpeando la mesa. Sin embargo, su esposa le sostuvo del brazo para evitar que hiciera una barbaridad, a lo que su hijo no hizo nada más que suspirar.
—Es que no lo entiendo, Tatsuya —dijo la mujer —¿Cómo es que tu padre te ha ofendido tanto como para que le hagas esto?
—Yo no he dicho que me ha ofendido o que le profese algún rencor en particular —respondió con calma —, en serio, lo mejor para la compañía es deshacerse de él, y mi abogado dice que, ya que soy mayor de edad, estoy en condiciones de tomar funciones, tal como quería el abuelo. Desde que está a cargo, hemos tenido pérdidas de todo tipo, desde capital hasta talento. Es un hombre sin visión ni ambición que no se arriesga ni a cambiar el menú del desayuno. Es por eso que lo hago, para que Himekawa Group sobreviva, y llevarlo al siguiente nivel.
El hombre frente a él temblaba de furia, con los puños cerrados con fuerza, anonadado ante los documentos oficiales y legales de su despido. Había esperado por mucho tiempo que su propio padre lo reconociera como digno sucesor y al final, el viejo lo había saltado para dejarle todo a un chiquillo problemático que había sido expulsado de todas las secundarias y preparatorias, hasta que se pudo graduar de lo que se consideraba coloquialmente una "escuela de criminales".
Ni siquiera había intentado ingresar a una universidad, había tomado un par de cursos en una escuela de informática y acabó montando una oficina de tonterías de videojuegos.
¡¿Cómo su padre lo había considerado más digno para heredar una compañía tan importante?!
—Esto no se va a quedar así, Tatsuya —dijo gravemente —. Ya tendrás noticias de mi abogado.
—No te gastes la liquidación en una batalla que no vas a ganar —le respondió —. No querrás que mamá deba vender sus cosas para que lleguen fin de mes, ¿o sí?
Estremecido por la creciente ira en contra de su hijo, se puso de pie, recogiendo lo que estaba en el escritorio con una mano, mientras sostenía con la otra a su esposa, que no había dejado de llorar desde que la noticia fuera anunciada.
Para cuando Tatsuya Himekawa se quedó solo en esa inmensa sala de juntas, simplemente se limitó a mirar la ciudad a través del ventanal.
Giró el rostro levemente al escuchar que la puerta se abría.
—Por lo que vi, las cosas no salieron bien —dijo Natsume.
—Todo lo contrario, hace un par de años no se habría contenido y habría intentado azotarme. Esta vez solo me mandará un abogado.
—O un sicario.
—No mientras mi madre viva.
Natsume se rio, aunque en fondo sabía que existía la posibilidad real. Ese hombre realmente odiaba a su propio hijo, quizás por la frustración de su conducta problemática o envidia por su innegable genialidad. Caminó hacia él con calma, intentando descubrir qué pasaba por su cabeza.
En los últimos días, habían pasado demasiadas cosas para asimilar, pero Himekawa era pragmático, seguramente ya estaba varios pasos por delante de lo que él nunca estaría, y luego de graduarse seguramente se había afinado su talento estratega, al estar inmerso en un mundo tan complejo como lo era el empresarial, sería el resultado natural.
Con diecinueve años, se había convertido en el CEO de la compañía financiera más importante de Japón, despidiendo en su primer día a su propio padre.
—¿Ya tenemos noticias? —preguntó para cambiar el tema.
—¿Sobre la membresía?
—Pues sí, sin eso no podemos hacer nada.
—Aún no, pero podemos ocuparnos de otras cosas, entre ellas hacer dos visitas de suma importancia.
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—Señorita Aoi, el maestro desea verla.
Aoi Kunieda se puso de pie. Había tratado de mantenerse serena, ordenar sus pensamientos, pero mientras pasaban los días, más difícil era hacerse a la idea de que lo que sucedía era real.
Pasando al lado de algunos de los estudiantes que se habían reunido en el dōjō conforme la noticia sobre la salud de su abuelo se había esparcido.
Hacía tiempo que no veía a algunos, sus horarios ya no les permitieron continuar entrenando, o bien, algunas lesiones los habían retirado. Aun así, oficinistas, repartidores y transportistas, habían desfilado por la casa para mostrar sus respetos a un hombre que bien pudo matarlos con sus métodos de enseñanza inhumanos.
—¿Abuelo?
Sentado en la cama, notablemente delgado, parecía que su cuerpo no resistiría siquiera una corriente de aire, y eso era desolador.
—¿Querías verme?
—Cierra la puerta —le ordenó. Y así lo hizo.
—Recibí una llamada inusual.
—¿Inusual?
—Un compañero tuyo de Ishiyama.
—¿Oga? —preguntó, sintiendo que perdía el aire.
El hombre, sin embargo, negó con la cabeza.
—Tatsuya Himekawa —respondió.
Aoi frunció levemente el ceño. Había sido muy clara con él, al respecto de que no quería involucrarse en sus locuras, el Tōhōshinki estaba disuelto, así que no había necesidad de mantenerse vinculados, salvo causas de fuerza mayor, como la insipiente locura del Rey Demonio. Sin embargo, la mirada severa de su abuelo la mantuvo callada.
—Me habló sobre la propuesta que te hizo.
—Y, me imagino que te dijo el por qué lo rechacé.
Asintió en silencio.
—Los combates Kengan solo han traído desgracias a la familia —le dijo, más rudo de lo usual.
—Lo sé, me lo advertiste muchas veces.
—El que tu madre y tú hayan nacido mujeres fue la alegría más grande de mi vida. Eso nos desvinculó del convenio que teníamos con la compañía Izumi Shokuhin. Las mujeres nunca han sido bienvenidas como peleadoras, así que nos dejaron en paz.
Ella volvió a asentir.
—Pero estoy muriendo, Aoi.
—No digas eso…
—¡Sé sensata! —exclamó, haciéndola encogerse levemente —. Tengo ochenta y cuatro años y cáncer de páncreas. En meses, las cuentas se van a acumular, mis ahorros se van a acabar, ¿y luego qué? ¿Cuántos estudiantes tiene el dōjō? ¿Cuántos crees que se quedarán a que una chica les enseñe? No les importará lo brillante que seas, o tienes su edad o la edad de sus hijas y eso es inaceptable. Lo de menos sería cortarme el cuello aquí y ahora, te dejaría suficiente dinero para que estés bien un tiempo, pero no sé si te dejarán cuidar de Kōta. Con tu madre no contamos, así que no espero que esté aquí ni para mi funeral ni para evitar que se lleven al niño cuando descubran que no puedes costear sus gastos.
—Pero…
—No me interrumpas —amenazó —. Y precisamente sobre el futuro de Kōta, ¿lo entrenarás? Ha sido precoz. Podía andar solo a una edad en que muchos niños ni siquiera pueden sostener su cabeza, y ¿cuánto tiempo crees que pase antes de que alguien de la asociación lo reclute?
—¡Kōta nunca lo haría! ¡Lo educaré como tú has hecho conmigo!
—Y confiará en ti, así como tú confiaste en mí al respecto de las Red Tail.
Aoi sintió que se ponía roja de vergüenza. No sabía en qué momento su abuelo se enteró, si lo supo siempre o por qué no le dijo nada por su vida como pandillera.
—Alguien lo va a reclutar, y por vanidad, aburrimiento o dinero, quizás solo para llevarte la contraria, va a aceptar, y antes de que te des cuenta, te lo van a devolver lisiado o en un cajón.
Ese simple pensamiento fue más de lo que podía tolerar. Se llevó las manos a la cara mientras negaba, tratando de sacar la imagen de su cabeza.
—Ese muchacho no tiene más intenciones que armar un grupo de gente en la que pueda confiar. Es algo ingenuo de su parte, pero eso se le corregirá a la larga. No te puedo obligar a que aceptes, pero pon en perspectiva lo que te ofrece y las circunstancias en las que estamos.
El anciano hizo una pausa, quizás resintiendo el esfuerzo que le costaba esa charla.
—Lamento que tengas que cargar con esto, Aoi. Pero a como veo las cosas, hay tres cosas que tienes que atender: asegurar la custodia de Kōta, asegurar un fondo de ahorro suficiente para ambos, y decidir el futuro del estilo Shingetsu. Y en medio de todo esto, también decidir qué quieres hacer con tu vida.
Aoi consiguió mirarlo a la cara.
—Lo más importante —susurró —. Es Kōta.
El hombre le dio la razón.
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—Señor, por favor, hay que ir a un hospital —dijo Hasui, mayordomo y chofer particular de Tatsuya Himekawa desde que tenía quince años —. El sangrado no para.
—Estará bien —respondió Natsume entre risas —. No es la primera vez que le rompen la nariz. Déjame ver.
Himekawa apartó el pañuelo y enseguida un hilo de sangre bajó. Natsume palpó con cuidado y de un solo movimiento la devolvió a su lugar. Tatsuya contuvo un gemido. No estaba seguro de cuántas veces se podía hacer eso antes de que la nariz le empezara a mutar a algún tipo de probóscide.
—Pero no creo que sea buena idea que Kunieda esté haciendo esto en público.
—No lo hará. Es solo que no le causó gracia que haya atacado mediante su abuelo moribundo. En todo caso, lo que importa es que dijo que sí.
Dejó el pañuelo empapado de sangre en el bote cenicero y aceptó una toalla húmeda que le ofreció su mayordomo, aprovechando la luz roja del semáforo. Aún tenía los ojos llorosos y sería cuestión de tiempo antes de que empezara a ponerse morado.
—Quizás deba posponer la visita —insistió el mayordomo —, no está en las mejores condiciones…
—No, no quiero que nadie más se me adelante, creo que ya todos saben que Saori Kido está a cargo, y van a querer aprovecharse de una chica inexperta.
—Hum, así como tú —secundó Natsume, a lo que el otro no pudo evitar el mirarlo con reproche.
—No me estoy aprovechando —se defendió —, solo estoy ofreciendo una alternativa de mutuo beneficio. Kido Incorporation es la compañía más grande de Asia, y su crecimiento anual la hace competitiva en el mundo, es obvio que todos la quieren de aliado, especialmente con el cambio de representante, es una buena oportunidad. No dudes que todos le están pidiendo citas.
—¿Y cuál es el mutuo beneficio?
—Que no la obligaré a hacer nada que no quiera.
Natsume enarcó una ceja, eso era lo que le esperaba de cualquier ser humano decente. Aunque viviendo de Himekawa, resultaba más que generoso.
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La tarde caía pesadamente. El calor veraniego se volvía difícil de tolerar sin un buen sistema de aire acondicionado, sin embargo, el exceso de árboles en la casa aliviaba el ambiente. La joven los había recibido en la terraza de un salón tan elegante como anticuado, aunque un detalle que le llamó más la atención, fue la cantidad de flores dispuestas en todo tipo de jarrones y soportes.
No le tomó mucho concluir que todas eran presentes del tipo adulador. Y considerando que estaba completamente seguro de que estaban acompañadas con una nota que hacía alusión a su belleza y juventud, se volvía más escalofriante saber que lo remitentes eran viejos de más de cincuenta años en su mayoría.
—Buenas tardes —saludó, adelantándose al mayordomo calvo para alcanzar a la joven que se había puesto de pie para recibirlo, junto con un hombre alto y esbelto y otro muchacho,
—Tatsuya Himekawa, CEO de Himekawa Group. Mi representante, Shintarō Natsume.
Ella se inclinó levemente. Él notó que se había fijado en su inflamada nariz, pero parecía ser demasiado discreta como para preguntar directamente.
—Saori Kido, heredera de Kido Incorporation. Aioria, mi guardaespaldas, y Jabu, mi representante.
Himekawa se sorprendió por eso. Estaba seguro de que el mayor era el peleador de la compañía, sin embargo, era el muchacho; bajito en comparación a todo el grupo, apenas era más alto que ella y pese a notársele la tonificación de los músculos, por un momento tuvo la idea de que él mismo podría derribarlo. Aunque la desechó tan solo con recordar los delgado que era Natsume, y a él, ni en mil años podría vencerlo.
—Te agradezco que me recibas, sé que debes estar harta de estas entrevistas, no te culpo. Así que seré breve.
—¡Qué impertinente! ¡Tienes que dirigirte a la señorita con más respeto! —exclamó el mayordomo calvo, y si bien el muchacho lo ignoró, no pudo evitar el ponerse tenso: los ojos de Saori Kido se clavaron en él, provocándole una sensación rara.
De hecho, todo en ella le resultaba demasiado extraño. No estaba seguro de cómo explicarlo, pero era casi como en Ishiyama, y la idea de que tuviese algún tipo de relación con algún demonio no le pareció tan extraña. Solo eso podía explicar su abrupto ascenso luego de una racha de derrotas que pudieron haber hundido la compañía.
—¿Sucede algo? —le preguntó tras el silencio en que se había sumido.
Tatsuya sacudió la cabeza.
—Estoy organizando una facción dentro de la Asociación. Me imagino que estás familiarizada con el tema, y conocerás a los más importantes.
—Los tres nobles, los cuatro dragones y la Sociedad de los cien… aunque han cambiado su estructura en los últimos meses.
—Sí, precisamente. Y realmente no puedo explicar lo mucho que necesito que te unas a mi equipo.
Saori Kido se rio, ofreciéndole algo de beber.
—Me han hecho esa oferta tantas veces en la semana que ya debería hacer una declaración pública. No tengo ningún interés en involucrarme más de lo estrictamente necesario. No me interesa la estructura de poder.
Él le hubiera aceptado el trago de buena gana, pero en ese momento tenía otra prioridad. No entendía a esa mujer. Si realmente tenía un contrato con un demonio, lo que le confería esa presencia extraña, ¿para qué lo quería usar si no era para hacerse con la presidencia?
Evadiendo de nuevo al mayordomo calvo, se acercó más a ella, tomándola de la mano, algo que la sorprendió. Claramente no estaba acostumbrada al contacto y trató de soltarse, pero no se lo permitió.
—¡Entonces te reto! —exclamó.
—¡¿Qué?! ¡No voy a aceptar tal cosa! ¡Es absurdo! No voy a enfrentar a dos hombres solo por ese capricho…
—¡Te estoy retando a ti!
El grito del mayordomo calvo se escuchó posiblemente en toda la casa.
—¡¿Acaso perdiste la cabeza, mocoso idiota?! ¡¿Cómo crees que voy a permitir esa barbaridad?! ¡Aioria, haz algo!
—Tatsumi. Contrólate, por favor, es obvio que no habla de una pelea.
El mayordomo detuvo sus gritos, avergonzado por la forma en la que lo estaban mirando todos en la habitación, recogiendo las manos y guardando silencio para siguieran hablando.
—¿Qué tal un juego de cartas? —sugirió.
—Lo siento. No sé jugar. Pero, en todo caso, no me ha explicado los términos por los que debería aceptar su reto.
Saori consiguió soltarse, pero Himekawa le pasó el brazo sobre los hombros, provocándole un ligero estremecimiento y la reacción de los tres hombres que estaban con ella fue dar un paso al frente. Fue consiente de eso, como si temieran que le hiciese algo, y los rumores sobre la peculiar sobreprotección de la heredera de Mitsumasa Kido, ya no le parecieron exagerados.
De fortuna no estaba encerrada en una torre, pero aquella casa en medio de la nada no distaba de eso.
Sin embargo, pese a su reacción, ninguno hizo nada.
—¿Y qué tal esto? —preguntó, conduciéndola hasta donde se encontraba un tablero de ajedrez en su propia mesa ornamental.
Ella lo valoró un instante.
—Insisto en que no me ha explicado los términos, no puedo solo aceptar.
Le abrió la silla para sentarla. Apenas se resistía, era como dirigir una muñeca ligera, y pese a su negativa, tenía la sospecha de que podría convencerla siempre que planteara las circunstancias adecuadas.
De acuerdo con sus informantes, parecía completamente horrorizada por la violencia de los combates, aunque solo se le había visto en dos, esa era la impresión que tenía.
—Una partida, si yo gano, te unes a mi equipo. Si tú ganas, Natsume y yo atajaremos todos tus combates, no tendrás que volver a pisar una arena Kengan.
La mirada de Saori Kido se volvió más penetrante.
—Creo que hay un malentendido al respecto de mis intenciones como miembro de la Asociación. Si bien no disfruto de los combates, tampoco me siento cómoda ignorando mis responsabilidades, y menos aún de permitir que alguien sea herido por mis intereses. Ya es duro para mí que Jabu se encuentre en esta posición, no soportaría que un extraño arriesgue su vida.
—Es un pensamiento interesante —respondió, sentándose en la silla frente a ella —. ¿Prefieres ver pelear a alguien que conoces, y quizás quieres, que a un desconocido por el que no sientas nada?
—Prefiero a alguien que conozco, y que quiero, porque soy consciente de sus capacidades. Sé que sin importar cuán fuerte sea su oponente, estará bien, confío en su poder. Algo que no podría hacer con un desconocido.
—Eso tiene sentido —interrumpió Natsume, parado detrás de su compañero.
—¿Y qué podría ofrecer que resultara atractivo en una alianza? —insistió Tatsuya —. Imagino que dinero, contratos e influencia han llegado por montones.
Saori se llevó el dedo índice a los labios, sin apartar ni por un momento la vista de él, poniéndolo más tenso de lo que estaba. Sus ojos eran preciosos, brillantes y bordeados de largas pestañas. Si esa chica se lo propusiera, conquistaría el mundo solo con portadas de revistas. Aun así, no podía concentrarse únicamente en esa belleza, era la forma en la que lo miraba la que le ponía los nervios de punta y ni siquiera podía quejarse de sentirse agredido porque su presencia no era negativa de ninguna manera.
—Tengamos la partida, entonces. Si usted gana, Kido Incorporation se aliará con Himekawa Group, como es natural, evitaré combates que le sean inconvenientes, y los que acepte, serán en beneficio mutuo. Supongo que tendrá algún interés particular en los torneos oficiales, así que quedaría implícito el voto a su favor cuando sea necesario. Pero si la ganadora soy yo… también formaré parte de la alianza.
Himekawa no pudo evitar el sentirse confundido.
—Pero sin ninguna responsabilidad. Solo será para que otras compañías dejen de insistir.
Él asintió, haciéndole un gesto con la mano para que moviera la primera pieza, y ella lo hizo.
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El reloj de pie marcó las dos de la madrugada, pero Himekawa no se inmutó por ello. A medida que las horas corrían, las posibilidades se iban reduciendo, y según su análisis, quedaban solo dieciséis en esa partida, nueve de las cuales, estaban a favor de Saori Kido.
Nueve de dieciséis.
Movió la pieza, la chica hizo exactamente lo que había previsto y volvió a mover, pero su respuesta reconfiguró la estrategia y, de pronto, estaban en la recta final.
—Jaque —anunció, sintiendo cómo un peso enorme se liberaba de sus hombros. Todo su futuro dependía de concretar un plan muy específico, y no podía hacerlo solo.
Saori le sonrió.
—Está bien —dijo, tomando su propio rey, como si le agradeciera por el esfuerzo —. Acepto la alianza.
Himekawa rebuscó en la bolsa interna de su saco y le extendió una tarjeta. Ella la miró con extrañeza, se trataba de la reina de diamantes de la baraja inglesa, pero entendió que era un detalle simbólico de su alianza.
—Me encargaré de que todos los miembros estén enterados, así dejarán de molestarte. En fin, esto fue entretenido, pero me tengo que ir. Te llamo después.
Natsume también se puso de pie, siendo más cortés al despedirse, pero no lo suficientemente formal como para evitar los reproches del mayordomo calvo, que de todos modos los escoltó a la salida.
Saori caminó hacia la ventana, mirándolos subirse a su auto.
—Athena —llamó Aioria desde su sitio —. ¿Puedo hacer una pregunta?
Ella asintió sin mirarlo.
—¿Por qué lo dejaste ganar?
Ella giró el rostro levemente, con una sonrisa y los ojos cerrados, confiriéndole un aspecto aniñado.
—No lo dejé ganar.
Aioria no pudo evitar su expresión de asombro.
—De todos modos, no importa. Tengo el presentimiento, de que algo bueno saldrá de esto.
—¿Algo bueno?
Asintió una sola vez.
—Estoy cansada, me voy a dormir. Buenas noches.
Aioria y Jabu se inclinaron respetuosamente.
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—Te dejó ganar —dijo Natsume, luego de haberse quedado en silencio un largo rato.
Himekawa echó la cabeza hacia atrás, llevándose la mano a los ojos, estaba tan cansado que le costaba mantenerse despierto.
—Esa chica es espeluznante.
—También lo notaste —observó Natsume —¿Crees que sea una contratista?
—No lo sé.
—Tendríamos que averiguarlo. Sería inconveniente si quedamos otra vez en medio de una disputa familiar del Infierno.
Himekawa le restó importancia, pero cuando ya estaba quedándose dormido, su teléfono rompió el silencio, y le bastó con mirar la pantalla para avisparse enseguida.
Fue una llamada breve, y enseguida le indicó a su chofer el nuevo destino mientras hacía otra llamada.
—¿Kunieda? Es ahora, paso por ti en unos veinte minutos.
—¿Está arreglado? —preguntó Natsume.
—Un idiota está buscando dinero fácil, tiene que liquidar un préstamo a las ocho de la mañana, así que tiene que ser ahora. Menos mal que hicimos el papeleo de Kunieda antes de venir.
Aoi Kunieda ya estaba al pie de las inmensas escaleras que llevaban a su casa, en la parada donde normalmente tomaba el autobús, de modo que no tuvieron que rodear para subir. Llevaba un viejo abrigo azul y un gorro tejido, además de las gafas, algo que ninguno de los dos había entendido cómo era que protegían su identidad.
—¿Se te perdió el invierno? —preguntó Himekawa abriendo la puerta desde dentro. La única cortesía que tenía con ella.
La chica refunfuñó mientras se subía al auto, cerrando con fuerza innecesaria.
—No tengo ropa formal.
—No es que me afecte, y no tengo intenciones de decirte cómo comportarte ahora que eres la CEO de Data Dot World, pero quizás deberías tener uno o dos conjuntos para estos eventos.
Kunieda le dedicó una mirada furibunda.
—Con tu nuevo sueldo te alcanza.
—Déjala en paz —repuso Natsume —. O te va a romper la nariz otra vez.
—Antes de que sigamos con nada —dijo Kunieda, cruzada de brazos —. Hay dos razones por las que estoy haciendo esto, y quiero que quede claro que no hay nada más. La primera, es mi hermano. Cualquier cosa que ponga a Kōta en un mínimo peligro, anula el trato.
—Entendido —confirmó Himekawa —. Como vez, cada que necesite que salgas, tendrás a una niñera perfectamente capacitada, una enfermera y un guardaespaldas, aunque tu abuelo insista en que acabaría protegiéndolo a él.
Ella asintió, sin embargo, antes de anunciar su segunda razón, bajó la mirada, cambiando por completo su expresión molesta.
—Tengo una deuda, que sin importar nada, nunca podré pagar, pero quisiera, al menos… intentarlo.
Himekawa respiró pesadamente, pero el silencio no se prolongó demasiado, su destino estaba cerca, especialmente a esa hora en que no había demasiados autos circulando.
—¿Listo?
Natsume asintió y se quitó la sudadera, quedándose con la licra de manga larga, también se sacó los zapatos junto con los calcetines, aunque se dejó el pantalón.
Los tres salieron del auto y Himekawa los condujo. Se trataba de una mina bien acondicionada, por lo que la iluminación era mejor que en otros lugares.
Había poca gente reunida. Con la premura de la organización, no se había corrido la voz lo suficiente como para reunir una gran concurrencia. En todo caso, lo más importante, era que había un árbitro, los empresarios interesados y sus peleadores.
La media docena de curiosos sobraba por completo.
Un hombre, casi en sus cuarentas, se acercó a ellos, presentándose debidamente.
Himekawa miró a su compañera hacer lo propio sin molestarse en parecer tímida, esa era la Kunieda del Tōhōshinki, la que necesitaba realmente.
—¿No es tu compañía algo joven para manejar el nivel de gastos que la Asociación requiere? —le preguntó el hombre.
Extrañamente no había sonado pretencioso, ni siquiera lo suficientemente altivo como para herir la pobre sensibilidad de la joven que inmediatamente suavizó su gesto. Parecía realmente preocupado de estarse aprovechando de una emprendedora inexperta.
—La compañía ha tenido un buen crecimiento. Formar parte de la Asociación es el siguiente paso natural, además, tenemos el respaldo de Himekawa Group.
Solo hasta ese momento fue que Himekawa intervino, lo que consternó aún más al hombre.
—Creí que quien estaba a la cabeza era el hijo de Tasuemon.
—Ya se retiró, ahora soy yo quien da las órdenes.
Le extendió una tarjeta de presentación que aceptó de buena gana, para enseguida confirmar las condiciones de la pelea, junto con el árbitro.
—Qué sujeto tan amable —dijo Kunieda.
—Sí, que raro— le respondió —. Natsume, todo depende de ti.
Dándole unas palmadas en el hombro, le indicó que pasara al espacio que fungía como arena, que no era más que un cerco improvisado, apenas distinguible.
El oponente que debía enfrentar tenía, quizás, la misma edad que su empleador, y a juzgar por el breve intercambio de palabras que tuvieron antes de tomar posición, seguramente había sido su representante desde hacía mucho tiempo.
Para cuando estuvieron frente a frente, Natsume se sintió en la obligación de corresponder el saludo que le hizo, y para cuándo el réferi bajó la mano, la presión de su puño pasando muy cerca de su rostro le confirmó lo que ya sabía: los peleadores a los que se enfrentara a partir de ese momento, no eran vándalos, sino profesionales.
Lo había esquivado por poco, pero aprovechó la cercanía para hacerle un derribe, o al menos intentarlo, porque no lo logró y casi recibió un golpe.
Tomó distancia. Tenía que tomarse cada pelea en serio, la promesa que había hecho lo requería, así que solo tomó aire y volvió a acercarse, moviéndose entre los dos brazos de su oponente que golpeaban con determinación.
El hombre se sorprendió de tenerlo tan cerca sin siquiera haber conseguido tocarlo, y no fue capaz de reaccionar para esquivar o bloquear el puñetazo a su cara.
Tambaleando, retrocedió. Natsume aprovechó esa falta de equilibrio para derribarlo y volver a golpear, dejándolo inconsciente.
El árbitro paró la pelea anunciando al ganador, y Kunieda se acercó para terminar el protocolo, recibiendo una modesta placa que la reconocía como miembro de la Asociación Kengan.
—¿Tengo que cargar con esto cada vez? —le preguntó a Himekawa, viéndola con curiosidad, sobre todo por la absurda cantidad de dinero que había costado tan solo el derecho a pelear por ella.
—Esa no —le respondió —. Pero esta, te sugiero que sí.
Y le entregó una carta de baraja inglesa, la sota de diamantes.
Kunieda la puso al lado de la placa, ni una ni otra le parecían demasiado espectaculares, aunque era eso o el King's Crest que le había puesto bebé Beel.
Instintivamente se llevó la mano al pecho. Hacía tiempo que no se veía, lo que implicaba que la influencia de bebé Beel estaba adormecida, quizás por la distancia o el tiempo de no tener noticias suyas.
No le habían visto ni a él ni a Oga desde la graduación de su promoción, pero confiaba en que estaban bien, así que creía que solo una eventualidad mayor podría traerlo de vuelta. Hasta entonces, tendrían que vérselas por su cuenta.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Pues, si mañana te das una vuelta por la oficina, te hago entrega de todo. De los detalles los empleados se harán cargo, así que solo te queda mantener el orden.
Kunieda hizo un mohín.
—¿Hay algo realmente útil que pueda hacer?
—Aún estás en la universidad, ¿no? ¿Qué estás estudiando?
—Ciencias del deporte.
—¿Por el dōjō?
Kunieda se encogió de hombros.
—También pensé en volver a Ishiyama, enseñar deportes.
—¿Es que te quieres dedicar a reformar vagos y criminales? —preguntó Natsume, luego de asegurarse de que su oponente estaba bien, al menos físicamente, porque de ese lado, era clara la tragedia.
Ella volvió a encogerse de hombros.
—Creo que todos merecen una segunda oportunidad, aunque algunos requieren de mano firme.
Himekawa sacudió la cabeza.
—Ya veremos cómo te acomodas a trabajar con todos, por ahora tengo que ver si puedo cerrar un negocio por aquí.
Natsume suspiró.
—Es más suave de lo que era en la escuela —dijo.
Kunieda le dio a razón parcialmente. En efecto, era inadmisible imaginar al Tatsuya Himekawa de Ishiyama tratando de ofrecer ayuda a un desconocido, sin embargo, la realidad era que, en ese momento, tampoco le iba a regalar el dinero al hombre al que le acababa de ganar su membresía de la Asociación. Seguramente le haría una oferta ridícula que por desesperación iba a aceptar.
Aun así, ella también lo sentía, había cambiado, y después de lo que había pasado, quizás todos.
Comentarios y aclaraciones:
Este es el último fandom (Beelzebub), lo prometo, así que a alineación queda Saint Seiya (AKA Los Caballeros del zodiaco), YuGiOh! y Beelzebub, obvio en el universo de Kengan.
¿Tienen que leer/ver los tres? No realmente, trataré de no ahondar demasiado en detalles de tramas pasadas para enfocarnos en el presente.
Si se les hace más fácil, nada más pregunten y les resuelvo la duda que tengan.
¡Gracias por leer!
